lunes, 29 de abril de 2019

Twitter y el liderazgo

Entre las tantas confusiones de la época —época de transiciones, inestabilidad y equívocos—, una de las más notables en la esfera pública puede explicar la conducta errática de los líderes respecto a la opinión de la gente. En lo que respecta a esta frase me ocuparé de lo que significa gente; sobre la opinión ya me había pronunciado hace un año (“Desdén por la racionalidad”, 15.07.18).

La primera observación tiene que ver con la tradición política occidental. La gente, o el público, no ha tenido nunca un solo significado. Para los griegos clásicos (Aristóteles) una cosa era el demos y otra el ochlos; Marx distinguía entre clase trabajadora y lumpen; Arendt entendía que una cosa era el pueblo y otra el populacho. Distinciones menos rigurosas se han hecho entre pueblo y masa. En todos los casos, el primer término es positivo y el segundo negativo, y la diferencia está en que demos, trabajadores, pueblo, están incorporados en un orden, tejido de normas legales e informales; mientras ochlos, lumpen, populacho, no. Cualquiera sea el régimen que se considerara mejor, la teoría política excluía o disolvía esta franja desordenada.

La nivelación contemporánea nos ha puesto en el trance de confundir a los diversos agentes sociales. No toda la gente es público, aunque Facebook y Twitter den a entender lo contrario. No es lo mismo Kim Kardashian cuyo rasgo esencial es el vacío, que Lady Gaga quien canta, actúa y razona sobre su contexto. Y aún así, aceptando que hay un público imbricado en una red de normas y relaciones, este no siempre tiene la razón (siendo benevolentes). Aquí es donde las personas que ocupan cargos de dirección pueden perder el rumbo.

En este orden de ideas podríamos distinguir tres tipos de líderes: el dominante, el demagogo y el dirigente.

El dominante se impone sobre cualquier opinión, marginal o extensa, razonable o no. Este tipo de líder es el autocrático. El demagogo se monta en la cresta de la ola de opinión y, por tanto, abdica del liderazgo. Hace las veces de amplificador de la opinión exaltada, nerviosa; se apuntala en los aspectos más oscuros, morbosos y demoníacos del espíritu humano. El demagogo ejerce el estilo de los políticos populistas, aunque no lo sea. El demagogo no influye, es influido.

El líder propio de una sociedad democrática liberal toma la opinión como un indicador de los temas que preocupan a sectores de la población y del tipo de percepciones e inclinaciones que suscita un hecho. Es capaz de interpretar las emociones sociales y puede enfocarse en mejorar la información, elevar la calidad de las discusiones, canalizar las preocupaciones hacia una dirección razonable y conducir a fuerzas de opinión heterogéneas hacia una meta o, al menos, metas compatibles.

El autócrata fuerza al tuitero, el demagogo lo adula, el líder lo conduce.

El Colombiano, 28 de abril

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