Hay apellidos que son plagas universales, como García o Rodríguez, los más extendidos en Iberoamérica; hay otros que son plagas regionales como Giraldo. En este caso es inevitable la curiosidad por conocer los vericuetos que hicieron que esa palabra que portamos se hiciera nombre y que, después, se enquistara en una región determinada. Tal cosa pasa con Giraldo, tan extenso en el occidente andino colombiano y tan escaso en otras partes. Tan modesto, que las señoras de antes no preguntaban “¿de cuáles Giraldo?, porque no los había sino pobres.
Los etimologistas y genealogistas lanzan hipótesis, reconstruyen e inventan. Así que, cuando uno se mete en estos terrenos, debe estar dispuesto a entender que se trata, casi, de una rama de la literatura fantástica.
El mejor cuento que conozco sobre Giraldo proviene de la ciudad de Évora —patrimonio de la humanidad—, ubicada al oriente de Lisboa, pero más cerca de la frontera española. La plaza principal se llama, precisamente, Praça do Giraldo. El cuento lo cuenta la historiadora Fernanda Frazão. El nombre de la plaza y, quizás entonces, del apellido provienen de un sujeto llamado Giraldo Giraldes, quien vivió entre los años 1140 y 1190. Este Giraldo, era “el prototipo de caballero sin herencia, forjado por la sola fuerza de su espada”, hasta el punto que la historiografía lo conoce como “sin miedo”. Para abreviar, el mérito de Giraldo radicó en ser el líder de los hombres que llevaron a cabo la reconquista portuguesa contra los moros, en la zona del río Guadiana. La historia es más larga. Termina con su grado de capitán y el bautizo de la plaza de la ciudad con su nombre.
Este Giraldo sin Miedo iba y venía entre el Alentejo portugués y la Extremadura española, expandiendo su fama y dejando muchachitos entre batallas y caminos. Al otro lado del río, en Sevilla, escuché otro pedazo de la historia, asociado a la famosa torre de La Giralda. La torre se llama así por la figura que la corona, llamada Giraldillo, y que, se dice, representa la fe. La Giralda data de la misma época de Giraldo y hay quien dice que, vencedor de los moros, este loquito se trepó allá a cantar su triunfo. Podemos especular mucho sobre el hecho de que una figura que representa la fe cumpla, al tiempo, la función de veleta.
Lo de la fe me suena, porque un cuento colombiano dice que los primeros Giraldo que llegaron acá eran un soldado y un cura. Muerto pronto el soldado, por enfermedades o flechas, todos seríamos descendientes del fértil sacerdote. Y un investigador de la colonización antioqueña determinó que Giraldo es el segundo apellido más frecuente entre los fundadores de pueblos caldenses. Por qué acá, vaya a saber.
(En recuerdo de papá, después de 57 días de ausencia.)
El Colombiano, 24 de junio.
lunes, 25 de junio de 2018
lunes, 18 de junio de 2018
Arcadia: Populistas a la colombiana
Arcadia
12 de junio del 2018
'Populistas a la colombiana': similitudes y diferencias entre Gaitán, Rojas Pinilla y Uribe
En una entrevista, Jorge Giraldo Ramírez, decano de Humanidades de Eafit, nos cuenta sobre su más reciente libro, una obra que, entre otras cosas, desmiente la idea de que el gaitanismo fue el único movimiento populista del país.
Entrevista completa en: https://www.revistaarcadia.com/agenda/articulo/libro-sobre-populismo-de-jorge-giraldo-ramirez-de-eafit/69597
12 de junio del 2018
'Populistas a la colombiana': similitudes y diferencias entre Gaitán, Rojas Pinilla y Uribe
En una entrevista, Jorge Giraldo Ramírez, decano de Humanidades de Eafit, nos cuenta sobre su más reciente libro, una obra que, entre otras cosas, desmiente la idea de que el gaitanismo fue el único movimiento populista del país.
Entrevista completa en: https://www.revistaarcadia.com/agenda/articulo/libro-sobre-populismo-de-jorge-giraldo-ramirez-de-eafit/69597
La emboscadura
Dice el filósofo español Andrés Sánchez Pascual que La emboscadura, el libro del pensador alemán Ernst Jünger (1895-1998), constituye el último de una serie de ensayos sobre nuestra época. Fue publicado originalmente en 1951 y, como toda la obra jungeriana, es bello, sugestivo, difícil y equívoco. La emboscadura reflexiona sobre el miedo y la libertad, sobre la persona singular y las multitudes autómatas, sobre el Estado oprimente del siglo XX y las posibilidades de la moral.
Es muy diciente que la reflexión empiece con el voto, el acto de votar, la necesidad estadística que tienen la política de masas y las democracias, incluyendo a las democracias iliberales. Un paisaje que ya mostraba sus bocetos después de la Segunda Guerra Mundial.
Tomo trozos de esta meditación sobre la democracia escrita hace casi siete décadas.
El camino del medio “se ha vuelto tan estrecho como el filo de un cuchillo”. Tales son las polaridades de la vida actual, que aglutinan masas y generan conductas automáticas en ellas. Ese camino estrecho es el propio de la figura que él sugiere: la del emboscado, “el hombre de la acción libre e independiente”. A partir de este ser libre, es posible “hacer frente al automatismo” y hacer fracasar “el puro empleo de la violencia”.
Cuando se nos interpela ante las urnas, comienza, hay que tener en cuenta “que también el callar es una respuesta”; respuesta que puede ser costosa, como costosa resultaría una participación o una decisión en uno u otro sentido. Sin embargo, hay un tipo de decisiones electorales que ofrecen opciones cerradas. O, cómo entender la pregunta: “¿Por qué elegir en una situación en la que ya no queda elección?”.
