“El país que me tocó”. Me tocó comprar el libro de Enrique Santos. Por el personaje y los comentarios. Me tocó leerlo pronto ya que me parece un tipo de literatura fugaz. Gran decepción. Las memorias canónicas son autocríticas, reveladoras, al punto de que el primer nombre del género —tal vez— fue confesiones. Santos no confiesa nada, termina congraciado con todo el mundo (hasta Turbay le parece buen presidente) y no asume haberse equivocado en materia grave, algo que no pueden decir ni siquiera los santos de verdad. Su familia no es responsable del estado del país, apenas “les tocó”. ¿Se perdió la platica? No toda, por el valor de una carta que le envió García Márquez en 1974 y que reproduce en las páginas 108-111. Una lección sobre la seriedad periodística y política.
Bombas. Donald Trump no está solo; al trumpismo no le bastan twitter ni los devaneos de su líder. Llegó la hora de la acción. Los críticos de Trump empezaron a recibir mensajes con explosivos: Barack Obama y el actor Robert de Niro, CNN y el empresario George Soros. La violencia verbal siempre tiende a hacerse carne, como en el versículo famoso del evangelista exiliado en Patmos. La intolerancia social y el fundamentalismo ideológico no suelen confinarse al ademán o la expresión, terminan conduciendo a prácticas violentas y criminales: los audaces las cometen, los incapaces las aplauden.
Bolsonaro. Parece consumada la victoria de Jair Bolsonaro en Brasil, tal y como se predijo en esta columna el 1 de julio. Un economista señaló que las reformas sociales de Lula se hicieron insuficientes por la falta de innovación en el campo productivo. Un analista político indicó, de modo convincente, que los votantes están más hartos del pasado reciente —presente, de hecho— de corrupción y violencia que temerosos de un porvenir incierto en manos de quien parece ser un bárbaro. La izquierda brasileña se descalabró por la misma vía que la mayoría de las izquierdas del continente, es decir, por su menosprecio de la moralidad pública. Ya los electores contemporáneos han demostrado que prefieren a los cínicos de siempre antes que a los cínicos de hoy que predican y no practican.
Transporte. El país entró en un bache en materia de transporte que hace que nos sintamos como hace medio siglo. La carretera al Llano se cierra de manera total cada tanto, y cuando no el trayecto puede llevar una docena de horas. La vía Medellín-Bogotá ofrece menos confiabilidad para transitarla hoy que hace décadas; Invías recomienda viajar por Puerto Berrío como en tiempos antiguos. Ir al Suroeste exige cruzar la trocha de Amagá en la que se cobra peaje sin vergüenza alguna. Montar en avión se ha vuelto una aventura: ¿cumplimiento de horarios? Ni lo piense; esta semana no siquiera se podían sacar pasabordos en línea.
El Colombiano, 28 de octubre
lunes, 29 de octubre de 2018
lunes, 22 de octubre de 2018
Educación privada
La constitución de 1991 estableció que los servicios públicos podrían ser prestados por entes no estatales. En tal categoría entraron los llamados servicios públicos domiciliarios y quedaron algunos que, como el trasporte y la educación, eran prestados por particulares desde los comienzos de la república. El lenguaje común es errático respecto a este hecho: todo el mundo llama trasporte público al que prestan buses y taxis bajo propiedad y administración de privados; pero en el caso de la educación se le dice privada a la que tiene ese mismo régimen.
Por tanto, es conveniente hacer aclaraciones básicas; como para un niño de cuatro años, expresión que Denzel Washington le espetara a Tom Hanks en Philadelphia (Jonathan Demme, 1993). Si mantenemos el símil del trasporte, en Colombia no hay educación privada, toda es pública; solo que una parte está bajo la propiedad y gestión del estado y otra no. Pero no luchemos contra el uso establecido en el lenguaje común y aceptemos la tipología de pública y privada.
La llamada educación privada es muy heterogénea. Hay al menos —en la educación superior— tres tipos de privados: propietarios con ánimo lucrativo o sea negociantes de la educación, comunidades religiosas e iglesias dueñas de instituciones educativas y fundaciones sin ánimo. Las universidades privadas más reputadas del país son del segundo y del tercer tipo, es decir, religiosas (Javeriana) o fundaciones (Los Andes). En estos casos, las instituciones no son propiedad de ningún particular y no generan utilidades; generan excedentes destinados a reinvertirse en el objeto misional.
Las instituciones privadas de educación superior tampoco son las ricas. Para 2017, por ejemplo, el presupuesto de la Universidad Nacional de Colombia triplicó el de la Universidad de los Andes. En las regiones, la diferencia entre la principal universidad estatal y la principal privada puede ser de cuatro y cinco veces. Un contraste fundamental es que mientras todos los colombianos pagamos las universidades públicas, las universidades privadas se financian con el aporte de las familias que matriculan a sus hijos y la gestión de sus administradores. Dicho de otra manera, las familias de clase media del país financian parte de la universidad superior pública y toda la privada. Los hijos del uno por ciento más rico del país no estudian en las universidades privadas, estudian en el exterior.
La sufrida clase media colombiana vive en el trance de pagar cada vez más impuestos, no recibir ningún tipo de ayudas para educación y, encima, recibir la crítica de algunos despistados que creen que la educación privada es un enemigo. Los fundadores y gestores de las instituciones educativas que no funcionan con dineros públicos son auténticos héroes sociales.
(Por si algo: hice mis estudios básicos y de grado en instituciones de religiosos, mis posgrados en universidad pública, y he trabajado en universidades públicas y privadas).
El Colombiano, 21 de octubre
Por tanto, es conveniente hacer aclaraciones básicas; como para un niño de cuatro años, expresión que Denzel Washington le espetara a Tom Hanks en Philadelphia (Jonathan Demme, 1993). Si mantenemos el símil del trasporte, en Colombia no hay educación privada, toda es pública; solo que una parte está bajo la propiedad y gestión del estado y otra no. Pero no luchemos contra el uso establecido en el lenguaje común y aceptemos la tipología de pública y privada.
La llamada educación privada es muy heterogénea. Hay al menos —en la educación superior— tres tipos de privados: propietarios con ánimo lucrativo o sea negociantes de la educación, comunidades religiosas e iglesias dueñas de instituciones educativas y fundaciones sin ánimo. Las universidades privadas más reputadas del país son del segundo y del tercer tipo, es decir, religiosas (Javeriana) o fundaciones (Los Andes). En estos casos, las instituciones no son propiedad de ningún particular y no generan utilidades; generan excedentes destinados a reinvertirse en el objeto misional.
Las instituciones privadas de educación superior tampoco son las ricas. Para 2017, por ejemplo, el presupuesto de la Universidad Nacional de Colombia triplicó el de la Universidad de los Andes. En las regiones, la diferencia entre la principal universidad estatal y la principal privada puede ser de cuatro y cinco veces. Un contraste fundamental es que mientras todos los colombianos pagamos las universidades públicas, las universidades privadas se financian con el aporte de las familias que matriculan a sus hijos y la gestión de sus administradores. Dicho de otra manera, las familias de clase media del país financian parte de la universidad superior pública y toda la privada. Los hijos del uno por ciento más rico del país no estudian en las universidades privadas, estudian en el exterior.
La sufrida clase media colombiana vive en el trance de pagar cada vez más impuestos, no recibir ningún tipo de ayudas para educación y, encima, recibir la crítica de algunos despistados que creen que la educación privada es un enemigo. Los fundadores y gestores de las instituciones educativas que no funcionan con dineros públicos son auténticos héroes sociales.
(Por si algo: hice mis estudios básicos y de grado en instituciones de religiosos, mis posgrados en universidad pública, y he trabajado en universidades públicas y privadas).
El Colombiano, 21 de octubre
lunes, 15 de octubre de 2018
No todo es plata
Los datos sobre la financiación de la universidad pública son espeluznantes. En 25 años, los recursos por estudiante se han reducido en un 40%. Según el Banco Interamericano de Desarrollo —penúltimo lugar de trabajo del actual presidente de la república— el gasto educativo colombiano como porcentaje del producto interno bruto es el 3,1%. Ocupamos el décimo tercer puesto entre quince países, ganándole por una décima a Perú y perdiendo por casi un punto con los países inmediatamente por encima que son México y El Salvador. Le dedicamos a la educación cinco puntos menos que Brasil, Argentina y Costa Rica (“Pulso social de América Latina y El Caribe”, 2016). La inversión colombiana en investigación decreció entre 1997 y 2007. En ese aspecto solo invertimos más que los países del triángulo norte de Centroamérica (Bid, “Ciencia, Tecnología e Innovación en América Latina y el Caribe”, 2010). La inversión, el gasto, los presupuestos, son una urgencia.
Pero no todo es plata. La primera discusión tiene que ver con la adopción de la educación como una auténtica prioridad nacional. Una prioridad del Estado y también de la sociedad. En la pasada campaña electoral fracasaron los intentos por poner la educación en el lugar más alto de la agenda pública. Los políticos tradicionales dicen que sí, pero a la hora de la verdad dicen que no. Una muestra del desgreño gubernamental en materia educativa fueron las dos administraciones de Juan Manuel Santos: tres ministros de educación y ocho directores de Colciencias, muchos de ellos salidos por desacuerdos con la asignación de presupuestos o el manejo de las cuotas políticas. Largas vacancias en los puestos nacionales a cargo del sector. Lo que sí ocurrió durante la gestión de Santos fue un constante cambio de reglas de juego, la dilapidación de los recursos de las regalías y el incremento —hasta niveles asfixiantes— de la regulación, el control y la vigilancia sobre la prestación del servicio educativo. Parece que uno de los secretos de la revolución educativa en Finlandia, va exactamente en sentido contrario: allí “retiraron todos los controles del Estado sobre escuelas y maestros, y les otorgaron plena autonomía” (Moisés Wasserman, “Revoluciones en educación”, El Tiempo, 17.08.18).
La otra clave del mejoramiento de la calidad en la educación son los maestros. Todos los estudios y las buenas prácticas lo demuestran, pero Colombia sigue subvalorando al maestro. Nuestra desgracia es que el menosprecio de los políticos por la educación y los maestros se trasmite a la política pública. El maestro sirve como clientela política, no en su función social como educador.
Como en todo, habrá algunos logros, pero el panorama general de la educación no es bueno. El país necesita un golpe de timón en beneficio de la investigación, los maestros y las instituciones, públicas y privadas, que se esfuerzan por la formación de los colombianos.
El Colombiano, 14 de octubre
Pero no todo es plata. La primera discusión tiene que ver con la adopción de la educación como una auténtica prioridad nacional. Una prioridad del Estado y también de la sociedad. En la pasada campaña electoral fracasaron los intentos por poner la educación en el lugar más alto de la agenda pública. Los políticos tradicionales dicen que sí, pero a la hora de la verdad dicen que no. Una muestra del desgreño gubernamental en materia educativa fueron las dos administraciones de Juan Manuel Santos: tres ministros de educación y ocho directores de Colciencias, muchos de ellos salidos por desacuerdos con la asignación de presupuestos o el manejo de las cuotas políticas. Largas vacancias en los puestos nacionales a cargo del sector. Lo que sí ocurrió durante la gestión de Santos fue un constante cambio de reglas de juego, la dilapidación de los recursos de las regalías y el incremento —hasta niveles asfixiantes— de la regulación, el control y la vigilancia sobre la prestación del servicio educativo. Parece que uno de los secretos de la revolución educativa en Finlandia, va exactamente en sentido contrario: allí “retiraron todos los controles del Estado sobre escuelas y maestros, y les otorgaron plena autonomía” (Moisés Wasserman, “Revoluciones en educación”, El Tiempo, 17.08.18).
La otra clave del mejoramiento de la calidad en la educación son los maestros. Todos los estudios y las buenas prácticas lo demuestran, pero Colombia sigue subvalorando al maestro. Nuestra desgracia es que el menosprecio de los políticos por la educación y los maestros se trasmite a la política pública. El maestro sirve como clientela política, no en su función social como educador.
Como en todo, habrá algunos logros, pero el panorama general de la educación no es bueno. El país necesita un golpe de timón en beneficio de la investigación, los maestros y las instituciones, públicas y privadas, que se esfuerzan por la formación de los colombianos.
El Colombiano, 14 de octubre
lunes, 8 de octubre de 2018
Amenaza cultural
Si, en medio de tantas vicisitudes, Colombia se destaca por algo es por su desempeño democrático y por sus avances culturales. Económicamente hemos sido mediocres y socialmente malos. Acá la economía cae poco pero nunca sobresale, mientras nuestros indicadores sociales nos asimilan a un país centroamericano, y eso sacando a Costa Rica. La estabilidad democrática colombiana es envidiable a nivel mundial. La apertura cultural es menos visible; sin embargo, John Rawls (1981-2002) al final de su vida expresó su admiración por el programa de control de natalidad impulsado a través de Profamilia desde 1965. Era presidente de la república, en ese entonces, el conservador Guillermo León Valencia. Los recientes acontecimientos en Argentina sobre el rechazo de una legislación menos restrictiva del aborto han puesto sobre el tapete el hecho de que la sociedad y el estado colombianos son, en muchos aspectos, más modernos que muchos otros países latinoamericanos.
Pues bien, las declaraciones del presidente Duque sobre la dosis personal y la cadena perpetua para cierto tipo de delitos ponen en entredicho los límites de la libertad individual en Colombia. Desde los tiempos de Laureano Gómez (1889-1965) no se escuchaban semejantes opiniones por boca de un jefe de estado. El presidente de la república puede pensar lo que quiera en su fuero interno, pero manifestar la intención de dar un paso atrás en materia constitucional, legislativa y consuetudinaria son palabras mayores. El consumo de sicoactivos es un problema de salud pública, como lo son los juegos de azar, lo va siendo la adicción a los videojuegos (lo acaba de reconocer la Organización Mundial de la Salud) y lo serán dentro de poco los vaporizadores. ¿Y qué? No alcanzará ningún catálogo prohibicionista para las obsesiones y pulsiones que tenemos los seres humanos. La cadena perpetua es una expresión del populismo punitivo y un remedio anacrónico (y falso).
Se trata de una ofensiva neoconservadora apoyada de modo imprevisto por el progresismo posmoderno. Porque, al fin y al cabo, la corrección política es completamente antiliberal y retardataria. La misma que exige hablar en papel sellado, la que prohíbe las bromas sobre el prójimo, la que mutila el uso del lenguaje común, la que castra las expresiones de la emotividad humana. En últimas, el progresismo posmoderno y el neoconservadurismo intentan eliminar lo que la humanidad tiene de humano, aquello que no es extirpable. Es la alianza insospechada que conforma un nuevo puritanismo contrario a los ideales de la libertad. “Libertad y orden”, como dice el escudo; “Oh libertad”, como dice el himno antioqueño.
Profamilia se precia de haber hecho la primera “emisión radial promoviendo la planificación familiar” en Latinoamérica. ¿Es posible eso en Colombia hoy, 50 años después? No tensemos la cuerda. Es posible, digamos, ¿hacer publicidad a la jurisprudencia sobre el aborto, el matrimonio homosexual o el consumo personal de drogas?
El Colombiano, 7 de octubre
Pues bien, las declaraciones del presidente Duque sobre la dosis personal y la cadena perpetua para cierto tipo de delitos ponen en entredicho los límites de la libertad individual en Colombia. Desde los tiempos de Laureano Gómez (1889-1965) no se escuchaban semejantes opiniones por boca de un jefe de estado. El presidente de la república puede pensar lo que quiera en su fuero interno, pero manifestar la intención de dar un paso atrás en materia constitucional, legislativa y consuetudinaria son palabras mayores. El consumo de sicoactivos es un problema de salud pública, como lo son los juegos de azar, lo va siendo la adicción a los videojuegos (lo acaba de reconocer la Organización Mundial de la Salud) y lo serán dentro de poco los vaporizadores. ¿Y qué? No alcanzará ningún catálogo prohibicionista para las obsesiones y pulsiones que tenemos los seres humanos. La cadena perpetua es una expresión del populismo punitivo y un remedio anacrónico (y falso).
Se trata de una ofensiva neoconservadora apoyada de modo imprevisto por el progresismo posmoderno. Porque, al fin y al cabo, la corrección política es completamente antiliberal y retardataria. La misma que exige hablar en papel sellado, la que prohíbe las bromas sobre el prójimo, la que mutila el uso del lenguaje común, la que castra las expresiones de la emotividad humana. En últimas, el progresismo posmoderno y el neoconservadurismo intentan eliminar lo que la humanidad tiene de humano, aquello que no es extirpable. Es la alianza insospechada que conforma un nuevo puritanismo contrario a los ideales de la libertad. “Libertad y orden”, como dice el escudo; “Oh libertad”, como dice el himno antioqueño.
Profamilia se precia de haber hecho la primera “emisión radial promoviendo la planificación familiar” en Latinoamérica. ¿Es posible eso en Colombia hoy, 50 años después? No tensemos la cuerda. Es posible, digamos, ¿hacer publicidad a la jurisprudencia sobre el aborto, el matrimonio homosexual o el consumo personal de drogas?
El Colombiano, 7 de octubre
lunes, 1 de octubre de 2018
Venezolanos
Venezuela está expulsando gente. Después de la Segunda Guerra Mundial, Venezuela recibió cerca de dos millones de inmigrantes españoles, portugueses e italianos, en su mayoría (debe contársele a Matteo Salvini, ministro del Interior de Italia). Por supuesto, hubo también del Caribe como consta en el Diario 1951-1957 de Alejo Carpentier sobre su vida en Caracas (Letras Cubanas, 2013). A partir de los años sesenta los colombianos empezaron a conformar el grupo mayoritario de inmigrantes; en el censo venezolano de 1981 se contabilizó medio millón de colombianos y hasta hace cinco años se habló de unos 750 mil.
La situación se ha invertido; Venezuela se ha convertido en un país expulsor. Desde 2014 son dos millones y medio de personas las que han salido del país vecino. Solo entre abril y mayo del 2018 llegaron a Colombia 442.462 personas procedentes de Venezuela, muchos de ellos colombianos de nacimiento o binacionales. Las razones aducidas son la inseguridad y la escasez de alimentos, pero no hay dudas de que el giro del populismo autoritario a la dictadura está teniendo un impacto notable. La semana pasada Amnistía Internacional presentó el informe “Esto no es vida” en el que concluyó que “un 22% de los 21.700 homicidios registrados en 2016 serían responsabilidad de las fuerzas del orden” (El Mundo, “Amnistía Internacional denuncia cientos de ejecuciones extrajudiciales en Venezuela”, 20.09.18). Pese a ello, apenas 97 mil han accedido a que se les reconozca la condición de refugiados en todo el mundo.
El régimen de Nicolás Maduro y Diosdado Cabello, así como la prensa rusa, difunden la idea de que la situación se debe a una agresión internacional. Como parte de sus gestiones diplomáticas para rechazar la agresión, el gobierno venezolano acaba de impugnar la solicitud del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas para que se permita llevar asistencia humanitaria a la población. (Donald Trump, por su parte, denunció que Estados Unidos es objeto de agresiones continuas y le quitó su aporte al Consejo de Derechos Humanos.)
Evidentemente el desplazamiento masivo desde Venezuela genera traumatismos en los países vecinos, por su tamaño y por su intensidad. Con excepción de algunos incidentes xenófobos en la frontera brasileña, estas personas han podido llegar a sus destinos con muchos menos obstáculos que los inmigrantes asiáticos y africanos a Europa. Es seguro que muchos negociantes inescrupulosos los estén explotando laboralmente y sus actos deben ser controlados por las autoridades. Se requieren medidas hospitalarias eficaces y no solo por parte de los gobiernos y los organismos supranacionales. La campaña y la feria de empleo que realizó Comfama durante septiembre son un ejemplo de cómo las entidades privadas y del tercer pueden contribuir con este propósito y ayudar a crear un entorno generoso a quienes llegan al país.
