lunes, 16 de julio de 2018

Desdén por la racionalidad

En pleno siglo XXI presenciamos un auge de la superstición, las teorías conspirativas y la credibilidad en las mentiras. Una de las expresiones de este auge está en el ataque directo a las conclusiones de la ciencia. Desde conclusiones tan elementales como que la tierra es redonda o las tesis de la teoría de la evolución, hasta suposiciones infundadas sobre los efectos de las vacunas o los alimentos derivados de productos transgénicos. En el medio hay ideas ridículas sobre la ingesta de café, sal o grasas animales.

Si esa controversia con los hallazgos científicos luce descabellada, los debates sobre temas sociales parecen más sensatos, a pesar de que muchos de ellos están conectados de forma directa con la labor que hacen los científicos. Por ejemplo, que la homosexualidad no es una enfermedad, que las adicciones de diverso tipo lo son en gran medida, o la valoración de los usos masivos de determinados tipos de energía. En el caso de los debates políticos —aunque contamos con un avance enorme de las ciencias sociales— no podemos esperar el gobierno del científico (aunque algunos, sobre todo entre economistas y administradores parecen desearlo).

Sin embargo, en las discusiones sociales uno debería esperar que alguna gente respete las reglas básicas de la conversación. (A propósito, recomiendo el libro Conversación del profesor británico Theodore Zeldin.) No me detendré en ellas, solo en un aspecto que tiene que ver con la presentación de argumentos y razones, hechos y datos. Uno de los aspectos más fastidiosos de la conversación cotidiana es que muchas personas consideran que todas las opiniones son iguales de válidas y que, por tanto, todas deben ser respetables. Esto constituye una violación del mínimo principio de rigor.

Una opinión es, en efecto, una apreciación que carece de cualquier fundamento objetivo y que no depende de las calidades del que la emite. Encontramos auténticas opiniones referidas a puntos enteramente subjetivos cómo cuál fue el mejor jugador del mundial, pero en asuntos sujetos a contraste empírico —como cuál fue el líder de goleo— cualquier opinión carece de sentido.

Otra cosa es la formulación de conjeturas o hipótesis. Los intelectuales públicos serios suelen presentar información pertinente e indicar un marco interpretativo preciso para ofrecer su punto de vista personal. Esa forma de presentar las cosas puede dar lugar a precisiones, modificaciones y visiones alternativas. Da lugar a conversaciones argumentadas. Uno de los males del debate público es que mucha gente se limita a sentar posición sin molestarse en ofrecer un dato o una razón.

La nivelación de la opinión conduce al subjetivismo puro (toda opinión es respetable) o al silencio dañino (no hablar de política). Ante la polarización que tenemos, y que continuará este cuatrienio, será bueno seguir hablando sobre la necesidad de dar razones, cómo darlas, cómo escucharlas y cómo usarlas para tomar decisiones.

El Colombiano, 15 de julio

lunes, 9 de julio de 2018

Carnaval mundial

“Compadezco al niño y a la niña, al hombre y a la mujer que jamás han oído las voces de esa misteriosa vida sensorial, con toda su irracionalidad, más también con su vigilancia y con su felicidad suprema”. Esta frase del filósofo estadounidense William James (1842-1910) encabeza el epígrafe del libro de Simon Critchley En qué pensamos cuando pensamos en fútbol (Sexto piso, 2018).

Critchley es un filósofo británico preocupado, desde una perspectiva fenomenológica, por la ética cotidiana y la cultura popular a quien conocí por el blog The Stone, anclado digitalmente al diario The New York Times. En su libro explora el carácter sensorial y extático de la experiencia futbolística, una experiencia en la que el espectador, el hincha, cumple una función esencial, por no decir central, así aparezca en los márgenes de la acción.

Critchley no le da mucha importancia a la primera parte de la frase de James, pero es inevitable pensar en ella cuando se vive —con medio mundo de por medio— un campeonato del mundo. Compadecer, sí, a todo aquel que no entiende el éxtasis sensorial del fútbol. Más aún, tratar de entender, si es que es posible, al hombre y a la mujer que no han oído la voz de ese misterio. No creo que este aspecto sea menor de cara a seguir develando aquello que nos une y nos separa como especie.

El carácter festivo de cada partido de fútbol se incrementa de manera prodigiosa alrededor del carnaval cuatrienal del campeonato mundial. Ese espíritu de carnaval, de identificación y transfiguración de las personas, las masas y el entorno, es uno de los aspectos que más se ha ido acentuando a medida que el fútbol ha ganado arraigo y alcance en el mundo humano. Esta universalización realza el enunciado de Critchley de que “el fútbol nos ofrece un acceso privilegiado a un conocimiento permanente sobre lo que significa ser humano”.

