lunes, 28 de febrero de 2022

Desconfianza

Dos estudios recientes apuntan a destacar la confianza como uno de los factores más determinantes para el bienestar de cualquier sociedad. Tema que en el país hemos merodeado algunos académicos, pero que carece de interés entre tecnócratas, administradores y políticos.

Empiezo con las conclusiones más protuberantes del trabajo producido por el Banco Interamericano de Desarrollo, publicado en enero pasado. “Ya se trate de los demás, del gobierno o de las empresas, la confianza en la región es menor que en cualquier otra parte del mundo”; esos bajos niveles de confianza atentan directamente contra el crecimiento económico y la innovación, y afectan la calidad de la democracia. Aunque los estudios sociales disponen de muchas nociones de confianza todas convergen en un contenido central que, en esta investigación, se define como “la creencia de que otros no actuarán de manera oportunista” (“Confianza: la clave de la cohesión social y el crecimiento en América Latina y el Caribe”, BID, 2022).

El segundo es un estudio abrumador —177 países y un número aún mayor de investigadores— publicado hace tres semanas en The Lancet, una de las revistas con mayor impacto en el campo médico. Dada la enorme variación de las infecciones y muertes por Covid-19, los investigadores se propusieron estudiar las condiciones asociadas con la propagación o contención de la enfermedad. Incluyeron factores demográficos, sanitarios, económicos, ambientales y sociales. ¿El resultado? Sorprendente. Los países y regiones con mayores grados de confianza en el gobierno y en otras personas tienen menos infecciones y mayores tasas de vacunación. La baja incidencia de la corrupción tiene relación directa con tener menos enfermos, más vacunados y mayor acatamiento de las normas gubernamentales. Este grupo partió de considerar la confianza como un recurso compartido que les permite a redes de personas hacer colectivamente cosas que no se logran de forma individual (“Pandemic preparedness and Covid-19”, 01.02.22).

Los índices de confianza en Colombia están por el suelo hace años y empeoran; los datos del BID nos ponen en ese penúltimo pelotón continental del que no salimos hace rato. Para otra fuente, remito a la revisión que hizo Alberto Velásquez sobre la Invamer Poll (“¿Por qué el pesimismo?”, El Colombiano, 23.02.22). Respecto a las consecuencias, veamos economía y pandemia. El impacto de la desconfianza en la economía se aclara con un examen juicioso del PIB. La bulla del gobierno con el incremento del 10,6% en el PIB 2021 se reduce, en realidad, a un 2,8% más respecto del 2019. Se trató de un “rebote de la economía” más que “del buen funcionamiento de políticas de desarrollo productivo” (Mauricio Uribe, “Vendedor de específicos”, La Patria, 18.02.22). En vacunación completa estamos, según Johns Hopkins University, igual que en la eliminatoria al mundial de fútbol: séptimos entre diez.

La confianza es una construcción institucional y cultural que requiere tiempo y acciones en múltiples esferas. La Universidad Eafit publicará pronto un estudio enfatizando en estos aspectos.

El Colombiano, 27 de febrero. 

miércoles, 23 de febrero de 2022

Frente a la mentira

El 12 de febrero de 1974 Aleksandr Solzhenitsyn (1918-2008) publicó un artículo que se tituló en su versión inglesa “Live Not by Lies” (“Vivir sin mentiras”). Reproduzco en versión libre un fragmento, a partir del texto en inglés. El pronunciamiento del Premio Nobel de Literatura de 1970 se realizó ante la situación de su patria, gobernada aún por un régimen totalitario. Es muy inquietante que estas palabras sean pertinentes -casi urgentes- para el mundo de hoy.

Dejemos que cada hombre elija: ¿Seguirá siendo un servidor ingenioso de las mentiras… o ha llegado el momento de que se mantenga firme como un hombre honesto, digno del respeto de sus hijos y contemporáneos? A partir de ese día él: 

• No escribirá, firmará, ni publicará una sola línea distorsionando, hasta donde pueda ver, la verdad;  

• No pronunciará tal tipo de enunciados en una conversación privada o pública, ni la usará en el papel de educador, encuestador, maestro, actor;  

• En la pintura, la escultura, la fotografía, la tecnología o la música no representará, apoyará o transmitirá un solo pensamiento falso, una sola distorsión de la verdad tal como él la discierne;  

• No citará por escrito o en el discurso una sola cita “orientadora” por gratificación, seguridad o en busca de éxito laboral, a menos que comparta completamente la idea citada y crea que se ajusta al contexto.