(El autor es miembro del Consejo Directivo de Comfama.)
El Colombiano, 30 de septiembre
La situación se ha invertido; Venezuela se ha convertido en un país expulsor. Desde 2014 son dos millones y medio de personas las que han salido del país vecino. Solo entre abril y mayo del 2018 llegaron a Colombia 442.462 personas procedentes de Venezuela, muchos de ellos colombianos de nacimiento o binacionales. Las razones aducidas son la inseguridad y la escasez de alimentos, pero no hay dudas de que el giro del populismo autoritario a la dictadura está teniendo un impacto notable. La semana pasada Amnistía Internacional presentó el informe “Esto no es vida” en el que concluyó que “un 22% de los 21.700 homicidios registrados en 2016 serían responsabilidad de las fuerzas del orden” (El Mundo, “Amnistía Internacional denuncia cientos de ejecuciones extrajudiciales en Venezuela”, 20.09.18). Pese a ello, apenas 97 mil han accedido a que se les reconozca la condición de refugiados en todo el mundo.
El régimen de Nicolás Maduro y Diosdado Cabello, así como la prensa rusa, difunden la idea de que la situación se debe a una agresión internacional. Como parte de sus gestiones diplomáticas para rechazar la agresión, el gobierno venezolano acaba de impugnar la solicitud del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas para que se permita llevar asistencia humanitaria a la población. (Donald Trump, por su parte, denunció que Estados Unidos es objeto de agresiones continuas y le quitó su aporte al Consejo de Derechos Humanos.)
Evidentemente el desplazamiento masivo desde Venezuela genera traumatismos en los países vecinos, por su tamaño y por su intensidad. Con excepción de algunos incidentes xenófobos en la frontera brasileña, estas personas han podido llegar a sus destinos con muchos menos obstáculos que los inmigrantes asiáticos y africanos a Europa. Es seguro que muchos negociantes inescrupulosos los estén explotando laboralmente y sus actos deben ser controlados por las autoridades. Se requieren medidas hospitalarias eficaces y no solo por parte de los gobiernos y los organismos supranacionales. La campaña y la feria de empleo que realizó Comfama durante septiembre son un ejemplo de cómo las entidades privadas y del tercer pueden contribuir con este propósito y ayudar a crear un entorno generoso a quienes llegan al país.
(El autor es miembro del Consejo Directivo de Comfama.)
El Colombiano, 30 de septiembre
sábado, 29 de septiembre de 2018
martes, 25 de septiembre de 2018
Chile
Hace 45 años ocurrió el golpe de estado de Augusto Pinochet contra el gobierno de Salvador Allende. Ese fue el once de septiembre célebre del siglo XX, antes de que fuera tapado por aquel otro, de consecuencias globales, de comienzos del XXI. La dictadura expulsó casi el 3% de la población; una porción mucho mayor en capital humano. Casi diecisiete años habría de durar el régimen.
Hace 30 años vimos en Bogotá a Los Prisioneros. La banda de rock chilena impuso en América Latina el estribillo “el futuro no es ninguno / de los prometidos en los doce juegos”; el futuro de los jóvenes es patear piedras, decían. Un mes después, Pinochet convocó un referendo que lo sacó del poder y llevó a la convocatoria de elecciones libres en 1989.
Hace 27 años, cuando se inició la apertura económica en Colombia, se abrió una gran discusión sobre el modelo económico chileno. Buena parte de los analistas económicos pronosticaron el desastre que le esperaba a Chile y el mismo destino para Colombia, si se atrevía a seguir ese camino. Que no se podía vivir de las materias primas y, prácticamente, sin industria.
En 1973, el producto interno per cápita de Chile era igual al colombiano multiplicado por 1,6. En 2016, era necesario multiplicar el producto colombiano por 2,4 para igualar al chileno. El porcentaje de chilenos que ganan menos de dos dólares diarios ha sido entre una cuarta y una quinta parte del porcentaje de colombianos pobres, hasta hace poco cuando el país austral redujo esa cifra alrededor del 1%. El desempleo chileno, incorporando nuestras maromas estadísticas, se mantiene dos puntos debajo del nuestro. Chile ocupa el lugar 38 en el Índice de Desarrollo Humano y Colombia está 59 puestos más atrás.
El camino económico y social chileno, impulsado con el retorno de la democracia y las nuevas condiciones globales de los años noventa, ha sido el más exitoso de América Latina. De hecho, Chile es el único país de la región que pertenece al primer mundo, suponiendo que la categoría todavía tenga aplicación.
Quienes hablan solo de economía suelen olvidar que la política es más determinante. Cuando se consolidó la dictadura chilena Colombia empezó a padecer el conflicto armado y la agresión del narco. También nuestros punkeros gritaron “no futuro” dos años antes de 1991, cuando reverdeció nuestro régimen político. El 8% de la población se fue del país desde entonces. La brecha económica entre los dos países se abrió justamente cuando la guerra se escaló en Colombia desde mediados de los noventa. En ningún indicador hay más diferencia entre Chile y Colombia que en la tasa de homicidios; las diferencias llegaron a ser de más de veinte veces.
Resignarse a la guerra o regodearse en ella es condenarse a la pobreza y a un menor desarrollo.
El Colombiano, 23 de septiembre
Hace 30 años vimos en Bogotá a Los Prisioneros. La banda de rock chilena impuso en América Latina el estribillo “el futuro no es ninguno / de los prometidos en los doce juegos”; el futuro de los jóvenes es patear piedras, decían. Un mes después, Pinochet convocó un referendo que lo sacó del poder y llevó a la convocatoria de elecciones libres en 1989.
Hace 27 años, cuando se inició la apertura económica en Colombia, se abrió una gran discusión sobre el modelo económico chileno. Buena parte de los analistas económicos pronosticaron el desastre que le esperaba a Chile y el mismo destino para Colombia, si se atrevía a seguir ese camino. Que no se podía vivir de las materias primas y, prácticamente, sin industria.
En 1973, el producto interno per cápita de Chile era igual al colombiano multiplicado por 1,6. En 2016, era necesario multiplicar el producto colombiano por 2,4 para igualar al chileno. El porcentaje de chilenos que ganan menos de dos dólares diarios ha sido entre una cuarta y una quinta parte del porcentaje de colombianos pobres, hasta hace poco cuando el país austral redujo esa cifra alrededor del 1%. El desempleo chileno, incorporando nuestras maromas estadísticas, se mantiene dos puntos debajo del nuestro. Chile ocupa el lugar 38 en el Índice de Desarrollo Humano y Colombia está 59 puestos más atrás.
El camino económico y social chileno, impulsado con el retorno de la democracia y las nuevas condiciones globales de los años noventa, ha sido el más exitoso de América Latina. De hecho, Chile es el único país de la región que pertenece al primer mundo, suponiendo que la categoría todavía tenga aplicación.
Quienes hablan solo de economía suelen olvidar que la política es más determinante. Cuando se consolidó la dictadura chilena Colombia empezó a padecer el conflicto armado y la agresión del narco. También nuestros punkeros gritaron “no futuro” dos años antes de 1991, cuando reverdeció nuestro régimen político. El 8% de la población se fue del país desde entonces. La brecha económica entre los dos países se abrió justamente cuando la guerra se escaló en Colombia desde mediados de los noventa. En ningún indicador hay más diferencia entre Chile y Colombia que en la tasa de homicidios; las diferencias llegaron a ser de más de veinte veces.
Resignarse a la guerra o regodearse en ella es condenarse a la pobreza y a un menor desarrollo.
El Colombiano, 23 de septiembre
martes, 18 de septiembre de 2018
Colombia: así en la guerra como en la paz
"Más conocida por su guerra civil, Colombia es un país diestro en buscar negociaciones con guerrillas, paramilitares y narcos; pero ha sido mucho menos diestra en la construcción de unas instituciones políticas eficaces, de un territorio integrado y de una sociedad decente.
Este ensayo recorre la historia de esos múltiples intentos de paz 'tan antiguos como el conflicto armado. Está escrito por quien ha sido testigo del último gran intento por lograr esa 'paz inestable' en un país cuya tarea, ahora, es esa construcción que afiance la tan anhelada paz".
Título: Colombia
Autor: Giraldo Ramírez, Jorge
Colección: La Huerta Grande Ensayo
Edición: Rústica
Páginas: 96
Fecha: Septiembre 2018
Lugar: España
PVP: 12 €
Leer el primer capítulo aquí:
http://www.lahuertagrande.com/publicacion/colombia/
lunes, 17 de septiembre de 2018
Victimismo
Serena Williams es mujer, adulta, madre, negra, muy rica, estadounidense y la mejor tenista de la historia, incluyendo a cualquier hombre. Tiene otros rasgos identitarios que desconozco (religión, política, filiaciones culturales). Hace una semana fue amonestada por una falta en la final del US Open. La penalizó un árbitro hombre, adulto, padre, blanco, clase media y portugués (desconozco otros rasgos identitarios). Ella lo acusó de mentiroso, ladrón y de discriminarla como mujer. Ignoro si su susceptibilidad incluía otros reproches. El problema evidente es que —dado el caso que el juez se hubiera equivocado (cosa que nadie ha confirmado)— la beneficiaria de la supuesta discriminación fue otra mujer, joven, soltera, mestiza (hija de negro y japonesa), proletaria aún, japonesa y deportista novata en ascenso.
Uno de los sesgos más peligrosos del mundo contemporáneo es la absorción de las individualidades por un sinnúmero de comunidades ficticias. Una cosa es que los homosexuales, por ejemplo, puedan movilizarse por sus derechos (con todas las garantías que un Estado de derecho liberal debe ofrecerles) y otra es que se les presente o se presenten como una comunidad. Las restricciones a la libertad o las violaciones de los derechos tienen su sentido básico en cuanto se cometen contra un individuo. Es innecesario inventar colectividades para lograr ese propósito (dice el filósofo Jürgen Habermas). Ni las mujeres, ni los homosexuales, ni siquiera los negros en las sociedades modernas, conforman una comunidad. Serena no sufrió una injusticia; se arropó en una condición que es desventajosa en muchos contextos (ser mujer) para hacer una protesta improcedente.
Nuestras identidades son complejas. Algunos componentes de nuestra identidad nos afilian con características y preferencias que son mayoritarias o que se aceptan como normales en la sociedad. Es muy extraño que un individuo reúna sobre sí todos los rasgos de la hegemonía social y cultural o que reúna todos los rasgos dominados; incluso Frida Kahlo (mujer, discapacitada, con gustos sexuales de baja aprobación), pertenecía a una élite cultural y económica. Quienes ven limitado el uso de sus capacidades o la realización de sus planes por las reglas o las creencias de la mayoría de la sociedad, usualmente conservan otros espacios en los cuales se pueden desplegar sin mayores obstáculos. En las sociedades modernas, por ejemplo, la riqueza, suele compensar ciertos rasgos que son objeto de discriminación social. Serena puede alegar que gana menos que Federer, pero su grado de riqueza es tal que esa inequidad no es perjudicial ni para ella ni para la sociedad. Da lo mismo tener ochenta yates que cien, sobre todo cuando solo se puede usar uno cada vez.
La “mitología de la víctima” (Daniele Giglioli) se ha erigido sobre esta serie de falacias. Una víctima no es ni más ni menos que eso; su victimización no le da derechos, ni méritos en otros campos.
El Colombiano, 16 de septiembre
Uno de los sesgos más peligrosos del mundo contemporáneo es la absorción de las individualidades por un sinnúmero de comunidades ficticias. Una cosa es que los homosexuales, por ejemplo, puedan movilizarse por sus derechos (con todas las garantías que un Estado de derecho liberal debe ofrecerles) y otra es que se les presente o se presenten como una comunidad. Las restricciones a la libertad o las violaciones de los derechos tienen su sentido básico en cuanto se cometen contra un individuo. Es innecesario inventar colectividades para lograr ese propósito (dice el filósofo Jürgen Habermas). Ni las mujeres, ni los homosexuales, ni siquiera los negros en las sociedades modernas, conforman una comunidad. Serena no sufrió una injusticia; se arropó en una condición que es desventajosa en muchos contextos (ser mujer) para hacer una protesta improcedente.
Nuestras identidades son complejas. Algunos componentes de nuestra identidad nos afilian con características y preferencias que son mayoritarias o que se aceptan como normales en la sociedad. Es muy extraño que un individuo reúna sobre sí todos los rasgos de la hegemonía social y cultural o que reúna todos los rasgos dominados; incluso Frida Kahlo (mujer, discapacitada, con gustos sexuales de baja aprobación), pertenecía a una élite cultural y económica. Quienes ven limitado el uso de sus capacidades o la realización de sus planes por las reglas o las creencias de la mayoría de la sociedad, usualmente conservan otros espacios en los cuales se pueden desplegar sin mayores obstáculos. En las sociedades modernas, por ejemplo, la riqueza, suele compensar ciertos rasgos que son objeto de discriminación social. Serena puede alegar que gana menos que Federer, pero su grado de riqueza es tal que esa inequidad no es perjudicial ni para ella ni para la sociedad. Da lo mismo tener ochenta yates que cien, sobre todo cuando solo se puede usar uno cada vez.
La “mitología de la víctima” (Daniele Giglioli) se ha erigido sobre esta serie de falacias. Una víctima no es ni más ni menos que eso; su victimización no le da derechos, ni méritos en otros campos.
El Colombiano, 16 de septiembre
lunes, 10 de septiembre de 2018
Benevolencia
Diré algo sobre una palabra que se menciona poco pero que resuena. Benevolencia. No la he estudiado, así que ese algo es, por fuerza, ajeno y fragmentario.
De la etimología. En occidente, el origen de la palabra es romano pero el del concepto es griego. Los griegos clásicos usaron eudokia que significaba recibir bien lo que parece conveniente para uno. Aristóteles no vio mayor mérito en esa idea elemental y propuso que se debería dar un sentido de la eudokia por el cual la opinión conveniente se manifestara hacia el otro distinto a uno.
Los romanos alteran por completo esta acepción desde el vocablo mismo. Benevolencia es buena voluntad; mantener una actitud de buena voluntad hacia los demás. Según el filólogo y sacerdote español Manuel Guerra, los primeros cristianos ya distinguían entre benevolencia y beneficencia, que es hacer el bien. La beneficencia es una expresión de la caridad.
De la historia de la filosofía. Para Aristóteles la eudokia era una virtud menor; da la impresión de que la tradición cristiana tampoco le da un lugar central. En todo caso, la beneficencia y la caridad en sus expresiones más materiales se convirtieron en el centro de la práctica cristiana. Una solución materialista y fácil que se expresa en la limosna. Mencio, el filósofo chino contemporáneo de Aristóteles, pone a la benevolencia (rén) entre las cuatro virtudes cardinales. En esta doctrina, “la benevolencia no es simplemente una cuestión de sentir de cierta manera: también tiene aspectos cognitivos y conductuales. Una persona totalmente benevolente estará dispuesta a reconocer el sufrimiento de los demás y a actuar de manera apropiada” (Stanford Encyclopedia of Philosophy).
De mi caletre, recordando que es una palabra prima de carácter. Se escapa un aspecto importante en esta aproximación. De la idea griega original, se pierde el recibir; de la idea romana, se pierde la buena voluntad. La benevolencia podría ser, también, recibir bien lo que hace el otro así a primera vista no pareciera conveniente para mí; es decir, recibirlo presumiendo que el otro tiene buena voluntad. No debiera, por tanto, distinguirse al hombre de buena del de mala voluntad, al menos en principio.
Los filósofos y profetas que han creído que los hombres son buenos, mantienen sus reservas. Mencio sigue la tradición de predicar las virtudes entre los cercanos; Jesús hacia el prójimo, que es lo mismo. Y después de algunas malas experiencias se distingue entre los hombres de buena y de mala voluntad.
Pero solo después de una mala experiencia individual. Cada persona debería recibir la oportunidad de que su opinión, su acto, su silencio, sean tomados como venidos de la buena voluntad. Solo después, cuando se verificara una mala intención, entraría a ser objeto de desconfianza. Solo después y solo él. Todos los demás deberían conservar intacta su presunción de buena voluntad.
El Colombiano, 9 de septiembre
De la etimología. En occidente, el origen de la palabra es romano pero el del concepto es griego. Los griegos clásicos usaron eudokia que significaba recibir bien lo que parece conveniente para uno. Aristóteles no vio mayor mérito en esa idea elemental y propuso que se debería dar un sentido de la eudokia por el cual la opinión conveniente se manifestara hacia el otro distinto a uno.
Los romanos alteran por completo esta acepción desde el vocablo mismo. Benevolencia es buena voluntad; mantener una actitud de buena voluntad hacia los demás. Según el filólogo y sacerdote español Manuel Guerra, los primeros cristianos ya distinguían entre benevolencia y beneficencia, que es hacer el bien. La beneficencia es una expresión de la caridad.
De la historia de la filosofía. Para Aristóteles la eudokia era una virtud menor; da la impresión de que la tradición cristiana tampoco le da un lugar central. En todo caso, la beneficencia y la caridad en sus expresiones más materiales se convirtieron en el centro de la práctica cristiana. Una solución materialista y fácil que se expresa en la limosna. Mencio, el filósofo chino contemporáneo de Aristóteles, pone a la benevolencia (rén) entre las cuatro virtudes cardinales. En esta doctrina, “la benevolencia no es simplemente una cuestión de sentir de cierta manera: también tiene aspectos cognitivos y conductuales. Una persona totalmente benevolente estará dispuesta a reconocer el sufrimiento de los demás y a actuar de manera apropiada” (Stanford Encyclopedia of Philosophy).
De mi caletre, recordando que es una palabra prima de carácter. Se escapa un aspecto importante en esta aproximación. De la idea griega original, se pierde el recibir; de la idea romana, se pierde la buena voluntad. La benevolencia podría ser, también, recibir bien lo que hace el otro así a primera vista no pareciera conveniente para mí; es decir, recibirlo presumiendo que el otro tiene buena voluntad. No debiera, por tanto, distinguirse al hombre de buena del de mala voluntad, al menos en principio.
Los filósofos y profetas que han creído que los hombres son buenos, mantienen sus reservas. Mencio sigue la tradición de predicar las virtudes entre los cercanos; Jesús hacia el prójimo, que es lo mismo. Y después de algunas malas experiencias se distingue entre los hombres de buena y de mala voluntad.
Pero solo después de una mala experiencia individual. Cada persona debería recibir la oportunidad de que su opinión, su acto, su silencio, sean tomados como venidos de la buena voluntad. Solo después, cuando se verificara una mala intención, entraría a ser objeto de desconfianza. Solo después y solo él. Todos los demás deberían conservar intacta su presunción de buena voluntad.
