Bruce Springsteen
Anoche soñé que era un niño
Allá donde los pinos crecen libres y altos
Trataba de llegar a casa a través del bosque
Antes de que oscureciera.
...
La casa de mi padre brilla con fuerza
Permanece como un faro llamándome en la noche.
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My Father's House
Bruce Springsteen
Ben Harper
lunes, 14 de mayo de 2018
domingo, 13 de mayo de 2018
Sexta: Mi tristeza
Dulce María Loynaz
Mi tristeza es suave como un claro de luna:
Ni queja ni temor has de encontrar en ella nunca.
...
(Mi tristeza es tan suave
que casi se parece a una sonrisa...)
Escuchar
Johann Sebastian Bach
Misa en Si Menor
Mi tristeza es suave como un claro de luna:
Ni queja ni temor has de encontrar en ella nunca.
...
(Mi tristeza es tan suave
que casi se parece a una sonrisa...)
Escuchar
Johann Sebastian Bach
Misa en Si Menor
sábado, 12 de mayo de 2018
Quinta: Lamento lento
Pablo Neruda
En la noche del corazón
la gota de tu nombre lento
en silencio circula y cae
y rompe y desarrolla su agua.
Lamento lento
Fragmento
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Gabriel Fauré
Réquiem
En la noche del corazón
la gota de tu nombre lento
en silencio circula y cae
y rompe y desarrolla su agua.
Lamento lento
Fragmento
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Gabriel Fauré
Réquiem
viernes, 11 de mayo de 2018
Cuarta: Poema en honor
Wisława Szymborska
Qué clase de hombre.
Por la grieta entre el hecho y lo inventado
se escapó nuestra atención. Resistente
a cada sino. Se sacude
cada aspecto que le doy.
Se le adhirió el silencio sin que la voz dejara cicatriz.
La ausencia tomó forma de horizonte.
Poema en honor
Fragmento
Escuchar
Philip Glass
Sinfonía No. 5, V-VIII
Qué clase de hombre.
Por la grieta entre el hecho y lo inventado
se escapó nuestra atención. Resistente
a cada sino. Se sacude
cada aspecto que le doy.
Se le adhirió el silencio sin que la voz dejara cicatriz.
La ausencia tomó forma de horizonte.
Poema en honor
Fragmento
Escuchar
Philip Glass
Sinfonía No. 5, V-VIII
jueves, 10 de mayo de 2018
Tercera: magia y pérdida
Lou Reed
Magia y pérdida
Fragmentos
¿De qué sirve?
¿De que sirve conocer tal devoción?
¿Qué de bueno tuvo el cáncer en abril?
Quiero una magia que me lleve de aquí
Que remplace las estrellas la luna la luz -el sol ya se fue
Volar a través de la tormenta
Y despertar en calma.
Si cierro los ojos no puedo creer que esté aquí sin vos
En tu habitación clara, tu silla vacía y mi cabeza
Soñando... siempre estoy soñando
Escuchar
Lou Reed
Magic and Loss
[Álbum]
Magia y pérdida
Fragmentos
¿De qué sirve?
¿De que sirve conocer tal devoción?
¿Qué de bueno tuvo el cáncer en abril?
Quiero una magia que me lleve de aquí
Que remplace las estrellas la luna la luz -el sol ya se fue
Volar a través de la tormenta
Y despertar en calma.
Si cierro los ojos no puedo creer que esté aquí sin vos
En tu habitación clara, tu silla vacía y mi cabeza
Soñando... siempre estoy soñando
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Lou Reed
Magic and Loss
[Álbum]
miércoles, 9 de mayo de 2018
Segunda: el silencio del padre
Se trata del crucial silencio del padre que es, a la vez, la fuente del desamparo y de la libertad humanos. En este sentido, así se lo hace expresar a Isaac cuando traiciona a su primogénito Esaú en favor de Jacob: “Debes aprender a vivir sin mi amor, le dije a mi hijo en mi pensamiento… traicionar es dejar ir, dar opción a los que amamos de que se aparten de nuestro lado / librarles de la terrible herencia de nuestros sueños”.
[Del comentario de Francisco Calvo Serraller a una novela de Gustavo Martín Garzo.]
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John Cage
4' 33"
[Del comentario de Francisco Calvo Serraller a una novela de Gustavo Martín Garzo.]
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John Cage
4' 33"
martes, 8 de mayo de 2018
Primera de nueve: amor al padre
Santo Tomás de Aquino
Summa Theologica
Secunda Secundae.Questio XXVI, Art. IX
Se plantea: "Parece que el hombre debe amar más por caridad al hijo que al padre: porque más debemos amar a a aquel, a quien más debemos hacer bien".
Se responde: "Los padres aman por más tiempo, pues el padre comienza inmediatamente a amar al hijo, mientras que el hijo comienza a amar al padre después de algún tiempo".
Se concluye: "El padre ama naturalmente más al hijo en razón de la unión a sí mismo; pero en razón del bien más eminente el hijo ama naturalmente más al padre".
Escuchar
Philip Glass
Sinfonía No. 5, I-IV
Summa Theologica
Secunda Secundae.Questio XXVI, Art. IX
Se plantea: "Parece que el hombre debe amar más por caridad al hijo que al padre: porque más debemos amar a a aquel, a quien más debemos hacer bien".
Se responde: "Los padres aman por más tiempo, pues el padre comienza inmediatamente a amar al hijo, mientras que el hijo comienza a amar al padre después de algún tiempo".
Se concluye: "El padre ama naturalmente más al hijo en razón de la unión a sí mismo; pero en razón del bien más eminente el hijo ama naturalmente más al padre".
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Philip Glass
Sinfonía No. 5, I-IV
lunes, 7 de mayo de 2018
Caras, grupos y programas
Las candidaturas presidenciales han suscitado los respectivos análisis sobre las trayectorias de los candidatos, sus programas y coaliciones. Aunque parte importante de la opinión pública trivializa la campaña diciendo que no hay propuestas, los análisis muestran lo contrario.
Los análisis de los programas muestran que solo De la Calle, Fajardo y Petro están a favor de una implementación seria del acuerdo de paz entre el Estado colombiano y las Farc. Duque y Vargas Lleras proponen –como si fuera natural– revisarlos (lo cual es improbable) o incumplirlos, lo que es más fácil y vergonzoso. La única propuesta que prioriza la lucha contra la corrupción es la de la Coalición Colombia de Sergio Fajardo. El consultor Jaime Acosta ve las propuestas económicas así: fortaleza de Duque en economía naranja, de Petro en sostenibilidad, de Fajardo en educación y desarrollo productivo; debilidades de Duque en desarrollo productivo y equidad, de Petro en cuanto a falta de estrategias (“Las propuestas económicas de Duque, Fajardo y Petro”, Razón pública, 01.04.18). El exrector de la Universidad Nacional Moisés Wasserman concluyó que la mejor propuesta en educación y ciencia es la de Fajardo.
A veces han surgido discusiones sobre las trayectorias de los candidatos. Los de más experiencia legislativa son Vargas Lleras y Petro. El de mayor experiencia en la administración y gestión desde el ejecutivo es Sergio Fajardo. El más veterano y conocedor de la cosa pública, Humberto de la Calle. Poca duda cabe que el más inexperto de los candidatos, en todos los campos, es Iván Duque: una hoja en blanco. Aunque la figura del vicepresidente sigue siendo un enigma, es evidente que la candidata con más trayectoria es Marta Lucía Ramírez y que la más sólida técnica y académicamente es Claudia López. Las candidaturas de Ángela Robledo y Juan Carlos Pinzón, son inocuas.
La debilidad de los partidos políticos y su fraccionamiento no impiden analizar con detalle las coaliciones que acompañan a los candidatos. A los que más mal les va son a Duque y a Vargas Lleras: casi todos los condenados por parapolítica y corrupción están repartidos entre estas dos campañas. Es desconcertante que a muchos analistas y ciudadanos esto los tenga sin cuidado. Si se revisan los aliados ideológicos, los únicos claros son el chavismo con Petro, el Polo con Fajardo y el fundamentalismo religioso (Ordóñez y Viviane) con Duque. La posibilidad de elegir entre estos es nítida. La carencia de ideologías (y también de ideas) en la campaña de Vargas Lleras es clamorosa.
Dando por sentado que no todos los electores tienen tiempo para hacer estas ponderaciones, es posible plantear las diferencias en marcos más amplios. Candidatos del continuismo: Vargas Lleras y De la Calle; candidato del salto atrás (sería el Uribe 2 que no fue Santos): Duque; candidato de la ruptura: Petro; candidato del cambio tranquilo: Fajardo.
El Colombiano, 6 de mayo
Los análisis de los programas muestran que solo De la Calle, Fajardo y Petro están a favor de una implementación seria del acuerdo de paz entre el Estado colombiano y las Farc. Duque y Vargas Lleras proponen –como si fuera natural– revisarlos (lo cual es improbable) o incumplirlos, lo que es más fácil y vergonzoso. La única propuesta que prioriza la lucha contra la corrupción es la de la Coalición Colombia de Sergio Fajardo. El consultor Jaime Acosta ve las propuestas económicas así: fortaleza de Duque en economía naranja, de Petro en sostenibilidad, de Fajardo en educación y desarrollo productivo; debilidades de Duque en desarrollo productivo y equidad, de Petro en cuanto a falta de estrategias (“Las propuestas económicas de Duque, Fajardo y Petro”, Razón pública, 01.04.18). El exrector de la Universidad Nacional Moisés Wasserman concluyó que la mejor propuesta en educación y ciencia es la de Fajardo.
A veces han surgido discusiones sobre las trayectorias de los candidatos. Los de más experiencia legislativa son Vargas Lleras y Petro. El de mayor experiencia en la administración y gestión desde el ejecutivo es Sergio Fajardo. El más veterano y conocedor de la cosa pública, Humberto de la Calle. Poca duda cabe que el más inexperto de los candidatos, en todos los campos, es Iván Duque: una hoja en blanco. Aunque la figura del vicepresidente sigue siendo un enigma, es evidente que la candidata con más trayectoria es Marta Lucía Ramírez y que la más sólida técnica y académicamente es Claudia López. Las candidaturas de Ángela Robledo y Juan Carlos Pinzón, son inocuas.
La debilidad de los partidos políticos y su fraccionamiento no impiden analizar con detalle las coaliciones que acompañan a los candidatos. A los que más mal les va son a Duque y a Vargas Lleras: casi todos los condenados por parapolítica y corrupción están repartidos entre estas dos campañas. Es desconcertante que a muchos analistas y ciudadanos esto los tenga sin cuidado. Si se revisan los aliados ideológicos, los únicos claros son el chavismo con Petro, el Polo con Fajardo y el fundamentalismo religioso (Ordóñez y Viviane) con Duque. La posibilidad de elegir entre estos es nítida. La carencia de ideologías (y también de ideas) en la campaña de Vargas Lleras es clamorosa.
Dando por sentado que no todos los electores tienen tiempo para hacer estas ponderaciones, es posible plantear las diferencias en marcos más amplios. Candidatos del continuismo: Vargas Lleras y De la Calle; candidato del salto atrás (sería el Uribe 2 que no fue Santos): Duque; candidato de la ruptura: Petro; candidato del cambio tranquilo: Fajardo.
El Colombiano, 6 de mayo
viernes, 4 de mayo de 2018
Sobre liderazgo político en La Silla Vacía
“El liderazgo político que hubo en la guerra bajo el gobierno de Uribe nos quedó faltando en la paz bajo la administración de Santos”: Jorge Giraldo
Fundación Liderazgo y Democracia
4 de Mayo de 2018
La Red Líder: ¿Cómo definiría el liderazgo político?
Jorge Giraldo: La manera tal vez más canónica de definirlo es por la capacidad de influir, de persuadir, de establecer una agenda política o unas prioridades para la sociedad. Una cosa que uno esperaría del líder, en general, y del líder político, en particular, es que sea capaz de mover a la población, o de mover a la ciudadanía de sus convicciones más tradicionales, o de su manera más habitual de mirar las cosas, y conducirlos a un camino o a una idea alternativa o a un cambio. Se reconoce al líder político como aquel que es capaz de introducir un cambio, así sea pequeño, en su país, convenciendo a las élites o a la ciudadanía, dependiendo del régimen.
R.L: Crear una fractura…
J.G: Sí. Por eso siempre miramos como líderes a Mandela, a Gorbachov, a Churchill, a Roosevelt, y en Colombia a López Pumarejo, a Lleras Camargo, es decir, la gente que es capaz de mover a la sociedad, de introducir algún cambio que se considera que es necesario, o que después demuestra que era necesario o fue positivo para la sociedad.
R.L: ¿Un líder nace o se hace?
J.G: La cultura tiene una vertiente que está instalada en la sociedad, pero creo sobre todo en la capacidad de hacerse de estos líderes, que aprenden de otros, que aprenden del pasado, y que tienen unas cualidades y una capacidad muy grande de aprovechar las circunstancias para emerger, así la tengan difícil. De hecho, todos estos líderes emergentes van un poco a contracorriente.
En el liderazgo político tiene que emerger esa capacidad de interpretar a la gente, pero para sacarla del lugar en donde está, no para quedarse en el mismo punto y reforzar las tendencias más atávicas y más reaccionarias en el sentido cultural. A veces le perdemos la noción a la palabra reaccionario. Reaccionario es básicamente el que se opone al cambio y el líder tiene que ser un líder de cambio, eso no significa que tenga que ser progresista, pero tiene que introducir un cambio, que no necesariamente debe ser hacia adelante o en términos ilustrados o liberales. Hay cambios que son muy duros. Ahora con las películas sobre Churchill uno se pone a pensar. Es un líder que está prometiendo sangre, sudor y lágrimas y meterse a una guerra hasta la victoria, y eso no es muy idílico y se contrapone a muchos de los valores modernos. Pero todo el mundo coincide en que esa era una necesidad del momento y afortunadamente la cosa le salió muy bien.
R.L: ¿A quiénes reconoce como líderes políticos en nuestro país actualmente?
J.G: Aquí ha habido dos tipos de liderazgos en los últimos 25 años y que son muy distintos. Ha habido un liderazgo que es el hegemónico, independientemente de cómo se cuenten después los votos y demás, que es el de Álvaro Uribe. Es hegemónico porque cambió la agenda, y más allá de las peleas entre Uribe y Santos y de las diferencias que ahora se noten con Vargas Lleras, todos ellos están enmarcados en el paradigma que creó Álvaro Uribe, y en una manera de gobernar que dejó un impacto en la gente. Le guste a uno o no, ese es el liderazgo hegemónico, sus ideas son las ideas que se han impuesto. Nadie hablaba de seguridad antes de 2001 o 2002, ahora todo el mundo tiene que hablar de eso, incluyendo a la izquierda.
Yo creo que hay otro liderazgo alternativo, que es más difícil de personalizar, pero que uno podría llamar la Ola Verde, que también tiene más o menos los mismos años. Cuando Uribe ganó la gobernación de Antioquia, Antanas había ganado la Alcaldía de Bogotá. Esta es la alternativa subalterna que no está afincada en la política tradicional, entonces tiene unos hándicaps más grandes para obtener triunfos, aunque ha obtenido muchos en los niveles regionales y locales. A nivel nacional todavía no ha pasado de ser un animador, pero está muy alrededor de la figura de Antanas, y después de Sergio Fajardo y de Claudia López, y de un proyecto que es político-cultural que hay alrededor de eso. Yo creo que el país se mueve entre esas dos tendencias.
R.L: ¿Qué virtudes deben caracterizar el ejercicio del liderazgo político democrático?
J.G: Hay una cosa que es muy clara y que está muy perdida hoy y es la capacidad argumentativa, la capacidad persuasiva. Desde la Antigüedad, por lo menos desde Demóstenes y Cicerón, siempre se pensó que el líder tenía que tener una gran capacidad de persuasión y eso implica muchas virtudes: capacidad de diálogo, de escuchar, de generar conversaciones, de recibir información, de dar información. Y una cosa que se ha perdido mucho últimamente: el diálogo con la intelectualidad y con los técnicos. Una característica común a los dos mandatos de Santos y de Uribe, y que es común también a Petro, es que ellos hacen lo que les da la gana, sin escuchar la opinión de los técnicos, así el técnico sea su Ministro de Hacienda o su Director de Planeación.
La otra característica crucial, que es algo que se ha venido discutiendo desde hace pocos años en Europa y en Estados Unidos, es el tema del ejemplo. Lo que un intelectual español llama, en un libro muy bonito que salió hace algunos años, la “ejemplaridad pública”. Ahí es donde se nota el gran contraste entre esas dos corrientes de las que hablo yo. La gran ruptura que generó la corriente tradicional respecto a sus predecesores es la del ejemplo. Entre estos jefes de ahora Santos no tiene nada que ver con su tío abuelo; Uribe no tiene nada que ver con un tipo como Lleras Camargo; Vargas Lleras, a pesar de lo combativo que era su abuelo, tampoco tiene nada que ver con la ejemplaridad pública de su abuelo. Ese tema de la ejemplaridad pública creo que es crucial hoy, porque el líder que no es ejemplar genera mucha confusión en la sociedad. Es lo que estamos viendo en Estados Unidos con Trump, desvertebra a la sociedad, confunde a todas las organizaciones sociales, confunde a los partidos políticos, a los líderes empresariales.
R.L: ¿Qué hace que un líder político pierda su liderazgo?
J.G: Yo creo que la paradoja de la pérdida de liderazgo en los lideres es su incapacidad de cambiar de medio. Por ejemplo, si uno mira estos líderes históricos que reconocemos en el siglo XX, una de sus características es que supieron salir de la política, salir del Estado, de la administración o de los partidos, y pasar al plano más público, más ideológico, más moral.
Uno de los problemas que tenemos en Colombia es que muy pocos líderes políticos han sabido entender que su capacidad de influencia, e incluso su propia figura, se conservan mejor pasando a otro medio distinto al de la lucha política y al de la administración pública. Esto también se ejemplifica claramente en Uribe, el no salir nunca de la contienda política, el estar siempre intentando gobernar y perpetuar, y una de las mayores posibilidades es que tengamos Uribismo por ahí para otra década.
Yo creo que el líder sabe cuándo tiene que cambiar de espacio y de modalidad de intervención. Eso se vio muy claro en casos históricos como el de De Gaulle, el caso de Gorbachov, el caso de Mandela. Mandela hubiera podido gobernar hasta su muerte, o hubiera podido seguir siendo el Jefe del Congreso Nacional Africano, pero no. Sabe cuándo se acaba su momento en la lucha política y en la administración del Estado y pasa a ejercer ese liderazgo desde otro lugar. El liderazgo, sino se transforma, se agota.
R.L: Usted que ha trabajado de cerca con el tema del conflicto armado, desde la Comisión Histórica del Conflicto y sus víctimas, ¿qué les faltó a quienes lideraron los acuerdos con las Farc?
J.G: Yo creo que es difícil que esa Comisión que nombró Santos hubiera podido ser mejor. El problema es que Santos no es un líder. Santos tenía una tarea que al final del día no era tan complicada, que era convencer al país y a la ciudadanía de la importancia del proceso de paz. Yo digo que no era tan difícil porque este es un país en el que estamos negociando desde hace 200 años. Es un país que ha hecho muchas guerras, pero cada guerra ha terminado con un acuerdo de paz, incluyendo la violencia de mitad de siglo, la Guerra de los Mil Días, para hablar nada más de los eventos más cercanos, y pues los N acuerdos que firmamos en los noventa con multitud de organizaciones. Había un ADN nacional propenso a la negociación. Creo que con una persona que hubiera tenido más en cuenta a la ciudadanía, que hubiera entendido su responsabilidad de orientar y de llevar a esa ciudadanía, y de mostrar esas bondades de la negociación y del acuerdo en sí mismo, se habría logrado un resultado mejor. La tarea no era tan complicada. Pero yo me quedo con la idea de que Santos ni siquiera lo intentó.
El otro tema que desgraciadamente estamos viendo ahora es la negligencia con el proceso de implementación, porque esto también lo dijimos y se lo escuchamos mucho a los negociadores y a algunos funcionarios del gobierno. Era clave para ganar la confianza pública el primer año y medio, después de la firma en la obtención, de lo que se llamaban las victorias tempranas para rodear de confianza el proceso y convencer finalmente a los escépticos, traerlos al apoyo. Pero nada de eso se dio. Creo que lo que pasó ahí fue un déficit de liderazgo político. El liderazgo político que hubo en la guerra bajo el gobierno de Uribe nos quedó faltando en la paz bajo la administración de Santos.
R.L: Y frente a las Farc, ¿qué faltó? La gente piensa que hubo mucha laxitud y muchas concesiones con ellos.