En estos casos, ¿qué reto supone hacerse parte de una minoría ínfima? ¿Un cinco por ciento? ¿Diez? Jünger encuentra un sentido. De quien emitió ese voto ínfimo “cabe aguardar que hará sacrificios para defender su opinión y su concepto del derecho y la libertad”. Este tipo de personas está empezando a escabullirse del mundo “vigilado y dominado por la estadística”. Él cree que ese es un riesgo y que, como tal, exige que esas personas que se saben en minoría y fuera de las masas que se pueden contar, en millones y sus correspondientes porcentajes, acopien fortaleza.
¿Qué otro sentido puede tener ese voto? “Ese voto no quebrantará al adversario, pero sí produce un cambio en quien se decidió a emitirlo”. Es una declaración contra el miedo, una afirmación de la libertad. Y eso entraña una moralidad propia y nada fácil, pues la formación de la masa en la democracia contemporánea está basada en el miedo. El pánico, decía en 1951, “es difundido a través de redes que compiten en rapidez con el rayo”. El miedo aglutina y quiere asfixiar a las minorías. Es un desafío para quien decide emboscarse.
El Colombiano, 17 de junio.
Es muy diciente que la reflexión empiece con el voto, el acto de votar, la necesidad estadística que tienen la política de masas y las democracias, incluyendo a las democracias iliberales. Un paisaje que ya mostraba sus bocetos después de la Segunda Guerra Mundial.
Tomo trozos de esta meditación sobre la democracia escrita hace casi siete décadas.
El camino del medio “se ha vuelto tan estrecho como el filo de un cuchillo”. Tales son las polaridades de la vida actual, que aglutinan masas y generan conductas automáticas en ellas. Ese camino estrecho es el propio de la figura que él sugiere: la del emboscado, “el hombre de la acción libre e independiente”. A partir de este ser libre, es posible “hacer frente al automatismo” y hacer fracasar “el puro empleo de la violencia”.
Cuando se nos interpela ante las urnas, comienza, hay que tener en cuenta “que también el callar es una respuesta”; respuesta que puede ser costosa, como costosa resultaría una participación o una decisión en uno u otro sentido. Sin embargo, hay un tipo de decisiones electorales que ofrecen opciones cerradas. O, cómo entender la pregunta: “¿Por qué elegir en una situación en la que ya no queda elección?”.
En estos casos, ¿qué reto supone hacerse parte de una minoría ínfima? ¿Un cinco por ciento? ¿Diez? Jünger encuentra un sentido. De quien emitió ese voto ínfimo “cabe aguardar que hará sacrificios para defender su opinión y su concepto del derecho y la libertad”. Este tipo de personas está empezando a escabullirse del mundo “vigilado y dominado por la estadística”. Él cree que ese es un riesgo y que, como tal, exige que esas personas que se saben en minoría y fuera de las masas que se pueden contar, en millones y sus correspondientes porcentajes, acopien fortaleza.
¿Qué otro sentido puede tener ese voto? “Ese voto no quebrantará al adversario, pero sí produce un cambio en quien se decidió a emitirlo”. Es una declaración contra el miedo, una afirmación de la libertad. Y eso entraña una moralidad propia y nada fácil, pues la formación de la masa en la democracia contemporánea está basada en el miedo. El pánico, decía en 1951, “es difundido a través de redes que compiten en rapidez con el rayo”. El miedo aglutina y quiere asfixiar a las minorías. Es un desafío para quien decide emboscarse.
El Colombiano, 17 de junio.
jueves, 14 de junio de 2018
Hermandad entre letras y pelotas
Gran parte de la vida intelectual colombiana está originada en grupos y revistas -lo más frecuente son grupos con revistas- de los cuales uno de los más famosos es el llamado Grupo de Barranquilla. Los nombres de los jefes bastan. Era el director Alfonso Fuenmayor y el jefe de redacción Gabriel García Márquez. Crónica fue el nombre de la revista que los congregó durante trece meses.
Dice Ramón Illán Bacca que lo que orientó al grupo fueron “sus amores y odios literarios”. Pero habría que decir que la revista demostró también, de modo evidente, el amor a los deportes, especialmente, al fútbol, el béisbol y el boxeo. No en vano Crónica se presentaba como “semanario literario-deportivo de Barranquilla”. También había entre sus miembros, según García Márquez, afectos menos universales pues Germán Vargas era hincha del Junior y Álvaro Cepeda Samudio del Sporting.
Crónica no tenía confinados los deportes a la sección habitual que empezó llamándose “Deporte al día”, que incluía comentarios previos a cada partido de la fecha del fútbol profesional, al acontecer de la pelota caliente y a las clasificaciones de dos torneos nacionales respectivos. Con alguna frecuencia les dedicó portadas y reportajes centrales a los futbolistas. Muy centrados, eso sí, en las estrellas brasileñas que llegaban al Junior y al Sporting. Las figuras deportivas y sus devenires tenían tanta relevancia para los editores, como los escritores afamados que vieron traducidos y reproducidos sus textos en la revista: personajes como Ernest Hemingway, Graham Greene y Aldous Huxley, por ejemplo.
La mirada del deporte no era la del curioso sino la del aficionado. Esta afirmación se ilustra bien por la portada -que dio paso a un artículo de tres páginas- titulada “¿Por qué ganan los millonarios?”, (así con minúscula). La portada es una ilustración que muestra a un jugador del club Millonarios cruzando un frágil puente donde dice “campeonato profesional”, acompañado de un Ángel de la Guardia en cuya túnica dice “Dimayor”, custodiado por dos pequeños árbitros a modo de querubines. Debe decirse que el director del comité artístico de la revista era nadie menos que Alejandro Obregón. Sobra contar los pormenores de los argumentos del artículo y su vigencia perpetua desde el 3 de junio de 1950, cuando se publicó el artículo, hasta hoy y hasta el fin de los días, con VAR o cualquier otro invento.