El Colombiano, 9 de septiembre
domingo, 9 de septiembre de 2018
Draco Rosa, Medellín, 02.09.18
Robi Draco Rosa
Medellín, 2 de septiembre de 2018
1. Seven Nation Army (The White Stripes cover)
2. Divididos
3. Pasion
4. Try Me
5. Tu tren se va
6. Te fumaré
7. Lie Without a Lover
8. Mad Love
9. Livin' la Vida Loca
10. Hablando del amor
11. Madre Tierra
12. Llanto subterráneo
13. Vagabundo
14. Penélope
15. Delirios
16. Para no olvidar
17. Blanca mujer
18. Vértigo
19. Vivir
20. Brujería
21. La flor del frío
22. Amantes hasta el fin
23. Roadhouse Blues (The Doors cover)
lunes, 3 de septiembre de 2018
Fractura social y cambio
Desde lejos se debe ver una sociedad muy extraña. Una a la cual se le consultó en las urnas dos veces en menos de dos años sobre los que —según todos los diagnósticos— eran los principales problemas del país, la guerra y la corrupción, y la ciudadanía no pudo dar un veredicto claro como fruto de sus fracturas. Desde la historia se dirá quiénes fueron los líderes que se opusieron al cambio en dos asuntos tan cruciales. De cerca y en el curso de los acontecimientos, las cosas no son tan tremendas. Digo que no hubo veredicto claro porque la victoria del no en 2016 fue tan pírrica como falsa la derrota del 26 de agosto pasado.
Aceptemos que el país está dividido por tercios entre los que rechazan cualquier cambio, los que queremos varios cambios en el régimen político y los indiferentes, que nunca cuentan para nada. Las fuerzas del no carecen de futuro. Desde que la sociedad occidental entró en la modernidad, el flujo, la variación, la dinámica, es lo único que permanece. Cuando las fuerzas del no tienen suficiente obstinación, el resultado previsible es una ruptura turbulenta del orden político. Esa es la situación que afronta el régimen político hoy.
El problema es que el gobierno de Duque es débil: tiene la menor favorabilidad para un recién llegado a la Casa de Nariño desde 1998 (40%, según Gallup Poll), la coalición que lo candidatizó es minoritaria en el congreso y su partido no le tiene confianza. Un gobierno débil necesita un presidente hábil y audaz, y está por verse si Iván Duque es ese tipo de gobernante. Y el camino más claro que tiene ante sí es el del acuerdo nacional que salió de sus labios varias veces hasta el 7 de agosto.
Hace veinte días la ruta no estaba clara, según Eduardo Posada Carbó (“Gran pacto: ¿con quién?”, El Tiempo, 10.08.18). El miércoles 29 de agosto, sin embargo, se avizoró una salida. El presidente Duque convocó una cumbre con todos los partidos políticos, los promotores de la consulta y los presidentes de Senado y Cámara para discutir la agenda legislativa anticorrupción. De ese hecho se derivan dos conclusiones. La primera, es que los once millones y medio de ciudadanos que votamos el 26 de agosto no perdimos el voto: la consulta perdió jurídicamente y triunfó en términos políticos. La segunda, es que la consulta le permitió a Duque encontrar materia y oportunidad para adelantar el pacto nacional.
Si el gobierno logra sacar adelante esta iniciativa, habría logrado superar la principal —aunque no la única— razón del malestar ciudadano y de la fractura social que vive el país. Como siempre, esto implicará provocar un disgusto en las fuerzas que se resisten al cambio y, hoy por hoy, es difícil predecir su reacción más probable.
El Colombiano, 2 de septiembre
Aceptemos que el país está dividido por tercios entre los que rechazan cualquier cambio, los que queremos varios cambios en el régimen político y los indiferentes, que nunca cuentan para nada. Las fuerzas del no carecen de futuro. Desde que la sociedad occidental entró en la modernidad, el flujo, la variación, la dinámica, es lo único que permanece. Cuando las fuerzas del no tienen suficiente obstinación, el resultado previsible es una ruptura turbulenta del orden político. Esa es la situación que afronta el régimen político hoy.
El problema es que el gobierno de Duque es débil: tiene la menor favorabilidad para un recién llegado a la Casa de Nariño desde 1998 (40%, según Gallup Poll), la coalición que lo candidatizó es minoritaria en el congreso y su partido no le tiene confianza. Un gobierno débil necesita un presidente hábil y audaz, y está por verse si Iván Duque es ese tipo de gobernante. Y el camino más claro que tiene ante sí es el del acuerdo nacional que salió de sus labios varias veces hasta el 7 de agosto.
Hace veinte días la ruta no estaba clara, según Eduardo Posada Carbó (“Gran pacto: ¿con quién?”, El Tiempo, 10.08.18). El miércoles 29 de agosto, sin embargo, se avizoró una salida. El presidente Duque convocó una cumbre con todos los partidos políticos, los promotores de la consulta y los presidentes de Senado y Cámara para discutir la agenda legislativa anticorrupción. De ese hecho se derivan dos conclusiones. La primera, es que los once millones y medio de ciudadanos que votamos el 26 de agosto no perdimos el voto: la consulta perdió jurídicamente y triunfó en términos políticos. La segunda, es que la consulta le permitió a Duque encontrar materia y oportunidad para adelantar el pacto nacional.
Si el gobierno logra sacar adelante esta iniciativa, habría logrado superar la principal —aunque no la única— razón del malestar ciudadano y de la fractura social que vive el país. Como siempre, esto implicará provocar un disgusto en las fuerzas que se resisten al cambio y, hoy por hoy, es difícil predecir su reacción más probable.
El Colombiano, 2 de septiembre
lunes, 27 de agosto de 2018
Agosto
Anticorrupción: Pocas cosas quedaron bien hechas en la consulta que se realiza hoy, pero hay que votar. Así como las Farc tuvieron su misa fúnebre en las marchas del 4 de febrero del 2008, la corrupción debiera tenerlo hoy. No lo tendrá. El partido del presidente le ha hecho el vacío a la voluntad expresada por el presidente Duque y no se movilizará. Toda duda ha quedado despejada. No debe dormirse con tranquilidad si no hemos aprovechado la oportunidad de sacudir a los corruptos en las urnas. Hay que votar.
Aretha: Murió el 16 de agosto una de las más grandes voces femeninas de la historia; “en cualquier género”, añadió el reportero de The New York Times. Nunca fueron el soul, en particular, ni la música negra estadounidense, en general, escuchadas masivamente en Colombia. Menos aún en los años de gloria de Aretha, sesentas y setentas. Cuando la prensa mundial quería poner en primera plana los sesenta de Madonna, se murió Aretha y devolvió las cosas en su lugar.
Asesinatos: La tendencia de los hechos alternativos intenta hacer de las suyas en Medellín. Cuando en todas partes del mundo el incremento del homicidio es un fracaso, algunas autoridades quieren convencernos de que un mayor número de asesinatos es una señal de la actividad exitosa de las autoridades. ¡No puede ser! Cada muerte violenta de un ciudadano devela una falla social, y el aumento de la tasa de homicidios es un indicador negativo para el administrador público.
Avianca: ¿Tiquetes a Cali a más de 300 dólares? ¿A precios de Medellín-Miami o Medellín-Orlando? La ineficiencia de una compañía privada es un problema, pero que el Estado regule las rutas e impida la competencia abierta en el mercado del trasporte aéreo es una calamidad para la ciudadanía.
Don Raúl: El dueño del DIM, ahora presidente, y dentro de poco técnico, quizás hasta delantero, se ha empeñado en convertir la corporación en una especie de Envigado FC. Un equipo que nunca desciende, a veces compite y siempre vende. En plena final Don Raúl —comerciante, al fin y al cabo— vendió a Yairo Moreno y ahora a Didier. Por hacerlo, no vende abonos ni boletas y ha desanimado al hincha. ¡Nos vas a homicidar!, Don Raúl, diría Malevo.
Masaya: Nombres icónico de la rebelión contra Somoza es ahora plaza de la lucha contra Ortega y Murillo. El comandante dictador había acallado a Ernesto Cardenal, el autor de “Hora 0”; trató de usar la música de Luis Enrique Mejía y Norma Helena Gadea, quienes protestaron y expresaron su oposición al régimen. A principios de mes, salió hacia el exilio Carlos Mejía Godoy. Es imperativo que los colombianos que simpatizaron con el sandinismo se pronuncien. Que no pase lo mismo que con el chavismo y su inundación de refugiados y de billetes sin valor.
El Colombiano, 26 de agosto.
Aretha: Murió el 16 de agosto una de las más grandes voces femeninas de la historia; “en cualquier género”, añadió el reportero de The New York Times. Nunca fueron el soul, en particular, ni la música negra estadounidense, en general, escuchadas masivamente en Colombia. Menos aún en los años de gloria de Aretha, sesentas y setentas. Cuando la prensa mundial quería poner en primera plana los sesenta de Madonna, se murió Aretha y devolvió las cosas en su lugar.
Asesinatos: La tendencia de los hechos alternativos intenta hacer de las suyas en Medellín. Cuando en todas partes del mundo el incremento del homicidio es un fracaso, algunas autoridades quieren convencernos de que un mayor número de asesinatos es una señal de la actividad exitosa de las autoridades. ¡No puede ser! Cada muerte violenta de un ciudadano devela una falla social, y el aumento de la tasa de homicidios es un indicador negativo para el administrador público.
Avianca: ¿Tiquetes a Cali a más de 300 dólares? ¿A precios de Medellín-Miami o Medellín-Orlando? La ineficiencia de una compañía privada es un problema, pero que el Estado regule las rutas e impida la competencia abierta en el mercado del trasporte aéreo es una calamidad para la ciudadanía.
Don Raúl: El dueño del DIM, ahora presidente, y dentro de poco técnico, quizás hasta delantero, se ha empeñado en convertir la corporación en una especie de Envigado FC. Un equipo que nunca desciende, a veces compite y siempre vende. En plena final Don Raúl —comerciante, al fin y al cabo— vendió a Yairo Moreno y ahora a Didier. Por hacerlo, no vende abonos ni boletas y ha desanimado al hincha. ¡Nos vas a homicidar!, Don Raúl, diría Malevo.
Masaya: Nombres icónico de la rebelión contra Somoza es ahora plaza de la lucha contra Ortega y Murillo. El comandante dictador había acallado a Ernesto Cardenal, el autor de “Hora 0”; trató de usar la música de Luis Enrique Mejía y Norma Helena Gadea, quienes protestaron y expresaron su oposición al régimen. A principios de mes, salió hacia el exilio Carlos Mejía Godoy. Es imperativo que los colombianos que simpatizaron con el sandinismo se pronuncien. Que no pase lo mismo que con el chavismo y su inundación de refugiados y de billetes sin valor.
El Colombiano, 26 de agosto.
lunes, 20 de agosto de 2018
Tres mujeres
La Sociedad Colombiana de Filosofía le rindió homenaje esta semana, en su congreso bienal en Bucaramanga, a Beatriz Restrepo Gallego. Beatriz hizo sus estudios filosóficos en Estados Unidos, España y Bélgica, y ejerció la docencia en la Universidad de Antioquia. Su especialidad ha sido la filosofía práctica, es decir, ética y política, y se ha ocupado, además, de la educación tanto en sus aspectos filosóficos como disciplinares. Su magisterio y capacidad profesional se expresó en distintas posiciones en las universidades de Antioquia, Pontificia Bolivariana y Eafit, pero no se limitó a la academia. Beatriz estuvo en el sector público como Secretaria de Educación de Antioquia (1991-1993) y en el Plan Estratégico de Antioquia, en el tercer sector como integrante de las juntas directivas de diversas fundaciones y, actualmente, en la de Empresas Públicas de Medellín. Una compilación de algunos de sus escritos será publicada próximamente por la Editorial Eafit.
Este acto de reconocimiento me lleva a resaltar con gratitud la trayectoria de otras dos mujeres que han contribuido a la comprensión de las sociedades antioqueña y colombiana y que, aunque son muy conocidas entre sus pares, lo son menos en otros ámbitos.
Ana María Jaramillo —socióloga e historiadora— ha realizado una de las contribuciones más importantes a la comprensión de los fenómenos de violencia en Medellín y Antioquia; además, durante los años ochenta fue de las primeras personas en ocuparse de la historia obrera. Su papel como intelectual estuvo vinculado de modo orgánico a los organismos no gubernamentales, en especial a la Corporación Región desde donde ha hecho un aporte notable a los procesos ciudadanos en la ciudad. En la última década, la labor investigativa de Ana María estuvo dedicada a la memoria histórica del conflicto armado en varios municipios de Antioquia, el más reciente de los cuales se ocupó del caso de Medellín. Hace poco fue exaltada por Colciencias como investigadora emérita.
Gloria Isabel Ocampo es antropóloga formada en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, en París. Fue investigadora del Instituto Colombiano de Antropología e Historia (Icanh) y profesora de la Universidad de Antioquia. Ambas instituciones publicaron su trabajo “La instauración de la ganadería en el valle del Sinú: la hacienda Marta Magdalena, 1881-1956”. En lo que va corrido de esta década publicó dos trabajos de antropología política decisivos para la comprensión del funcionamiento del Estado en los niveles regional y local, a partir del estudio del caso del departamento de Córdoba. El primero, titulado “Poderes regionales, clientelismo y Estado” (2014); el segundo, “¿Cuál Estado para cuál ciudadanía? Paradojas y disyunciones de la modernización del Estado en Colombia” (2018).
Desde la penumbra en que suelen mantenerse la investigación social y el trabajo del pensamiento, vale la pena destacar a estudiosas como Beatriz, Ana María y Gloria Isabel e invitar al estudio de sus obras.
El Colombiano, 19 de agosto
Este acto de reconocimiento me lleva a resaltar con gratitud la trayectoria de otras dos mujeres que han contribuido a la comprensión de las sociedades antioqueña y colombiana y que, aunque son muy conocidas entre sus pares, lo son menos en otros ámbitos.
Ana María Jaramillo —socióloga e historiadora— ha realizado una de las contribuciones más importantes a la comprensión de los fenómenos de violencia en Medellín y Antioquia; además, durante los años ochenta fue de las primeras personas en ocuparse de la historia obrera. Su papel como intelectual estuvo vinculado de modo orgánico a los organismos no gubernamentales, en especial a la Corporación Región desde donde ha hecho un aporte notable a los procesos ciudadanos en la ciudad. En la última década, la labor investigativa de Ana María estuvo dedicada a la memoria histórica del conflicto armado en varios municipios de Antioquia, el más reciente de los cuales se ocupó del caso de Medellín. Hace poco fue exaltada por Colciencias como investigadora emérita.
Gloria Isabel Ocampo es antropóloga formada en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, en París. Fue investigadora del Instituto Colombiano de Antropología e Historia (Icanh) y profesora de la Universidad de Antioquia. Ambas instituciones publicaron su trabajo “La instauración de la ganadería en el valle del Sinú: la hacienda Marta Magdalena, 1881-1956”. En lo que va corrido de esta década publicó dos trabajos de antropología política decisivos para la comprensión del funcionamiento del Estado en los niveles regional y local, a partir del estudio del caso del departamento de Córdoba. El primero, titulado “Poderes regionales, clientelismo y Estado” (2014); el segundo, “¿Cuál Estado para cuál ciudadanía? Paradojas y disyunciones de la modernización del Estado en Colombia” (2018).
Desde la penumbra en que suelen mantenerse la investigación social y el trabajo del pensamiento, vale la pena destacar a estudiosas como Beatriz, Ana María y Gloria Isabel e invitar al estudio de sus obras.
El Colombiano, 19 de agosto
martes, 14 de agosto de 2018
lunes, 13 de agosto de 2018
Duque qué, cómo, con quién
La presentación del presidente Iván Duque Márquez el 7 de agosto dejó muy en claro —como debía de ser— qué es lo que se propone hacer. Lo más urgente fue su mensaje de conciliación y unidad en un país que dejó atrás la guerra y tiene envenenadas sus relaciones políticas. Lo más importante, la señal de que quiere cambiar una forma de gobierno que ha erosionado seriamente la credibilidad del sistema político, anunciando un fuerte control a la corrupción. Por supuesto, hizo su lista de temas entre los que descuellan, por su novedad, el delineamiento de una política económica que no se base en el petróleo y el impulso a la economía naranja. Hasta ahí, todo rosas. Muy preocupante su populismo punitivo (no recuerdo presidente de la era moderna hablando de cadena perpetua) y sus concesiones al atavismo cultural de sus aliados.
Los actos del 7 de agosto no dejan claro cómo lo va a hacer. Primero, porque no indicó cuáles van a ser los temas prioritarios. No se casó con una consigna, ni con tres huevitos, y necesita hacerlo porque los recursos son escasos y el tiempo también. Con el gabinete envía un mensaje de conocimiento y renovación. Muy extraño el ministro de Defensa, ignorante en una materia en la que el país ha aprendido mucho. Cuando todo el mundo creía que un gobierno liderado por el Centro Democrático era fiable en política de seguridad, aparece un interrogante grande en ese renglón. Un acierto entregarle a Martha Lucía Ramírez la implementación del acuerdo con las Farc, pero la clave de ella está en la seguridad en las regiones. Equidad y cultura de la legalidad aparecieron como propósitos que deben estar acompañados de una estrategia coherente que se exprese en la reforma tributaria, por ejemplo. Veremos.
Hasta el 7 de agosto parecía que Duque gobernaría con el apoyo firme de dos bancadas minoritarias (Centro Democrático y conservadores) y la alianza condicional de tres bancadas más (Cambio Radical, U y liberales). Después del discurso del senador Ernesto Macías esto parece enredado. Macías se lanzó contra medio país más que contra Santos, y lo indignó, y le mostró los dientes a Duque, pues le dijo casi literalmente: haga su unidad gobernando que acá en el congreso nos vamos a dedicar a saldar cuentas. El Centro Democrático alberga el temor paranoide de que Duque se salga del redil y tiene —todo el mundo lo sabe— una fractura interna seria entre radicales y moderados, tradicionales y modernos, que su jefe no puede estar atendiendo al detalle.
Después de dieciséis años de cesarismo, es un respiro que Duque esté en la Casa de Nariño. Empieza a gobernar con una oposición menos feroz que la que tuvo Santos, pero con una coalición suspicaz. Tendrá un corto compás de espera. Luna de miel, no.
El Colombiano, 12 de agosto
Los actos del 7 de agosto no dejan claro cómo lo va a hacer. Primero, porque no indicó cuáles van a ser los temas prioritarios. No se casó con una consigna, ni con tres huevitos, y necesita hacerlo porque los recursos son escasos y el tiempo también. Con el gabinete envía un mensaje de conocimiento y renovación. Muy extraño el ministro de Defensa, ignorante en una materia en la que el país ha aprendido mucho. Cuando todo el mundo creía que un gobierno liderado por el Centro Democrático era fiable en política de seguridad, aparece un interrogante grande en ese renglón. Un acierto entregarle a Martha Lucía Ramírez la implementación del acuerdo con las Farc, pero la clave de ella está en la seguridad en las regiones. Equidad y cultura de la legalidad aparecieron como propósitos que deben estar acompañados de una estrategia coherente que se exprese en la reforma tributaria, por ejemplo. Veremos.
Hasta el 7 de agosto parecía que Duque gobernaría con el apoyo firme de dos bancadas minoritarias (Centro Democrático y conservadores) y la alianza condicional de tres bancadas más (Cambio Radical, U y liberales). Después del discurso del senador Ernesto Macías esto parece enredado. Macías se lanzó contra medio país más que contra Santos, y lo indignó, y le mostró los dientes a Duque, pues le dijo casi literalmente: haga su unidad gobernando que acá en el congreso nos vamos a dedicar a saldar cuentas. El Centro Democrático alberga el temor paranoide de que Duque se salga del redil y tiene —todo el mundo lo sabe— una fractura interna seria entre radicales y moderados, tradicionales y modernos, que su jefe no puede estar atendiendo al detalle.
Después de dieciséis años de cesarismo, es un respiro que Duque esté en la Casa de Nariño. Empieza a gobernar con una oposición menos feroz que la que tuvo Santos, pero con una coalición suspicaz. Tendrá un corto compás de espera. Luna de miel, no.
