lunes, 30 de septiembre de 2019

Hagamos una rifa

Medellín se enfrenta a unas elecciones insospechadas, con doce candidatos cuyas postulaciones no pudieron ser filtradas por los partidos (con excepción del Centro Democrático), sin la simplificación que producen las alianzas entre fuerzas convergentes, con piñata de avales. Un escenario en el que los que tienen alguna experiencia no son muy conocidos y los más conocidos generan poca confianza. Este fenómeno es común en las democracias y ha contribuido al descrédito de los mecanismos electorales tradicionales y de la dirigencia política.

Ante este tipo de situaciones, algunos politólogos y activistas (Sortition Foundation) están impulsando una forma para proveer la representación adaptada de una fuente antigua. En Grecia se llamaba kleroteria y se usó en algunas ciudades italianas y en la Suiza que celebró Borges en “Los conjurados”. Se trata del sorteo y su fundamento democrático es impecable, si partimos de que la democracia es el gobierno de todos y de que constitucionalmente todos tienen derecho a elegir y ser elegidos. El dispositivo que se popularizó en el siglo XX para producir la representación fue el de los partidos. Este dispositivo tiene muchas condiciones: parte de la idea de que los partidos son capaces de agregar intereses, formar y entrenar dirigentes, fijar programas y seleccionar a las personas más aptas para llevarlos a la práctica. Después de las eliminatorias partidistas, la gran final se decidía en unas elecciones generales.

Este dispositivo ya no funciona. El sistema bipartidista sucumbió ante la fuerza de la fragmentación social, los partidos más poderosos del mundo o han entrado en bancarrota o han sido tomados por aventureros. El siglo XXI está demostrando que cualquiera puede ser presidente de un país ante el fracaso del método de selección partidista: un futbolista en Liberia, un cómico en Ucrania, un tuitero en El Salvador, un crápula en los Estados Unidos. En suma, las elecciones no garantizan la representatividad, cosa que saben las mujeres y los honrados, y terminan sobrerrepresentando a otros sectores. Por ejemplo, fue mayor el porcentaje de congresistas que representaban a la mafia y a los paramilitares que la proporción de mafiosos y paramilitares en la sociedad.

La mayoría de las propuestas de sorteo se han hecho para cuerpos colegiados porque se dirigen a regímenes parlamentarios. No me parece atrevido elegir algunos miembros del ejecutivo por esta vía, también para municipios tomados por grupos particulares. En Bello y Envigado ganaría la ciudadanía por primera vez en décadas. En Medellín cogeríamos los perfiles de los candidatos actuales: adultos entre 35 y 50 años, formación universitaria de pregrado, dos años experiencia en el sector público o cinco en total. Supongamos que eso nos dé un universo de 30 mil candidatos, entre ellos hacemos una rifa y el que gane será alcalde. Dudo que el beneficiario del sorteo lo haga peor que el ganador de octubre.

El Colombiano, 29 de septiembre

viernes, 27 de septiembre de 2019

Bruce 70th Birthday

If I lived in that post-industrial world, this anniversary would be, personally, with a toast, a marathon of known songs and others without frequenting, a sixth immersion in the most recent album. But -in a country as Colombia- it is not enough. The shortage of direct conversations about Bruce - so we say in confidence - throws one into monologues printed in print and thrown into the air, without further ado.

[Read full article in the "Artículos sobre música popular" section, right column.]

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Prosperidad y descontento

Un rasgo del mundo actual es la convergencia de prosperidad y descontento. En particular, las condiciones generales de la población han mejorado dramáticamente en Europa oriental, Iberoamérica, China, el sudeste asiático y el Medio oriente, pero también ha crecido la inconformidad de amplios sectores de población que se expresa, pero también se moviliza en eventos sucesivos como la Occupy Wall Street, Primavera árabe, los indignados o —ahora mismo— Viernes por el Futuro.

El descontento global hace parte del campo de los hechos. No es fruto de la mente caliente de colectivos de activistas ni de los ardides conspirativos del populismo. Si no pregúntesele a Emmanuel Macron si el levantamiento de los chalecos amarillos es un espejismo o a los gobernantes de Brasil, Polonia o Hong Kong si les parecen irreales los protestas por los incendios amazónicos, la reforma judicial o la ley de extradición, respectivamente. Los datos de Latinobarómetro o Eurobarómetro muestran una profunda desafección por las instituciones democráticas y los liderazgos políticos. (Véase la última Gallup Poll para el caso colombiano.)

El descontento global no es fruto de la falta de información. Los esfuerzos de la Fundación Gapminder o de Steven Pinker para convencer al mundo de que vivimos mejor que nuestros abuelos, en un caso, o que los Caballeros de la Mesa Redonda, en el otro, son casi impecables, y en todo caso meritorios, pero parten de premisas erróneas: que la gente no sabe o que sus reproches tienen que ver con sus condiciones materiales. Sin dudas, hay falacias, posturas desinformadas, datos falsos en circulación, pero la movilización global de insatisfechos que ya sobrepasa una década de duración debe tomarse en serio. No se resuelve con series de tiempo ni con alabanzas al progreso.

¿Por qué la gente está molesta si estamos mejor? Una respuesta clásica está en la teoría de las necesidades. Las necesidades humanas cambian, se diversifican y se amplían a medida que asuntos más primarios se van resolviendo. Los umbrales de tolerancia a la violencia y la precariedad material suben geométricamente mientras los logros sociales lo hacen aritméticamente. Las personas no comparamos nuestros niveles de satisfacción con los abuelos, sino con los amigos y vecinos. Nuestros amigos y vecinos de hoy son alemanes, noruegos y canadienses: nos muestran sus vidas todos los días en la televisión y en la internet.

Otra explicación, más antigua aún, se remite a la dignidad humana. Un profeta dijo que no solo de pan vivía el hombre, y tenía razón. La gente demanda respeto, dignidad, reconocimiento, repite hoy el pensador Francis Fukuyama. Creo que tiene razón. El peor efecto de la desigualdad y la corrupción no es económico, es moral. Se trata de la humillación que produce saber que el heredero, el tramposo o el delincuente llevan una vida mejor que el trabajador y el empresario honrados.

El Colombiano, 22 de septiembre

martes, 24 de septiembre de 2019

Bruce 70

El hombre y el artista, el héroe y el hermano: Bruce Springsteen cumple setenta años este 23 de septiembre. Hace tres décadas profesé mi amor por su arte en un texto que publicó el Magazín Dominical de El Espectador y que se reeditó en la antología que hizo la Universidad de Antioquia años después (“Memoria impresa”, 1998). Casi cuatro décadas de audiciones, discos, videos, traducciones, iconografía, lecturas, películas, un par de conciertos, han contribuido a afirmar su obra como parte de mi comprensión de la vida.

Casi toda su producción está al alcance de un botón, no así las experiencias. El nexo empático que se reitera a lo largo del tiempo, que se multiplica en la variedad de situaciones sociales y anímicas, el encuentro en las actitudes —que a veces es coincidencia, otras consejo—, ese tipo de conexión hace que la comunicación trascienda la levedad presumible en la relación entre un músico popular y un consumidor cualquiera, así sea leal.

El apego que existe entre Bruce Springsteen y su público hace parte de la cultura popular contemporánea en el mundo desarrollado. Ha infiltrado los estudios académicos, la literatura, el cine, la política. Es un dato general que no depende del gusto, algo así como que cualquier congoleño sepa, en el Congo, que se juega una copa mundial de fútbol. Fuera de allí, es decir, en países como Colombia, todo esto es una excentricidad. Un caso curioso, como el de un club de lectores de “En busca del tiempo perdido”, pero carente de refinamiento.

Si viviera en ese mundo posindustrial, este aniversario se saldaría, en lo personal, con un brindis, una maratón de canciones sabidas y otras sin frecuentar, una sexta inmersión en el álbum más reciente. Pero no basta. La escasez de conversaciones directas sobre Bruce —así le decimos en confianza— lo lanza a uno a monólogos puestos en letra de imprenta y tirados al aire, sin más.

[Leer artículo completo en la sección "Artículos sobre música popular".]

lunes, 16 de septiembre de 2019

Individualismo y crítica

La publicidad es como el humor: conserva una capa de inmunidad ante los despropósitos, las tonterías y las falacias que usa para vender un producto. Existe cierto acuerdo tácito en la sociedad al respecto y solo cuando se trasgreden de manera grave ciertas líneas atinentes al plagio o al engaño se acude al control estatal. De allí que no podamos asumir con seriedad ciertos postulados que se usan en las piezas publicitarias o en los lemas de las empresas.

Pero hay oportunidades que no se deben dejar pasar. La campaña promocional de la caminata de la solidaridad, que organiza anualmente la Fundación Solidaridad por Colombia, apeló este año a la frase “Para que Colombia sea 100% solidaria quitémonos el individualismo y la crítica” (El Colombiano, 24.08.19, pág. 32). La sentencia luce auténtica, nacida de la entraña de la organización. Carece del formalismo, del carácter estereotípico y la vaguedad propias de los publicistas, incluyendo los que trabajan para causas sociales.

Es importante discutirla, primero, porque si hay santo y señas propios de las sociedades premodernas esos son el desconocimiento de la individualidad, con lo que ella trae consigo, y el reproche a la disensión, a la controversia con la autoridad, pues toda autoridad proviene de un acto divino. Y lo es también porque, segundo, lo que puede derivar de la primacía de la comunidad sobre el individuo y de la obediencia ciega a la autoridad no es la solidaridad. Lo que surge de allí es el paternalismo, autoritario siempre en su esencia, y la caridad como acto gratuito del dador y medio de sujeción simbólica del receptor.

Aunque la individualidad es un sello de la ilustración, la personeidad (Xavier Zubiri) o afirmación de la primacía del ser individual en la tierra no es una exclusividad suya. Ya Pico della Mirandola (1463-1494) había puesto al ser humano en el centro del orden cósmico. Tomás de Aquino ponía en el primer lugar de las obligaciones las que se derivan de la propiedad de sí o el cuidado de sí. Lo cierto es que sin la idea de individuo no es posible hablar de libertad ni de democracia. Cosa distinta al individualismo es el egoísmo y es distinta también la discusión moral sobre su utilidad o bondad.

Argumentar contra la crítica es ponerse en el bando totalitario. Sostener que la crítica afecta la práctica de la solidaridad es no entender nada. La solidaridad no es ciega. Siempre discierne, separa (uno de los significados de la palabra crítica), pondera y se inclina. La solidaridad está llamada a favorecer a colectivos específicos, porque la solidaridad es compensatoria, mitigante, subsidiaria. La solidaridad exige la construcción de un nosotros, pero la condición de todo nosotros no es otra que un yo. De este modo, se necesita más individualismo y más crítica para que haya auténtica solidaridad.

El Colombiano, 15 de septiembre

lunes, 9 de septiembre de 2019

Leer a contracorriente

A propósito de la Fiesta del Libro hago públicas algunas sugerencias para una lectura a contrapelo.

