Hace más de dos siglos el pionero de los estudios sociales entre nosotros, José Manuel Restrepo Vélez, terminaba su Ensayo sobre la geografía con un par de anotaciones sobre el deber del estudioso y, por extensión, del intelectual público —la redundancia es intencional— y sobre el riesgo al que se sometía en esta región, en caso de cumplir con esa responsabilidad, con ese valor epistémico y también moral.
Siguiendo el ideal de la Ilustración, el deber consistiría en observar los puntales de la civilización y convertirlos en guías para la orientación de nuestra sociedad, en pauta normativa para un proyecto de nación republicano, orientado a la libertad, la educación y el bienestar, lo cual —decía— no era tarea fácil en un pueblo “tenazmente asido a las costumbres de sus mayores poco ilustrados”.
A Restrepo le pareció, ya en 1809, que una de las mayores dificultades de esa tarea de la dirigencia política e intelectual en esta región era enfrentarse “a los delicados espíritus de muchos antioqueños”, cerrados a toda objeción, sordos a toda crítica; cerrazón y sordera que no permanecen pasivas sino prontas al amago violento, como sabemos al menos desde los tiempos de La marquesa de Yolombó. “El verdadero patriotismo no consiste en tributar a su país vanos y pomposos elogios sino en inculcar verdades útiles”, dijo.
Doscientos años largos después vale la pena preguntarse si la academia y la intelectualidad están cumpliendo con los deberes de la crítica, la inconformidad, la disidencia, máxime en momentos en los que, como creo, Medellín y la región central de Antioquia están sufriendo un retroceso civilizatorio. Tengo mis dudas, muchas dudas. De lo que sí podemos estar seguros, y cada día que pasa nos lo confirma, es que el regionalismo cerril y autocomplaciente, que aquella susceptibilidad que vio Restrepo, vive un momento de paroxismo. Mal ambiente para las ideas, la creatividad, la ciencia y la cultura.
En el marco de la conmemoración de los trescientos cincuenta años de la fundación de Medellín, la Cátedra Luis Ospina Vásquez recibe a dos intelectuales que cumplen ese deber y asumen ese riesgo: Marta Inés Villa y Efrén Giraldo.




