viernes, 12 de junio de 2026

La vergüenza

Abelardo de la Espriella es ejemplo de la desfachatez. Su defensa explícita del paramilitarismo, su invitación a que los ciudadanos tomen las armas, su promesa de aniquilar a la izquierda, su alegato contra la ética, su alarde del tamaño de sus genitales y muchas otras expresiones repetidas, insistentes a lo largo del tiempo lo demuestran. No creo que se requiera aquí presentar pruebas, para ello basta leer las investigaciones de Gerardo Reyes.

En tiempos del absolutismo, el filósofo Bernard de Mandeville (1670-1733) sostenía que las fuerzas de contención del monarca absoluto eran el orgullo y la vergüenza. Después, durante las monarquías constitucionales, las democracias, incluso en algunas dictaduras, el orgullo y la vergüenza siguieron siendo observadas por los hombres poderosos, y por eso pudieron subsistir.

En este campo, cultural y moral, sitúa Peter Sloterdijk el ambiente fascista: 

El fascismo daba la nota al exhibir más abiertamente que sus competidores, su desprecio por los valores inhibidores pacíficos y formativos. El fascismo es, en efecto, la metafísica de la desinhibición (Sin salvación, 2011).

Sloterdijk se sitúa en el mismo plano de Umberto Eco (1932-2016). El intelectual italiano hizo una lista de las características que podrían “hacer coagular una nebulosa fascista”, entre ellas: el culto a la acción, “el desacuerdo es traición”, el miedo a la diferencia, “la vida es una guerra permanente”, el desprecio por los débiles, el machismo y la transferencia de “su voluntad de poder a cuestiones sexuales”, la antipolítica.

A los desmanes de la desinhibición se opone la emoción de la vergüenza. 

Se equivocan quienes creen que daba lo mismo una conservadora como Paloma Valencia y se lanzan por una pendiente resbaladiza quienes creen que las diferencias entre conservadores y fascistas son de grado. Si lo fueran no hubieran existido en Colombia ospinismo y laureanismo, o ahora en Estados Unidos republicanos clásicos como Bush y esa otra cosa que llaman MAGA. La distancia ideológica y de estilo entre los conservadores y el radicalismo de derecha es significativa. Los conservadores de siempre tenían orgullo y vergüenza.

Rara vez Colombia se ha enfrentado a un dilema de este tipo. Algunas veces, como en vísperas de La Violencia, la dirigencia nacional nos lanzó al abismo. Un testigo del acontecimiento explica esa situación:

Este hecho lanza mucha luz sobre el fondo moral de la mayoría de los dirigentes colombianos. No tienen ellos una invisible e impersonal pauta ética, de acuerdo con la cual juzguen imparcialmente los valores humanos y la conducta de los semejantes. En el apasionamiento político aspiran a que todo hecho se tiña con un color sectario, para producir la artificial reacción. No los aterra el crimen como crimen, sino tan sólo el crimen que de alguna manera interesa o afecta a su partido (Abelardo Forero Benavides, Colombia, un drama. Memorias de un pacifista en un país en llamas, 2025).

Si la mayoría de la dirigencia —para continuar la reflexión de Forero Benavides— pierde la vergüenza, el ciudadano singular, el hombre y la mujer medianamente sensibles y reflexivos deben preservarla.

Vuelvo a la filosofía que es mi casa. Bernard Williams (1929-2003) recuerda que la vergüenza como todas las emociones humanas tiene dos caras (Vergüenza y necesidad, 2011) y dice: “La vergüenza buena retiene contra el mal”. El deber hoy es evitar el ascenso al poder de un hombre que amenaza la convivencia, la libertad, la paz y la búsqueda de un orden justo.




lunes, 8 de junio de 2026

Adiós Panini

Han pasado quince mundiales y casi sesenta años, y en la semana de inauguración no tengo ni un caramelo -lámina, mona, pegatina- del álbum del campeonato mundial de fútbol. No lo tengo ni lo tendré.

Empecé a hacer álbumes a mis ocho años de edad, no sé cómo, ni cuál; probablemente el de Disgra. Las imágenes eran retocadas, en colores inverosímiles y las cabezas de los futbolistas parecían esculturas romanas. Los más pobres los pegábamos con engrudo, aquella mezcla de agua y harina; los más pudientes con goma. El resultado era el mismo: al cabo de los meses las láminas se despegaban, se regaban dentro de las páginas y cualquier movimiento amenazaba descompletarlo.

Con él y otros similares vivimos cuatro mundiales.

Luego llegó 1982 y con él Panini. El primer Panini colombiano fue ese, quizás, aunque la edición en libro de la compilación de los álbumes (Modena, 2006) remonta la publicación internacional a 1970. Panini logró un álbum más imperecedero y comercial. También, al principio, más informativo y más bonito. Mis hijos y yo nos familirizamos con nombres de países, banderas, rostros extraños y apellidos en otros idiomas repasando las páginas de los álbumes.

Panini nos permitió atesorar el objeto y perder las relaciones sociales que incorporaba. Desde 1982 los caramelos valían dinero, antes eran el dinero. Me explico: en mi niñez y juventud las láminas servían para hacer apuestas -jugando bolas o vuelta a Colombia-, para pagar favores -mandados o tareas- y, por supuesto, para intercambiar o ganárselas al monto, un juego simple que ya desapareció. Con Panini, apareció la comercialización y el costo prohibitivo para las familias más pobres.