Cartas de los hombres, de Graciela Rodríguez Alonso (La Huerta Grande). Si Ovidio imaginó, hace dos mil años, las cartas de mujeres a sus amados (Las heroidas), la señora Gutiérrez rompe con la tendencia contemporánea e imagina qué habrían respondido esos hombres. Una lectura poética, de profunda empatía con situaciones que —milenios y ficciones mediante— iluminan el alma humana. “Qué estúpido era ‘buscar una salida’, qué estúpido caer en la red de la heroicidad y del deber, qué estúpido permanecer atados en la oscuridad”.

Álvaro: su vida y su siglo, de Juan Esteban Constaín (Random House). Un ensayo biográfico sobre Álvaro Gómez Hurtado escrito por el más bibliófago de nuestros escritores jóvenes. Un atrevimiento en un país que ha oficializado la historia liberal y ha madurado a punta de periódico a los portadores del trapo rojo. Para investigadores, la Obra Selecta del dirigente conservador en cinco tomos, editada por el mismo Constaín y publicada por Villegas Editores, la Fundación Álvaro Gómez Hurtado y la Universidad Sergio Arboleda

Loa a la tierra: un viaje al jardín, de Byung-chul Han (Herder). El pensador coreano —una de las voces más sugestivas de la filosofía de hoy, junto con Peter Sloterdijk— nos sumerge en sus reflexiones y luchas con las plantas de su solar berlinés. El auténtico trasfondo de sus tesis sobre las atrofias de la condición humana en el siglo XXI. “Así es como hoy todo lo que no es numerable deja de ser. Pero ser es un narrar y no un numerar. El numerar carece de lenguaje, que es historia y recuerdo”. El jardín de Ignacio Piedrahíta es tan grande como la tierra (haciéndole honor al apellido y a la profesión). Después de Un mar y Al oído de la cordillera, lanza ahora Grávido río (Editorial Eafit).

UnHerd.com. No es un libro, es un medio digital en inglés. Dice que “nuestro objetivo es atraer a las personas que instintivamente se niegan a seguir al rebaño” y hacer “escuchar ideas individuos y comunidades poco escuchados”. Twitter e Instagram son el gran rebaño, que puede ser mirado por encima del hombro por vacas y gallinas, pero las pequeñas recuas de muchos grandes medios no se salvan. Remedio contra la comodidad intelectual.

El error de los gregarios es “poner el fin de la actividad en la sociedad”; no, la sociedad es un medio para el individuo, así como lo es el trigo; el fin es el individuo”. Eso decía Fernando González en su trabajo para graduarse como abogado, ahora reeditado por la Editorial Eafit. El derecho a no obedecer fue su título. Propicio hoy cuando la rebeldía es pose de farándula o actividad criminal. Los rebeldes auténticos —como los pensó Albert Camus— siguen haciendo falta.

El Colombiano, 8 de septiembre

lunes, 2 de septiembre de 2019

Misericordia

Finalmente cayó, como tenía que caer, el Contralor departamental Sergio Zuluaga. Cayó después de muchas trampas que no merecieron la reacción del gobernador ni de la Asamblea Departamental: falsificar la hoja de vida, hacerse una cirugía estética de cuenta de los contribuyentes, apropiarse de un pedazo del lote del Space (Semana, 23.08.19).

Zuluaga es un caso insólito por el descaro con el que actuó y la complicidad con la que contó. Vivimos tiempos en los cuales muchos de los servidores públicos se posesionan para servirse a sí mismos, para sus intereses personales, usando los bienes del público. En el caso de los organismos de control tenemos un problema de diseño institucional ya “que los gobernadores y alcaldes comenzaron a tener una indebida influencia en la elección” (Luis Fernando Álvarez, “Control a los titulares del control”, El Colombiano, 30.08.19). El carácter sistémico que tiene la corrupción en el país incluye el mecanismo de asegurarse el dominio de los órganos de control para que los gobernantes actúen con impunidad.

Lo sorprendente en el caso de Zuluaga es la complicidad con la que contó. Una parte de las reglas del juego de la actividad criminal —y la corrupción hace parte de ella— es que el que cae pierde. El corrupto se expone a que, si es detectado, debe asumir su pena sin contar con el apoyo o la solidaridad pública de sus compinches. En Antioquia no pasó eso, lo cual muestra lo mal que estamos en cuanto a moralidad pública. Eso permitió que el individuo completara el 90% del periodo, lo que significó encubrir a sus socios durante el mismo tiempo.

El editorialista de El Colombiano les pidió al gobernador, la asamblea y los partidos que eligieron a Zuluaga asumir sus responsabilidades y darle explicaciones a los antioqueños (“Que no solo el contralor hable”, 25.08.19), pero —una semana después— su llamado permanece sin respuesta. Escuchamos, sí, una declaración del gobernador Luis Pérez Gutiérrez pidiendo “misericordia” hacia el incriminado y esperar la actuación de la justicia. Mal católico el gobernador. Lo que manda la iglesia en estos casos es “visitar al cautivo”; nada de exculparlo.

De todos modos es un avance que Luis Pérez hable de misericordia. Él, que confesó en su discurso de posesión que tenía “un cajón de odios de comino crespo”. Y que lo sacó desde el primer día para obstruir las obras de sus antecesores. Y que se lo entregó al contralor Zuluaga para que se dedicara a empapelar a los funcionarios de la administración precedente. Que Luis Pérez haya descubierto la misericordia ante la caída del hombre al cual impuso como contralor es asombroso. Él, que no tuvo misericordia, por ejemplo, con Beatriz Restrepo y Juan Felipe Gaviria, dos personajes públicos de honradez probada, pide misericordia para con un delincuente. ¿Por qué? Porque es suyo.

El Colombiano, 1 de septiembre

martes, 27 de agosto de 2019

Colombian Peace: the Third Agreement

This week began a cycle of events called Reincorporation that transforms lives. The organizing entities in Antioquia are the UNDP-EPM Alliance, Eafit University, Proantioquia, the UN Verification Mission and, by the national government, the Agency for Reintegration and Normalization. The events seek to show the projects in which the ex-combatants of the Farc participate through the testimonies of their protagonists and with commercial samples of their products.

From the first event, held on August 20, several conclusions remain. The unanimous recognition of project leaders for government support, through the ARN, the United Nations system and international cooperation. Which shows that there is some light amid the problems of implementation. The will of peace of the reincorporates that I would summarize with three words: discourse, politics and production (this I take from an intervention by Andrés Zuluaga, from Anorí), beyond the violence that is suffered in many regions and the dissidence.

With the will of the national government to ensure the reinstatement and support of the international community, the unknown comes from regional and local agents. That is, the places where mayors are linked to these initiatives (like Mutatá) or not (like Miranda); the places where governments do something for the implementation of the agreements or where they create a bad environment (as in Antioquia); the places where the inhabitants identify opportunities for joint work with the reinstated and those where they are perceived as a threat.

The projects that were exhibited focused on clothing, handicrafts, coffee and fish farming, but none is limited to that main activity and all of them articulate to a greater or lesser extent people on the sidewalks in which the Territorial Training and Reincorporation Spaces are located. There were items for sale and I took a pound of Tolima coffee with The third agreement (more striking than Marquetalia).

Calmly, at home, I find out from the label why the third agreement is called. At the end of the last century there was a truce, if it can be said, between the Nasa people and the Farc; The second agreement was that of 2016, with the national government, signed at the Teatro Colón. The third results from the cooperation between the reincorporates of the Farc in Planadas (Tolima), the Nasa and coffee families in the area, supported by the Faculty of Design of the University of Ibagué. It is in the third agreement where the track of reconciliation is in many regions of the country. The conjunction of peasants, reincorporated, academics, plus entities that contribute to credit and commercialization. And most importantly: the treatment between everyone as people, as Colombians, who begin to trust each other.

lunes, 26 de agosto de 2019

El tercer acuerdo

Esta semana empezó un ciclo de eventos nombrado “Reincorporación que transforma vidas”. Las entidades organizadoras en Antioquia son la Alianza PNUD-EPM, la Universidad Eafit, Proantioquia, la Misión de Verificación de la ONU y, por parte del gobierno nacional, la Agencia para la Reincorporación y la Normalización. Los eventos buscan mostrar los proyectos en los que participan los excombatientes de las Farc a través de los testimonios de sus protagonistas y con muestras comerciales de sus productos.

Del primer evento, efectuado el 20 de agosto pasado, quedan varias conclusiones. El reconocimiento unánime de los líderes de los proyectos al apoyo del gobierno, a través de la ARN, del sistema de Naciones Unidas y de la cooperación internacional. Lo que muestra que hay alguna luz en medio de los problemas de la implementación. La voluntad de paz de los reincorporados que yo resumiría con tres p: palabra, política y producción (esto lo tomo de una intervención de Andrés Zuluaga, de Anorí), más allá de la violencia que se padece en muchas regiones y de las disidencias.

Con la voluntad del gobierno nacional de asegurar la reincorporación y el apoyo de la comunidad internacional, la incógnita proviene de los agentes regionales y locales. Es decir, los lugares donde los alcaldes se vinculan a estas iniciativas (como Mutatá) o no (como Miranda); los lugares donde las gobernaciones hacen algo por la implementación de los acuerdos o donde le crean mal ambiente (como en Antioquia); los lugares donde los habitantes identifican oportunidades de trabajo conjunto con los reincorporados y aquellos en los que se perciben como una amenaza.

Los proyectos que se exhibieron se concentraban en confecciones, artesanía, café y piscicultura, pero ninguno se limita a esa actividad principal y todos articulan en mayor o menor medida a personas de las veredas en las que se encuentran los Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación (ETCR). Había artículos para la venta y me llevé una libra de café tolimense con marca El tercer acuerdo (más llamativo que Marquetalia).

Con calma, ya en casa, me entero por la etiqueta por qué se llama el tercer acuerdo. A fines del siglo pasado hubo una tregua, si puede decirse, entre el pueblo Nasa y las Farc; el segundo acuerdo fue el de 2016, con el gobierno nacional, firmado en el Teatro Colón. El tercero resulta de la cooperación entre los reincorporados de las Farc en Planadas, los Nasa y familias caficultoras de la zona, apoyados por la Facultad de Diseño de la Universidad de Ibagué. Es en el tercer acuerdo donde está la pista de la reconciliación en muchas regiones del país. La conjunción de campesinos, reincorporados, académicos, más los entes que contribuyen al crédito y la comercialización. Y lo más importante: el trato entre todos como personas, como colombianos, que empiezan a confiar mutuamente.

El Colombiano, 25 de agosto

lunes, 19 de agosto de 2019

Madrugo con alborozo

Madrugo con alborozo a pagar mis impuestos, ni la página caída de la Dian, ni la fila en el banco me detienen, feliz honro la obligación con el estado. (Después de cada párrafo puede repetirse este coro.)

