El escritor francés de filiación judía Jean-Claude Grumberg —poco conocido en nuestra lengua— dijo este año en una entrevista que una cosa era el antisemitismo antes de 1930, otra entre 1930 y 1945, y otra distinta después de 1945. Grumberg intentaba situar históricamente ese fenómeno resaltando las diferencias entre un rasgo cultural, quizás indeseable, un crimen y la repetición de los estigmas que condujeron a ese crimen. El consejo es útil para refutar los anacronismos en boga ahora (condenar la misoginia de Aristóteles, por ejemplo) y, sobre todo, para no banalizar las conductas que conformaron el contexto explicativo de ciertas calamidades en las que no deberíamos reincidir.
Podemos reafirmar a Gumbrerg diciendo que hay un antes y un después morales, y que esa frontera debe mantenerse visible para no abonarle el camino al deterioro del sistema que ordena las normas y la moralidad de una sociedad. Debe saber Gumbrerg que el progreso moral no está garantizado y que los humanos pisamos con frecuencia terrenos que nos conducen de modo imperceptible por pendientes resbaladizas.
En Colombia existen unas marcas visibles que separan un antes y un después.
La conducta inclemente de José Ignacio de Márquez (1793-1880) y Tomás Cipriano de Mosquera (1798-1878) que contribuyó a una sucesión de guerras y victorias que solo se rompió con los acuerdos que pusieron fin a la Guerra de los Mil Días. Aprendimos a negociar bajo la tutela gringa en 1902, volvimos a negociar en 1956 y 1957 y refinamos ese arte desde 1989 hasta ahora. Volver a tocar las teclas del odio a los conciudadanos y de la humillación a los contrarios es una mala idea que ya ensayamos.
La llamada Violencia, nuestra penúltima guerra civil, se originó en gran medida por el bloqueo entre los dos grandes partidos que representaban la opinión política del país y por el sistemático ataque a las instituciones públicas por parte de las élites políticas e intelectuales. Es lastimoso, por decir lo menos, el ejercicio sistemático de confrontación a las altas cortes por parte del Centro Democrático y de voceros, usualmente moderados, del conservatismo. Es increíble que los conservadores hayan olvidado a donde los llevó el laureanismo.
El país hizo conciencia de los llamados falsos positivos hace más de una década. Entendimos que había cierto tipo de incentivos a la eficacia militar que podían ser mal interpretados y conducir a crímenes de lesa humanidad. En su momento se tomaron medidas para establecer pautas institucionales que previnieran ese tipo de acciones ilegales. Ignorar ese pasaje, repitiendo procedimientos similares, actuando de forma incauta y negligente ante los reparos de la prensa y los organismos internacionales, solo agravará la responsabilidad de los actuales dirigentes del país.
El deterioro moral es probable, pero no tiene por qué ser inexorable. Su rumbo depende de nosotros, de nadie más.
El Colombiano, 16 de junio
lunes, 17 de junio de 2019
domingo, 16 de junio de 2019
lunes, 10 de junio de 2019
Primero cayó el café, luego la troncal
Los precios del café están por los suelos desde que comenzó 2019 y, por ende, han puesto en una situación difícil a los pequeños y medianos caficultores (los grandes se comen el 60% de los subsidios de papá estado). El efecto se siente hace rato en el suroeste antioqueño, la mayor región productora del departamento. Como si fuera poco ahora se taponó la Troncal del Café en el cañón de la quebrada Sinifaná. Los esfuerzos de la región para diversificarse con el turismo, la producción de frutales y pequeñas empresas de alimentos y prendas de vestir, también se derrumban.
Hasta ahora el debate de Pacífico 1, la concesión que va desde Bolombolo hasta Primavera, era sobre el trazado. Por qué no seguir la margen del Cauca hasta Antioquia y retomar de allí o Sopetrán hasta Puerto Valdivia; por qué no abrir la cuenca de El Poblanco; por qué no usar la vertiente por donde iba el tren. Ya ese debate no tiene sentido: la vía va por donde va, por tierras de superintendentes y congresistas, y de sus amantes.
El problema actual es con la intervención actual de Covipacífico, la empresa propiedad del señor Sarmiento Angulo, quien en virtud de su amistad con Juan Manuel Santos se convirtió de la noche a la mañana en experto en obras de infraestructura física. El ingeniero José Hilario López cuenta estas vicisitudes con pelos y señales en un artículo que recomiendo (“Calamidad pública en el suroeste antioqueño”, El Mundo, 04.06.19). De sus comentarios destaco el hecho de que la Veeduría de la Sociedad Antioqueña de Ingenieros había efectuado advertencias desde 2016 a la Agencia Nacional de Infraestructura, a la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales, a Covipacífico y a la Gobernación de Antioquia. Ellos mostraban la alta probabilidad de “deslizamientos que obligarían el cierre de la Troncal por un periodo superior a dos años”.
A esto habría que sumarle el hecho de que Invías había autorizado un cierre parcial desde mayo, durante todo 2019, y que para ello debió haber inspeccionado las obras y promovido el mejoramiento de las vías alternas que recomendó en ese entonces. Todo esto es llorarle al gobierno nacional, pero ¿qué ha hecho la Gobernación de Antioquia? Nada. Después de un mes de cierre parcial y dos semanas de cierre total, la Gobernación ni siquiera ha controlado el tráfico pesado por las vías Camilocé-Bolombolo y Camilocé-Puente Iglesias, que ya amenazan ruina por esta imprevisión. No hablemos ya de la ausencia de intervenciones físicas en el débil tramo entre El Cinco y Bolombolo que amenaza con aislar a Venecia. Ninguno de los siete contratos viales adjudicados por la Secretaría de Infraestructura Vial para 2019 está enfocado en estas vías.
Ya es tarde, pero si los dolientes del suroeste no se movilizan las cosas irán a peor.
El Colombiano, 9 de junio.
Hasta ahora el debate de Pacífico 1, la concesión que va desde Bolombolo hasta Primavera, era sobre el trazado. Por qué no seguir la margen del Cauca hasta Antioquia y retomar de allí o Sopetrán hasta Puerto Valdivia; por qué no abrir la cuenca de El Poblanco; por qué no usar la vertiente por donde iba el tren. Ya ese debate no tiene sentido: la vía va por donde va, por tierras de superintendentes y congresistas, y de sus amantes.
El problema actual es con la intervención actual de Covipacífico, la empresa propiedad del señor Sarmiento Angulo, quien en virtud de su amistad con Juan Manuel Santos se convirtió de la noche a la mañana en experto en obras de infraestructura física. El ingeniero José Hilario López cuenta estas vicisitudes con pelos y señales en un artículo que recomiendo (“Calamidad pública en el suroeste antioqueño”, El Mundo, 04.06.19). De sus comentarios destaco el hecho de que la Veeduría de la Sociedad Antioqueña de Ingenieros había efectuado advertencias desde 2016 a la Agencia Nacional de Infraestructura, a la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales, a Covipacífico y a la Gobernación de Antioquia. Ellos mostraban la alta probabilidad de “deslizamientos que obligarían el cierre de la Troncal por un periodo superior a dos años”.
A esto habría que sumarle el hecho de que Invías había autorizado un cierre parcial desde mayo, durante todo 2019, y que para ello debió haber inspeccionado las obras y promovido el mejoramiento de las vías alternas que recomendó en ese entonces. Todo esto es llorarle al gobierno nacional, pero ¿qué ha hecho la Gobernación de Antioquia? Nada. Después de un mes de cierre parcial y dos semanas de cierre total, la Gobernación ni siquiera ha controlado el tráfico pesado por las vías Camilocé-Bolombolo y Camilocé-Puente Iglesias, que ya amenazan ruina por esta imprevisión. No hablemos ya de la ausencia de intervenciones físicas en el débil tramo entre El Cinco y Bolombolo que amenaza con aislar a Venecia. Ninguno de los siete contratos viales adjudicados por la Secretaría de Infraestructura Vial para 2019 está enfocado en estas vías.
Ya es tarde, pero si los dolientes del suroeste no se movilizan las cosas irán a peor.
El Colombiano, 9 de junio.
lunes, 3 de junio de 2019
Bicentenario
Es un consenso académico que uno de los principales problemas de Colombia es su falta de unidad: integración territorial, homogeneidad social, concordia cívica, unidad política. Uno de los elementos más importantes de la unidad es la comunión simbólica de la ciudadanía. La carencia de una simbólica nacional es uno de los aspectos que más subraya el intelectual franco-colombiano Daniel Pécaut. Muchas veces ha insistido en que las identidades bipartidistas terminaron remplazando u obstruyendo esa unión simbólica.
Las cosas han empeorado. No hay ya identidades bipartidistas, solo adscripciones fugaces y epidérmicas a personalidades. La majestad del poder ejecutivo se ha disuelto en medio del personalismo y las pequeñas vanidades. No hay continuidades institucionales, solo caras de administradores.
El destrozo de las pocas expresiones de la simbólica nacional se puede ejemplificar con la tarea que hizo el congreso con los billetes. Cambió las pocas caras que representaban la unidad política del país por una galería discutible de jefes liberales (Gaitán, López, Lleras), por un lado, y de artistas (Silva, Débora, Gabo), por el otro. Desaparecieron sin explicación alguna Bolívar, Santander, Nariño, Núñez. En Estados Unidos hubo un debate largo e intenso antes de sacar a Andrew Jackson del billete de veinte (fue remplazado por Harriet Tubman) y a nadie se le hubiera ocurrido sustituir a Washington por Poe. Ciertos intelectuales hacen la vista gorda porque creen que el nacionalismo es más problemático que la debilidad identitaria.
Esto parecía entenderlo la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez cuando dijo, el pasado 23 de octubre, que “conmemorar el Bicentenario del nacimiento de la República de Colombia es una ocasión para unirnos los colombianos, para pensar nuestro país hacia el futuro”. Los ritos, la rememoración, la dignificación de los líderes de la construcción del Estado hacen parte de los hilos zurcidos para unir a una comunidad. Y la mirada al pasado sirve para revisar nuestros proyectos, los avances y las faltas, los giros y las continuidades, para iluminar la manera como estamos juntos y para acomodarla a los tiempos que vendrán. Bien comprendido.
Lo que pasa es que, a renglón seguido, la vicepresidenta instaló una Comisión de Expertos repleta de ministros y gobernadores. Comisión y sin expertos. Como era de esperarse no salió nada y lo que pueda salir de aquí al siete de agosto será misérrimo. Otra oportunidad perdida.
Los únicos que han hecho algo desde el 2010 han sido los académicos y las universidades. Mucho; teniendo en cuenta sus limitaciones de recursos. En 2019 parece que le está yendo mejor a Alexander von Humboldt que a la independencia misma y eso se puede explicar, quizá, porque no hubo una comisión de ministros y gobernadores para organizar los festejos. No está mal. Al fin y al cabo, Bolívar creía que la obra de Humboldt era parte de la constitución de nuestras naciones.
El Colombiano, 2 de junio
Las cosas han empeorado. No hay ya identidades bipartidistas, solo adscripciones fugaces y epidérmicas a personalidades. La majestad del poder ejecutivo se ha disuelto en medio del personalismo y las pequeñas vanidades. No hay continuidades institucionales, solo caras de administradores.
El destrozo de las pocas expresiones de la simbólica nacional se puede ejemplificar con la tarea que hizo el congreso con los billetes. Cambió las pocas caras que representaban la unidad política del país por una galería discutible de jefes liberales (Gaitán, López, Lleras), por un lado, y de artistas (Silva, Débora, Gabo), por el otro. Desaparecieron sin explicación alguna Bolívar, Santander, Nariño, Núñez. En Estados Unidos hubo un debate largo e intenso antes de sacar a Andrew Jackson del billete de veinte (fue remplazado por Harriet Tubman) y a nadie se le hubiera ocurrido sustituir a Washington por Poe. Ciertos intelectuales hacen la vista gorda porque creen que el nacionalismo es más problemático que la debilidad identitaria.
Esto parecía entenderlo la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez cuando dijo, el pasado 23 de octubre, que “conmemorar el Bicentenario del nacimiento de la República de Colombia es una ocasión para unirnos los colombianos, para pensar nuestro país hacia el futuro”. Los ritos, la rememoración, la dignificación de los líderes de la construcción del Estado hacen parte de los hilos zurcidos para unir a una comunidad. Y la mirada al pasado sirve para revisar nuestros proyectos, los avances y las faltas, los giros y las continuidades, para iluminar la manera como estamos juntos y para acomodarla a los tiempos que vendrán. Bien comprendido.
Lo que pasa es que, a renglón seguido, la vicepresidenta instaló una Comisión de Expertos repleta de ministros y gobernadores. Comisión y sin expertos. Como era de esperarse no salió nada y lo que pueda salir de aquí al siete de agosto será misérrimo. Otra oportunidad perdida.
Los únicos que han hecho algo desde el 2010 han sido los académicos y las universidades. Mucho; teniendo en cuenta sus limitaciones de recursos. En 2019 parece que le está yendo mejor a Alexander von Humboldt que a la independencia misma y eso se puede explicar, quizá, porque no hubo una comisión de ministros y gobernadores para organizar los festejos. No está mal. Al fin y al cabo, Bolívar creía que la obra de Humboldt era parte de la constitución de nuestras naciones.
El Colombiano, 2 de junio
miércoles, 29 de mayo de 2019
Handel y Hendrix
Georg Friedrich Händel y James Marshall Hendrix o simplemente Handel y Jimi. Siglo XVIII y siglo XX, barroco y rock. Juntos.
Junturas congruentes, lisas, fluidas, que superan distinciones falsas entre música culta y música popular, alta cultura y cultura popular... y otras.
lunes, 27 de mayo de 2019
Anuncios londinenses
Constructores considerados. Un aviso recurrente en las grandes construcciones londinenses. Tiene una frase introductoria seguida de unas viñetas que resaltan los principios básicos de un código adoptado por miembros importantes de la industria de la construcción. 1) Apariencia externa de orden, limpieza y presentación de la obra y los trabajadores; 2) información, minimización de impacto y apoyo a los vecinos y transeúntes; 3) protección del ambiente, protección del agua, la vegetación y el paisaje, minimizar la polución del aire, ruido y vibraciones; 4) seguridad para trabajadores, vecinos y visitantes; 5) cuidado de los trabajadores, bienestar laboral, salud y formación. Reglas básicas, sencillas, incluso parecen elementales. Constructores, trasportadores, comerciantes, alineados con ellas producirán de inmediato ciudades mejores.
Centenario de las mujeres policías. Hace cien años ingresó la primera mujer a la policía metropolitana. El aviso en los vagones de metro dice que los grandes propósitos se cumplen con pequeñas tareas. Londres, una de las ciudades más seguras del mundo, se gestiona desde la inteligencia y el detalle. Cuidado del espacio público, aseo, civismo, vigilancia tecnológica, altos castigos a los infractores, principio de buena fe y confianza en el comportamiento de todos los ciudadanos y visitantes. Podríamos hablar de la feminización de la política de seguridad en una ciudad que estuvo fuertemente afectada por el terrorismo, la violencia callejera y el crimen.
Pablo Escobarr. Noticia en The Times, el periódico más importante del Reino Unido y uno de los más antiguos del mundo. Sección deportiva del 11 de mayo, página 108. “Pablo Escobarr can land Derby trial”. Bueno, Pablo Escobarr es uno de los caballos de carreras más fuertes de Inglaterra. La doble ere del nombre fue una decisión cuidadosa para que, pronunciado por un británico, no deje lugar a dudas de quien se trata. El experto hípico le da buenas oportunidades en una gran carrera después de flojos desempeños recientes. (Espero que esta nota folclórica no lleve a cartas de protesta contra el gobierno británico o a que, algún buen colombiano, lleno de patriotismo y amor a la virtud decida envenenar al equino.)
¿Quiere cantar con nosotros? Buscan 1.200 jóvenes para que integren el coro que interpretará el Mesías de Handel el 7 de diciembre. Eso dice un volante. Mil doscientas personas representan casi una quinta parte del aforo del Royal Albert Hall. Y se sientan allá y cantan, partitura en mano. Hacer una convocatoria de ese tipo supone recibir una cantidad de postulantes equivalente a tres o cuatro veces el número requerido. Esto, a su vez, implica que hay una sociedad que puede formar decenas de miles de jóvenes en una técnica exigente. La orquesta y su director, el público ahbitual, se avienen a contemplar y aplaudir ese componente aficionado. La masiva producción musical británica es solo la muestra de una sociedad culta y melómana.
El Colombiano, 26 de mayo.
Centenario de las mujeres policías. Hace cien años ingresó la primera mujer a la policía metropolitana. El aviso en los vagones de metro dice que los grandes propósitos se cumplen con pequeñas tareas. Londres, una de las ciudades más seguras del mundo, se gestiona desde la inteligencia y el detalle. Cuidado del espacio público, aseo, civismo, vigilancia tecnológica, altos castigos a los infractores, principio de buena fe y confianza en el comportamiento de todos los ciudadanos y visitantes. Podríamos hablar de la feminización de la política de seguridad en una ciudad que estuvo fuertemente afectada por el terrorismo, la violencia callejera y el crimen.
Pablo Escobarr. Noticia en The Times, el periódico más importante del Reino Unido y uno de los más antiguos del mundo. Sección deportiva del 11 de mayo, página 108. “Pablo Escobarr can land Derby trial”. Bueno, Pablo Escobarr es uno de los caballos de carreras más fuertes de Inglaterra. La doble ere del nombre fue una decisión cuidadosa para que, pronunciado por un británico, no deje lugar a dudas de quien se trata. El experto hípico le da buenas oportunidades en una gran carrera después de flojos desempeños recientes. (Espero que esta nota folclórica no lleve a cartas de protesta contra el gobierno británico o a que, algún buen colombiano, lleno de patriotismo y amor a la virtud decida envenenar al equino.)
¿Quiere cantar con nosotros? Buscan 1.200 jóvenes para que integren el coro que interpretará el Mesías de Handel el 7 de diciembre. Eso dice un volante. Mil doscientas personas representan casi una quinta parte del aforo del Royal Albert Hall. Y se sientan allá y cantan, partitura en mano. Hacer una convocatoria de ese tipo supone recibir una cantidad de postulantes equivalente a tres o cuatro veces el número requerido. Esto, a su vez, implica que hay una sociedad que puede formar decenas de miles de jóvenes en una técnica exigente. La orquesta y su director, el público ahbitual, se avienen a contemplar y aplaudir ese componente aficionado. La masiva producción musical británica es solo la muestra de una sociedad culta y melómana.
El Colombiano, 26 de mayo.
miércoles, 22 de mayo de 2019
Brompton Oratory
Brompton Oratory, Londres
Brompton Oratory
Nick Cave
Altos escalones de piedra yo subo
Salve este alegre día de regreso
Hacia la sombra de su gran bóveda voy
Salve mañana pentecostal
La lectura es de Lucas 24
Donde Cristo vuelve a sus seres queridos
Miro a los apóstoles de piedra
Creo que está bien para algunos
Y ojalá estuviera hecho de piedra
Para no tener que ver
Una belleza imposible de definir
Una belleza imposible de creer
Una belleza imposible de soportar
La sangre impartida en pequeños sorbos
Su olor todavía en mis manos
Cuando llevo la copa a mis labios
Ni dios arriba en el cielo
Ni el diablo bajo el mar
Habían logrado
Ponerme de rodillas
Afuera me siento en los escalones de piedra
Sin mucho que hacer
Desamparado y agotado
Por su ausencia
Brompton Oratory
Nick Cave
Altos escalones de piedra yo subo
Salve este alegre día de regreso
Hacia la sombra de su gran bóveda voy
Salve mañana pentecostal
La lectura es de Lucas 24
Donde Cristo vuelve a sus seres queridos
Miro a los apóstoles de piedra
Creo que está bien para algunos
Y ojalá estuviera hecho de piedra
Para no tener que ver
Una belleza imposible de definir
Una belleza imposible de creer
Una belleza imposible de soportar
La sangre impartida en pequeños sorbos
Su olor todavía en mis manos
Cuando llevo la copa a mis labios
Ni dios arriba en el cielo
Ni el diablo bajo el mar
Habían logrado
Ponerme de rodillas
Afuera me siento en los escalones de piedra
Sin mucho que hacer
Desamparado y agotado
Por su ausencia
miércoles, 15 de mayo de 2019
lunes, 13 de mayo de 2019
Cuadrando el círculo
El gran logro de la política democrática en Occidente en el siglo XX fue impulsar las reformas que necesitaba cada país (y el mundo), y mantener el tono moderado en la contienda parlamentaria, electoral y diplomática. Esta mezcla se rompió en el siglo XXI, quizás desde 2001, pero, con seguridad, después de 2008. Los moderados (liberales y conservadores) se han replegado y son una minoría. La mayoría de los liberales se están conservatizando velozmente, atemorizados y plegados a una estabilidad precaria. Los populistas y otros radicales (con mucho discurso y pocas propuestas) se han abanderado del cambio. Los conservadores se están radicalizando; en estos tiempos sus héroes son tipos intemperantes y volátiles como Trump.