El Colombiano, 12 de agosto
martes, 7 de agosto de 2018
lunes, 6 de agosto de 2018
Andágueda en Jardín
Entre los toponímicos bellos de Colombia están Jardín (árabe) y Andágueda (embera). Quiso el destino que fueran vecinos; vecinos desconocidos. Puso Dios una muralla de basalto entre el suroeste antioqueño y el centrooriente chocoano. Dice Isacsson en su Biografía Atrateña que, por equivocación el nombre del río Andágueda quedó cortado en la confluencia que dio origen al Atrato y que este debió conservar el nombre del afluente principal. De ser cierto, este error nos dejó la palabra confinada en el vecindario y se la llevó hasta el Golfo de Urabá, tan lejos del Citará.
A ambos lados sendos ríos San Juan, allá municipios como Bagadó y Tadó, aquí Andes y Betania, en las dos vertientes gentes embera que antes eran llamadas citarabirás, colonos mestizos que se creen blancos, y negros, cada vez más negros a este lado de los Farallones. Los asentamientos colonos en Andágueda anteceden en dos siglos y medio a los de nuestro suroeste. Manuel Uribe Ángel pensó en una carretera que las uniera, pero los ingenieros se adelantaron y Andágueda está más vinculada con Risaralda que con Antioquia.
Fue un escritor de dos pueblos —Jardín y Andes— quien conectó, que sepamos, por primera vez las dos regiones en una historia. Jesús Botero Restrepo (1921-2008) publicó la novela Andágueda en 1947, es decir a sus tiernos 26, que produjo un impacto enorme entre dos lectores de ojos bien abiertos: Manuel Mejía Vallejo y Gonzalo Arango. Los podrán acusar de paisanaje pero no de ignorantes. Mejía la consideró la mejor novela indigenista escrita en América; Gonzalo dijo de Botero, con nostalgia y rabiecita que era “el mejor escritor irrealizado de Colombia”.
Pues bien, sobre Andágueda y Jesús Botero versarán las Narrativas Pueblerinas que se llevarán a cabo en Jardín entre el 17 y el 19 de agosto. Narrativas Pueblerinas es un encuentro literario dirigido al amplio público: a los habitantes de Jardín y a los que quieran oír hablar de letras en medio del aire puro y la belleza. Está diseñado para disfrutar las tres primeras horas de la noche, y que los asistentes tengan tiempo para detenerse en sus quehaceres y en los rincones del pueblo.
Este año estarán Astrid Bedoya, Jesús Botero García, Efrén Giraldo, Martha Luz Gómez, Juan José Hoyos, Jairo Morales, Juan Carlos Orrego y Alonso Salazar, ilustrándonos sobre autor, novela, cultural regional y territorio. Habrá espacios para la música negra e indígena y para la presentación de la nueva edición de la novela a cargo de la Editorial EAFIT. La iniciativa, que data del año pasado pero quiere volverse una tradición, es de la casa de huéspedes Gallito de las Rocas, la Corporación Cultural de Jardín y la Corporación Escuela de Música de Jardín. Este año cuenta con el apoyo del Ministerio de Cultura, Comfama, y las universidades de Antioquia y Eafit.
El Colombiano, 5 de agosto
A ambos lados sendos ríos San Juan, allá municipios como Bagadó y Tadó, aquí Andes y Betania, en las dos vertientes gentes embera que antes eran llamadas citarabirás, colonos mestizos que se creen blancos, y negros, cada vez más negros a este lado de los Farallones. Los asentamientos colonos en Andágueda anteceden en dos siglos y medio a los de nuestro suroeste. Manuel Uribe Ángel pensó en una carretera que las uniera, pero los ingenieros se adelantaron y Andágueda está más vinculada con Risaralda que con Antioquia.
Fue un escritor de dos pueblos —Jardín y Andes— quien conectó, que sepamos, por primera vez las dos regiones en una historia. Jesús Botero Restrepo (1921-2008) publicó la novela Andágueda en 1947, es decir a sus tiernos 26, que produjo un impacto enorme entre dos lectores de ojos bien abiertos: Manuel Mejía Vallejo y Gonzalo Arango. Los podrán acusar de paisanaje pero no de ignorantes. Mejía la consideró la mejor novela indigenista escrita en América; Gonzalo dijo de Botero, con nostalgia y rabiecita que era “el mejor escritor irrealizado de Colombia”.
Pues bien, sobre Andágueda y Jesús Botero versarán las Narrativas Pueblerinas que se llevarán a cabo en Jardín entre el 17 y el 19 de agosto. Narrativas Pueblerinas es un encuentro literario dirigido al amplio público: a los habitantes de Jardín y a los que quieran oír hablar de letras en medio del aire puro y la belleza. Está diseñado para disfrutar las tres primeras horas de la noche, y que los asistentes tengan tiempo para detenerse en sus quehaceres y en los rincones del pueblo.
Este año estarán Astrid Bedoya, Jesús Botero García, Efrén Giraldo, Martha Luz Gómez, Juan José Hoyos, Jairo Morales, Juan Carlos Orrego y Alonso Salazar, ilustrándonos sobre autor, novela, cultural regional y territorio. Habrá espacios para la música negra e indígena y para la presentación de la nueva edición de la novela a cargo de la Editorial EAFIT. La iniciativa, que data del año pasado pero quiere volverse una tradición, es de la casa de huéspedes Gallito de las Rocas, la Corporación Cultural de Jardín y la Corporación Escuela de Música de Jardín. Este año cuenta con el apoyo del Ministerio de Cultura, Comfama, y las universidades de Antioquia y Eafit.
El Colombiano, 5 de agosto
jueves, 2 de agosto de 2018
Literature in Jardín, Colombia
Narrativas Pueblerinas -the literary meeting in Jardín- will be dedicated to the writer Jesus Botero Restrepo (1921-2008) and the Andágueda region. Botero published the novel Andágueda in 1947, that is to say to his early 26 years, producing an enormous impact. Manuel Mejía Vallejo considered it the best indigenist novel written in America.
Narrativas Pueblerinas will take place in Jardín between August 17 and 19 (20189. It is a literary encounter addressed to the wide public: to the inhabitants of Jardín and to those who want to hear about letters in the midst of pure air and beauty. It is designed to enjoy the first three hours of the night, and that the attendees have time to stop in their chores and in the corners of the town.
This year will be musicians, journalists, scholars and writers, among whom are the renowned chroniclers Juan José Hoyos and Alonso Salazar. There will be spaces for black and indigenous music and for the presentation of the new edition of the novel by the Editorial EAFIT. The initiative, which dates back to last year but wants to become a tradition, is from the Gallito de las Rocas Guesthouse, the Corporación Cultural de Jardín and the Escuela de Música de Jardín. This year it has the support of the Ministry of Culture, Comfama, and the universities of Antioquia and Eafit.
Narrativas Pueblerinas will take place in Jardín between August 17 and 19 (20189. It is a literary encounter addressed to the wide public: to the inhabitants of Jardín and to those who want to hear about letters in the midst of pure air and beauty. It is designed to enjoy the first three hours of the night, and that the attendees have time to stop in their chores and in the corners of the town.
This year will be musicians, journalists, scholars and writers, among whom are the renowned chroniclers Juan José Hoyos and Alonso Salazar. There will be spaces for black and indigenous music and for the presentation of the new edition of the novel by the Editorial EAFIT. The initiative, which dates back to last year but wants to become a tradition, is from the Gallito de las Rocas Guesthouse, the Corporación Cultural de Jardín and the Escuela de Música de Jardín. This year it has the support of the Ministry of Culture, Comfama, and the universities of Antioquia and Eafit.
lunes, 30 de julio de 2018
Narrativas pueblerinas, Jardín, 17 al 19 de agosto
La segunda versión de Narrativas pueblerinas se llevará a cabo entre el viernes 17 (en la tarde) y el domingo 19 de agosto próximos.
El título de este año es Andágueda. Jesús Botero Restrepo y alude tanto a la obra como al escritor como a la región chocoana, situada al costado occidental de los Farallones del Citará, al otro lado de Andes y Jardín.
Los invitados de esta versión son:
Astrid Bedoya
Jesús Botero García
Efrén Giraldo
Martha Luz Gómez
Juan José Hoyos
Jairo Morales
Juan Carlos Orrego
Alonso Salazar
El título de este año es Andágueda. Jesús Botero Restrepo y alude tanto a la obra como al escritor como a la región chocoana, situada al costado occidental de los Farallones del Citará, al otro lado de Andes y Jardín.
Los invitados de esta versión son:
Astrid Bedoya
Jesús Botero García
Efrén Giraldo
Martha Luz Gómez
Juan José Hoyos
Jairo Morales
Juan Carlos Orrego
Alonso Salazar
lunes, 23 de julio de 2018
Urbanidad, ética y modo de vida
A propósito de la bajada de pantalones de Antanas Mockus en el recinto del Senado han proliferado los comentarios en la prensa y en las redes, lo cual demuestra que no fue un acto inocuo.
La ética tiene tres niveles, propongo. El nivel superficial, importante en las relaciones sociales, que llamamos urbanidad, civismo, que llega hasta la cortesía. El nivel profundo, al que nos referimos propiamente como ética o moral, que se afilia con el cumplimento de una serie de preceptos normativos que hacen posible la vida en sociedad y que pueden incluir normas tan antiguas como los diez mandamientos o tan modernas como los derechos humanos. El tercer nivel, contextual, es el modo de vida. Un modo de vida está compuesto por “las expectativas de comportamiento impuestas de forma duradera por el sistema a los individuos y a los grupos” (Hunyadi, 2015).
Los comportamientos que se ajustan a la cortesía, la ética y el modo de vida justo pueden estar disociados. Un ejemplo típico es el delincuente de cuello blanco que, es, con frecuencia, un hombre caballeroso y de buenos modales, y a la vez un inmoral, muchas veces afincado en un modo de vida neutro.
La mayoría de los críticos de Mockus recurren a las normas de urbanidad. Lo hacen refiriéndose a la idea de decencia y disminuyen el enorme peso ético que tiene el concepto decencia. En efecto, según el filósofo Avishai Margalit, una sociedad decente “es aquella cuyas instituciones no humillan a las personas” (1997), entendiendo que no se trata solo de las instituciones públicas. Ese grito en el cielo acusa de indecente un acto que, quizás, pueda ser calificado como descortés; y, haciéndolo, oculta que de los 103 senadores actuales (saco a los cinco de la Farc), uno fue destituido, 21 heredaron votos de personas condenadas, 22 heredaron votos de personas investigadas penalmente y 19 tienen investigaciones penales (La silla vacía). Es decir, hay 63 senadores con problemas éticos y, según ellos y algunos comentaristas, el que da mal ejemplo a la sociedad es Antanas que muestra las nalgas.
Parafraseando al crítico cultural Benjamin DeMott, el análisis ético serio se estropea cuando se equiparan o se anteponen las cuestiones de la urbanidad sobre las violaciones de la legalidad, la dignidad humana y los derechos (“Seduced by Civility”, 1996). Dice DeMott, que “la democracia puede coexistir con la creencia de que todos los humanos son pecadores, pero no con la creencia de que todos los pecados son iguales”. Uno de los principales problemas de la religiosidad frívola, que denunciaba Cayetano Betancur, es que le da más importancia a las buenas maneras que a los crímenes; por decirlo en el lenguaje del padre Astete, se trata de un puritanismo que se escandaliza por los pecados veniales y hace la vista gorda con los pecados mortales.
El Colombiano, 29 de julio.
La ética tiene tres niveles, propongo. El nivel superficial, importante en las relaciones sociales, que llamamos urbanidad, civismo, que llega hasta la cortesía. El nivel profundo, al que nos referimos propiamente como ética o moral, que se afilia con el cumplimento de una serie de preceptos normativos que hacen posible la vida en sociedad y que pueden incluir normas tan antiguas como los diez mandamientos o tan modernas como los derechos humanos. El tercer nivel, contextual, es el modo de vida. Un modo de vida está compuesto por “las expectativas de comportamiento impuestas de forma duradera por el sistema a los individuos y a los grupos” (Hunyadi, 2015).
Los comportamientos que se ajustan a la cortesía, la ética y el modo de vida justo pueden estar disociados. Un ejemplo típico es el delincuente de cuello blanco que, es, con frecuencia, un hombre caballeroso y de buenos modales, y a la vez un inmoral, muchas veces afincado en un modo de vida neutro.
La mayoría de los críticos de Mockus recurren a las normas de urbanidad. Lo hacen refiriéndose a la idea de decencia y disminuyen el enorme peso ético que tiene el concepto decencia. En efecto, según el filósofo Avishai Margalit, una sociedad decente “es aquella cuyas instituciones no humillan a las personas” (1997), entendiendo que no se trata solo de las instituciones públicas. Ese grito en el cielo acusa de indecente un acto que, quizás, pueda ser calificado como descortés; y, haciéndolo, oculta que de los 103 senadores actuales (saco a los cinco de la Farc), uno fue destituido, 21 heredaron votos de personas condenadas, 22 heredaron votos de personas investigadas penalmente y 19 tienen investigaciones penales (La silla vacía). Es decir, hay 63 senadores con problemas éticos y, según ellos y algunos comentaristas, el que da mal ejemplo a la sociedad es Antanas que muestra las nalgas.
Parafraseando al crítico cultural Benjamin DeMott, el análisis ético serio se estropea cuando se equiparan o se anteponen las cuestiones de la urbanidad sobre las violaciones de la legalidad, la dignidad humana y los derechos (“Seduced by Civility”, 1996). Dice DeMott, que “la democracia puede coexistir con la creencia de que todos los humanos son pecadores, pero no con la creencia de que todos los pecados son iguales”. Uno de los principales problemas de la religiosidad frívola, que denunciaba Cayetano Betancur, es que le da más importancia a las buenas maneras que a los crímenes; por decirlo en el lenguaje del padre Astete, se trata de un puritanismo que se escandaliza por los pecados veniales y hace la vista gorda con los pecados mortales.
El Colombiano, 29 de julio.
La ley contra la legalidad
Aunque en Colombia nadie rechaza la idea de que uno de los fundamentos del Estado es el imperio de la ley, son muy pocos los que le prestan real atención. En las pasadas elecciones, el candidato que levantó la bandera de la cultura de la legalidad fue señalado por tirios y troyanos de “no decir nada”, mientras gran parte de las campañas se basaban en la práctica del “todo vale”. En manos del presidente Santos las cosas, en materia de imperio de la ley, empeoraron. Al menos eso dicen los Worldwide Governance Indicators. En el ítem rule of law —uno de los seis indicadores— Colombia bajó seis puntos entre 2011 y 2016. Tenemos un índice más bajo que Brasil y Panamá, superamos a Ecuador y Perú pero allá subió el puntaje. Mirando nuestros vecinos terrestres solo queda el triste consuelo de superar a Venezuela donde, según el WGI, el imperio de la ley es cero.
La historia y la teoría política han expuesto las distintas formas que impiden que la legalidad estatal cubra a todos los miembros de una comunidad política. Aún no he visto una descripción contundente de una de las maneras más paradójicas de socavar el imperio de la ley: la de expedir leyes. Una manera típica en Colombia.
Como se sabe, en Colombia el tamaño de la actividad económica y social que no se rige por la legislación positiva es cercano al 50%. A eso le llamamos informalidad. Y mientras los expertos consideran que la formalización es una prioridad para el país, el Estado se dedica a hacer más abundantes, sofisticados y onerosos los códigos. Nadie ha observado que el flamante ingreso del país a la Ocde representa un salto jurídico que hará más difícil cumplir las exigencias legales en distintas actividades y ampliará la brecha entre el sector formal y el informal. Un penthouse en medio de un asentamiento tugurial, para recordar la metáfora que usó el novelista Carlos Fuentes cuando México ingresó al Nafta.
La manía legislativa del ejecutivo y del congreso ha explotado en este siglo. Álvaro Uribe Vélez y Juan Manuel Santos expidieron cerca de cinco mil decretos, cifra que duplica el acumulado total desde Olaya Herrera en 1930 hasta Andrés Pastrana en 2002. La hiperregulación en la sociedad ha hecho que la demanda de abogados y administradores crezca desmesuradamente mientras el desarrollo precisa más ingenieros, maestros, humanistas y científicos.
Se olvida, además, que el cumplimiento individual de la ley se basa en un adiestramiento, en introyección del aprendizaje normativo, contra lo que atenta el cambio permanente de las reglas. Ahora cambiaron el pasaporte, que yo recuerde la cuarta vez en mi vida. Cifra parecida a los países de Europa del Este. Solo que allá las razones del cambio fueron una revolución, dos secesiones, un cambio de nombre del Estado.
El Colombiano, 22 de julio
La historia y la teoría política han expuesto las distintas formas que impiden que la legalidad estatal cubra a todos los miembros de una comunidad política. Aún no he visto una descripción contundente de una de las maneras más paradójicas de socavar el imperio de la ley: la de expedir leyes. Una manera típica en Colombia.
Como se sabe, en Colombia el tamaño de la actividad económica y social que no se rige por la legislación positiva es cercano al 50%. A eso le llamamos informalidad. Y mientras los expertos consideran que la formalización es una prioridad para el país, el Estado se dedica a hacer más abundantes, sofisticados y onerosos los códigos. Nadie ha observado que el flamante ingreso del país a la Ocde representa un salto jurídico que hará más difícil cumplir las exigencias legales en distintas actividades y ampliará la brecha entre el sector formal y el informal. Un penthouse en medio de un asentamiento tugurial, para recordar la metáfora que usó el novelista Carlos Fuentes cuando México ingresó al Nafta.
La manía legislativa del ejecutivo y del congreso ha explotado en este siglo. Álvaro Uribe Vélez y Juan Manuel Santos expidieron cerca de cinco mil decretos, cifra que duplica el acumulado total desde Olaya Herrera en 1930 hasta Andrés Pastrana en 2002. La hiperregulación en la sociedad ha hecho que la demanda de abogados y administradores crezca desmesuradamente mientras el desarrollo precisa más ingenieros, maestros, humanistas y científicos.
Se olvida, además, que el cumplimiento individual de la ley se basa en un adiestramiento, en introyección del aprendizaje normativo, contra lo que atenta el cambio permanente de las reglas. Ahora cambiaron el pasaporte, que yo recuerde la cuarta vez en mi vida. Cifra parecida a los países de Europa del Este. Solo que allá las razones del cambio fueron una revolución, dos secesiones, un cambio de nombre del Estado.
El Colombiano, 22 de julio
lunes, 16 de julio de 2018
Desdén por la racionalidad
En pleno siglo XXI presenciamos un auge de la superstición, las teorías conspirativas y la credibilidad en las mentiras. Una de las expresiones de este auge está en el ataque directo a las conclusiones de la ciencia. Desde conclusiones tan elementales como que la tierra es redonda o las tesis de la teoría de la evolución, hasta suposiciones infundadas sobre los efectos de las vacunas o los alimentos derivados de productos transgénicos. En el medio hay ideas ridículas sobre la ingesta de café, sal o grasas animales.
Si esa controversia con los hallazgos científicos luce descabellada, los debates sobre temas sociales parecen más sensatos, a pesar de que muchos de ellos están conectados de forma directa con la labor que hacen los científicos. Por ejemplo, que la homosexualidad no es una enfermedad, que las adicciones de diverso tipo lo son en gran medida, o la valoración de los usos masivos de determinados tipos de energía. En el caso de los debates políticos —aunque contamos con un avance enorme de las ciencias sociales— no podemos esperar el gobierno del científico (aunque algunos, sobre todo entre economistas y administradores parecen desearlo).