Aprendimos con Thomas Hobbes que la esencia del estado reside en la fórmula “protejo luego obligo” (protego ergo obligo), que significa que todos los ciudadanos se obligan a la obediencia al soberano pues este nos asegura la vida impidiendo que nos matemos entre nosotros y que los forasteros nos maten. Hobbes no imaginó que fuera posible que, aunque el estado no protegiera, siguiera obligando. Sobre todo, a pagar los impuestos.

Madrugo con alborozo a pagar mis impuestos…

Aprendimos con los colonos norteamericanos que no debe haber impuestos sin representación (no taxation without representation), que significa literalmente que uno no debe pagar impuestos si no tiene posibilidades de elegir a alguien que represente nuestros intereses y preferencias. El fraude electoral, el clientelismo y la judicialización de la política desvirtúan la representación; sin embargo, el impuesto no tiene rebaja.

Madrugo con alborozo a pagar mis impuestos…

Aprendimos con Friedrich Hayek (Los fundamentos de la libertad) que después de pagar los impuestos el estado se encarga de financiar un tipo de obras que nadie más puede hacer y de proveer unos bienes fundamentales a la población. Hayek —el prototipo de los economistas liberales— creía que las carreteras se financiaban con impuestos, no con peajes, y que la educación y la salud en niveles básicos debían ser gratuitas. No se cumple el precepto hayekiano, pero días después de que llega el mensaje de la Dian uno paga los impuestos.

Madrugo con alborozo a pagar mis impuestos…

Aprendimos de Étienne Cabet que la sociedad debía esperar de cada quien según su capacidad, cuyo significado en términos fiscales no implica otra cosa que el que más tiene más paga. Nuestro sistema tributario funciona con otro principio: quien más trabaja más paga. El impuesto no se enfoca en la riqueza sino en el ingreso. Los asalariados —incluyendo aquellos que tienen contratos precarios— son las personas naturales que más impuestos pagan.

Madrugo con alborozo a pagar mis impuestos…

La teoría política se aplica casi a la perfección por la cara de las obligaciones de los ciudadanos de clase media de pagar impuestos, respetar a las autoridades y cumplir la ley. La teoría política se aplica poco por el sello de las obligaciones del estado a proteger la vida y los bienes de la gente, proveer los bienes básicos fundamentales y tratar a todos con imparcialidad.

Madrugo con alborozo a pagar mis impuestos, nada me detiene para cumplir feliz mi obligación con el estado.

El Colombiano, 18 de agosto

lunes, 12 de agosto de 2019

Encontrarse a escuchar en un Jardín

“Soy paisa, arepa 100 x 100, como que nací en Jardín, Antioquia. De ahí mi cara. Me crié en Jericó del mismo departamento. El bigote me salió en Medellín y el corbatín en Bogotá. Es decir: soy un fenómeno intermunidepartamental”. Eso dice Enrique Aguirre López en las breves páginas de su Motobiografía. Pocos saben de Aguirre; muchos, de entre los menos jóvenes, supieron algo de Ci-mifú; de estos, casi nadie lo refería al país del suroeste.

Ci-mifú —el alter ego de Aguirre— vivió su época dorada en Bogotá como escritor de humor en El Tiempo y fundador, dueño y único empleado de la Fábrica Nacional de Discursos. Él y su obra serán objeto y pretexto de la tercera edición de Narrativas Pueblerinas, el encuentro literario y musical que se realiza en Jardín. En realidad, este año, entre el 16 y el 18 de agosto, la mezcla será mayor aún: cada jornada estará compuesta por conversaciones, teatro y música. Sergio Valencia, Fernando Mora, Elkin Obregón y Mico, hablarán sobre Ci-mifú, el cine y la caricatura. Patricia Arroyave, Carlos Mario Gallego y Acción Impro escenificarán obras propias y de Aguirre. Las agrupaciones de proyección de la Corporación Escuela de Música de Jardín estarán los tres días.

Narrativas Pueblerinas es una iniciativa local, dirigida a los residentes en Jardín y a los visitantes. Jardín es escenario, pero también protagonista a través de sus organizaciones culturales y las entidades públicas y privadas del municipio. Entre las segundas, la Alcaldía y Comfenalco.

Hablamos de narrativas porque nos parece un descriptor más amplio que literatura, en el que cabrían la historia, las canciones, el ensayo, la estética, toda la gama de expresiones orales. Decimos pueblerinas porque nos gusta reivindicar la valía de los pueblos frente al provincianismo de lo citadino. Queremos rememorar a los creadores que nacieron y se criaron en estos pueblos —no solo Jardín ni solo el suroeste— y mostrar el talento de sus músicos, pintores y escritores, y hacer escuchar y ayudar a comprender las expresiones que surgen de la vivencia local y regional.

Mucho se hablado del carácter universal de lo pueblerino. La frase con la que Aguirre López se presenta pone lo pueblerino en un plano abierto: “intermunidepartamental”. Podría agregársele global, para elaborar una palabra con más señas y más sílabas. Ese carácter se lo ponía la declaración de Manuel Mejía Vallejo —a quien se dedicó la primera versión en 2017— de que era de “dos pueblos”, a pesar de su peso internacional. Su paisano y coetáneo Jesús Botero Restrepo, que se presentaba del mismo modo, dio lugar a la reedición de Andágueda y a explorar la literatura indigenista el año pasado.

Narrativas Pueblerinas se suma a otras iniciativas que están emergiendo en el suroeste antioqueño lejano; el de los “pueblos allende el río Cauca”, como los nombró el historiador Juan Carlos Vélez. Hay un esfuerzo significativo en Jericó, Támesis, Bolívar, por impulsar las actividades que dan regocijo a la mente y al espíritu, que expanden la tarea de los educadores y enriquecen la cotidianidad de los pobladores y las alternativas del creciente número de turistas de la región. Algo bello está latente ahí.

Generación, 11 de agosto

Melville

De Moby Dick dice el gran ensayista Lewis Mumford (1895-1990) que “es uno de los monumentos poéticos supremos del idioma inglés”. Fernando Savater la define como “libro total que es novela, poema, ensayo... plegaria y blasfemia”. A partir de la trama de Billy Budd, marinero, la cientista política —como se definía— Hannah Arendt (1906-1975) explicó los peligros de la bondad absoluta que es “apenas menos peligrosa que la maldad absoluta”. (Ya hoy sabemos, después de Irak, el Mediterráneo y la JEP, que pueden ser más equivalentes de lo que nuestra autora pensaba.) La confesión de uno de los juristas clásicos que nos dejó el siglo XX, Carl Schmitt (1888-1985), engarza los desvaríos y confusiones de una vida intelectual bajo el totalitarismo con la historia que narra Benito Cereno. Barthleby, el escribiente ha dado lugar a una densa reflexión filosófica que involucró, entre otros, al filósofo francés Gilles Deleuze (1925-1995), entre los muertos, y al italiano Giorgio Agamben, entre los todavía vivos.

El autor de todas esas novelas es Herman Melville (1819-1891), el escritor estadounidense nacido hace dos siglos. Mumford lo compara con Dostoyevsky “en la profundidad de experiencia y conocimiento religioso”. Deleuze con Kafka y Beckett; Agamben nos remite a los comentaristas árabes y judíos de Aristóteles; a Savater le basta con decir que aprendió a escribir con el autor de la Biblia.

Yo no sé qué lugar ocupa Melville en la literatura universal. Solo sé que a fines del siglo XX no hacía parte del canon universitario. Que las librerías y las editoriales explotaban Moby Dick como un libro de aventuras, necesitado de ilustraciones y una poda absoluta de disquisiciones filosóficas y parangones teológicos. Y que durante mucho tiempo fue un volumen delgado que se ofrecía en alquiler en las peluquerías de Envigado, al lado de los libritos de Marcial Lafuente y las revistas de El Santo.

Recién se han traducido al español selecciones de sus poemas y cuentos. Las ediciones de sus primeras novelas todavía son difíciles de conseguir. La obra de Melville es para nosotros como el océano que amaba es para la humanidad, un mundo ignoto del que apenas atisbamos superficies y costas. Nada más engañoso acerca de la condición humana que el bañista que se asolea en una playa. “La naturaleza no ofrece refugio, y la humanidad no lo protege”, dice Mumford, “está solo”. Nadie puede saber su destino, pero si regresa “a los pueblos hospitalarios será otro hombre”.

“Entre fusas y cimifusas”: del 16 al 18 de agosto, se llevará a cabo la tercera edición de Narrativas Pueblerinas en Jardín. Enrique Aguirre López Ci-mifú, hará que se hable de él y del humor en el cine, la caricatura y el teatro. Sergio Valencia, Fernando Mora, Patricia, Arroyave, Carlos Mario Gallego, Acción Impro, Mico y Elkin Obregón, serán los otros protagonistas.

El Colombiano, 11 de agosto

sábado, 10 de agosto de 2019

Marx después del marxismo. Contenido

Contenido

Presentación

Primera parte
Conceptos fundamentales


Capítulo 1. Política
Capítulo 2. Educación
Capítulo 3. Trabajo
Capítulo 4. Crítica

Segunda parte
Las razones de la filosofía liberal

Capítulo 5. Revolución: Kant sobre Marx
Capítulo 6. Equidad: Marx en Rawls

Apéndice
Parábola de la casa

miércoles, 7 de agosto de 2019

Patriotismo compasivo

Solo la compasión por la patria, la angustiosa y tierna preocupación por evitarle la desgracia, puede darle a la paz, y particularmente a la paz civil lo que la que guerra civil o la exterior tienen desgraciadamente por sí mismas: algo, entusiasmante, poético, sagrado

Simone Weil

domingo, 4 de agosto de 2019

Centenario del centenario

Hace 100 años —alrededor de 110 para ser menos imprecisos— se celebró en Colombia y América Hispana el centenario de la Independencia. El ambiente emocional en todo el continente estaba cargado de regocijo, optimismo y fe en el futuro. Los habitantes de algunos países tenían un doble motivo; los mexicanos, por ejemplo, celebraban también el fin del régimen de Porfirio Díaz (1830-1915); los colombianos, consolidábamos con cierto éxito la paz después de la Guerra de los Mil Días y hacíamos una reforma significativa a la constitución de 1886. Sin giros tan profundos, los demás países vivían un momento de luz. Borges recuerda la felicidad de los argentinos durante las celebraciones del centenario.

En el centenario del centenario los hispanoamericanos oscilamos entre la perplejidad, el pesimismo y la escisión, cargada de rabias, de nuestras sociedades. La sobrecarga del instante, la captura por el presente, han hecho de estas efemérides —la del 10 y la del 19— fechas pálidas, despojadas de rituales y, aún menos, de reflexiones de amplio alcance. Nos hemos limitado a estrechas franjas del ámbito intelectual. La sociedad política le ha dado la espalda al Bicentenario. Peor aún, las autoridades del estado, en cualquier nivel, están pasando por estas fechas de modo protocolario y vacío. (En Medellín, la feria de las flores no dará un minuto a banalidades como la historia patria.)