Entre las viejas corrientes políticas, todas pierden. Perdieron los socialistas, con la mayoría montada en los trenes populistas, huérfanos de teoría y simples repetidores de versiones alucinantes del mundo. Pierden los liberales, con esclerosis múltiple, aferrados a fórmulas añejas y a regímenes políticos que hacen agua. Los que más pierden son los conservadores, arrastrados por el tsunami levantisco del populismo o de la reacción pura y dura, estilo Bolsonaro. Cuando recibo comentarios de algunos lectores “azules” de este diario echo de menos a los viejos godos: corteses, parcos, seguros; en resumen, civilizados.
En tiempos tan inciertos como los que vivimos, y rodeados de pirómanos políticos por todos los lados, hay pocas dudas de que los abanderados de la democracia liberal deben conservar la moderación en la esfera pública. La mitezza que reivindicó Norberto Bobbio (1909-2004), en un ensayo suyo. Mitezza que, en ciertas acepciones, se contrapone a la agresividad o a la conducta predatoria. Mitezza que los traductores del maestro italiano convirtieron en templanza.
Pero volver a hacer lo que antes era rutina parece una proeza. Organizar proyectos políticos que busquen el cambio social y que lo hagan con mesura y honestidad. Encontrar líderes inconformes y, a la vez, sensatos. Quizá lo que menos se discute hoy es qué debemos conservar y qué debemos cambiar porque, mientras los radicales de todos los partidos parten de la confusión y la alimentan, los demócratas liberales solo atinan a defenderse. Estas podrían ser las variables de la cuadratura del círculo en la política contemporánea.
Todos tenemos tareas para hacer: promover la moderación en el lenguaje y en los actos públicos, someter a examen las afirmaciones que pueden tener impacto considerable sobre la vida de las personas y las decisiones políticas, divulgar la información plural y calificada, retomar las discusiones de ideas y propuestas. Los políticos tienen la mayor responsabilidad, pero los intelectuales públicos —siguiendo un consejo de Michael Oakeshott (1901-1990)— deberíamos dedicarnos a limitar los efectos producidos por el abuso del lenguaje y la manipulación de la ambigüedad propia de las expresiones políticas. Arrojar un poco de luz en la vasta oscuridad del mundo social.
El Colombiano, 12 de abril
Entre las viejas corrientes políticas, todas pierden. Perdieron los socialistas, con la mayoría montada en los trenes populistas, huérfanos de teoría y simples repetidores de versiones alucinantes del mundo. Pierden los liberales, con esclerosis múltiple, aferrados a fórmulas añejas y a regímenes políticos que hacen agua. Los que más pierden son los conservadores, arrastrados por el tsunami levantisco del populismo o de la reacción pura y dura, estilo Bolsonaro. Cuando recibo comentarios de algunos lectores “azules” de este diario echo de menos a los viejos godos: corteses, parcos, seguros; en resumen, civilizados.
En tiempos tan inciertos como los que vivimos, y rodeados de pirómanos políticos por todos los lados, hay pocas dudas de que los abanderados de la democracia liberal deben conservar la moderación en la esfera pública. La mitezza que reivindicó Norberto Bobbio (1909-2004), en un ensayo suyo. Mitezza que, en ciertas acepciones, se contrapone a la agresividad o a la conducta predatoria. Mitezza que los traductores del maestro italiano convirtieron en templanza.
Pero volver a hacer lo que antes era rutina parece una proeza. Organizar proyectos políticos que busquen el cambio social y que lo hagan con mesura y honestidad. Encontrar líderes inconformes y, a la vez, sensatos. Quizá lo que menos se discute hoy es qué debemos conservar y qué debemos cambiar porque, mientras los radicales de todos los partidos parten de la confusión y la alimentan, los demócratas liberales solo atinan a defenderse. Estas podrían ser las variables de la cuadratura del círculo en la política contemporánea.
Todos tenemos tareas para hacer: promover la moderación en el lenguaje y en los actos públicos, someter a examen las afirmaciones que pueden tener impacto considerable sobre la vida de las personas y las decisiones políticas, divulgar la información plural y calificada, retomar las discusiones de ideas y propuestas. Los políticos tienen la mayor responsabilidad, pero los intelectuales públicos —siguiendo un consejo de Michael Oakeshott (1901-1990)— deberíamos dedicarnos a limitar los efectos producidos por el abuso del lenguaje y la manipulación de la ambigüedad propia de las expresiones políticas. Arrojar un poco de luz en la vasta oscuridad del mundo social.
El Colombiano, 12 de abril
lunes, 6 de mayo de 2019
ESE EME
Este diario editorializó a propósito de las decisiones que están despojando de sus curules al senador Antanas Mockus, de Alianza Verde, y Ángela Robledo, del Polo Democrático (“Oposición, curules y ley”, El Colombiano, 27.04.19). En primera página se resumió: “El Consejo de Estado hace una aplicación estricta de la ley y del régimen de inhabilidades. No es un ataque a la oposición”. Creo que lo primero es cierto y, a pesar de ello, lo segundo es discutible.
La aplicación estricta de la ley es una virtud en la teoría del estado de derecho y en la práctica de lo que John Rawls (1921-2002) llamaba “sociedades bien ordenadas”. En estas sociedades la legalidad opera de tal forma que coincide con la legitimidad de las instituciones. En casos de error judicial, la legitimidad democrática y la trayectoria imparcial de los jueces sirven de escudo protector. Hasta aquí todo bien. Sobre todo para Antanas, quien es el apóstol de la cultura de la legalidad en este siglo.
Lo que pasa es que, según los parámetros rawlsianos, nosotros no somos una sociedad ordenada en la que la legitimidad institucional es precaria y la trayectoria judicial —al menos en lo que va del siglo— cuestionable. En mayor o menor grado las altas cortes padecen de una parcialidad política evidente. Con mucho sesgo y poca inteligencia la Corte Suprema cumplió con el deber de controlar al presidente Uribe; sin malicia ni escrúpulos, la rama judicial se volvió gobiernista durante la administración Santos y se dedicó a castigar a la oposición uribista. Ahí la persecución contra Andrés Felipe Arias y Luis Carlos Restrepo. Ahora el Consejo de Estado se dedica a efectuar una “aplicación estricta de la ley” a la oposición.
Es hora de recordar al presidente mexicano Benito Juárez (1806-1872): “Justicia para mis amigos, todo el rigor de la ley para mis enemigos”, se dice que decía. Típica concepción latinoamericana que separa lo justo de lo legal y que usa la ley desde el poder para destruir al enemigo político. El Consejo de Estado hace una aplicación estricta de la ley solo a los representantes de los partidos de la oposición; una aplicación estricta, como la de los casos de Mockus y Robledo, dejaría al congreso sin congresistas. Pero olvida la imparcialidad, que es la virtud del juez.
El problema de la decisión no son Mockus y Robledo. El problema es la manipulación del poder para quitarle espacios a la oposición política que está estrenando estatuto 28 años después de que se estableciera constitucionalmente. El problema es la malicia que se denota cuando el Estado se compromete a tratar a la oposición en condiciones de igualdad (Ley 1909 de 2018) y, luego, sus entes concretos siguen con la discriminación. El problema es que algunas instituciones del estado sigan operando SM, según el marrano.
El Colombiano, 5 de mayo.
La aplicación estricta de la ley es una virtud en la teoría del estado de derecho y en la práctica de lo que John Rawls (1921-2002) llamaba “sociedades bien ordenadas”. En estas sociedades la legalidad opera de tal forma que coincide con la legitimidad de las instituciones. En casos de error judicial, la legitimidad democrática y la trayectoria imparcial de los jueces sirven de escudo protector. Hasta aquí todo bien. Sobre todo para Antanas, quien es el apóstol de la cultura de la legalidad en este siglo.
Lo que pasa es que, según los parámetros rawlsianos, nosotros no somos una sociedad ordenada en la que la legitimidad institucional es precaria y la trayectoria judicial —al menos en lo que va del siglo— cuestionable. En mayor o menor grado las altas cortes padecen de una parcialidad política evidente. Con mucho sesgo y poca inteligencia la Corte Suprema cumplió con el deber de controlar al presidente Uribe; sin malicia ni escrúpulos, la rama judicial se volvió gobiernista durante la administración Santos y se dedicó a castigar a la oposición uribista. Ahí la persecución contra Andrés Felipe Arias y Luis Carlos Restrepo. Ahora el Consejo de Estado se dedica a efectuar una “aplicación estricta de la ley” a la oposición.
Es hora de recordar al presidente mexicano Benito Juárez (1806-1872): “Justicia para mis amigos, todo el rigor de la ley para mis enemigos”, se dice que decía. Típica concepción latinoamericana que separa lo justo de lo legal y que usa la ley desde el poder para destruir al enemigo político. El Consejo de Estado hace una aplicación estricta de la ley solo a los representantes de los partidos de la oposición; una aplicación estricta, como la de los casos de Mockus y Robledo, dejaría al congreso sin congresistas. Pero olvida la imparcialidad, que es la virtud del juez.
El problema de la decisión no son Mockus y Robledo. El problema es la manipulación del poder para quitarle espacios a la oposición política que está estrenando estatuto 28 años después de que se estableciera constitucionalmente. El problema es la malicia que se denota cuando el Estado se compromete a tratar a la oposición en condiciones de igualdad (Ley 1909 de 2018) y, luego, sus entes concretos siguen con la discriminación. El problema es que algunas instituciones del estado sigan operando SM, según el marrano.
El Colombiano, 5 de mayo.
domingo, 5 de mayo de 2019
viernes, 3 de mayo de 2019
Yes, it's me. Think
Brasenose Lane; uno de los callejones que rodean el edificio del Brasenose College, en Oxford.
Camino hacia la primera sesión del seminario "The Civilizing Process in Colombia", con Ana María Otero, Andrew Linklater, Jorge Orlando Melo y Katherine, su esposa... conversando.
De repente, de frente un muchacho (para mí sigue siendo un muchacho). Dudas.
"Excuse me, I'm Colombian... Are you that I think you are?".
Thom Yorke me respondió por escrito (la dedicatoria fue pedida, por supuesto).
Camino hacia la primera sesión del seminario "The Civilizing Process in Colombia", con Ana María Otero, Andrew Linklater, Jorge Orlando Melo y Katherine, su esposa... conversando.
De repente, de frente un muchacho (para mí sigue siendo un muchacho). Dudas.
"Excuse me, I'm Colombian... Are you that I think you are?".
Thom Yorke me respondió por escrito (la dedicatoria fue pedida, por supuesto).
miércoles, 1 de mayo de 2019
Twitter and Leadership
Among the many confusions of the time-time of transitions, instability and misunderstandings-one of the most notable in the public sphere can explain the erratic behavior of leaders with respect to the opinion of the people. In regard to this sentence I will deal with what people mean; about the opinion I had already pronounced a year ago ("Desdén por la racionalidad", 15.07.18).
The first observation has to do with Western political tradition. People, or the public, has never had a single meaning. For the classical Greeks (Aristotle) one thing was the demos and another the ochlos; Marx distinguished between working class and lumpen; Arendt understood that one thing was the people and another was the populace. Less rigorous distinctions have been made between people and mass. In all cases, the first term is positive and the second negative, and the difference is that we, workers, people, are incorporated in an order, woven of legal and informal norms; while ochlos, lumpen, populace, no. Whichever regime is considered the best, political theory excluded or dissolved this disordered fringe.
The contemporary leveling has put us in the trance of confusing the various social agents. Not all people are public, although Facebook and Twitter give the impression to the contrary. It is not the same Kim Kardashian whose essential feature is the void, that Lady Gaga who sings, acts and reasons about its context. And even so, accepting that there is an imbricated public in a network of norms and relationships, this is not always right (being benevolent). This is where people in management positions can lose their way.
In this order of ideas we could distinguish three types of leaders: the dominant, the demagogue and the leader.
The dominant is imposed on any opinion, marginal or extensive, reasonable or not. This type of leader is the autocratic. The demagogue is mounted on the crest of the wave of opinion and, therefore, abdicates leadership. It acts as an amplifier of exalted, nervous opinion; it is propped up in the darkest, most morbid and demonic aspects of the human spirit. The demagogue exercises the style of populist politicians, even if it is not. The demagogue does not influence, is influenced.
The leader of a liberal democratic society takes the opinion as an indicator of the issues that concern sectors of the population and the type of perceptions and inclinations that a fact arouses. He is able to interpret social emotions and can focus on improving information, raising the quality of discussions, channeling concerns in a reasonable direction and leading heterogeneous opinion forces towards a goal or, at least, compatible goals.
The autocrat forces the tweeter, the demagogue flatters him, the leader leads him.
The first observation has to do with Western political tradition. People, or the public, has never had a single meaning. For the classical Greeks (Aristotle) one thing was the demos and another the ochlos; Marx distinguished between working class and lumpen; Arendt understood that one thing was the people and another was the populace. Less rigorous distinctions have been made between people and mass. In all cases, the first term is positive and the second negative, and the difference is that we, workers, people, are incorporated in an order, woven of legal and informal norms; while ochlos, lumpen, populace, no. Whichever regime is considered the best, political theory excluded or dissolved this disordered fringe.
The contemporary leveling has put us in the trance of confusing the various social agents. Not all people are public, although Facebook and Twitter give the impression to the contrary. It is not the same Kim Kardashian whose essential feature is the void, that Lady Gaga who sings, acts and reasons about its context. And even so, accepting that there is an imbricated public in a network of norms and relationships, this is not always right (being benevolent). This is where people in management positions can lose their way.
In this order of ideas we could distinguish three types of leaders: the dominant, the demagogue and the leader.
The dominant is imposed on any opinion, marginal or extensive, reasonable or not. This type of leader is the autocratic. The demagogue is mounted on the crest of the wave of opinion and, therefore, abdicates leadership. It acts as an amplifier of exalted, nervous opinion; it is propped up in the darkest, most morbid and demonic aspects of the human spirit. The demagogue exercises the style of populist politicians, even if it is not. The demagogue does not influence, is influenced.
The leader of a liberal democratic society takes the opinion as an indicator of the issues that concern sectors of the population and the type of perceptions and inclinations that a fact arouses. He is able to interpret social emotions and can focus on improving information, raising the quality of discussions, channeling concerns in a reasonable direction and leading heterogeneous opinion forces towards a goal or, at least, compatible goals.
The autocrat forces the tweeter, the demagogue flatters him, the leader leads him.
lunes, 29 de abril de 2019
Twitter y el liderazgo
Entre las tantas confusiones de la época —época de transiciones, inestabilidad y equívocos—, una de las más notables en la esfera pública puede explicar la conducta errática de los líderes respecto a la opinión de la gente. En lo que respecta a esta frase me ocuparé de lo que significa gente; sobre la opinión ya me había pronunciado hace un año (“Desdén por la racionalidad”, 15.07.18).
La primera observación tiene que ver con la tradición política occidental. La gente, o el público, no ha tenido nunca un solo significado. Para los griegos clásicos (Aristóteles) una cosa era el demos y otra el ochlos; Marx distinguía entre clase trabajadora y lumpen; Arendt entendía que una cosa era el pueblo y otra el populacho. Distinciones menos rigurosas se han hecho entre pueblo y masa. En todos los casos, el primer término es positivo y el segundo negativo, y la diferencia está en que demos, trabajadores, pueblo, están incorporados en un orden, tejido de normas legales e informales; mientras ochlos, lumpen, populacho, no. Cualquiera sea el régimen que se considerara mejor, la teoría política excluía o disolvía esta franja desordenada.
La nivelación contemporánea nos ha puesto en el trance de confundir a los diversos agentes sociales. No toda la gente es público, aunque Facebook y Twitter den a entender lo contrario. No es lo mismo Kim Kardashian cuyo rasgo esencial es el vacío, que Lady Gaga quien canta, actúa y razona sobre su contexto. Y aún así, aceptando que hay un público imbricado en una red de normas y relaciones, este no siempre tiene la razón (siendo benevolentes). Aquí es donde las personas que ocupan cargos de dirección pueden perder el rumbo.
En este orden de ideas podríamos distinguir tres tipos de líderes: el dominante, el demagogo y el dirigente.
El dominante se impone sobre cualquier opinión, marginal o extensa, razonable o no. Este tipo de líder es el autocrático. El demagogo se monta en la cresta de la ola de opinión y, por tanto, abdica del liderazgo. Hace las veces de amplificador de la opinión exaltada, nerviosa; se apuntala en los aspectos más oscuros, morbosos y demoníacos del espíritu humano. El demagogo ejerce el estilo de los políticos populistas, aunque no lo sea. El demagogo no influye, es influido.
El líder propio de una sociedad democrática liberal toma la opinión como un indicador de los temas que preocupan a sectores de la población y del tipo de percepciones e inclinaciones que suscita un hecho. Es capaz de interpretar las emociones sociales y puede enfocarse en mejorar la información, elevar la calidad de las discusiones, canalizar las preocupaciones hacia una dirección razonable y conducir a fuerzas de opinión heterogéneas hacia una meta o, al menos, metas compatibles.
El autócrata fuerza al tuitero, el demagogo lo adula, el líder lo conduce.
El Colombiano, 28 de abril
La primera observación tiene que ver con la tradición política occidental. La gente, o el público, no ha tenido nunca un solo significado. Para los griegos clásicos (Aristóteles) una cosa era el demos y otra el ochlos; Marx distinguía entre clase trabajadora y lumpen; Arendt entendía que una cosa era el pueblo y otra el populacho. Distinciones menos rigurosas se han hecho entre pueblo y masa. En todos los casos, el primer término es positivo y el segundo negativo, y la diferencia está en que demos, trabajadores, pueblo, están incorporados en un orden, tejido de normas legales e informales; mientras ochlos, lumpen, populacho, no. Cualquiera sea el régimen que se considerara mejor, la teoría política excluía o disolvía esta franja desordenada.
La nivelación contemporánea nos ha puesto en el trance de confundir a los diversos agentes sociales. No toda la gente es público, aunque Facebook y Twitter den a entender lo contrario. No es lo mismo Kim Kardashian cuyo rasgo esencial es el vacío, que Lady Gaga quien canta, actúa y razona sobre su contexto. Y aún así, aceptando que hay un público imbricado en una red de normas y relaciones, este no siempre tiene la razón (siendo benevolentes). Aquí es donde las personas que ocupan cargos de dirección pueden perder el rumbo.
En este orden de ideas podríamos distinguir tres tipos de líderes: el dominante, el demagogo y el dirigente.