J.G: Hablar y juzgar es más fácil después de que las cosas han pasado. Todos sabíamos que era una negociación compleja. Creo que las concesiones que se les hicieron a las Farc en específico no eran gravosas para el país y que los puntos más difíciles del acuerdo, más ambiciosos, no eran para ellos, eran para el fortalecimiento del Estado y para el beneficio de las periferias colombianas y de sus habitantes. Lo más gravoso del acuerdo era el tema rural, y el tema rural son simplemente las tareas que ha dejado de hacer el Estado colombiano en 200 años. Cosas tan sencillas como tener un catrasto de todos los predios del país, titular las tierras, que permitieran abrir el mercado de tierras en el país, y crear unas infraestructuras en esos territorios que son parte de las obligaciones constitucionales del Estado. Eso era lo costoso, lo exigente desde el punto de vista estructural, pero eso no era para las Farc, eso era para la periferia colombiana.
Fundación Liderazgo y Democracia
4 de Mayo de 2018
La Red Líder: ¿Cómo definiría el liderazgo político?
Jorge Giraldo: La manera tal vez más canónica de definirlo es por la capacidad de influir, de persuadir, de establecer una agenda política o unas prioridades para la sociedad. Una cosa que uno esperaría del líder, en general, y del líder político, en particular, es que sea capaz de mover a la población, o de mover a la ciudadanía de sus convicciones más tradicionales, o de su manera más habitual de mirar las cosas, y conducirlos a un camino o a una idea alternativa o a un cambio. Se reconoce al líder político como aquel que es capaz de introducir un cambio, así sea pequeño, en su país, convenciendo a las élites o a la ciudadanía, dependiendo del régimen.
R.L: Crear una fractura…
J.G: Sí. Por eso siempre miramos como líderes a Mandela, a Gorbachov, a Churchill, a Roosevelt, y en Colombia a López Pumarejo, a Lleras Camargo, es decir, la gente que es capaz de mover a la sociedad, de introducir algún cambio que se considera que es necesario, o que después demuestra que era necesario o fue positivo para la sociedad.
R.L: ¿Un líder nace o se hace?
J.G: La cultura tiene una vertiente que está instalada en la sociedad, pero creo sobre todo en la capacidad de hacerse de estos líderes, que aprenden de otros, que aprenden del pasado, y que tienen unas cualidades y una capacidad muy grande de aprovechar las circunstancias para emerger, así la tengan difícil. De hecho, todos estos líderes emergentes van un poco a contracorriente.
En el liderazgo político tiene que emerger esa capacidad de interpretar a la gente, pero para sacarla del lugar en donde está, no para quedarse en el mismo punto y reforzar las tendencias más atávicas y más reaccionarias en el sentido cultural. A veces le perdemos la noción a la palabra reaccionario. Reaccionario es básicamente el que se opone al cambio y el líder tiene que ser un líder de cambio, eso no significa que tenga que ser progresista, pero tiene que introducir un cambio, que no necesariamente debe ser hacia adelante o en términos ilustrados o liberales. Hay cambios que son muy duros. Ahora con las películas sobre Churchill uno se pone a pensar. Es un líder que está prometiendo sangre, sudor y lágrimas y meterse a una guerra hasta la victoria, y eso no es muy idílico y se contrapone a muchos de los valores modernos. Pero todo el mundo coincide en que esa era una necesidad del momento y afortunadamente la cosa le salió muy bien.
R.L: ¿A quiénes reconoce como líderes políticos en nuestro país actualmente?
J.G: Aquí ha habido dos tipos de liderazgos en los últimos 25 años y que son muy distintos. Ha habido un liderazgo que es el hegemónico, independientemente de cómo se cuenten después los votos y demás, que es el de Álvaro Uribe. Es hegemónico porque cambió la agenda, y más allá de las peleas entre Uribe y Santos y de las diferencias que ahora se noten con Vargas Lleras, todos ellos están enmarcados en el paradigma que creó Álvaro Uribe, y en una manera de gobernar que dejó un impacto en la gente. Le guste a uno o no, ese es el liderazgo hegemónico, sus ideas son las ideas que se han impuesto. Nadie hablaba de seguridad antes de 2001 o 2002, ahora todo el mundo tiene que hablar de eso, incluyendo a la izquierda.
Yo creo que hay otro liderazgo alternativo, que es más difícil de personalizar, pero que uno podría llamar la Ola Verde, que también tiene más o menos los mismos años. Cuando Uribe ganó la gobernación de Antioquia, Antanas había ganado la Alcaldía de Bogotá. Esta es la alternativa subalterna que no está afincada en la política tradicional, entonces tiene unos hándicaps más grandes para obtener triunfos, aunque ha obtenido muchos en los niveles regionales y locales. A nivel nacional todavía no ha pasado de ser un animador, pero está muy alrededor de la figura de Antanas, y después de Sergio Fajardo y de Claudia López, y de un proyecto que es político-cultural que hay alrededor de eso. Yo creo que el país se mueve entre esas dos tendencias.
R.L: ¿Qué virtudes deben caracterizar el ejercicio del liderazgo político democrático?
J.G: Hay una cosa que es muy clara y que está muy perdida hoy y es la capacidad argumentativa, la capacidad persuasiva. Desde la Antigüedad, por lo menos desde Demóstenes y Cicerón, siempre se pensó que el líder tenía que tener una gran capacidad de persuasión y eso implica muchas virtudes: capacidad de diálogo, de escuchar, de generar conversaciones, de recibir información, de dar información. Y una cosa que se ha perdido mucho últimamente: el diálogo con la intelectualidad y con los técnicos. Una característica común a los dos mandatos de Santos y de Uribe, y que es común también a Petro, es que ellos hacen lo que les da la gana, sin escuchar la opinión de los técnicos, así el técnico sea su Ministro de Hacienda o su Director de Planeación.
La otra característica crucial, que es algo que se ha venido discutiendo desde hace pocos años en Europa y en Estados Unidos, es el tema del ejemplo. Lo que un intelectual español llama, en un libro muy bonito que salió hace algunos años, la “ejemplaridad pública”. Ahí es donde se nota el gran contraste entre esas dos corrientes de las que hablo yo. La gran ruptura que generó la corriente tradicional respecto a sus predecesores es la del ejemplo. Entre estos jefes de ahora Santos no tiene nada que ver con su tío abuelo; Uribe no tiene nada que ver con un tipo como Lleras Camargo; Vargas Lleras, a pesar de lo combativo que era su abuelo, tampoco tiene nada que ver con la ejemplaridad pública de su abuelo. Ese tema de la ejemplaridad pública creo que es crucial hoy, porque el líder que no es ejemplar genera mucha confusión en la sociedad. Es lo que estamos viendo en Estados Unidos con Trump, desvertebra a la sociedad, confunde a todas las organizaciones sociales, confunde a los partidos políticos, a los líderes empresariales.
R.L: ¿Qué hace que un líder político pierda su liderazgo?
J.G: Yo creo que la paradoja de la pérdida de liderazgo en los lideres es su incapacidad de cambiar de medio. Por ejemplo, si uno mira estos líderes históricos que reconocemos en el siglo XX, una de sus características es que supieron salir de la política, salir del Estado, de la administración o de los partidos, y pasar al plano más público, más ideológico, más moral.
Uno de los problemas que tenemos en Colombia es que muy pocos líderes políticos han sabido entender que su capacidad de influencia, e incluso su propia figura, se conservan mejor pasando a otro medio distinto al de la lucha política y al de la administración pública. Esto también se ejemplifica claramente en Uribe, el no salir nunca de la contienda política, el estar siempre intentando gobernar y perpetuar, y una de las mayores posibilidades es que tengamos Uribismo por ahí para otra década.
Yo creo que el líder sabe cuándo tiene que cambiar de espacio y de modalidad de intervención. Eso se vio muy claro en casos históricos como el de De Gaulle, el caso de Gorbachov, el caso de Mandela. Mandela hubiera podido gobernar hasta su muerte, o hubiera podido seguir siendo el Jefe del Congreso Nacional Africano, pero no. Sabe cuándo se acaba su momento en la lucha política y en la administración del Estado y pasa a ejercer ese liderazgo desde otro lugar. El liderazgo, sino se transforma, se agota.
R.L: Usted que ha trabajado de cerca con el tema del conflicto armado, desde la Comisión Histórica del Conflicto y sus víctimas, ¿qué les faltó a quienes lideraron los acuerdos con las Farc?
J.G: Yo creo que es difícil que esa Comisión que nombró Santos hubiera podido ser mejor. El problema es que Santos no es un líder. Santos tenía una tarea que al final del día no era tan complicada, que era convencer al país y a la ciudadanía de la importancia del proceso de paz. Yo digo que no era tan difícil porque este es un país en el que estamos negociando desde hace 200 años. Es un país que ha hecho muchas guerras, pero cada guerra ha terminado con un acuerdo de paz, incluyendo la violencia de mitad de siglo, la Guerra de los Mil Días, para hablar nada más de los eventos más cercanos, y pues los N acuerdos que firmamos en los noventa con multitud de organizaciones. Había un ADN nacional propenso a la negociación. Creo que con una persona que hubiera tenido más en cuenta a la ciudadanía, que hubiera entendido su responsabilidad de orientar y de llevar a esa ciudadanía, y de mostrar esas bondades de la negociación y del acuerdo en sí mismo, se habría logrado un resultado mejor. La tarea no era tan complicada. Pero yo me quedo con la idea de que Santos ni siquiera lo intentó.
El otro tema que desgraciadamente estamos viendo ahora es la negligencia con el proceso de implementación, porque esto también lo dijimos y se lo escuchamos mucho a los negociadores y a algunos funcionarios del gobierno. Era clave para ganar la confianza pública el primer año y medio, después de la firma en la obtención, de lo que se llamaban las victorias tempranas para rodear de confianza el proceso y convencer finalmente a los escépticos, traerlos al apoyo. Pero nada de eso se dio. Creo que lo que pasó ahí fue un déficit de liderazgo político. El liderazgo político que hubo en la guerra bajo el gobierno de Uribe nos quedó faltando en la paz bajo la administración de Santos.
R.L: Y frente a las Farc, ¿qué faltó? La gente piensa que hubo mucha laxitud y muchas concesiones con ellos.
J.G: Hablar y juzgar es más fácil después de que las cosas han pasado. Todos sabíamos que era una negociación compleja. Creo que las concesiones que se les hicieron a las Farc en específico no eran gravosas para el país y que los puntos más difíciles del acuerdo, más ambiciosos, no eran para ellos, eran para el fortalecimiento del Estado y para el beneficio de las periferias colombianas y de sus habitantes. Lo más gravoso del acuerdo era el tema rural, y el tema rural son simplemente las tareas que ha dejado de hacer el Estado colombiano en 200 años. Cosas tan sencillas como tener un catrasto de todos los predios del país, titular las tierras, que permitieran abrir el mercado de tierras en el país, y crear unas infraestructuras en esos territorios que son parte de las obligaciones constitucionales del Estado. Eso era lo costoso, lo exigente desde el punto de vista estructural, pero eso no era para las Farc, eso era para la periferia colombiana.
lunes, 30 de abril de 2018
Tiempo sin razones
Son malos tiempos para la razón y todo lo que está asociado con ella. National Geographic llamó guerra contra la ciencia al auge de las creencias que niegan los hallazgos científicos y las políticas públicas que afectan la investigación, las publicaciones y las humanidades (21.04.17). También son malos tiempos para los intelectuales públicos –a punto de convertirnos en adorno de periódicos– y para las ideas ilustradas y liberales. A esto último se refirió Salomón Kalmanovitz, con desazón, afirmando que “no vale la pena seguir en la brega de influir la opinión pública con argumentos basados en buena teoría y en suficientes datos” (“La seca y las pensiones”, El Espectador, 15.04.18).
La pérdida para los intelectuales individuales es notable, pero lo son más las pérdidas de las empresas ideológicas. La primera disolución está en la iglesia católica que no ha sido capaz de cohesionar a sus fieles y cuya doctrina vive arrinconada por las sectas fundamentalistas que anidan a su interior; entiéndase para Colombia, personajes como Galat y Ordóñez. La segunda está en los medios masivos de comunicación que no solo pierden influencia sino que se han cambiado de bando: ahora compiten con las redes en desinformación, sensacionalismo y ligereza. La tercera la sufre una academia ensimismada y dedicada a la especialización y la técnica. Las tres –iglesia, medios, academia– son bien vistas por una sociedad que las respeta pero no las sigue, como el delincuente con su camándula.
En su diagnóstico, Mauricio García Villegas afirma que lo racional “se ha vuelto circunstancial, esporádico y selectivo” y que “la inteligencia humana se ha concentrado en la tecnología” (“La sequía de la razón”, El Espectador, 21.04.18). Ampliando, podría decirse que hay más información que comprensión, más técnica que racionalidad, más monólogos que conversaciones, más narcisismo que solidaridad, más pantallas que contactos personales, más “me gusta” que “lo pensaré”.
Pero la principal responsabilidad no está en las empresas ideológicas, está en las élites políticas y económicas que han roto sus lazos con las élites intelectuales. Los políticos han cortado los lazos con los técnicos y prefieren la demagogia de siempre y el mercadeo de ahora. Las élites económicas conversan con las consultoras pero no escuchan a los académicos. Ambas élites se han desentendido de la historia y el pensamiento. Las ideas son fuertes cuando la producción de las élites intelectuales es importante para los gobernantes y los empresarios. Eso ha dejado de suceder en Colombia.
Subestimar a los pensadores en tiempos serenos significa tener que “que escuchar la cólera de los pueblos” en tiempos turbulentos, como dijo hace poco el presidente francés Emmanuel Macron (El País, 17.04.18). Desentenderse de las voces reflexivas hace que emerja lo que el escritor nicaragüense Sergio Ramírez llama “la conciencia ética de las calles” (El País, 25.04.18). Entonces habrá indignación, pero seguirán faltando las ideas.
El Colombiano, 29 de abril
La pérdida para los intelectuales individuales es notable, pero lo son más las pérdidas de las empresas ideológicas. La primera disolución está en la iglesia católica que no ha sido capaz de cohesionar a sus fieles y cuya doctrina vive arrinconada por las sectas fundamentalistas que anidan a su interior; entiéndase para Colombia, personajes como Galat y Ordóñez. La segunda está en los medios masivos de comunicación que no solo pierden influencia sino que se han cambiado de bando: ahora compiten con las redes en desinformación, sensacionalismo y ligereza. La tercera la sufre una academia ensimismada y dedicada a la especialización y la técnica. Las tres –iglesia, medios, academia– son bien vistas por una sociedad que las respeta pero no las sigue, como el delincuente con su camándula.
En su diagnóstico, Mauricio García Villegas afirma que lo racional “se ha vuelto circunstancial, esporádico y selectivo” y que “la inteligencia humana se ha concentrado en la tecnología” (“La sequía de la razón”, El Espectador, 21.04.18). Ampliando, podría decirse que hay más información que comprensión, más técnica que racionalidad, más monólogos que conversaciones, más narcisismo que solidaridad, más pantallas que contactos personales, más “me gusta” que “lo pensaré”.
Pero la principal responsabilidad no está en las empresas ideológicas, está en las élites políticas y económicas que han roto sus lazos con las élites intelectuales. Los políticos han cortado los lazos con los técnicos y prefieren la demagogia de siempre y el mercadeo de ahora. Las élites económicas conversan con las consultoras pero no escuchan a los académicos. Ambas élites se han desentendido de la historia y el pensamiento. Las ideas son fuertes cuando la producción de las élites intelectuales es importante para los gobernantes y los empresarios. Eso ha dejado de suceder en Colombia.
Subestimar a los pensadores en tiempos serenos significa tener que “que escuchar la cólera de los pueblos” en tiempos turbulentos, como dijo hace poco el presidente francés Emmanuel Macron (El País, 17.04.18). Desentenderse de las voces reflexivas hace que emerja lo que el escritor nicaragüense Sergio Ramírez llama “la conciencia ética de las calles” (El País, 25.04.18). Entonces habrá indignación, pero seguirán faltando las ideas.
El Colombiano, 29 de abril
lunes, 23 de abril de 2018
Falacias a favor de la corrupción
El debate de esta semana en el Senado sobre la consulta contra la corrupción amerita una documentación detallada y juiciosa de los estudiosos del lenguaje y de la política. Como se sabe, el debate se propició por la recolección de más de cuatro millones de firmas promovida por la senadora Claudia López y terminó con la aprobación de la consulta para junio. Las posiciones de los partidos políticos, los congresistas y los comentaristas de prensa son un auténtico muestrario de artilugios para no tomarse en serio el principal problema del país. (Alguno dirá que es el narcotráfico, que es simplemente un eslabón de la cadena corrupta: los países menos afectados por el narcotráfico en el continente –Costa Rica, Chile y Uruguay– son también los mejor clasificados en transparencia y en indicadores democráticos.)
Empecemos por las mentiras: Roy Barreras en Blue Radio (18.04) dijo que la mermelada ha existido siempre y en todas partes, y que no es culpa de Juan Manuel Santos (Roy siempre cita un libro que vio en una librería dos días antes y los periodistas se quedan mudos). No señor senador. Los cupos indicativos los inventó Santos como ministro de hacienda de Andrés Pastrana en 2001. Roy o no sabe, lo que es probable, o se hace, pero los cupos indicativos son distintos a los auxilios parlamentarios que existieron en el pasado.
Sigamos con las inconsecuencias: cuando los senadores Robledo y López, y el candidato presidencial Sergio Fajardo tomaron las banderas contra la corrupción, políticos y comentaristas argumentaron que esa era una consigna vacía, que quién no iba a estar en contra de la corrupción y que, como consigna política, carecía de peso. Ahora el principal argumento para aplazar la consulta fue que si se hacía coincidir con las elecciones presidenciales Fajardo saldría favorecido. ¿No era una consigna vacía en la que todos estaban de acuerdo? ¿Si era tan inocua la propuesta por qué treinta senadores, todos de Cambio Radical, el conservatismo y el Partido de la U se declararon impedidos para votar? Es decir, toda la coalición que apoya a Germán Vargas Lleras (la misma que cobijó a Santos).
Uno entiende que políticos y congresistas hagan uso de todas sus mañas para atajar la lucha contra la corrupción puesto que, según Transparencia Internacional, son los partidos y el congreso los ejes de la corrupción colombiana. Pero que sean los periodistas los pregoneros de falacias demuestra el trasfondo cultural del problema. Los analistas de radio se dedicaron a decir que las medidas propuestas eran incompletas (falta una reforma política), que no evitan que otros tipos de corrupción (como nepotismo) se sigan presentando, que son insuficientes. Es el repertorio habitual de excusas para evitar cualquier medida seria.
Conclusión: no hay consenso ético ni voluntad política para atacar la corrupción. Por ahí puede perderse el país.
El Colombiano, 22 de abril
Empecemos por las mentiras: Roy Barreras en Blue Radio (18.04) dijo que la mermelada ha existido siempre y en todas partes, y que no es culpa de Juan Manuel Santos (Roy siempre cita un libro que vio en una librería dos días antes y los periodistas se quedan mudos). No señor senador. Los cupos indicativos los inventó Santos como ministro de hacienda de Andrés Pastrana en 2001. Roy o no sabe, lo que es probable, o se hace, pero los cupos indicativos son distintos a los auxilios parlamentarios que existieron en el pasado.
Sigamos con las inconsecuencias: cuando los senadores Robledo y López, y el candidato presidencial Sergio Fajardo tomaron las banderas contra la corrupción, políticos y comentaristas argumentaron que esa era una consigna vacía, que quién no iba a estar en contra de la corrupción y que, como consigna política, carecía de peso. Ahora el principal argumento para aplazar la consulta fue que si se hacía coincidir con las elecciones presidenciales Fajardo saldría favorecido. ¿No era una consigna vacía en la que todos estaban de acuerdo? ¿Si era tan inocua la propuesta por qué treinta senadores, todos de Cambio Radical, el conservatismo y el Partido de la U se declararon impedidos para votar? Es decir, toda la coalición que apoya a Germán Vargas Lleras (la misma que cobijó a Santos).
Uno entiende que políticos y congresistas hagan uso de todas sus mañas para atajar la lucha contra la corrupción puesto que, según Transparencia Internacional, son los partidos y el congreso los ejes de la corrupción colombiana. Pero que sean los periodistas los pregoneros de falacias demuestra el trasfondo cultural del problema. Los analistas de radio se dedicaron a decir que las medidas propuestas eran incompletas (falta una reforma política), que no evitan que otros tipos de corrupción (como nepotismo) se sigan presentando, que son insuficientes. Es el repertorio habitual de excusas para evitar cualquier medida seria.
Conclusión: no hay consenso ético ni voluntad política para atacar la corrupción. Por ahí puede perderse el país.
El Colombiano, 22 de abril
viernes, 20 de abril de 2018
Caparrós sobre Sergio Fajardo
The New York Times en Español:
Opinión:
La lección del doctor Fajardo
Por Martín Caparrós
Sergio Fajardo, matemático, profesor, exalcalde de Medellín y autoproclamado político de centro, debe apelar a la polarización para pasar a la segunda vuelta y encontrar una posibilidad en el voto en contra del poder establecido.