El estado espiritual corriente del ciudadano medio es comprensible, pero no es nada peor que el de hace cien años. El grado de civilización en el continente es mucho mejor, hay más libertades, democracia y progreso material. Pero el ciudadano medio no es el responsable de proponer la pregunta por la trayectoria de la construcción nacional, ni de tomar la iniciativa para señalar sus peculiaridades y fallas, ni de abrir el debate sobre las características de nuestro destino, que tendrá que ser compartido o no será. Esa es una responsabilidad de las élites políticas, económicas e intelectuales.

2019 entra a la recta final sin que Bicentenario haya dejado de ser una palabra para adornar los discursos burocráticos, palabra que permitirá contextualizar los viejos lugares y las fórmulas de consuelo habituales en la retórica pública. Todo esto no significa que gran parte de la dirigencia ha renunciado a hacerse cargo del pasado, que es la única manera entender y enfrentar el presente. Capotear, sobreaguar, el presente es una cosa muy distinta a dirigir un país o una sociedad.

Hace cien años, Colombia estaba consolidando su paz más estable y duradera —para usar una expresión reciente. Los sectores menos radicales de los dos partidos tradicionales hallaron una fórmula conciliatoria. Más allá de los acuerdos de paz, hubo entendimientos durante la administración de Rafael Reyes y se hicieron cambios en el régimen político. Las mayorías no querían volver al pasado fratricida. Del centenario se puede aprender.

El Colombiano, 4 de agosto

lunes, 29 de julio de 2019

Fin de una época

Creo que la muerte de Beatriz Restrepo Gallego cierra una época en Medellín. Beatriz hizo parte de una generación que le puso rostro al clima intelectual que vivió Medellín entre fines de los años ochenta y principios de este siglo. Me refiero a una generación nacida en la década de 1940 y de la que formaron parte María Teresa Uribe, Nicanor Restrepo, Jorge Orlando Melo, Carlos Alberto Calderón, entre otros.

¿Cuál fue ese clima intelectual? El de un severo juicio sobre los procesos sociales y culturales que dieron lugar a la irrupción del narcotráfico, su influencia y su violencia. Esas personas —y otras menos notorias— entendieron que el narcotráfico no era solo Pablo Escobar, que la crisis tenía expresiones más diversas y complejas que la violencia y que la respuesta tenía que ser más profunda que montar un bloque de búsqueda encargado del simple y engañoso “busque y destruya”.

En los ochenta el problema del día era la supervivencia. Violencia, quiebra manufacturera, desempleo, desorden financiero, pobreza, incapacidad estatal. En un país convulso, Medellín era el centro del gran desorden. Estas figuras se refugiaban en sus empeños domésticos: academia, empresa, iglesia. El cambio mundial de 1989 también fue un cambio colombiano: acuerdos de paz, nueva constitución, sometimiento y muerte de Escobar, Consejería Presidencial. La Consejería fue el foro y el escenario en el que esta generación proyectó sus reflexiones, su narrativa y su liderazgo. Los sobrevivientes ya podían pensar la reconstrucción de la ciudad.

Hay pocas dudas de que el énfasis distintivo de ese clima intelectual estuvo en la formación cívica, política, básica, instrumental. Y en que el eje de ese énfasis —al menos el que trataron de imprimir estas personas— fue la ética. Recuerdo grandes foros para promover la discusión ética convocados por la Cámara de Comercio, El Colombiano, las cooperativas, las ONG, la iglesia católica, las universidades. Ética aplicada, educación para la democracia, ciudad educadora, resolución de conflictos, ética económica, se volvieron términos comunes. En particular, se hizo un esfuerzo deliberado por establecer un consenso contra la justificación de la violencia y la connivencia con el narcotráfico.

Esa época terminó. La masa crítica de dirigentes e intelectuales que lideró ese cambio ha desaparecido. Quedan individualidades. En la sociedad predomina el conformismo, la formación fue sustituida por el afán instruccional, la reflexión por la publicidad. El discurso ético se anatemiza como signo de superioridad moral y el comportamiento personal correcto se banaliza, cuando no se trata con cinismo. No hay bien público, solo empresas particulares. Los antioqueños hemos vuelto a las viejas prácticas de “tapen, tapen” y “hagámonos pasito”. Nos embriagamos con los éxitos de los últimos quince años y nos volvimos autocomplacientes. Estamos como en 1970, felicitándonos, y no vemos las sombras que nos rodean. Que nadie hable de ellas; que nos dejen dormir tranquilos.

El Colombiano, 28 de julio

lunes, 22 de julio de 2019

Desinflados

“Tengo la sensación que eso que llaman fútbol es otra cosa”, dijo hace algunos años César Luis Menotti, el famoso técnico argentino. Afirmaciones parecidas se han escuchado en estos días. Jorge Valdano —futbolista, técnico, gerente—, por ejemplo, lanzó la sugerencia de que hay “una sensación de hastío en los hinchas más civilizados”. El escritor español Enrique Vila-Matas habló de “desafecto”. Menotti se refería al juego, Valdano a la dirección corporativa de la Fifa y sus afiliados, Vila-Matas a la gestión en su amado Barcelona. Tres aspectos distintos pero inseparables del más global de los deportes. Se puede hacer un manifiesto con esas opiniones.

El fútbol es otra cosa como práctica, claro está, y es comprensible. Lo que pasa es que dejó de ser solo un deporte. Está a punto de convertirse en un ramo de la farándula. Cuando el depilado de las cejas de James Rodríguez aparece en la misma página del triunfo colombiano en Wimbledon, el desajuste es evidente. El fútbol es otra cosa en el nivel asociativo porque patrocinadores y televisión están saturando los calendarios, exprimiendo a los jugadores y desorientando a los aficionados. El fútbol es otra cosa porque la proporción entre juego y negocio se ha cargado descaradamente al segundo factor. Y el negocio en América Latina y otros lugares está marcado por prácticas mafiosas y corruptas que dejan muy pocos ganadores económicos.

Además, aún dentro de estos límites estrechos, existe mucha desigualdad. Geográfica, factor en el que Europa es ganadora. Suramérica pasa por su peor momento futbolístico de la historia, puesto que nunca antes pasó tanto tiempo sin triunfos mundiales en selecciones o en clubes. El fútbol de mujeres ocupa un escalón muy bajo pese a que, como se vio en el campeonato mundial de Francia, es tan entretenido como el que juegan los hombres. Entre los clubes de los países, porque el fútbol carece de reglas que ayudan a promover la competencia y evitar las hegemonías, como las que existen en el básquetbol de la NBA, por ejemplo.

Con amargura, Menotti asegura que “el fútbol se lo robaron a la gente”. No hablaba del sistema de pago por ver que tratan de imponer en Colombia la Dimayor y unos operadores de televisión, aunque también eso es un robo. Lo es porque el fútbol colombiano se juega en escenarios públicos y gracias, en buena medida, a recursos públicos (de licoreras, alcaldías y gobernaciones, por ejemplo). Hablaba de la pertenencia. No hay afiliación con jugadores o símbolos. Cada semestre los jugadores cambian de equipo y los equipos cambian de camiseta. Incluso hay equipos que cada dos años cambian de nombre y de sede. A eso hemos llegado.

Y eso que el fútbol no nos da un décimo de lo que nos dan el ciclismo, el boxeo, el atletismo y, ahora, el tenis.

El Colombiano, 21 de julio

miércoles, 17 de julio de 2019

El bosque

The Woods

The White Buffalo

Hace tanto que salí del bosque.
Me malinterpretaron, pero teniendo todo en cuenta
Me siento y reviso su disfraz.
Sus ojos oscuros y superficiales se perdieron en la bruma de la luz.

Así que me siento y miro
Veo que pronto aparecen todas sus máscaras.
Anhelante del bosque,
De este lugar voy a desaparecer.

Aquí cada uno se esfuerza por salirse de la norma,
Pero se funde en muchedumbre para ser todos iguales.
Para alterar la imagen se llevan prótesis,
Sus formas plásticas se funden con el calor de la luz.

Entonces salgo a la luz
Y veo aparecer pronto todas sus máscaras.
Añoro los bosques.
De este lugar voy a desaparecer.

Del álbum Hogtied Revisited (2017).

lunes, 15 de julio de 2019

Clones de Edith

Paz y reconciliación, palabras comunes en el lenguaje colombiano de los últimos 30 años. Muy comunes, incluso, durante los dos gobiernos de Álvaro Uribe Vélez, promotor de la Ley de Justicia y Paz y de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación. El tiempo de esas palabras es el futuro. Paz y reconciliación se predican como tareas, como proyectos. No repetición —término que aparece 98 veces en el Acuerdo del Teatro Colón— también remite al futuro. Pero los colombianos estamos enfocados en el pasado, quién hizo qué, cuándo y por qué.

Siempre creí que, ante las ocurrencias humanitarias, no había nada mejor que recuperar la tradición nacional en materia de paz. Esa tradición se define por el recurso a la amnistía amplia a los participantes en las guerras, desde hace dos siglos, y la negociación política, desde hace uno. El afán justiciero, alimentado desde izquierda y derecha, me parecía nocivo. (Escribí mucho sobre el asunto en su momento.)

Sin salirse del marco que invocaba justicia, algunos expertos le aconsejaron al país aplicarla en dosis pequeñas. Un fiscal de la Corte Penal Internacional recomendó, en el caso de los paramilitares, juzgar una docena de casos ejemplares. El estado se metió a la tarea de juzgar a miles, mientras algunas ONG pedían que se enjuiciaran a varias decenas de miles.

Teníamos otra posibilidad. Usar la justicia transicional solo para resolver los casos abiertos por la jurisdicción ordinaria. En Uruguay se presentó un proceso que le dio prioridad a la política sobre el derecho y a la reconciliación sobre la justicia. Ellos empezaron por una amnistía amplia y sin condiciones, conocida brevemente como Ley de Caducidad, y poco a poco fueron permitiendo el juzgamiento de cierto tipo de responsables. Con mucha prudencia y visión los uruguayos han hecho, quizás, la transición a la democracia más tranquila de Iberoamérica.

Hace poco The Economist se hizo la pregunta de si acaso las amnistías eran una mala idea (“Are amnesties in Latin America always a bad idea?”, 29.06.19). El articulista recurre al equilibrismo tradicional de quien se preocupa más por la objetividad que por el argumento. Pero dice dos cosas con las que concuerdo por completo: “La justicia retroactiva es más problemática si se percibe que es unilateral”; “el debate político en América Latina se enfoca demasiado en el pasado. Una región rezagada del resto del mundo, económica y tecnológicamente, no puede permitirse ese lujo”.

Pues bien, ese es el lujo, el derroche, que nos estamos dando los colombianos; Jesús Santrich y general Mario Montoya de por medio. Seguiré abusando de la figura bíblica: nuestro modelo es la mujer de Lot. Los hermeneutas judíos dicen que se llamaba Yrit, o sea Edith. Queremos salir de Sodoma, pero una mezcla de venganza y estupidez nos hace mirar atrás, y nos paraliza. Clones de Edith somos.