Crónica se publicó entre el 29 de abril de 1950 y el 7 de abril de 1951. Su corta vida coincidió, sin embargo, con el Campeonato Mundial de Fútbol de 1950. No hay rastros del Mundial en el sumario de la revista, rescatado por la Universidad del Norte en 2010. Eso demuestra más el incipiente atractivo global del trofeo Jules Rimet que alguna falla en la visión de los periodistas de la revista. La copa mundo, además, venía del bache de doce años provocado por la Segunda Guerra.
Crónica y el Grupo de Barranquilla son una excepción en el panorama intelectual colombiano. Una excepción cosmopolita y moderna, que marca un contraste con el elitismo provinciano y decimonónico de casi todos los demás; de todos aquellos que suponen que el deporte no es cultura y que con ello solo muestran las mutilaciones de su sensibilidad.
Dice Ramón Illán Bacca que lo que orientó al grupo fueron “sus amores y odios literarios”. Pero habría que decir que la revista demostró también, de modo evidente, el amor a los deportes, especialmente, al fútbol, el béisbol y el boxeo. No en vano Crónica se presentaba como “semanario literario-deportivo de Barranquilla”. También había entre sus miembros, según García Márquez, afectos menos universales pues Germán Vargas era hincha del Junior y Álvaro Cepeda Samudio del Sporting.
Crónica no tenía confinados los deportes a la sección habitual que empezó llamándose “Deporte al día”, que incluía comentarios previos a cada partido de la fecha del fútbol profesional, al acontecer de la pelota caliente y a las clasificaciones de dos torneos nacionales respectivos. Con alguna frecuencia les dedicó portadas y reportajes centrales a los futbolistas. Muy centrados, eso sí, en las estrellas brasileñas que llegaban al Junior y al Sporting. Las figuras deportivas y sus devenires tenían tanta relevancia para los editores, como los escritores afamados que vieron traducidos y reproducidos sus textos en la revista: personajes como Ernest Hemingway, Graham Greene y Aldous Huxley, por ejemplo.
La mirada del deporte no era la del curioso sino la del aficionado. Esta afirmación se ilustra bien por la portada -que dio paso a un artículo de tres páginas- titulada “¿Por qué ganan los millonarios?”, (así con minúscula). La portada es una ilustración que muestra a un jugador del club Millonarios cruzando un frágil puente donde dice “campeonato profesional”, acompañado de un Ángel de la Guardia en cuya túnica dice “Dimayor”, custodiado por dos pequeños árbitros a modo de querubines. Debe decirse que el director del comité artístico de la revista era nadie menos que Alejandro Obregón. Sobra contar los pormenores de los argumentos del artículo y su vigencia perpetua desde el 3 de junio de 1950, cuando se publicó el artículo, hasta hoy y hasta el fin de los días, con VAR o cualquier otro invento.
Crónica se publicó entre el 29 de abril de 1950 y el 7 de abril de 1951. Su corta vida coincidió, sin embargo, con el Campeonato Mundial de Fútbol de 1950. No hay rastros del Mundial en el sumario de la revista, rescatado por la Universidad del Norte en 2010. Eso demuestra más el incipiente atractivo global del trofeo Jules Rimet que alguna falla en la visión de los periodistas de la revista. La copa mundo, además, venía del bache de doce años provocado por la Segunda Guerra.
Crónica y el Grupo de Barranquilla son una excepción en el panorama intelectual colombiano. Una excepción cosmopolita y moderna, que marca un contraste con el elitismo provinciano y decimonónico de casi todos los demás; de todos aquellos que suponen que el deporte no es cultura y que con ello solo muestran las mutilaciones de su sensibilidad.
lunes, 11 de junio de 2018
Trump y la cuestión del estilo
Mucho se ha escrito sobre Donald Trump en tan solo dos años de carrera política. Los personajes disruptivamente tóxicos suelen concentrar mucha fascinación morbosa. Y ello, aunque (o porque), todas las acciones Trump hasta ahora han sido destructivas, pues su propósito declarado fue acabar con la obra de Obama. La razón no se sabe: por liberal, tal vez; por demócrata, quizás; o por negro, nada de raro. Las discusiones habituales sobre el gobierno de Trump giran alrededor de las órdenes ejecutivas, las iniciativas legislativas y los nombramientos en el ejecutivo. Discusiones en terreno firme, con datos, antecedentes, jurisprudencias, a la vista.
Mi punto es más elusivo pero tanto o más concreto. ¿Qué cambios pueden producir en un país el temperamento y la personalidad de sus gobernantes? Talante, estilo, ejemplo. La filosofía política siempre se ha preocupado por este asunto desde las demandas de prudencia que, para la vida pública, hacía Aristóteles hasta el Elogio de la templanza de Norberto Bobbio, pasando por los espejos de príncipes medievales. La despersonalización del poder público, la neutralización de la singularidad personal del gobernante, han llevado a subestimar el papel del agente individual en la política, y con ello los rasgos morales y psicológicos de los individuos que ostentan posiciones de poder.
Cuando Trump dice que los inmigrantes latinos son animales, cuando convierte en normal el mercado sexual, cuando banaliza el patrimonio natural y cultural, cuando le pide a los maestros que vayan armados a las escuelas, cuando ridiculiza las tradiciones que no son anglo, blancas, protestantes (wasp); cuando hace todo esto, ¿qué tipo de comportamientos autoriza a los ciudadanos?, ¿qué temores y acciones suscita entre las personas sindicadas? Sin más datos a la mano, no creo que el renacimiento del Ku-Klux-Klan, la multiplicación de asesinatos por parte de la policía contra hombres negros desarmados, la exhibición descarada de machismo y racismo, y otras conductas sociales reprobables, sean gratuitas. Las produce un ambiente creado desde el gobierno, una autorización implícita del primer magistrado.