Leer completo aquí:
https://www.nytimes.com/es/2018/04/19/opinion-caparros-fajardo-colombia-elecciones-2018/?emc=eta1-es
Opinión:
La lección del doctor Fajardo
Por Martín Caparrós
Sergio Fajardo, matemático, profesor, exalcalde de Medellín y autoproclamado político de centro, debe apelar a la polarización para pasar a la segunda vuelta y encontrar una posibilidad en el voto en contra del poder establecido.
Leer completo aquí:
https://www.nytimes.com/es/2018/04/19/opinion-caparros-fajardo-colombia-elecciones-2018/?emc=eta1-es
lunes, 16 de abril de 2018
Escuchando al prójimo
Al emprendedor: un asalariado, habituado a la comodidad de las transacciones electrónicas, antioqueño y –por tanto– cliente de Bancolombia, se queja de haber pasado las verdes y las maduras tratando de hacer pagos o retirar dinero. Más duro para el emprendedor que me cuenta que el banco no hizo los pagos de nómina convenidos, que le tocó ir a oficina física, que encima le cobraron más de 50 mil pesos por la transacción, que no le aceptaron explicaciones de ningún tipo. Los problemas en los sistemas del banco no fueron de un momento, ni de un día, se prolongaron de modo intermitente durante más de una semana. Hace cuatro años pasó lo mismo: el entonces presidente del banco pidió disculpas públicamente. Ahora no hubo disculpas. Yo, iluso, pensé que podrían descontarnos parte de los pagos de administración. En cualquier restaurante de pobre resarcen un mal servicio, ¿no lo puede hacer el banco más grande del país?
A mi amigo del No: mi amigo del No al plebiscito, no a las negociaciones con las Farc, no a la paz concreta, está desconcertado. Desde el 2 de octubre del 2016 tenía todas las cosas claras: allá Santos, acá Uribe; allá los del Sí, acá los de No; allá los que quieren implementar los acuerdos, acá los que los quieren volver trizas. No sabe qué hacer ni qué pensar. Santos se pasó por la faja la puesta en marcha de los acuerdos sobre tierras y sustitución de cultivos, es decir, las transformaciones reales que le servían a la población rural. El mundo empresarial le recomendó el modelo Forec para administrar los fondos de paz, pero él prefirió el modelo Odebrecht. Parece que habrá cárcel más pronto de lo esperado para un máximo dirigente de las Farc. Es decir, Santos ya hizo trizas los acuerdos. Entonces, se pregunta mi amigo del No, parece que ya no hay razones para votar por Iván Duque, Marta Lucía y Ordóñez.
Al colega académico: mi colega está feliz. Es consciente de que vive en una sociedad que no aprecia al maestro, ni a la academia, y que valora poco la educación. Al fin y al cabo hay modos más rápidos y lucrativos de ganar dinero y lograr posiciones de poder. El hecho de que en los foros presidenciales, donde saludan de doctor a todo el mundo, el único doctor de verdad sea Sergio Fajardo no le dice nada a nadie ni le incrementa los méritos. Doctor le decían en Cali a Gilberto Rodríguez Orejuela que sí fue capaz de poner presidente de la república. Pero mi colega siente ahora que la educación tiene un valor. Iván Duque dijo que tenía un título de Harvard sin ser cierto, un flamante senador liberal antioqueño se hizo pasar por abogado, un exalcalde de Bello falsificó su título de bachiller.
El Colombiano, 15 de abril
A mi amigo del No: mi amigo del No al plebiscito, no a las negociaciones con las Farc, no a la paz concreta, está desconcertado. Desde el 2 de octubre del 2016 tenía todas las cosas claras: allá Santos, acá Uribe; allá los del Sí, acá los de No; allá los que quieren implementar los acuerdos, acá los que los quieren volver trizas. No sabe qué hacer ni qué pensar. Santos se pasó por la faja la puesta en marcha de los acuerdos sobre tierras y sustitución de cultivos, es decir, las transformaciones reales que le servían a la población rural. El mundo empresarial le recomendó el modelo Forec para administrar los fondos de paz, pero él prefirió el modelo Odebrecht. Parece que habrá cárcel más pronto de lo esperado para un máximo dirigente de las Farc. Es decir, Santos ya hizo trizas los acuerdos. Entonces, se pregunta mi amigo del No, parece que ya no hay razones para votar por Iván Duque, Marta Lucía y Ordóñez.
Al colega académico: mi colega está feliz. Es consciente de que vive en una sociedad que no aprecia al maestro, ni a la academia, y que valora poco la educación. Al fin y al cabo hay modos más rápidos y lucrativos de ganar dinero y lograr posiciones de poder. El hecho de que en los foros presidenciales, donde saludan de doctor a todo el mundo, el único doctor de verdad sea Sergio Fajardo no le dice nada a nadie ni le incrementa los méritos. Doctor le decían en Cali a Gilberto Rodríguez Orejuela que sí fue capaz de poner presidente de la república. Pero mi colega siente ahora que la educación tiene un valor. Iván Duque dijo que tenía un título de Harvard sin ser cierto, un flamante senador liberal antioqueño se hizo pasar por abogado, un exalcalde de Bello falsificó su título de bachiller.
El Colombiano, 15 de abril
lunes, 9 de abril de 2018
18, varias veces 48, dos 68
Cuáles sean las efemérides más importantes de un país, una organización, una persona, debe decir algo de las preferencias, los referentes, quizás de la mentalidad de esos grupos o individuos. Como estamos en 2018, hablaré de algunas celebraciones o conmemoraciones de este año, en proceso de ensalzamiento o desdén.
Desde que empezó el año se está hablando de mayo de 1968. Uno de los hechos más sobrevaluados del siglo XX. Isaiah Berlin (1909-1997) respondió, sarcásticamente, cuando le preguntaron por las manifestaciones juveniles en Francia diciendo que se había tratado de una rebelión de la burguesía arrepentida contra el proletariado satisfecho. En lo que a mí respecta, el verano del amor –que tuvo lugar un año antes en San Francisco– fue más importante. En el sentido en que transformó casi por completo la cultura occidental y dejó una huella indeleble en nuestra manera de ser. La misma que hoy cuestionan tanto el neoconservatismo como la corrección política.
El 4 de abril pasado solo El Colombiano, entre la gran prensa escrita del país, publicó una nota sobre el cincuentenario de la muerte de Martin Luther King (ni siquiera tuvo doodle). Reducir la relevancia del pensamiento de King al ámbito de los negros o a la lucha por los derechos civiles en los Estados Unidos es no entender nada. La precariedad de ediciones en español de su obra muestra la indolencia de las élites intelectuales hispanoamericanas. Nuestros negros tampoco es que lo divulguen mucho. Ni tampoco a los otros dos miembros de esa santísima trinidad, Muhammad Ali y Nina Simone.
Hace 170 años era 1848. Un año tanto o más decisivo que el de la Revolución Francesa para la configuración política del mundo occidental. Y también en el pensamiento social. En ese año se publicaron libros que han moldeado desde entonces el pensamiento progresista: el Manifiesto Comunista de Karl Marx, cuyo natalicio ocurrió hace 200 años, con sus críticas diáfanas y sus promesas arcaicas; un panfleto de Joseph Charlier que propuso la idea una renta básica universal para cada ciudadano; un librito, desconocido fuera de Alemania, de Julius Fröebel que es la fuente original del concepto de democracia deliberativa.
Sobre 1848 en Colombia hay un texto interesante de Jaime Jaramillo Uribe, pero valdría la pena profundizar en su influencia. De seguro es más crucial para nuestra historia que el asesinato de Gaitán.
Los palestinos andan tirando piedra y los israelíes matándolos, con ocasión de los setenta años de la fundación del Estado de Israel. Escalaremos montañas de papel sobre el tema. Del gran acontecimiento de 1948 no se habla aún, se dirán pocas y tímidas palabras en diciembre: la promulgación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El contenido y las posibilidades prácticas de este documento pueden ser tan trascendentales como la inscripción que recibió Moisés en el Monte Horeb.
El Colombiano, 4 de abril
Desde que empezó el año se está hablando de mayo de 1968. Uno de los hechos más sobrevaluados del siglo XX. Isaiah Berlin (1909-1997) respondió, sarcásticamente, cuando le preguntaron por las manifestaciones juveniles en Francia diciendo que se había tratado de una rebelión de la burguesía arrepentida contra el proletariado satisfecho. En lo que a mí respecta, el verano del amor –que tuvo lugar un año antes en San Francisco– fue más importante. En el sentido en que transformó casi por completo la cultura occidental y dejó una huella indeleble en nuestra manera de ser. La misma que hoy cuestionan tanto el neoconservatismo como la corrección política.
El 4 de abril pasado solo El Colombiano, entre la gran prensa escrita del país, publicó una nota sobre el cincuentenario de la muerte de Martin Luther King (ni siquiera tuvo doodle). Reducir la relevancia del pensamiento de King al ámbito de los negros o a la lucha por los derechos civiles en los Estados Unidos es no entender nada. La precariedad de ediciones en español de su obra muestra la indolencia de las élites intelectuales hispanoamericanas. Nuestros negros tampoco es que lo divulguen mucho. Ni tampoco a los otros dos miembros de esa santísima trinidad, Muhammad Ali y Nina Simone.
Hace 170 años era 1848. Un año tanto o más decisivo que el de la Revolución Francesa para la configuración política del mundo occidental. Y también en el pensamiento social. En ese año se publicaron libros que han moldeado desde entonces el pensamiento progresista: el Manifiesto Comunista de Karl Marx, cuyo natalicio ocurrió hace 200 años, con sus críticas diáfanas y sus promesas arcaicas; un panfleto de Joseph Charlier que propuso la idea una renta básica universal para cada ciudadano; un librito, desconocido fuera de Alemania, de Julius Fröebel que es la fuente original del concepto de democracia deliberativa.
Sobre 1848 en Colombia hay un texto interesante de Jaime Jaramillo Uribe, pero valdría la pena profundizar en su influencia. De seguro es más crucial para nuestra historia que el asesinato de Gaitán.
Los palestinos andan tirando piedra y los israelíes matándolos, con ocasión de los setenta años de la fundación del Estado de Israel. Escalaremos montañas de papel sobre el tema. Del gran acontecimiento de 1948 no se habla aún, se dirán pocas y tímidas palabras en diciembre: la promulgación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El contenido y las posibilidades prácticas de este documento pueden ser tan trascendentales como la inscripción que recibió Moisés en el Monte Horeb.
El Colombiano, 4 de abril
lunes, 2 de abril de 2018
Vallejo cuarteado
Sentado, al parecer, con el perfil hacia oriente. Los ojos hundidos y tristes, la mirada baja y perdida. Más un alma que el retrato con estilete firmado por Pablo Picasso el 9 de junio de 1938. Dos meses habían pasado desde su muerte. Puede pensarse que el pintor malagueño ha dibujado de memoria la imagen que ahora ilumina la portada del volumen que compendia el libro póstumo España, aparta de mí este cáliz publicado en 1939, cuando terminaba la guerra civil española y empezaba la mundial: “¡Estremeño, dejásteme / Verte deste lobo, padecer, / Pelear por todos y pelear para que el individuo sea un hombre, / Para que los señores sean hombres”.
De la misma fecha un boceto que aspira a retrato. De frente, ceño fruncido; sin atractivo ni parecido, trazado sin curia. Picasso afirma que es César Vallejo; si no fuera por el afecto sabido diría que se trata del dueño de un bar o del administrador de un hotel, que salda una cuenta con tal de atrapar la firma del pintor. El curador de la edición crítica de 1997, Ricardo Silva Santiesteban, tituló el tercer tomo Poemas 1923-1938, aclarando que el adjetivo “humanos” no pertenece al original. “Y me alejo de todo, porque todo / Se queda para hacer la coartada: / Mi zapato, su ojal, también su lodo / y hasta mi doblez del codo / De mi propia camisa abotonada”.
Del ilustrador Julio Esquerre Montoya –conocido como Esquerrilof– la Pontificia Universidad Católica del Perú usó una imagen fuerte, un ícono tallado en madera, para la segunda portada, en negro sobre azul celeste. La cara aindiada, la piel curtida y morena, las cuencas solas bajo las cejas y el pelo desordenado. Una cabeza criolla, sin pulimientos, para darle cobertura al delirio vanguardista de Trilce (1922): “Cuándo vendrá / el domingo bocón y mudo del sepulcro, / cuándo vendrá a cargar este sábado / de harapos, esta horrible sutura / del placer que nos engendra sin querer, / y el placer que nos DestieRRa”.
Los heraldos negros, con sus borradores y facsímiles, llena el primer libro de la Poesía completa. En la carátula, un lápiz chocante, autoría del peruano Raúl Vizcarra. Una copia del estilo que los soviéticos impusieron para difundir la imagen de Lenin. Un Vallejo que nunca fue: desafiante, imponente. Un rostro metálico, bruñido, instalado sobre un cuello grueso de venas hinchadas que reclama una bandera tras de sí. Un despropósito para el sentimiento de esos versos. “Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce / Rita de junco y capulí; / ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita / la sangre, como flojo cognac, dentro de mí”.
César Vallejo no reclama nada; nadie reclama nada en su nombre, por fortuna. Cada espíritu que trastabilla bajo su poesía le pertenece.
El Colombiano, 1 de abril.
De la misma fecha un boceto que aspira a retrato. De frente, ceño fruncido; sin atractivo ni parecido, trazado sin curia. Picasso afirma que es César Vallejo; si no fuera por el afecto sabido diría que se trata del dueño de un bar o del administrador de un hotel, que salda una cuenta con tal de atrapar la firma del pintor. El curador de la edición crítica de 1997, Ricardo Silva Santiesteban, tituló el tercer tomo Poemas 1923-1938, aclarando que el adjetivo “humanos” no pertenece al original. “Y me alejo de todo, porque todo / Se queda para hacer la coartada: / Mi zapato, su ojal, también su lodo / y hasta mi doblez del codo / De mi propia camisa abotonada”.
Del ilustrador Julio Esquerre Montoya –conocido como Esquerrilof– la Pontificia Universidad Católica del Perú usó una imagen fuerte, un ícono tallado en madera, para la segunda portada, en negro sobre azul celeste. La cara aindiada, la piel curtida y morena, las cuencas solas bajo las cejas y el pelo desordenado. Una cabeza criolla, sin pulimientos, para darle cobertura al delirio vanguardista de Trilce (1922): “Cuándo vendrá / el domingo bocón y mudo del sepulcro, / cuándo vendrá a cargar este sábado / de harapos, esta horrible sutura / del placer que nos engendra sin querer, / y el placer que nos DestieRRa”.
Los heraldos negros, con sus borradores y facsímiles, llena el primer libro de la Poesía completa. En la carátula, un lápiz chocante, autoría del peruano Raúl Vizcarra. Una copia del estilo que los soviéticos impusieron para difundir la imagen de Lenin. Un Vallejo que nunca fue: desafiante, imponente. Un rostro metálico, bruñido, instalado sobre un cuello grueso de venas hinchadas que reclama una bandera tras de sí. Un despropósito para el sentimiento de esos versos. “Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce / Rita de junco y capulí; / ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita / la sangre, como flojo cognac, dentro de mí”.
César Vallejo no reclama nada; nadie reclama nada en su nombre, por fortuna. Cada espíritu que trastabilla bajo su poesía le pertenece.
El Colombiano, 1 de abril.
lunes, 26 de marzo de 2018
Robustecer el centro
Las estrategias políticas y electorales que promueven la polarización tienen muchas cosas en común: la explotación de las emociones, la oposición entre el bien y el mal, la absolutización de la enemistad, la inflexibilidad en las posiciones, el radicalismo en las palabras y en los actos. Y -desde la izquierda o la derecha- el obstáculo es el mismo: el centro político. Los representantes del centro político son el blanco preferido de los extremistas, que solo se reconocen mutuamente.
Los bandos que ven en la polarización su mejor forma de crecer y de aumentar sus probabilidades de triunfo necesitan destruir el centro. Esto se sabe bien en la táctica militar. Hay que barrer el terreno entre los dos ejércitos, hay que destruir todo aquello que no pueda ser controlado ni usufructuado por ellos, y así crear una tierra de nadie (“No man’s land”). Mientras ese espacio intermedio sea más grande y más vivo, menor será la posibilidad de escalar el conflicto y reducirlo a una pura forma dual, a un problema exclusivo de dos.
El centro político tiene contenido. Baste mirar las ejecutorias de Barack Obama y compararlas con las posturas de Sanders y Trump (parecidas en política económica) o leer los acuerdos de la coalición alemana. En el país, la Coalición Colombia se construyó alrededor de un programa de 20 puntos, con más de cinco subpuntos en cada uno. Cuando un analista u observador dice que el centro no tiene programa o que su candidato, Sergio Fajardo, no fija posición, está mintiendo o hablando sin informarse. Los promotores de la polarización incitan a la demagogia y el bochinche para que los candidatos del centro entre en los territorios en que mejor se mueven.
Pero lo más atractivo del centro está en la forma de hacer política. Norberto Bobbio (1909-2004), uno de los más importantes pensadores del siglo pasado, afirmó que en la política contemporánea son más importantes los medios que los fines. Con ello quiso apuntar a dos cosas: a los medios para alcanzar los fines, pero también a las formas de hacer política. Bobbio planteó que en estos tiempos una de las demarcaciones cruciales es la que existe entre moderados y radicales. Y hay radicales a la derecha y a la izquierda. Los radicales de los dos lados se alimentan de la necesidad de protección que demandan grupos poblacionales asustados o muy establecidos. Los radicales se presentan como hombres fuertes; son la flor y la nata del machismo en lo personal y el autoritarismo en lo social.
Los líderes centristas son el antídoto contra los males contemporáneos sobre los que cabalga el radicalismo de izquierda y derecha: apelan a la razonabilidad de la gente, reconocen múltiples matices en los puntos de vista y diversidad de posibles soluciones, son moderados en el lenguaje y en la acción, tienen adversarios pero no enemigos.
El Colombiano, 25 de marzo
Los bandos que ven en la polarización su mejor forma de crecer y de aumentar sus probabilidades de triunfo necesitan destruir el centro. Esto se sabe bien en la táctica militar. Hay que barrer el terreno entre los dos ejércitos, hay que destruir todo aquello que no pueda ser controlado ni usufructuado por ellos, y así crear una tierra de nadie (“No man’s land”). Mientras ese espacio intermedio sea más grande y más vivo, menor será la posibilidad de escalar el conflicto y reducirlo a una pura forma dual, a un problema exclusivo de dos.
El centro político tiene contenido. Baste mirar las ejecutorias de Barack Obama y compararlas con las posturas de Sanders y Trump (parecidas en política económica) o leer los acuerdos de la coalición alemana. En el país, la Coalición Colombia se construyó alrededor de un programa de 20 puntos, con más de cinco subpuntos en cada uno. Cuando un analista u observador dice que el centro no tiene programa o que su candidato, Sergio Fajardo, no fija posición, está mintiendo o hablando sin informarse. Los promotores de la polarización incitan a la demagogia y el bochinche para que los candidatos del centro entre en los territorios en que mejor se mueven.
Pero lo más atractivo del centro está en la forma de hacer política. Norberto Bobbio (1909-2004), uno de los más importantes pensadores del siglo pasado, afirmó que en la política contemporánea son más importantes los medios que los fines. Con ello quiso apuntar a dos cosas: a los medios para alcanzar los fines, pero también a las formas de hacer política. Bobbio planteó que en estos tiempos una de las demarcaciones cruciales es la que existe entre moderados y radicales. Y hay radicales a la derecha y a la izquierda. Los radicales de los dos lados se alimentan de la necesidad de protección que demandan grupos poblacionales asustados o muy establecidos. Los radicales se presentan como hombres fuertes; son la flor y la nata del machismo en lo personal y el autoritarismo en lo social.
Los líderes centristas son el antídoto contra los males contemporáneos sobre los que cabalga el radicalismo de izquierda y derecha: apelan a la razonabilidad de la gente, reconocen múltiples matices en los puntos de vista y diversidad de posibles soluciones, son moderados en el lenguaje y en la acción, tienen adversarios pero no enemigos.
El Colombiano, 25 de marzo
viernes, 23 de marzo de 2018
Colombia: Strengthen the Political Center
The political and electoral strategies that promote polarization have many things in common: the exploitation of emotions, the opposition between good and evil, the absolutization of enmity, inflexibility in positions, radicalism in words and acts And they -from left or right- have one obstacle in common: the political center. Representatives of the political center are the preferred target of extremists, who only recognize each other.
The sides that see polarization as their best way to grow and increase their chances of victory need to destroy the center. This is well known in military tactics. We must sweep the land between the two armies, we must destroy everything that can not be controlled or usufructuated by them, and thus create a no man's land. As long as that intermediate space is bigger and more alive, the smaller the possibility of escalating the conflict and reducing it to a pure dual form, to an exclusive problem of two.