El Colombiano, 14 de julio

lunes, 8 de julio de 2019

Empresarios y política

La intervención de los empresarios en la política es tan necesaria como compleja. Su demanda social crece en tanto se haga notorio que la dirigencia política está enredada y que la situación general del país luzca precaria. Ambas condiciones aplican hoy y por ello no extraña que el tema se esté moviendo en reuniones privadas y medios de comunicación.

Bajo las premisas de que la actividad empresarial formal exige un estado de derecho y un entorno estable en el largo plazo, y de que la función de los gremios es de representación frente al estado, diré algunas generalidades.

La primera lealtad del empresariado es con el régimen político, encarnado en la constitución y los poderes del estado, incluyendo a las altas cortes y a los órganos de control. Una idea tan simple como esta conllevaría una política empresarial decidida respecto a la formalización de la economía (empezando por la tierra), la lucha contra la corrupción, la imparcialidad de la justicia y la separación de poderes. Si los empresarios no muestran unidad en estas causas es porque tienen problemas serios de acción colectiva o porque carecen del tipo de organismos que permitan claridad en el propósito y la acción.

El presidencialismo exacerbado en el siglo XXI no solo ha alterado el régimen político sino que ha llevado al empresariado a una posición obsecuente con los gobiernos. No todos los presidentes son estadistas y ningún gobierno es infalible. En este tiempo ya son muchos los casos de gobiernos destructivos como para no tomar distancia. Los afanes adaptativos del empresariado a veces menoscaban la visión estratégica. Eso le sirve poco al país y no le sirve de mucho a un presidente inteligente.

En política, no hay visión estratégica silenciosa; hay que hacer presencia en la esfera pública. En ella, hacer es decir; eso necesita liderazgos, bien sea individuales o corporativos. Y decir exige pensar. Los centros de pensamiento asociados al empresariado deben hablar en voz alta, de lo contrario, solo estarían duplicando el trabajo de las universidades. Esos centros están especializados, pero la especialización es fructífera cuando se efectúa dentro de una visión general. Esa visión general es la que no se nota, por decir lo menos. Sin líderes visibles ni fundaciones que suenen (y que truenen cuando se requiera) no habrá gran política desde el sector privado.

La primera condición de la política es la lealtad con el país. Lo contrario a la lealtad es la salida. Una forma de salir de la política es quedarse callados. Otra es huir. La situación de amplia movilidad de capitales y gran empresa colombiana multinacional ofrece las condiciones para que los capitalistas grandes y medianos decidan llevarse su plata a otra parte. ¿Para dónde? Sabrán ellos. La incertidumbre tiene tanto alcance que esas decisiones se parecen más a la conducta del avestruz.

El Colombiano, 7 de julio

lunes, 1 de julio de 2019

Escena

Antioquia, 2019, restaurante de carretera. Llega una camioneta grande, aunque no deslumbrante, de aquel color que, dicen, se conoce como “gris Medellín”; como si el alma parroquial se dejara ver mejor en el automóvil que en el vestuario. Placa de Medellín. La conductora se apea, una joven, de rubio artificial y ropa casual, cara. Del asiento de atrás bajan dos hombres jóvenes muy altos, blancos, y una joven de pelo negro. No tienen cien años entre los cuatro. La puerta del copiloto cerrada.

La conductora entra al restaurante y se dirige hacia uno de los empleados. Un joven como ella; moreno, eso sí, más bajo, también. El empleado hace ese suave gesto dubitativo, que usamos a veces, de rascarse la cabeza, aquí, cerca de la corona. Dura un instante y enseguida se lanza presto hacia la camioneta, abre la puerta del copiloto, se demora, mientras yo miro la escena. Cuando vuelvo a mirarlo, trae entre sus brazos, a duras penas, a otra joven, blanca, cabello negro. Mientras los hombres jóvenes y las otras dos mujeres jóvenes, blancos, atléticos, con ese atletismo de “no lavo un plato, pero voy al gimnasio cuatro veces a la semana”, miran al joven empleado, bajo y moreno ir de la zona de parqueo a una mesa del restaurante con la amiga de ellos cargada.

Ya están los cinco en la mesa, conversan. Uno de los hombres parece ser extranjero. Piden el servicio, tranquilos. A mí la cara se me llena de indignación. ¡Es el siglo XXI! ¿Existe una psicología natural del patronazgo y la servidumbre todavía? ¿En Antioquia, la igualitaria y democrática? ¿Qué clase de mentalidad tienen estos jóvenes? ¿Cómo se comportan en su casa? Porque la actitud natural de los protagonistas de la escena es muy reveladora. Los muchachos no creyeron que eran ellos quienes debían cargar a su amiga; de hecho, ni lo intentaron; conversaron distraídamente como si no fuera asunto suyo. La conductora necesitaba que su amiga bajara a almorzar; alguien debía hacerlo. Pero no dio muestras de que se le pasara por la cabeza que lo hicieran ese par de hombres sanos, fuertes, de su misma condición social. En el restaurante hay un hombre joven, bajo, moreno, que le parece que sería el tipo ideal para el trabajo.

Pienso por un instante en increparlos, pero me contengo. Treinta años de experiencia en investigación sobre el crimen me han enseñado a desconfiar de los carros caros, la gente bien vestida y las caras bonitas. Voy a la caja a pagar mi cuenta. Me recibe el empleado que ha hecho la tarea de carguero que, tal vez, algún antepasado mío o de él haya hecho durante la Colonia. Le pregunto qué pasó y le digo que eso no estuvo bien hecho. Me dice, confundido, que sus compañeras pensaron lo mismo.

El Colombiano, 30 de junio.

lunes, 24 de junio de 2019

Chernóbil

Chernóbil, una ciudad cerca de la frontera entre Ucrania y Bielorrusia. Un desastre nuclear en 1986. Un libro de Svetlana Alexievich, premio Nóbel de Literatura en 2015. Una serie de televisión estrenada en 2019. Gran consternación por los peligros de la fisión nuclear, radiación, destrucción ambiental, muertes, cancerosos, pérdida de fauna y otra vida silvestre. Los accidentes ocurren, pero la acción humana está encaminada para evitar que ocurran y hay algunos —los que destruyen vidas— que nunca deben ocurrir. ¿Por qué ocurrió en Chernóbil?

Primero la reputación y la reputación entendida como que nunca nos equivocamos, siempre somos el número uno. El socialismo era el mejor sistema para la humanidad y la Unión Soviética su vanguardia. No podía saberse afuera que algo así había pasado. Imponer la negación. Cuando se supo, se intentó minimizar y presumir de que todo estaba bajo control. La ayuda alemana fracasó porque no se les dio el dato del nivel de radiación para que los equipos enviados cumplieran con la protección requerida.

El poder político contra la ciencia. La doctrina, el estado, el partido son más importantes que los hallazgos científicos. El funcionario decide al margen o en contra del científico. La estabilidad del régimen (aquí puede decir corporación, administración) es más importante que las malas noticias que surgen de los escrúpulos de los investigadores.

El poder disciplinario contra el saber técnico. El jefe de sección se impone sobre el operario, el de planta sobre el de sección, el alcalde sobre el gerente, el ministro hace su voluntad contra el alcalde, el líder supremo contra la del ministro. El objeto de toda organización es conservarse en el tiempo (ahora lo llaman sostenibilidad), pero la subsistencia basada en el miedo al fracaso y en el maquillaje como estrategia llevan al desastre.

El espíritu competitivo como prioridad ante la cooperación. El mayor valor del mérito individual, la pugna por el incentivo, el ascenso, el cargo, que introducen disputas en los equipos de trabajo y desvía a la organización del propósito y la misión. El éxito de cada parte puede resultar en el fracaso del todo.

La inhumanidad del discurso humanista. “La felicidad de toda la humanidad”, es el lema, también es el argumento para cerrar la ciudad y no dejar salir a la gente. Kant había condenado hace doscientos años a los que amaban a los tártaros y eran incapaces de hacer algo por el vecino. Felicidad y humanidad en abstracto, para el hombre concreto, para el súbdito, maltrato, humillación.

Visto de esta manera —desde el proceso y el sistema operativo—, eventos como Chernóbil, pequeños y mucho menos dañinos, ocurren con más frecuencia de la que pensamos. Se cae una carretera, un edificio, un puente; se desploma una compañía, un municipio, un país. Con Chernóbil podemos hablar de política, también de administración.

El Colombiano, 23 de junio.

lunes, 17 de junio de 2019

Antes y después

El escritor francés de filiación judía Jean-Claude Grumberg —poco conocido en nuestra lengua— dijo este año en una entrevista que una cosa era el antisemitismo antes de 1930, otra entre 1930 y 1945, y otra distinta después de 1945. Grumberg intentaba situar históricamente ese fenómeno resaltando las diferencias entre un rasgo cultural, quizás indeseable, un crimen y la repetición de los estigmas que condujeron a ese crimen. El consejo es útil para refutar los anacronismos en boga ahora (condenar la misoginia de Aristóteles, por ejemplo) y, sobre todo, para no banalizar las conductas que conformaron el contexto explicativo de ciertas calamidades en las que no deberíamos reincidir.

Podemos reafirmar a Gumbrerg diciendo que hay un antes y un después morales, y que esa frontera debe mantenerse visible para no abonarle el camino al deterioro del sistema que ordena las normas y la moralidad de una sociedad. Debe saber Gumbrerg que el progreso moral no está garantizado y que los humanos pisamos con frecuencia terrenos que nos conducen de modo imperceptible por pendientes resbaladizas.

En Colombia existen unas marcas visibles que separan un antes y un después.

La conducta inclemente de José Ignacio de Márquez (1793-1880) y Tomás Cipriano de Mosquera (1798-1878) que contribuyó a una sucesión de guerras y victorias que solo se rompió con los acuerdos que pusieron fin a la Guerra de los Mil Días. Aprendimos a negociar bajo la tutela gringa en 1902, volvimos a negociar en 1956 y 1957 y refinamos ese arte desde 1989 hasta ahora. Volver a tocar las teclas del odio a los conciudadanos y de la humillación a los contrarios es una mala idea que ya ensayamos.

La llamada Violencia, nuestra penúltima guerra civil, se originó en gran medida por el bloqueo entre los dos grandes partidos que representaban la opinión política del país y por el sistemático ataque a las instituciones públicas por parte de las élites políticas e intelectuales. Es lastimoso, por decir lo menos, el ejercicio sistemático de confrontación a las altas cortes por parte del Centro Democrático y de voceros, usualmente moderados, del conservatismo. Es increíble que los conservadores hayan olvidado a donde los llevó el laureanismo.

El país hizo conciencia de los llamados falsos positivos hace más de una década. Entendimos que había cierto tipo de incentivos a la eficacia militar que podían ser mal interpretados y conducir a crímenes de lesa humanidad. En su momento se tomaron medidas para establecer pautas institucionales que previnieran ese tipo de acciones ilegales. Ignorar ese pasaje, repitiendo procedimientos similares, actuando de forma incauta y negligente ante los reparos de la prensa y los organismos internacionales, solo agravará la responsabilidad de los actuales dirigentes del país.