El dominante se impone sobre cualquier opinión, marginal o extensa, razonable o no. Este tipo de líder es el autocrático. El demagogo se monta en la cresta de la ola de opinión y, por tanto, abdica del liderazgo. Hace las veces de amplificador de la opinión exaltada, nerviosa; se apuntala en los aspectos más oscuros, morbosos y demoníacos del espíritu humano. El demagogo ejerce el estilo de los políticos populistas, aunque no lo sea. El demagogo no influye, es influido.
El líder propio de una sociedad democrática liberal toma la opinión como un indicador de los temas que preocupan a sectores de la población y del tipo de percepciones e inclinaciones que suscita un hecho. Es capaz de interpretar las emociones sociales y puede enfocarse en mejorar la información, elevar la calidad de las discusiones, canalizar las preocupaciones hacia una dirección razonable y conducir a fuerzas de opinión heterogéneas hacia una meta o, al menos, metas compatibles.
El autócrata fuerza al tuitero, el demagogo lo adula, el líder lo conduce.
El Colombiano, 28 de abril
lunes, 22 de abril de 2019
Glosa con ejemplos
La columna de la semana pasada se tituló “Inflación administrativa”. Esta podría llamarse “Asfixia administrativa”. Allí se dijo que el control de la actividad laboral atentaba contra la productividad y competitividad de las organizaciones y contra la libertad y la creatividad de los empleados. En otro sentido, habría que decir que el control es opuesto a la confianza: a menor confianza más control. Desconfianza en la capacidad de las personas y de las organizaciones para autodeterminarse y explorar las mejores vías para realizar sus funciones y cumplir sus propósitos.
La confianza es indispensable en un mundo cada vez más fragmentado y complejo. La soberbia del racionalismo consistió en creer que era posible conocer el universo, determinar lo que era bueno para el mundo y el individuo y elaborar fórmulas generales para lograr la felicidad. Con el ascenso del racionalismo llegaron las utopías y con las utopías las catástrofes. De la complejidad y variabilidad de los asuntos humanos solo pueden dar cuenta humanos singulares, preferiblemente asociados en grupos muy pequeños y unidos por la experiencia y el sentido. Un pequeño equipo sabrá resolver mejor un problema que la dirección de la organización; una organización lo hará mejor que un ministerio.
Apelo a dos ejemplos. El primero es Silicon Valley, algunas de cuyas empresas y universidades tuve oportunidad de visitar hace dos años. El centro de la innovación mundial. Las empresas de punta en esta zona de California les dan a sus trabajadores el 30% del tiempo laboral para que exploren proyectos individuales. En el caso de Google es un día de la semana. Al tercer mes, un supervisor se informa del proyecto y lo evalúa, y a renglón seguido puede autorizar más exploración, cambio o adoptarlo para la organización. El precepto detrás de este modelo consiste en creer que la innovación viene de abajo, la pertinencia se define arriba; el desarrollo se hace abajo, la producción se organiza arriba.
Esto es aplicable para todo tipo de actividad. Por supuesto, aplica más para las prácticas que operan con singularidades, como es el caso de las actividades médica, educativa o artística. La enfermedad, el aprendizaje y la apreciación son irreductiblemente individuales. La administración es necesaria para apoyar la tarea, no para su ejecución específica, y no toda administración tiene que ser intrusiva.
Segundo ejemplo. El ministro de educación de Portugal contó esta semana que una de las medidas en su país era darles a los niños “cada día dos horas gratuitas y voluntarias de extraescolares, para aprender un instrumento, otra lengua o ir a un club de ciencia” (“No hay que ser impositivos: cuando confías en las escuelas, responden”, El País, 18.04.19). Portugal es uno de los milagros educativos de Europa, el otro, Finlandia, también se basa en menos tiempo en el aula y, también, menos trabajo en la casa.
El Colombiano, 21 de abril.
La confianza es indispensable en un mundo cada vez más fragmentado y complejo. La soberbia del racionalismo consistió en creer que era posible conocer el universo, determinar lo que era bueno para el mundo y el individuo y elaborar fórmulas generales para lograr la felicidad. Con el ascenso del racionalismo llegaron las utopías y con las utopías las catástrofes. De la complejidad y variabilidad de los asuntos humanos solo pueden dar cuenta humanos singulares, preferiblemente asociados en grupos muy pequeños y unidos por la experiencia y el sentido. Un pequeño equipo sabrá resolver mejor un problema que la dirección de la organización; una organización lo hará mejor que un ministerio.
Apelo a dos ejemplos. El primero es Silicon Valley, algunas de cuyas empresas y universidades tuve oportunidad de visitar hace dos años. El centro de la innovación mundial. Las empresas de punta en esta zona de California les dan a sus trabajadores el 30% del tiempo laboral para que exploren proyectos individuales. En el caso de Google es un día de la semana. Al tercer mes, un supervisor se informa del proyecto y lo evalúa, y a renglón seguido puede autorizar más exploración, cambio o adoptarlo para la organización. El precepto detrás de este modelo consiste en creer que la innovación viene de abajo, la pertinencia se define arriba; el desarrollo se hace abajo, la producción se organiza arriba.
Esto es aplicable para todo tipo de actividad. Por supuesto, aplica más para las prácticas que operan con singularidades, como es el caso de las actividades médica, educativa o artística. La enfermedad, el aprendizaje y la apreciación son irreductiblemente individuales. La administración es necesaria para apoyar la tarea, no para su ejecución específica, y no toda administración tiene que ser intrusiva.
Segundo ejemplo. El ministro de educación de Portugal contó esta semana que una de las medidas en su país era darles a los niños “cada día dos horas gratuitas y voluntarias de extraescolares, para aprender un instrumento, otra lengua o ir a un club de ciencia” (“No hay que ser impositivos: cuando confías en las escuelas, responden”, El País, 18.04.19). Portugal es uno de los milagros educativos de Europa, el otro, Finlandia, también se basa en menos tiempo en el aula y, también, menos trabajo en la casa.
El Colombiano, 21 de abril.
lunes, 15 de abril de 2019
Inflación administrativa
Un estudio de McKinsey Global Institute —una de las más reputadas consultoras en asuntos organizacionales— concluyó que los empleados de las empresas están dedicando hoy el 61% de su tiempo a administrar su trabajo y, quizás, menos del 39% restante a hacerlo (Thomas Oppong, “25 Productivity Principles Will Change How You Work Forever”, The Mission, 09.02.19). Mckinsey es útil para proporcionar la cifra y como criterio de autoridad para hacer una afirmación sobre algo que ya sabíamos.
La sociedad contemporánea —lo había dicho Gilles Deleuze (1925-1995)— es una sociedad de control. El control es numérico, modular, de variación continua, ilimitado, funciona a partir de contraseñas (lo dijo antes de la aparición de internet); en la sociedad de control no hay individuo ni masa, solo datos. Las instituciones dedicadas a la elaboración de parámetros se han multiplicado y las normas que producen ya son miles (solo ISO ha elaborado cerca de 20 mil). Las organizaciones y las personas no estamos sujetas solo a las leyes de Dios y del Estado, también a las de centenares de certificadores. Intente ponerle el servicio eléctrico a una casa nueva para que vea la cantidad de permisos y condiciones impuestas, incluso en su dormitorio.
Por supuesto, el control se opone a la libertad. Pero también se opone a la creación y a la innovación. Cuando Frederick Taylor (1856-1915) se preguntó cómo hacer eficiente cada segundo y cada movimiento de un trabajador hasta hoy, el problema era obtener los mayores rendimientos posibles de la convergencia entre electricidad y mecánica. La paradoja actual es hablar de creatividad e innovación en medio de una sociedad de control o, peor, en una que combina control con disciplina.
Decía Deleuze que el animal representativo de la sociedad de control es la serpiente. Pensaba en sus anillos; puede pensarse también en el uróboros, la serpiente que se muerde la cola, símbolo entre otras cosas de los esfuerzos inútiles, de los trabajos que se cancelan mutuamente. Se trabaja durante dos terceras partes de la jornada para decir qué hacemos, cómo hacemos y cómo evaluamos en el tercio restante. La actividad laboral se acrecienta en lo que tiene de fatiga y se empobrece en lo que tiene de productiva. Es la preocupación de McKinsey, productividad y competitividad.
Para uno, simple profesional, animal laborans, la angustia es otra. Poder desplegar la personalidad en la tarea. Antes se creía que este era el privilegio de las profesiones liberales, del médico, el maestro, el artista. Ya no es cierto y, por lo que veo, entre los médicos se están dando las reflexiones más profundas sobre el tema. El médico corporativo ya perdió la consulta como espacio soberano; a los maestros nos queda, amenazada, el aula; al artista, en muchos casos, solo la mano sujeta al gusto y al dictado de quien paga.
El Colombiano, 14 de abril
La sociedad contemporánea —lo había dicho Gilles Deleuze (1925-1995)— es una sociedad de control. El control es numérico, modular, de variación continua, ilimitado, funciona a partir de contraseñas (lo dijo antes de la aparición de internet); en la sociedad de control no hay individuo ni masa, solo datos. Las instituciones dedicadas a la elaboración de parámetros se han multiplicado y las normas que producen ya son miles (solo ISO ha elaborado cerca de 20 mil). Las organizaciones y las personas no estamos sujetas solo a las leyes de Dios y del Estado, también a las de centenares de certificadores. Intente ponerle el servicio eléctrico a una casa nueva para que vea la cantidad de permisos y condiciones impuestas, incluso en su dormitorio.
Por supuesto, el control se opone a la libertad. Pero también se opone a la creación y a la innovación. Cuando Frederick Taylor (1856-1915) se preguntó cómo hacer eficiente cada segundo y cada movimiento de un trabajador hasta hoy, el problema era obtener los mayores rendimientos posibles de la convergencia entre electricidad y mecánica. La paradoja actual es hablar de creatividad e innovación en medio de una sociedad de control o, peor, en una que combina control con disciplina.
Decía Deleuze que el animal representativo de la sociedad de control es la serpiente. Pensaba en sus anillos; puede pensarse también en el uróboros, la serpiente que se muerde la cola, símbolo entre otras cosas de los esfuerzos inútiles, de los trabajos que se cancelan mutuamente. Se trabaja durante dos terceras partes de la jornada para decir qué hacemos, cómo hacemos y cómo evaluamos en el tercio restante. La actividad laboral se acrecienta en lo que tiene de fatiga y se empobrece en lo que tiene de productiva. Es la preocupación de McKinsey, productividad y competitividad.
Para uno, simple profesional, animal laborans, la angustia es otra. Poder desplegar la personalidad en la tarea. Antes se creía que este era el privilegio de las profesiones liberales, del médico, el maestro, el artista. Ya no es cierto y, por lo que veo, entre los médicos se están dando las reflexiones más profundas sobre el tema. El médico corporativo ya perdió la consulta como espacio soberano; a los maestros nos queda, amenazada, el aula; al artista, en muchos casos, solo la mano sujeta al gusto y al dictado de quien paga.
El Colombiano, 14 de abril
lunes, 8 de abril de 2019
Empresas cívicas 2
Como decía hace ocho días, las organizaciones deben jugar un papel significativo en el cambio social. Con solo cambiar las fechas de liquidación de nómina, las empresas de un país africano (¿Burundi?) lograron que sus trabajadores le dieran prelación al pago de la matrícula de los hijos; un acuerdo entre un intermediario financiero, locales comerciales y el metro de Londres ha permitido descongestionar el trasporte masivo en las horas pico. Son ejemplos de lo que una organización puede hacer para contribuir a la solución de problemas nacionales o locales, sin recurrir a las prohibiciones, los mandatos u otro tipo de regulaciones.
La reciente emergencia ambiental de Medellín dejó perplejas a la mayoría de, por no decir a todas, las organizaciones significativas de la ciudad. En condiciones similares, París o Santiago hubieran cancelado clases en las instituciones educativas durante varios días. ¿Por qué nuestras entidades no lo hicieron? Seguro, por simple inercia. Pero se hubiera podido. Las empresas —donde se habla de teletrabajo todos los días— no acudieron a la promoción del trabajo desde el hogar para aliviar la presión sobre la calidad del aire. Sabiendo que tenemos una estacionalidad riesgosa en marzo y octubre, ¿por qué no adecuar los calendarios escolares y otras actividades masivas, como parte de una iniciativa privada?
Si las autoridades públicas no se atreven a tocar a los Centros de Diagnóstico Automotor, ni a los trasportadores con los vehículos más contaminantes, las organizaciones privadas podrían. Bastaría con establecer tarifas diferenciales para los distribuidores —de bebidas, por ejemplo— incentivando a quienes utilicen los medios más eficientes desde el punto de vista ambiental. Algo similar podríamos decir de lo que pueden hacer los comerciantes con las recuas de motociclistas que operan como domiciliarios.
Cosa análoga sucede con el problema de la movilidad. Según el estudio INRIX 2018, Medellín tiene la séptima peor movilidad de América Latina. Algunos gremios se oponen a las regulaciones de tránsito a pesar de que se sabe que “la congestión… golpea el crecimiento económico y disminuye nuestra calidad de vida” (“Estas son las ciudades con peor congestión vehicular”, CNN Español, 14.02.19), lo que demuestra que la estupidez no conoce clase social. ¿Por qué casi todos los colegios tienen la misma jornada? ¿Qué pasaría si empezaran una hora más tarde? Sé de empresas que han empezado a cambiar sus políticas de parqueaderos para estimular el trasporte público, aunque cabría preguntar por qué las empresas tienen tantos parqueaderos. Otras organizaciones están procurando la promoción del carro compartido.
Las organizaciones privadas, al margen de lo que hagan o dejen de hacer los alcaldes, deben contribuir a la solución de los problemas de cooperación social (ruido, uso del agua y el espacio público, convivencia, son otros). Si seguimos como vamos en movilidad y aire, Medellín puede perder lo que ha ganado en este siglo.
El Colombiano, 7 de abril
La reciente emergencia ambiental de Medellín dejó perplejas a la mayoría de, por no decir a todas, las organizaciones significativas de la ciudad. En condiciones similares, París o Santiago hubieran cancelado clases en las instituciones educativas durante varios días. ¿Por qué nuestras entidades no lo hicieron? Seguro, por simple inercia. Pero se hubiera podido. Las empresas —donde se habla de teletrabajo todos los días— no acudieron a la promoción del trabajo desde el hogar para aliviar la presión sobre la calidad del aire. Sabiendo que tenemos una estacionalidad riesgosa en marzo y octubre, ¿por qué no adecuar los calendarios escolares y otras actividades masivas, como parte de una iniciativa privada?
Si las autoridades públicas no se atreven a tocar a los Centros de Diagnóstico Automotor, ni a los trasportadores con los vehículos más contaminantes, las organizaciones privadas podrían. Bastaría con establecer tarifas diferenciales para los distribuidores —de bebidas, por ejemplo— incentivando a quienes utilicen los medios más eficientes desde el punto de vista ambiental. Algo similar podríamos decir de lo que pueden hacer los comerciantes con las recuas de motociclistas que operan como domiciliarios.
Cosa análoga sucede con el problema de la movilidad. Según el estudio INRIX 2018, Medellín tiene la séptima peor movilidad de América Latina. Algunos gremios se oponen a las regulaciones de tránsito a pesar de que se sabe que “la congestión… golpea el crecimiento económico y disminuye nuestra calidad de vida” (“Estas son las ciudades con peor congestión vehicular”, CNN Español, 14.02.19), lo que demuestra que la estupidez no conoce clase social. ¿Por qué casi todos los colegios tienen la misma jornada? ¿Qué pasaría si empezaran una hora más tarde? Sé de empresas que han empezado a cambiar sus políticas de parqueaderos para estimular el trasporte público, aunque cabría preguntar por qué las empresas tienen tantos parqueaderos. Otras organizaciones están procurando la promoción del carro compartido.
Las organizaciones privadas, al margen de lo que hagan o dejen de hacer los alcaldes, deben contribuir a la solución de los problemas de cooperación social (ruido, uso del agua y el espacio público, convivencia, son otros). Si seguimos como vamos en movilidad y aire, Medellín puede perder lo que ha ganado en este siglo.
El Colombiano, 7 de abril
martes, 2 de abril de 2019
lunes, 1 de abril de 2019
Empresas cívicas
Entre los cambios de actitud de la generación del milenio —los nacidos entre 1981 y 2000— uno de los más notables tiene que ver con el objeto de las demandas ciudadanas. Según un estudio reciente, los milénicos esperan más contribuciones sociales por parte de las empresas (The Economist, 03.19). Los miembros de las generaciones anteriores esperamos más del Estado. Esta tensión no es nueva. La crisis del Estado de Bienestar mostró que el Estado moderno podía fracasar tanto por exceso como por defecto.
La discusión sobre las contribuciones de las empresas es un poco más antigua. Antes de que emergiera la llamada “cuestión social” el enfoque dominante era que las empresas solo se debían a sus propietarios y que la creación de riqueza por sí misma era una contribución suficiente a la sociedad. La cuestión social marcó las discusiones y los conflictos en Europa en el siglo XIX: los políticos radicales, los sindicatos y la Iglesia católica confluyeron en la visión de que las empresas tenían obligaciones especiales con los trabajadores y sus familias. Esta controversia encontró una solución exitosa en la creación de la Organización Internacional del Trabajo, hace 100 años (un centenario que no debería pasarse por alto) y, en Colombia, con la legislación laboral de Ospina Pérez y el invento de las cajas de compensación.
Cuando comenzó la ilusión liberal, tras las reformas radicales de Thatcher y el colapso soviético, el concepto de responsabilidad social empresarial adquirió especial fuerza. La idea básica es un desarrollo de la convicción de que las condiciones del entorno inmediato de la empresa son un factor crítico para su sostenibilidad y eficiencia. En otras palabras, invertir en el bienestar de las comunidades con las que se comparte localización y sociabilidad se revierte positivamente en los rendimientos. Ignoro balances del impacto de esta estrategia; lo cierto es que el resultado global es poco halagüeño: una brecha social más grande y más gente más inconforme.
Una idea que debería adquirir relevancia en el corto plazo les pide a las empresas que jueguen un papel significativo en el cambio social. No estamos hablando del cambio en los niveles macro de la sociedad y las instituciones públicas. Se trata del cambio en el comportamiento micro, no individual, de grupos de personas como empleados, proveedores, quizá clientes. Las organizaciones pueden y deben orientar el cambio comportamental de quienes conforman sus grupos de interés; pueden y deben hacerlo respetando las libertades individuales y mostrando, a la vez alternativas razonables y compatibles con diversos estilos de vida. Sobre este tema, la profesora Cristina Bicchieri compartió sus tesis con grupos interesados de Sura, Comfama y la Universidad Eafit. El subtítulo de su libro es elocuente: “Cómo unas pocas personas pueden cambiar los comportamientos de toda una sociedad”. Con menos plata, más intención, mejores ideas, quizás haya mejores resultados.
El Colombiano, 31 de marzo
La discusión sobre las contribuciones de las empresas es un poco más antigua. Antes de que emergiera la llamada “cuestión social” el enfoque dominante era que las empresas solo se debían a sus propietarios y que la creación de riqueza por sí misma era una contribución suficiente a la sociedad. La cuestión social marcó las discusiones y los conflictos en Europa en el siglo XIX: los políticos radicales, los sindicatos y la Iglesia católica confluyeron en la visión de que las empresas tenían obligaciones especiales con los trabajadores y sus familias. Esta controversia encontró una solución exitosa en la creación de la Organización Internacional del Trabajo, hace 100 años (un centenario que no debería pasarse por alto) y, en Colombia, con la legislación laboral de Ospina Pérez y el invento de las cajas de compensación.
Cuando comenzó la ilusión liberal, tras las reformas radicales de Thatcher y el colapso soviético, el concepto de responsabilidad social empresarial adquirió especial fuerza. La idea básica es un desarrollo de la convicción de que las condiciones del entorno inmediato de la empresa son un factor crítico para su sostenibilidad y eficiencia. En otras palabras, invertir en el bienestar de las comunidades con las que se comparte localización y sociabilidad se revierte positivamente en los rendimientos. Ignoro balances del impacto de esta estrategia; lo cierto es que el resultado global es poco halagüeño: una brecha social más grande y más gente más inconforme.
