viernes, 4 de septiembre de 2026

Nolan: volver al hogar

El Odiseo de Christopher Nolan no parece un hombre afanado por volver al hogar, en ciertos momentos, incluso, parece renuente y, sin embargo, siempre está dando la impresión de que es su deseo y su propósito.

Una vez destruida Troya, Odiseo se opone a la sensata recomendación de Euríloco acerca de navegar en la estela de la flota de Agamenón pues sigue ruta conocida, con abastecimiento seguro; apartarse de allí es un riesgo. Odiseo le responde con el argumento flojo de que ya está cansado de seguir al rey argivo y añade una perspectiva ilusa: “con un poco de suerte y buen viento veremos algo de mundo, y aún podríamos llegar a casa antes que él”.*

Son dos mujeres quienes enfrentan a Odiseo en su autoengaño y le cuestionan la sinceridad de su deseo de volver a Ítaca. La ninfa Calipso admite que el loto “nubla la mente y debilita la voluntad”, pero niega que eso conduzca a la pérdida de la personalidad, al olvido de sí mismo, dando a entender que el hogar hace parte del sí de uno mismo. De lo que se trata, le dice a Odiseo, es de que, “por cualquier razón, no estabas listo para volver a casa”.*

Si Calipso deshace el pretexto odiseico de estar atado en contra de su querer, Atenea, por su parte, desarma la justificación del deber. Odiseo dice estar haciéndose responsable de los hombres bajo su mando, da a entender que esa es su primera obligación. Atenea lo controvierte: “Y tú, ¿bajo el mando de quién estás? ¿Por qué te pones por encima de los dioses? ¿Por qué apelas a la responsabilidad? ¿Por qué no quieres volver a casa?”.*

Dante va más allá que Nolan puesto que, según él, Ulises no solo asumía el retorno a casa con desgano sino que realmente quería otra cosa, quería ir hasta las columnas de Hércules, explorar el mundo, perderse más allá de lo conocido (Infierno, XXVI). Este es uno de los rasgos modernos que Andrea Marcolongo encuentra en el Odiseo de Nolan, el afán de proseguir, acelerados, escapando también de nosotros mismos: 

Nuestra época sabe mucho de partidas. Nos han enseñado a irnos, a empezar de nuevo. Cambiamos de ciudad, de país, de trabajo, de pareja; somos capaces de llevar una vida entera dentro de un teléfono y una maleta de cabina. Hasta nuestro vocabulario sentimental está lleno de puertas que hay que cerrar, páginas que hay que pasar y naves que hay que quemar. Siempre hacia delante. Como si volver fuera una derrota.**

Época de desarraigo material y espiritual.

La experta italiana subraya la importancia de volver a los clásicos, como ya había hecho con La Eneida en El arte de resistir (2023). Los clásicos, entre tantas otras cosas, pueden ayudarnos a reconstruir nuestro modo de vida: 

La Odisea cuenta algo mucho menos moderno y quizá por eso más necesario. Su héroe no quiere convertirse en otra persona. Quiere volver a ser quien era. No busca una tierra mejor, sino una isla pequeña, áspera y pedregosa que es suya. Ítaca no es el mejor lugar del mundo. Es, sencillamente, el lugar donde su viaje puede terminar.**

Las vacilaciones que Nolan pone en Odiseo escenifican de cierta manera la tensión entre el impulso moderno que ya estaba en Dante y la solución homérica del retorno efectivo a Ítaca, al hogar. 


* Christopher Nolan (2026). The Odyssey: the complete screenplay. New York: Faber. Traducción propia.

** Andrea Marcolongo (2026), “Un verano con Homero”, El País, 22.08.26.


lunes, 31 de agosto de 2026

El trabajo: una necesidad humana

Entrevista para Revista Comfama, No. 519, agosto de 2026.

El trabajo: una necesidad humana

Jorge Giraldo, doctor en Filosofía y escritor nos comparte una mirada sobre el trabajo desde la filosofía: un recorrido por sus raíces, su sentido y los desafíos que enfrenta en el mundo de hoy.

