Abelardo de la Espriella es ejemplo de la desfachatez. Su defensa explícita del paramilitarismo, su invitación a que los ciudadanos tomen las armas, su promesa de aniquilar a la izquierda, su alegato contra la ética, su alarde del tamaño de sus genitales y muchas otras expresiones repetidas, insistentes a lo largo del tiempo lo demuestran. No creo que se requiera aquí presentar pruebas, para ello basta leer las investigaciones de Gerardo Reyes.
En tiempos del absolutismo, el filósofo Bernard de Mandeville (1670-1733) sostenía que las fuerzas de contención del monarca absoluto eran el orgullo y la vergüenza. Después, durante las monarquías constitucionales, las democracias, incluso en algunas dictaduras, el orgullo y la vergüenza siguieron siendo observadas por los hombres poderosos, y por eso pudieron subsistir.
En este campo, cultural y moral, sitúa Peter Sloterdijk el ambiente fascista:
El fascismo daba la nota al exhibir más abiertamente que sus competidores, su desprecio por los valores inhibidores pacíficos y formativos. El fascismo es, en efecto, la metafísica de la desinhibición (Sin salvación, 2011).
Sloterdijk se sitúa en el mismo plano de Umberto Eco (1932-2016). El intelectual italiano hizo una lista de las características que podrían “hacer coagular una nebulosa fascista”, entre ellas: el culto a la acción, “el desacuerdo es traición”, el miedo a la diferencia, “la vida es una guerra permanente”, el desprecio por los débiles, el machismo y la transferencia de “su voluntad de poder a cuestiones sexuales”, la antipolítica.
A los desmanes de la desinhibición se opone la emoción de la vergüenza.
Se equivocan quienes creen que daba lo mismo una conservadora como Paloma Valencia y se lanzan por una pendiente resbaladiza quienes creen que las diferencias entre conservadores y fascistas son de grado. Si lo fueran no hubieran existido en Colombia ospinismo y laureanismo, o ahora en Estados Unidos republicanos clásicos como Bush y esa otra cosa que llaman MAGA. La distancia ideológica y de estilo entre los conservadores y el radicalismo de derecha es significativa. Los conservadores de siempre tenían orgullo y vergüenza.
Rara vez Colombia se ha enfrentado a un dilema de este tipo. Algunas veces, como en vísperas de La Violencia, la dirigencia nacional nos lanzó al abismo. Un testigo del acontecimiento explica esa situación:
Este hecho lanza mucha luz sobre el fondo moral de la mayoría de los dirigentes colombianos. No tienen ellos una invisible e impersonal pauta ética, de acuerdo con la cual juzguen imparcialmente los valores humanos y la conducta de los semejantes. En el apasionamiento político aspiran a que todo hecho se tiña con un color sectario, para producir la artificial reacción. No los aterra el crimen como crimen, sino tan sólo el crimen que de alguna manera interesa o afecta a su partido (Abelardo Forero Benavides, Colombia, un drama. Memorias de un pacifista en un país en llamas, 2025).
Si la mayoría de la dirigencia —para continuar la reflexión de Forero Benavides— pierde la vergüenza, el ciudadano singular, el hombre y la mujer medianamente sensibles y reflexivos deben preservarla.
Vuelvo a la filosofía que es mi casa. Bernard Williams (1929-2003) recuerda que la vergüenza como todas las emociones humanas tiene dos caras (Vergüenza y necesidad, 2011) y dice: “La vergüenza buena retiene contra el mal”. El deber hoy es evitar el ascenso al poder de un hombre que amenaza la convivencia, la libertad, la paz y la búsqueda de un orden justo.
3 comentarios:
Gracias Jorge por reivindicar la filosofía en un medio pleno de pasiones sectarias.
Maravilloso y actual artículo…. Colombia necesita pensamientos y análisis como éste, lástima que en nuestro país no se lea, y vamos a caer en un abismo de muerte y desesperanza, gracias al odio infundado por este nefasto personaje ( Antioquia será responsable de esta tormenta).
Gracias querido Jorge
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