El analista racional, en las coyunturas electorales, se queda considerando los programas y las propuestas de los candidatos, su hoja de vida. El racionalista suele desechar la persona. En regímenes fuertemente presidencialistas, como Estados Unidos o Colombia, esa faceta del poder es crucial. Alguien señaló los parecidos entre el presidencialismo y las monarquías. Los viejos monarcas se rodeaban de sacerdotes, consejeros, bufones, que embridaran sus demonios. Los antiguos presidentes hacían lo mismo; no tenían las tentaciones de Twitter y dejaban el narcisismo a cargo de los artistas y las gentes del espectáculo.
La legendaria pregunta que se hacían los padres conservadores en los sesenta (¿dejarías salir tu hija con un Stone?), es más aplicable a las campañas presidenciales; al cabo, lo que está en juego es la cultura política o, si se quiere la salud mental, del país.
El Colombiano, 10 de junio
Mi punto es más elusivo pero tanto o más concreto. ¿Qué cambios pueden producir en un país el temperamento y la personalidad de sus gobernantes? Talante, estilo, ejemplo. La filosofía política siempre se ha preocupado por este asunto desde las demandas de prudencia que, para la vida pública, hacía Aristóteles hasta el Elogio de la templanza de Norberto Bobbio, pasando por los espejos de príncipes medievales. La despersonalización del poder público, la neutralización de la singularidad personal del gobernante, han llevado a subestimar el papel del agente individual en la política, y con ello los rasgos morales y psicológicos de los individuos que ostentan posiciones de poder.
Cuando Trump dice que los inmigrantes latinos son animales, cuando convierte en normal el mercado sexual, cuando banaliza el patrimonio natural y cultural, cuando le pide a los maestros que vayan armados a las escuelas, cuando ridiculiza las tradiciones que no son anglo, blancas, protestantes (wasp); cuando hace todo esto, ¿qué tipo de comportamientos autoriza a los ciudadanos?, ¿qué temores y acciones suscita entre las personas sindicadas? Sin más datos a la mano, no creo que el renacimiento del Ku-Klux-Klan, la multiplicación de asesinatos por parte de la policía contra hombres negros desarmados, la exhibición descarada de machismo y racismo, y otras conductas sociales reprobables, sean gratuitas. Las produce un ambiente creado desde el gobierno, una autorización implícita del primer magistrado.
El analista racional, en las coyunturas electorales, se queda considerando los programas y las propuestas de los candidatos, su hoja de vida. El racionalista suele desechar la persona. En regímenes fuertemente presidencialistas, como Estados Unidos o Colombia, esa faceta del poder es crucial. Alguien señaló los parecidos entre el presidencialismo y las monarquías. Los viejos monarcas se rodeaban de sacerdotes, consejeros, bufones, que embridaran sus demonios. Los antiguos presidentes hacían lo mismo; no tenían las tentaciones de Twitter y dejaban el narcisismo a cargo de los artistas y las gentes del espectáculo.
La legendaria pregunta que se hacían los padres conservadores en los sesenta (¿dejarías salir tu hija con un Stone?), es más aplicable a las campañas presidenciales; al cabo, lo que está en juego es la cultura política o, si se quiere la salud mental, del país.
El Colombiano, 10 de junio
lunes, 4 de junio de 2018
Cinco votos más o menos libres
Hace cien años, casi exactos, el gran pensador alemán Max Weber (1864-1920) examinó la situación de la política de su tiempo en una conferencia titulada “La política como vocación”. Entre otras cosas, Weber hizo allí el contraste entre la democracia de camarillas y la de caudillos. Para él, la democracia de camarillas consiste en la rutina burocrática y la dominación de los políticos profesionales, por tanto, de notables. En la democracia caudillista -una de cuyas expresiones es el populismo- los seguidores de los partidos se convierten proletarios, gentes que “han de obedecer ciegamente” y no pueden ufanarse de “tener opinión propia”, porque la vanidad y la opinión son exclusivas del jefe.
El domingo pasado vencieron en Colombia los caudillos sobre los políticos profesionales. El próximo 17 de junio se enfrentarán dos huestes de proletarios ninguna de las cuales podrá vencer sola. Les tocará ganar el apoyo de un pedazo del tercio de votantes que no los acompañó. Los lánguidos grupitos de políticos profesionales ya empezaron a hacer sus movimientos, entre la resignación y el ridículo. Pero el movimiento molecular de los ciudadanos será importante. Veo cinco opciones.
La primera es la ética de la responsabilidad. Elaborar un argumento responsable no será fácil, sobre todo si entendemos que la responsabilidad no debería ser parcial (con la economía, Duque; con el ambiente, Petro). Los problemas del país no se deben parcelar, como lo demostró el proceso de paz.
La segunda es la del mal menor, que exige mucha información y alguna capacidad de control sobre los resultados. Uno de los principales defectos de los candidatos de segunda vuelta es su falta de claridad y la poca confianza que generan (¿se lanzarán a una constituyente como lo han dicho?).
El tercero es el de la enemistad. Como existen enemigos jurados de Uribe y otros de Petro y se quemó la opción de la reconciliación, algunos están inclinados a que sea la vara del odio o de la rabia la que determine contra quién se va a votar.