Nada de esto tiene por qué ocultar el carácter ambiguo, muchas veces contradictorio, que tiene el fútbol, cada vez con mayores dosis de farándula, industria, religión, política. Ni tampoco sus lados siniestros, a propósito de los cuales hago notar que en 1934 premiaron al fascismo de Mussolini, cuatro décadas después (1978) a la sangrienta dictadura argentina y, cuarenta años más (2018), le da lustre al régimen autoritario de Putin (espero que Rusia no haya vencido a Croacia). Ni el hecho bruto de que el mero talento no vence a la organización: Suramérica está en su sequía más prolongada de títulos mundiales en selecciones (4) y en clubes (5).

Jairo Alarcón Arteaga: que la muerte de un maestro no sea noticia pública hace parte de una normalidad engañosa. Alarcón merece el encomio del maestro (de filosofía) y así lo sentimos sus miles de estudiantes en la Universidad de Antioquia y sus colegas.

El Colombiano, 8 de julio

martes, 3 de julio de 2018

Nubes grises

El círculo vicioso de las “transiciones turbulentas” que se viven en América —desde Estados Unidos hasta Argentina— podría ser el siguiente: (1) las democracias liberales se encuentran ante problemas de sus sociedades que no resuelven o no atienden con la diligencia necesaria; (2) en respuesta, surgen regímenes iliberales (populistas o no) que prometen la salvación y la intentan tomando atajos políticos y económicos; (3) el fracaso de esta salida devuelve el poder a los demócratas liberales, a quienes no les alcanzan ni el tiempo ni las decisiones para satisfacer a los ciudadanos; (4) lo que hace que los populistas aparezcan en la escena, de nuevo o por primera vez. De acuerdo con esta interpretación, Estados Unidos estaría en la fase 4, Argentina en la 3, México en la 2 y Colombia en la 1.

La clase política tradicional latinoamericana sufre dos disonancias cognitivas: la primera, es creer que el problema es el populismo. Falso. El populismo es el síntoma, los problemas están en el régimen político y las relaciones económicas. En mi más reciente libro (Populistas a la colombiana), planteo que en Colombia el problema es un presidencialismo excesivo, sujeto a pocos controles, y una economía dominada por el poder político y criminal. El expresidente Fernando Henrique Cardoso señala, para Brasil, la débil inserción global de la economía, el lento crecimiento per cápita y la insatisfacción ciudadana con el sistema político (“Revolutionary conditions are developing in Brazil”, The Washington Post, 09.06.18).

La segunda, es que nuestros políticos ignoran que ellos son parte del problema. Cardoso acusa a las tres últimas administraciones brasileñas de tomar decisiones económicas malas e irresponsables, e indica que el país está sufriendo “una terrible crisis moral”, refiriéndose a la corrupción, el clientelismo y los privilegios. Nada de esto es ajeno a Colombia y nada indica, excepto la mayor eficiencia del sistema judicial brasileño, que acá las cosas sean menos graves. Me llama la atención que Cardoso, un sociólogo formado en el marxismo y ya vuelto a las teorías clásicas, hable de crisis moral. Los materialistas vulgares colombianos no admiten que se hable de moralidad.

Según Cardoso, esta mezcla puede estar a punto de generar una situación revolucionaria en su país. Según mi ciclo, Brasil estaría a punto de pasar de la fase 3 a la 2, de la mano de la popularidad del exmilitar Jair Bolsonaro. Cuando esta columna sea periódico de ayer, habrá ganado Andrés López Obrador en México.

Cardoso dice que “cualquiera que aprecie la democracia y la libertad sabe que hay que hacer” y que las demandas sociales son bien conocidas. Me temo que en Colombia no bastarán el pan ni el circo (en octavos del Mundial, y Nairo en el podio). Si no hay cambios en el régimen político ni formalización económica —incluyendo el catastro rural— tendremos turbulencias.

El Colombiano, 1 de julio.

lunes, 25 de junio de 2018

Giraldo

Hay apellidos que son plagas universales, como García o Rodríguez, los más extendidos en Iberoamérica; hay otros que son plagas regionales como Giraldo. En este caso es inevitable la curiosidad por conocer los vericuetos que hicieron que esa palabra que portamos se hiciera nombre y que, después, se enquistara en una región determinada. Tal cosa pasa con Giraldo, tan extenso en el occidente andino colombiano y tan escaso en otras partes. Tan modesto, que las señoras de antes no preguntaban “¿de cuáles Giraldo?, porque no los había sino pobres.