Una idea que debería adquirir relevancia en el corto plazo les pide a las empresas que jueguen un papel significativo en el cambio social. No estamos hablando del cambio en los niveles macro de la sociedad y las instituciones públicas. Se trata del cambio en el comportamiento micro, no individual, de grupos de personas como empleados, proveedores, quizá clientes. Las organizaciones pueden y deben orientar el cambio comportamental de quienes conforman sus grupos de interés; pueden y deben hacerlo respetando las libertades individuales y mostrando, a la vez alternativas razonables y compatibles con diversos estilos de vida. Sobre este tema, la profesora Cristina Bicchieri compartió sus tesis con grupos interesados de Sura, Comfama y la Universidad Eafit. El subtítulo de su libro es elocuente: “Cómo unas pocas personas pueden cambiar los comportamientos de toda una sociedad”. Con menos plata, más intención, mejores ideas, quizás haya mejores resultados.
El Colombiano, 31 de marzo
martes, 26 de marzo de 2019
Opiniones frente al progreso
La Intelligence Unit de The Economist —la longeva revista inglesa— publicó el informe titulado “Priorities of Progress” que recoge y analiza la información de 50 países de todo el mundo sobre la percepción ciudadana en asuntos de progreso social. Sin dudas, por población y economía, son los 50 países más importantes del mundo y entre ellos está Colombia. El informe se apoya en encuestas y consultas a expertos.
El estudio da cuenta de la inconformidad mundial con el estado de cosas actual. Solo el 29% de los encuestados está contento con el funcionamiento de su sociedad y la gente tiene enormes dudas sobre la mejoría de la situación (34% cree que sucederá y otro 34% no la ve a la vista). El mayor pesimismo está en los países europeos y americanos; Colombia aparece con una mayoría pesimista del 55%. En tanto, los países más optimistas son los asiáticos, entre quienes se destacan los chinos. Los más jóvenes —los llamados milénicos— son los más optimistas (68%), seguidos por la generación precedente, la X, con un 55%. Tiene todo el sentido que los líderes actuales pertenezcan a estas generaciones: el liderazgo necesita un buen espíritu para encarar los problemas.
Gran parte de los agravios de la gente (34%) apuntan a la escasez de oportunidades económicas. Solo los nigerianos, peruanos, italianos y rusos están más descontentos que los colombianos (66%). Y esta es una noticia muy mala para el país teniendo en cuenta el mediocre desempeño de nuestra economía que detiene el bienestar social. Además, en América es más notoria la insatisfacción con los servicios de salud.
Mientras a nivel mundial se piden más inversiones en salud y protección social, en América el énfasis está en educación y seguridad. Colombia es una excepción, acá se consideran como prioridades nacionales la educación y la protección del ambiente (para la vida personal sí se da prelación a seguridad y educación). El país donde la gente le otorga más prioridad al medio ambiente es Colombia (64%), seguido por Vietnam.
Cuando se comparan las prioridades ciudadanas y el gasto efectivo del Estado, se encuentra con que Colombia es el cuarto país peor situado. Esto quiere decir que el gobierno es poco sensible a las demandas ciudadanas. Este es el indicador más preocupante porque demuestra una disociación entre la gestión del Estado y las preocupaciones de la gente, situación que afecta la legitimidad del régimen político, perturban el orden social y alientan a extremistas.
La gran oportunidad para el país está en alinear la fuerte conciencia ciudadana en cuanto a la importancia de la educación y el cuidado del ambiente con las políticas públicas de mediano y largo plazo. Queda claro que los temas ambientales no deben soslayarse ni subordinarse ante dilemas como los que generan la minería, el trasporte urbano y la construcción.
El Colombiano, 24 de marzo
El estudio da cuenta de la inconformidad mundial con el estado de cosas actual. Solo el 29% de los encuestados está contento con el funcionamiento de su sociedad y la gente tiene enormes dudas sobre la mejoría de la situación (34% cree que sucederá y otro 34% no la ve a la vista). El mayor pesimismo está en los países europeos y americanos; Colombia aparece con una mayoría pesimista del 55%. En tanto, los países más optimistas son los asiáticos, entre quienes se destacan los chinos. Los más jóvenes —los llamados milénicos— son los más optimistas (68%), seguidos por la generación precedente, la X, con un 55%. Tiene todo el sentido que los líderes actuales pertenezcan a estas generaciones: el liderazgo necesita un buen espíritu para encarar los problemas.
Gran parte de los agravios de la gente (34%) apuntan a la escasez de oportunidades económicas. Solo los nigerianos, peruanos, italianos y rusos están más descontentos que los colombianos (66%). Y esta es una noticia muy mala para el país teniendo en cuenta el mediocre desempeño de nuestra economía que detiene el bienestar social. Además, en América es más notoria la insatisfacción con los servicios de salud.
Mientras a nivel mundial se piden más inversiones en salud y protección social, en América el énfasis está en educación y seguridad. Colombia es una excepción, acá se consideran como prioridades nacionales la educación y la protección del ambiente (para la vida personal sí se da prelación a seguridad y educación). El país donde la gente le otorga más prioridad al medio ambiente es Colombia (64%), seguido por Vietnam.
Cuando se comparan las prioridades ciudadanas y el gasto efectivo del Estado, se encuentra con que Colombia es el cuarto país peor situado. Esto quiere decir que el gobierno es poco sensible a las demandas ciudadanas. Este es el indicador más preocupante porque demuestra una disociación entre la gestión del Estado y las preocupaciones de la gente, situación que afecta la legitimidad del régimen político, perturban el orden social y alientan a extremistas.
La gran oportunidad para el país está en alinear la fuerte conciencia ciudadana en cuanto a la importancia de la educación y el cuidado del ambiente con las políticas públicas de mediano y largo plazo. Queda claro que los temas ambientales no deben soslayarse ni subordinarse ante dilemas como los que generan la minería, el trasporte urbano y la construcción.
El Colombiano, 24 de marzo
jueves, 21 de marzo de 2019
El uribismo: un populismo peligroso
El uribismo: un populismo peligroso
El uribismo es populista - y aquí se explica por qué-. ¿Pero qué tiene que ver eso con las seis objeciones de Duque a la ley estatutaria de la JEP?*
Jorge Giraldo Ramírez**
Razón Pública, 21 de marzo
¿Por qué es populista el uribismo?
La confusión conceptual en torno a la palabra ‘populismo’ no debe impedir que la usemos para interpretar las realidades políticas.
Con el propósito de aclarar esta categoría resbaladiza y examinar la historia del populismo en Colombia, el año pasado publiqué el libro “Populistas a la colombiana” donde, entre otras cosas, rebato la idea de que aquí no tenemos tradición populista y sostengo que el uribismo –tal como lo conocemos desde 2002– es un ejemplo prístino del populismo contemporáneo.
Como expongo en mi libro, algunos de los rasgos que permiten identificar los movimientos populistas son:
1. La representación personal y emocional del pueblo en una personalidad fuerte y carismática;
2. El entendimiento del gobierno como un ejercicio de las mayorías que no debe tener consideraciones con las minorías políticas, con los grupos contra-mayoritarios ni con los derechos individuales;
3. La construcción de una opinión emotiva, inmediata y colectiva;
4. La necesidad de movilización institucional, extrainstitucional, virtual y real;
5. El afán de decidir rápidamente, lo que generalmente conlleva a atajos que adulteran los procesos deliberativos, los controles institucionales y la búsqueda de transacciones;
6. El uso del recurso del clientelismo a gran escala para distribuir bienes simbólicos y materiales.
Por curiosidad, hace poco decidí someter las posiciones de Álvaro Uribe a la prueba que crearon cuatro profesores europeos para ubicar las posiciones políticas en los planos izquierda/derecha y populismo/no populismo. La prueba la divulgó el diario británico The Guardian en noviembre del año pasado y todavía es posible hacerla en línea.
Como muestra el siguiente gráfico, el resultado situó a Uribe en un punto adyacente al político británico Neil Farage, conocido por fundar el partido nacionalista UKIP y por su figuración destacada en el movimiento que impulsó el Brexit. Mi colaboradora, la politóloga María Paulina Gómez, hizo el mismo ejercicio y el resultado fue bastante similar, pues ubicó a Uribe al lado de Viktor Orbán, el primer ministro de Hungría, conocido por defender la pena de muerte y endurecer las políticas migratorias de su país para evitar la llegada de refugiados sirios.
Las angustias del populismo uribista
Actualmente el uribismo enfrenta varias presiones que desconocía hasta ahora, pero que son propias de los proyectos populistas.
La primera de esas presiones es el carácter perecedero de este tipo de experimentos: resulta que la euforia cotidiana y la movilización permanente son muy difíciles de sostener en el tiempo y por eso, al cabo de unos años (diez es el número mágico en América Latina), los regímenes populistas caen o se convierten en dictaduras típicas.
En 2009 Uribe resistió –con muchas vacilaciones– la tentación de un tercer mandato, pero al hacerlo se encontró con el segundo problema consustancial al populismo: hacer populismo en cuerpo ajeno es muy difícil, sino imposible. Prueba de ello es el fracaso de las parejas latinoamericanas Correa/Moreno, Chávez/Maduro, Uribe/Santos.
Actualmente Colombia atraviesa ese drama con el presidente Duque, quien sin carrera ni reconocimiento políticos, llegó al poder gracias a Uribe. La gran paradoja que enfrenta el uribismo es que sin una persona como Iván Duque no habría podido ganar, pero con una persona como Duque no podrá atornillarse en el poder -a menos de que aparezca otro “articulito” y un puente como el que Héctor Cámpora le hizo a Juan Domingo Perón, en la Argentina de 1973-.
Como afirma Norbert Elias en La sociedad cortesana, “el poder carismático es una crisis del poder”, por lo que pocas veces el populismo logra sedimentarse en la rutina legal y administrativa, y cada vez que lo intenta, corre el riesgo de perecer. En ese sentido, no resulta extraño que el Centro Democrático declarara que no se iba a comportar como bancada del Gobierno en el congreso, y que tan solo seis meses después de ganar las elecciones, empezara a buscar candidato presidencial para 2022. No recuerdo ningún otro caso en la historia colombiana contemporánea cuando el partido de gobierno llegara al Congreso con propuestas diferentes de las del jefe del poder ejecutivo.
Salvar el movimiento, poner en crisis al país
Por otra parte, la naturaleza heterogénea y gaseosa de los movimientos populistas hace que su unidad dependa de un factor adicional a la personalidad del jefe carismático: su concentración en la lucha política.
Las diferencias y luchas intestinas no se resuelven porque el jefe lo diga, sino que deben esconderse o contenerse en medio de la disputa con otras fuerzas políticas y con la permanente actualización de quién es el enemigo.
Si, como creo, esta conclusión teórica sobre la naturaleza de los movimientos carismáticos es cierta, tanto Iván Duque como Colombia enfrentarán graves problemas.
Duque representa una pieza más en la disputa interna del uribismo, es decir, el enfrentamiento entre el uribismo “purasangre” –ideológico, radical, antipolítico– y el uribismo de los políticos tradicionales –profesional, moderado, transaccional–.
Uribe sabía que no podía ganar las elecciones con alguno de los purasangres y no confiaba en nadie del segundo, pues dentro de este grupo abundan personajes que, como Santos, tienen el capital relacional y simbólico necesario para independizarse del líder, o aún peor, para “traicionarlo”.
Por eso el líder del uribismo se decidió por Duque, para quien la Presidencia entraña un dilema difícil de resolver, pues debe evitar ser percibido como un títere por la opinión pública, pero al mismo tiempo, debe demostrarle lealtad a su mentor político.
Como el populismo no permite que nadie condicione o limite la decisión del jefe –porque supuestamente encarna la voluntad política del pueblo–, Duque se vio obligado a objetar la Ley Estatutaria de la Jurisdicción Especial para la Paz, lo cual no solo significó un desconocimiento absoluto de la Corte Constitucional como órgano de cierre, sino que abrió un frente de lucha en el Congreso.
Sin lugar a dudas, el Presidente de la República tomó esa decisión para satisfacer a su partido político, restablecer su unidad interna y congraciarse con el jefe, pero al hacerlo abrió pasó a la polarización que tanto esquivó con el silencio y las buenas maneras durante los primeros siete meses de su mandato, remarcando así la línea divisora entre los partidarios de la paz negociada –la única realista– y los defensores de la paz justiciera –imposible, especialmente porque solo busca justicia para un lado–.
Probablemente el ataque al acuerdo de paz representará una galvanización para el uribismo, el cual –como todos los populismos– necesita enemigos, trifulcas y adrenalina. Pero también será un golpe para la estabilidad política del país y, aún más, para la legitimidad del régimen político.
Por inverosímil que parezca, el uribismo es una minoría, la minoría más grande en un país sin mayorías: es minoría en el Congreso y también en la opinión. Si ganó las elecciones no fue por mérito propio, sino porque el país le tuvo más miedo al populismo petrista que al uribista y porque al centro político de Fajardo le faltaron unos centavos para llegar a la segunda vuelta.
Lo cierto es que el pasado 10 de marzo Duque retomó la senda de la desinstitucionalización e hizo que volvieran a sonar los tambores de un conflicto político agrio. Vendrán tres años de desgaste, mil luchas moleculares en octubre y un enfrentamiento duro, muy duro, en 2022.
El uribismo es populista - y aquí se explica por qué-. ¿Pero qué tiene que ver eso con las seis objeciones de Duque a la ley estatutaria de la JEP?*
Jorge Giraldo Ramírez**
Razón Pública, 21 de marzo
¿Por qué es populista el uribismo?
La confusión conceptual en torno a la palabra ‘populismo’ no debe impedir que la usemos para interpretar las realidades políticas.
Con el propósito de aclarar esta categoría resbaladiza y examinar la historia del populismo en Colombia, el año pasado publiqué el libro “Populistas a la colombiana” donde, entre otras cosas, rebato la idea de que aquí no tenemos tradición populista y sostengo que el uribismo –tal como lo conocemos desde 2002– es un ejemplo prístino del populismo contemporáneo.
Como expongo en mi libro, algunos de los rasgos que permiten identificar los movimientos populistas son:
1. La representación personal y emocional del pueblo en una personalidad fuerte y carismática;
2. El entendimiento del gobierno como un ejercicio de las mayorías que no debe tener consideraciones con las minorías políticas, con los grupos contra-mayoritarios ni con los derechos individuales;
3. La construcción de una opinión emotiva, inmediata y colectiva;
4. La necesidad de movilización institucional, extrainstitucional, virtual y real;
5. El afán de decidir rápidamente, lo que generalmente conlleva a atajos que adulteran los procesos deliberativos, los controles institucionales y la búsqueda de transacciones;
6. El uso del recurso del clientelismo a gran escala para distribuir bienes simbólicos y materiales.
Por curiosidad, hace poco decidí someter las posiciones de Álvaro Uribe a la prueba que crearon cuatro profesores europeos para ubicar las posiciones políticas en los planos izquierda/derecha y populismo/no populismo. La prueba la divulgó el diario británico The Guardian en noviembre del año pasado y todavía es posible hacerla en línea.
Como muestra el siguiente gráfico, el resultado situó a Uribe en un punto adyacente al político británico Neil Farage, conocido por fundar el partido nacionalista UKIP y por su figuración destacada en el movimiento que impulsó el Brexit. Mi colaboradora, la politóloga María Paulina Gómez, hizo el mismo ejercicio y el resultado fue bastante similar, pues ubicó a Uribe al lado de Viktor Orbán, el primer ministro de Hungría, conocido por defender la pena de muerte y endurecer las políticas migratorias de su país para evitar la llegada de refugiados sirios.
Las angustias del populismo uribista
Actualmente el uribismo enfrenta varias presiones que desconocía hasta ahora, pero que son propias de los proyectos populistas.
La primera de esas presiones es el carácter perecedero de este tipo de experimentos: resulta que la euforia cotidiana y la movilización permanente son muy difíciles de sostener en el tiempo y por eso, al cabo de unos años (diez es el número mágico en América Latina), los regímenes populistas caen o se convierten en dictaduras típicas.
En 2009 Uribe resistió –con muchas vacilaciones– la tentación de un tercer mandato, pero al hacerlo se encontró con el segundo problema consustancial al populismo: hacer populismo en cuerpo ajeno es muy difícil, sino imposible. Prueba de ello es el fracaso de las parejas latinoamericanas Correa/Moreno, Chávez/Maduro, Uribe/Santos.
Actualmente Colombia atraviesa ese drama con el presidente Duque, quien sin carrera ni reconocimiento políticos, llegó al poder gracias a Uribe. La gran paradoja que enfrenta el uribismo es que sin una persona como Iván Duque no habría podido ganar, pero con una persona como Duque no podrá atornillarse en el poder -a menos de que aparezca otro “articulito” y un puente como el que Héctor Cámpora le hizo a Juan Domingo Perón, en la Argentina de 1973-.
Como afirma Norbert Elias en La sociedad cortesana, “el poder carismático es una crisis del poder”, por lo que pocas veces el populismo logra sedimentarse en la rutina legal y administrativa, y cada vez que lo intenta, corre el riesgo de perecer. En ese sentido, no resulta extraño que el Centro Democrático declarara que no se iba a comportar como bancada del Gobierno en el congreso, y que tan solo seis meses después de ganar las elecciones, empezara a buscar candidato presidencial para 2022. No recuerdo ningún otro caso en la historia colombiana contemporánea cuando el partido de gobierno llegara al Congreso con propuestas diferentes de las del jefe del poder ejecutivo.
Salvar el movimiento, poner en crisis al país
Por otra parte, la naturaleza heterogénea y gaseosa de los movimientos populistas hace que su unidad dependa de un factor adicional a la personalidad del jefe carismático: su concentración en la lucha política.
Las diferencias y luchas intestinas no se resuelven porque el jefe lo diga, sino que deben esconderse o contenerse en medio de la disputa con otras fuerzas políticas y con la permanente actualización de quién es el enemigo.
Si, como creo, esta conclusión teórica sobre la naturaleza de los movimientos carismáticos es cierta, tanto Iván Duque como Colombia enfrentarán graves problemas.
Duque representa una pieza más en la disputa interna del uribismo, es decir, el enfrentamiento entre el uribismo “purasangre” –ideológico, radical, antipolítico– y el uribismo de los políticos tradicionales –profesional, moderado, transaccional–.
Uribe sabía que no podía ganar las elecciones con alguno de los purasangres y no confiaba en nadie del segundo, pues dentro de este grupo abundan personajes que, como Santos, tienen el capital relacional y simbólico necesario para independizarse del líder, o aún peor, para “traicionarlo”.
Por eso el líder del uribismo se decidió por Duque, para quien la Presidencia entraña un dilema difícil de resolver, pues debe evitar ser percibido como un títere por la opinión pública, pero al mismo tiempo, debe demostrarle lealtad a su mentor político.
Como el populismo no permite que nadie condicione o limite la decisión del jefe –porque supuestamente encarna la voluntad política del pueblo–, Duque se vio obligado a objetar la Ley Estatutaria de la Jurisdicción Especial para la Paz, lo cual no solo significó un desconocimiento absoluto de la Corte Constitucional como órgano de cierre, sino que abrió un frente de lucha en el Congreso.
Sin lugar a dudas, el Presidente de la República tomó esa decisión para satisfacer a su partido político, restablecer su unidad interna y congraciarse con el jefe, pero al hacerlo abrió pasó a la polarización que tanto esquivó con el silencio y las buenas maneras durante los primeros siete meses de su mandato, remarcando así la línea divisora entre los partidarios de la paz negociada –la única realista– y los defensores de la paz justiciera –imposible, especialmente porque solo busca justicia para un lado–.