Sin embargo, en las discusiones sociales uno debería esperar que alguna gente respete las reglas básicas de la conversación. (A propósito, recomiendo el libro Conversación del profesor británico Theodore Zeldin.) No me detendré en ellas, solo en un aspecto que tiene que ver con la presentación de argumentos y razones, hechos y datos. Uno de los aspectos más fastidiosos de la conversación cotidiana es que muchas personas consideran que todas las opiniones son iguales de válidas y que, por tanto, todas deben ser respetables. Esto constituye una violación del mínimo principio de rigor.
Una opinión es, en efecto, una apreciación que carece de cualquier fundamento objetivo y que no depende de las calidades del que la emite. Encontramos auténticas opiniones referidas a puntos enteramente subjetivos cómo cuál fue el mejor jugador del mundial, pero en asuntos sujetos a contraste empírico —como cuál fue el líder de goleo— cualquier opinión carece de sentido.
Otra cosa es la formulación de conjeturas o hipótesis. Los intelectuales públicos serios suelen presentar información pertinente e indicar un marco interpretativo preciso para ofrecer su punto de vista personal. Esa forma de presentar las cosas puede dar lugar a precisiones, modificaciones y visiones alternativas. Da lugar a conversaciones argumentadas. Uno de los males del debate público es que mucha gente se limita a sentar posición sin molestarse en ofrecer un dato o una razón.
La nivelación de la opinión conduce al subjetivismo puro (toda opinión es respetable) o al silencio dañino (no hablar de política). Ante la polarización que tenemos, y que continuará este cuatrienio, será bueno seguir hablando sobre la necesidad de dar razones, cómo darlas, cómo escucharlas y cómo usarlas para tomar decisiones.
El Colombiano, 15 de julio
Si esa controversia con los hallazgos científicos luce descabellada, los debates sobre temas sociales parecen más sensatos, a pesar de que muchos de ellos están conectados de forma directa con la labor que hacen los científicos. Por ejemplo, que la homosexualidad no es una enfermedad, que las adicciones de diverso tipo lo son en gran medida, o la valoración de los usos masivos de determinados tipos de energía. En el caso de los debates políticos —aunque contamos con un avance enorme de las ciencias sociales— no podemos esperar el gobierno del científico (aunque algunos, sobre todo entre economistas y administradores parecen desearlo).
Sin embargo, en las discusiones sociales uno debería esperar que alguna gente respete las reglas básicas de la conversación. (A propósito, recomiendo el libro Conversación del profesor británico Theodore Zeldin.) No me detendré en ellas, solo en un aspecto que tiene que ver con la presentación de argumentos y razones, hechos y datos. Uno de los aspectos más fastidiosos de la conversación cotidiana es que muchas personas consideran que todas las opiniones son iguales de válidas y que, por tanto, todas deben ser respetables. Esto constituye una violación del mínimo principio de rigor.
Una opinión es, en efecto, una apreciación que carece de cualquier fundamento objetivo y que no depende de las calidades del que la emite. Encontramos auténticas opiniones referidas a puntos enteramente subjetivos cómo cuál fue el mejor jugador del mundial, pero en asuntos sujetos a contraste empírico —como cuál fue el líder de goleo— cualquier opinión carece de sentido.
Otra cosa es la formulación de conjeturas o hipótesis. Los intelectuales públicos serios suelen presentar información pertinente e indicar un marco interpretativo preciso para ofrecer su punto de vista personal. Esa forma de presentar las cosas puede dar lugar a precisiones, modificaciones y visiones alternativas. Da lugar a conversaciones argumentadas. Uno de los males del debate público es que mucha gente se limita a sentar posición sin molestarse en ofrecer un dato o una razón.
La nivelación de la opinión conduce al subjetivismo puro (toda opinión es respetable) o al silencio dañino (no hablar de política). Ante la polarización que tenemos, y que continuará este cuatrienio, será bueno seguir hablando sobre la necesidad de dar razones, cómo darlas, cómo escucharlas y cómo usarlas para tomar decisiones.
El Colombiano, 15 de julio
jueves, 12 de julio de 2018
lunes, 9 de julio de 2018
Carnaval mundial
“Compadezco al niño y a la niña, al hombre y a la mujer que jamás han oído las voces de esa misteriosa vida sensorial, con toda su irracionalidad, más también con su vigilancia y con su felicidad suprema”. Esta frase del filósofo estadounidense William James (1842-1910) encabeza el epígrafe del libro de Simon Critchley En qué pensamos cuando pensamos en fútbol (Sexto piso, 2018).
Critchley es un filósofo británico preocupado, desde una perspectiva fenomenológica, por la ética cotidiana y la cultura popular a quien conocí por el blog The Stone, anclado digitalmente al diario The New York Times. En su libro explora el carácter sensorial y extático de la experiencia futbolística, una experiencia en la que el espectador, el hincha, cumple una función esencial, por no decir central, así aparezca en los márgenes de la acción.
Critchley no le da mucha importancia a la primera parte de la frase de James, pero es inevitable pensar en ella cuando se vive —con medio mundo de por medio— un campeonato del mundo. Compadecer, sí, a todo aquel que no entiende el éxtasis sensorial del fútbol. Más aún, tratar de entender, si es que es posible, al hombre y a la mujer que no han oído la voz de ese misterio. No creo que este aspecto sea menor de cara a seguir develando aquello que nos une y nos separa como especie.
El carácter festivo de cada partido de fútbol se incrementa de manera prodigiosa alrededor del carnaval cuatrienal del campeonato mundial. Ese espíritu de carnaval, de identificación y transfiguración de las personas, las masas y el entorno, es uno de los aspectos que más se ha ido acentuando a medida que el fútbol ha ganado arraigo y alcance en el mundo humano. Esta universalización realza el enunciado de Critchley de que “el fútbol nos ofrece un acceso privilegiado a un conocimiento permanente sobre lo que significa ser humano”.
Nada de esto tiene por qué ocultar el carácter ambiguo, muchas veces contradictorio, que tiene el fútbol, cada vez con mayores dosis de farándula, industria, religión, política. Ni tampoco sus lados siniestros, a propósito de los cuales hago notar que en 1934 premiaron al fascismo de Mussolini, cuatro décadas después (1978) a la sangrienta dictadura argentina y, cuarenta años más (2018), le da lustre al régimen autoritario de Putin (espero que Rusia no haya vencido a Croacia). Ni el hecho bruto de que el mero talento no vence a la organización: Suramérica está en su sequía más prolongada de títulos mundiales en selecciones (4) y en clubes (5).
Jairo Alarcón Arteaga: que la muerte de un maestro no sea noticia pública hace parte de una normalidad engañosa. Alarcón merece el encomio del maestro (de filosofía) y así lo sentimos sus miles de estudiantes en la Universidad de Antioquia y sus colegas.
El Colombiano, 8 de julio
Critchley es un filósofo británico preocupado, desde una perspectiva fenomenológica, por la ética cotidiana y la cultura popular a quien conocí por el blog The Stone, anclado digitalmente al diario The New York Times. En su libro explora el carácter sensorial y extático de la experiencia futbolística, una experiencia en la que el espectador, el hincha, cumple una función esencial, por no decir central, así aparezca en los márgenes de la acción.
Critchley no le da mucha importancia a la primera parte de la frase de James, pero es inevitable pensar en ella cuando se vive —con medio mundo de por medio— un campeonato del mundo. Compadecer, sí, a todo aquel que no entiende el éxtasis sensorial del fútbol. Más aún, tratar de entender, si es que es posible, al hombre y a la mujer que no han oído la voz de ese misterio. No creo que este aspecto sea menor de cara a seguir develando aquello que nos une y nos separa como especie.
El carácter festivo de cada partido de fútbol se incrementa de manera prodigiosa alrededor del carnaval cuatrienal del campeonato mundial. Ese espíritu de carnaval, de identificación y transfiguración de las personas, las masas y el entorno, es uno de los aspectos que más se ha ido acentuando a medida que el fútbol ha ganado arraigo y alcance en el mundo humano. Esta universalización realza el enunciado de Critchley de que “el fútbol nos ofrece un acceso privilegiado a un conocimiento permanente sobre lo que significa ser humano”.
Nada de esto tiene por qué ocultar el carácter ambiguo, muchas veces contradictorio, que tiene el fútbol, cada vez con mayores dosis de farándula, industria, religión, política. Ni tampoco sus lados siniestros, a propósito de los cuales hago notar que en 1934 premiaron al fascismo de Mussolini, cuatro décadas después (1978) a la sangrienta dictadura argentina y, cuarenta años más (2018), le da lustre al régimen autoritario de Putin (espero que Rusia no haya vencido a Croacia). Ni el hecho bruto de que el mero talento no vence a la organización: Suramérica está en su sequía más prolongada de títulos mundiales en selecciones (4) y en clubes (5).
Jairo Alarcón Arteaga: que la muerte de un maestro no sea noticia pública hace parte de una normalidad engañosa. Alarcón merece el encomio del maestro (de filosofía) y así lo sentimos sus miles de estudiantes en la Universidad de Antioquia y sus colegas.
El Colombiano, 8 de julio
martes, 3 de julio de 2018
Nubes grises
El círculo vicioso de las “transiciones turbulentas” que se viven en América —desde Estados Unidos hasta Argentina— podría ser el siguiente: (1) las democracias liberales se encuentran ante problemas de sus sociedades que no resuelven o no atienden con la diligencia necesaria; (2) en respuesta, surgen regímenes iliberales (populistas o no) que prometen la salvación y la intentan tomando atajos políticos y económicos; (3) el fracaso de esta salida devuelve el poder a los demócratas liberales, a quienes no les alcanzan ni el tiempo ni las decisiones para satisfacer a los ciudadanos; (4) lo que hace que los populistas aparezcan en la escena, de nuevo o por primera vez. De acuerdo con esta interpretación, Estados Unidos estaría en la fase 4, Argentina en la 3, México en la 2 y Colombia en la 1.
La clase política tradicional latinoamericana sufre dos disonancias cognitivas: la primera, es creer que el problema es el populismo. Falso. El populismo es el síntoma, los problemas están en el régimen político y las relaciones económicas. En mi más reciente libro (Populistas a la colombiana), planteo que en Colombia el problema es un presidencialismo excesivo, sujeto a pocos controles, y una economía dominada por el poder político y criminal. El expresidente Fernando Henrique Cardoso señala, para Brasil, la débil inserción global de la economía, el lento crecimiento per cápita y la insatisfacción ciudadana con el sistema político (“Revolutionary conditions are developing in Brazil”, The Washington Post, 09.06.18).
La segunda, es que nuestros políticos ignoran que ellos son parte del problema. Cardoso acusa a las tres últimas administraciones brasileñas de tomar decisiones económicas malas e irresponsables, e indica que el país está sufriendo “una terrible crisis moral”, refiriéndose a la corrupción, el clientelismo y los privilegios. Nada de esto es ajeno a Colombia y nada indica, excepto la mayor eficiencia del sistema judicial brasileño, que acá las cosas sean menos graves. Me llama la atención que Cardoso, un sociólogo formado en el marxismo y ya vuelto a las teorías clásicas, hable de crisis moral. Los materialistas vulgares colombianos no admiten que se hable de moralidad.
Según Cardoso, esta mezcla puede estar a punto de generar una situación revolucionaria en su país. Según mi ciclo, Brasil estaría a punto de pasar de la fase 3 a la 2, de la mano de la popularidad del exmilitar Jair Bolsonaro. Cuando esta columna sea periódico de ayer, habrá ganado Andrés López Obrador en México.
Cardoso dice que “cualquiera que aprecie la democracia y la libertad sabe que hay que hacer” y que las demandas sociales son bien conocidas. Me temo que en Colombia no bastarán el pan ni el circo (en octavos del Mundial, y Nairo en el podio). Si no hay cambios en el régimen político ni formalización económica —incluyendo el catastro rural— tendremos turbulencias.
El Colombiano, 1 de julio.
La clase política tradicional latinoamericana sufre dos disonancias cognitivas: la primera, es creer que el problema es el populismo. Falso. El populismo es el síntoma, los problemas están en el régimen político y las relaciones económicas. En mi más reciente libro (Populistas a la colombiana), planteo que en Colombia el problema es un presidencialismo excesivo, sujeto a pocos controles, y una economía dominada por el poder político y criminal. El expresidente Fernando Henrique Cardoso señala, para Brasil, la débil inserción global de la economía, el lento crecimiento per cápita y la insatisfacción ciudadana con el sistema político (“Revolutionary conditions are developing in Brazil”, The Washington Post, 09.06.18).
La segunda, es que nuestros políticos ignoran que ellos son parte del problema. Cardoso acusa a las tres últimas administraciones brasileñas de tomar decisiones económicas malas e irresponsables, e indica que el país está sufriendo “una terrible crisis moral”, refiriéndose a la corrupción, el clientelismo y los privilegios. Nada de esto es ajeno a Colombia y nada indica, excepto la mayor eficiencia del sistema judicial brasileño, que acá las cosas sean menos graves. Me llama la atención que Cardoso, un sociólogo formado en el marxismo y ya vuelto a las teorías clásicas, hable de crisis moral. Los materialistas vulgares colombianos no admiten que se hable de moralidad.
Según Cardoso, esta mezcla puede estar a punto de generar una situación revolucionaria en su país. Según mi ciclo, Brasil estaría a punto de pasar de la fase 3 a la 2, de la mano de la popularidad del exmilitar Jair Bolsonaro. Cuando esta columna sea periódico de ayer, habrá ganado Andrés López Obrador en México.
Cardoso dice que “cualquiera que aprecie la democracia y la libertad sabe que hay que hacer” y que las demandas sociales son bien conocidas. Me temo que en Colombia no bastarán el pan ni el circo (en octavos del Mundial, y Nairo en el podio). Si no hay cambios en el régimen político ni formalización económica —incluyendo el catastro rural— tendremos turbulencias.
El Colombiano, 1 de julio.
lunes, 25 de junio de 2018
Giraldo
Hay apellidos que son plagas universales, como García o Rodríguez, los más extendidos en Iberoamérica; hay otros que son plagas regionales como Giraldo. En este caso es inevitable la curiosidad por conocer los vericuetos que hicieron que esa palabra que portamos se hiciera nombre y que, después, se enquistara en una región determinada. Tal cosa pasa con Giraldo, tan extenso en el occidente andino colombiano y tan escaso en otras partes. Tan modesto, que las señoras de antes no preguntaban “¿de cuáles Giraldo?, porque no los había sino pobres.
Los etimologistas y genealogistas lanzan hipótesis, reconstruyen e inventan. Así que, cuando uno se mete en estos terrenos, debe estar dispuesto a entender que se trata, casi, de una rama de la literatura fantástica.
El mejor cuento que conozco sobre Giraldo proviene de la ciudad de Évora —patrimonio de la humanidad—, ubicada al oriente de Lisboa, pero más cerca de la frontera española. La plaza principal se llama, precisamente, Praça do Giraldo. El cuento lo cuenta la historiadora Fernanda Frazão. El nombre de la plaza y, quizás entonces, del apellido provienen de un sujeto llamado Giraldo Giraldes, quien vivió entre los años 1140 y 1190. Este Giraldo, era “el prototipo de caballero sin herencia, forjado por la sola fuerza de su espada”, hasta el punto que la historiografía lo conoce como “sin miedo”. Para abreviar, el mérito de Giraldo radicó en ser el líder de los hombres que llevaron a cabo la reconquista portuguesa contra los moros, en la zona del río Guadiana. La historia es más larga. Termina con su grado de capitán y el bautizo de la plaza de la ciudad con su nombre.
Este Giraldo sin Miedo iba y venía entre el Alentejo portugués y la Extremadura española, expandiendo su fama y dejando muchachitos entre batallas y caminos. Al otro lado del río, en Sevilla, escuché otro pedazo de la historia, asociado a la famosa torre de La Giralda. La torre se llama así por la figura que la corona, llamada Giraldillo, y que, se dice, representa la fe. La Giralda data de la misma época de Giraldo y hay quien dice que, vencedor de los moros, este loquito se trepó allá a cantar su triunfo. Podemos especular mucho sobre el hecho de que una figura que representa la fe cumpla, al tiempo, la función de veleta.
Lo de la fe me suena, porque un cuento colombiano dice que los primeros Giraldo que llegaron acá eran un soldado y un cura. Muerto pronto el soldado, por enfermedades o flechas, todos seríamos descendientes del fértil sacerdote. Y un investigador de la colonización antioqueña determinó que Giraldo es el segundo apellido más frecuente entre los fundadores de pueblos caldenses. Por qué acá, vaya a saber.
(En recuerdo de papá, después de 57 días de ausencia.)
El Colombiano, 24 de junio.
Los etimologistas y genealogistas lanzan hipótesis, reconstruyen e inventan. Así que, cuando uno se mete en estos terrenos, debe estar dispuesto a entender que se trata, casi, de una rama de la literatura fantástica.
El mejor cuento que conozco sobre Giraldo proviene de la ciudad de Évora —patrimonio de la humanidad—, ubicada al oriente de Lisboa, pero más cerca de la frontera española. La plaza principal se llama, precisamente, Praça do Giraldo. El cuento lo cuenta la historiadora Fernanda Frazão. El nombre de la plaza y, quizás entonces, del apellido provienen de un sujeto llamado Giraldo Giraldes, quien vivió entre los años 1140 y 1190. Este Giraldo, era “el prototipo de caballero sin herencia, forjado por la sola fuerza de su espada”, hasta el punto que la historiografía lo conoce como “sin miedo”. Para abreviar, el mérito de Giraldo radicó en ser el líder de los hombres que llevaron a cabo la reconquista portuguesa contra los moros, en la zona del río Guadiana. La historia es más larga. Termina con su grado de capitán y el bautizo de la plaza de la ciudad con su nombre.
Este Giraldo sin Miedo iba y venía entre el Alentejo portugués y la Extremadura española, expandiendo su fama y dejando muchachitos entre batallas y caminos. Al otro lado del río, en Sevilla, escuché otro pedazo de la historia, asociado a la famosa torre de La Giralda. La torre se llama así por la figura que la corona, llamada Giraldillo, y que, se dice, representa la fe. La Giralda data de la misma época de Giraldo y hay quien dice que, vencedor de los moros, este loquito se trepó allá a cantar su triunfo. Podemos especular mucho sobre el hecho de que una figura que representa la fe cumpla, al tiempo, la función de veleta.
Lo de la fe me suena, porque un cuento colombiano dice que los primeros Giraldo que llegaron acá eran un soldado y un cura. Muerto pronto el soldado, por enfermedades o flechas, todos seríamos descendientes del fértil sacerdote. Y un investigador de la colonización antioqueña determinó que Giraldo es el segundo apellido más frecuente entre los fundadores de pueblos caldenses. Por qué acá, vaya a saber.
(En recuerdo de papá, después de 57 días de ausencia.)
El Colombiano, 24 de junio.
lunes, 18 de junio de 2018
Arcadia: Populistas a la colombiana
Arcadia
12 de junio del 2018
'Populistas a la colombiana': similitudes y diferencias entre Gaitán, Rojas Pinilla y Uribe
En una entrevista, Jorge Giraldo Ramírez, decano de Humanidades de Eafit, nos cuenta sobre su más reciente libro, una obra que, entre otras cosas, desmiente la idea de que el gaitanismo fue el único movimiento populista del país.