La cuarta es la de la coherencia. El voto en blanco es una manera de salvar la conciencia o el alma, si se quiere; de mantener los principios; si es masivo (va en el 10%) podría ser un mensaje.
La última es la de pensar con el deseo. Votar por Duque con la esperanza de que no cumpla lo que ha prometido (desbaratar los acuerdos, crear una sola corte). Votar por Petro confiando en que no sea el que conocemos, con la esperanza de que no radicalice la sociedad o detenga la economía petrolera. Si esto pasa y no cumplen, la democracia representativa carecerá de sentido.
Hidroituango: lo único que faltaba era la irresponsabilidad del Gobernador en sus ataques a EPM; el mismo que boicotea Savia Salud y el túnel de El Toyo.
El Colombiano, 3 de junio
El domingo pasado vencieron en Colombia los caudillos sobre los políticos profesionales. El próximo 17 de junio se enfrentarán dos huestes de proletarios ninguna de las cuales podrá vencer sola. Les tocará ganar el apoyo de un pedazo del tercio de votantes que no los acompañó. Los lánguidos grupitos de políticos profesionales ya empezaron a hacer sus movimientos, entre la resignación y el ridículo. Pero el movimiento molecular de los ciudadanos será importante. Veo cinco opciones.
La primera es la ética de la responsabilidad. Elaborar un argumento responsable no será fácil, sobre todo si entendemos que la responsabilidad no debería ser parcial (con la economía, Duque; con el ambiente, Petro). Los problemas del país no se deben parcelar, como lo demostró el proceso de paz.
La segunda es la del mal menor, que exige mucha información y alguna capacidad de control sobre los resultados. Uno de los principales defectos de los candidatos de segunda vuelta es su falta de claridad y la poca confianza que generan (¿se lanzarán a una constituyente como lo han dicho?).
El tercero es el de la enemistad. Como existen enemigos jurados de Uribe y otros de Petro y se quemó la opción de la reconciliación, algunos están inclinados a que sea la vara del odio o de la rabia la que determine contra quién se va a votar.
La cuarta es la de la coherencia. El voto en blanco es una manera de salvar la conciencia o el alma, si se quiere; de mantener los principios; si es masivo (va en el 10%) podría ser un mensaje.
La última es la de pensar con el deseo. Votar por Duque con la esperanza de que no cumpla lo que ha prometido (desbaratar los acuerdos, crear una sola corte). Votar por Petro confiando en que no sea el que conocemos, con la esperanza de que no radicalice la sociedad o detenga la economía petrolera. Si esto pasa y no cumplen, la democracia representativa carecerá de sentido.
Hidroituango: lo único que faltaba era la irresponsabilidad del Gobernador en sus ataques a EPM; el mismo que boicotea Savia Salud y el túnel de El Toyo.
El Colombiano, 3 de junio
viernes, 1 de junio de 2018
Populistas a la colombiana: Semana
“Petro tiene rasgos populistas”
Por Jorge Cote R.*
Revista Semana, 29 de mayo de 2018
En su reciente libro 'Populistas a la colombiana', el decano de la Escuela de Ciencias y Humanidades de la Universidad Eafit, Jorge Giraldo, explica en qué consiste este fenómeno político. En entrevista con SEMANA afirmó que Petro y Uribe son representantes del populismo nacional.
Leer entrevista completa en: https://www.semana.com/nacion/articulo/el-profesor-de-la-eafit-jorge-giraldo-habla-con-semana-sobre-su-libro-populistas-a-la-colombiana/569308
Por Jorge Cote R.*
Revista Semana, 29 de mayo de 2018
En su reciente libro 'Populistas a la colombiana', el decano de la Escuela de Ciencias y Humanidades de la Universidad Eafit, Jorge Giraldo, explica en qué consiste este fenómeno político. En entrevista con SEMANA afirmó que Petro y Uribe son representantes del populismo nacional.
Leer entrevista completa en: https://www.semana.com/nacion/articulo/el-profesor-de-la-eafit-jorge-giraldo-habla-con-semana-sobre-su-libro-populistas-a-la-colombiana/569308
lunes, 28 de mayo de 2018
Empresas Públicas de Medellín
Las Empresas Públicas de Medellín se han vuelto parte del paisaje, como los servicios que provee: agua, energía, gas, telefonía. Esta condición natural con la que es recibida por muchas personas es una prueba de su éxito. Durante sesenta años no ha habido intentos de privatizarla, ni barricadas contra la carencia del servicio o cuestionamientos sobre su función pública.
Pero no hay nada natural en ello. Las empresas de servicios públicos en Colombia fueron privatizadas en gran medida durante las gestiones de César Gaviria y Ernesto Samper; EPM no. No es solo la propiedad. Se trata de la prestación de un servicio básico, universal y de calidad, y también del impacto que los excedentes de la actividad productiva tienen sobre la calidad de vida de los habitantes de Medellín y Antioquia. Muchos ignoran que EPM ofrece un mínimo vital de agua a los hogares más pobres -gracias a una iniciativa de la administración de Alonso Salazar- y que gran parte de la inversión social en Medellín se financia con recursos de EPM. Es decir que se trata de una empresa auténticamente pública, y que los detractores gratuitos y radicales de EPM lo que hacen es darse tiros en los pies.
EPM no es administrada por la élite económica de la ciudad. Es dirigida de modo autónomo por un organismo que está conformado por personas de prestancia académica, social y profesional, como puede constatarlo cualquiera que se digne buscar la información en la red. Y es orientada, en términos generales, por el alcalde de la ciudad quien, a su vez, es elegido democráticamente cada cuatro años. Que la ignorancia o la malevolencia quieran ver en el sustantivo “empresas” al lobo feroz es otra cosa.