The political center has content. Suffice it to look at the executions of Barack Obama and compare them with the positions of Sanders and Trump (similar on economics) or read the agreements of the German coalition. In the country, the Colombia Coalition was built around a 20-point program, with more than five sub-points in each. When an analyst or observer says that the center does not have a program or that its candidate, Sergio Fajardo, does not set a position, he is lying or talking without informing himself. Polarization promoters incite demagoguery and boom for the center's candidates to enter the territories in which they move best.
But the most attractive part of the center is in the way of doing politics. Norberto Bobbio (1909-2004), one of the most important thinkers of the last century, affirmed that in contemporary politics, means are more important than ends. With this he wanted to point to two things: the means to achieve the ends, but also the ways of doing politics. Bobbio said that in these times one of the crucial demarcations is that between moderate and radical. And there are radicals to the right and to the left. Radicals on both sides are fed by the need for protection demanded by frightened or well-established population groups. Radicals are presented as strong men; they are the flower and cream of machismo in the personal and authoritarianism in the social.
Centrist leaders are the antidote to the contemporary evils on which left and right radicalism rides: they appeal to the reasonableness of the people, they recognize multiple nuances in the points of view and diversity of possible solutions, they are moderate in the language and in the action, they have adversaries but not enemies.
The sides that see polarization as their best way to grow and increase their chances of victory need to destroy the center. This is well known in military tactics. We must sweep the land between the two armies, we must destroy everything that can not be controlled or usufructuated by them, and thus create a no man's land. As long as that intermediate space is bigger and more alive, the smaller the possibility of escalating the conflict and reducing it to a pure dual form, to an exclusive problem of two.
The political center has content. Suffice it to look at the executions of Barack Obama and compare them with the positions of Sanders and Trump (similar on economics) or read the agreements of the German coalition. In the country, the Colombia Coalition was built around a 20-point program, with more than five sub-points in each. When an analyst or observer says that the center does not have a program or that its candidate, Sergio Fajardo, does not set a position, he is lying or talking without informing himself. Polarization promoters incite demagoguery and boom for the center's candidates to enter the territories in which they move best.
But the most attractive part of the center is in the way of doing politics. Norberto Bobbio (1909-2004), one of the most important thinkers of the last century, affirmed that in contemporary politics, means are more important than ends. With this he wanted to point to two things: the means to achieve the ends, but also the ways of doing politics. Bobbio said that in these times one of the crucial demarcations is that between moderate and radical. And there are radicals to the right and to the left. Radicals on both sides are fed by the need for protection demanded by frightened or well-established population groups. Radicals are presented as strong men; they are the flower and cream of machismo in the personal and authoritarianism in the social.
Centrist leaders are the antidote to the contemporary evils on which left and right radicalism rides: they appeal to the reasonableness of the people, they recognize multiple nuances in the points of view and diversity of possible solutions, they are moderate in the language and in the action, they have adversaries but not enemies.
lunes, 19 de marzo de 2018
No nos une el amor sino el espanto
La política es conflictiva; de eso no cabe ninguna duda. Pero el conflicto político tiene que tener una base de unidad. Álvaro Gómez Hurtado la llamaba (1919-1995) el “acuerdo sobre lo fundamental”. Ese acuerdo puede expresarse en la constitución política, debería afincarse en la cultura que hace que seamos una comunidad política –distinta de las demás– y que, a veces, llamamos sentimiento nacional. Este sentido de unidad estuvo roto en el país por la guerra, la de mitad de siglo y la más reciente, eso se entiende.
Sin embargo, lo que presenciamos ahora tiene poco que ver con la disputa política normal y reglada que se conoce en casi todo el mundo. Estamos en presencia de un estilo tóxico de hacer política y de plantear las diferencias que tenemos acerca de cómo y hacia dónde debemos encaminarnos como sociedad. Acostumbrados a hacer política electoral con un enemigo interno a la vista, algunos líderes se empeñan en descalificar a los adversarios como si no estuvieran haciendo uso legítimo de los mecanismos democráticos.
Se trata de una manipulación mezquina y peligrosa del miedo, como sentimiento humano y emoción social. Miedo a De la Calle porque se sentó con las Farc y logró que se desmovilizaran y miedo a Fajardo porque tiene el apoyo de Jorge Robledo, como si la trayectoria política de ambos no fuera suficiente fuente de confianza. Miedo a Petro porque representa, por supuesto, un populismo retardatario. En condiciones parecidas, en 1970, Álvaro Gómez decía que no se justificaban “el agravio o el desafío” y que había que basar toda la lucha política en la “confianza en uno mismo”. ¡Cómo cambian los tiempos y los líderes!
Y, además, está la explotación del odio. El odio que Álvaro Uribe ha atizado contra Santos y el odio con el cual el presidente y sus seguidores le corresponden a Uribe y a sus partidarios. Es el retorno de la vieja política de rencillas entre élites, que estuvo a punto de destruir el país, una, dos, tres y más veces.
Hace ocho años parecía vergonzosa la manera como Uribe y Santos trataban a Antanas Mockus. No pudiéndolo acusar de alianzas con la guerrilla ni con Chávez, se dedicaron a descalificarlo. “Caballito discapacitado” fue el estigma descarado que le puso Uribe. Santos –asesorado por JJ Rendón– lo descalificó llamándolo profesor; bueno para enseñar y malo para hacer. Pues bien, aquel episodio lamentable dirigido a impedir el triunfo de una alternativa distinta a las tradicionales, parece hoy poca cosa ante el ambiente de opinión creado y del cual los principales responsables son Uribe y Petro.
Jorge Luis Borges creía que a los habitantes de Buenos Aires no los unía el amor sino el espanto. Hay quienes quieren unir a una mayoría colombianos a punta de miedo, odio y maledicencia contra los demás.
El Colombiano, 18 de marzo
Sin embargo, lo que presenciamos ahora tiene poco que ver con la disputa política normal y reglada que se conoce en casi todo el mundo. Estamos en presencia de un estilo tóxico de hacer política y de plantear las diferencias que tenemos acerca de cómo y hacia dónde debemos encaminarnos como sociedad. Acostumbrados a hacer política electoral con un enemigo interno a la vista, algunos líderes se empeñan en descalificar a los adversarios como si no estuvieran haciendo uso legítimo de los mecanismos democráticos.
Se trata de una manipulación mezquina y peligrosa del miedo, como sentimiento humano y emoción social. Miedo a De la Calle porque se sentó con las Farc y logró que se desmovilizaran y miedo a Fajardo porque tiene el apoyo de Jorge Robledo, como si la trayectoria política de ambos no fuera suficiente fuente de confianza. Miedo a Petro porque representa, por supuesto, un populismo retardatario. En condiciones parecidas, en 1970, Álvaro Gómez decía que no se justificaban “el agravio o el desafío” y que había que basar toda la lucha política en la “confianza en uno mismo”. ¡Cómo cambian los tiempos y los líderes!
Y, además, está la explotación del odio. El odio que Álvaro Uribe ha atizado contra Santos y el odio con el cual el presidente y sus seguidores le corresponden a Uribe y a sus partidarios. Es el retorno de la vieja política de rencillas entre élites, que estuvo a punto de destruir el país, una, dos, tres y más veces.
Hace ocho años parecía vergonzosa la manera como Uribe y Santos trataban a Antanas Mockus. No pudiéndolo acusar de alianzas con la guerrilla ni con Chávez, se dedicaron a descalificarlo. “Caballito discapacitado” fue el estigma descarado que le puso Uribe. Santos –asesorado por JJ Rendón– lo descalificó llamándolo profesor; bueno para enseñar y malo para hacer. Pues bien, aquel episodio lamentable dirigido a impedir el triunfo de una alternativa distinta a las tradicionales, parece hoy poca cosa ante el ambiente de opinión creado y del cual los principales responsables son Uribe y Petro.
Jorge Luis Borges creía que a los habitantes de Buenos Aires no los unía el amor sino el espanto. Hay quienes quieren unir a una mayoría colombianos a punta de miedo, odio y maledicencia contra los demás.
El Colombiano, 18 de marzo
lunes, 12 de marzo de 2018
Vidrios polarizados
Dos camionetas están enfrentadas en una calle estrecha, estrechada más aún por una fila de carros parqueados. Suenan los pitos, como si fueran insultos en morse amplificado. Obstinados, nadie cede. Uno apaga su motor, el otro se pega de su pito como si hubiera muerto sobre la cabrilla. Empiezan a escucharse improperios a voz en cuello. Uno se baja, el otro también; se encaminan al enfrentamiento. En fracciones de segundo reconocen mutuamente a un colega cercano, se disculpan y se van.
La historia es real. La persona que me la contó y la protagonizó, reflexionó: eso pasa con los vidrios polarizados; no vemos al otro como persona, nos mantiene en el anonimato y cuando ocurren ambas cosas perdemos la sensibilidad, el trato tranquilo, la capacidad de razonar, nos llenamos de furia, nos atornillamos en nuestra insignificante posición y lubricamos esta tonta soberbia.
El filósofo alemán Peter Sloterdijk sugiere que los individuos contemporáneos no vivimos en el mundo, vivimos en una serie consecutiva de burbujas en las que nos encerramos, y nos protegemos (aislamos) de los demás. El carro es una. La conducta de una persona normal al volante –especialmente con vidrios polarizados– es muy diferente a la que demuestra en espacios sociales en los que se requiere el contacto sensorial, anímico, físico, humano.
Pero no estoy hablando de automóviles. Otras burbujas de encierro y ruptura con la socialización son el apartamento, el centro comercial, los mundos virtuales mediatizados por los dispositivos electrónicos. Todas están burbujas tienen sus propios vidrios polarizados. La diferencia en grados de socialización entre una unidad residencial y un vecindario barrial, entre un parque y un centro comercial, entre una tienda y un supermercado, entre el chat y la conversación en un café son abismales, tanto en cantidad como en calidad.
Esta falta de presencia personal afecta nuestros niveles de conocimiento, empatía, razonabilidad y solidaridad. Una de las mayores pérdidas es la que tiene que ver con la conversación. Cada burbuja genera ensimismamiento, entropía en la reflexión. La persona posmoderna se está convirtiendo en una oficina de pronunciamientos; un afán de sentar posición, de emitir juicios, nos carcome, sin que medie ningún tipo de información calificada, verificación de fuentes, preguntas, búsqueda de otras versiones. Nos anestesiamos ante la voz, la opinión y la postura del distinto.
Las burbujas contemporáneas crean un fenómeno que en distintas disciplinas sociales llamamos endogeneidad. La endogeneidad puede generar muchos errores producto de la repetición y el reciclaje, en este caso, de prejuicios y opiniones. La burbuja es un salto atrás en la evolución: como si volviéramos a casarnos con las hermanas. La endogeneidad produce bebés con cola de marrano, como en Cien años de soledad. Las llamadas redes sociales producen opiniones con cola de marrano. Decir marranadas, hacer marranadas, es una expresión regional arcaica que cobra sentido hoy.
El Colombiano, 11 de marzo
La historia es real. La persona que me la contó y la protagonizó, reflexionó: eso pasa con los vidrios polarizados; no vemos al otro como persona, nos mantiene en el anonimato y cuando ocurren ambas cosas perdemos la sensibilidad, el trato tranquilo, la capacidad de razonar, nos llenamos de furia, nos atornillamos en nuestra insignificante posición y lubricamos esta tonta soberbia.
El filósofo alemán Peter Sloterdijk sugiere que los individuos contemporáneos no vivimos en el mundo, vivimos en una serie consecutiva de burbujas en las que nos encerramos, y nos protegemos (aislamos) de los demás. El carro es una. La conducta de una persona normal al volante –especialmente con vidrios polarizados– es muy diferente a la que demuestra en espacios sociales en los que se requiere el contacto sensorial, anímico, físico, humano.
Pero no estoy hablando de automóviles. Otras burbujas de encierro y ruptura con la socialización son el apartamento, el centro comercial, los mundos virtuales mediatizados por los dispositivos electrónicos. Todas están burbujas tienen sus propios vidrios polarizados. La diferencia en grados de socialización entre una unidad residencial y un vecindario barrial, entre un parque y un centro comercial, entre una tienda y un supermercado, entre el chat y la conversación en un café son abismales, tanto en cantidad como en calidad.
Esta falta de presencia personal afecta nuestros niveles de conocimiento, empatía, razonabilidad y solidaridad. Una de las mayores pérdidas es la que tiene que ver con la conversación. Cada burbuja genera ensimismamiento, entropía en la reflexión. La persona posmoderna se está convirtiendo en una oficina de pronunciamientos; un afán de sentar posición, de emitir juicios, nos carcome, sin que medie ningún tipo de información calificada, verificación de fuentes, preguntas, búsqueda de otras versiones. Nos anestesiamos ante la voz, la opinión y la postura del distinto.
Las burbujas contemporáneas crean un fenómeno que en distintas disciplinas sociales llamamos endogeneidad. La endogeneidad puede generar muchos errores producto de la repetición y el reciclaje, en este caso, de prejuicios y opiniones. La burbuja es un salto atrás en la evolución: como si volviéramos a casarnos con las hermanas. La endogeneidad produce bebés con cola de marrano, como en Cien años de soledad. Las llamadas redes sociales producen opiniones con cola de marrano. Decir marranadas, hacer marranadas, es una expresión regional arcaica que cobra sentido hoy.
El Colombiano, 11 de marzo
lunes, 5 de marzo de 2018
Renovar el congreso
El Congreso de la República tiene una mala reputación merecida, pero es muy probable que su mala fama exceda el mal desempeño de sus funciones. El congreso tiene un poder menor en un régimen presidencialista y, más aún, con el presidencialismo colombiano. El más autoritario de los presidentes del Frente Nacional (Lleras) gobernó con 64 decretos presidenciales mientras Juan Manuel Santos, emitió 351 en un solo año. Los decretos menoscaban la función legislativa de los congresistas. El congreso también ha perdido poder respecto a las altas cortes. Esto quiere decir que deberíamos ser más equitativos en las críticas al sistema político.
La corrupción tampoco es un monopolio de los congresistas. Colombia entró en el siglo XXI al club de los países más corruptos del mundo de la mano de la bonanza petrolera y de una mala gestión por parte de los gobiernos de Uribe y Santos. Según Transparencia Internacional, estamos en el puesto 96 entre 182 países, en un grupo con Brasil, Panamá, Perú, Tailandia, Zambia e Indonesia. Transparencia destacó acciones contra la corrupción en nueves países de América, entre los que no está Colombia. En Suramérica, Brasil, Panamá y Perú ya acusaron a varios jefes de gobierno; en Colombia no. Los congresistas reciben cárcel, a los magistrados les dan incapacidades y el Presidente y los ministros, pasan muertos de la erre.
Claro, los congresistas no se ayudan. La mayoría son mediocres, poco diligentes y oportunistas. Pero siempre los hay destacados y laboriosos. Los partidos ayudan menos. En estas elecciones, en particular, la indigestión amenaza: hay muchos candidatos a Cámara por un partido en alianza con postulados de otro partido Senado. Los resultados desfigurarán más la representación.
No tengo dudas de lo buenos congresistas que fueron Sofía Gaviria, Álvaro Uribe y Roy Barreras, al lado de los estelares Claudia López y Jorge Robledo. Sin embargo, hoy más que nunca en las últimas décadas tendrá más sentido votar por proyectos que por personas. El 11 de marzo tendremos un escenario político definido por las alternativas que se están ofreciendo para el país en los próximos cuatro años.
Las resumo: una oferta clientelista, corrupta y dura, articulada por Cambio Radical y muchos piratas de otros partidos; una promesa de repetir lo mismo de hace diez años, sin Farc y sin Bush, liderada por el Centro Democrático; un proyecto de cambio moderado e institucional que representa la Coalición Colombia; y una promesa de revolcón, sin respeto a las reglas, que se pregona desde Colombia Humana.
El país se reventará después de cuatro años con más de lo mismo –Cambio Radical o Centro Democrático– y no soportará el salto al vacío de Colombia Humana. La mejor opción hoy es la que proponen los partidos y los candidatos de la Coalición Colombia. En particular, las listas de Alianza Verde. Iván Marulanda nos representará bien.
El Colombiano, 4 de marzo.
La corrupción tampoco es un monopolio de los congresistas. Colombia entró en el siglo XXI al club de los países más corruptos del mundo de la mano de la bonanza petrolera y de una mala gestión por parte de los gobiernos de Uribe y Santos. Según Transparencia Internacional, estamos en el puesto 96 entre 182 países, en un grupo con Brasil, Panamá, Perú, Tailandia, Zambia e Indonesia. Transparencia destacó acciones contra la corrupción en nueves países de América, entre los que no está Colombia. En Suramérica, Brasil, Panamá y Perú ya acusaron a varios jefes de gobierno; en Colombia no. Los congresistas reciben cárcel, a los magistrados les dan incapacidades y el Presidente y los ministros, pasan muertos de la erre.
Claro, los congresistas no se ayudan. La mayoría son mediocres, poco diligentes y oportunistas. Pero siempre los hay destacados y laboriosos. Los partidos ayudan menos. En estas elecciones, en particular, la indigestión amenaza: hay muchos candidatos a Cámara por un partido en alianza con postulados de otro partido Senado. Los resultados desfigurarán más la representación.
No tengo dudas de lo buenos congresistas que fueron Sofía Gaviria, Álvaro Uribe y Roy Barreras, al lado de los estelares Claudia López y Jorge Robledo. Sin embargo, hoy más que nunca en las últimas décadas tendrá más sentido votar por proyectos que por personas. El 11 de marzo tendremos un escenario político definido por las alternativas que se están ofreciendo para el país en los próximos cuatro años.
Las resumo: una oferta clientelista, corrupta y dura, articulada por Cambio Radical y muchos piratas de otros partidos; una promesa de repetir lo mismo de hace diez años, sin Farc y sin Bush, liderada por el Centro Democrático; un proyecto de cambio moderado e institucional que representa la Coalición Colombia; y una promesa de revolcón, sin respeto a las reglas, que se pregona desde Colombia Humana.
El país se reventará después de cuatro años con más de lo mismo –Cambio Radical o Centro Democrático– y no soportará el salto al vacío de Colombia Humana. La mejor opción hoy es la que proponen los partidos y los candidatos de la Coalición Colombia. En particular, las listas de Alianza Verde. Iván Marulanda nos representará bien.
El Colombiano, 4 de marzo.
lunes, 26 de febrero de 2018
Migas
De plomo: el Área Metropolitana acaba de declarar (22.02) el “estado de prevención” que consiste en un conjunto de medidas para regular el uso de automotores hasta el 7 de abril. La medida llegó después tres semanas durante las cuales la mayoría de las estaciones de monitoreo marcaban naranja. Eso significa que nos estamos acostumbrando a respirar veneno y mojarnos con lluvia ácida. ¿Alguien le pondrá el cascabel al gato de la construcción, que es tan contaminante?
Vegetales: el Consejo de Estado acaba de declarar “la vulneración de los derechos colectivos” a un ambiente sano, al goce del espacio público y a la calidad de vida de los habitantes del llamado Túnel Verde, en Envigado. Los responsables de ese daño pretendido son Metroplús, Corantioquia y el municipio de Envigado (“Corte falla a favor de Túnel Verde en Envigado”, El Colombiano, 22.02.18). Esto no se quedará así por la obstinación en hacer una obra inútil y costosa, y por la aversión al riesgo después de ejecutar un par de kilómetros inservibles en más de cinco años. Ningún beneficio, muchos perjuicios para habitantes y comercio.
De modelos: ¿a quién le gusta más el tipo de belleza impuesto en la época? ¿a los mafiosos a los canales privados de televisión? Se convirtió en una regularidad el triángulo modelo peranita, delincuente zutanito y canal Caracol o RCN. ¿El casting se resuelve solo con una foto?
Internacionales: la conexión con el aeropuerto José María Córdova vive en contingencia cotidiana, precisamente ahora cuando es más internacional que nunca antes en sus treinta y punta de años de funcionamiento. Las Palmas se convirtió en ciclovía de todos los días, con carros acompañantes y todo; desde el Alto hasta Sajonia, en una de las zonas de mayor accidentalidad vial del departamento; el acceso al aeropuerto en una red de parqueaderos caótica.
De vagón: nadie habla de la relación entre los ya muy comunes problemas técnicos del metro con la politización a que fue sometida la entidad por Santos y Luis Pérez hace tres años. Entre los dos contaminaron una de las joyas de la corona de Medellín.
De contratistas: las Empresas Públicas cambiaron el contratista de facturación. El proceso de aprendizaje lo pagamos los usuarios. Haciendo filas porque el tiempo cuesta; en liquidez porque nos acumulan las cuentas. Nos obligaron a recoger recibos viejos y entregárselos para que recuperen la trazabilidad de los contratos. Y eso que es la mejor de América Latina. Dolor de cabeza, los contratistas.
De autos: para la ciudadanía de Medellín y su administración es deshonroso que un funcionario público de alto rango (Secretario de Seguridad) haya aceptado cargos penales en un arreglo con la Fiscalía. La falta de reacción de la llamada opinión pública y de la dirigencia es pasmosa, ¿estaremos volviendo al “tapen, tapen” de la época del cartel?