Los etimologistas y genealogistas lanzan hipótesis, reconstruyen e inventan. Así que, cuando uno se mete en estos terrenos, debe estar dispuesto a entender que se trata, casi, de una rama de la literatura fantástica.

El mejor cuento que conozco sobre Giraldo proviene de la ciudad de Évora —patrimonio de la humanidad—, ubicada al oriente de Lisboa, pero más cerca de la frontera española. La plaza principal se llama, precisamente, Praça do Giraldo. El cuento lo cuenta la historiadora Fernanda Frazão. El nombre de la plaza y, quizás entonces, del apellido provienen de un sujeto llamado Giraldo Giraldes, quien vivió entre los años 1140 y 1190. Este Giraldo, era “el prototipo de caballero sin herencia, forjado por la sola fuerza de su espada”, hasta el punto que la historiografía lo conoce como “sin miedo”. Para abreviar, el mérito de Giraldo radicó en ser el líder de los hombres que llevaron a cabo la reconquista portuguesa contra los moros, en la zona del río Guadiana. La historia es más larga. Termina con su grado de capitán y el bautizo de la plaza de la ciudad con su nombre.

Este Giraldo sin Miedo iba y venía entre el Alentejo portugués y la Extremadura española, expandiendo su fama y dejando muchachitos entre batallas y caminos. Al otro lado del río, en Sevilla, escuché otro pedazo de la historia, asociado a la famosa torre de La Giralda. La torre se llama así por la figura que la corona, llamada Giraldillo, y que, se dice, representa la fe. La Giralda data de la misma época de Giraldo y hay quien dice que, vencedor de los moros, este loquito se trepó allá a cantar su triunfo. Podemos especular mucho sobre el hecho de que una figura que representa la fe cumpla, al tiempo, la función de veleta.

Lo de la fe me suena, porque un cuento colombiano dice que los primeros Giraldo que llegaron acá eran un soldado y un cura. Muerto pronto el soldado, por enfermedades o flechas, todos seríamos descendientes del fértil sacerdote. Y un investigador de la colonización antioqueña determinó que Giraldo es el segundo apellido más frecuente entre los fundadores de pueblos caldenses. Por qué acá, vaya a saber.

(En recuerdo de papá, después de 57 días de ausencia.)

El Colombiano, 24 de junio.

lunes, 18 de junio de 2018

Arcadia: Populistas a la colombiana

Arcadia
12 de junio del 2018

'Populistas a la colombiana': similitudes y diferencias entre Gaitán, Rojas Pinilla y Uribe

En una entrevista, Jorge Giraldo Ramírez, decano de Humanidades de Eafit, nos cuenta sobre su más reciente libro, una obra que, entre otras cosas, desmiente la idea de que el gaitanismo fue el único movimiento populista del país.

Entrevista completa en: https://www.revistaarcadia.com/agenda/articulo/libro-sobre-populismo-de-jorge-giraldo-ramirez-de-eafit/69597

La emboscadura

Dice el filósofo español Andrés Sánchez Pascual que La emboscadura, el libro del pensador alemán Ernst Jünger (1895-1998), constituye el último de una serie de ensayos sobre nuestra época. Fue publicado originalmente en 1951 y, como toda la obra jungeriana, es bello, sugestivo, difícil y equívoco. La emboscadura reflexiona sobre el miedo y la libertad, sobre la persona singular y las multitudes autómatas, sobre el Estado oprimente del siglo XX y las posibilidades de la moral.

Es muy diciente que la reflexión empiece con el voto, el acto de votar, la necesidad estadística que tienen la política de masas y las democracias, incluyendo a las democracias iliberales. Un paisaje que ya mostraba sus bocetos después de la Segunda Guerra Mundial.

Tomo trozos de esta meditación sobre la democracia escrita hace casi siete décadas.

El camino del medio “se ha vuelto tan estrecho como el filo de un cuchillo”. Tales son las polaridades de la vida actual, que aglutinan masas y generan conductas automáticas en ellas. Ese camino estrecho es el propio de la figura que él sugiere: la del emboscado, “el hombre de la acción libre e independiente”. A partir de este ser libre, es posible “hacer frente al automatismo” y hacer fracasar “el puro empleo de la violencia”.

Cuando se nos interpela ante las urnas, comienza, hay que tener en cuenta “que también el callar es una respuesta”; respuesta que puede ser costosa, como costosa resultaría una participación o una decisión en uno u otro sentido. Sin embargo, hay un tipo de decisiones electorales que ofrecen opciones cerradas. O, cómo entender la pregunta: “¿Por qué elegir en una situación en la que ya no queda elección?”.