El deterioro moral es probable, pero no tiene por qué ser inexorable. Su rumbo depende de nosotros, de nadie más.

El Colombiano, 16 de junio

lunes, 10 de junio de 2019

Primero cayó el café, luego la troncal

Los precios del café están por los suelos desde que comenzó 2019 y, por ende, han puesto en una situación difícil a los pequeños y medianos caficultores (los grandes se comen el 60% de los subsidios de papá estado). El efecto se siente hace rato en el suroeste antioqueño, la mayor región productora del departamento. Como si fuera poco ahora se taponó la Troncal del Café en el cañón de la quebrada Sinifaná. Los esfuerzos de la región para diversificarse con el turismo, la producción de frutales y pequeñas empresas de alimentos y prendas de vestir, también se derrumban.

Hasta ahora el debate de Pacífico 1, la concesión que va desde Bolombolo hasta Primavera, era sobre el trazado. Por qué no seguir la margen del Cauca hasta Antioquia y retomar de allí o Sopetrán hasta Puerto Valdivia; por qué no abrir la cuenca de El Poblanco; por qué no usar la vertiente por donde iba el tren. Ya ese debate no tiene sentido: la vía va por donde va, por tierras de superintendentes y congresistas, y de sus amantes.

El problema actual es con la intervención actual de Covipacífico, la empresa propiedad del señor Sarmiento Angulo, quien en virtud de su amistad con Juan Manuel Santos se convirtió de la noche a la mañana en experto en obras de infraestructura física. El ingeniero José Hilario López cuenta estas vicisitudes con pelos y señales en un artículo que recomiendo (“Calamidad pública en el suroeste antioqueño”, El Mundo, 04.06.19). De sus comentarios destaco el hecho de que la Veeduría de la Sociedad Antioqueña de Ingenieros había efectuado advertencias desde 2016 a la Agencia Nacional de Infraestructura, a la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales, a Covipacífico y a la Gobernación de Antioquia. Ellos mostraban la alta probabilidad de “deslizamientos que obligarían el cierre de la Troncal por un periodo superior a dos años”.

A esto habría que sumarle el hecho de que Invías había autorizado un cierre parcial desde mayo, durante todo 2019, y que para ello debió haber inspeccionado las obras y promovido el mejoramiento de las vías alternas que recomendó en ese entonces. Todo esto es llorarle al gobierno nacional, pero ¿qué ha hecho la Gobernación de Antioquia? Nada. Después de un mes de cierre parcial y dos semanas de cierre total, la Gobernación ni siquiera ha controlado el tráfico pesado por las vías Camilocé-Bolombolo y Camilocé-Puente Iglesias, que ya amenazan ruina por esta imprevisión. No hablemos ya de la ausencia de intervenciones físicas en el débil tramo entre El Cinco y Bolombolo que amenaza con aislar a Venecia. Ninguno de los siete contratos viales adjudicados por la Secretaría de Infraestructura Vial para 2019 está enfocado en estas vías.

Ya es tarde, pero si los dolientes del suroeste no se movilizan las cosas irán a peor.

El Colombiano, 9 de junio.

lunes, 3 de junio de 2019

Bicentenario

Es un consenso académico que uno de los principales problemas de Colombia es su falta de unidad: integración territorial, homogeneidad social, concordia cívica, unidad política. Uno de los elementos más importantes de la unidad es la comunión simbólica de la ciudadanía. La carencia de una simbólica nacional es uno de los aspectos que más subraya el intelectual franco-colombiano Daniel Pécaut. Muchas veces ha insistido en que las identidades bipartidistas terminaron remplazando u obstruyendo esa unión simbólica.

Las cosas han empeorado. No hay ya identidades bipartidistas, solo adscripciones fugaces y epidérmicas a personalidades. La majestad del poder ejecutivo se ha disuelto en medio del personalismo y las pequeñas vanidades. No hay continuidades institucionales, solo caras de administradores.

El destrozo de las pocas expresiones de la simbólica nacional se puede ejemplificar con la tarea que hizo el congreso con los billetes. Cambió las pocas caras que representaban la unidad política del país por una galería discutible de jefes liberales (Gaitán, López, Lleras), por un lado, y de artistas (Silva, Débora, Gabo), por el otro. Desaparecieron sin explicación alguna Bolívar, Santander, Nariño, Núñez. En Estados Unidos hubo un debate largo e intenso antes de sacar a Andrew Jackson del billete de veinte (fue remplazado por Harriet Tubman) y a nadie se le hubiera ocurrido sustituir a Washington por Poe. Ciertos intelectuales hacen la vista gorda porque creen que el nacionalismo es más problemático que la debilidad identitaria.

Esto parecía entenderlo la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez cuando dijo, el pasado 23 de octubre, que “conmemorar el Bicentenario del nacimiento de la República de Colombia es una ocasión para unirnos los colombianos, para pensar nuestro país hacia el futuro”. Los ritos, la rememoración, la dignificación de los líderes de la construcción del Estado hacen parte de los hilos zurcidos para unir a una comunidad. Y la mirada al pasado sirve para revisar nuestros proyectos, los avances y las faltas, los giros y las continuidades, para iluminar la manera como estamos juntos y para acomodarla a los tiempos que vendrán. Bien comprendido.

Lo que pasa es que, a renglón seguido, la vicepresidenta instaló una Comisión de Expertos repleta de ministros y gobernadores. Comisión y sin expertos. Como era de esperarse no salió nada y lo que pueda salir de aquí al siete de agosto será misérrimo. Otra oportunidad perdida.

Los únicos que han hecho algo desde el 2010 han sido los académicos y las universidades. Mucho; teniendo en cuenta sus limitaciones de recursos. En 2019 parece que le está yendo mejor a Alexander von Humboldt que a la independencia misma y eso se puede explicar, quizá, porque no hubo una comisión de ministros y gobernadores para organizar los festejos. No está mal. Al fin y al cabo, Bolívar creía que la obra de Humboldt era parte de la constitución de nuestras naciones.

El Colombiano, 2 de junio

miércoles, 29 de mayo de 2019

Handel y Hendrix


Georg Friedrich Händel y James Marshall Hendrix o simplemente Handel y Jimi. Siglo XVIII y siglo XX, barroco y rock. Juntos.

Junturas congruentes, lisas, fluidas, que superan distinciones falsas entre música culta y música popular, alta cultura y cultura popular... y otras.

lunes, 27 de mayo de 2019

Anuncios londinenses

Constructores considerados. Un aviso recurrente en las grandes construcciones londinenses. Tiene una frase introductoria seguida de unas viñetas que resaltan los principios básicos de un código adoptado por miembros importantes de la industria de la construcción. 1) Apariencia externa de orden, limpieza y presentación de la obra y los trabajadores; 2) información, minimización de impacto y apoyo a los vecinos y transeúntes; 3) protección del ambiente, protección del agua, la vegetación y el paisaje, minimizar la polución del aire, ruido y vibraciones; 4) seguridad para trabajadores, vecinos y visitantes; 5) cuidado de los trabajadores, bienestar laboral, salud y formación. Reglas básicas, sencillas, incluso parecen elementales. Constructores, trasportadores, comerciantes, alineados con ellas producirán de inmediato ciudades mejores.

Centenario de las mujeres policías. Hace cien años ingresó la primera mujer a la policía metropolitana. El aviso en los vagones de metro dice que los grandes propósitos se cumplen con pequeñas tareas. Londres, una de las ciudades más seguras del mundo, se gestiona desde la inteligencia y el detalle. Cuidado del espacio público, aseo, civismo, vigilancia tecnológica, altos castigos a los infractores, principio de buena fe y confianza en el comportamiento de todos los ciudadanos y visitantes. Podríamos hablar de la feminización de la política de seguridad en una ciudad que estuvo fuertemente afectada por el terrorismo, la violencia callejera y el crimen.

Pablo Escobarr. Noticia en The Times, el periódico más importante del Reino Unido y uno de los más antiguos del mundo. Sección deportiva del 11 de mayo, página 108. “Pablo Escobarr can land Derby trial”. Bueno, Pablo Escobarr es uno de los caballos de carreras más fuertes de Inglaterra. La doble ere del nombre fue una decisión cuidadosa para que, pronunciado por un británico, no deje lugar a dudas de quien se trata. El experto hípico le da buenas oportunidades en una gran carrera después de flojos desempeños recientes. (Espero que esta nota folclórica no lleve a cartas de protesta contra el gobierno británico o a que, algún buen colombiano, lleno de patriotismo y amor a la virtud decida envenenar al equino.)

¿Quiere cantar con nosotros? Buscan 1.200 jóvenes para que integren el coro que interpretará el Mesías de Handel el 7 de diciembre. Eso dice un volante. Mil doscientas personas representan casi una quinta parte del aforo del Royal Albert Hall. Y se sientan allá y cantan, partitura en mano. Hacer una convocatoria de ese tipo supone recibir una cantidad de postulantes equivalente a tres o cuatro veces el número requerido. Esto, a su vez, implica que hay una sociedad que puede formar decenas de miles de jóvenes en una técnica exigente. La orquesta y su director, el público ahbitual, se avienen a contemplar y aplaudir ese componente aficionado. La masiva producción musical británica es solo la muestra de una sociedad culta y melómana.

El Colombiano, 26 de mayo.

miércoles, 22 de mayo de 2019

Brompton Oratory

Brompton Oratory, Londres

Brompton Oratory

Nick Cave


Altos escalones de piedra yo subo
Salve este alegre día de regreso
Hacia la sombra de su gran bóveda voy
Salve mañana pentecostal

La lectura es de Lucas 24
Donde Cristo vuelve a sus seres queridos
Miro a los apóstoles de piedra
Creo que está bien para algunos

Y ojalá estuviera hecho de piedra
Para no tener que ver
Una belleza imposible de definir
Una belleza imposible de creer

Una belleza imposible de soportar
La sangre impartida en pequeños sorbos
Su olor todavía en mis manos
Cuando llevo la copa a mis labios

Ni dios arriba en el cielo
Ni el diablo bajo el mar
Habían logrado
Ponerme de rodillas

Afuera me siento en los escalones de piedra
Sin mucho que hacer
Desamparado y agotado
Por su ausencia

lunes, 13 de mayo de 2019

Cuadrando el círculo

El gran logro de la política democrática en Occidente en el siglo XX fue impulsar las reformas que necesitaba cada país (y el mundo), y mantener el tono moderado en la contienda parlamentaria, electoral y diplomática. Esta mezcla se rompió en el siglo XXI, quizás desde 2001, pero, con seguridad, después de 2008. Los moderados (liberales y conservadores) se han replegado y son una minoría. La mayoría de los liberales se están conservatizando velozmente, atemorizados y plegados a una estabilidad precaria. Los populistas y otros radicales (con mucho discurso y pocas propuestas) se han abanderado del cambio. Los conservadores se están radicalizando; en estos tiempos sus héroes son tipos intemperantes y volátiles como Trump.