El Colombiano, 25 de febrero.
Vegetales: el Consejo de Estado acaba de declarar “la vulneración de los derechos colectivos” a un ambiente sano, al goce del espacio público y a la calidad de vida de los habitantes del llamado Túnel Verde, en Envigado. Los responsables de ese daño pretendido son Metroplús, Corantioquia y el municipio de Envigado (“Corte falla a favor de Túnel Verde en Envigado”, El Colombiano, 22.02.18). Esto no se quedará así por la obstinación en hacer una obra inútil y costosa, y por la aversión al riesgo después de ejecutar un par de kilómetros inservibles en más de cinco años. Ningún beneficio, muchos perjuicios para habitantes y comercio.
De modelos: ¿a quién le gusta más el tipo de belleza impuesto en la época? ¿a los mafiosos a los canales privados de televisión? Se convirtió en una regularidad el triángulo modelo peranita, delincuente zutanito y canal Caracol o RCN. ¿El casting se resuelve solo con una foto?
Internacionales: la conexión con el aeropuerto José María Córdova vive en contingencia cotidiana, precisamente ahora cuando es más internacional que nunca antes en sus treinta y punta de años de funcionamiento. Las Palmas se convirtió en ciclovía de todos los días, con carros acompañantes y todo; desde el Alto hasta Sajonia, en una de las zonas de mayor accidentalidad vial del departamento; el acceso al aeropuerto en una red de parqueaderos caótica.
De vagón: nadie habla de la relación entre los ya muy comunes problemas técnicos del metro con la politización a que fue sometida la entidad por Santos y Luis Pérez hace tres años. Entre los dos contaminaron una de las joyas de la corona de Medellín.
De contratistas: las Empresas Públicas cambiaron el contratista de facturación. El proceso de aprendizaje lo pagamos los usuarios. Haciendo filas porque el tiempo cuesta; en liquidez porque nos acumulan las cuentas. Nos obligaron a recoger recibos viejos y entregárselos para que recuperen la trazabilidad de los contratos. Y eso que es la mejor de América Latina. Dolor de cabeza, los contratistas.
De autos: para la ciudadanía de Medellín y su administración es deshonroso que un funcionario público de alto rango (Secretario de Seguridad) haya aceptado cargos penales en un arreglo con la Fiscalía. La falta de reacción de la llamada opinión pública y de la dirigencia es pasmosa, ¿estaremos volviendo al “tapen, tapen” de la época del cartel?
El Colombiano, 25 de febrero.
miércoles, 21 de febrero de 2018
Las ideas en la guerra: Bernardo Pérez
VIOLENCIA Y POLÍTICA: LA POBREZA DE LAS IDEAS EN COLOMBIA
Bernardo Pérez Salazar
Magíster en Planificación del Desarrollo Regional, investigador del Instituto Latinoamericano de Altos Estudios (ILAE), Bogotá, Colombia,
Con este libro el profesor Jorge Giraldo de la Universidad Eafit de Medellín prosigue una reflexión iniciada hace más de 15 años sobre temas y problemas de filosofía política contemporánea. En esta ocasión retoma la indagación, propuesta en los albores del Frente Nacional, por Jorge Gaitán Durán, poeta fundador de la revista Mito junto con Hernando Valencia Goelkel, acerca del papel de los intelectuales en la violencia política del país.
Leer la reseña completa: http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0124-59962016000200023&lng=es&nrm=iso&tlng=es
Sugerencia de citación: Pérez S., B. "Violencia y política: la pobreza de las ideas en Colombia", Revista de Economía Institucional 18, 35, 2016, pp. 359-366.
Bernardo Pérez Salazar
Magíster en Planificación del Desarrollo Regional, investigador del Instituto Latinoamericano de Altos Estudios (ILAE), Bogotá, Colombia,
Con este libro el profesor Jorge Giraldo de la Universidad Eafit de Medellín prosigue una reflexión iniciada hace más de 15 años sobre temas y problemas de filosofía política contemporánea. En esta ocasión retoma la indagación, propuesta en los albores del Frente Nacional, por Jorge Gaitán Durán, poeta fundador de la revista Mito junto con Hernando Valencia Goelkel, acerca del papel de los intelectuales en la violencia política del país.
Leer la reseña completa: http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0124-59962016000200023&lng=es&nrm=iso&tlng=es
Sugerencia de citación: Pérez S., B. "Violencia y política: la pobreza de las ideas en Colombia", Revista de Economía Institucional 18, 35, 2016, pp. 359-366.
lunes, 19 de febrero de 2018
El malestar
Hay un enorme malestar en Colombia. La prueba la dan las encuestas presidenciales que muestran que un tercio de la población está indecisa y desconcertada, la mayoría está inclinada a alternativas no tradicionales, en un mosaico del que han desaparecido los partidos liberal y conservador.
El marciano recién llegado a América Latina en su platillo volador quedaría bastante desconcertado. ¿Por qué los colombianos están tan verracos? Colombia, sin dudas, no tiene una situación mala en el panorama continental. Puede ser mediocre, pero está mejor que Brasil, México y Argentina en cuanto a las tendencias en la economía, la seguridad y algunos indicadores sociales. Si el marciano leyera un poco de historia contemporánea se daría cuenta de que el país está viviendo las mejor de las últimas cuatro décadas. No son solo las estadísticas, pensemos en nuestra condición personal y evaluémosla.
Pero en la vida no todo es objetividad ni racionalidad. Ese es el cuestionamiento filosófico de fondo que hizo el recién laureado Nobel de Economía Richard Thaler, quien, por demás, es sicólogo. ¿Será que estamos de diván?
Intentaré algunas explicaciones, como pensando en voz alta. La primera es que la batalla feroz entre las élites que han gobernado a Colombia en los últimos 30 años, hizo confundir a la ciudadanía y está llevando a que todos pierdan. Presidentes y expresidentes en una pelea callejera. La situación es resultado de su irresponsabilidad.
La segunda. Estamos terminando ocho años de un gobierno que se desinteresó de la gente. Tal y como describe Gore Vidal (1925-2012) al protagonista de su novela Lincoln, yo creo que Santos se acomodó en la Casa de Nariño pensando solo en la negociación con las Farc y lo demás le interesó un pito: justicia, educación, salud. Peor aún, pensó que el bien de la paz se podía lograr por malos medios como la corrupción del congreso y comprando el apoyo de Cambio Radical. Logró el acuerdo con las Farc –mérito que nadie podrá quitarle– pero desistió de hacer la preparación y pedagogía que necesitaba. Ahora mucha gente disfruta los beneficios del posconflicto sin agradecer –porque no lo entendió– el trabajo que se hizo.
La tercera razón es que, durante ocho años, la sociedad perdió un sentido crítico razonable. En mis cinco décadas de vida social consciente nunca vi una prensa tan gobiernista y acomodada. Y la oposición quedó en manos de un grupo de histéricos y mentirosos. Nos pasamos ocho años sin que el ciudadano promedio se sintiera representado en sus preguntas y sus objeciones. La prensa no hizo el trabajo, la oposición fue desleal con las instituciones, las élites intelectuales y económicas se distrajeron.
Ahora la masa está indignada y, como suele suceder, puede optar por la autodestrucción. Y las élites por el conservadurismo extremo. El país necesita un cambio, guiado por la moderación.
El Colombiano, 18 de febrero.
El marciano recién llegado a América Latina en su platillo volador quedaría bastante desconcertado. ¿Por qué los colombianos están tan verracos? Colombia, sin dudas, no tiene una situación mala en el panorama continental. Puede ser mediocre, pero está mejor que Brasil, México y Argentina en cuanto a las tendencias en la economía, la seguridad y algunos indicadores sociales. Si el marciano leyera un poco de historia contemporánea se daría cuenta de que el país está viviendo las mejor de las últimas cuatro décadas. No son solo las estadísticas, pensemos en nuestra condición personal y evaluémosla.
Pero en la vida no todo es objetividad ni racionalidad. Ese es el cuestionamiento filosófico de fondo que hizo el recién laureado Nobel de Economía Richard Thaler, quien, por demás, es sicólogo. ¿Será que estamos de diván?
Intentaré algunas explicaciones, como pensando en voz alta. La primera es que la batalla feroz entre las élites que han gobernado a Colombia en los últimos 30 años, hizo confundir a la ciudadanía y está llevando a que todos pierdan. Presidentes y expresidentes en una pelea callejera. La situación es resultado de su irresponsabilidad.
La segunda. Estamos terminando ocho años de un gobierno que se desinteresó de la gente. Tal y como describe Gore Vidal (1925-2012) al protagonista de su novela Lincoln, yo creo que Santos se acomodó en la Casa de Nariño pensando solo en la negociación con las Farc y lo demás le interesó un pito: justicia, educación, salud. Peor aún, pensó que el bien de la paz se podía lograr por malos medios como la corrupción del congreso y comprando el apoyo de Cambio Radical. Logró el acuerdo con las Farc –mérito que nadie podrá quitarle– pero desistió de hacer la preparación y pedagogía que necesitaba. Ahora mucha gente disfruta los beneficios del posconflicto sin agradecer –porque no lo entendió– el trabajo que se hizo.
La tercera razón es que, durante ocho años, la sociedad perdió un sentido crítico razonable. En mis cinco décadas de vida social consciente nunca vi una prensa tan gobiernista y acomodada. Y la oposición quedó en manos de un grupo de histéricos y mentirosos. Nos pasamos ocho años sin que el ciudadano promedio se sintiera representado en sus preguntas y sus objeciones. La prensa no hizo el trabajo, la oposición fue desleal con las instituciones, las élites intelectuales y económicas se distrajeron.
Ahora la masa está indignada y, como suele suceder, puede optar por la autodestrucción. Y las élites por el conservadurismo extremo. El país necesita un cambio, guiado por la moderación.
El Colombiano, 18 de febrero.
martes, 13 de febrero de 2018
Jardín, Colombia: the Spirit in the Stone
On February 2, a century ago, the first stone was laid. Few people stop to think about the meaning of a first stone; how much heaven you have to move to put it on. And in this particular case, in how many wills must be agreed to put that stone in a small remote valley of the western mountain range, which is like a balcony from which look a dozen basalt minarets of the Farallones del Citará.
It is not easy to reconstruct the details of the individual and collective acts that moved and nailed that stone. Real stone, not metaphorical, and already mythical stone. We know that the first stone is the end of many jobs: the preparation of a site, the improvement of a business project, the admiration of the design, the plan and the calculations. We owe this last to a Salesian brother.
Giovanni Buscaglione, an Italian architect, perhaps Piedmontese, born in 1874, was commissioned to capture its Gothic aesthetic, its hermetic keys and its Christian tradition in the Garden temple. Buscaglione also left its mark on Villanueva in Medellín, La Candelaria in Bogotá, Barichara and other Colombian, Italian and Turkish localities. It is not the only European presence. The canon of Asian saints rests on a marble altar made in Italy and under a pair of bells of good German iron. How these objects crossed the Atlantic, they ascended the Magdalena, they passed to Cauca and they went up to the sources of the San Juan rivers, it is not known. Fitzcarraldo can give us an idea.
The priest Juan Nepomuceno Barrera made sure that the strokes of Buscaglione became the dream of a community. For twenty years, Father Barrera made the faith rooted in an architectural project and prayers were exchanged for work days. Hundreds of “jardineños” of the first and second generation, our grandparents and great grandparents, climbed the mountain to cut volcanic rock, sat in the park to carve it and organized caravans of muleteers to converge the wood with gold and limestone with the sand. All the inhabitants dedicated the efforts that were left over from simple subsistence to building their common home.
It is said that the temple was finished in 1940. The stone is more dynamic than it is believed; Being eternal, faith is also daily. In the eighties, the earth fractured the walls and the war turned its towers into watchtowers. Throughout time thousands of stones, tiles and mosaics were changed, the towers were alleviated with aluminum. Sacred iconography entered, the most recent of them the Saint Laura Montoya, work of the artist Felipe Giraldo. For the State it became a national heritage and for the Vatican basilica; ours, for the memory of the ancestors.
Photography: Javier Jaramillo
It is not easy to reconstruct the details of the individual and collective acts that moved and nailed that stone. Real stone, not metaphorical, and already mythical stone. We know that the first stone is the end of many jobs: the preparation of a site, the improvement of a business project, the admiration of the design, the plan and the calculations. We owe this last to a Salesian brother.
Giovanni Buscaglione, an Italian architect, perhaps Piedmontese, born in 1874, was commissioned to capture its Gothic aesthetic, its hermetic keys and its Christian tradition in the Garden temple. Buscaglione also left its mark on Villanueva in Medellín, La Candelaria in Bogotá, Barichara and other Colombian, Italian and Turkish localities. It is not the only European presence. The canon of Asian saints rests on a marble altar made in Italy and under a pair of bells of good German iron. How these objects crossed the Atlantic, they ascended the Magdalena, they passed to Cauca and they went up to the sources of the San Juan rivers, it is not known. Fitzcarraldo can give us an idea.
The priest Juan Nepomuceno Barrera made sure that the strokes of Buscaglione became the dream of a community. For twenty years, Father Barrera made the faith rooted in an architectural project and prayers were exchanged for work days. Hundreds of “jardineños” of the first and second generation, our grandparents and great grandparents, climbed the mountain to cut volcanic rock, sat in the park to carve it and organized caravans of muleteers to converge the wood with gold and limestone with the sand. All the inhabitants dedicated the efforts that were left over from simple subsistence to building their common home.
It is said that the temple was finished in 1940. The stone is more dynamic than it is believed; Being eternal, faith is also daily. In the eighties, the earth fractured the walls and the war turned its towers into watchtowers. Throughout time thousands of stones, tiles and mosaics were changed, the towers were alleviated with aluminum. Sacred iconography entered, the most recent of them the Saint Laura Montoya, work of the artist Felipe Giraldo. For the State it became a national heritage and for the Vatican basilica; ours, for the memory of the ancestors.
Photography: Javier Jaramillo
lunes, 12 de febrero de 2018
Jardín: el espíritu en la piedra
Un dos de febrero, hace un siglo, se puso la primera piedra. Pocos se detienen a pensar en el significado de una primera piedra; en cuánto cielo hay que mover para ponerla. Y en este caso particular, en cuántas voluntades hay que hacer concordar para poner esa piedra en un pequeño valle remoto de la cordillera occidental, que es como un balcón desde el que se miran una decena de alminares de basalto de los Farallones del Citará.
No es fácil reconstruir los detalles de los actos individuales y colectivos que movieron y clavaron esa piedra. Piedra real, no metafórica, y ya piedra mítica. Sabemos que la primera piedra constituye el final de muchos trabajos: de la preparación de un terreno, del perfeccionamiento de un proyecto empresarial, de la admiración del diseño, el plan y los cálculos. Esto último se lo debemos a un hermano salesiano.
Giovanni Buscaglione, un arquitecto italiano, tal vez piamontés, nacido en 1874, fue el encargado de plasmar su estética gótica, sus claves herméticas y su tradición cristiana en el templo de Jardín. Buscaglione también dejó su huella en Villanueva en Medellín, La Candelaria en Bogotá, Barichara y otras localidades colombianas, italianas y turcas. No es la única presencia europea. El canónico santoral de personajes asiáticos reposa sobre un altar marmóreo fabricado en Italia y bajo un par de campanas de buen hierro alemán. Cómo cruzaron estos objetos el Atlántico, subieron el Magdalena, pasaron al Cauca y subieron hasta las fuentes del San Juan, no se sabe. Fitzcarraldo puede darnos una idea.
El sacerdote Juan Nepomuceno Barrera se encargó de que los trazos de Buscaglione se convirtieran en el sueño de una comunidad. Durante veinte años, el padre Barrera hizo que la fe arraigara en un proyecto arquitectónico y que las oraciones se permutaran por jornadas de trabajo. Centenares de jardineños de la primera y la segunda generación, nuestros abuelos y bisabuelos, subieron a la montaña a cortar roca volcánica, se sentaron en el parque a labrarla y organizaron caravanas de arrieros para hacer converger la madera con el oro y la caliza con la arena. Todos los pobladores dedicaron los esfuerzos que sobraban de la simple subsistencia a construir su casa común.
Se dice que el templo se terminó en 1940. La piedra es más dinámica de lo que se cree; siendo eterna, la fe también es cotidiana. En los años ochenta, la tierra fracturó las paredes y la guerra convirtió sus torres en atalayas. A lo largo del tiempo se cambiaron miles de piedras, tejas y mosaicos, las torres se alivianaron con aluminio. Ingresó la iconografía sacra, la más reciente de ellas la santa Laura Montoya, obra del artista Felipe Giraldo. Por el Estado se hizo patrimonio nacional y por El Vaticano basílica; nuestra, por la memoria de los ancestros.
El Colombiano, 11 de febrero
Fotografía: Javier Jaramillo
No es fácil reconstruir los detalles de los actos individuales y colectivos que movieron y clavaron esa piedra. Piedra real, no metafórica, y ya piedra mítica. Sabemos que la primera piedra constituye el final de muchos trabajos: de la preparación de un terreno, del perfeccionamiento de un proyecto empresarial, de la admiración del diseño, el plan y los cálculos. Esto último se lo debemos a un hermano salesiano.
Giovanni Buscaglione, un arquitecto italiano, tal vez piamontés, nacido en 1874, fue el encargado de plasmar su estética gótica, sus claves herméticas y su tradición cristiana en el templo de Jardín. Buscaglione también dejó su huella en Villanueva en Medellín, La Candelaria en Bogotá, Barichara y otras localidades colombianas, italianas y turcas. No es la única presencia europea. El canónico santoral de personajes asiáticos reposa sobre un altar marmóreo fabricado en Italia y bajo un par de campanas de buen hierro alemán. Cómo cruzaron estos objetos el Atlántico, subieron el Magdalena, pasaron al Cauca y subieron hasta las fuentes del San Juan, no se sabe. Fitzcarraldo puede darnos una idea.
El sacerdote Juan Nepomuceno Barrera se encargó de que los trazos de Buscaglione se convirtieran en el sueño de una comunidad. Durante veinte años, el padre Barrera hizo que la fe arraigara en un proyecto arquitectónico y que las oraciones se permutaran por jornadas de trabajo. Centenares de jardineños de la primera y la segunda generación, nuestros abuelos y bisabuelos, subieron a la montaña a cortar roca volcánica, se sentaron en el parque a labrarla y organizaron caravanas de arrieros para hacer converger la madera con el oro y la caliza con la arena. Todos los pobladores dedicaron los esfuerzos que sobraban de la simple subsistencia a construir su casa común.
Se dice que el templo se terminó en 1940. La piedra es más dinámica de lo que se cree; siendo eterna, la fe también es cotidiana. En los años ochenta, la tierra fracturó las paredes y la guerra convirtió sus torres en atalayas. A lo largo del tiempo se cambiaron miles de piedras, tejas y mosaicos, las torres se alivianaron con aluminio. Ingresó la iconografía sacra, la más reciente de ellas la santa Laura Montoya, obra del artista Felipe Giraldo. Por el Estado se hizo patrimonio nacional y por El Vaticano basílica; nuestra, por la memoria de los ancestros.
El Colombiano, 11 de febrero
Fotografía: Javier Jaramillo
lunes, 5 de febrero de 2018
Super Bowl 52
“El deporte más parecido a la política es el fútbol americano”, dijo Barack Obama. Fue la respuesta a la pregunta del humorista Jerry Seinfield, en su serie más reciente cuyo título es Comediants in cars getting coffee (Netflix). Seinfiel tiene la gracia suficiente para hacer que un automóvil no resulte repulsivo y Obama tanta simpatía como para hacer amable y terrenal la política, incluso la de Washington.
La pregunta de Seinfiel era más cerrada: la política es como el ajedrez o como “el póquer del mentiroso”, puntualizó. El ajedrez siempre fue comparado con la guerra o, mejor surgió con la guerra, en la India donde se escribieron algunos de los tratados más antiguos sobre guerra y política como el Kautiliya, por ejemplo. El póquer es más extraño como analogía. El engaño siempre está asociado a la política pero de maneras más sofisticadas que las que sugieren los sitios de internet de póquer. A los maestros del engaño les suele ir mal en política; hay que ser más que un embaucador para merecer el título de estadista.
La respuesta de Obama fue más completa. En el fútbol americano, como en la política, hay “muchos jugadores, mucha especialización, muchos golpes”. Habla desde la perspectiva de la materia. Cuando se ubica como político, desde el punto de vista subjetivo, la interpretación del símil cambia: en la política como en el fútbol americano, “hay que conformarse mucho”; ceder en los propósitos propios, buscar compromisos. “De vez en cuando ves un espacio y logras hacer una yarda”, completa.