En estos casos, ¿qué reto supone hacerse parte de una minoría ínfima? ¿Un cinco por ciento? ¿Diez? Jünger encuentra un sentido. De quien emitió ese voto ínfimo “cabe aguardar que hará sacrificios para defender su opinión y su concepto del derecho y la libertad”. Este tipo de personas está empezando a escabullirse del mundo “vigilado y dominado por la estadística”. Él cree que ese es un riesgo y que, como tal, exige que esas personas que se saben en minoría y fuera de las masas que se pueden contar, en millones y sus correspondientes porcentajes, acopien fortaleza.

¿Qué otro sentido puede tener ese voto? “Ese voto no quebrantará al adversario, pero sí produce un cambio en quien se decidió a emitirlo”. Es una declaración contra el miedo, una afirmación de la libertad. Y eso entraña una moralidad propia y nada fácil, pues la formación de la masa en la democracia contemporánea está basada en el miedo. El pánico, decía en 1951, “es difundido a través de redes que compiten en rapidez con el rayo”. El miedo aglutina y quiere asfixiar a las minorías. Es un desafío para quien decide emboscarse.

El Colombiano, 17 de junio.

jueves, 14 de junio de 2018

Hermandad entre letras y pelotas

Gran parte de la vida intelectual colombiana está originada en grupos y revistas -lo más frecuente son grupos con revistas- de los cuales uno de los más famosos es el llamado Grupo de Barranquilla. Los nombres de los jefes bastan. Era el director Alfonso Fuenmayor y el jefe de redacción Gabriel García Márquez. Crónica fue el nombre de la revista que los congregó durante trece meses.

Dice Ramón Illán Bacca que lo que orientó al grupo fueron “sus amores y odios literarios”. Pero habría que decir que la revista demostró también, de modo evidente, el amor a los deportes, especialmente, al fútbol, el béisbol y el boxeo. No en vano Crónica se presentaba como “semanario literario-deportivo de Barranquilla”. También había entre sus miembros, según García Márquez, afectos menos universales pues Germán Vargas era hincha del Junior y Álvaro Cepeda Samudio del Sporting.

Crónica no tenía confinados los deportes a la sección habitual que empezó llamándose “Deporte al día”, que incluía comentarios previos a cada partido de la fecha del fútbol profesional, al acontecer de la pelota caliente y a las clasificaciones de dos torneos nacionales respectivos. Con alguna frecuencia les dedicó portadas y reportajes centrales a los futbolistas. Muy centrados, eso sí, en las estrellas brasileñas que llegaban al Junior y al Sporting. Las figuras deportivas y sus devenires tenían tanta relevancia para los editores, como los escritores afamados que vieron traducidos y reproducidos sus textos en la revista: personajes como Ernest Hemingway, Graham Greene y Aldous Huxley, por ejemplo.

La mirada del deporte no era la del curioso sino la del aficionado. Esta afirmación se ilustra bien por la portada -que dio paso a un artículo de tres páginas- titulada “¿Por qué ganan los millonarios?”, (así con minúscula). La portada es una ilustración que muestra a un jugador del club Millonarios cruzando un frágil puente donde dice “campeonato profesional”, acompañado de un Ángel de la Guardia en cuya túnica dice “Dimayor”, custodiado por dos pequeños árbitros a modo de querubines. Debe decirse que el director del comité artístico de la revista era nadie menos que Alejandro Obregón. Sobra contar los pormenores de los argumentos del artículo y su vigencia perpetua desde el 3 de junio de 1950, cuando se publicó el artículo, hasta hoy y hasta el fin de los días, con VAR o cualquier otro invento.

Crónica se publicó entre el 29 de abril de 1950 y el 7 de abril de 1951. Su corta vida coincidió, sin embargo, con el Campeonato Mundial de Fútbol de 1950. No hay rastros del Mundial en el sumario de la revista, rescatado por la Universidad del Norte en 2010. Eso demuestra más el incipiente atractivo global del trofeo Jules Rimet que alguna falla en la visión de los periodistas de la revista. La copa mundo, además, venía del bache de doce años provocado por la Segunda Guerra.

Crónica y el Grupo de Barranquilla son una excepción en el panorama intelectual colombiano. Una excepción cosmopolita y moderna, que marca un contraste con el elitismo provinciano y decimonónico de casi todos los demás; de todos aquellos que suponen que el deporte no es cultura y que con ello solo muestran las mutilaciones de su sensibilidad.