EPM no carece de problemas, como cualquier organización de este mundo. Yo mismo la he criticado cada que creo que lo amerita. Sus problemas derivan, a mi modo de ver, de su condición monopólica en el mercado y de una visión demasiado ingenieril en un sector que tiene profundo alcance social. Pero es una empresa que aprende. Mucha diferencia hay entre los terribles errores políticos que se cometieron durante la construcción de la represa de El Peñol hasta sus proyectos más recientes. Hace cuatro años tuve la oportunidad de ver sobre el terreno la intervención social y física admirable de EPM en Toledo e Ituango. Estuve en el lecho del río, en los túneles, la casa de máquinas y otro lugar con el fabuloso nombre de “caverna de trasformadores”. A la magnitud de esa obra no le hacen justicia ni los números ni las imágenes.
Ante la actual emergencia, la gerencia de EPM decidió sacrificar parte de esa infraestructura para salvar vidas humanas y está atendiendo a los damnificados de una manera inédita. ¿Cómo hubiera sido el desbordamiento del Cauca sin EPM?
El Colombiano, 27 de mayo
Pero no hay nada natural en ello. Las empresas de servicios públicos en Colombia fueron privatizadas en gran medida durante las gestiones de César Gaviria y Ernesto Samper; EPM no. No es solo la propiedad. Se trata de la prestación de un servicio básico, universal y de calidad, y también del impacto que los excedentes de la actividad productiva tienen sobre la calidad de vida de los habitantes de Medellín y Antioquia. Muchos ignoran que EPM ofrece un mínimo vital de agua a los hogares más pobres -gracias a una iniciativa de la administración de Alonso Salazar- y que gran parte de la inversión social en Medellín se financia con recursos de EPM. Es decir que se trata de una empresa auténticamente pública, y que los detractores gratuitos y radicales de EPM lo que hacen es darse tiros en los pies.
EPM no es administrada por la élite económica de la ciudad. Es dirigida de modo autónomo por un organismo que está conformado por personas de prestancia académica, social y profesional, como puede constatarlo cualquiera que se digne buscar la información en la red. Y es orientada, en términos generales, por el alcalde de la ciudad quien, a su vez, es elegido democráticamente cada cuatro años. Que la ignorancia o la malevolencia quieran ver en el sustantivo “empresas” al lobo feroz es otra cosa.
EPM no carece de problemas, como cualquier organización de este mundo. Yo mismo la he criticado cada que creo que lo amerita. Sus problemas derivan, a mi modo de ver, de su condición monopólica en el mercado y de una visión demasiado ingenieril en un sector que tiene profundo alcance social. Pero es una empresa que aprende. Mucha diferencia hay entre los terribles errores políticos que se cometieron durante la construcción de la represa de El Peñol hasta sus proyectos más recientes. Hace cuatro años tuve la oportunidad de ver sobre el terreno la intervención social y física admirable de EPM en Toledo e Ituango. Estuve en el lecho del río, en los túneles, la casa de máquinas y otro lugar con el fabuloso nombre de “caverna de trasformadores”. A la magnitud de esa obra no le hacen justicia ni los números ni las imágenes.
Ante la actual emergencia, la gerencia de EPM decidió sacrificar parte de esa infraestructura para salvar vidas humanas y está atendiendo a los damnificados de una manera inédita. ¿Cómo hubiera sido el desbordamiento del Cauca sin EPM?
El Colombiano, 27 de mayo
viernes, 25 de mayo de 2018
martes, 22 de mayo de 2018
Bolombolo
Bolombolo
José Fernando Isaza
El Espectador
16 de mayo del 2018
Hasta 1970 existió el ferrocarril del Pacífico, Buenaventura-Medellín. Los pasajeros preferían bajarse en Bolombolo, corregimiento a orillas del río Cauca, para evitar el demorado trayecto en tren entre Bolombolo y Medellín, que debía subir la cordillera. Preferían utilizar incómodos buses. A medida que mejoraban las carreteras, más carga y pasajeros se movilizaban por ellas. En el invierno de 1970, parte de la banca sobre el cañón del río Cauca fue destruida. Fue la muerte de este transporte ferroviario. Subsiste la estación de Bolombolo, grande con relación a la población; su discutible arquitectura evoca una locomotora y unos vagones. En una de las salas está hoy el Centro Cultural León de Greiff. Es de suponer que el poeta debía completar los pocos ingresos que le proporcionaba su profesión con algún salario, de preferencia oficial. Los Ferrocarriles Nacionales hicieron el acertado papel de mecenas y De Greiff estuvo en su nómina. En los años 1926 y 1927 vivió en Bolombolo. La casa se conserva.
Bolombolo está lejos de ser un destino gastronómico. El café que ofrecen las fuentes de soda es posiblemente de lo peor del hemisferio occidental. Es famosa su torta de pescado. Hace unos diez años sólo había un restaurante que la ofrecía y hoy se encuentra en al menos seis. El olor y el sabor parecen recordar un plato común en Islandia: el tiburón podrido. La torta ofende al menos tres sentidos: la vista, el olfato y el gusto. Mis compañeros de viaje la devoraron con entusiasmo.
Buscando, infructuosamente, las huellas de León de Greiff, encontramos en la farmacia toda la información que necesitábamos. El administrador es el promotor y gestor del centro cultural; para sorpresa de quienes íbamos en búsqueda de la huella del poeta, el farmaceuta es el sobrino de Enrique Sánchez. Tal vez este nombre no les diga micho a los millennials. Sánchez era el dueño del café El Automático, que lo compró a su primer propietario, Fernando Jaramillo Botero.
El Automático fue una institución en las letras colombianas. En sus mesas se discutía de poesía, de política. León de Greiff, Jorge Gaitán Durán, Hernando Téllez, Juan Lozano y Luis Vidales eran sus contertulios habituales.