Que toda metáfora es incompleta por definición y que las de la política lo son aún más, queda claro en la entrevista que David Letterman le hizo a Obama hace poco (Netflix). Allí el expresidente explica que el papel de un líder público trasciende las iniciativas, las obras, la solución de contingencias. Es decir, todas las tareas que tiene que hacer un buen administrador, apoyado por un buen grupo de técnicos y una burocracia eficiente. Descontando con qué margen de maniobra político y financiero pueda contar.
Un buen líder tiene que inspirar. Tiene que enviar las señales adecuadas a sus conciudadanos, a la población, acerca de cuáles son las actitudes y los comportamientos adecuados para que su proyecto y los propósitos del país salgan adelante. Un buen líder, un buen presidente de un país, tiene que impulsar un determinado perfil de la cultura ciudadana, indicando en qué patrones se debe persistir, a qué modelos debemos aspirar a parecernos. Influir en cosas tan simples y profundas como la forma de hablar o de expresar las ideas y las emociones.
Los buscadores de programas de gobierno, de experiencia, se quedan tratando de resolver la mitad del problema. Cuando un país o el mundo andan despistados en términos de valores, son más útiles los líderes inspiradores.
El Colombiano, 4 de febrero
La pregunta de Seinfiel era más cerrada: la política es como el ajedrez o como “el póquer del mentiroso”, puntualizó. El ajedrez siempre fue comparado con la guerra o, mejor surgió con la guerra, en la India donde se escribieron algunos de los tratados más antiguos sobre guerra y política como el Kautiliya, por ejemplo. El póquer es más extraño como analogía. El engaño siempre está asociado a la política pero de maneras más sofisticadas que las que sugieren los sitios de internet de póquer. A los maestros del engaño les suele ir mal en política; hay que ser más que un embaucador para merecer el título de estadista.
La respuesta de Obama fue más completa. En el fútbol americano, como en la política, hay “muchos jugadores, mucha especialización, muchos golpes”. Habla desde la perspectiva de la materia. Cuando se ubica como político, desde el punto de vista subjetivo, la interpretación del símil cambia: en la política como en el fútbol americano, “hay que conformarse mucho”; ceder en los propósitos propios, buscar compromisos. “De vez en cuando ves un espacio y logras hacer una yarda”, completa.
Que toda metáfora es incompleta por definición y que las de la política lo son aún más, queda claro en la entrevista que David Letterman le hizo a Obama hace poco (Netflix). Allí el expresidente explica que el papel de un líder público trasciende las iniciativas, las obras, la solución de contingencias. Es decir, todas las tareas que tiene que hacer un buen administrador, apoyado por un buen grupo de técnicos y una burocracia eficiente. Descontando con qué margen de maniobra político y financiero pueda contar.
Un buen líder tiene que inspirar. Tiene que enviar las señales adecuadas a sus conciudadanos, a la población, acerca de cuáles son las actitudes y los comportamientos adecuados para que su proyecto y los propósitos del país salgan adelante. Un buen líder, un buen presidente de un país, tiene que impulsar un determinado perfil de la cultura ciudadana, indicando en qué patrones se debe persistir, a qué modelos debemos aspirar a parecernos. Influir en cosas tan simples y profundas como la forma de hablar o de expresar las ideas y las emociones.
Los buscadores de programas de gobierno, de experiencia, se quedan tratando de resolver la mitad del problema. Cuando un país o el mundo andan despistados en términos de valores, son más útiles los líderes inspiradores.
El Colombiano, 4 de febrero
lunes, 29 de enero de 2018
Qué tan raro
Las señales que muestran la falta de argumentos en materia de política electoral son alarmantes. No me refiero a las redes sociales –en las que no participo– sino a los comentarios personales de gente ilustrada y a las opiniones que se cuelan en las conversaciones semipúblicas y en la prensa. Expondré algunos.
Empecemos por Gustavo Petro, el demonio público del día, como en su día lo fueron Álvaro Gómez o Rojas Pinilla. Hace apenas cuatro años, el apoyo de Petro a la campaña presidencial de Juan Manuel Santos resultó decisivo para el triunfo de este, y para la vicepresidencia de Vargas Lleras. Nadie dijo ni mú, hoy aparece como el intocable, el paria, sin que nadie explique por qué. ¿Cambió tanto Petro en cuatro años? Qué tan raro.
Sigamos con la frase del año: “por el que diga Uribe”. Acá está una de las pruebas más evidentes de irracionalidad. Baste recordar que en las elecciones del 2010, el que dijo Álvaro Uribe fue Juan Manuel Santos. El resultado fue más malo que regular para Colombia y nefasto para el uribismo. Y, sin embargo, millones de personas siguen esperando que Uribe les diga por quien votar. A mí por lo menos me queda claro que para eso Uribe no sirve, pero en esas andamos. Qué tan raro.
Desde que Petro se retiró del Senado de la República, cada año, consistentemente, el senador mejor calificado en el país ha sido Jorge Robledo. No en encuestas impersonales; esa ha sido la conclusión de estudios enfocados en los llamados líderes de opinión. Pues bien, ahora resulta que el apoyo del mejor senador del país se esgrime como salida para descalificar la alternativa presidencial de Sergio Fajardo. Qué tan raro.
A propósito de Robledo. Cuando andaba en el mismo partido con Carlos Gaviria Díaz, a los progresistas no les parecía tan mal tipo. Aunque sus ideas económicas, cercanas a las de Laureano Gómez –según Salomón Kalmanovitz–, eran las mismas. Qué tan raro.
Solo uno de los candidatos presidenciales está en el centro del entramado de corrupción de Odebrecht, en el ombligo de todos los robos al erario público en el departamento de Córdoba y, por supuesto, en la cadena administrativa que involucró a los contratistas inexpertos a quienes se les cayó el puente de Chirajara. Se llama Germán Vargas Lleras. Por cosas menores se cuestiona a la mayoría de aspirantes a la Presidencia. Pero de Vargas Lleras nadie habla en estos casos. Qué tan raro.
Víctima de la acusación temeraria y no probada de gobernar con el paramilitarismo, comentaristas cercanos al Centro Democrático pagan con la misma moneda tratando de confundir a la opinión con la especie de que todos los demás candidatos, excepto Vargas, son amigos de la Farc o testaferros políticos de ella. Muy raro y muy ridículo.
El Colombiano, 28 de enero
Empecemos por Gustavo Petro, el demonio público del día, como en su día lo fueron Álvaro Gómez o Rojas Pinilla. Hace apenas cuatro años, el apoyo de Petro a la campaña presidencial de Juan Manuel Santos resultó decisivo para el triunfo de este, y para la vicepresidencia de Vargas Lleras. Nadie dijo ni mú, hoy aparece como el intocable, el paria, sin que nadie explique por qué. ¿Cambió tanto Petro en cuatro años? Qué tan raro.
Sigamos con la frase del año: “por el que diga Uribe”. Acá está una de las pruebas más evidentes de irracionalidad. Baste recordar que en las elecciones del 2010, el que dijo Álvaro Uribe fue Juan Manuel Santos. El resultado fue más malo que regular para Colombia y nefasto para el uribismo. Y, sin embargo, millones de personas siguen esperando que Uribe les diga por quien votar. A mí por lo menos me queda claro que para eso Uribe no sirve, pero en esas andamos. Qué tan raro.
Desde que Petro se retiró del Senado de la República, cada año, consistentemente, el senador mejor calificado en el país ha sido Jorge Robledo. No en encuestas impersonales; esa ha sido la conclusión de estudios enfocados en los llamados líderes de opinión. Pues bien, ahora resulta que el apoyo del mejor senador del país se esgrime como salida para descalificar la alternativa presidencial de Sergio Fajardo. Qué tan raro.
A propósito de Robledo. Cuando andaba en el mismo partido con Carlos Gaviria Díaz, a los progresistas no les parecía tan mal tipo. Aunque sus ideas económicas, cercanas a las de Laureano Gómez –según Salomón Kalmanovitz–, eran las mismas. Qué tan raro.
Solo uno de los candidatos presidenciales está en el centro del entramado de corrupción de Odebrecht, en el ombligo de todos los robos al erario público en el departamento de Córdoba y, por supuesto, en la cadena administrativa que involucró a los contratistas inexpertos a quienes se les cayó el puente de Chirajara. Se llama Germán Vargas Lleras. Por cosas menores se cuestiona a la mayoría de aspirantes a la Presidencia. Pero de Vargas Lleras nadie habla en estos casos. Qué tan raro.
Víctima de la acusación temeraria y no probada de gobernar con el paramilitarismo, comentaristas cercanos al Centro Democrático pagan con la misma moneda tratando de confundir a la opinión con la especie de que todos los demás candidatos, excepto Vargas, son amigos de la Farc o testaferros políticos de ella. Muy raro y muy ridículo.
El Colombiano, 28 de enero
lunes, 22 de enero de 2018
Contratistas 2
Después de publicada la columna anterior sobre el tema de los contratistas han pasado algunas cosas y he recibido algunos comentarios razonados, cosa rara en estos tiempos de iracundia, irreflexión y tozudez.
Empiezo por las reflexiones. El colega Santiago Leyva, de la Universidad Eafit, me hizo un apunte sobre una preocupación que le ronda hace tiempos y que tiene que ver con la acumulación de conocimiento y la construcción de capacidades en el sector público. El sistema de contratación vigente en el país impide que eso ocurra; el aprendizaje es un valor añadido que gana el contratista y que se convierte en un factor de negociación y presión sobre los entes oficiales.
Otro profesional me señaló el asunto de la rotación excesiva en los cargos de nivel gerencial, no solo en la administración sino también en las empresas comerciales e industriales del Estado. “Como cambian de gerente, también cambian muchos puestos técnicos de alto nivel, al punto de que ya los funcionarios de carrera, prácticamente no pueden llegar a las grandes gerencias porque estas se han vuelto más políticas que otra cosa quitándoles eficiencia a las empresas”, me escribió.
Hablé de la pérdida de poder simbólico del Estado. El personalismo de los gobernantes lleva a que quede la idea de lo bueno lo hizo fulano, lo malo el Estado (o viceversa si habla la oposición). Y sirve para la más inútil de las contrataciones de hoy: la papelería de las administraciones. Porque ya no importa la administración sino el fulano a cargo. Cada cuatro años cambio de foto, de lema y de colores. ¿Cuánto vale? ¿Qué proporción del presupuesto de un pequeño municipio se pierde en este contrato?
El presidente Santos acabó de echar al director de Colciencias César Ocampo. En entrevista reciente (“Colciencias debería ser una entidad libre de clientelismo”, El Tiempo, 16.01.17), Ocampo señaló que en la entidad “se habían delegado competencias en materia de contratación y toma de decisión a la subdirección general y a la secretaría general” y que eso permitió irregularidades como la contratación de “personas con formación de bachiller o técnico con honorarios de hasta 5 millones de pesos, y otras, con formación de doctorado, con honorarios de un rango similar”. Ocampo quería hacerse cargo, pues era su responsabilidad, pero el Presidente no quiso ceder la máquina contratante.
Se cayó el puente de Chirajara en la vía Bogotá-Villavicencio, a cargo de una empresa propiedad del único amigo fiel de Santos, Luis Carlos Sarmiento, quien llegó a la infraestructura como contratista neófito. La obra era un puente de 440 metros de longitud que no lo hace cualquiera. Con la idea de que si hay plata y hay contrato se puede hacer cualquier cosa, se elabora la filosofía del contratismo. Esperemos a ver quién lo paga y a quién contratan para volverlo a hacer.
El Colombiano, 21 de enero.
Empiezo por las reflexiones. El colega Santiago Leyva, de la Universidad Eafit, me hizo un apunte sobre una preocupación que le ronda hace tiempos y que tiene que ver con la acumulación de conocimiento y la construcción de capacidades en el sector público. El sistema de contratación vigente en el país impide que eso ocurra; el aprendizaje es un valor añadido que gana el contratista y que se convierte en un factor de negociación y presión sobre los entes oficiales.
Otro profesional me señaló el asunto de la rotación excesiva en los cargos de nivel gerencial, no solo en la administración sino también en las empresas comerciales e industriales del Estado. “Como cambian de gerente, también cambian muchos puestos técnicos de alto nivel, al punto de que ya los funcionarios de carrera, prácticamente no pueden llegar a las grandes gerencias porque estas se han vuelto más políticas que otra cosa quitándoles eficiencia a las empresas”, me escribió.
Hablé de la pérdida de poder simbólico del Estado. El personalismo de los gobernantes lleva a que quede la idea de lo bueno lo hizo fulano, lo malo el Estado (o viceversa si habla la oposición). Y sirve para la más inútil de las contrataciones de hoy: la papelería de las administraciones. Porque ya no importa la administración sino el fulano a cargo. Cada cuatro años cambio de foto, de lema y de colores. ¿Cuánto vale? ¿Qué proporción del presupuesto de un pequeño municipio se pierde en este contrato?
El presidente Santos acabó de echar al director de Colciencias César Ocampo. En entrevista reciente (“Colciencias debería ser una entidad libre de clientelismo”, El Tiempo, 16.01.17), Ocampo señaló que en la entidad “se habían delegado competencias en materia de contratación y toma de decisión a la subdirección general y a la secretaría general” y que eso permitió irregularidades como la contratación de “personas con formación de bachiller o técnico con honorarios de hasta 5 millones de pesos, y otras, con formación de doctorado, con honorarios de un rango similar”. Ocampo quería hacerse cargo, pues era su responsabilidad, pero el Presidente no quiso ceder la máquina contratante.
Se cayó el puente de Chirajara en la vía Bogotá-Villavicencio, a cargo de una empresa propiedad del único amigo fiel de Santos, Luis Carlos Sarmiento, quien llegó a la infraestructura como contratista neófito. La obra era un puente de 440 metros de longitud que no lo hace cualquiera. Con la idea de que si hay plata y hay contrato se puede hacer cualquier cosa, se elabora la filosofía del contratismo. Esperemos a ver quién lo paga y a quién contratan para volverlo a hacer.
El Colombiano, 21 de enero.
lunes, 15 de enero de 2018
Contratistas
Titular de noticia decembrina: “Indignación por foto de contratistas de la Alcaldía de Medellín con Popeye” (El Colombiano, 29.12.17). Confieso que no leí la nota; basta la foto de un par de personas con chalecos de la Alcaldía tomándole fotos a una compañera con John Jairo Velásquez, sicario de Pablo Escobar. Dada la fecha de la publicación, puede suponerse que los hechos ocurrieron el Día de los Inocentes.
El Estado colombiano creó hace tiempo un sistema de operación que descansa en los contratistas, que se disparó después de las reformas de César Gaviria. Mi impresión es que si uno le quita los contratistas a un ente estatal, especialmente las alcaldías y las gobernaciones, lo que resta de acción estatal es muy poco. Pongamos como caso el municipio de Medellín. El grueso de los empleados públicos son maestros, guardas de tránsito y un pequeño grupo de personal administrativo compuesto por interventores y secretarias. La ejecución de las políticas públicas depende, en lo fundamental, de contratistas. Esta distribución subvierte la filosofía de toda contratación, cual es, procurar que terceros hagan aquellas actividades que no están en el meollo de la misión institucional.
Cuando el 80% de la actividad de la administración (esa es la cifra que me da una fuente) la hacen los contratistas, eso significa ni más ni menos que la ciudadanía está en manos de entes privados. No se trata solo de hacer andenes o tapar huecos. Estamos hablando de atención a primera infancia, cuidado del espacio público, prestación de servicios de nutrición escolar o salud. Tampoco se trata una simple prestación de servicios sino de delegación de funciones públicas que podrían implicar ingresos para el municipio. Y si no, ¿quién establece la fotomulta de tránsito y la recauda? ¿quién da las licencias de construcción y cobra por ello? ¿quién da los certificados tecnomecánicos, entre otros, y recibe los pagos?
El hecho de que la administración pública descanse en los contratistas tiene dos efectos perversos adicionales. Uno es la corrupción pues, como se sabe, los apoyos electorales y la financiación de campañas se suelen pagar con contratos. Normalmente a personas y entidades que no saben nada sino que funcionan como “operadores logísticos”, entes contratantes dedicados a subcontratar y a llevarse las tajadas más grande de los presupuestos. El segundo es que los trabajadores que están al final de la cadena de contratistas son mal pagados y sujetos a condiciones muy precarias.
Que la contratación sea más eficiente no está demostrado. Eleva los costos de transacción y genera enorme gastos a la ciudadanía por la descoordinación que genera (vean distintos operadores haciendo cosas distintas en la misma vía a la misma hora). Además anula la capacidad simbólica del Estado, por eso alguien con el logo de la Alcaldía puede posar con Popeye en contra de la voluntad del Alcalde.
El Colombiano, 14 de enero
El Estado colombiano creó hace tiempo un sistema de operación que descansa en los contratistas, que se disparó después de las reformas de César Gaviria. Mi impresión es que si uno le quita los contratistas a un ente estatal, especialmente las alcaldías y las gobernaciones, lo que resta de acción estatal es muy poco. Pongamos como caso el municipio de Medellín. El grueso de los empleados públicos son maestros, guardas de tránsito y un pequeño grupo de personal administrativo compuesto por interventores y secretarias. La ejecución de las políticas públicas depende, en lo fundamental, de contratistas. Esta distribución subvierte la filosofía de toda contratación, cual es, procurar que terceros hagan aquellas actividades que no están en el meollo de la misión institucional.
Cuando el 80% de la actividad de la administración (esa es la cifra que me da una fuente) la hacen los contratistas, eso significa ni más ni menos que la ciudadanía está en manos de entes privados. No se trata solo de hacer andenes o tapar huecos. Estamos hablando de atención a primera infancia, cuidado del espacio público, prestación de servicios de nutrición escolar o salud. Tampoco se trata una simple prestación de servicios sino de delegación de funciones públicas que podrían implicar ingresos para el municipio. Y si no, ¿quién establece la fotomulta de tránsito y la recauda? ¿quién da las licencias de construcción y cobra por ello? ¿quién da los certificados tecnomecánicos, entre otros, y recibe los pagos?
El hecho de que la administración pública descanse en los contratistas tiene dos efectos perversos adicionales. Uno es la corrupción pues, como se sabe, los apoyos electorales y la financiación de campañas se suelen pagar con contratos. Normalmente a personas y entidades que no saben nada sino que funcionan como “operadores logísticos”, entes contratantes dedicados a subcontratar y a llevarse las tajadas más grande de los presupuestos. El segundo es que los trabajadores que están al final de la cadena de contratistas son mal pagados y sujetos a condiciones muy precarias.
Que la contratación sea más eficiente no está demostrado. Eleva los costos de transacción y genera enorme gastos a la ciudadanía por la descoordinación que genera (vean distintos operadores haciendo cosas distintas en la misma vía a la misma hora). Además anula la capacidad simbólica del Estado, por eso alguien con el logo de la Alcaldía puede posar con Popeye en contra de la voluntad del Alcalde.
El Colombiano, 14 de enero
lunes, 18 de diciembre de 2017
2017 a través de preguntas tópicas
Una de las varias formas que usan los medios de comunicación para resumir un año es a través de preguntas como el personaje o el acontecimiento del año; las secciones culturales tratan de señalar el libro, el disco o la película del año; recientemente se indaga por la palabra –lo que pone de presente la importancia del lenguaje en el mundo contemporáneo. Haré este ejercicio brevemente para cerrar este 2017.
La palabra del año es corrupción. Si no nos gustan las generalidades podemos cambiarla por Odebrecht. Es la palabra más importante en Suramérica y en Colombia. En la región fue una palabra con poder que llevó a juicio a expresidentes y ministros; tiene tambaleando al gobierno peruano. En Colombia fue una palabra sonora, apagada en los recintos de la Fiscalía General de la Nación que tocó senadores provincianos y algunos funcionarios de segundo nivel pero que no ha llegado a los vestíbulos de la Casa de Nariño.
El acontecimiento del año en Colombia fue la desmovilización de las Farc. Uno puede obnubilarse con las noticias de la noche que desmienten las de la mañana, pero ese hecho quedará en los libros de la historia mundial como uno de los que alcanzarán el rango de “acontecimiento”, es decir, de punto de inflexión en el curso del tiempo. Gracias a él, 2017 tendrá el peso de 1953 o 1991 y no será solo un año más de desgobierno.
En el mundo, sin dudas, lo es la irrupción de Donald Trump en la Casa Blanca, con efectos disruptivos que pocos se imaginaron en sus detalles. Desde la destrucción del seguro de salud para 25 millones de estadunidenses hasta las medidas sobre clima o internet que afectarán a toda la humanidad. El historiador italiano Enzo Traverso acaba de llamarlo fascista, aclarando que no tiene tras de sí un movimiento fascista; menos aún que el régimen político en el que se inscribe lo sea (“Como europeo, no veo Cataluña como una nación oprimida”, El País, 14.12.17). No me gustan los calificativos, aunque este no desentona.
No existe una categoría para el muerto del año; solo a muertes notables alude The New York Times. El final de año debe servir siempre para recordar y agradecer a aquellos que tocaron nuestras vidas. La mente: Tzvetan Todorov, Giovanni Sartori, Daniel Herrera, Luz Gabriela Arango. El corazón: Chuck Berry, Tom Petty, Elkin Ramírez, Chris Cornell. El espíritu: Sam Shepard.