Entrevista completa en: https://www.revistaarcadia.com/agenda/articulo/libro-sobre-populismo-de-jorge-giraldo-ramirez-de-eafit/69597
12 de junio del 2018
'Populistas a la colombiana': similitudes y diferencias entre Gaitán, Rojas Pinilla y Uribe
En una entrevista, Jorge Giraldo Ramírez, decano de Humanidades de Eafit, nos cuenta sobre su más reciente libro, una obra que, entre otras cosas, desmiente la idea de que el gaitanismo fue el único movimiento populista del país.
Entrevista completa en: https://www.revistaarcadia.com/agenda/articulo/libro-sobre-populismo-de-jorge-giraldo-ramirez-de-eafit/69597
La emboscadura
Dice el filósofo español Andrés Sánchez Pascual que La emboscadura, el libro del pensador alemán Ernst Jünger (1895-1998), constituye el último de una serie de ensayos sobre nuestra época. Fue publicado originalmente en 1951 y, como toda la obra jungeriana, es bello, sugestivo, difícil y equívoco. La emboscadura reflexiona sobre el miedo y la libertad, sobre la persona singular y las multitudes autómatas, sobre el Estado oprimente del siglo XX y las posibilidades de la moral.
Es muy diciente que la reflexión empiece con el voto, el acto de votar, la necesidad estadística que tienen la política de masas y las democracias, incluyendo a las democracias iliberales. Un paisaje que ya mostraba sus bocetos después de la Segunda Guerra Mundial.
Tomo trozos de esta meditación sobre la democracia escrita hace casi siete décadas.
El camino del medio “se ha vuelto tan estrecho como el filo de un cuchillo”. Tales son las polaridades de la vida actual, que aglutinan masas y generan conductas automáticas en ellas. Ese camino estrecho es el propio de la figura que él sugiere: la del emboscado, “el hombre de la acción libre e independiente”. A partir de este ser libre, es posible “hacer frente al automatismo” y hacer fracasar “el puro empleo de la violencia”.
Cuando se nos interpela ante las urnas, comienza, hay que tener en cuenta “que también el callar es una respuesta”; respuesta que puede ser costosa, como costosa resultaría una participación o una decisión en uno u otro sentido. Sin embargo, hay un tipo de decisiones electorales que ofrecen opciones cerradas. O, cómo entender la pregunta: “¿Por qué elegir en una situación en la que ya no queda elección?”.
En estos casos, ¿qué reto supone hacerse parte de una minoría ínfima? ¿Un cinco por ciento? ¿Diez? Jünger encuentra un sentido. De quien emitió ese voto ínfimo “cabe aguardar que hará sacrificios para defender su opinión y su concepto del derecho y la libertad”. Este tipo de personas está empezando a escabullirse del mundo “vigilado y dominado por la estadística”. Él cree que ese es un riesgo y que, como tal, exige que esas personas que se saben en minoría y fuera de las masas que se pueden contar, en millones y sus correspondientes porcentajes, acopien fortaleza.
¿Qué otro sentido puede tener ese voto? “Ese voto no quebrantará al adversario, pero sí produce un cambio en quien se decidió a emitirlo”. Es una declaración contra el miedo, una afirmación de la libertad. Y eso entraña una moralidad propia y nada fácil, pues la formación de la masa en la democracia contemporánea está basada en el miedo. El pánico, decía en 1951, “es difundido a través de redes que compiten en rapidez con el rayo”. El miedo aglutina y quiere asfixiar a las minorías. Es un desafío para quien decide emboscarse.
El Colombiano, 17 de junio.
Es muy diciente que la reflexión empiece con el voto, el acto de votar, la necesidad estadística que tienen la política de masas y las democracias, incluyendo a las democracias iliberales. Un paisaje que ya mostraba sus bocetos después de la Segunda Guerra Mundial.
Tomo trozos de esta meditación sobre la democracia escrita hace casi siete décadas.
El camino del medio “se ha vuelto tan estrecho como el filo de un cuchillo”. Tales son las polaridades de la vida actual, que aglutinan masas y generan conductas automáticas en ellas. Ese camino estrecho es el propio de la figura que él sugiere: la del emboscado, “el hombre de la acción libre e independiente”. A partir de este ser libre, es posible “hacer frente al automatismo” y hacer fracasar “el puro empleo de la violencia”.
Cuando se nos interpela ante las urnas, comienza, hay que tener en cuenta “que también el callar es una respuesta”; respuesta que puede ser costosa, como costosa resultaría una participación o una decisión en uno u otro sentido. Sin embargo, hay un tipo de decisiones electorales que ofrecen opciones cerradas. O, cómo entender la pregunta: “¿Por qué elegir en una situación en la que ya no queda elección?”.
En estos casos, ¿qué reto supone hacerse parte de una minoría ínfima? ¿Un cinco por ciento? ¿Diez? Jünger encuentra un sentido. De quien emitió ese voto ínfimo “cabe aguardar que hará sacrificios para defender su opinión y su concepto del derecho y la libertad”. Este tipo de personas está empezando a escabullirse del mundo “vigilado y dominado por la estadística”. Él cree que ese es un riesgo y que, como tal, exige que esas personas que se saben en minoría y fuera de las masas que se pueden contar, en millones y sus correspondientes porcentajes, acopien fortaleza.
¿Qué otro sentido puede tener ese voto? “Ese voto no quebrantará al adversario, pero sí produce un cambio en quien se decidió a emitirlo”. Es una declaración contra el miedo, una afirmación de la libertad. Y eso entraña una moralidad propia y nada fácil, pues la formación de la masa en la democracia contemporánea está basada en el miedo. El pánico, decía en 1951, “es difundido a través de redes que compiten en rapidez con el rayo”. El miedo aglutina y quiere asfixiar a las minorías. Es un desafío para quien decide emboscarse.
El Colombiano, 17 de junio.
jueves, 14 de junio de 2018
Hermandad entre letras y pelotas
Gran parte de la vida intelectual colombiana está originada en grupos y revistas -lo más frecuente son grupos con revistas- de los cuales uno de los más famosos es el llamado Grupo de Barranquilla. Los nombres de los jefes bastan. Era el director Alfonso Fuenmayor y el jefe de redacción Gabriel García Márquez. Crónica fue el nombre de la revista que los congregó durante trece meses.
Dice Ramón Illán Bacca que lo que orientó al grupo fueron “sus amores y odios literarios”. Pero habría que decir que la revista demostró también, de modo evidente, el amor a los deportes, especialmente, al fútbol, el béisbol y el boxeo. No en vano Crónica se presentaba como “semanario literario-deportivo de Barranquilla”. También había entre sus miembros, según García Márquez, afectos menos universales pues Germán Vargas era hincha del Junior y Álvaro Cepeda Samudio del Sporting.
Crónica no tenía confinados los deportes a la sección habitual que empezó llamándose “Deporte al día”, que incluía comentarios previos a cada partido de la fecha del fútbol profesional, al acontecer de la pelota caliente y a las clasificaciones de dos torneos nacionales respectivos. Con alguna frecuencia les dedicó portadas y reportajes centrales a los futbolistas. Muy centrados, eso sí, en las estrellas brasileñas que llegaban al Junior y al Sporting. Las figuras deportivas y sus devenires tenían tanta relevancia para los editores, como los escritores afamados que vieron traducidos y reproducidos sus textos en la revista: personajes como Ernest Hemingway, Graham Greene y Aldous Huxley, por ejemplo.
La mirada del deporte no era la del curioso sino la del aficionado. Esta afirmación se ilustra bien por la portada -que dio paso a un artículo de tres páginas- titulada “¿Por qué ganan los millonarios?”, (así con minúscula). La portada es una ilustración que muestra a un jugador del club Millonarios cruzando un frágil puente donde dice “campeonato profesional”, acompañado de un Ángel de la Guardia en cuya túnica dice “Dimayor”, custodiado por dos pequeños árbitros a modo de querubines. Debe decirse que el director del comité artístico de la revista era nadie menos que Alejandro Obregón. Sobra contar los pormenores de los argumentos del artículo y su vigencia perpetua desde el 3 de junio de 1950, cuando se publicó el artículo, hasta hoy y hasta el fin de los días, con VAR o cualquier otro invento.
Crónica se publicó entre el 29 de abril de 1950 y el 7 de abril de 1951. Su corta vida coincidió, sin embargo, con el Campeonato Mundial de Fútbol de 1950. No hay rastros del Mundial en el sumario de la revista, rescatado por la Universidad del Norte en 2010. Eso demuestra más el incipiente atractivo global del trofeo Jules Rimet que alguna falla en la visión de los periodistas de la revista. La copa mundo, además, venía del bache de doce años provocado por la Segunda Guerra.
Crónica y el Grupo de Barranquilla son una excepción en el panorama intelectual colombiano. Una excepción cosmopolita y moderna, que marca un contraste con el elitismo provinciano y decimonónico de casi todos los demás; de todos aquellos que suponen que el deporte no es cultura y que con ello solo muestran las mutilaciones de su sensibilidad.
Dice Ramón Illán Bacca que lo que orientó al grupo fueron “sus amores y odios literarios”. Pero habría que decir que la revista demostró también, de modo evidente, el amor a los deportes, especialmente, al fútbol, el béisbol y el boxeo. No en vano Crónica se presentaba como “semanario literario-deportivo de Barranquilla”. También había entre sus miembros, según García Márquez, afectos menos universales pues Germán Vargas era hincha del Junior y Álvaro Cepeda Samudio del Sporting.
Crónica no tenía confinados los deportes a la sección habitual que empezó llamándose “Deporte al día”, que incluía comentarios previos a cada partido de la fecha del fútbol profesional, al acontecer de la pelota caliente y a las clasificaciones de dos torneos nacionales respectivos. Con alguna frecuencia les dedicó portadas y reportajes centrales a los futbolistas. Muy centrados, eso sí, en las estrellas brasileñas que llegaban al Junior y al Sporting. Las figuras deportivas y sus devenires tenían tanta relevancia para los editores, como los escritores afamados que vieron traducidos y reproducidos sus textos en la revista: personajes como Ernest Hemingway, Graham Greene y Aldous Huxley, por ejemplo.
La mirada del deporte no era la del curioso sino la del aficionado. Esta afirmación se ilustra bien por la portada -que dio paso a un artículo de tres páginas- titulada “¿Por qué ganan los millonarios?”, (así con minúscula). La portada es una ilustración que muestra a un jugador del club Millonarios cruzando un frágil puente donde dice “campeonato profesional”, acompañado de un Ángel de la Guardia en cuya túnica dice “Dimayor”, custodiado por dos pequeños árbitros a modo de querubines. Debe decirse que el director del comité artístico de la revista era nadie menos que Alejandro Obregón. Sobra contar los pormenores de los argumentos del artículo y su vigencia perpetua desde el 3 de junio de 1950, cuando se publicó el artículo, hasta hoy y hasta el fin de los días, con VAR o cualquier otro invento.
Crónica se publicó entre el 29 de abril de 1950 y el 7 de abril de 1951. Su corta vida coincidió, sin embargo, con el Campeonato Mundial de Fútbol de 1950. No hay rastros del Mundial en el sumario de la revista, rescatado por la Universidad del Norte en 2010. Eso demuestra más el incipiente atractivo global del trofeo Jules Rimet que alguna falla en la visión de los periodistas de la revista. La copa mundo, además, venía del bache de doce años provocado por la Segunda Guerra.
Crónica y el Grupo de Barranquilla son una excepción en el panorama intelectual colombiano. Una excepción cosmopolita y moderna, que marca un contraste con el elitismo provinciano y decimonónico de casi todos los demás; de todos aquellos que suponen que el deporte no es cultura y que con ello solo muestran las mutilaciones de su sensibilidad.
lunes, 11 de junio de 2018
Trump y la cuestión del estilo
Mucho se ha escrito sobre Donald Trump en tan solo dos años de carrera política. Los personajes disruptivamente tóxicos suelen concentrar mucha fascinación morbosa. Y ello, aunque (o porque), todas las acciones Trump hasta ahora han sido destructivas, pues su propósito declarado fue acabar con la obra de Obama. La razón no se sabe: por liberal, tal vez; por demócrata, quizás; o por negro, nada de raro. Las discusiones habituales sobre el gobierno de Trump giran alrededor de las órdenes ejecutivas, las iniciativas legislativas y los nombramientos en el ejecutivo. Discusiones en terreno firme, con datos, antecedentes, jurisprudencias, a la vista.
Mi punto es más elusivo pero tanto o más concreto. ¿Qué cambios pueden producir en un país el temperamento y la personalidad de sus gobernantes? Talante, estilo, ejemplo. La filosofía política siempre se ha preocupado por este asunto desde las demandas de prudencia que, para la vida pública, hacía Aristóteles hasta el Elogio de la templanza de Norberto Bobbio, pasando por los espejos de príncipes medievales. La despersonalización del poder público, la neutralización de la singularidad personal del gobernante, han llevado a subestimar el papel del agente individual en la política, y con ello los rasgos morales y psicológicos de los individuos que ostentan posiciones de poder.
Cuando Trump dice que los inmigrantes latinos son animales, cuando convierte en normal el mercado sexual, cuando banaliza el patrimonio natural y cultural, cuando le pide a los maestros que vayan armados a las escuelas, cuando ridiculiza las tradiciones que no son anglo, blancas, protestantes (wasp); cuando hace todo esto, ¿qué tipo de comportamientos autoriza a los ciudadanos?, ¿qué temores y acciones suscita entre las personas sindicadas? Sin más datos a la mano, no creo que el renacimiento del Ku-Klux-Klan, la multiplicación de asesinatos por parte de la policía contra hombres negros desarmados, la exhibición descarada de machismo y racismo, y otras conductas sociales reprobables, sean gratuitas. Las produce un ambiente creado desde el gobierno, una autorización implícita del primer magistrado.
El analista racional, en las coyunturas electorales, se queda considerando los programas y las propuestas de los candidatos, su hoja de vida. El racionalista suele desechar la persona. En regímenes fuertemente presidencialistas, como Estados Unidos o Colombia, esa faceta del poder es crucial. Alguien señaló los parecidos entre el presidencialismo y las monarquías. Los viejos monarcas se rodeaban de sacerdotes, consejeros, bufones, que embridaran sus demonios. Los antiguos presidentes hacían lo mismo; no tenían las tentaciones de Twitter y dejaban el narcisismo a cargo de los artistas y las gentes del espectáculo.
La legendaria pregunta que se hacían los padres conservadores en los sesenta (¿dejarías salir tu hija con un Stone?), es más aplicable a las campañas presidenciales; al cabo, lo que está en juego es la cultura política o, si se quiere la salud mental, del país.
El Colombiano, 10 de junio
Mi punto es más elusivo pero tanto o más concreto. ¿Qué cambios pueden producir en un país el temperamento y la personalidad de sus gobernantes? Talante, estilo, ejemplo. La filosofía política siempre se ha preocupado por este asunto desde las demandas de prudencia que, para la vida pública, hacía Aristóteles hasta el Elogio de la templanza de Norberto Bobbio, pasando por los espejos de príncipes medievales. La despersonalización del poder público, la neutralización de la singularidad personal del gobernante, han llevado a subestimar el papel del agente individual en la política, y con ello los rasgos morales y psicológicos de los individuos que ostentan posiciones de poder.
Cuando Trump dice que los inmigrantes latinos son animales, cuando convierte en normal el mercado sexual, cuando banaliza el patrimonio natural y cultural, cuando le pide a los maestros que vayan armados a las escuelas, cuando ridiculiza las tradiciones que no son anglo, blancas, protestantes (wasp); cuando hace todo esto, ¿qué tipo de comportamientos autoriza a los ciudadanos?, ¿qué temores y acciones suscita entre las personas sindicadas? Sin más datos a la mano, no creo que el renacimiento del Ku-Klux-Klan, la multiplicación de asesinatos por parte de la policía contra hombres negros desarmados, la exhibición descarada de machismo y racismo, y otras conductas sociales reprobables, sean gratuitas. Las produce un ambiente creado desde el gobierno, una autorización implícita del primer magistrado.
El analista racional, en las coyunturas electorales, se queda considerando los programas y las propuestas de los candidatos, su hoja de vida. El racionalista suele desechar la persona. En regímenes fuertemente presidencialistas, como Estados Unidos o Colombia, esa faceta del poder es crucial. Alguien señaló los parecidos entre el presidencialismo y las monarquías. Los viejos monarcas se rodeaban de sacerdotes, consejeros, bufones, que embridaran sus demonios. Los antiguos presidentes hacían lo mismo; no tenían las tentaciones de Twitter y dejaban el narcisismo a cargo de los artistas y las gentes del espectáculo.
La legendaria pregunta que se hacían los padres conservadores en los sesenta (¿dejarías salir tu hija con un Stone?), es más aplicable a las campañas presidenciales; al cabo, lo que está en juego es la cultura política o, si se quiere la salud mental, del país.
El Colombiano, 10 de junio
lunes, 4 de junio de 2018
Cinco votos más o menos libres
Hace cien años, casi exactos, el gran pensador alemán Max Weber (1864-1920) examinó la situación de la política de su tiempo en una conferencia titulada “La política como vocación”. Entre otras cosas, Weber hizo allí el contraste entre la democracia de camarillas y la de caudillos. Para él, la democracia de camarillas consiste en la rutina burocrática y la dominación de los políticos profesionales, por tanto, de notables. En la democracia caudillista -una de cuyas expresiones es el populismo- los seguidores de los partidos se convierten proletarios, gentes que “han de obedecer ciegamente” y no pueden ufanarse de “tener opinión propia”, porque la vanidad y la opinión son exclusivas del jefe.
El domingo pasado vencieron en Colombia los caudillos sobre los políticos profesionales. El próximo 17 de junio se enfrentarán dos huestes de proletarios ninguna de las cuales podrá vencer sola. Les tocará ganar el apoyo de un pedazo del tercio de votantes que no los acompañó. Los lánguidos grupitos de políticos profesionales ya empezaron a hacer sus movimientos, entre la resignación y el ridículo. Pero el movimiento molecular de los ciudadanos será importante. Veo cinco opciones.
La primera es la ética de la responsabilidad. Elaborar un argumento responsable no será fácil, sobre todo si entendemos que la responsabilidad no debería ser parcial (con la economía, Duque; con el ambiente, Petro). Los problemas del país no se deben parcelar, como lo demostró el proceso de paz.
La segunda es la del mal menor, que exige mucha información y alguna capacidad de control sobre los resultados. Uno de los principales defectos de los candidatos de segunda vuelta es su falta de claridad y la poca confianza que generan (¿se lanzarán a una constituyente como lo han dicho?).
El tercero es el de la enemistad. Como existen enemigos jurados de Uribe y otros de Petro y se quemó la opción de la reconciliación, algunos están inclinados a que sea la vara del odio o de la rabia la que determine contra quién se va a votar.
La cuarta es la de la coherencia. El voto en blanco es una manera de salvar la conciencia o el alma, si se quiere; de mantener los principios; si es masivo (va en el 10%) podría ser un mensaje.
La última es la de pensar con el deseo. Votar por Duque con la esperanza de que no cumpla lo que ha prometido (desbaratar los acuerdos, crear una sola corte). Votar por Petro confiando en que no sea el que conocemos, con la esperanza de que no radicalice la sociedad o detenga la economía petrolera. Si esto pasa y no cumplen, la democracia representativa carecerá de sentido.
Hidroituango: lo único que faltaba era la irresponsabilidad del Gobernador en sus ataques a EPM; el mismo que boicotea Savia Salud y el túnel de El Toyo.