En los tiempos en que a las mujeres estaba vedado entrar a los cafés, a menos que fueran meseras, intelectuales de la talla de Emilia Pardo Umaña y Lucy Tejada desafiaron estas arcaicas prohibiciones e hicieron parte de las tertulias literarias y conspirativas.
Si bien el interlocutor más respetado era De Greiff, no siempre compartía la mesa con sus pares y prefería paliquear con otros clientes del Automático. Contrario a la imagen que tiene de ser un personaje distante.
Años antes de trasladarse a Bogotá, De Greiff instauró en Medellín una tertulia de escritores llamada Los Pánidas, la mayoría de ellos rebeldes, desafiantes de la sociedad clerical y cerrada en que vivían. Casi todos fueron expulsados de las universidades confesionales en las que estudiaban.
Hoy las sociedades prohíben el consumo de drogas; antes prohibieron el tabaco y el alcohol. En algunos regímenes fueron clausurados los cafés y desestimulado el consumo de esta bebida. Las reuniones en torno a ella se consideraban desestabilizadoras del régimen.
La construcción de la central de Cañafisto, aguas arriba de Ituango, ha sido aplazada. Su embalse inundaría a Bolombolo, llevándose vestigios de una época de literatura y trenes.
José Fernando Isaza
El Espectador
16 de mayo del 2018
Hasta 1970 existió el ferrocarril del Pacífico, Buenaventura-Medellín. Los pasajeros preferían bajarse en Bolombolo, corregimiento a orillas del río Cauca, para evitar el demorado trayecto en tren entre Bolombolo y Medellín, que debía subir la cordillera. Preferían utilizar incómodos buses. A medida que mejoraban las carreteras, más carga y pasajeros se movilizaban por ellas. En el invierno de 1970, parte de la banca sobre el cañón del río Cauca fue destruida. Fue la muerte de este transporte ferroviario. Subsiste la estación de Bolombolo, grande con relación a la población; su discutible arquitectura evoca una locomotora y unos vagones. En una de las salas está hoy el Centro Cultural León de Greiff. Es de suponer que el poeta debía completar los pocos ingresos que le proporcionaba su profesión con algún salario, de preferencia oficial. Los Ferrocarriles Nacionales hicieron el acertado papel de mecenas y De Greiff estuvo en su nómina. En los años 1926 y 1927 vivió en Bolombolo. La casa se conserva.
Bolombolo está lejos de ser un destino gastronómico. El café que ofrecen las fuentes de soda es posiblemente de lo peor del hemisferio occidental. Es famosa su torta de pescado. Hace unos diez años sólo había un restaurante que la ofrecía y hoy se encuentra en al menos seis. El olor y el sabor parecen recordar un plato común en Islandia: el tiburón podrido. La torta ofende al menos tres sentidos: la vista, el olfato y el gusto. Mis compañeros de viaje la devoraron con entusiasmo.
Buscando, infructuosamente, las huellas de León de Greiff, encontramos en la farmacia toda la información que necesitábamos. El administrador es el promotor y gestor del centro cultural; para sorpresa de quienes íbamos en búsqueda de la huella del poeta, el farmaceuta es el sobrino de Enrique Sánchez. Tal vez este nombre no les diga micho a los millennials. Sánchez era el dueño del café El Automático, que lo compró a su primer propietario, Fernando Jaramillo Botero.
El Automático fue una institución en las letras colombianas. En sus mesas se discutía de poesía, de política. León de Greiff, Jorge Gaitán Durán, Hernando Téllez, Juan Lozano y Luis Vidales eran sus contertulios habituales.
En los tiempos en que a las mujeres estaba vedado entrar a los cafés, a menos que fueran meseras, intelectuales de la talla de Emilia Pardo Umaña y Lucy Tejada desafiaron estas arcaicas prohibiciones e hicieron parte de las tertulias literarias y conspirativas.
Si bien el interlocutor más respetado era De Greiff, no siempre compartía la mesa con sus pares y prefería paliquear con otros clientes del Automático. Contrario a la imagen que tiene de ser un personaje distante.
Años antes de trasladarse a Bogotá, De Greiff instauró en Medellín una tertulia de escritores llamada Los Pánidas, la mayoría de ellos rebeldes, desafiantes de la sociedad clerical y cerrada en que vivían. Casi todos fueron expulsados de las universidades confesionales en las que estudiaban.
Hoy las sociedades prohíben el consumo de drogas; antes prohibieron el tabaco y el alcohol. En algunos regímenes fueron clausurados los cafés y desestimulado el consumo de esta bebida. Las reuniones en torno a ella se consideraban desestabilizadoras del régimen.
La construcción de la central de Cañafisto, aguas arriba de Ituango, ha sido aplazada. Su embalse inundaría a Bolombolo, llevándose vestigios de una época de literatura y trenes.
lunes, 21 de mayo de 2018
Tercer llamado
Por tercera vez en lo que va del presente siglo la intelectualidad colombiana llama a las puertas de la ciudadanía para que escuche sus propuestas políticas y conozca la manera como concibe el futuro del país. En 2006, el jurista Carlos Gaviria Díaz –exprofesor de la Universidad de Antioquia– se presentó como alternativa a la reelección inmediata en nombre de la dignidad humana y los derechos de las minorías. En 2010, el filósofo Antanas Mockus –exrector de la Universidad Nacional– llegó a la segunda vuelta para enfrentar el continuismo en nombre de la cultura de la legalidad y de una sociedad basada en la confianza. En 2018, el matemático Sergio Fajardo –exprofesor de la Universidad de Los Andes– llega a la primera vuelta enarbolando las banderas de la educación, la reconciliación y la lucha contra la corrupción. No es gratuito que Fajardo haya recibido el respaldo de los partidos de Gaviria y Mockus, es decir, el Polo Democrático y el Partido Verde.