Probablemente el ataque al acuerdo de paz representará una galvanización para el uribismo, el cual –como todos los populismos– necesita enemigos, trifulcas y adrenalina. Pero también será un golpe para la estabilidad política del país y, aún más, para la legitimidad del régimen político.
Por inverosímil que parezca, el uribismo es una minoría, la minoría más grande en un país sin mayorías: es minoría en el Congreso y también en la opinión. Si ganó las elecciones no fue por mérito propio, sino porque el país le tuvo más miedo al populismo petrista que al uribista y porque al centro político de Fajardo le faltaron unos centavos para llegar a la segunda vuelta.
Lo cierto es que el pasado 10 de marzo Duque retomó la senda de la desinstitucionalización e hizo que volvieran a sonar los tambores de un conflicto político agrio. Vendrán tres años de desgaste, mil luchas moleculares en octubre y un enfrentamiento duro, muy duro, en 2022.
miércoles, 20 de marzo de 2019
Colombia, así en la guerra como en la paz: Iván Garzón
País de paces
Por Iván Garzón Vallejo
El Espectador, 16.03.19
El Bicentenario de la Independencia nos invita a hacer balances históricos. Y no cabe duda de que Colombia es un país marcado por la guerra. Ese trágico destino ha sido también el terreno sobre el cual se ha desarrollado una larga tradición de negociaciones políticas con los grupos armados (10 desde 1990). Que el país ha hecho la guerra tanto como la paz es la idea principal del ensayo “Colombia. Así en la guerra como en la paz”, de Jorge Giraldo Ramírez (La Huerta Grande), quien lleva décadas estudiando las transformaciones contemporáneas de la guerra civil y de nuestro conflicto armado.
La firma de la paz entre el gobierno Santos y las Farc en 2016 fue, como otras paces, un punto de llegada de una porción significativa de la violencia insurgente. Hoy, dicha firma contrasta con la amenaza para el Estado y la sociedad que siguen representando las bandas criminales recicladas de las otrora organizaciones reinsertadas, así como el Eln, un grupúsculo de insurgentes cuyo bautismo a sangre y fuego en los años sesenta llevó el signo de una fe revolucionaria predicada por el cura Camilo Torres y los cristianos socialistas, y que cinco décadas después deja una estela de terrorismo urbano y atentados contra la infraestructura petrolera y el medio ambiente reivindicados desde Cuba y Venezuela como actos de legítima defensa en el marco del derecho de guerra.
Así las cosas, Colombia sigue siendo un caso excepcional: un país con las instituciones democráticas más antiguas y estables del continente y una tradición civilista que la inmunizó contra golpes de Estado y dictaduras. Pero que, al mismo tiempo, ha padecido una guerra multifronte, cruel, degradada, que ha pervivido gracias al voluntarismo guerrerista de unos insurgentes anacrónicos y desconectados del contexto regional y global, a un clima de opinión que ha oscilado entre el rechazo valeroso de la ciudadanía y sus centenares de sacrificados con un sector de la intelectualidad y las empresas ideológicas que han reproducido incautamente mitos y lugares comunes sobre la misma. Que la guerra es perpetua —lo que desconoce que hemos tenido más períodos de paz que de guerras—, que la guerra es dual —lo cual omite que no ha sido sólo una guerra entre el Estado y la insurgencia, sino entre varios actores— y que los guerrilleros altruistas se alzan en armas para buscar un país mejor, algo insostenible cuando los medios de tal idealismo se entrecruzan con secuestros, narcotráfico y carros bomba.
Las paces en Colombia han sido parciales, consentidas, polémicas e inestables. Y ahora, una paz con el Eln luce improbable. En cualquier caso, han sido difíciles, complejas y fueron el telón de fondo de la política nacional en las últimas cuatro décadas. Y siempre, las paces tuvieron como denominador común una asertiva lectura de los actores estatales y armados del momento político. Unos y otros entendieron que era la hora de silenciar los fusiles, empeñaron su voluntad en ello durante el proceso y mantuvieron sus compromisos en el futuro.
Por Iván Garzón Vallejo
El Espectador, 16.03.19
El Bicentenario de la Independencia nos invita a hacer balances históricos. Y no cabe duda de que Colombia es un país marcado por la guerra. Ese trágico destino ha sido también el terreno sobre el cual se ha desarrollado una larga tradición de negociaciones políticas con los grupos armados (10 desde 1990). Que el país ha hecho la guerra tanto como la paz es la idea principal del ensayo “Colombia. Así en la guerra como en la paz”, de Jorge Giraldo Ramírez (La Huerta Grande), quien lleva décadas estudiando las transformaciones contemporáneas de la guerra civil y de nuestro conflicto armado.
La firma de la paz entre el gobierno Santos y las Farc en 2016 fue, como otras paces, un punto de llegada de una porción significativa de la violencia insurgente. Hoy, dicha firma contrasta con la amenaza para el Estado y la sociedad que siguen representando las bandas criminales recicladas de las otrora organizaciones reinsertadas, así como el Eln, un grupúsculo de insurgentes cuyo bautismo a sangre y fuego en los años sesenta llevó el signo de una fe revolucionaria predicada por el cura Camilo Torres y los cristianos socialistas, y que cinco décadas después deja una estela de terrorismo urbano y atentados contra la infraestructura petrolera y el medio ambiente reivindicados desde Cuba y Venezuela como actos de legítima defensa en el marco del derecho de guerra.
Así las cosas, Colombia sigue siendo un caso excepcional: un país con las instituciones democráticas más antiguas y estables del continente y una tradición civilista que la inmunizó contra golpes de Estado y dictaduras. Pero que, al mismo tiempo, ha padecido una guerra multifronte, cruel, degradada, que ha pervivido gracias al voluntarismo guerrerista de unos insurgentes anacrónicos y desconectados del contexto regional y global, a un clima de opinión que ha oscilado entre el rechazo valeroso de la ciudadanía y sus centenares de sacrificados con un sector de la intelectualidad y las empresas ideológicas que han reproducido incautamente mitos y lugares comunes sobre la misma. Que la guerra es perpetua —lo que desconoce que hemos tenido más períodos de paz que de guerras—, que la guerra es dual —lo cual omite que no ha sido sólo una guerra entre el Estado y la insurgencia, sino entre varios actores— y que los guerrilleros altruistas se alzan en armas para buscar un país mejor, algo insostenible cuando los medios de tal idealismo se entrecruzan con secuestros, narcotráfico y carros bomba.
Las paces en Colombia han sido parciales, consentidas, polémicas e inestables. Y ahora, una paz con el Eln luce improbable. En cualquier caso, han sido difíciles, complejas y fueron el telón de fondo de la política nacional en las últimas cuatro décadas. Y siempre, las paces tuvieron como denominador común una asertiva lectura de los actores estatales y armados del momento político. Unos y otros entendieron que era la hora de silenciar los fusiles, empeñaron su voluntad en ello durante el proceso y mantuvieron sus compromisos en el futuro.
lunes, 18 de marzo de 2019
Bienvenidos al pasado
El presidente Iván Duque cometió varios errores el domingo pasado, no se sabe cuál de todos más peligroso para el país. Primero, desconoció la competencia de la Corte Constitucional al presentar objeciones jurídicas a la Ley Estatutaria sobre la Jurisdicción Especial de Paz. Segundo, dio el paso de atacar el acuerdo de paz con las Farc en el único punto que permanecía incólume, porque los demás fueron incumplidos por el propio Juan Manuel Santos (tierras, circunscripciones especiales y cultivos ilícitos). Tercero, porque se olvidó de que él, Duque, es el Jefe del Estado, representante de todos los colombianos y no solo del Centro Democrático. Cuarto, porque convirtió los 41 meses que le quedan de gobierno en una pista jabonosa, entorpeciendo su propia gestión y poniendo al país entero en una situación de conflicto entre los poderes constituidos, incertidumbre jurídica y polarización política.
Esos errores van, además, en contravía de las promesas que realizó —no como candidato, cuando todo el mundo dice hasta misa— sino como presidente electo el día de la posesión: que no haría trizas el acuerdo, es decir, que lo asumía como un compromiso del Estado colombiano y que buscaría un acuerdo nacional para dejar atrás los procesos divisivos que están corroyendo al país político y a la sociedad colombiana. Duque echó por la borda sus buenas intenciones. El paso que dio el domingo lo titula como un presidente faccioso, que prefirió congraciarse con sus copartidarios más radicales antes que respetar el juramento que hizo el 7 de agosto sobre el texto de la Constitución Política. Se enfrentará a la corte y al congreso, ya está polemizando con Naciones Unidas, agravió a los países que sirvieron de garantes del proceso de paz y proyectará una imagen del régimen político colombiano rayana en la arbitrariedad.
Iván Duque decidió ignorar el compás de espera que le dio la oposición política y el beneficio de la duda que le otorgaron muchos observadores de la política, internos y externos. El domingo pasado olvidó sus preferencias por la economía naranja, el discurso sobre el desarrollo que aprendió en su empleo más significativo (como funcionario del BID) y las invocaciones públicas a su padre, todas mirando hacia adelante. En su discurso del 7 agosto, Duque estaba pensando en el futuro. El discurso del 10 de marzo puso al país a discutir sobre el pasado. Jurídicamente, nos retrotrae a debates que se dieron y se resolvieron en el país en el 2012 y el 2017. Políticamente, nos devuelve a la campaña opaca y ponzoñosa que se dio alrededor del plebiscito del 2 de octubre del 2016. Militarmente, nos devuelve a la “guerra a muerte” de 1813 y borra de un plumazo nuestra histórica tradición de negociaciones que juntó a Laureano Gómez y Alberto Lleras, a Carlos Pizarro y Virgilio Barco.
Bienvenidos al pasado.
El Colombiano, 17 de marzo.
Esos errores van, además, en contravía de las promesas que realizó —no como candidato, cuando todo el mundo dice hasta misa— sino como presidente electo el día de la posesión: que no haría trizas el acuerdo, es decir, que lo asumía como un compromiso del Estado colombiano y que buscaría un acuerdo nacional para dejar atrás los procesos divisivos que están corroyendo al país político y a la sociedad colombiana. Duque echó por la borda sus buenas intenciones. El paso que dio el domingo lo titula como un presidente faccioso, que prefirió congraciarse con sus copartidarios más radicales antes que respetar el juramento que hizo el 7 de agosto sobre el texto de la Constitución Política. Se enfrentará a la corte y al congreso, ya está polemizando con Naciones Unidas, agravió a los países que sirvieron de garantes del proceso de paz y proyectará una imagen del régimen político colombiano rayana en la arbitrariedad.
Iván Duque decidió ignorar el compás de espera que le dio la oposición política y el beneficio de la duda que le otorgaron muchos observadores de la política, internos y externos. El domingo pasado olvidó sus preferencias por la economía naranja, el discurso sobre el desarrollo que aprendió en su empleo más significativo (como funcionario del BID) y las invocaciones públicas a su padre, todas mirando hacia adelante. En su discurso del 7 agosto, Duque estaba pensando en el futuro. El discurso del 10 de marzo puso al país a discutir sobre el pasado. Jurídicamente, nos retrotrae a debates que se dieron y se resolvieron en el país en el 2012 y el 2017. Políticamente, nos devuelve a la campaña opaca y ponzoñosa que se dio alrededor del plebiscito del 2 de octubre del 2016. Militarmente, nos devuelve a la “guerra a muerte” de 1813 y borra de un plumazo nuestra histórica tradición de negociaciones que juntó a Laureano Gómez y Alberto Lleras, a Carlos Pizarro y Virgilio Barco.
Bienvenidos al pasado.
El Colombiano, 17 de marzo.
lunes, 11 de marzo de 2019
País crocs
El proceso administrativo de la Superintendencia de Sociedades por el supuesto plagio de una marca extranjera me llevó a pensar en la forma en como una visión esquemática y simple de la sociedad colombiana puede reproducirse hasta en los zapatos. Del ruido generado quedaron claras varias cosas. La primera es que hay tres tipos de crocs: los del —digamos— 5% de los colombianos que pagan entre 80 y 200 mil pesos por un par de zuecos gringos; los del 45% que se pueden pagar los 40 o 50 mil pesos que cuestan las sandalias que hacen en Cali; los del otro 50% de compatriotas que por 10 o, máximo, 15 mil se compran sus arrastraderas — como les decíamos antiguamente— hechas en el Extremo Oriente. Las palabras importan; los que pagan 200 mil nunca les dirán arrastraderas a sus prendas.
La segunda cosa que quedó clara es que hay dos mundos jurídicos en el país. La mitad de la población, que compra crocs gringos y caleños, vive en un mundo repleto de leyes nacionales e internacionales, reglamentos administrativos y sorprendentes normas desconocidas, que incluyen las circulares de la Ocde, las advertencias de Undoc, las guías de calidad y sostenibilidad y los artículos de las tres generaciones de derechos humanos. La otra mitad, la que compra crocs chinos, vive en un mundo sin ley. La chancla se produce en condiciones poco conocidas y verificadas, entra de contrabando (no por la selva sino por los puertos y aeropuertos), no paga impuestos y, en muchos casos, el local lo paga el Estado por la simple razón de que es la calle misma. El primer mundo jurídico es el de las cortes, el resto del sistema judicial y los buenos abogados. El segundo pertenece a los malos abogados, la corrupción, el clientelismo y el crimen organizado.
Una tercera conclusión es que existen tres mundos productivos en el país. Los que usan crocs gringos no la tienen fácil, pero su actividad es factible y lucrativa aunque resulte costosa; cada licencia, permiso, papel, cuesta mucho trabajo, mucho dinero y mucha palanca, pero al fin las cosas salen. Los de crocs chinos viven en una libertad absoluta desde la perspectiva del Estado; ponen caspete donde sea, no pagan impuestos, la mayoría ni siquiera servicios y no tienen que cumplir normas laborales o sanitarias. Practican el saber informal y sufren las arbitrariedades del crimen. A los de los crocs caleños les toca una epopeya cotidiana. Hacer empresa con las normas europeas y trabajar con los recursos de la clase media colombiana, con deudas, sin organización y sin influencia.
Jorge Alberto Naranjo: mi mensaje de condolencia a los familiares y amigos cercanos del profesor y escritor de la Universidad Nacional en Medellín, compañero fugaz en algunas tareas (recuerdo su lectura apasionada de “El dieciocho Brumario”, en 1998).
El Colombiano, 10 de marzo
La segunda cosa que quedó clara es que hay dos mundos jurídicos en el país. La mitad de la población, que compra crocs gringos y caleños, vive en un mundo repleto de leyes nacionales e internacionales, reglamentos administrativos y sorprendentes normas desconocidas, que incluyen las circulares de la Ocde, las advertencias de Undoc, las guías de calidad y sostenibilidad y los artículos de las tres generaciones de derechos humanos. La otra mitad, la que compra crocs chinos, vive en un mundo sin ley. La chancla se produce en condiciones poco conocidas y verificadas, entra de contrabando (no por la selva sino por los puertos y aeropuertos), no paga impuestos y, en muchos casos, el local lo paga el Estado por la simple razón de que es la calle misma. El primer mundo jurídico es el de las cortes, el resto del sistema judicial y los buenos abogados. El segundo pertenece a los malos abogados, la corrupción, el clientelismo y el crimen organizado.
Una tercera conclusión es que existen tres mundos productivos en el país. Los que usan crocs gringos no la tienen fácil, pero su actividad es factible y lucrativa aunque resulte costosa; cada licencia, permiso, papel, cuesta mucho trabajo, mucho dinero y mucha palanca, pero al fin las cosas salen. Los de crocs chinos viven en una libertad absoluta desde la perspectiva del Estado; ponen caspete donde sea, no pagan impuestos, la mayoría ni siquiera servicios y no tienen que cumplir normas laborales o sanitarias. Practican el saber informal y sufren las arbitrariedades del crimen. A los de los crocs caleños les toca una epopeya cotidiana. Hacer empresa con las normas europeas y trabajar con los recursos de la clase media colombiana, con deudas, sin organización y sin influencia.
Jorge Alberto Naranjo: mi mensaje de condolencia a los familiares y amigos cercanos del profesor y escritor de la Universidad Nacional en Medellín, compañero fugaz en algunas tareas (recuerdo su lectura apasionada de “El dieciocho Brumario”, en 1998).
El Colombiano, 10 de marzo
jueves, 7 de marzo de 2019
Almas puras
Mónaco es ese estado estrambótico que las potencias europeas dejaron sobrevivir para tener una vía de escape. Escape de la rutina laboral, las cargas impositivas, la regulación de la vida cotidiana. Una especie de cuarto útil, zona de tolerancia, circo permanente, paraíso fiscal. Mónaco era Disneylandia cuando a Walt Disney no se le había ocurrido hacer su primer parque de atracciones. De todas las ciudades de la costa mediterránea norte es la única a la que no se atreven a llegar las balsas de migrantes africanos y asiáticos conducidas por las mafias internacionales de trata de personas o remolcadas por los organismos humanitarios. Mónaco no se toca. Ni la tocan el crimen, la pobreza y el terrorismo que sufren la vecina Niza, o la no tan lejana Marsella. Interpol, el Estado Islámico, las ONG, todos respetan la inmunidad de Mónaco.
Por qué Pablo Escobar se obsesionó con el nombre de Mónaco, no se sabe. Tampoco si fue solo con él o también con el Gran Premio de Montecarlo (fue automovilista de fórmula con Gustavo Gaviria), o con su consumo de lujo, no se sabe. Los biógrafos de todo tipo que se han acercado a la figura del capo han ignorado ese detalle; como si no importara o como si no existiera. Y es que cuando El patrón le puso ese nombre a la residencia que se hizo construir en El Poblado (bajo la dirección de Gabriel Londoño White), se estaba quedando con un premio de consolación. Su ambición era más grande que ese edificio que, para lo que se ve en estos tiempos, lucía modesto.
Pablo Escobar quería otro Mónaco: Envigado. Transcurrida casi una década de hegemonía absoluta en el municipio, después de haber sido concejal y representante a la Cámara, después de haber representado al Partido Liberal en un congreso de la internacional socialista en España, antes de su salto grande al fútbol y a los brazos de Virginia Vallejo, ordenó una presentación oficial de su Mónaco. Pusieron una valla gigante en la glorieta que hoy se llama Fundadores y a la cual los envigadeños le decían Peldar o, más antiguamente, La Estación. “Envigado, el Mónaco colombiano”, decía. En el separador de la Avenida Las Vegas —entre la glorieta y la quebrada La Ayurá— se sembraron decenas de arbustos de coca.
La revista Semana hizo resonar el nuevo apelativo de Envigado. El 24 de agosto de 1987 tituló un artículo así, “Envigado: el Mónaco colombiano”. Con mucha ingenuidad asoció el nombre con los indicadores de calidad de vida, que eran los mejores del país, a pesar de que el principado nunca tuvo figuración en esos ránquines mundiales. El periodista constata, eso sí, que allí “transitan carros que sólo pueden verse, quizás, en esas capitales mundiales del automóvil como Turín o Stuttgart”, “personas que cargan colgandejos de oro” y que hay casas que son como fortalezas.
Poco después desaparecieron la valla y las matas de coca —remplazados por publicidad del alcalde y mangos y chiminangos— y aparecieron las masacres y los carrobombas. Uno de ellos, en enero de 1988, explotó en el Edificio Mónaco. Lo puso el cartel de Cali y había contado con la protección de Fidel Castaño, que vivía en Montecasino, siete cuadras hacia el sur. En el 2000 lo atacaron de nuevo, al parecer, porque lo iba a ocupar la fiscalía.