El Colombiano, 3 de junio
El domingo pasado vencieron en Colombia los caudillos sobre los políticos profesionales. El próximo 17 de junio se enfrentarán dos huestes de proletarios ninguna de las cuales podrá vencer sola. Les tocará ganar el apoyo de un pedazo del tercio de votantes que no los acompañó. Los lánguidos grupitos de políticos profesionales ya empezaron a hacer sus movimientos, entre la resignación y el ridículo. Pero el movimiento molecular de los ciudadanos será importante. Veo cinco opciones.
La primera es la ética de la responsabilidad. Elaborar un argumento responsable no será fácil, sobre todo si entendemos que la responsabilidad no debería ser parcial (con la economía, Duque; con el ambiente, Petro). Los problemas del país no se deben parcelar, como lo demostró el proceso de paz.
La segunda es la del mal menor, que exige mucha información y alguna capacidad de control sobre los resultados. Uno de los principales defectos de los candidatos de segunda vuelta es su falta de claridad y la poca confianza que generan (¿se lanzarán a una constituyente como lo han dicho?).
El tercero es el de la enemistad. Como existen enemigos jurados de Uribe y otros de Petro y se quemó la opción de la reconciliación, algunos están inclinados a que sea la vara del odio o de la rabia la que determine contra quién se va a votar.
La cuarta es la de la coherencia. El voto en blanco es una manera de salvar la conciencia o el alma, si se quiere; de mantener los principios; si es masivo (va en el 10%) podría ser un mensaje.
La última es la de pensar con el deseo. Votar por Duque con la esperanza de que no cumpla lo que ha prometido (desbaratar los acuerdos, crear una sola corte). Votar por Petro confiando en que no sea el que conocemos, con la esperanza de que no radicalice la sociedad o detenga la economía petrolera. Si esto pasa y no cumplen, la democracia representativa carecerá de sentido.
Hidroituango: lo único que faltaba era la irresponsabilidad del Gobernador en sus ataques a EPM; el mismo que boicotea Savia Salud y el túnel de El Toyo.
El Colombiano, 3 de junio
viernes, 1 de junio de 2018
Populistas a la colombiana: Semana
“Petro tiene rasgos populistas”
Por Jorge Cote R.*
Revista Semana, 29 de mayo de 2018
En su reciente libro 'Populistas a la colombiana', el decano de la Escuela de Ciencias y Humanidades de la Universidad Eafit, Jorge Giraldo, explica en qué consiste este fenómeno político. En entrevista con SEMANA afirmó que Petro y Uribe son representantes del populismo nacional.
Leer entrevista completa en: https://www.semana.com/nacion/articulo/el-profesor-de-la-eafit-jorge-giraldo-habla-con-semana-sobre-su-libro-populistas-a-la-colombiana/569308
Por Jorge Cote R.*
Revista Semana, 29 de mayo de 2018
En su reciente libro 'Populistas a la colombiana', el decano de la Escuela de Ciencias y Humanidades de la Universidad Eafit, Jorge Giraldo, explica en qué consiste este fenómeno político. En entrevista con SEMANA afirmó que Petro y Uribe son representantes del populismo nacional.
Leer entrevista completa en: https://www.semana.com/nacion/articulo/el-profesor-de-la-eafit-jorge-giraldo-habla-con-semana-sobre-su-libro-populistas-a-la-colombiana/569308
lunes, 28 de mayo de 2018
Empresas Públicas de Medellín
Las Empresas Públicas de Medellín se han vuelto parte del paisaje, como los servicios que provee: agua, energía, gas, telefonía. Esta condición natural con la que es recibida por muchas personas es una prueba de su éxito. Durante sesenta años no ha habido intentos de privatizarla, ni barricadas contra la carencia del servicio o cuestionamientos sobre su función pública.
Pero no hay nada natural en ello. Las empresas de servicios públicos en Colombia fueron privatizadas en gran medida durante las gestiones de César Gaviria y Ernesto Samper; EPM no. No es solo la propiedad. Se trata de la prestación de un servicio básico, universal y de calidad, y también del impacto que los excedentes de la actividad productiva tienen sobre la calidad de vida de los habitantes de Medellín y Antioquia. Muchos ignoran que EPM ofrece un mínimo vital de agua a los hogares más pobres -gracias a una iniciativa de la administración de Alonso Salazar- y que gran parte de la inversión social en Medellín se financia con recursos de EPM. Es decir que se trata de una empresa auténticamente pública, y que los detractores gratuitos y radicales de EPM lo que hacen es darse tiros en los pies.
EPM no es administrada por la élite económica de la ciudad. Es dirigida de modo autónomo por un organismo que está conformado por personas de prestancia académica, social y profesional, como puede constatarlo cualquiera que se digne buscar la información en la red. Y es orientada, en términos generales, por el alcalde de la ciudad quien, a su vez, es elegido democráticamente cada cuatro años. Que la ignorancia o la malevolencia quieran ver en el sustantivo “empresas” al lobo feroz es otra cosa.
EPM no carece de problemas, como cualquier organización de este mundo. Yo mismo la he criticado cada que creo que lo amerita. Sus problemas derivan, a mi modo de ver, de su condición monopólica en el mercado y de una visión demasiado ingenieril en un sector que tiene profundo alcance social. Pero es una empresa que aprende. Mucha diferencia hay entre los terribles errores políticos que se cometieron durante la construcción de la represa de El Peñol hasta sus proyectos más recientes. Hace cuatro años tuve la oportunidad de ver sobre el terreno la intervención social y física admirable de EPM en Toledo e Ituango. Estuve en el lecho del río, en los túneles, la casa de máquinas y otro lugar con el fabuloso nombre de “caverna de trasformadores”. A la magnitud de esa obra no le hacen justicia ni los números ni las imágenes.
Ante la actual emergencia, la gerencia de EPM decidió sacrificar parte de esa infraestructura para salvar vidas humanas y está atendiendo a los damnificados de una manera inédita. ¿Cómo hubiera sido el desbordamiento del Cauca sin EPM?
El Colombiano, 27 de mayo
Pero no hay nada natural en ello. Las empresas de servicios públicos en Colombia fueron privatizadas en gran medida durante las gestiones de César Gaviria y Ernesto Samper; EPM no. No es solo la propiedad. Se trata de la prestación de un servicio básico, universal y de calidad, y también del impacto que los excedentes de la actividad productiva tienen sobre la calidad de vida de los habitantes de Medellín y Antioquia. Muchos ignoran que EPM ofrece un mínimo vital de agua a los hogares más pobres -gracias a una iniciativa de la administración de Alonso Salazar- y que gran parte de la inversión social en Medellín se financia con recursos de EPM. Es decir que se trata de una empresa auténticamente pública, y que los detractores gratuitos y radicales de EPM lo que hacen es darse tiros en los pies.
EPM no es administrada por la élite económica de la ciudad. Es dirigida de modo autónomo por un organismo que está conformado por personas de prestancia académica, social y profesional, como puede constatarlo cualquiera que se digne buscar la información en la red. Y es orientada, en términos generales, por el alcalde de la ciudad quien, a su vez, es elegido democráticamente cada cuatro años. Que la ignorancia o la malevolencia quieran ver en el sustantivo “empresas” al lobo feroz es otra cosa.
EPM no carece de problemas, como cualquier organización de este mundo. Yo mismo la he criticado cada que creo que lo amerita. Sus problemas derivan, a mi modo de ver, de su condición monopólica en el mercado y de una visión demasiado ingenieril en un sector que tiene profundo alcance social. Pero es una empresa que aprende. Mucha diferencia hay entre los terribles errores políticos que se cometieron durante la construcción de la represa de El Peñol hasta sus proyectos más recientes. Hace cuatro años tuve la oportunidad de ver sobre el terreno la intervención social y física admirable de EPM en Toledo e Ituango. Estuve en el lecho del río, en los túneles, la casa de máquinas y otro lugar con el fabuloso nombre de “caverna de trasformadores”. A la magnitud de esa obra no le hacen justicia ni los números ni las imágenes.
Ante la actual emergencia, la gerencia de EPM decidió sacrificar parte de esa infraestructura para salvar vidas humanas y está atendiendo a los damnificados de una manera inédita. ¿Cómo hubiera sido el desbordamiento del Cauca sin EPM?
El Colombiano, 27 de mayo
viernes, 25 de mayo de 2018
martes, 22 de mayo de 2018
Bolombolo
Bolombolo
José Fernando Isaza
El Espectador
16 de mayo del 2018
Hasta 1970 existió el ferrocarril del Pacífico, Buenaventura-Medellín. Los pasajeros preferían bajarse en Bolombolo, corregimiento a orillas del río Cauca, para evitar el demorado trayecto en tren entre Bolombolo y Medellín, que debía subir la cordillera. Preferían utilizar incómodos buses. A medida que mejoraban las carreteras, más carga y pasajeros se movilizaban por ellas. En el invierno de 1970, parte de la banca sobre el cañón del río Cauca fue destruida. Fue la muerte de este transporte ferroviario. Subsiste la estación de Bolombolo, grande con relación a la población; su discutible arquitectura evoca una locomotora y unos vagones. En una de las salas está hoy el Centro Cultural León de Greiff. Es de suponer que el poeta debía completar los pocos ingresos que le proporcionaba su profesión con algún salario, de preferencia oficial. Los Ferrocarriles Nacionales hicieron el acertado papel de mecenas y De Greiff estuvo en su nómina. En los años 1926 y 1927 vivió en Bolombolo. La casa se conserva.
Bolombolo está lejos de ser un destino gastronómico. El café que ofrecen las fuentes de soda es posiblemente de lo peor del hemisferio occidental. Es famosa su torta de pescado. Hace unos diez años sólo había un restaurante que la ofrecía y hoy se encuentra en al menos seis. El olor y el sabor parecen recordar un plato común en Islandia: el tiburón podrido. La torta ofende al menos tres sentidos: la vista, el olfato y el gusto. Mis compañeros de viaje la devoraron con entusiasmo.
Buscando, infructuosamente, las huellas de León de Greiff, encontramos en la farmacia toda la información que necesitábamos. El administrador es el promotor y gestor del centro cultural; para sorpresa de quienes íbamos en búsqueda de la huella del poeta, el farmaceuta es el sobrino de Enrique Sánchez. Tal vez este nombre no les diga micho a los millennials. Sánchez era el dueño del café El Automático, que lo compró a su primer propietario, Fernando Jaramillo Botero.
El Automático fue una institución en las letras colombianas. En sus mesas se discutía de poesía, de política. León de Greiff, Jorge Gaitán Durán, Hernando Téllez, Juan Lozano y Luis Vidales eran sus contertulios habituales.
En los tiempos en que a las mujeres estaba vedado entrar a los cafés, a menos que fueran meseras, intelectuales de la talla de Emilia Pardo Umaña y Lucy Tejada desafiaron estas arcaicas prohibiciones e hicieron parte de las tertulias literarias y conspirativas.
Si bien el interlocutor más respetado era De Greiff, no siempre compartía la mesa con sus pares y prefería paliquear con otros clientes del Automático. Contrario a la imagen que tiene de ser un personaje distante.
Años antes de trasladarse a Bogotá, De Greiff instauró en Medellín una tertulia de escritores llamada Los Pánidas, la mayoría de ellos rebeldes, desafiantes de la sociedad clerical y cerrada en que vivían. Casi todos fueron expulsados de las universidades confesionales en las que estudiaban.
Hoy las sociedades prohíben el consumo de drogas; antes prohibieron el tabaco y el alcohol. En algunos regímenes fueron clausurados los cafés y desestimulado el consumo de esta bebida. Las reuniones en torno a ella se consideraban desestabilizadoras del régimen.
La construcción de la central de Cañafisto, aguas arriba de Ituango, ha sido aplazada. Su embalse inundaría a Bolombolo, llevándose vestigios de una época de literatura y trenes.
José Fernando Isaza
El Espectador
16 de mayo del 2018
Hasta 1970 existió el ferrocarril del Pacífico, Buenaventura-Medellín. Los pasajeros preferían bajarse en Bolombolo, corregimiento a orillas del río Cauca, para evitar el demorado trayecto en tren entre Bolombolo y Medellín, que debía subir la cordillera. Preferían utilizar incómodos buses. A medida que mejoraban las carreteras, más carga y pasajeros se movilizaban por ellas. En el invierno de 1970, parte de la banca sobre el cañón del río Cauca fue destruida. Fue la muerte de este transporte ferroviario. Subsiste la estación de Bolombolo, grande con relación a la población; su discutible arquitectura evoca una locomotora y unos vagones. En una de las salas está hoy el Centro Cultural León de Greiff. Es de suponer que el poeta debía completar los pocos ingresos que le proporcionaba su profesión con algún salario, de preferencia oficial. Los Ferrocarriles Nacionales hicieron el acertado papel de mecenas y De Greiff estuvo en su nómina. En los años 1926 y 1927 vivió en Bolombolo. La casa se conserva.
Bolombolo está lejos de ser un destino gastronómico. El café que ofrecen las fuentes de soda es posiblemente de lo peor del hemisferio occidental. Es famosa su torta de pescado. Hace unos diez años sólo había un restaurante que la ofrecía y hoy se encuentra en al menos seis. El olor y el sabor parecen recordar un plato común en Islandia: el tiburón podrido. La torta ofende al menos tres sentidos: la vista, el olfato y el gusto. Mis compañeros de viaje la devoraron con entusiasmo.
Buscando, infructuosamente, las huellas de León de Greiff, encontramos en la farmacia toda la información que necesitábamos. El administrador es el promotor y gestor del centro cultural; para sorpresa de quienes íbamos en búsqueda de la huella del poeta, el farmaceuta es el sobrino de Enrique Sánchez. Tal vez este nombre no les diga micho a los millennials. Sánchez era el dueño del café El Automático, que lo compró a su primer propietario, Fernando Jaramillo Botero.
El Automático fue una institución en las letras colombianas. En sus mesas se discutía de poesía, de política. León de Greiff, Jorge Gaitán Durán, Hernando Téllez, Juan Lozano y Luis Vidales eran sus contertulios habituales.
En los tiempos en que a las mujeres estaba vedado entrar a los cafés, a menos que fueran meseras, intelectuales de la talla de Emilia Pardo Umaña y Lucy Tejada desafiaron estas arcaicas prohibiciones e hicieron parte de las tertulias literarias y conspirativas.
Si bien el interlocutor más respetado era De Greiff, no siempre compartía la mesa con sus pares y prefería paliquear con otros clientes del Automático. Contrario a la imagen que tiene de ser un personaje distante.
Años antes de trasladarse a Bogotá, De Greiff instauró en Medellín una tertulia de escritores llamada Los Pánidas, la mayoría de ellos rebeldes, desafiantes de la sociedad clerical y cerrada en que vivían. Casi todos fueron expulsados de las universidades confesionales en las que estudiaban.
Hoy las sociedades prohíben el consumo de drogas; antes prohibieron el tabaco y el alcohol. En algunos regímenes fueron clausurados los cafés y desestimulado el consumo de esta bebida. Las reuniones en torno a ella se consideraban desestabilizadoras del régimen.
La construcción de la central de Cañafisto, aguas arriba de Ituango, ha sido aplazada. Su embalse inundaría a Bolombolo, llevándose vestigios de una época de literatura y trenes.
lunes, 21 de mayo de 2018
Tercer llamado
Por tercera vez en lo que va del presente siglo la intelectualidad colombiana llama a las puertas de la ciudadanía para que escuche sus propuestas políticas y conozca la manera como concibe el futuro del país. En 2006, el jurista Carlos Gaviria Díaz –exprofesor de la Universidad de Antioquia– se presentó como alternativa a la reelección inmediata en nombre de la dignidad humana y los derechos de las minorías. En 2010, el filósofo Antanas Mockus –exrector de la Universidad Nacional– llegó a la segunda vuelta para enfrentar el continuismo en nombre de la cultura de la legalidad y de una sociedad basada en la confianza. En 2018, el matemático Sergio Fajardo –exprofesor de la Universidad de Los Andes– llega a la primera vuelta enarbolando las banderas de la educación, la reconciliación y la lucha contra la corrupción. No es gratuito que Fajardo haya recibido el respaldo de los partidos de Gaviria y Mockus, es decir, el Polo Democrático y el Partido Verde.
Gaviria, Mockus y Fajardo, dejaron la comodidad de las aulas para entrar en la arena política a ofrecer alternativas que la clase política profesional y tradicional no ofrecían ni ofrecen. Aceptaron reglas que desconocían y participaron en escenarios en los cuales predomina un estilo y un lenguaje que no manejaban. Nadie podrá decir en el futuro que entre sus generaciones y estamento social no hubo compromiso con los problemas del país y sus soluciones. Nadie podrá decir que cuando el ambiente político se tornó radical y pendenciero no hubo quien representara la moderación, la razonabilidad y el entendimiento de que somos una nación y no dos, una sociedad y no dos. Y es que la oferta de Uribe y de Petro es eso: una continuación de la guerra civil a través de los medios políticos e institucionales, un enfrentamiento entre enemigos para los cuales todo vale, que no terminará con la victoria de uno de los dos. La promesa de ambos es barrer con el proyecto de la Constitución de 1991: tanto Duque (el de Uribe) como Petro prometen una Asamblea Constituyente y un revolcón en el régimen político.
Fajardo no hace demagogia, no entra en trifulcas, no tiene una visión maniquea de la sociedad. Es un magnífico administrador y tendría un excelente equipo de gobierno para afrontar los principales retos del país. No dudo de que es el mejor candidato y que todavía puede llegar a la segunda vuelta
Hidroituango: solidaridad con las Empresas Públicas de Medellín, su gerencia, y las comunidades del Bajo Cauca. La emergencia en la represa mostró las peores reacciones de Gustavo Petro, quien actuó de manera oportunista y mentirosa. Intentó sacar votos y alimentar el odio en medio de un problema de tal dimensión humana y económica. Lo mismo hizo Luis Felipe Henao de la campaña de Vargas Lleras.
El Colombiano, 20 de mayo
Gaviria, Mockus y Fajardo, dejaron la comodidad de las aulas para entrar en la arena política a ofrecer alternativas que la clase política profesional y tradicional no ofrecían ni ofrecen. Aceptaron reglas que desconocían y participaron en escenarios en los cuales predomina un estilo y un lenguaje que no manejaban. Nadie podrá decir en el futuro que entre sus generaciones y estamento social no hubo compromiso con los problemas del país y sus soluciones. Nadie podrá decir que cuando el ambiente político se tornó radical y pendenciero no hubo quien representara la moderación, la razonabilidad y el entendimiento de que somos una nación y no dos, una sociedad y no dos. Y es que la oferta de Uribe y de Petro es eso: una continuación de la guerra civil a través de los medios políticos e institucionales, un enfrentamiento entre enemigos para los cuales todo vale, que no terminará con la victoria de uno de los dos. La promesa de ambos es barrer con el proyecto de la Constitución de 1991: tanto Duque (el de Uribe) como Petro prometen una Asamblea Constituyente y un revolcón en el régimen político.
Fajardo no hace demagogia, no entra en trifulcas, no tiene una visión maniquea de la sociedad. Es un magnífico administrador y tendría un excelente equipo de gobierno para afrontar los principales retos del país. No dudo de que es el mejor candidato y que todavía puede llegar a la segunda vuelta
Hidroituango: solidaridad con las Empresas Públicas de Medellín, su gerencia, y las comunidades del Bajo Cauca. La emergencia en la represa mostró las peores reacciones de Gustavo Petro, quien actuó de manera oportunista y mentirosa. Intentó sacar votos y alimentar el odio en medio de un problema de tal dimensión humana y económica. Lo mismo hizo Luis Felipe Henao de la campaña de Vargas Lleras.