• No concurrirá a una manifestación o a un mitin si va en contra de su deseo y su voluntad; no tomará ni levantará una pancarta o consigna en la que no crea plenamente;  

• No apoyará con su voto una propuesta que en la que no crea sinceramente; no votará por un candidato que considere dudoso o indigno;  

• No asistirá a una reunión donde se espera que tenga lugar una discusión forzada y distorsionada;  

• Saldrá de inmediato de una sesión, reunión, conferencia, obra de teatro o película tan pronto como escuche al orador pronunciar una mentira o una propaganda desvergonzada;  

• No suscribirá, ni comprará al por menor, un periódico o revista que distorsione u oculte los hechos subyacentes. 

Esta no es de ninguna manera una lista exhaustiva de las formas posibles y necesarias de evadir las mentiras. Pero el que comienza a limpiarse a sí mismo, con un ojo limpio, discernirá fácilmente otras oportunidades.

Fuente: https://www.solzhenitsyncenter.org/live-not-by-lies

lunes, 21 de febrero de 2022

Acorralados

El 85% de la gente cree que la situación en Colombia está empeorando; el 65% para el caso de Medellín (Invamer Poll, 02.22). Este ambiente de pesimismo se corresponde con los indicadores sociales del país, que retrocedieron más de una década. Pero, como suele suceder, a unos les va peor que a otros: a los pobres y a los habitantes de zonas rurales, a los pobres y a los jóvenes de las ciudades. Me ocupo de estos últimos.

Las condiciones del mercado laboral para los jóvenes empeoraron en los dos últimos años, siendo el segmento poblacional al que históricamente le va peor: “una alta tasa de desempleo, disminución de las horas de trabajo, reducción de los ingresos y, por ende, una reducción del potencial productivo y desviación de las rutas de desarrollo de toda una generación” (Jairo Galvis, Universidad Nacional, 2021). El 47,8 % ni estudiaba ni buscaba trabajo. Según Medellín cómo vamos, el 59% de los medellinenses cree que es difícil encontrar trabajo y apenas el 22% cree que es fácil emprender actividades independientes (“Encuesta de percepción ciudadana de Medellín”, 2021).

Ni hablar de educación. Después de dos años de pandemia, la educación y la cultura siguen siendo los más abandonados entre los bienes básicos. Quinta entre las cuarentenas más prolongadas del mundo, Colombia se mantuvo en la media latinoamericana de castigar a los niños y a los jóvenes con el cierre de los establecimientos educativos, más largo en las instituciones públicas, incluyendo universidades. Un total de diez millones de afectados, “solo el 49% tuvo acceso a plataformas educativas”, “83% de los estudiantes dedicaron menos de 5 horas a estudiar”, graves retrocesos en lectoescritura, aumento del riesgo de deserción y graves problemas de salud emocional (García, Maldonado y Abondano, Universidad de los Andes, 2021).

La situación de los jóvenes pobres antes de la pandemia ya era descorazonadora pues, según la OCDE, sus familias deben trabajar durante 12 generaciones para mejorar su condición socioeconómica (“Movilidad social, una materia pendiente”, Forbes, 22.05.20). Además, como concluyó el sociólogo Norbert Elias (1897-1990), la situación de los jóvenes de clase media no se puede reducir a los factores socioeconómicos. Hay otros factores importantes como “las limitaciones en la búsqueda de sentido, de un propósito satisfactorio” que, cuando no obtiene salidas, conduce a la autodestrucción y a la destrucción de la sociedad (The Germans, 1996). La juventud colombiana está siendo ahogada en sus libertades, no solo por el gobierno, también por una sociedad retardataria que castiga sus preferencias artísticas, sexuales, reproductivas y políticas. La respuesta violenta a las protestas de 2019, 2020 y 2021 fue solo la muestra sangrienta de este cerco a los jóvenes.

Durante la crisis de la década de 1980 ocupó un lugar central la pregunta por los problemas de la juventud y la acción frente a los mismos. Hay siete millones de nuevos votantes surgidos en la última década buscando respuestas.