El sueño de Pablo Escobar de hacer de su Envigado el Mónaco latinoamericano quedó en suspenso. Pero en Medellín y buena parte del valle de Aburrá, se volvieron ubicuos los carros de lujo, las gentes “embambadas” y las fortalezas residenciales —cada vez más arriba pero también más visibles— que sorprendieron al periodista de Semana hace 32 años. También los casinos, las modelos, el turismo sexual, la coca a domicilio, la fiesta cotidiana que pueden hacer los que viven de la renta y no tienen obligaciones laborales, como tal vez se viva en el principado. Un año después del artículo de Semana el alcalde de Nueva York, Edward Koch, propuso bombardear a Medellín. Era entendible, Koch había sufrido un derrame cerebral hacía unos meses.
De esto debe haberse enterado el escritor Fernando Vallejo, de ese panorama que a sus ojos de puritano atormentado le debía parecer una nueva Sodoma. A Vallejo no se le ocurrió que el mal estuviera confinado en una caja de concreto de unos cuantos pisos de altura; el mal había infectado a toda la ciudad y a todas sus gentes. La cura tenía que ser radical. Que bombardeen a Medellín, pidió cuando llegaba el milenio.
Universo Centro, 104
Por qué Pablo Escobar se obsesionó con el nombre de Mónaco, no se sabe. Tampoco si fue solo con él o también con el Gran Premio de Montecarlo (fue automovilista de fórmula con Gustavo Gaviria), o con su consumo de lujo, no se sabe. Los biógrafos de todo tipo que se han acercado a la figura del capo han ignorado ese detalle; como si no importara o como si no existiera. Y es que cuando El patrón le puso ese nombre a la residencia que se hizo construir en El Poblado (bajo la dirección de Gabriel Londoño White), se estaba quedando con un premio de consolación. Su ambición era más grande que ese edificio que, para lo que se ve en estos tiempos, lucía modesto.
Pablo Escobar quería otro Mónaco: Envigado. Transcurrida casi una década de hegemonía absoluta en el municipio, después de haber sido concejal y representante a la Cámara, después de haber representado al Partido Liberal en un congreso de la internacional socialista en España, antes de su salto grande al fútbol y a los brazos de Virginia Vallejo, ordenó una presentación oficial de su Mónaco. Pusieron una valla gigante en la glorieta que hoy se llama Fundadores y a la cual los envigadeños le decían Peldar o, más antiguamente, La Estación. “Envigado, el Mónaco colombiano”, decía. En el separador de la Avenida Las Vegas —entre la glorieta y la quebrada La Ayurá— se sembraron decenas de arbustos de coca.
La revista Semana hizo resonar el nuevo apelativo de Envigado. El 24 de agosto de 1987 tituló un artículo así, “Envigado: el Mónaco colombiano”. Con mucha ingenuidad asoció el nombre con los indicadores de calidad de vida, que eran los mejores del país, a pesar de que el principado nunca tuvo figuración en esos ránquines mundiales. El periodista constata, eso sí, que allí “transitan carros que sólo pueden verse, quizás, en esas capitales mundiales del automóvil como Turín o Stuttgart”, “personas que cargan colgandejos de oro” y que hay casas que son como fortalezas.
Poco después desaparecieron la valla y las matas de coca —remplazados por publicidad del alcalde y mangos y chiminangos— y aparecieron las masacres y los carrobombas. Uno de ellos, en enero de 1988, explotó en el Edificio Mónaco. Lo puso el cartel de Cali y había contado con la protección de Fidel Castaño, que vivía en Montecasino, siete cuadras hacia el sur. En el 2000 lo atacaron de nuevo, al parecer, porque lo iba a ocupar la fiscalía.
El sueño de Pablo Escobar de hacer de su Envigado el Mónaco latinoamericano quedó en suspenso. Pero en Medellín y buena parte del valle de Aburrá, se volvieron ubicuos los carros de lujo, las gentes “embambadas” y las fortalezas residenciales —cada vez más arriba pero también más visibles— que sorprendieron al periodista de Semana hace 32 años. También los casinos, las modelos, el turismo sexual, la coca a domicilio, la fiesta cotidiana que pueden hacer los que viven de la renta y no tienen obligaciones laborales, como tal vez se viva en el principado. Un año después del artículo de Semana el alcalde de Nueva York, Edward Koch, propuso bombardear a Medellín. Era entendible, Koch había sufrido un derrame cerebral hacía unos meses.
De esto debe haberse enterado el escritor Fernando Vallejo, de ese panorama que a sus ojos de puritano atormentado le debía parecer una nueva Sodoma. A Vallejo no se le ocurrió que el mal estuviera confinado en una caja de concreto de unos cuantos pisos de altura; el mal había infectado a toda la ciudad y a todas sus gentes. La cura tenía que ser radical. Que bombardeen a Medellín, pidió cuando llegaba el milenio.
Universo Centro, 104
lunes, 4 de marzo de 2019
Rusia
La complejidad del mundo contemporáneo hace imposible encontrar un único punto generador de los inesperados acontecimientos que dieron al traste con la ilusión liberal cosmopolita que se generó en 1989 y que marcaron el fin de una época y el comienzo de otra. Pero si hay un punto que articula gran parte de los hechos políticos —especifiquémoslo— ese tiene nombre propio: Rusia. No es la desigualdad de Piketty, ni las redes sociales de muchos otros, ni la crisis económica del 2008.
Así se podría sintetizar la tesis del libro más reciente de Timothy Snyder, un historiador británico, tal vez el mayor experto académico en temas de Europa oriental, autor del celebrado Tierras de sangre (2011) y del menos comentado pero más necesario Sobre la tiranía (2017). Todos los objetivos políticos que Rusia se ha propuesto en las dos décadas que llevamos del siglo XXI los ha coronado. La división de Ucrania, el Brexit, la elección de Donald Trump, el sostenimiento de Bashar Al Asad en Siria. Si Nicolás Maduro no cae rápido o se queda indefinidamente no será debido a la acción de Cuba, será por el respaldo ruso. Por supuesto, las líneas globales que diagnosticó Carl Schmitt hace setenta años siguen existiendo; una cosa es el Medio Oriente y otra Suramérica.
Para ganar tantas batallas, los rusos han tenido que disparar poco. Estados Unidos, en cambio, ha disparado mucho y allí donde lo ha hecho ha perdido; o al menos no ha ganado, que para el caso es lo mismo. Libia, Irak, Afganistán, Siria. Esto lo recordó hace poco John Keane (El País, 26.02.19). Una conclusión probable sería que en tiempos posmodernos vale más un espía como presidente dirigiendo un puñado de piratas informáticos que un especulador de bienes raíces al mando del ejército más poderoso del mundo. Ejemplo de ello, son los servicios involuntarios que Facebook y Twitter le prestaron a los rusos y a la candidatura de Donald Trump; y el papel estratégico que Wikileaks ha jugado dentro del plan ruso. No me extrañaría que Julian Assange —elevado a los altares hace una década por Daniel Samper Pizano— resulte ser un agente de Putin (aunque tampoco hace falta).
El libro de Snyder se titula El camino hacia la no libertad (2018) y me caben pocas dudas de que es una evocación del clásico de Friedrich Hayek Camino de servidumbre que denunciaba los sucedáneos del totalitarismo. De nuevo, como hace 80 años se trata más de la lucha por las mentes y por los corazones que por los recursos.
Helí Ramírez: Murió el poeta sin los castigos que la corrección política, de ser culta, le hubiera propinado. Esconderé sus libros y releeré sus poemas mentalmente, no sea que me acusen de incitación a la violencia, pederastia, violación, malicia en la mirada o gestos indebidos.
El Colombiano, 3 de marzo
Así se podría sintetizar la tesis del libro más reciente de Timothy Snyder, un historiador británico, tal vez el mayor experto académico en temas de Europa oriental, autor del celebrado Tierras de sangre (2011) y del menos comentado pero más necesario Sobre la tiranía (2017). Todos los objetivos políticos que Rusia se ha propuesto en las dos décadas que llevamos del siglo XXI los ha coronado. La división de Ucrania, el Brexit, la elección de Donald Trump, el sostenimiento de Bashar Al Asad en Siria. Si Nicolás Maduro no cae rápido o se queda indefinidamente no será debido a la acción de Cuba, será por el respaldo ruso. Por supuesto, las líneas globales que diagnosticó Carl Schmitt hace setenta años siguen existiendo; una cosa es el Medio Oriente y otra Suramérica.
Para ganar tantas batallas, los rusos han tenido que disparar poco. Estados Unidos, en cambio, ha disparado mucho y allí donde lo ha hecho ha perdido; o al menos no ha ganado, que para el caso es lo mismo. Libia, Irak, Afganistán, Siria. Esto lo recordó hace poco John Keane (El País, 26.02.19). Una conclusión probable sería que en tiempos posmodernos vale más un espía como presidente dirigiendo un puñado de piratas informáticos que un especulador de bienes raíces al mando del ejército más poderoso del mundo. Ejemplo de ello, son los servicios involuntarios que Facebook y Twitter le prestaron a los rusos y a la candidatura de Donald Trump; y el papel estratégico que Wikileaks ha jugado dentro del plan ruso. No me extrañaría que Julian Assange —elevado a los altares hace una década por Daniel Samper Pizano— resulte ser un agente de Putin (aunque tampoco hace falta).
El libro de Snyder se titula El camino hacia la no libertad (2018) y me caben pocas dudas de que es una evocación del clásico de Friedrich Hayek Camino de servidumbre que denunciaba los sucedáneos del totalitarismo. De nuevo, como hace 80 años se trata más de la lucha por las mentes y por los corazones que por los recursos.
Helí Ramírez: Murió el poeta sin los castigos que la corrección política, de ser culta, le hubiera propinado. Esconderé sus libros y releeré sus poemas mentalmente, no sea que me acusen de incitación a la violencia, pederastia, violación, malicia en la mirada o gestos indebidos.
El Colombiano, 3 de marzo
martes, 26 de febrero de 2019
Devaneo sobre la traición
Agoniza Ernesto Cardenal, el poeta nicaragüense que se hizo sacerdote y vivió aquí, en el seminario de La Ceja. Las agencias de prensa informan exhibiendo una foto del momento en que Juan Pablo II lo amonesta en el aeropuerto de Managua mientras Cardenal está de rodillas, feliz de ver al papa. Wojtyla —el más político de los papas— lo castigó por haber apoyado la revolución nicaragüense —la más católica de las revoluciones. (Francisco acaba de rehabilitarlo.) Desde hace años, el sátrapa Ortega condenó al cura poeta por haber traicionado su régimen.
Traidor y traicionado Cardenal, como Judas, el más interesante de los personajes de La última cena. A él dedicó su última novela Amos Oz, en un juego de tres historias. El escritor israelí había dicho: “Me han llamado muchas veces traidor pero para mí es una muestra de excelencia”. Su reivindicación de Judas está a medio camino entre la ópera rock de Tim Rice (solo obedecía a un plan divino) y la interpretación de John Donne (que, según Borges, lo absuelve porque la crucifixión fue suicidio).
La descollante pensadora alemana de origen judío Hannah Arendt padeció el estigma de la traición porque se atrevió concluir que el nazi Adolf Eichman era un personaje anodino que no mostraba una maldad personal sino fidelidad burocrática. Sus amigos cercanos le dieron la espalda, como se ve en la película de Margarethe von Trotta (2012) y como se nota en los juicios que dieron sobre ella intelectuales judíos de la talla de Berlin, Hobsbawm o Steiner.
El pensador marxista italiano Antonio Negri, preso durante varios años por presuntos lazos con el terrorismo, confesó, en 2006, que a su retorno a Francia como conferencista a sus 71 años había sido recibido por los estudiantes radicales de París en medio de gritos e insultos que lo tildaban de vendido y traidor, rabia que aumentó cuando pidió votar por otro Sí al proyecto europeo. Negri no se enorgulleció de la situación, le pareció extraña y vulgar (La fábrica de porcelana, 2008).
Cuando Cardenal vino a Colombia había acabado de traducir, con su compatriota José Coronel Urtecho, unos poemas de Ezra Pound. Este, como se sabe, había sido condenado por el gobierno de Estados Unidos por el delito de traición debido a su apoyo al régimen de Benito Mussolini durante la guerra. Cardenal calificó la postura de Pound como crimen, en una frase, y dedicó el resto de su prólogo a elogiar en Pound no solo al poeta sino al pensador social. Nada de enterrar a la persona con alguno de sus malos actos.
En un pasaje de El camino de Ida, Ricardo Piglia se pregunta si la traición puede ser elogiada. Mi punto es: ¿Por qué la traición no tiene derecho a la palabra y a la lealtad no se le pide justificación?
El Colombiano, 24 de febrero
Traidor y traicionado Cardenal, como Judas, el más interesante de los personajes de La última cena. A él dedicó su última novela Amos Oz, en un juego de tres historias. El escritor israelí había dicho: “Me han llamado muchas veces traidor pero para mí es una muestra de excelencia”. Su reivindicación de Judas está a medio camino entre la ópera rock de Tim Rice (solo obedecía a un plan divino) y la interpretación de John Donne (que, según Borges, lo absuelve porque la crucifixión fue suicidio).
La descollante pensadora alemana de origen judío Hannah Arendt padeció el estigma de la traición porque se atrevió concluir que el nazi Adolf Eichman era un personaje anodino que no mostraba una maldad personal sino fidelidad burocrática. Sus amigos cercanos le dieron la espalda, como se ve en la película de Margarethe von Trotta (2012) y como se nota en los juicios que dieron sobre ella intelectuales judíos de la talla de Berlin, Hobsbawm o Steiner.
El pensador marxista italiano Antonio Negri, preso durante varios años por presuntos lazos con el terrorismo, confesó, en 2006, que a su retorno a Francia como conferencista a sus 71 años había sido recibido por los estudiantes radicales de París en medio de gritos e insultos que lo tildaban de vendido y traidor, rabia que aumentó cuando pidió votar por otro Sí al proyecto europeo. Negri no se enorgulleció de la situación, le pareció extraña y vulgar (La fábrica de porcelana, 2008).
Cuando Cardenal vino a Colombia había acabado de traducir, con su compatriota José Coronel Urtecho, unos poemas de Ezra Pound. Este, como se sabe, había sido condenado por el gobierno de Estados Unidos por el delito de traición debido a su apoyo al régimen de Benito Mussolini durante la guerra. Cardenal calificó la postura de Pound como crimen, en una frase, y dedicó el resto de su prólogo a elogiar en Pound no solo al poeta sino al pensador social. Nada de enterrar a la persona con alguno de sus malos actos.
En un pasaje de El camino de Ida, Ricardo Piglia se pregunta si la traición puede ser elogiada. Mi punto es: ¿Por qué la traición no tiene derecho a la palabra y a la lealtad no se le pide justificación?
El Colombiano, 24 de febrero
lunes, 18 de febrero de 2019
Sentimientos encontrados
Uno quiere acceder de forma directa a una información verosímil e independiente sobre lo que pasa en su país, pero cuando los grandes medios impresos caen en manos de los grupos económicos las opciones se reducen. El Grupo Gilinski acaba de cerrar el cerco sobre los medios bogotanos con la compra de Publicaciones Semana. (El Tiempo, de Luis Carlos Sarmiento, convirtió a los ministros en columnistas.) Solo nos queda la prensa escrita regional, con sus limitaciones y alcances. Tener una información calificada será más arduo y requerirá más trabajo.
El asesinato de Fabio Legarda, el entretenedor juvenil, pone entre los palos todas las ideas primitivas de la seguridad: una víctima de un asalto mata a un transeúnte, tratando de matar al agresor. Las lógicas binarias también han muerto: un “buen tipo”, cargando millones de pesos en efectivo y una pistola nueve milímetros, asesina a un “buen hombre”. ¿No son, pues, los malos los que matan? No en Medellín, ni en Colombia. Es verdad a medias, o sea una falsedad. ¿Y quién se preocupó por la vida del ladrón? ¿Existe la pena de muerte por defecto? ¿En qué quedarán las restricciones al porte de armas?
Desde que vimos –hace tres décadas– a Bernard Hinault circulando por la Avenida El Poblado no teníamos una superestrella del ciclismo en competencia en la región. Coincide el Tour Colombia con el apogeo del ciclismo nacional y de la manía (casi adicción) por la bicicleta. Tanta alegría que nadie se queja por la incomodidad enorme en un país donde se tiene que competir en vías primarias. Pesar, sí, de ver a estos atletas hiperventilándose en momentos en los que las ocho principales estaciones pintan el aire con alerta naranja. Hiperventilándose y tragando partículas por doquier.
La libertad de que disponemos para opinar, controvertir y criticar –al alcance de todos, no solo de los columnistas– se retuerce cuando se usa para la calumnia, como le acaba de ocurrir a Ana Cristina Restrepo. Muy lamentable que un pulgar rápido obturado por una mente ligera se desmande en acusaciones y peor que un colega, en este caso Raúl Tamayo, salga a divulgarr infundios. Es función de la prensa mejorar la calidad de las discusiones, sin importar la audiencia que tenga el periodista.
De un lado, EPM, patrimonio público de todos los antioqueños y colombianos, y de Hidroituango, el mayor proyecto hidroeléctrico en la historia del país, pero apenas el noveno en tamaño en Suramérica. También la falibilidad humana. Del otro, la soberbia ingenieril, la parcialidad en el análisis, la pasión triste del resentimiento y el oportunismo político de los activistas del populismo y los adversarios del interés público, como el gobernador de Antioquia,
De un lado, el Medellín que somos, desde hace un siglo y un lustro, la camiseta y sus hinchas; del otro, los demás.
El Colombiano, 17 de febrero
El asesinato de Fabio Legarda, el entretenedor juvenil, pone entre los palos todas las ideas primitivas de la seguridad: una víctima de un asalto mata a un transeúnte, tratando de matar al agresor. Las lógicas binarias también han muerto: un “buen tipo”, cargando millones de pesos en efectivo y una pistola nueve milímetros, asesina a un “buen hombre”. ¿No son, pues, los malos los que matan? No en Medellín, ni en Colombia. Es verdad a medias, o sea una falsedad. ¿Y quién se preocupó por la vida del ladrón? ¿Existe la pena de muerte por defecto? ¿En qué quedarán las restricciones al porte de armas?
Desde que vimos –hace tres décadas– a Bernard Hinault circulando por la Avenida El Poblado no teníamos una superestrella del ciclismo en competencia en la región. Coincide el Tour Colombia con el apogeo del ciclismo nacional y de la manía (casi adicción) por la bicicleta. Tanta alegría que nadie se queja por la incomodidad enorme en un país donde se tiene que competir en vías primarias. Pesar, sí, de ver a estos atletas hiperventilándose en momentos en los que las ocho principales estaciones pintan el aire con alerta naranja. Hiperventilándose y tragando partículas por doquier.
La libertad de que disponemos para opinar, controvertir y criticar –al alcance de todos, no solo de los columnistas– se retuerce cuando se usa para la calumnia, como le acaba de ocurrir a Ana Cristina Restrepo. Muy lamentable que un pulgar rápido obturado por una mente ligera se desmande en acusaciones y peor que un colega, en este caso Raúl Tamayo, salga a divulgarr infundios. Es función de la prensa mejorar la calidad de las discusiones, sin importar la audiencia que tenga el periodista.
De un lado, EPM, patrimonio público de todos los antioqueños y colombianos, y de Hidroituango, el mayor proyecto hidroeléctrico en la historia del país, pero apenas el noveno en tamaño en Suramérica. También la falibilidad humana. Del otro, la soberbia ingenieril, la parcialidad en el análisis, la pasión triste del resentimiento y el oportunismo político de los activistas del populismo y los adversarios del interés público, como el gobernador de Antioquia,
De un lado, el Medellín que somos, desde hace un siglo y un lustro, la camiseta y sus hinchas; del otro, los demás.
El Colombiano, 17 de febrero
lunes, 11 de febrero de 2019
Nosotros y ellos
Dos documentales han generado escozor nacional en los últimos meses; el uno con alharaca y el otro con mutismo. Se trata de La negociación de Margarita Martínez y The Smiling Lombana de Daniela Abad. El primero sobre el proceso de diálogos entre el gobierno y las Farc y el segundo sobre la vida de Tito Lombana, a quien cierto lenguaje le llamaría hoy emprendedor. Ambos pueden considerarse escandalosos, pero son distintos en el motivo de escándalo.