El Colombiano, 20 de mayo
sábado, 19 de mayo de 2018
¿Cómo mejorar a Colombia? 25 ideas para reparar el futuro
Mauricio García Villegas (editor)
Autores
Jorge Orlando Melo
Moisés Wasserman
Santiago Gamboa
Rodrigo Uprimny
Francisco Gutiérrez
Ricardo Peñaranda
Juan Gabriel Vásquez
Julieta Lemaitre
Sergio Jaramillo
Andrés López
Fabio López de la Roche
Clara Rocío Gutiérrez
Antanas Mockus
Piedad Bonnett
Juan Camilo Cárdenas
Margarita Garrido
Juan Gabriel Gómez Albarello
Jorge Giraldo
Alejandro Gaviria
Lina Buchely
Gabriel Misas
Héctor Abad
Diana Rodríguez
Helena Durán
Andrea Ramírez
viernes, 18 de mayo de 2018
Las ideas en la guerra: Mauricio Gallo Callejas
Voy con el siguiente y último autor, Jorge Giraldo. Autor en quien he encontrado una clara manera de formular los problemas conceptuales implicados en las concepciones políticas dentro de tales contextos; en otras palabras, una clara vía para dar cuenta de los grandes retos con los que deben lidiar las preguntas qué y cuáles dentro de tales sociedades con condiciones de opresión. Ello, gracias a su inédita discusión frente al grado de responsabilidad que nos corresponde a quienes reflexionamos sobre el poder en este país y luego de tantos años de una violencia política desmedida. Discusión con la que, en general, me siento bastante cómodo; no puede ser de otra manera cuando su reclamo, “encaminado a mostrar que en Colombia no hubo una crítica de la violencia que se convirtiera en impronta de nuestra cultura política” (Giraldo, 2015, p.170), coincide con mi esfuerzo por introducir dentro de tal cultura al legado de Shklar, a la invitación para que pongamos a la crueldad en el primer lugar, a esa filosofía que apela a quienes hemos visto suficiente guerra y violencia, a quienes conocemos bien lo que es el miedo como herramienta de dominio político. Salvo por lo que leo como dos lamentables confusiones que explico de inmediato.
En aras de construir su reclamo, Giraldo (2015) establece una plausible separación entre “la hostilidad revolucionaria contra el orden vigente” (p.142) y la apuesta por la tradición democrática y liberal. Separación cuyo simple esbozo, también comparto este punto, resulta excepcional dentro de una cultura política en la que “[son sus palabras] no parece necesario demostrar […la] actitud comprensiva o benevolente o de franca simpatía con los insurgentes y su lucha armada” (pp.141-142) y que, agrego, en otros sigue despertando el accionar paramilitar. Pero que, creo, exige dos precisiones. Una, tal tradición demoliberal no puede ser confundida con aquellos regímenes en los que resulta posible establecer una presunción absoluta de la validez de todo orden normativo positivo. La otra, tampoco puede ser confundida con el abandono de la lucha en contra de la pobreza extrema. En el primer caso se pierde de vista que sin protección y estímulo para la formación del sentido individual de la injusticia no hay democracia liberal (Shklar, 2010). En el segundo caso, se olvida que cuando tal democracia aspira a funcionar de la mano de un sistema económico que establece la propiedad privada, dicho sentido de la injusticia debe incluir la falta de protección frente a los riesgos de la pobreza extrema.
Así pues, incurre Giraldo en la primera confusión una vez liga “poco aprecio por la democracia” y “relativización de la legalidad positiva” (p.152). O para decirlo desde una perspectiva inversa, una vez vincula “defensa de una normatividad alterna y superior a la ley positiva” con “hostilidad revolucionaria” (p.152). Por su parte, incurre en la segunda debido a la manera en que entiende las ideas de “legitimación indirecta” (p.167), “justificación implícita” (pp.168-169) o “aceptación infeliz” (p.170) del fanatismo revolucionario: todo aquel que incurra en alguno de los tópicos en los que esté implicada la idea de los derechos sociales, queda afiliado a tales categorías, se convierte en el objeto de su reclamo.
Bajo esta argumentación, todo queda servido para señalar que cualquier apuesta por la tesis de la pobreza extrema como opresión, está por fuera de la tradición demoliberal, queda vinculada con la hostilidad revolucionaria. No puede ser de otra manera si a los derechos sociales se les entiende como exigencias maximalistas y alejadas de todo principio de realidad; si la exigencia de garantía para sus titulares significa empeño por alcanzar un orden social plenamente satisfactorio; si, en tanto que programa político, devela el aire utópico y perfeccionista de todos aquellos dispuestos a hacer justicia “cueste lo que cueste” (la expresión es de Sen, 2010), a incurrir en esa “self-immolating fantasy” (Shklar, 1984, p.21) constitutiva del fanatismo revolucionario. En suma, todo queda servido para que cualquier predicador del evangelio libertario saque a la luz su consigna: o limitamos nuestros derechos al binomio libertad propiedad, o seguimos justificando años y años de una violencia sin sentido; seguimos enviando esas “[otra vez Giraldo] citadinas señales de humo que les dieron, a las guerrillas, la falsa impresión de que su causa contaba con un amplio respaldo” (p.170).
Puedo decir, entonces, que ninguna de las versiones disponibles de los DSH permite lidiar con el desafío impuesto por esta reflexión de Giraldo; de nuevo, desvirtuar ambas confusiones. En otras palabras, sostengo que es precisamente en los presupuestos teóricos del liberalismo de las eternas minorías donde están las herramientas para lograr un concepto de los derechos humanos que permita al mismo tiempo tomarse en serio la invitación de Giraldo y responder a las preguntas formuladas desde el antiliberalismo de autores como Santos. Y ello, mediante una serie de juicios de moralidad política que apenas alcanzo a enunciar: (i) el argumento de la igualación entre el sufrimiento generado por la crueldad física y por el sometimiento a pobreza extrema; (ii) una definición de la esfera de lo público que comprende las ideas de gobierno formal e informal y que deja abiertas las posibilidades de incluir tanto al ejercicio de la fuerza física como al poder económico [la ruptura con Pogge, con los enfoques institucionales de los derechos humanos no puede quedar más clara]; (iii) la tesis liberal sobre la injusticia acorde con la cual ella cancela la obligación política; y (iv) una concepción de la libertad entendida como ausencia de miedo (freedom from fear).
[Fragmento de su sustentación de tesis para el Doctorado en Filosofía de la Universidad de Antioquia]
En aras de construir su reclamo, Giraldo (2015) establece una plausible separación entre “la hostilidad revolucionaria contra el orden vigente” (p.142) y la apuesta por la tradición democrática y liberal. Separación cuyo simple esbozo, también comparto este punto, resulta excepcional dentro de una cultura política en la que “[son sus palabras] no parece necesario demostrar […la] actitud comprensiva o benevolente o de franca simpatía con los insurgentes y su lucha armada” (pp.141-142) y que, agrego, en otros sigue despertando el accionar paramilitar. Pero que, creo, exige dos precisiones. Una, tal tradición demoliberal no puede ser confundida con aquellos regímenes en los que resulta posible establecer una presunción absoluta de la validez de todo orden normativo positivo. La otra, tampoco puede ser confundida con el abandono de la lucha en contra de la pobreza extrema. En el primer caso se pierde de vista que sin protección y estímulo para la formación del sentido individual de la injusticia no hay democracia liberal (Shklar, 2010). En el segundo caso, se olvida que cuando tal democracia aspira a funcionar de la mano de un sistema económico que establece la propiedad privada, dicho sentido de la injusticia debe incluir la falta de protección frente a los riesgos de la pobreza extrema.
Así pues, incurre Giraldo en la primera confusión una vez liga “poco aprecio por la democracia” y “relativización de la legalidad positiva” (p.152). O para decirlo desde una perspectiva inversa, una vez vincula “defensa de una normatividad alterna y superior a la ley positiva” con “hostilidad revolucionaria” (p.152). Por su parte, incurre en la segunda debido a la manera en que entiende las ideas de “legitimación indirecta” (p.167), “justificación implícita” (pp.168-169) o “aceptación infeliz” (p.170) del fanatismo revolucionario: todo aquel que incurra en alguno de los tópicos en los que esté implicada la idea de los derechos sociales, queda afiliado a tales categorías, se convierte en el objeto de su reclamo.
Bajo esta argumentación, todo queda servido para señalar que cualquier apuesta por la tesis de la pobreza extrema como opresión, está por fuera de la tradición demoliberal, queda vinculada con la hostilidad revolucionaria. No puede ser de otra manera si a los derechos sociales se les entiende como exigencias maximalistas y alejadas de todo principio de realidad; si la exigencia de garantía para sus titulares significa empeño por alcanzar un orden social plenamente satisfactorio; si, en tanto que programa político, devela el aire utópico y perfeccionista de todos aquellos dispuestos a hacer justicia “cueste lo que cueste” (la expresión es de Sen, 2010), a incurrir en esa “self-immolating fantasy” (Shklar, 1984, p.21) constitutiva del fanatismo revolucionario. En suma, todo queda servido para que cualquier predicador del evangelio libertario saque a la luz su consigna: o limitamos nuestros derechos al binomio libertad propiedad, o seguimos justificando años y años de una violencia sin sentido; seguimos enviando esas “[otra vez Giraldo] citadinas señales de humo que les dieron, a las guerrillas, la falsa impresión de que su causa contaba con un amplio respaldo” (p.170).
Puedo decir, entonces, que ninguna de las versiones disponibles de los DSH permite lidiar con el desafío impuesto por esta reflexión de Giraldo; de nuevo, desvirtuar ambas confusiones. En otras palabras, sostengo que es precisamente en los presupuestos teóricos del liberalismo de las eternas minorías donde están las herramientas para lograr un concepto de los derechos humanos que permita al mismo tiempo tomarse en serio la invitación de Giraldo y responder a las preguntas formuladas desde el antiliberalismo de autores como Santos. Y ello, mediante una serie de juicios de moralidad política que apenas alcanzo a enunciar: (i) el argumento de la igualación entre el sufrimiento generado por la crueldad física y por el sometimiento a pobreza extrema; (ii) una definición de la esfera de lo público que comprende las ideas de gobierno formal e informal y que deja abiertas las posibilidades de incluir tanto al ejercicio de la fuerza física como al poder económico [la ruptura con Pogge, con los enfoques institucionales de los derechos humanos no puede quedar más clara]; (iii) la tesis liberal sobre la injusticia acorde con la cual ella cancela la obligación política; y (iv) una concepción de la libertad entendida como ausencia de miedo (freedom from fear).
[Fragmento de su sustentación de tesis para el Doctorado en Filosofía de la Universidad de Antioquia]
jueves, 17 de mayo de 2018
En librerías: POPULISTAS A LA COLOMBIANA
El populismo reverdece en el mundo. Crece allí donde las instituciones democráticas y liberales fallan.
Se nutre del inconformismo y se extiende como una incitación a salidas contestatarias y desesperadas. Pero, a pesar de ser un término de uso frecuente en los días que corren, lo cierto es que la noción misma de populismo se ha oscurecido en manos de la especulación, la falta de contexto histórico y la ausencia de estudios locales.
Populistas a la colombiana busca llenar ese vacío en momentos en que el país, en medio de la contienda electoral que sigue a los acuerdos de La Habana, asiste a la recomposición de su mapa político y el surgimiento de nuevos líderes. En conjunto, el libro reconstruye el origen y sentidos del populismo, sus versiones regionales, los contradictores que han colaborado en su definición y describe las formas que adoptó en Colombia, en tres casos significativos: Jorge Eliécer Gaitán, Gustavo Rojas Pinilla y Álvaro Uribe, y otros menos representativos, como Gustavo Petro.
De cierre, Jorge Giraldo Ramírez reflexiona, muy a propósito de la actual coyuntura, sobre la probabilidad de otro populismo en Colombia.
Didáctica Panini
Se sabe del valor didáctico del álbum de láminas –de caramelos, le decimos los mayores–, aunque no suficientemente aprovechado. En el país tenemos a la mano álbumes legendarios de historia natural, geografía e historia (este era bellísimo) de Colombia, todos lanzados en los años sesenta. Durante su gestión como gobernador, Sergio Fajardo promovió uno sobre los municipios de Antioquia. Pero, ¿qué valor puede tener un álbum de fútbol?
Puede suponerse que estoy haciendo una transferencia freudiana entre el amor al fútbol y algunas de mis pequeñas habilidades memorísticas respecto a nombres, fisiognomía, idiomas, banderas, países, y datos adjuntos provistos por el –en otros tiempos– indispensable Almanaque Mundial. Pero se trata de simples dispositivos pedagógicos que la educación contemporánea olvidó y que están siendo reivindicados por notables investigadores de la mente y el aprendizaje: repetición, memoria, placer, entretenimiento. Y curiosidad.
¿Qué era Corea del Norte en la década del sesenta? ¿Por qué el jugador más deslumbrante en Inglaterra jugaba para Portugal siendo mozambiqueño? El de 1966 fue mi primer álbum y todavía recuerdo los apodos de los jugadores españoles y la infame nómina argentina que después se lavó la cara en el campeonato colombiano. Un aficionado puede distinguir nombres de coreanos y japoneses, alemanes y nórdicos, rusos y eslavos del sur; cosa difícil para una persona que no haya cogido más de un álbum o que tenga mucha cultura general.
Algunos álbumes de los años ochenta traían el lugar de nacimiento de los jugadores. Allí puede rastrearse el fenómeno de la migración africana a Europa y el lento proceso de abandono de la ciudadanía de sangre en algunos países. Desde 1982 la página de Francia empezó a mostrar caras negras, Alemania se demoró pero llegó; el equipo japonés y los árabes exhibieron brasileños nacionalizados.
Si uno toma la colección completa de álbumes surgen preguntas más difíciles: ¿Por qué en las Antillas españolas son tan malos para jugar al fútbol mientras países como Haití y Trinidad ya han ido a mundiales? ¿Por qué la antigua Yugoslavia pone cada cuatro años dos selecciones de sus despojos (Croacia y Serbia este año)? ¿Qué pasa con los chinos y los indios que de mil quinientos millones de hombres no son capaces de sacar 22 muchachos competitivos? ¿Por qué los africanos del este nunca han clasificado al mundial? ¿Por qué el socialismo del siglo XXI solo pegó en países de troncos (Bolivia, Nicaragua y Venezuela)?
Sin curiosidad, por supuesto, no hay aprendizaje. ¿Qué tanto aprendimos sobre Camerún después de que el anciano Roger Milla nos sacara de octavos en 1990? ¿Nos interesamos por conocer a Rumania después de que Gheorghe Hagi colgara a Oscar Córdoba en 1994? ¿Sabemos ubicar en el mapa a Costa de Marfil, al que vencimos en 2014? ¿Cuántos colombianos se están informando sobre Polonia, Senegal y Japón?
El Colombiano, 13 de mayo
Puede suponerse que estoy haciendo una transferencia freudiana entre el amor al fútbol y algunas de mis pequeñas habilidades memorísticas respecto a nombres, fisiognomía, idiomas, banderas, países, y datos adjuntos provistos por el –en otros tiempos– indispensable Almanaque Mundial. Pero se trata de simples dispositivos pedagógicos que la educación contemporánea olvidó y que están siendo reivindicados por notables investigadores de la mente y el aprendizaje: repetición, memoria, placer, entretenimiento. Y curiosidad.
¿Qué era Corea del Norte en la década del sesenta? ¿Por qué el jugador más deslumbrante en Inglaterra jugaba para Portugal siendo mozambiqueño? El de 1966 fue mi primer álbum y todavía recuerdo los apodos de los jugadores españoles y la infame nómina argentina que después se lavó la cara en el campeonato colombiano. Un aficionado puede distinguir nombres de coreanos y japoneses, alemanes y nórdicos, rusos y eslavos del sur; cosa difícil para una persona que no haya cogido más de un álbum o que tenga mucha cultura general.
Algunos álbumes de los años ochenta traían el lugar de nacimiento de los jugadores. Allí puede rastrearse el fenómeno de la migración africana a Europa y el lento proceso de abandono de la ciudadanía de sangre en algunos países. Desde 1982 la página de Francia empezó a mostrar caras negras, Alemania se demoró pero llegó; el equipo japonés y los árabes exhibieron brasileños nacionalizados.
Si uno toma la colección completa de álbumes surgen preguntas más difíciles: ¿Por qué en las Antillas españolas son tan malos para jugar al fútbol mientras países como Haití y Trinidad ya han ido a mundiales? ¿Por qué la antigua Yugoslavia pone cada cuatro años dos selecciones de sus despojos (Croacia y Serbia este año)? ¿Qué pasa con los chinos y los indios que de mil quinientos millones de hombres no son capaces de sacar 22 muchachos competitivos? ¿Por qué los africanos del este nunca han clasificado al mundial? ¿Por qué el socialismo del siglo XXI solo pegó en países de troncos (Bolivia, Nicaragua y Venezuela)?
Sin curiosidad, por supuesto, no hay aprendizaje. ¿Qué tanto aprendimos sobre Camerún después de que el anciano Roger Milla nos sacara de octavos en 1990? ¿Nos interesamos por conocer a Rumania después de que Gheorghe Hagi colgara a Oscar Córdoba en 1994? ¿Sabemos ubicar en el mapa a Costa de Marfil, al que vencimos en 2014? ¿Cuántos colombianos se están informando sobre Polonia, Senegal y Japón?
El Colombiano, 13 de mayo
miércoles, 16 de mayo de 2018
Novena: Dedicación del mérito
Shantideva
Que todos los seres, en todo lugar,
que estén atormentados por sufrimientos físicos y mentales,
obtengan un océano de felicidad y alegría
debido a estos méritos.
Que ningún ser sufra,
que no cometa actos dañinos ni caiga enfermo.
Que nadie tenga miedo ni sea despreciado,
ni tenga una mente abrumada por la depresión.
...
Que los atemorizados, dejen de tener miedo
que los cautivos sean liberados.
que los débiles consigan poder
y que todos piensen en beneficiarse unos a otros.
Mientras exista el espacio,
mientras existan los seres,
mientras tanto, pueda yo permanecer
para ayudar a aliviar los sufrimientos en el mundo.
Dedicación del Bodhicharyavatara
Fragmento
Escuchar
Philip Glass
Sinfonía No. 5, IX-XII
Que todos los seres, en todo lugar,
que estén atormentados por sufrimientos físicos y mentales,
obtengan un océano de felicidad y alegría
debido a estos méritos.
Que ningún ser sufra,
que no cometa actos dañinos ni caiga enfermo.
Que nadie tenga miedo ni sea despreciado,
ni tenga una mente abrumada por la depresión.
...
Que los atemorizados, dejen de tener miedo
que los cautivos sean liberados.
que los débiles consigan poder
y que todos piensen en beneficiarse unos a otros.
Mientras exista el espacio,
mientras existan los seres,
mientras tanto, pueda yo permanecer
para ayudar a aliviar los sufrimientos en el mundo.
Dedicación del Bodhicharyavatara
Fragmento
Escuchar
Philip Glass
Sinfonía No. 5, IX-XII
martes, 15 de mayo de 2018
Octava: compañía
Samuel Beckett
palabras
supervivientes de la vida
un poco más aún
hacedle compañía
Escuchar
John Dowland (por Sting y Karamazov)
Songs from Labyrinth
palabras
supervivientes de la vida
un poco más aún
hacedle compañía
Escuchar
John Dowland (por Sting y Karamazov)
Songs from Labyrinth
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