Leer entrevista acá

 

viernes, 28 de agosto de 2026

Nolan: señales divinas

En La odisea de Christopher Nolan —dejemos de lado el asunto baladí de si es la misma de Homero— hay dos conversaciones cortas entre Atenea y Odiseo, en dos momentos distintos de la película. En la primera Odiseo pregunta afirmativamente: “¿Por qué no pueden hablar los dioses de manera que los podamos entender?”. En la segunda conversación Odiseo simplemente reprocha: “Ustedes, dioses, no hablan de manera comprensible”.*

La primera respuesta de Atenea se inclina hacia la voz de la naturaleza: “¿Quién no entiende el trueno o el fuego? ¿Quién no entiende la sonrisa de un niño? ¿Quién no entiende una buena cosecha?”. La segunda respuesta se circunscribe al clamor del sufrimiento humano: “¿Quién no entiende el dolor? ¿Quién no entiende la sangre o la muerte?”.

La idea de que la naturaleza habla es antigua y ha sufrido transformaciones desde que Aristóteles elevara el lenguaje de la naturaleza al rango de ley hasta hoy cuando los científicos han desarrollado dispositivos sofisticados para escuchar detalles impensados de las manifestaciones naturales.

Un terremoto como el del 10 de agosto, por ejemplo, le dice cosas diferentes a los geólogos, a los ingenieros sísmicos, a los diseñadores de políticas públicas. Cosas que no todos alcanzamos a entender y que ellos nos pueden explicar. El terremoto habla de un tipo de constructores civiles que medran en el negocio inmobiliario, de las capacidades estatales, de las aptitudes gubernamentales, de solidaridades e indiferencias. También habla la naturaleza cuando anuncia un fenómeno como El Niño y los meteorólogos escuchan, la gente en las ciudades solo piensa en el calor y los nuevos habitantes del campo no captan el mensaje sobre el futuro próximo. 

El sufrimiento, el temor, el silencio de las personas singulares también hablan, pero muchos solo entendemos, si acaso, el momento fugaz, la reacción anecdótica, y perdemos el sentido profundo que hay –dice la Atenea de Nolan- en el dolor, la sangre y la muerte, pues escuchar hoy es difícil: entre tanto ruido las señas divinas se pierden.


* Christopher Nolan (2026). The Odyssey: the complete screenplay. New York: Faber. Traducción propia.


miércoles, 26 de agosto de 2026

Presentación Cátedra Luis Ospina Vásquez 2026

Hace más de dos siglos el pionero de los estudios sociales entre nosotros, José Manuel Restrepo Vélez, terminaba su Ensayo sobre la geografía con un par de anotaciones sobre el deber del estudioso y, por extensión, del intelectual público —la redundancia es intencional— y sobre el riesgo al que se sometía en esta región, en caso de cumplir con esa responsabilidad, con ese valor epistémico y también moral.

Siguiendo el ideal de la Ilustración, el deber consistiría en observar los puntales de la civilización y convertirlos en guías para la orientación de nuestra sociedad, en pauta normativa para un proyecto de nación republicano, orientado a la libertad, la educación y el bienestar, lo cual —decía— no era tarea fácil en un pueblo “tenazmente asido a las costumbres de sus mayores poco ilustrados”.

A Restrepo le pareció, ya en 1809, que una de las mayores dificultades de esa tarea de la dirigencia política e intelectual en esta región era enfrentarse “a los delicados espíritus de muchos antioqueños”, cerrados a toda objeción, sordos a toda crítica; cerrazón y sordera que no permanecen pasivas sino prontas al amago violento, como sabemos al menos desde los tiempos de La marquesa de Yolombó. “El verdadero patriotismo no consiste en tributar a su país vanos y pomposos elogios sino en inculcar verdades útiles”, dijo.

Doscientos años largos después vale la pena preguntarse si la academia y la intelectualidad están cumpliendo con los deberes de la crítica, la inconformidad, la disidencia, máxime en momentos en los que, como creo, Medellín y la región central de Antioquia están sufriendo un retroceso civilizatorio. Tengo mis dudas, muchas dudas. De lo que sí podemos estar seguros, y cada día que pasa nos lo confirma, es que el regionalismo cerril y autocomplaciente, que aquella susceptibilidad que vio Restrepo, vive un momento de paroxismo. Mal ambiente para las ideas, la creatividad, la ciencia y la cultura.

En el marco de la conmemoración de los trescientos cincuenta años de la fundación de Medellín, la Cátedra Luis Ospina Vásquez recibe a dos intelectuales que cumplen ese deber y asumen ese riesgo: Marta Inés Villa y Efrén Giraldo.