La histeria —ya tan habitual en Colombia— que produjo La negociación se debe a la clara diferenciación política entre las Farc y el resto de la sociedad colombiana. Cierto es que algunos pequeños sectores de la izquierda sonámbula mantuvieron una confusión visceral, a pesar de rechazar racionalmente la violencia. Pero desde hace mucho tiempo, al menos desde 1991 y con más veras después de 2008, el asunto con las Farc era entre ellos y nosotros, como suele suceder en los momentos de expresión más nítida de lo político.
Con The Smiling Lombana no pasa lo mismo. No porque el narcotráfico no sea un crimen de consecuencias atroces y masivas, en particular en el sur global. Detestamos al Pablo Escobar del periodo 1984-1993, así como nos parecía admirable antes y como nos parecen tolerables sus sucesores en el fútbol, la farándula, los negocios y la política… también en el edificio o en la unidad residencial. Detestamos a Escobar cuando demarcó la línea de enemistad entre él y nosotros.
Pero Lombana y todos los émulos que tiene en Colombia no nos plantean un problema político. Lombana no es otro extraño, no amenaza nuestra existencia ni nuestro modo de vida. Al contrario, la existencia nuestra es como la de él y su modo de vida es el que quisiéramos tener (muchos lo lograron: casa en las lomas, decoración costosa, autos de lujo, vida social exclusiva, celebración cotidiana).
Lombana no solo se lucró del dinero de los narcos sino también del tráfico, es cierto, pero ese es un matiz que no cambia el núcleo del problema. Este consiste en que mientras casi todos los colombianos sienten a los guerrilleros como infrahumanos o monstruos, millones de colombianos vemos a los narcotraficantes como a un próximo: familiares, amigos o vecinos; clientes, proveedores o socios; patrocinadores o mecenas. La cadena del narcotráfico es larga y va desde la fiesta casi inocente hasta el sicario pasando por el blanqueo de dinero. Lombana era sonriente, festivo, cálido; lo contrario de cualquier comandante.
Se puede demoler el Edificio Mónaco, pero mientras haya tantas ganas de dinero rápido en el espíritu, tanta ansiedad por el estatus en la mente, tanto desprecio por la ley en el corazón, será difícil romper con la herencia del narcotráfico. Los narcos son el gran rompecabezas colombiano porque no son un ellos, son parte del nosotros.
El Colombiano, 10 de febrero
La histeria —ya tan habitual en Colombia— que produjo La negociación se debe a la clara diferenciación política entre las Farc y el resto de la sociedad colombiana. Cierto es que algunos pequeños sectores de la izquierda sonámbula mantuvieron una confusión visceral, a pesar de rechazar racionalmente la violencia. Pero desde hace mucho tiempo, al menos desde 1991 y con más veras después de 2008, el asunto con las Farc era entre ellos y nosotros, como suele suceder en los momentos de expresión más nítida de lo político.
Con The Smiling Lombana no pasa lo mismo. No porque el narcotráfico no sea un crimen de consecuencias atroces y masivas, en particular en el sur global. Detestamos al Pablo Escobar del periodo 1984-1993, así como nos parecía admirable antes y como nos parecen tolerables sus sucesores en el fútbol, la farándula, los negocios y la política… también en el edificio o en la unidad residencial. Detestamos a Escobar cuando demarcó la línea de enemistad entre él y nosotros.
Pero Lombana y todos los émulos que tiene en Colombia no nos plantean un problema político. Lombana no es otro extraño, no amenaza nuestra existencia ni nuestro modo de vida. Al contrario, la existencia nuestra es como la de él y su modo de vida es el que quisiéramos tener (muchos lo lograron: casa en las lomas, decoración costosa, autos de lujo, vida social exclusiva, celebración cotidiana).
Lombana no solo se lucró del dinero de los narcos sino también del tráfico, es cierto, pero ese es un matiz que no cambia el núcleo del problema. Este consiste en que mientras casi todos los colombianos sienten a los guerrilleros como infrahumanos o monstruos, millones de colombianos vemos a los narcotraficantes como a un próximo: familiares, amigos o vecinos; clientes, proveedores o socios; patrocinadores o mecenas. La cadena del narcotráfico es larga y va desde la fiesta casi inocente hasta el sicario pasando por el blanqueo de dinero. Lombana era sonriente, festivo, cálido; lo contrario de cualquier comandante.
Se puede demoler el Edificio Mónaco, pero mientras haya tantas ganas de dinero rápido en el espíritu, tanta ansiedad por el estatus en la mente, tanto desprecio por la ley en el corazón, será difícil romper con la herencia del narcotráfico. Los narcos son el gran rompecabezas colombiano porque no son un ellos, son parte del nosotros.
El Colombiano, 10 de febrero
jueves, 7 de febrero de 2019
lunes, 4 de febrero de 2019
Proteger y castigar
La jefe de la Dirección Especializada contra el Crimen Organizado de la Fiscalía General Claudia Carrasquilla, valiente y célebre, habló hace poco sobre el incremento del homicidio en Medellín. Cito in extenso: “La mayoría de las víctimas tenían antecedentes delictivos, lo que no quiere decir que en la ciudad no ocurren homicidios por otras circunstancias. Muchas de las muertes son producto de las confrontaciones, pero también, obviamente, pierden la vida muchas personas que nada tienen que ver en el conflicto, y eso hay que dejarlo muy claro” (“Medellín no es la ciudad más mafiosa de Colombia”, El Tiempo, 29.01.19).
Este es un concepto repetido en los últimos meses por las autoridades civiles y policiales de la ciudad. La afirmación contiene algunas ligerezas y un grano de verdad. El grano de verdad está dado por el hecho de que los golpes a los mandos de algunas redes criminales a veces –no siempre– generan una inestabilidad operativa que conduce al incremento de los asesinatos entre sus miembros. En el caso particular de Medellín, 2017 y 2018, parece ser cierto. Recuérdese que la extradición de Diego Fernando Murillo desató una guerra entre sus secuaces y elevó el homicidio en 2009.
Hasta aquí estamos en medio de una conversación técnica, sin mayores alcances políticos ni morales. Lo que no me acaba de cuadrar son, precisamente, las aristas políticas y morales de este tipo de expresiones. Ellas no se pueden dejar en el aire, apenas supuestas o implícitas, menos en un país donde “la ausencia de un frente común contra la violencia y el terrorismo ha sido notable en Colombia por muchos años” (Eduardo Posada Carbó, “La muy esquiva unidad nacional”, El Tiempo, 24.01.30).
La faceta política del asunto se expresa en los dos verbos que conforman el título de esta columna: proteger y castigar. La función del Estado es proteger la vida de los ciudadanos y, en los países donde no existe la pena de muerte, este mandato incluye la protección de la vida de los malos ciudadanos. En palabras de la fiscal, aquellos con “antecedentes delictivos”. La protección de la vida es un derecho fundamental y parte de los valores del Estado; el castigo no. Nadie debería dejar la sensación de que está invirtiendo la lógica de las cosas, menoscabando la protección por el afán de castigar.
La faceta moral tiene que ver con dos verbos que hacen parte de una discusión clásica: explicar y justificar. Nadie debe permanecer impávido ante el incremento del homicidio, menos aun cuando Medellín y Antioquia pasaron a ser contribuyentes del aumento nacional. Las muertes de personas que no tienen nada que ver con el crimen organizado no son daños colaterales de ninguna guerra justa, como tampoco son santos los cientos de victimarios sin filiación criminal.
El Colombiano, 3 de febrero
Este es un concepto repetido en los últimos meses por las autoridades civiles y policiales de la ciudad. La afirmación contiene algunas ligerezas y un grano de verdad. El grano de verdad está dado por el hecho de que los golpes a los mandos de algunas redes criminales a veces –no siempre– generan una inestabilidad operativa que conduce al incremento de los asesinatos entre sus miembros. En el caso particular de Medellín, 2017 y 2018, parece ser cierto. Recuérdese que la extradición de Diego Fernando Murillo desató una guerra entre sus secuaces y elevó el homicidio en 2009.
Hasta aquí estamos en medio de una conversación técnica, sin mayores alcances políticos ni morales. Lo que no me acaba de cuadrar son, precisamente, las aristas políticas y morales de este tipo de expresiones. Ellas no se pueden dejar en el aire, apenas supuestas o implícitas, menos en un país donde “la ausencia de un frente común contra la violencia y el terrorismo ha sido notable en Colombia por muchos años” (Eduardo Posada Carbó, “La muy esquiva unidad nacional”, El Tiempo, 24.01.30).
La faceta política del asunto se expresa en los dos verbos que conforman el título de esta columna: proteger y castigar. La función del Estado es proteger la vida de los ciudadanos y, en los países donde no existe la pena de muerte, este mandato incluye la protección de la vida de los malos ciudadanos. En palabras de la fiscal, aquellos con “antecedentes delictivos”. La protección de la vida es un derecho fundamental y parte de los valores del Estado; el castigo no. Nadie debería dejar la sensación de que está invirtiendo la lógica de las cosas, menoscabando la protección por el afán de castigar.
La faceta moral tiene que ver con dos verbos que hacen parte de una discusión clásica: explicar y justificar. Nadie debe permanecer impávido ante el incremento del homicidio, menos aun cuando Medellín y Antioquia pasaron a ser contribuyentes del aumento nacional. Las muertes de personas que no tienen nada que ver con el crimen organizado no son daños colaterales de ninguna guerra justa, como tampoco son santos los cientos de victimarios sin filiación criminal.
El Colombiano, 3 de febrero
lunes, 28 de enero de 2019
Se sabía
Cuando era evidente para los expertos —hace cuatro años— que el acuerdo con las Farc se produciría, el general Óscar Naranjo dijo en Eafit, en un seminario sobre los retos del posconflicto, que la prioridad del Estado debía ser el copamiento de los territorios con mayor impacto de la desmovilización guerrillera y la garantía de la seguridad para los ciudadanos de esas regiones del país.
Poco después, durante el acompañamiento que la Universidad Eafit le brindó al sector empresarial, el profesor Mauricio Uribe mostró un cuadro sintético de las características de los procesos posteriores a los acuerdos de paz. Una de ellas era la violencia, la paz —aunque suene contradictorio— ha sido violenta en la experiencia contemporánea. Mantener la guardia en alto y llevar el Estado a las regiones, debía constituir la primera obligación de la autoridad central.
Hace un año, tuve la oportunidad de escuchar los planteamientos del comandante de las fuerzas armadas general Alberto José Mejía explicando el diagnóstico que llevó a la formulación de la llamada “Doctrina Damasco”. La idea básica era que, con el crecimiento exponencial de los cultivos de coca, el consiguiente incremento del narcotráfico y la persistencia de diversos grupos armados ilegales, nuestra perspectiva era la de una paz inestable.
Así que cuando cada día se suman casos de asesinatos de líderes sociales, termina el año y el balance muestra que el homicidio se incrementó en el país (4%) por primera vez en ocho años (“¿Hubo retroceso en la prevención de homicidios en el país?”, El Espectador, 04.01.19) y luego se da el ataque terrorista contra la Escuela de Cadetes General Santander, puede haber dolor y quejas pero no sorpresa. Todo eso, sin números ni nombres exactos, se sabía que podía ocurrir.
En contra de los que algunos han sugerido, esta situación no deviene de los acuerdos entre las Farc y el Estado colombiano. Por el contrario, es el resultado combinado de la incapacidad estructural del Estado para asegurar a la población y del incumplimiento estatal de los compromisos firmados en el Teatro Colón. Las Farc, en lo fundamental, han cumplido. Su reproche a la masacre de los cadetes reitera su compromiso con la civilidad (“Farc condena carrobomba en la Escuela General Santander en Bogotá”, El Tiempo, 17.01.19).
Lo cierto es que hubo gran negligencia del gobierno Santos en la implementación de los acuerdos y poco de eso ha cambiado en el gobierno Duque; solo lleva seis meses, es cierto, pero la mera nómina de responsables nombrados en el tema no augura eficacia en el cumplimiento de esas tareas. Las cosas se pueden enderezar. El Estado está en mejores condiciones que antes para hacerlo y el desafío de los grupos armados ilegales es el menos significativo de los últimos cuarenta años. Pero Duque tiene que hacer replanteamientos serios tanto estratégicos como diplomáticos.
El Colombiano, 27 de enero
Poco después, durante el acompañamiento que la Universidad Eafit le brindó al sector empresarial, el profesor Mauricio Uribe mostró un cuadro sintético de las características de los procesos posteriores a los acuerdos de paz. Una de ellas era la violencia, la paz —aunque suene contradictorio— ha sido violenta en la experiencia contemporánea. Mantener la guardia en alto y llevar el Estado a las regiones, debía constituir la primera obligación de la autoridad central.
Hace un año, tuve la oportunidad de escuchar los planteamientos del comandante de las fuerzas armadas general Alberto José Mejía explicando el diagnóstico que llevó a la formulación de la llamada “Doctrina Damasco”. La idea básica era que, con el crecimiento exponencial de los cultivos de coca, el consiguiente incremento del narcotráfico y la persistencia de diversos grupos armados ilegales, nuestra perspectiva era la de una paz inestable.
Así que cuando cada día se suman casos de asesinatos de líderes sociales, termina el año y el balance muestra que el homicidio se incrementó en el país (4%) por primera vez en ocho años (“¿Hubo retroceso en la prevención de homicidios en el país?”, El Espectador, 04.01.19) y luego se da el ataque terrorista contra la Escuela de Cadetes General Santander, puede haber dolor y quejas pero no sorpresa. Todo eso, sin números ni nombres exactos, se sabía que podía ocurrir.
En contra de los que algunos han sugerido, esta situación no deviene de los acuerdos entre las Farc y el Estado colombiano. Por el contrario, es el resultado combinado de la incapacidad estructural del Estado para asegurar a la población y del incumplimiento estatal de los compromisos firmados en el Teatro Colón. Las Farc, en lo fundamental, han cumplido. Su reproche a la masacre de los cadetes reitera su compromiso con la civilidad (“Farc condena carrobomba en la Escuela General Santander en Bogotá”, El Tiempo, 17.01.19).
Lo cierto es que hubo gran negligencia del gobierno Santos en la implementación de los acuerdos y poco de eso ha cambiado en el gobierno Duque; solo lleva seis meses, es cierto, pero la mera nómina de responsables nombrados en el tema no augura eficacia en el cumplimiento de esas tareas. Las cosas se pueden enderezar. El Estado está en mejores condiciones que antes para hacerlo y el desafío de los grupos armados ilegales es el menos significativo de los últimos cuarenta años. Pero Duque tiene que hacer replanteamientos serios tanto estratégicos como diplomáticos.
El Colombiano, 27 de enero
lunes, 21 de enero de 2019
Russell, Cuba, Nicaragua…
Una vez al año, durante una semana, permito sin resistencia apenas el despotismo del espacio-tiempo sobre mi biblioteca; casi siempre lo agradezco, aún con la nostalgia del poseedor avariento. A comienzos del 2019, la razia se llevó un librito descuadernado de Bertrand Russell (1872-1970), Retratos de memoria y otros ensayos, publicado por Aguilar en 1962 en segunda edición. Allí repasé —antes de separarme por siempre de él— el ensayo “Síntomas del 1984 de Orwell”, publicado originalmente en 1956.
Solo para efectos argumentativos recordaré que Russell se definió a sí mismo como un socialista democrático y liberal y que fue considerado durante su vida la figura más emblemática del progresismo no marxista del mundo. Nada de eso le impidió al también premio Nobel de Literatura juzgar con severidad la experiencia comunista de su época, luego de visitar la Unión Soviética y China. En el ensayo en cuestión, Russell establece —como algo evidente de suyo— que la situación de los rusos bajo el comunismo soviético era peor que durante la vigencia del zarismo.
La serenidad de Russell para despachar estos asuntos que provocan tantos escrúpulos y miedos al qué dirán se extraña en estos tiempos. Dicho así, con nombres propios y haciendo una comparación drástica, la afirmación incomoda; planteada en términos abstractos, como aconsejaba él mismo, el asunto resulta muy claro: es peor el totalitarismo que la autocracia, la dictadura que la democracia, el confesionalismo (así sea laico) que el pluralismo.
Releyéndolo me conecté con una columna de Ramón Lobo (El País, 20.12.18) que tiene un título provocador y contundente: “Daniel Ortega Somoza”. Sobraban los siete párrafos. Con Lobo, habría que decir que Ortega es como Somoza y que la dictadura de los Castro en Cuba es peor que la de Fulgencio Batista que al fin y al cabo solo duró siete años. Y que el chavismo ha sido peor que la democracia corrupta que le precedió en Venezuela. Esto no se dice y no parece necesario decirlo, a no ser que creamos —como creo— que la actitud frente a estos regímenes es una de las líneas divisorias entre los demócratas pluralistas y quienes no lo son.
Pero el objeto de Russell no era descalificar al bolchevismo, cosa que ya había hecho en 1918. Rusia es lo peor, pero Europa no ha mejorado. Lo que dijo, más exactamente, fue que las diferencias entre Occidente y Rusia seguían siendo semejantes puesto que, en su opinión, la libertad estaba perdiendo terreno en todo el mundo. Russell estaba preocupado por la forma en que se estaba alargando la sombra del gran hermano en las democracias liberales occidentales.
Cuba, Nicaragua, Venezuela, nos exigen una posición diáfana pero no pueden servir de consuelo de nuestros males ni de argumento para que se nos pida resignación ante el deterioro de la calidad de nuestro régimen político.
El Colombiano, 20 de enero
Solo para efectos argumentativos recordaré que Russell se definió a sí mismo como un socialista democrático y liberal y que fue considerado durante su vida la figura más emblemática del progresismo no marxista del mundo. Nada de eso le impidió al también premio Nobel de Literatura juzgar con severidad la experiencia comunista de su época, luego de visitar la Unión Soviética y China. En el ensayo en cuestión, Russell establece —como algo evidente de suyo— que la situación de los rusos bajo el comunismo soviético era peor que durante la vigencia del zarismo.
La serenidad de Russell para despachar estos asuntos que provocan tantos escrúpulos y miedos al qué dirán se extraña en estos tiempos. Dicho así, con nombres propios y haciendo una comparación drástica, la afirmación incomoda; planteada en términos abstractos, como aconsejaba él mismo, el asunto resulta muy claro: es peor el totalitarismo que la autocracia, la dictadura que la democracia, el confesionalismo (así sea laico) que el pluralismo.
Releyéndolo me conecté con una columna de Ramón Lobo (El País, 20.12.18) que tiene un título provocador y contundente: “Daniel Ortega Somoza”. Sobraban los siete párrafos. Con Lobo, habría que decir que Ortega es como Somoza y que la dictadura de los Castro en Cuba es peor que la de Fulgencio Batista que al fin y al cabo solo duró siete años. Y que el chavismo ha sido peor que la democracia corrupta que le precedió en Venezuela. Esto no se dice y no parece necesario decirlo, a no ser que creamos —como creo— que la actitud frente a estos regímenes es una de las líneas divisorias entre los demócratas pluralistas y quienes no lo son.
Pero el objeto de Russell no era descalificar al bolchevismo, cosa que ya había hecho en 1918. Rusia es lo peor, pero Europa no ha mejorado. Lo que dijo, más exactamente, fue que las diferencias entre Occidente y Rusia seguían siendo semejantes puesto que, en su opinión, la libertad estaba perdiendo terreno en todo el mundo. Russell estaba preocupado por la forma en que se estaba alargando la sombra del gran hermano en las democracias liberales occidentales.
Cuba, Nicaragua, Venezuela, nos exigen una posición diáfana pero no pueden servir de consuelo de nuestros males ni de argumento para que se nos pida resignación ante el deterioro de la calidad de nuestro régimen político.