Tengo mis once paninis empastados. Los conservo con sus huecos: los jugadores de México que no pude conseguir en el 86, las páginas obscenas de Coca-Cola y otras redundantes de leyendas y cosas por el estilo diseñadas solo para hacer más dinero. Veo la belleza del álbum del Mundial de España y, en el libro, la vastedad de la información que traía el del Mundial de Alemania 74 que incluía a los directores técnicos y a los presidentes de las federaciones.

A lo largo del tiempo pude percibir el deterioro de la marca, las imágenes insulsas de las sedes y los estadios, la información precaria, la foto realista que solo empaña la mitología futbolera, la discriminación (Haití o Zaire con dos jugadores por lámina). Y después el engrosamiento perverso alimentado por la FIFA: 16 equipos, 24, 32 y ahora 48.

Basta.

Todo esto es solo un reflejo de lo que el fútbol es hoy, como lo señala Branko Milanovic. Hay una saturación con un juego cada vez más pobre y menos emotivo, más farandulero y especulativo. Me es inevitable ver a Gianni Infantino en cada caramelo y pensar que llenarlo equivale a un salario mínimo legal.








lunes, 18 de mayo de 2026

Por el respeto

En los tiempos que corren, en el país que vivimos y compartimos, es necesario un llamado urgente por el respeto. Respeto por el lenguaje. La palabra es puente que nos acerca, pero también es piedra si se usa para atacar con bajeza.

Nunca un insulto será un argumento.

Un llamado por el respeto a las diferencias. 

Respeto a los simpatizantes de cada candidato. Y por los candidatos.

Un llamado a los candidatos a no encender con gestos y palabras el fuego de la agresión. Aprendamos las lecciones del pasado. No queremos, no merecemos, revivir los días más tristes de nuestra historia política. La violencia partidista ha consumido vidas y esperanzas durante más de dos siglos: en la patria temprana, en La Guerra de los Mil Días, en el período oscuro que llamaron La Violencia, en la crueldad impuesta por guerrillas y paramilitares y narcos que se han escudado en la política. Mala siembra, peor cosecha.

Un camino asfaltado de ofensas solo lleva al vacío.

No es lo mismo un oponente que un enemigo. La competencia no es enemistad, son formas distintas de definir el mañana.

Es necesario un llamado por el respeto a cada persona que cada día apuesta y aporta por una Colombia mejor. Respeto a periodistas y periodismo. Respeto a observadores electorales. Respeto a tus amigos, a tu familia. 

Estamos de acuerdo en que no siempre estamos de acuerdo. Pero sí en la necesidad de este acuerdo por el respeto.

Nuevas heridas no nos harán ningún bien cuando las elecciones terminen.

Elijamos, también, el respeto. Lo necesitamos.

lunes, 4 de mayo de 2026

En defensa de la libertad de prensa

Quienes suscribimos esta carta condenamos de manera firme y sin ambigüedades el uso de recursos públicos, de plataformas estatales y de vocerías oficiales para difundir acusaciones falsas contra un medio de comunicación independiente. 

Lo ocurrido en los últimos días con La Silla Vacía, su directora, Juanita León, y su equipo periodístico, es particularmente grave. A partir de piezas fragmentarias y de la omisión de información decisiva, se construyó la acusación de que el medio haría parte de una estrategia para manipular la opinión pública y el proceso electoral. Esa imputación no resiste un examen mínimo de los hechos. El señalamiento más aberrante —la supuesta existencia de un contrato que comprometería su independencia— se funda en una distorsión que busca sostener una narrativa falsa. 

Estas acusaciones han sido amplificadas por funcionarios del gobierno, por el sistema de medios públicos y por canales financiados con recursos de todos los ciudadanos. No se trata de un error ni de una controversia editorial legítima, sino del uso del poder para estigmatizar a un medio independiente que ha ejercido durante años un periodismo crítico, riguroso y sin concesiones frente a todos los gobiernos. 

Pero este caso no es aislado. Hace parte de una práctica más amplia y preocupante: una forma de entender la libertad de expresión como una libertad de una sola vía. Desde el poder —y desde sectores que lo respaldan— se ataca de manera reiterada e injustificada a los medios independientes, al tiempo que se pretende ocupar el lugar de víctima del escrutinio. Es una lógica en la que el gobierno se arroga una suerte de monopolio de la crítica: cuando habla, lo hace como supuesto vocero del pueblo; cuando se le critica, responde con estigmatización y descalificación. Este gesto es profundamente antidemocrático. 

La gravedad de estos hechos se acentúa en el contexto actual. Que estos ataques se produzcan en medio de un proceso electoral introduce un elemento adicional de preocupación: la pugnacidad permanente desde el poder erosiona las garantías que el propio gobierno está llamado a proteger, debilita la confianza en las instituciones y afecta las condiciones de deliberación pública en las que se sostiene la democracia. 

Las consecuencias son concretas: intimidación a redacciones, afectación del buen nombre de periodistas y deterioro de las condiciones para el ejercicio libre del periodismo en Colombia. Frente a ello, la defensa de principios básicos —el pluralismo, la tolerancia, el respeto por la crítica y el derecho de los ciudadanos a recibir información veraz y contextualizada— no admite ambigüedades. 

El periodismo independiente no es un adversario de la democracia. Es uno de sus componentes esenciales. Defenderlo es, por tanto, un deber de todos los demócratas.