El funcionario público del año debió haber sido el Presidente de la República, pudo serlo el Fiscal General de la Nación pero –siempre en mi opinión– fue el Superintendente de Industria y Comercio. El mundo se llenó de tantos personajes grises que da lidia encontrar gente de talla; dejarán huella en sus países y regiones Angela Merkel y Xi Jinping, Emmanuel Macron es apenas una esperanza.
El Colombiano, 17 de diciembre
La palabra del año es corrupción. Si no nos gustan las generalidades podemos cambiarla por Odebrecht. Es la palabra más importante en Suramérica y en Colombia. En la región fue una palabra con poder que llevó a juicio a expresidentes y ministros; tiene tambaleando al gobierno peruano. En Colombia fue una palabra sonora, apagada en los recintos de la Fiscalía General de la Nación que tocó senadores provincianos y algunos funcionarios de segundo nivel pero que no ha llegado a los vestíbulos de la Casa de Nariño.
El acontecimiento del año en Colombia fue la desmovilización de las Farc. Uno puede obnubilarse con las noticias de la noche que desmienten las de la mañana, pero ese hecho quedará en los libros de la historia mundial como uno de los que alcanzarán el rango de “acontecimiento”, es decir, de punto de inflexión en el curso del tiempo. Gracias a él, 2017 tendrá el peso de 1953 o 1991 y no será solo un año más de desgobierno.
En el mundo, sin dudas, lo es la irrupción de Donald Trump en la Casa Blanca, con efectos disruptivos que pocos se imaginaron en sus detalles. Desde la destrucción del seguro de salud para 25 millones de estadunidenses hasta las medidas sobre clima o internet que afectarán a toda la humanidad. El historiador italiano Enzo Traverso acaba de llamarlo fascista, aclarando que no tiene tras de sí un movimiento fascista; menos aún que el régimen político en el que se inscribe lo sea (“Como europeo, no veo Cataluña como una nación oprimida”, El País, 14.12.17). No me gustan los calificativos, aunque este no desentona.
No existe una categoría para el muerto del año; solo a muertes notables alude The New York Times. El final de año debe servir siempre para recordar y agradecer a aquellos que tocaron nuestras vidas. La mente: Tzvetan Todorov, Giovanni Sartori, Daniel Herrera, Luz Gabriela Arango. El corazón: Chuck Berry, Tom Petty, Elkin Ramírez, Chris Cornell. El espíritu: Sam Shepard.
El funcionario público del año debió haber sido el Presidente de la República, pudo serlo el Fiscal General de la Nación pero –siempre en mi opinión– fue el Superintendente de Industria y Comercio. El mundo se llenó de tantos personajes grises que da lidia encontrar gente de talla; dejarán huella en sus países y regiones Angela Merkel y Xi Jinping, Emmanuel Macron es apenas una esperanza.
El Colombiano, 17 de diciembre
lunes, 11 de diciembre de 2017
Cuatro libros para entendernos
La principal preocupación del país, es decir, de la sociedad y de los dirigentes debería ser la reconciliación, aunque lo que uno ve en la escena pública es la lucha ciega entre el miedo y el odio. La frase es de Álvaro Gómez Hurtado (1919-1995) a propósito de las elecciones de 1970; un tema sobre el que volveré cuando se acerque mayo del 2018. La reconciliación necesita reflexión, comprensión, distancia, discusión informada. Eso nos lo ofrecen cuatro libros publicados durante 2017. Será mi recomendación para vacaciones.
Empiezo por el que abarca el periodo más largo de la historia colombiana. Daniel Pécaut acaba de publicar una larga y magnífica conversación con el profesor Alberto Valencia Gutérrez de la Universidad del Valle (En busca de la nación colombiana, Debate). Pécaut recaba en su caracterización de Colombia como un país fragmentado no solo desde el punto de vista territorial, sino también social y político. El mensaje duro es que necesitamos avanzar en “la construcción de una voluntad nacional y de una visión de futuro”.
El trabajo que se remonta más atrás es de Francisco Gutiérrez Sanín, profesor de la Universidad Nacional (La destrucción de una república, Taurus - Universidad Externado). Trata del periodo de la república liberal (1930-1946) a través de la manera como se estructuraron y se condujeron los partidos tradicionales, pero hace un contraste esclarecedor sobre la llamada “hegemonía conservadora”, destrozando las caricaturas que se hacen sobre ambos periodos. La república destruida no fue solo la liberal sino la colombiana.
Eduardo Pizarro Leongómez publicó Cambiar el futuro (Debate). Se trata de la historia de los acuerdos de paz desde 1984 hasta el 2016. Una panorámica necesaria que muestra cómo este país se empecinó en buscar la paz casi desde el momento mismo en que comenzaron las guerras insurgentes. Y cómo los méritos de esta paz parcelada están muy repartidos. Puede verse que a lo largo de 35 años el país construyó instituciones, reglas y capacidades que terminan por configurar una política de Estado, sinuosa pero productiva a fin de cuentas.
En No hubo fiesta (Debate), Alonso Salazar narra una docena de historias de personajes que se fueron pa’l monte, como solía decirse. Alonso volvió a la crónica después de un largo paréntesis y lo hizo en un campo muy complicado, porque se atreve a contar historias de amigos, compañeros de estudio, familiares. La gran virtud del libro es que humaniza los personajes que detrás de una capucha o un camuflado eran vistos solo como fichas de juego de guerra o encarnaciones de la maldad.
Estas lecturas nos llaman a cambiar el futuro, frase de Carlos Pizarro. El riesgo de los colombianos es quedarnos pegados del pasado, dándole de comer al miedo y al odio, en lugar de ocuparnos de lo que viene para nosotros y los que nos seguirán.
El Colombiano, 10 de diciembre
Empiezo por el que abarca el periodo más largo de la historia colombiana. Daniel Pécaut acaba de publicar una larga y magnífica conversación con el profesor Alberto Valencia Gutérrez de la Universidad del Valle (En busca de la nación colombiana, Debate). Pécaut recaba en su caracterización de Colombia como un país fragmentado no solo desde el punto de vista territorial, sino también social y político. El mensaje duro es que necesitamos avanzar en “la construcción de una voluntad nacional y de una visión de futuro”.
El trabajo que se remonta más atrás es de Francisco Gutiérrez Sanín, profesor de la Universidad Nacional (La destrucción de una república, Taurus - Universidad Externado). Trata del periodo de la república liberal (1930-1946) a través de la manera como se estructuraron y se condujeron los partidos tradicionales, pero hace un contraste esclarecedor sobre la llamada “hegemonía conservadora”, destrozando las caricaturas que se hacen sobre ambos periodos. La república destruida no fue solo la liberal sino la colombiana.
Eduardo Pizarro Leongómez publicó Cambiar el futuro (Debate). Se trata de la historia de los acuerdos de paz desde 1984 hasta el 2016. Una panorámica necesaria que muestra cómo este país se empecinó en buscar la paz casi desde el momento mismo en que comenzaron las guerras insurgentes. Y cómo los méritos de esta paz parcelada están muy repartidos. Puede verse que a lo largo de 35 años el país construyó instituciones, reglas y capacidades que terminan por configurar una política de Estado, sinuosa pero productiva a fin de cuentas.
En No hubo fiesta (Debate), Alonso Salazar narra una docena de historias de personajes que se fueron pa’l monte, como solía decirse. Alonso volvió a la crónica después de un largo paréntesis y lo hizo en un campo muy complicado, porque se atreve a contar historias de amigos, compañeros de estudio, familiares. La gran virtud del libro es que humaniza los personajes que detrás de una capucha o un camuflado eran vistos solo como fichas de juego de guerra o encarnaciones de la maldad.
Estas lecturas nos llaman a cambiar el futuro, frase de Carlos Pizarro. El riesgo de los colombianos es quedarnos pegados del pasado, dándole de comer al miedo y al odio, en lugar de ocuparnos de lo que viene para nosotros y los que nos seguirán.
El Colombiano, 10 de diciembre
lunes, 4 de diciembre de 2017
Zombie rojo
Hace dos semanas se efectuó la consulta interna del Partido Liberal en medio de la apatía general de la ciudadanía y de la opinión pública. Solo hubo ruido en los medios de comunicación y entre muchos columnistas, lo que da a entender que el Partido está sobrerrepresentado en esas esferas. Un partido que es como un espectro; como algunos de esos santos a los que la Iglesia bajó hace tiempos de los altares pero que todavía tienen devotos despistados que gastan plata en veladoras y tiempo en oraciones.
Tristes los argumentos del debate sobre la consulta. Que el problema era la plata –los benditos 40 mil millones–, que se agravará cuando nos cuenten que la dirección liberal se embolsillará 3 mil millones por reposición de votos. Otra letanía fue que la consulta era democrática porque hubo urnas: es una concepción estrecha de la democracia, por parte de opinadores que no me molestaré en citar. Urnas hubo en Cuba esta semana y hay en Venezuela cada seis meses. Los votos, por otra parte, fueron tan poquitos que no suman ni siquiera la cantidad que se le exige a un candidato que se postule mediante firmas. Es decir, el Partido Liberal se ha deslegitimado a sí mismo.
La consulta acabó con la tradición pluralista del partido pues empezó por descabezar a todos aquellos candidatos que no adhirieron a un llamado “Manifiesto liberal”, redactado para sacar a las senadoras Vivian Morales y Sofía Gaviria, y afinó su tradición oportunista sacando a Juan Manuel Galán, ya no por motivos ideológicos sino de interés inmediato. César Gaviria y los otros le pusieron una mortaja a eso que se supone era el liberalismo y que el politólogo Francisco Gutiérrez llama “partido ancho” (La destrucción de una república, 2017), el partido de matices con el que se llenaban la boca Lleras y López, los de los billetes nuevos.
Sirvió, eso sí, para comprobar el hecho de que el liberalismo ya no existe como gran partido y, menos aún, como partido de las mayorías. Fueron 735.957 participantes en esta consulta, el equivalente a un tercio de los que participaron en el 2006 (2.227.484) y a una sexta parte de los que votaron en la consulta de 1990 ( Jorge Bustamante, “La antidemocrática consulta del Partido Liberal”, Razón Pública, 21.11.17). Incluso, a uno le queda la duda de si hay partido propiamente dicho. Esta columna no la titulé “mortaja roja” porque aquí los partidos no se acaban, se vuelven zombies.
Lo deplorable, casi cómico, es que los dirigentes liberales pretendan que una coalición de centro para las elecciones presidenciales gire alrededor del candidato elegido en tal consulta. Como si estuviéramos en 1930 o en 1958. Como si los demás aspirantes y movimientos fueran pequeños satélites que tuvieran que girar alrededor de la supuesta estrella liberal.
El Colombiano, 3 de diciembre
Tristes los argumentos del debate sobre la consulta. Que el problema era la plata –los benditos 40 mil millones–, que se agravará cuando nos cuenten que la dirección liberal se embolsillará 3 mil millones por reposición de votos. Otra letanía fue que la consulta era democrática porque hubo urnas: es una concepción estrecha de la democracia, por parte de opinadores que no me molestaré en citar. Urnas hubo en Cuba esta semana y hay en Venezuela cada seis meses. Los votos, por otra parte, fueron tan poquitos que no suman ni siquiera la cantidad que se le exige a un candidato que se postule mediante firmas. Es decir, el Partido Liberal se ha deslegitimado a sí mismo.
La consulta acabó con la tradición pluralista del partido pues empezó por descabezar a todos aquellos candidatos que no adhirieron a un llamado “Manifiesto liberal”, redactado para sacar a las senadoras Vivian Morales y Sofía Gaviria, y afinó su tradición oportunista sacando a Juan Manuel Galán, ya no por motivos ideológicos sino de interés inmediato. César Gaviria y los otros le pusieron una mortaja a eso que se supone era el liberalismo y que el politólogo Francisco Gutiérrez llama “partido ancho” (La destrucción de una república, 2017), el partido de matices con el que se llenaban la boca Lleras y López, los de los billetes nuevos.
Sirvió, eso sí, para comprobar el hecho de que el liberalismo ya no existe como gran partido y, menos aún, como partido de las mayorías. Fueron 735.957 participantes en esta consulta, el equivalente a un tercio de los que participaron en el 2006 (2.227.484) y a una sexta parte de los que votaron en la consulta de 1990 ( Jorge Bustamante, “La antidemocrática consulta del Partido Liberal”, Razón Pública, 21.11.17). Incluso, a uno le queda la duda de si hay partido propiamente dicho. Esta columna no la titulé “mortaja roja” porque aquí los partidos no se acaban, se vuelven zombies.
Lo deplorable, casi cómico, es que los dirigentes liberales pretendan que una coalición de centro para las elecciones presidenciales gire alrededor del candidato elegido en tal consulta. Como si estuviéramos en 1930 o en 1958. Como si los demás aspirantes y movimientos fueran pequeños satélites que tuvieran que girar alrededor de la supuesta estrella liberal.
El Colombiano, 3 de diciembre
lunes, 27 de noviembre de 2017
El año más famoso del mundo
“El año más famoso del mundo” es el título de la síntesis periodística que Gabriel García Márquez hiciera de 1957 en la revista venezolana Momento. Recuerdo haberlo leído hace montones de años en un volumen de La oveja negra bajo el título, en fuente negra tal vez, “Cuando era feliz e indocumentado” sobre una pasta roja, casi seguro. Ahora hace parte del tercer volumen de la “Obra periodística”.
La crónica va desde la dimisión del primer ministro británico hasta el fracaso estadounidense de poner un satélite en órbita después de que los soviéticos lanzaran dos Sputnik, a falta de uno. El ojo del periodista está puesto en la Guerra Fría y los demás acontecimientos internacionales de Europa y Norteamérica, con un seguimiento a asuntos tercermundistas como la guerrilla cubana y la caída del régimen de Rojas Pinilla en Colombia. Sin asomo de ironía anota el triunfo electoral del dictador polaco Gomulka. Da cuenta generosa de la muerte de Christian Dior y de los funerales de Humprey Bogart –el inmortal Rick de “Casablanca”.
Nada de lo relatado nos convence de que 1957 haya sido el año más famoso del mundo. Ni siquiera la separación de Ingrid Bergman que debería verse como el triunfo pírrico de los millones de enamorados, nacidos y por nacer, de Ilsa Lund. García Márquez estuvo atento al avance en el escote de Brigitte Bardot y al parto de Gina Lollobrigida pero, de modo enigmático, se le pasaron algunos eventos importantes.
El primero de diciembre de 1957 fue el plebiscito que ratificó la paz entre los partidos liberal y conservador, que habían llevado al país a una guerra civil desde hacía una década. A raíz de esa votación, además, se creó el Frente Nacional. Ha sido el acto electoral más concurrido de la historia colombiana y fue la primera vez que las mujeres pudieron votar. El silencio del escritor presagió la injusta subestimación de la paz, el plebiscito y el nuevo arreglo institucional que vinieron después, hasta hoy. Déjà vu.
El diez de diciembre Albert Camus pronunció su discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura siendo ya una celebridad mundial, no como aquellos anónimos con los que los suecos a veces intentan descrestar. Si tenemos en cuenta que –según contó Juan Gabriel Vásquez en la presentación del pregrado de Literatura de la Universidad Eafit– la influencia de Camus es evidente en la obra garciamarquiana, el silencio respecto al enaltecimiento del escritor francés deja interrogantes. Motivos ideológicos, supongo.
Me queda más fácil comprender por qué no mencionó el triunfo del Medellín en el campeonato colombiano a pesar de que la revista Crónica, en la que participó en Barranquilla, se distinguía por incluir un postre futbolístico en medio de poemas y cuentos. Al cabo, luce más famoso 1967 cuando se publicó “Cien años de soledad”.
El Colombiano, 26 de noviembre
La crónica va desde la dimisión del primer ministro británico hasta el fracaso estadounidense de poner un satélite en órbita después de que los soviéticos lanzaran dos Sputnik, a falta de uno. El ojo del periodista está puesto en la Guerra Fría y los demás acontecimientos internacionales de Europa y Norteamérica, con un seguimiento a asuntos tercermundistas como la guerrilla cubana y la caída del régimen de Rojas Pinilla en Colombia. Sin asomo de ironía anota el triunfo electoral del dictador polaco Gomulka. Da cuenta generosa de la muerte de Christian Dior y de los funerales de Humprey Bogart –el inmortal Rick de “Casablanca”.
Nada de lo relatado nos convence de que 1957 haya sido el año más famoso del mundo. Ni siquiera la separación de Ingrid Bergman que debería verse como el triunfo pírrico de los millones de enamorados, nacidos y por nacer, de Ilsa Lund. García Márquez estuvo atento al avance en el escote de Brigitte Bardot y al parto de Gina Lollobrigida pero, de modo enigmático, se le pasaron algunos eventos importantes.
El primero de diciembre de 1957 fue el plebiscito que ratificó la paz entre los partidos liberal y conservador, que habían llevado al país a una guerra civil desde hacía una década. A raíz de esa votación, además, se creó el Frente Nacional. Ha sido el acto electoral más concurrido de la historia colombiana y fue la primera vez que las mujeres pudieron votar. El silencio del escritor presagió la injusta subestimación de la paz, el plebiscito y el nuevo arreglo institucional que vinieron después, hasta hoy. Déjà vu.
El diez de diciembre Albert Camus pronunció su discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura siendo ya una celebridad mundial, no como aquellos anónimos con los que los suecos a veces intentan descrestar. Si tenemos en cuenta que –según contó Juan Gabriel Vásquez en la presentación del pregrado de Literatura de la Universidad Eafit– la influencia de Camus es evidente en la obra garciamarquiana, el silencio respecto al enaltecimiento del escritor francés deja interrogantes. Motivos ideológicos, supongo.
Me queda más fácil comprender por qué no mencionó el triunfo del Medellín en el campeonato colombiano a pesar de que la revista Crónica, en la que participó en Barranquilla, se distinguía por incluir un postre futbolístico en medio de poemas y cuentos. Al cabo, luce más famoso 1967 cuando se publicó “Cien años de soledad”.
El Colombiano, 26 de noviembre
viernes, 24 de noviembre de 2017
Repertorio de Van Morrison, Salle Pleyel
Salle Pleyel, París, 17.11.17
Repertorio
1. Baby Please Don't Don't Go
2. Moondance/So What/Look Beyond The Hill
3. Automobile Blues (Lightnin’ Hopkins cover)
4. Baby Please Don't Go /
Parchman Farm /
Don't Start Cryin' Now/
Custard Pie (Big Joe Williams cover)
5. The Way Young Lovers Do
6. Ancient Highway
7. Little Village
8. I Believe to My Soul (Ray Charles cover)
9. Magic Time
10. I Get a Kick Out of You (Cole Porter cover)
11. Vanlose Stairway
12. Brown Eyed Girl
Repertorio
1. Baby Please Don't Don't Go
2. Moondance/So What/Look Beyond The Hill
3. Automobile Blues (Lightnin’ Hopkins cover)
4. Baby Please Don't Go /
Parchman Farm /
Don't Start Cryin' Now/
Custard Pie (Big Joe Williams cover)
5. The Way Young Lovers Do
6. Ancient Highway
7. Little Village
8. I Believe to My Soul (Ray Charles cover)
9. Magic Time
10. I Get a Kick Out of You (Cole Porter cover)
11. Vanlose Stairway
12. Brown Eyed Girl
martes, 21 de noviembre de 2017
lunes, 20 de noviembre de 2017
Valió la pena
Muchas personas cercanas –algunas desinformadas, otras informadas pero dubitativas– me hacen esta pregunta: ¿valió la pena el acuerdo con las Farc? La formulan también con diversas variantes: ¿valió la pena a pesar de que el Gobierno ha resultado tan ineficiente o negligente en la implementación?, ¿valió la pena a pesar de la soberbia ofensiva de la dirigencia de la Farc?
Para ilustrar un balance grueso, un año después de la firma del Teatro Colón (24 de noviembre), contaré dos anécdotas recientes que ilustran la misma reacción frente a cuestiones semejantes. Dos anécdotas con dos mujeres de perfiles muy distintos.
En octubre pasado nos visitó en la Universidad Eafit la profesora de la London School of Economics Mary Kaldor. Mary es una mujer mayor (71) que escribió hace dos décadas uno de los libros más claros sobre las guerras civiles contemporáneas. Conoce muy bien los casos recientes en el mundo y sabe lo resistentes que pueden ser los conflictos armados internos. Vino a Colombia y pasó por Medellín porque quería conocer de primera mano estos dos casos tan llamativos en Europa. Cuando le presentamos el desarme de las Farc como la expresión más tangible del acuerdo, con expresión sonriente solo dijo “amazing” (asombroso).