El Colombiano, 20 de enero
martes, 15 de enero de 2019
Jardín, Colombia, natural park
The peripheral areas of Antioquia's southwest were kept away from the state authorities and market for centuries. During the 19th century, they were a border brand with Cauca State; during the last decades of the 20th century, they were the Farc theater of war; in the intermediate period few were interested in the routes that could connect the natural intersection of Antioquia, Chocó, Risaralda and Caldas. Neither the miners nor the sawyers nor the ranchers managed to destroy the natural environment of the region significantly, and that now represents an unsuspected gift and an opportunity.
The area of the Farallones del Citará was declared a Protective Forest Reserve in 2008 and, in 2009, the Integrated Management District of the Jardín-Támesis Cuchilla (which also includes the Andes, Jericó and Caramanta lands) was created. Are, in total, 58 thousand hectares. There are things to do, such as turning the Farallones into a national park, integrating protected areas in the region and making efficient control against predation. Apart from what the State achieves, through National Parks or autonomous regional corporations, we must count on what the private sector does.
Since 1993, the law (99) created the figure of Natural Reserve of Civil Society to incorporate into the protected areas those properties that "by autonomous decision of their owners" became "natural reserve for the protection of an ecosystem or natural habitat" " In many cases, it is about restoration or reproduction of certain conditions for the promotion of wild flora and fauna. In the specific case of Jardín, the private protected area is larger than the public one. There are eight reserves of civil society, from some with very large areas to small farms, some managed by NGOs or entities such as the Jardín Botánico de Medellín and others by natural persons.
The largest is the Mesenia-Paramillo Reserve with almost 3 thousand hectares and land in Risaralda and Antioquia. It is managed by Fundación Colibrí and supported by Saving Species, among other entities with a scientific and environmental background. Without being it, it is perhaps the most virgin of the zones of Garden and Andes, and connects the ecosystems of the Chocó and the western mountain range. Home of orchids, hummingbirds, mammals (one recently reviewed: olinguito). A two-day excursion -with a normal physical state- would even allow access to the summit of Cerro Paramillo (9,184 ft). The smallest is Jardín de Rocas, a meeting place for the Andean Cock-of-the-rock, three minutes from the Jardín's square (there are those who complain about paying five thousand pesos). It is an initiative of the biologist Orlando Marulanda. The Sociedad Colombiana de Orquideología acquired 200 hectares to the southwest, in limits with Riosucio, and is on the verge of road.
There is still work done by the mayors and farmers associations to discourage the destruction of the ecosystem with paddocks, crops and inappropriate constructions.
(Thanks to Elver Ledesma, forestry technologist, at Reserva Mesenia-Paramillo.)
El Colombiano, 13 January
The area of the Farallones del Citará was declared a Protective Forest Reserve in 2008 and, in 2009, the Integrated Management District of the Jardín-Támesis Cuchilla (which also includes the Andes, Jericó and Caramanta lands) was created. Are, in total, 58 thousand hectares. There are things to do, such as turning the Farallones into a national park, integrating protected areas in the region and making efficient control against predation. Apart from what the State achieves, through National Parks or autonomous regional corporations, we must count on what the private sector does.
Since 1993, the law (99) created the figure of Natural Reserve of Civil Society to incorporate into the protected areas those properties that "by autonomous decision of their owners" became "natural reserve for the protection of an ecosystem or natural habitat" " In many cases, it is about restoration or reproduction of certain conditions for the promotion of wild flora and fauna. In the specific case of Jardín, the private protected area is larger than the public one. There are eight reserves of civil society, from some with very large areas to small farms, some managed by NGOs or entities such as the Jardín Botánico de Medellín and others by natural persons.
The largest is the Mesenia-Paramillo Reserve with almost 3 thousand hectares and land in Risaralda and Antioquia. It is managed by Fundación Colibrí and supported by Saving Species, among other entities with a scientific and environmental background. Without being it, it is perhaps the most virgin of the zones of Garden and Andes, and connects the ecosystems of the Chocó and the western mountain range. Home of orchids, hummingbirds, mammals (one recently reviewed: olinguito). A two-day excursion -with a normal physical state- would even allow access to the summit of Cerro Paramillo (9,184 ft). The smallest is Jardín de Rocas, a meeting place for the Andean Cock-of-the-rock, three minutes from the Jardín's square (there are those who complain about paying five thousand pesos). It is an initiative of the biologist Orlando Marulanda. The Sociedad Colombiana de Orquideología acquired 200 hectares to the southwest, in limits with Riosucio, and is on the verge of road.
There is still work done by the mayors and farmers associations to discourage the destruction of the ecosystem with paddocks, crops and inappropriate constructions.
(Thanks to Elver Ledesma, forestry technologist, at Reserva Mesenia-Paramillo.)
El Colombiano, 13 January
lunes, 14 de enero de 2019
Jardín, reserva natural
Las zonas periféricas del suroeste antioqueño se mantuvieron durante siglos lejos de las autoridades estatales y del mercado. Durante el siglo XIX, fueron marca fronteriza con el Cauca; durante las últimas décadas del siglo XX, teatro de guerra de las Farc; en el periodo intermedio pocos se interesaron en las rutas que podrían conectar la intersección natural de Antioquia, Chocó, Risaralda y Caldas. Ni los mineros ni los aserradores ni los ganaderos lograron destruir significativamente el entorno natural de la región, y eso representa ahora un regalo insospechado y una oportunidad.
La zona de los Farallones del Citará se declaró Reserva Forestal Protectora en 2008 y, en 2009, se creó el Distrito de Manejo Integrado Cuchilla Jardín-Támesis (que también abarca terrenos de Andes, Jericó y Caramanta). Suman, en total, 58 mil hectáreas. Hay cosas por hacer, como convertir los Farallones en parque nacional, integrar las áreas protegidas de la región y hacer eficiente el control contra la depredación. Aparte de lo que logre el Estado, a través de Parques Nacionales o de las corporaciones autónomas regionales, hay que contar con lo que hace el sector privado.
Desde 1993, la ley (99) creó la figura de Reserva Natural de la Sociedad Civil para incorporar a las áreas protegidas aquellos predios que “por decisión autónoma de sus propietarios” se convirtieron en “reserva natural para la protección de un ecosistema o hábitat natural”. En muchos casos, se trata de restauración o reproducción de ciertas condiciones para la promoción de la flora y la fauna silvestres. En el caso específico de Jardín, el área protegida privada es mayor que la pública. Existen ocho reservas de la sociedad civil, desde algunas con áreas muy grandes hasta predios pequeños, manejadas algunas por ONG o entidades como el Jardín Botánico de Medellín y otras por personas naturales.
La mayor es la Reserva Mesenia-Paramillo con casi 3 mil hectáreas y terrenos en Risaralda y Antioquia. Es gestionada por Fundación Colibrí y apoyada por Saving Species, entre otras entidades de trayectoria científica y ambiental. Sin serlo, es quizá la más virgen de las zonas de Jardín y Andes, y conecta los ecosistemas del Chocó y la cordillera occidental. Hogar de orquídeas, colibrís, mamíferos (uno reseñado recientemente: olinguito). Una excursión de dos días —con un estado físico normal— permitiría, incluso, acceder a la cumbre del Cerro Paramillo. La más pequeña es Jardín de Rocas, un punto de encuentro del gallito de roca a tres minutos del parque (hay quien se queja por pagar cinco mil pesos). Es una iniciativa del biólogo Orlando Marulanda. La Sociedad Colombiana de Orquideología adquirió 200 hectáreas al suroccidente, en límites con Riosucio, y está a borde de carretera.
Queda trabajo de las alcaldías y los gremios de agricultores y ganaderos para desestimular la destrucción del ecosistema con potreros, cultivos y construcciones inapropiadas.
El Colombiano, 13 de enero
La zona de los Farallones del Citará se declaró Reserva Forestal Protectora en 2008 y, en 2009, se creó el Distrito de Manejo Integrado Cuchilla Jardín-Támesis (que también abarca terrenos de Andes, Jericó y Caramanta). Suman, en total, 58 mil hectáreas. Hay cosas por hacer, como convertir los Farallones en parque nacional, integrar las áreas protegidas de la región y hacer eficiente el control contra la depredación. Aparte de lo que logre el Estado, a través de Parques Nacionales o de las corporaciones autónomas regionales, hay que contar con lo que hace el sector privado.
Desde 1993, la ley (99) creó la figura de Reserva Natural de la Sociedad Civil para incorporar a las áreas protegidas aquellos predios que “por decisión autónoma de sus propietarios” se convirtieron en “reserva natural para la protección de un ecosistema o hábitat natural”. En muchos casos, se trata de restauración o reproducción de ciertas condiciones para la promoción de la flora y la fauna silvestres. En el caso específico de Jardín, el área protegida privada es mayor que la pública. Existen ocho reservas de la sociedad civil, desde algunas con áreas muy grandes hasta predios pequeños, manejadas algunas por ONG o entidades como el Jardín Botánico de Medellín y otras por personas naturales.
La mayor es la Reserva Mesenia-Paramillo con casi 3 mil hectáreas y terrenos en Risaralda y Antioquia. Es gestionada por Fundación Colibrí y apoyada por Saving Species, entre otras entidades de trayectoria científica y ambiental. Sin serlo, es quizá la más virgen de las zonas de Jardín y Andes, y conecta los ecosistemas del Chocó y la cordillera occidental. Hogar de orquídeas, colibrís, mamíferos (uno reseñado recientemente: olinguito). Una excursión de dos días —con un estado físico normal— permitiría, incluso, acceder a la cumbre del Cerro Paramillo. La más pequeña es Jardín de Rocas, un punto de encuentro del gallito de roca a tres minutos del parque (hay quien se queja por pagar cinco mil pesos). Es una iniciativa del biólogo Orlando Marulanda. La Sociedad Colombiana de Orquideología adquirió 200 hectáreas al suroccidente, en límites con Riosucio, y está a borde de carretera.
Queda trabajo de las alcaldías y los gremios de agricultores y ganaderos para desestimular la destrucción del ecosistema con potreros, cultivos y construcciones inapropiadas.
El Colombiano, 13 de enero
lunes, 7 de enero de 2019
Tiempo de solidaridad
El análisis sobre lo que viene para el mundo, occidente y la región es muy sombrío. No se trata solo de todo aquello que puede explicarse por la condición de la época: acelerada, incierta, volátil. Se trata de la coyuntura: del triunfo geopolítico de Rusia, que acaba de retratar Timothy Snyder; del proceso de autodestrucción llevado a cabo por Trump en Estados Unidos; de la fase azarosa en la que entran los otros dos gigantes de América, Brasil y México; de la fragilidad de los gobiernos de Argentina y Colombia, los otros dos jugadores regionales importantes; de las altas probabilidades de una recesión económica en occidente; de la multiplicación de los factores que fomentan el arcaísmo cultural y el populismo.
Algunos de quienes sienten las señales del tiempo llaman la atención sobre los rasgos positivos que conviven con los anuncios de tormenta o reclaman miradas de ciclos largos para mostrar que vamos bien; otros hacen invocaciones bien intencionadas y terapéuticas al optimismo o la esperanza. Todos ellos son discursos de consolación que encierran el gran peligro de ser inmovilizadores, pasivos; discursos que confían en fuerzas externas ajenas a la acción que uno mismo —como persona, familia, corporación— tiene que llevar a cabo.
Si de valores o virtudes se trata, creo que es hora de invocar la solidaridad. Algo se ha dicho al respecto: que es el objetivo pendiente de la ilustración o que era la tarea del siglo XXI histórico que empezó por allá en 1990. Tomo el valor de la solidaridad a partir de un verso de una canción de Bruce Springsteen al que quiero darle un sentido categorial: “We Take Care of Our Own”. La traducción sobria y correcta en español (cuidamos de nosotros mismos) no le hace honor al énfasis y la reiteración que la frase tiene en inglés. Una traducción literal y fea es necesaria desde un punto de vista filosófico: nosotros tenemos cuidado o nos hacemos cargo de lo que es nuestro.
Ahora, ese nosotros es un plural desnudo; no se trata del uso mayestático del plural que aparenta modestia y esconde el peor individualismo, el que solapa al individuo detrás de la comunidad. La frase llama a un nosotros concreto como propiedad, que no es el mundo, ni siquiera el país. Es el nosotros que está a la mano (la familia, los amigos, el equipo de trabajo, el barrio, el pueblo). Y, además, la frase llama a la responsabilidad: “We Take”, nosotros tomamos en el sentido de asumir, hacer, aportar, hacerse presente. Ante la adversidad, tenemos que cuidar lo nuestro, empezando por el nosotros a la mano.
María Teresa Uribe: después de casi una década de retiro y de oportunos y merecidos reconocimientos, murió María Teresa Uribe en el despunte del año. Queda su obra y, sobre todo, su magisterio.
El Colombiano, 6 de enero
Algunos de quienes sienten las señales del tiempo llaman la atención sobre los rasgos positivos que conviven con los anuncios de tormenta o reclaman miradas de ciclos largos para mostrar que vamos bien; otros hacen invocaciones bien intencionadas y terapéuticas al optimismo o la esperanza. Todos ellos son discursos de consolación que encierran el gran peligro de ser inmovilizadores, pasivos; discursos que confían en fuerzas externas ajenas a la acción que uno mismo —como persona, familia, corporación— tiene que llevar a cabo.
Si de valores o virtudes se trata, creo que es hora de invocar la solidaridad. Algo se ha dicho al respecto: que es el objetivo pendiente de la ilustración o que era la tarea del siglo XXI histórico que empezó por allá en 1990. Tomo el valor de la solidaridad a partir de un verso de una canción de Bruce Springsteen al que quiero darle un sentido categorial: “We Take Care of Our Own”. La traducción sobria y correcta en español (cuidamos de nosotros mismos) no le hace honor al énfasis y la reiteración que la frase tiene en inglés. Una traducción literal y fea es necesaria desde un punto de vista filosófico: nosotros tenemos cuidado o nos hacemos cargo de lo que es nuestro.
Ahora, ese nosotros es un plural desnudo; no se trata del uso mayestático del plural que aparenta modestia y esconde el peor individualismo, el que solapa al individuo detrás de la comunidad. La frase llama a un nosotros concreto como propiedad, que no es el mundo, ni siquiera el país. Es el nosotros que está a la mano (la familia, los amigos, el equipo de trabajo, el barrio, el pueblo). Y, además, la frase llama a la responsabilidad: “We Take”, nosotros tomamos en el sentido de asumir, hacer, aportar, hacerse presente. Ante la adversidad, tenemos que cuidar lo nuestro, empezando por el nosotros a la mano.
María Teresa Uribe: después de casi una década de retiro y de oportunos y merecidos reconocimientos, murió María Teresa Uribe en el despunte del año. Queda su obra y, sobre todo, su magisterio.
El Colombiano, 6 de enero
lunes, 31 de diciembre de 2018
Estatus
Una historia puede ser la del perro doméstico en la Holanda dieciochesca, el país más rico por cabeza del mundo. Los burgueses adoptaron la costumbre aristocrática de domesticar los perros y convertirlos en sujetos cortesanos; la creciente clase media imitó a los burgueses. El país se llenó de perros (y de caca). La crisis económica subsiguiente hizo que multitudes de personas abandonaran el costoso gusto de sostener una mascota y los perros callejeros se volvieron una epidemia nacional con los subsecuentes problemas de salud. De allí proviene —al parecer— la primera política pública de control perruno: castración, vacunación, aseo, sacrificio, normas para los tenedores.
Otra puede ser la del césped, la grama. “Antes del siglo XIX —dice Bill Bryson— el césped estaba reservado casi exclusivamente a los propietarios de mansiones señoriales y a las instituciones con grandes jardines debido al elevado coste que suponía mantenerlo” (En casa, 2011). El mismo patrón de imitación social, esnobismo y deseo de aparentar la pertenencia a un determinado grupo social. En la segunda mitad del siglo pasado, cualquier obrero de país desarrollado buscaba tener su propio césped. El césped tiene los rasgos propios de todo objeto lujoso, es costoso e improductivo (“finco”, le dice un primo campesino para distinguirlo de finca). Bryson estima que el 60% del consumo de agua en el oeste en Estados Unidos está destinado a mantener el césped, y añadamos herbicidas y mano de obra.
El ejemplo más reciente es el del teléfono inteligente. El principal objeto de deseo del siglo XXI y el de mayor pulsión de exhibicionismo material (no hablemos del virtual), hasta el punto de que el hecho de que el robo de dispositivos se haya vuelto una plaga en las ciudades chic del mundo (Nueva York o Barcelona, por ejemplo) no disminuye el afán de la gente por mostrar su millón o dos en chatarra. Aunque las compañías se esfuerzan por desarrollar la obsolescencia del aparato no logran superar el afán del consumidor por cambiarlo. Los dispositivos móviles generan una de las cadenas de consumo más exitosas y también una de las más contaminantes. No hablemos de las consecuencias psicológicas de creer que se sabe, de pensarse ubicuo o sentirse en el mismo grupo de amigos de Lady Gaga o Cristiano Ronaldo. Ahora es bueno sentirse “seguidor”, cosa que detestamos quienes crecimos escuchando “No Guru, no Method, no Teacher” de Van Morrison.
La conversión provisional de Colombia en un país de clase media está haciendo que estas tendencias se instalen entre nosotros. Las virtudes del ahorro y la prudencia en la economía doméstica tienen un viejo enemigo con nuevos disfraces, el arribismo. Adam Smith disentía de las extravagancias de los ricos pero creía que impulsaban la economía; ya no basta el comercio, hay que pensar en el ambiente, la salud y el espíritu.
El Colombiano, 30 de diciembre
Otra puede ser la del césped, la grama. “Antes del siglo XIX —dice Bill Bryson— el césped estaba reservado casi exclusivamente a los propietarios de mansiones señoriales y a las instituciones con grandes jardines debido al elevado coste que suponía mantenerlo” (En casa, 2011). El mismo patrón de imitación social, esnobismo y deseo de aparentar la pertenencia a un determinado grupo social. En la segunda mitad del siglo pasado, cualquier obrero de país desarrollado buscaba tener su propio césped. El césped tiene los rasgos propios de todo objeto lujoso, es costoso e improductivo (“finco”, le dice un primo campesino para distinguirlo de finca). Bryson estima que el 60% del consumo de agua en el oeste en Estados Unidos está destinado a mantener el césped, y añadamos herbicidas y mano de obra.
El ejemplo más reciente es el del teléfono inteligente. El principal objeto de deseo del siglo XXI y el de mayor pulsión de exhibicionismo material (no hablemos del virtual), hasta el punto de que el hecho de que el robo de dispositivos se haya vuelto una plaga en las ciudades chic del mundo (Nueva York o Barcelona, por ejemplo) no disminuye el afán de la gente por mostrar su millón o dos en chatarra. Aunque las compañías se esfuerzan por desarrollar la obsolescencia del aparato no logran superar el afán del consumidor por cambiarlo. Los dispositivos móviles generan una de las cadenas de consumo más exitosas y también una de las más contaminantes. No hablemos de las consecuencias psicológicas de creer que se sabe, de pensarse ubicuo o sentirse en el mismo grupo de amigos de Lady Gaga o Cristiano Ronaldo. Ahora es bueno sentirse “seguidor”, cosa que detestamos quienes crecimos escuchando “No Guru, no Method, no Teacher” de Van Morrison.
La conversión provisional de Colombia en un país de clase media está haciendo que estas tendencias se instalen entre nosotros. Las virtudes del ahorro y la prudencia en la economía doméstica tienen un viejo enemigo con nuevos disfraces, el arribismo. Adam Smith disentía de las extravagancias de los ricos pero creía que impulsaban la economía; ya no basta el comercio, hay que pensar en el ambiente, la salud y el espíritu.
El Colombiano, 30 de diciembre
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