El Colombiano, 20 de febrero

miércoles, 16 de febrero de 2022

Tres capitalismos

 

A propósito de los ataques de algunos políticos en campaña al capitalismo 

y de los comentarios suscitados por el movimiento accionario 

en las empresas del Grupo Empresarial Antioqueño, 

¿cuáles son los tres tipos de capitalismo en países como Colombia?


lunes, 14 de febrero de 2022

La región

La idea de que la pertenencia a un grupo humano que articula tradición, territorio, idiosincrasia, es una premisa de cualquier sociabilidad y de cualquier concepción de sociedad es una banalidad superior, como diría algún pensador. Otra banalidad es la que señala que siempre existe —y en algunos momentos se exaspera— una tensión entre la estabilidad y el cambio en el seno de la sociedad. En Antioquia esta tensión se expresa en el hecho de que tuvimos una modernización conservadora, cuyos desajustes salen a la superficie en crisis como la que vivimos actualmente.

La crítica necesaria a los percances del proceso modernizador se ha teñido a veces de cierto encarnizamiento, equivocado a mi modo de ver, contra la idea de que es necesario un proyecto regional. “La identidad es muy importante en los procesos sociales y políticos”, dijo alguna vez María Teresa Uribe (La hija de Andrómeda, p. 165). Los ataques indiscriminados contra el regionalismo son simplemente un delirio sin fondo, usado, sobre todo por algunos escritores aficionados al escándalo. ¿Son el individualismo o el cosmopolitismo alternativas viables y fecundas al sentido comunitario? No lo creo; que deban ser complementos es otra cosa. 

Si algo demostró el reciente proceso globalizador que agoniza, fue la vitalidad e importancia de los procesos y las identidades regionales que condujo, incluso, a que se acuñara un neologismo: glocal. Global y local al mismo  tiempo, no como la oposición que algunos perciben superficialmente sino como dos polos necesarios de una misma relación. Se sostuvo, y sigue siendo cierto, que la mejor manera de acomodarse en el mundo es desde el lugar propio. La relación más fructífera con el mundo es la que se construye a partir de lo que el intelectual chileno Norbert Lechner llamaba un “nosotros compartido”. De la misma manera —y en todo caso es la trayectoria colombiana— las naciones se construyen desde las regiones.

Ahora bien, lo que María Teresa Uribe llamó el “ethos sociocultural” no vive solo del cuento, ni de la consigna, ni del folklor. El mundo social es de representaciones, imaginarios y simbolismos, pero, también, de materia; la materia que constituyen las instituciones públicas, las organizaciones privadas y sociales, los medios de comunicación, las empresas, los grupos políticos, las reglas de conducta, la riqueza, la educación y la salud de sus miembros. Ese entramado de instituciones y cultura se proyecta hacia afuera como poder. Una comunidad, una región, un país, configura un determinado grado de poder, político, material o simbólico. Cuando esos poderes menguan, decrece el peso de la presencia de los miembros del grupo social, sean ellos colectivos o individuales.

Este largo preámbulo está dirigido a plantear la pregunta acerca de qué tanto se puede afectar el peso antioqueño en el panorama nacional como consecuencia de la actual crisis que vivimos; la capacidad negociadora como región, el respaldo a los proyectos que surgen acá. Tampoco sé que tanto interese a nuestros dirigentes.

El Colombiano, 13 de febrero

lunes, 7 de febrero de 2022

Vivir de pie

Vivre debout

Jacques Brel

Hete aquí que nos ocultamos
cuando se alza el viento
por miedo de que nos arrastre
hacia combates demasiado duros.
Hete que nos ocultamos
en cada amor naciente
que tras el otro nos dice
"yo soy la certidumbre".
Hete que nos ocultamos
por un instante en nuestra sombra
para ahuyentar mejor la inquietud.
Es la sombra de un niño,
la sombra de los hábitos
que en nosotros plantaron
cuando teníamos veinte años.

¿Será imposible vivir de pie?

Hete que nos arrodillamos
al estar medio caídos
bajo el increíble peso
de nuestras cruces ilusorias.
Hete que nos arrodillamos
y ya recaídos
por haber sido grande
el espacio de un espejo.
Hete que nos arrodillamos
cuando nuestra esperanza
se reduce a rezar,
cuando ya es demasiado tarde
cuando ya no podemos ir
a todas esas citas
a las que no acudimos.

¿Será imposible vivir de pie?

Hete que nos acostamos
al menor devaneo
al menor galanteo
que se dice siempre.
Hete que nos acostamos
para perder mejor la cabeza
para matar mejor el aburrimiento
con reflejos de amor.
Hete que nos acostamos
con ganas de que se detenga,
de prolongar el día,
para hacer mejor nuestra corte
a la muerte que se apresta
para ser hasta el final
nuestra propia derrota.

¿Será imposible vivir de pie?

Trad. Pilar Calvo