Más recientemente –hace diez días– viví una escena especial. Estaba comiendo con mi nieta de nueve años y de modo intempestivo, después de una pequeña pausa, me preguntó si en Colombia todavía había guerra. Como los académicos casi nunca damos respuestas rotundas (simpliciter, diría Tomás de Aquino) le digo que podría decirse que ya no hay guerra en el país. Ella simplemente cerró los ojos y levantó su brazo derecho, empuñado, como hace Mariana Pajón cuando gana una carrera. También sonrió, tranquila, y siguió comiendo.
Soy consciente de que estas anécdotas no representan un argumento distinto al de la autoridad. Pero no son autoridades menores. Se trata de la autoridad de la experiencia y la de la inocencia, la autoridad de la forastera y la de la originaria, la autoridad de la razón y la del corazón.
Pero amén de este hay otros argumentos poderosos. Colombia dejó de figurar entre los países más violentos de América Latina. Desde 2002 este indicador no ha dejado de descender y lo va a seguir haciendo. Algunos millones de colombianos están conociendo, tras décadas, la tranquilidad. En Meta, sur del Huila y del Tolima, la parte norte de la costa Caribe, Córdoba, el norte de Antioquia y de Caldas. Otros, infortunadamente, no.
El desarme y la desmovilización de las Farc representan una oportunidad enorme para la sociedad colombiana. Cumplir razonablemente el acuerdo, enfocarse en los nuevos problemas que salen a la luz después de la violencia, elegir un gobierno moderado y moderno dirigido por mentes del siglo XXI; todo eso dependerá de la ciudadanía y de las élites.
El Colombiano, 19 de noviembre
Para ilustrar un balance grueso, un año después de la firma del Teatro Colón (24 de noviembre), contaré dos anécdotas recientes que ilustran la misma reacción frente a cuestiones semejantes. Dos anécdotas con dos mujeres de perfiles muy distintos.
En octubre pasado nos visitó en la Universidad Eafit la profesora de la London School of Economics Mary Kaldor. Mary es una mujer mayor (71) que escribió hace dos décadas uno de los libros más claros sobre las guerras civiles contemporáneas. Conoce muy bien los casos recientes en el mundo y sabe lo resistentes que pueden ser los conflictos armados internos. Vino a Colombia y pasó por Medellín porque quería conocer de primera mano estos dos casos tan llamativos en Europa. Cuando le presentamos el desarme de las Farc como la expresión más tangible del acuerdo, con expresión sonriente solo dijo “amazing” (asombroso).
Más recientemente –hace diez días– viví una escena especial. Estaba comiendo con mi nieta de nueve años y de modo intempestivo, después de una pequeña pausa, me preguntó si en Colombia todavía había guerra. Como los académicos casi nunca damos respuestas rotundas (simpliciter, diría Tomás de Aquino) le digo que podría decirse que ya no hay guerra en el país. Ella simplemente cerró los ojos y levantó su brazo derecho, empuñado, como hace Mariana Pajón cuando gana una carrera. También sonrió, tranquila, y siguió comiendo.
Soy consciente de que estas anécdotas no representan un argumento distinto al de la autoridad. Pero no son autoridades menores. Se trata de la autoridad de la experiencia y la de la inocencia, la autoridad de la forastera y la de la originaria, la autoridad de la razón y la del corazón.
Pero amén de este hay otros argumentos poderosos. Colombia dejó de figurar entre los países más violentos de América Latina. Desde 2002 este indicador no ha dejado de descender y lo va a seguir haciendo. Algunos millones de colombianos están conociendo, tras décadas, la tranquilidad. En Meta, sur del Huila y del Tolima, la parte norte de la costa Caribe, Córdoba, el norte de Antioquia y de Caldas. Otros, infortunadamente, no.
El desarme y la desmovilización de las Farc representan una oportunidad enorme para la sociedad colombiana. Cumplir razonablemente el acuerdo, enfocarse en los nuevos problemas que salen a la luz después de la violencia, elegir un gobierno moderado y moderno dirigido por mentes del siglo XXI; todo eso dependerá de la ciudadanía y de las élites.
El Colombiano, 19 de noviembre
lunes, 13 de noviembre de 2017
Expectativas de ciudad
El mejor instrumento de percepción que tiene Medellín es la encuesta que, para el proyecto Medellín cómo vamos, realiza Ipsos hace más de una década. Ninguna otra encuesta tiene la representatividad por zonas, estratos socioeconómicos y género, ni ofrece la comparabilidad tanto a lo largo de los años como con otras ciudades del país. Desde 2010, la presentación de los datos ha estado acompañada de un ejercicio estadístico que permite identificar los puntos fuertes de la ciudad y los temas en los que la ciudadanía estima que hay que mejorar.
Si se cotejan los resultados del 2010 con los del 2017 podemos encontrar cambios significativos. El primero es que la cabeza de los medellinenses en el 2010 estaba concentrada en el problema de la seguridad y en un grado muy menor en temas tradicionales como vivienda y espacio público. Este año la agenda se ha hecho más compleja y las prioridades son distintas. El tema urgente ha pasado a ser el empleo de calidad; el tema emergente es la preocupación por el ambiente, no solo en calidad del aire y el ruido sino en un asunto impensable antes en “la tacita de plata”, el de las basuras. Preocupaciones menores que requieren atención son la salud, el estado de las vías, la gestión de las secretarías y del concejo municipal.
En 2010 la gente veía que la institución sobre la que descansaba la calidad de vida en la ciudad era Empresas Públicas. En menor medida la reputación del alcalde, el sistema de trasporte o las vías, se consideraban factores que podían contribuir a ella. En 2017 también se aprecia un cambio significativo a este respecto. Ahora la Alcaldía ocupa el centro del escenario en tanto institución fuerte, vista como la que tiene mayor incidencia sobre el bienestar. Y las Empresas Públicas pasan a un tercer plano detrás la oferta educativa y cultural.
El cambio más impactante se aprecia en la educación. El factor de la calidad de vida que más acrecentó su valoración fue la educación. La gente se siente más satisfecha con la educación, de manera destacable con la pública y con la educación superior. Espera que la política pública educativa ayude a reducir la desigualdad y que un mayor nivel educativo contribuya a mejorar los ingresos personales y familiares. En contra de algunos comentarios cínicos, la confianza en la estrategia educativa ha resurgido.
La mácula está en la calidad de la ciudadanía pues la participación ha bajado, el respeto a los demás tiene registros inferiores al 50% y la probabilidad de cumplimiento de la norma es apenas del 27% en el tránsito y de 40% en los servicios públicos. Este déficit de ciudadanía es una interpelación a las familias, la escuela y las empresas. La construcción de ciudad no depende solo de la iniciativa gubernamental.
El Colombiano, 12 de noviembre
Si se cotejan los resultados del 2010 con los del 2017 podemos encontrar cambios significativos. El primero es que la cabeza de los medellinenses en el 2010 estaba concentrada en el problema de la seguridad y en un grado muy menor en temas tradicionales como vivienda y espacio público. Este año la agenda se ha hecho más compleja y las prioridades son distintas. El tema urgente ha pasado a ser el empleo de calidad; el tema emergente es la preocupación por el ambiente, no solo en calidad del aire y el ruido sino en un asunto impensable antes en “la tacita de plata”, el de las basuras. Preocupaciones menores que requieren atención son la salud, el estado de las vías, la gestión de las secretarías y del concejo municipal.
En 2010 la gente veía que la institución sobre la que descansaba la calidad de vida en la ciudad era Empresas Públicas. En menor medida la reputación del alcalde, el sistema de trasporte o las vías, se consideraban factores que podían contribuir a ella. En 2017 también se aprecia un cambio significativo a este respecto. Ahora la Alcaldía ocupa el centro del escenario en tanto institución fuerte, vista como la que tiene mayor incidencia sobre el bienestar. Y las Empresas Públicas pasan a un tercer plano detrás la oferta educativa y cultural.
El cambio más impactante se aprecia en la educación. El factor de la calidad de vida que más acrecentó su valoración fue la educación. La gente se siente más satisfecha con la educación, de manera destacable con la pública y con la educación superior. Espera que la política pública educativa ayude a reducir la desigualdad y que un mayor nivel educativo contribuya a mejorar los ingresos personales y familiares. En contra de algunos comentarios cínicos, la confianza en la estrategia educativa ha resurgido.
La mácula está en la calidad de la ciudadanía pues la participación ha bajado, el respeto a los demás tiene registros inferiores al 50% y la probabilidad de cumplimiento de la norma es apenas del 27% en el tránsito y de 40% en los servicios públicos. Este déficit de ciudadanía es una interpelación a las familias, la escuela y las empresas. La construcción de ciudad no depende solo de la iniciativa gubernamental.
El Colombiano, 12 de noviembre
sábado, 11 de noviembre de 2017
lunes, 6 de noviembre de 2017
La Reforma
Que un acontecimiento sea capaz de apropiarse de toda la carga significante de una palabra, demuestra su potencia, amplitud e influencia. Eso pasa, precisamente con La Reforma. Renacimiento e ilustración tienen dimensiones similares, pero no están vinculadas a un evento sino a una vasta serie de obras y personajes, grandes como pueden ser Leonardo o Kant. Descubrimiento guarda proporción pero requiere apellido, de América en este caso. Revolución nombra varias cosas y se banalizó hasta convertirse en una muletilla o una máscara. La Reforma, no requiere apelativo; se apropió, incluso del artículo, para hacerse más singular y gira alrededor de una figura y un hecho: Martín Lutero (1483-1546) y la leyenda de las 95 tesis clavadas un 31 de octubre, hace 500 años, en un pequeño pueblo alemán.
La Reforma desató innumerables consecuencias en la cultura y en las instituciones de Occidente, que han sido ampliamente documentadas y elogiadas y de las cuales la más famosa de todas tal vez sea La ética protestante y el espíritu del capitalismo de Max Weber (1864-1920). De allí surgió, a su vez, la caricatura –falsa, por supuesto– de que si un país era protestante se modernizaba con facilidad y si era católico permanecía en el atraso. Una tontería que muchos repiten con tono autoritativo. Muchos de los efectos de La Reforma fueron imprevistos e indeseados y tienen que ver, sobre todo, con la convergencia de otros procesos económicos y sociales. No hay que olvidar que Lutero fue contemporáneo de Cristóbal Colón, Fernando Magallanes, Nicolás Maquiavelo, Leonardo da Vinci, Juan Luis Vives, Johannes Gutenberg y de las familias empresariales Fugger, Médicis y Welser. Es decir, el descubrimiento de América, el humanismo renacentista, la imprenta, la política y el empresariado modernos estaban surgiendo a la par con la reforma protestante, así que no tiene sentido concentrar en esta todos los efectos virtuosos que encontramos en la modernidad occidental.
Alemania se benefició en mayor medida de la actividad del monje agustino. Lutero contribuyó decisivamente a la codificación de la lengua alemana y a la autonomía de sus príncipes, a la promoción de la alfabetización y la escolarización de la población, a perfilar el sueño de la unidad de la mayoría de los alemanes bajo un solo Estado, algo que solo alcanzarían en 1871 y, después de las vicisitudes conocidas, en 1991. Los homenajes a Lutero y a su rebelión son, también y con todo derecho, cosa del orgullo alemán. Ni que hablar de los beneficios que de la teología protestante ha obtenido la iglesia católica.
Del personaje y de la influencia que tuvo –como de cualesquiera otros– también se pueden decir cosas negativas (María Elvira Roca, “Martín Lutero: mitos y realidades”, El País, 22.07.17). Pero, después de medio milenio, la trascendencia de Lutero y el protestantismo es incontestable, y su estudio una asignatura pendiente.
El Colombiano, 5 de noviembre
La Reforma desató innumerables consecuencias en la cultura y en las instituciones de Occidente, que han sido ampliamente documentadas y elogiadas y de las cuales la más famosa de todas tal vez sea La ética protestante y el espíritu del capitalismo de Max Weber (1864-1920). De allí surgió, a su vez, la caricatura –falsa, por supuesto– de que si un país era protestante se modernizaba con facilidad y si era católico permanecía en el atraso. Una tontería que muchos repiten con tono autoritativo. Muchos de los efectos de La Reforma fueron imprevistos e indeseados y tienen que ver, sobre todo, con la convergencia de otros procesos económicos y sociales. No hay que olvidar que Lutero fue contemporáneo de Cristóbal Colón, Fernando Magallanes, Nicolás Maquiavelo, Leonardo da Vinci, Juan Luis Vives, Johannes Gutenberg y de las familias empresariales Fugger, Médicis y Welser. Es decir, el descubrimiento de América, el humanismo renacentista, la imprenta, la política y el empresariado modernos estaban surgiendo a la par con la reforma protestante, así que no tiene sentido concentrar en esta todos los efectos virtuosos que encontramos en la modernidad occidental.
Alemania se benefició en mayor medida de la actividad del monje agustino. Lutero contribuyó decisivamente a la codificación de la lengua alemana y a la autonomía de sus príncipes, a la promoción de la alfabetización y la escolarización de la población, a perfilar el sueño de la unidad de la mayoría de los alemanes bajo un solo Estado, algo que solo alcanzarían en 1871 y, después de las vicisitudes conocidas, en 1991. Los homenajes a Lutero y a su rebelión son, también y con todo derecho, cosa del orgullo alemán. Ni que hablar de los beneficios que de la teología protestante ha obtenido la iglesia católica.
Del personaje y de la influencia que tuvo –como de cualesquiera otros– también se pueden decir cosas negativas (María Elvira Roca, “Martín Lutero: mitos y realidades”, El País, 22.07.17). Pero, después de medio milenio, la trascendencia de Lutero y el protestantismo es incontestable, y su estudio una asignatura pendiente.
El Colombiano, 5 de noviembre
miércoles, 1 de noviembre de 2017
Responsabilidad y reconciliación: Pascual Gaviria
Perder el juicio
Pascual Gaviria
El Espectador, 31 de octubre de 2017
Nuestra justicia más que ordinaria solo logra identificar un presunto culpable y comenzar un juicio en el 24 % de los homicidios registrados por Medicina Legal. Hace unos días el “aterrado” fiscal general soltaba la cifra con orgullo inquisidor. El porcentaje de condenas es aún menor y el de injusticias es imposible de rastrear. Nuestra extraña fisonomía moral nos ha llevado a ser un país acostumbrado a la impunidad y a los repentinos arrebatos justicieros. Esa paradoja, acompañada del populismo feroz, sirve para explicar las declaraciones absurdas del fiscal en un mismo día. Por un lado se mostró satisfecho con que uno de cada cuatro asesinatos no tuvieran siquiera un señalado a quien perseguir, y por el otro, se declaró indignado frente a una ley que impedirá llevar a la cárcel a los integrantes de 110.000 familias cocaleras que viven en las orillas del mapa y el punto ciego del Estado.
En las capitales la Fiscalía no logra construir un caso con elementos suficientes para condenar a los delincuentes que medran y mandan sobre grandes sectores. Las capturas de jíbaros y consumidores de coca y marihuana se cuentan por millones mientras los duros se aburren en los avisos de los más buscados. En Medellín, por ejemplo, es corriente que quienes dominan las comunas sean “capturados”, sería mejor decir recibidos, por la Fiscalía luego de la certeza de una justa condena por concierto para delinquir. Hace unos días Carlos Pesebre, un hombre con más de 20 años de vida criminal y una desmovilización a cuestas, fue absuelto en segunda instancia de una condena impuesta por homicidio. De nuevo todo quedó en manos del concierto para delinquir. La Fiscalía salió a pegar con babas una acusación de supuestos delitos cometidos por Pesebre desde la cárcel.
Los casos de corrupción pasan por cedazos muy parecidos. Sin el oído de la DEA seguirían pasando Bustos por inocentes. Y si no fuera por la bulla de Otto muy poco se sabría sobre los maletines de Odebrecht. La Fiscalía parece en realidad una oficina dedicada a transcribir testimonios. Ese es su gran, casi su único, medio de prueba. Y para recibirlos ofrece lo que podríamos llamar una “justicia especial por incapaz”. Dado que no logra condenas por cuenta propia, se dedica a los principios de oportunidad, a negociar, a ofrecer años a cambio de plata y pistas. Y a buscar titulares de prensa, afán en el que solo se ve superada por la Procuraduría. Lo más grave de todo es que también se ha acostumbrado a usar la ganzúa de un proceso injusto para buscar confesiones y delaciones imposibles. Las detenciones preventivas han demostrado que entre nosotros la pena puede ser el proceso.
En medio de ese panorama estamos dedicados a las minucias de la Justicia Especial para la Paz (JEP). La justicia transicional que sin un solo expediente ya ha armado un alboroto político que al parecer durará más que los diez años del propio tribunal. El mejor retrato que he leído sobre esa justicia lo publicó hace poco Jorge Giraldo, el decano de la Escuela de Humanidades de la Universidad Eafit. Son 80 páginas de historia, pragmatismo y pesimismo llamadas Responsabilidad y reconciliación ante la justicia transicional colombiana. Se señalan los riesgos de los jueces impulsados por un ánimo de heroicidad, de las sentencias y absoluciones como armas en la política por venir, de las presiones punitivas desde los organismos internacionales, de la mentira que supone la verdad recitada bajo recompensas judiciales. Todo eso acompañado del escepticismo frente a un tribunal encargado de penetrar y despejar “la niebla de la guerra”. Al final queda una pregunta de George Steiner: “¿Cuáles son las raíces profundas de ese rechazo de toda reconciliación, de ese rechazo de todo olvido?”.
Pascual Gaviria
El Espectador, 31 de octubre de 2017
Nuestra justicia más que ordinaria solo logra identificar un presunto culpable y comenzar un juicio en el 24 % de los homicidios registrados por Medicina Legal. Hace unos días el “aterrado” fiscal general soltaba la cifra con orgullo inquisidor. El porcentaje de condenas es aún menor y el de injusticias es imposible de rastrear. Nuestra extraña fisonomía moral nos ha llevado a ser un país acostumbrado a la impunidad y a los repentinos arrebatos justicieros. Esa paradoja, acompañada del populismo feroz, sirve para explicar las declaraciones absurdas del fiscal en un mismo día. Por un lado se mostró satisfecho con que uno de cada cuatro asesinatos no tuvieran siquiera un señalado a quien perseguir, y por el otro, se declaró indignado frente a una ley que impedirá llevar a la cárcel a los integrantes de 110.000 familias cocaleras que viven en las orillas del mapa y el punto ciego del Estado.
En las capitales la Fiscalía no logra construir un caso con elementos suficientes para condenar a los delincuentes que medran y mandan sobre grandes sectores. Las capturas de jíbaros y consumidores de coca y marihuana se cuentan por millones mientras los duros se aburren en los avisos de los más buscados. En Medellín, por ejemplo, es corriente que quienes dominan las comunas sean “capturados”, sería mejor decir recibidos, por la Fiscalía luego de la certeza de una justa condena por concierto para delinquir. Hace unos días Carlos Pesebre, un hombre con más de 20 años de vida criminal y una desmovilización a cuestas, fue absuelto en segunda instancia de una condena impuesta por homicidio. De nuevo todo quedó en manos del concierto para delinquir. La Fiscalía salió a pegar con babas una acusación de supuestos delitos cometidos por Pesebre desde la cárcel.
Los casos de corrupción pasan por cedazos muy parecidos. Sin el oído de la DEA seguirían pasando Bustos por inocentes. Y si no fuera por la bulla de Otto muy poco se sabría sobre los maletines de Odebrecht. La Fiscalía parece en realidad una oficina dedicada a transcribir testimonios. Ese es su gran, casi su único, medio de prueba. Y para recibirlos ofrece lo que podríamos llamar una “justicia especial por incapaz”. Dado que no logra condenas por cuenta propia, se dedica a los principios de oportunidad, a negociar, a ofrecer años a cambio de plata y pistas. Y a buscar titulares de prensa, afán en el que solo se ve superada por la Procuraduría. Lo más grave de todo es que también se ha acostumbrado a usar la ganzúa de un proceso injusto para buscar confesiones y delaciones imposibles. Las detenciones preventivas han demostrado que entre nosotros la pena puede ser el proceso.
En medio de ese panorama estamos dedicados a las minucias de la Justicia Especial para la Paz (JEP). La justicia transicional que sin un solo expediente ya ha armado un alboroto político que al parecer durará más que los diez años del propio tribunal. El mejor retrato que he leído sobre esa justicia lo publicó hace poco Jorge Giraldo, el decano de la Escuela de Humanidades de la Universidad Eafit. Son 80 páginas de historia, pragmatismo y pesimismo llamadas Responsabilidad y reconciliación ante la justicia transicional colombiana. Se señalan los riesgos de los jueces impulsados por un ánimo de heroicidad, de las sentencias y absoluciones como armas en la política por venir, de las presiones punitivas desde los organismos internacionales, de la mentira que supone la verdad recitada bajo recompensas judiciales. Todo eso acompañado del escepticismo frente a un tribunal encargado de penetrar y despejar “la niebla de la guerra”. Al final queda una pregunta de George Steiner: “¿Cuáles son las raíces profundas de ese rechazo de toda reconciliación, de ese rechazo de todo olvido?”.
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