Entre las viejas corrientes políticas, todas pierden. Perdieron los socialistas, con la mayoría montada en los trenes populistas, huérfanos de teoría y simples repetidores de versiones alucinantes del mundo. Pierden los liberales, con esclerosis múltiple, aferrados a fórmulas añejas y a regímenes políticos que hacen agua. Los que más pierden son los conservadores, arrastrados por el tsunami levantisco del populismo o de la reacción pura y dura, estilo Bolsonaro. Cuando recibo comentarios de algunos lectores “azules” de este diario echo de menos a los viejos godos: corteses, parcos, seguros; en resumen, civilizados.

En tiempos tan inciertos como los que vivimos, y rodeados de pirómanos políticos por todos los lados, hay pocas dudas de que los abanderados de la democracia liberal deben conservar la moderación en la esfera pública. La mitezza que reivindicó Norberto Bobbio (1909-2004), en un ensayo suyo. Mitezza que, en ciertas acepciones, se contrapone a la agresividad o a la conducta predatoria. Mitezza que los traductores del maestro italiano convirtieron en templanza.

Pero volver a hacer lo que antes era rutina parece una proeza. Organizar proyectos políticos que busquen el cambio social y que lo hagan con mesura y honestidad. Encontrar líderes inconformes y, a la vez, sensatos. Quizá lo que menos se discute hoy es qué debemos conservar y qué debemos cambiar porque, mientras los radicales de todos los partidos parten de la confusión y la alimentan, los demócratas liberales solo atinan a defenderse. Estas podrían ser las variables de la cuadratura del círculo en la política contemporánea.

Todos tenemos tareas para hacer: promover la moderación en el lenguaje y en los actos públicos, someter a examen las afirmaciones que pueden tener impacto considerable sobre la vida de las personas y las decisiones políticas, divulgar la información plural y calificada, retomar las discusiones de ideas y propuestas. Los políticos tienen la mayor responsabilidad, pero los intelectuales públicos —siguiendo un consejo de Michael Oakeshott (1901-1990)— deberíamos dedicarnos a limitar los efectos producidos por el abuso del lenguaje y la manipulación de la ambigüedad propia de las expresiones políticas. Arrojar un poco de luz en la vasta oscuridad del mundo social.

El Colombiano
, 12 de abril

lunes, 6 de mayo de 2019

ESE EME

Este diario editorializó a propósito de las decisiones que están despojando de sus curules al senador Antanas Mockus, de Alianza Verde, y Ángela Robledo, del Polo Democrático (“Oposición, curules y ley”, El Colombiano, 27.04.19). En primera página se resumió: “El Consejo de Estado hace una aplicación estricta de la ley y del régimen de inhabilidades. No es un ataque a la oposición”. Creo que lo primero es cierto y, a pesar de ello, lo segundo es discutible.

La aplicación estricta de la ley es una virtud en la teoría del estado de derecho y en la práctica de lo que John Rawls (1921-2002) llamaba “sociedades bien ordenadas”. En estas sociedades la legalidad opera de tal forma que coincide con la legitimidad de las instituciones. En casos de error judicial, la legitimidad democrática y la trayectoria imparcial de los jueces sirven de escudo protector. Hasta aquí todo bien. Sobre todo para Antanas, quien es el apóstol de la cultura de la legalidad en este siglo.

Lo que pasa es que, según los parámetros rawlsianos, nosotros no somos una sociedad ordenada en la que la legitimidad institucional es precaria y la trayectoria judicial —al menos en lo que va del siglo— cuestionable. En mayor o menor grado las altas cortes padecen de una parcialidad política evidente. Con mucho sesgo y poca inteligencia la Corte Suprema cumplió con el deber de controlar al presidente Uribe; sin malicia ni escrúpulos, la rama judicial se volvió gobiernista durante la administración Santos y se dedicó a castigar a la oposición uribista. Ahí la persecución contra Andrés Felipe Arias y Luis Carlos Restrepo. Ahora el Consejo de Estado se dedica a efectuar una “aplicación estricta de la ley” a la oposición.

Es hora de recordar al presidente mexicano Benito Juárez (1806-1872): “Justicia para mis amigos, todo el rigor de la ley para mis enemigos”, se dice que decía. Típica concepción latinoamericana que separa lo justo de lo legal y que usa la ley desde el poder para destruir al enemigo político. El Consejo de Estado hace una aplicación estricta de la ley solo a los representantes de los partidos de la oposición; una aplicación estricta, como la de los casos de Mockus y Robledo, dejaría al congreso sin congresistas. Pero olvida la imparcialidad, que es la virtud del juez.

El problema de la decisión no son Mockus y Robledo. El problema es la manipulación del poder para quitarle espacios a la oposición política que está estrenando estatuto 28 años después de que se estableciera constitucionalmente. El problema es la malicia que se denota cuando el Estado se compromete a tratar a la oposición en condiciones de igualdad (Ley 1909 de 2018) y, luego, sus entes concretos siguen con la discriminación. El problema es que algunas instituciones del estado sigan operando SM, según el marrano.

El Colombiano, 5 de mayo.

viernes, 3 de mayo de 2019

Yes, it's me. Think

Brasenose Lane; uno de los callejones que rodean el edificio del Brasenose College, en Oxford.

Camino hacia la primera sesión del seminario "The Civilizing Process in Colombia", con Ana María Otero, Andrew Linklater, Jorge Orlando Melo y Katherine, su esposa... conversando.

De repente, de frente un muchacho (para mí sigue siendo un muchacho). Dudas.

"Excuse me, I'm Colombian... Are you that I think you are?".

Thom Yorke me respondió por escrito (la dedicatoria fue pedida, por supuesto).

miércoles, 1 de mayo de 2019

Twitter and Leadership

Among the many confusions of the time-time of transitions, instability and misunderstandings-one of the most notable in the public sphere can explain the erratic behavior of leaders with respect to the opinion of the people. In regard to this sentence I will deal with what people mean; about the opinion I had already pronounced a year ago ("Desdén por la racionalidad", 15.07.18).

The first observation has to do with Western political tradition. People, or the public, has never had a single meaning. For the classical Greeks (Aristotle) ​​one thing was the demos and another the ochlos; Marx distinguished between working class and lumpen; Arendt understood that one thing was the people and another was the populace. Less rigorous distinctions have been made between people and mass. In all cases, the first term is positive and the second negative, and the difference is that we, workers, people, are incorporated in an order, woven of legal and informal norms; while ochlos, lumpen, populace, no. Whichever regime is considered the best, political theory excluded or dissolved this disordered fringe.

The contemporary leveling has put us in the trance of confusing the various social agents. Not all people are public, although Facebook and Twitter give the impression to the contrary. It is not the same Kim Kardashian whose essential feature is the void, that Lady Gaga who sings, acts and reasons about its context. And even so, accepting that there is an imbricated public in a network of norms and relationships, this is not always right (being benevolent). This is where people in management positions can lose their way.

In this order of ideas we could distinguish three types of leaders: the dominant, the demagogue and the leader.

The dominant is imposed on any opinion, marginal or extensive, reasonable or not. This type of leader is the autocratic. The demagogue is mounted on the crest of the wave of opinion and, therefore, abdicates leadership. It acts as an amplifier of exalted, nervous opinion; it is propped up in the darkest, most morbid and demonic aspects of the human spirit. The demagogue exercises the style of populist politicians, even if it is not. The demagogue does not influence, is influenced.

The leader of a liberal democratic society takes the opinion as an indicator of the issues that concern sectors of the population and the type of perceptions and inclinations that a fact arouses. He is able to interpret social emotions and can focus on improving information, raising the quality of discussions, channeling concerns in a reasonable direction and leading heterogeneous opinion forces towards a goal or, at least, compatible goals.

The autocrat forces the tweeter, the demagogue flatters him, the leader leads him.

lunes, 29 de abril de 2019

Twitter y el liderazgo

Entre las tantas confusiones de la época —época de transiciones, inestabilidad y equívocos—, una de las más notables en la esfera pública puede explicar la conducta errática de los líderes respecto a la opinión de la gente. En lo que respecta a esta frase me ocuparé de lo que significa gente; sobre la opinión ya me había pronunciado hace un año (“Desdén por la racionalidad”, 15.07.18).

La primera observación tiene que ver con la tradición política occidental. La gente, o el público, no ha tenido nunca un solo significado. Para los griegos clásicos (Aristóteles) una cosa era el demos y otra el ochlos; Marx distinguía entre clase trabajadora y lumpen; Arendt entendía que una cosa era el pueblo y otra el populacho. Distinciones menos rigurosas se han hecho entre pueblo y masa. En todos los casos, el primer término es positivo y el segundo negativo, y la diferencia está en que demos, trabajadores, pueblo, están incorporados en un orden, tejido de normas legales e informales; mientras ochlos, lumpen, populacho, no. Cualquiera sea el régimen que se considerara mejor, la teoría política excluía o disolvía esta franja desordenada.

La nivelación contemporánea nos ha puesto en el trance de confundir a los diversos agentes sociales. No toda la gente es público, aunque Facebook y Twitter den a entender lo contrario. No es lo mismo Kim Kardashian cuyo rasgo esencial es el vacío, que Lady Gaga quien canta, actúa y razona sobre su contexto. Y aún así, aceptando que hay un público imbricado en una red de normas y relaciones, este no siempre tiene la razón (siendo benevolentes). Aquí es donde las personas que ocupan cargos de dirección pueden perder el rumbo.

En este orden de ideas podríamos distinguir tres tipos de líderes: el dominante, el demagogo y el dirigente.

El dominante se impone sobre cualquier opinión, marginal o extensa, razonable o no. Este tipo de líder es el autocrático. El demagogo se monta en la cresta de la ola de opinión y, por tanto, abdica del liderazgo. Hace las veces de amplificador de la opinión exaltada, nerviosa; se apuntala en los aspectos más oscuros, morbosos y demoníacos del espíritu humano. El demagogo ejerce el estilo de los políticos populistas, aunque no lo sea. El demagogo no influye, es influido.

El líder propio de una sociedad democrática liberal toma la opinión como un indicador de los temas que preocupan a sectores de la población y del tipo de percepciones e inclinaciones que suscita un hecho. Es capaz de interpretar las emociones sociales y puede enfocarse en mejorar la información, elevar la calidad de las discusiones, canalizar las preocupaciones hacia una dirección razonable y conducir a fuerzas de opinión heterogéneas hacia una meta o, al menos, metas compatibles.

El autócrata fuerza al tuitero, el demagogo lo adula, el líder lo conduce.

El Colombiano, 28 de abril

lunes, 22 de abril de 2019

Glosa con ejemplos

La columna de la semana pasada se tituló “Inflación administrativa”. Esta podría llamarse “Asfixia administrativa”. Allí se dijo que el control de la actividad laboral atentaba contra la productividad y competitividad de las organizaciones y contra la libertad y la creatividad de los empleados. En otro sentido, habría que decir que el control es opuesto a la confianza: a menor confianza más control. Desconfianza en la capacidad de las personas y de las organizaciones para autodeterminarse y explorar las mejores vías para realizar sus funciones y cumplir sus propósitos.

La confianza es indispensable en un mundo cada vez más fragmentado y complejo. La soberbia del racionalismo consistió en creer que era posible conocer el universo, determinar lo que era bueno para el mundo y el individuo y elaborar fórmulas generales para lograr la felicidad. Con el ascenso del racionalismo llegaron las utopías y con las utopías las catástrofes. De la complejidad y variabilidad de los asuntos humanos solo pueden dar cuenta humanos singulares, preferiblemente asociados en grupos muy pequeños y unidos por la experiencia y el sentido. Un pequeño equipo sabrá resolver mejor un problema que la dirección de la organización; una organización lo hará mejor que un ministerio.

Apelo a dos ejemplos. El primero es Silicon Valley, algunas de cuyas empresas y universidades tuve oportunidad de visitar hace dos años. El centro de la innovación mundial. Las empresas de punta en esta zona de California les dan a sus trabajadores el 30% del tiempo laboral para que exploren proyectos individuales. En el caso de Google es un día de la semana. Al tercer mes, un supervisor se informa del proyecto y lo evalúa, y a renglón seguido puede autorizar más exploración, cambio o adoptarlo para la organización. El precepto detrás de este modelo consiste en creer que la innovación viene de abajo, la pertinencia se define arriba; el desarrollo se hace abajo, la producción se organiza arriba.

Esto es aplicable para todo tipo de actividad. Por supuesto, aplica más para las prácticas que operan con singularidades, como es el caso de las actividades médica, educativa o artística. La enfermedad, el aprendizaje y la apreciación son irreductiblemente individuales. La administración es necesaria para apoyar la tarea, no para su ejecución específica, y no toda administración tiene que ser intrusiva.

Segundo ejemplo. El ministro de educación de Portugal contó esta semana que una de las medidas en su país era darles a los niños “cada día dos horas gratuitas y voluntarias de extraescolares, para aprender un instrumento, otra lengua o ir a un club de ciencia” (“No hay que ser impositivos: cuando confías en las escuelas, responden”, El País, 18.04.19). Portugal es uno de los milagros educativos de Europa, el otro, Finlandia, también se basa en menos tiempo en el aula y, también, menos trabajo en la casa.

El Colombiano, 21 de abril.

lunes, 15 de abril de 2019

Inflación administrativa

Un estudio de McKinsey Global Institute —una de las más reputadas consultoras en asuntos organizacionales— concluyó que los empleados de las empresas están dedicando hoy el 61% de su tiempo a administrar su trabajo y, quizás, menos del 39% restante a hacerlo (Thomas Oppong, “25 Productivity Principles Will Change How You Work Forever”, The Mission, 09.02.19). Mckinsey es útil para proporcionar la cifra y como criterio de autoridad para hacer una afirmación sobre algo que ya sabíamos.

La sociedad contemporánea —lo había dicho Gilles Deleuze (1925-1995)— es una sociedad de control. El control es numérico, modular, de variación continua, ilimitado, funciona a partir de contraseñas (lo dijo antes de la aparición de internet); en la sociedad de control no hay individuo ni masa, solo datos. Las instituciones dedicadas a la elaboración de parámetros se han multiplicado y las normas que producen ya son miles (solo ISO ha elaborado cerca de 20 mil). Las organizaciones y las personas no estamos sujetas solo a las leyes de Dios y del Estado, también a las de centenares de certificadores. Intente ponerle el servicio eléctrico a una casa nueva para que vea la cantidad de permisos y condiciones impuestas, incluso en su dormitorio.

Por supuesto, el control se opone a la libertad. Pero también se opone a la creación y a la innovación. Cuando Frederick Taylor (1856-1915) se preguntó cómo hacer eficiente cada segundo y cada movimiento de un trabajador hasta hoy, el problema era obtener los mayores rendimientos posibles de la convergencia entre electricidad y mecánica. La paradoja actual es hablar de creatividad e innovación en medio de una sociedad de control o, peor, en una que combina control con disciplina.

Decía Deleuze que el animal representativo de la sociedad de control es la serpiente. Pensaba en sus anillos; puede pensarse también en el uróboros, la serpiente que se muerde la cola, símbolo entre otras cosas de los esfuerzos inútiles, de los trabajos que se cancelan mutuamente. Se trabaja durante dos terceras partes de la jornada para decir qué hacemos, cómo hacemos y cómo evaluamos en el tercio restante. La actividad laboral se acrecienta en lo que tiene de fatiga y se empobrece en lo que tiene de productiva. Es la preocupación de McKinsey, productividad y competitividad.

Para uno, simple profesional, animal laborans, la angustia es otra. Poder desplegar la personalidad en la tarea. Antes se creía que este era el privilegio de las profesiones liberales, del médico, el maestro, el artista. Ya no es cierto y, por lo que veo, entre los médicos se están dando las reflexiones más profundas sobre el tema. El médico corporativo ya perdió la consulta como espacio soberano; a los maestros nos queda, amenazada, el aula; al artista, en muchos casos, solo la mano sujeta al gusto y al dictado de quien paga.

El Colombiano, 14 de abril

lunes, 8 de abril de 2019

Empresas cívicas 2

Como decía hace ocho días, las organizaciones deben jugar un papel significativo en el cambio social. Con solo cambiar las fechas de liquidación de nómina, las empresas de un país africano (¿Burundi?) lograron que sus trabajadores le dieran prelación al pago de la matrícula de los hijos; un acuerdo entre un intermediario financiero, locales comerciales y el metro de Londres ha permitido descongestionar el trasporte masivo en las horas pico. Son ejemplos de lo que una organización puede hacer para contribuir a la solución de problemas nacionales o locales, sin recurrir a las prohibiciones, los mandatos u otro tipo de regulaciones.

La reciente emergencia ambiental de Medellín dejó perplejas a la mayoría de, por no decir a todas, las organizaciones significativas de la ciudad. En condiciones similares, París o Santiago hubieran cancelado clases en las instituciones educativas durante varios días. ¿Por qué nuestras entidades no lo hicieron? Seguro, por simple inercia. Pero se hubiera podido. Las empresas —donde se habla de teletrabajo todos los días— no acudieron a la promoción del trabajo desde el hogar para aliviar la presión sobre la calidad del aire. Sabiendo que tenemos una estacionalidad riesgosa en marzo y octubre, ¿por qué no adecuar los calendarios escolares y otras actividades masivas, como parte de una iniciativa privada?

Si las autoridades públicas no se atreven a tocar a los Centros de Diagnóstico Automotor, ni a los trasportadores con los vehículos más contaminantes, las organizaciones privadas podrían. Bastaría con establecer tarifas diferenciales para los distribuidores —de bebidas, por ejemplo— incentivando a quienes utilicen los medios más eficientes desde el punto de vista ambiental. Algo similar podríamos decir de lo que pueden hacer los comerciantes con las recuas de motociclistas que operan como domiciliarios.

Cosa análoga sucede con el problema de la movilidad. Según el estudio INRIX 2018, Medellín tiene la séptima peor movilidad de América Latina. Algunos gremios se oponen a las regulaciones de tránsito a pesar de que se sabe que “la congestión… golpea el crecimiento económico y disminuye nuestra calidad de vida” (“Estas son las ciudades con peor congestión vehicular”, CNN Español, 14.02.19), lo que demuestra que la estupidez no conoce clase social. ¿Por qué casi todos los colegios tienen la misma jornada? ¿Qué pasaría si empezaran una hora más tarde? Sé de empresas que han empezado a cambiar sus políticas de parqueaderos para estimular el trasporte público, aunque cabría preguntar por qué las empresas tienen tantos parqueaderos. Otras organizaciones están procurando la promoción del carro compartido.

Las organizaciones privadas, al margen de lo que hagan o dejen de hacer los alcaldes, deben contribuir a la solución de los problemas de cooperación social (ruido, uso del agua y el espacio público, convivencia, son otros). Si seguimos como vamos en movilidad y aire, Medellín puede perder lo que ha ganado en este siglo.

El Colombiano, 7 de abril

lunes, 1 de abril de 2019

Empresas cívicas

Entre los cambios de actitud de la generación del milenio —los nacidos entre 1981 y 2000— uno de los más notables tiene que ver con el objeto de las demandas ciudadanas. Según un estudio reciente, los milénicos esperan más contribuciones sociales por parte de las empresas (The Economist, 03.19). Los miembros de las generaciones anteriores esperamos más del Estado. Esta tensión no es nueva. La crisis del Estado de Bienestar mostró que el Estado moderno podía fracasar tanto por exceso como por defecto.

La discusión sobre las contribuciones de las empresas es un poco más antigua. Antes de que emergiera la llamada “cuestión social” el enfoque dominante era que las empresas solo se debían a sus propietarios y que la creación de riqueza por sí misma era una contribución suficiente a la sociedad. La cuestión social marcó las discusiones y los conflictos en Europa en el siglo XIX: los políticos radicales, los sindicatos y la Iglesia católica confluyeron en la visión de que las empresas tenían obligaciones especiales con los trabajadores y sus familias. Esta controversia encontró una solución exitosa en la creación de la Organización Internacional del Trabajo, hace 100 años (un centenario que no debería pasarse por alto) y, en Colombia, con la legislación laboral de Ospina Pérez y el invento de las cajas de compensación.

Cuando comenzó la ilusión liberal, tras las reformas radicales de Thatcher y el colapso soviético, el concepto de responsabilidad social empresarial adquirió especial fuerza. La idea básica es un desarrollo de la convicción de que las condiciones del entorno inmediato de la empresa son un factor crítico para su sostenibilidad y eficiencia. En otras palabras, invertir en el bienestar de las comunidades con las que se comparte localización y sociabilidad se revierte positivamente en los rendimientos. Ignoro balances del impacto de esta estrategia; lo cierto es que el resultado global es poco halagüeño: una brecha social más grande y más gente más inconforme.

Una idea que debería adquirir relevancia en el corto plazo les pide a las empresas que jueguen un papel significativo en el cambio social. No estamos hablando del cambio en los niveles macro de la sociedad y las instituciones públicas. Se trata del cambio en el comportamiento micro, no individual, de grupos de personas como empleados, proveedores, quizá clientes. Las organizaciones pueden y deben orientar el cambio comportamental de quienes conforman sus grupos de interés; pueden y deben hacerlo respetando las libertades individuales y mostrando, a la vez alternativas razonables y compatibles con diversos estilos de vida. Sobre este tema, la profesora Cristina Bicchieri compartió sus tesis con grupos interesados de Sura, Comfama y la Universidad Eafit. El subtítulo de su libro es elocuente: “Cómo unas pocas personas pueden cambiar los comportamientos de toda una sociedad”. Con menos plata, más intención, mejores ideas, quizás haya mejores resultados.

El Colombiano, 31 de marzo