Gaviria, Mockus y Fajardo, dejaron la comodidad de las aulas para entrar en la arena política a ofrecer alternativas que la clase política profesional y tradicional no ofrecían ni ofrecen. Aceptaron reglas que desconocían y participaron en escenarios en los cuales predomina un estilo y un lenguaje que no manejaban. Nadie podrá decir en el futuro que entre sus generaciones y estamento social no hubo compromiso con los problemas del país y sus soluciones. Nadie podrá decir que cuando el ambiente político se tornó radical y pendenciero no hubo quien representara la moderación, la razonabilidad y el entendimiento de que somos una nación y no dos, una sociedad y no dos. Y es que la oferta de Uribe y de Petro es eso: una continuación de la guerra civil a través de los medios políticos e institucionales, un enfrentamiento entre enemigos para los cuales todo vale, que no terminará con la victoria de uno de los dos. La promesa de ambos es barrer con el proyecto de la Constitución de 1991: tanto Duque (el de Uribe) como Petro prometen una Asamblea Constituyente y un revolcón en el régimen político.
Fajardo no hace demagogia, no entra en trifulcas, no tiene una visión maniquea de la sociedad. Es un magnífico administrador y tendría un excelente equipo de gobierno para afrontar los principales retos del país. No dudo de que es el mejor candidato y que todavía puede llegar a la segunda vuelta
Hidroituango: solidaridad con las Empresas Públicas de Medellín, su gerencia, y las comunidades del Bajo Cauca. La emergencia en la represa mostró las peores reacciones de Gustavo Petro, quien actuó de manera oportunista y mentirosa. Intentó sacar votos y alimentar el odio en medio de un problema de tal dimensión humana y económica. Lo mismo hizo Luis Felipe Henao de la campaña de Vargas Lleras.
El Colombiano, 20 de mayo
Gaviria, Mockus y Fajardo, dejaron la comodidad de las aulas para entrar en la arena política a ofrecer alternativas que la clase política profesional y tradicional no ofrecían ni ofrecen. Aceptaron reglas que desconocían y participaron en escenarios en los cuales predomina un estilo y un lenguaje que no manejaban. Nadie podrá decir en el futuro que entre sus generaciones y estamento social no hubo compromiso con los problemas del país y sus soluciones. Nadie podrá decir que cuando el ambiente político se tornó radical y pendenciero no hubo quien representara la moderación, la razonabilidad y el entendimiento de que somos una nación y no dos, una sociedad y no dos. Y es que la oferta de Uribe y de Petro es eso: una continuación de la guerra civil a través de los medios políticos e institucionales, un enfrentamiento entre enemigos para los cuales todo vale, que no terminará con la victoria de uno de los dos. La promesa de ambos es barrer con el proyecto de la Constitución de 1991: tanto Duque (el de Uribe) como Petro prometen una Asamblea Constituyente y un revolcón en el régimen político.
Fajardo no hace demagogia, no entra en trifulcas, no tiene una visión maniquea de la sociedad. Es un magnífico administrador y tendría un excelente equipo de gobierno para afrontar los principales retos del país. No dudo de que es el mejor candidato y que todavía puede llegar a la segunda vuelta
Hidroituango: solidaridad con las Empresas Públicas de Medellín, su gerencia, y las comunidades del Bajo Cauca. La emergencia en la represa mostró las peores reacciones de Gustavo Petro, quien actuó de manera oportunista y mentirosa. Intentó sacar votos y alimentar el odio en medio de un problema de tal dimensión humana y económica. Lo mismo hizo Luis Felipe Henao de la campaña de Vargas Lleras.
El Colombiano, 20 de mayo
sábado, 19 de mayo de 2018
¿Cómo mejorar a Colombia? 25 ideas para reparar el futuro
Mauricio García Villegas (editor)
Autores
Jorge Orlando Melo
Moisés Wasserman
Santiago Gamboa
Rodrigo Uprimny
Francisco Gutiérrez
Ricardo Peñaranda
Juan Gabriel Vásquez
Julieta Lemaitre
Sergio Jaramillo
Andrés López
Fabio López de la Roche
Clara Rocío Gutiérrez
Antanas Mockus
Piedad Bonnett
Juan Camilo Cárdenas
Margarita Garrido
Juan Gabriel Gómez Albarello
Jorge Giraldo
Alejandro Gaviria
Lina Buchely
Gabriel Misas
Héctor Abad
Diana Rodríguez
Helena Durán
Andrea Ramírez
viernes, 18 de mayo de 2018
Las ideas en la guerra: Mauricio Gallo Callejas
Voy con el siguiente y último autor, Jorge Giraldo. Autor en quien he encontrado una clara manera de formular los problemas conceptuales implicados en las concepciones políticas dentro de tales contextos; en otras palabras, una clara vía para dar cuenta de los grandes retos con los que deben lidiar las preguntas qué y cuáles dentro de tales sociedades con condiciones de opresión. Ello, gracias a su inédita discusión frente al grado de responsabilidad que nos corresponde a quienes reflexionamos sobre el poder en este país y luego de tantos años de una violencia política desmedida. Discusión con la que, en general, me siento bastante cómodo; no puede ser de otra manera cuando su reclamo, “encaminado a mostrar que en Colombia no hubo una crítica de la violencia que se convirtiera en impronta de nuestra cultura política” (Giraldo, 2015, p.170), coincide con mi esfuerzo por introducir dentro de tal cultura al legado de Shklar, a la invitación para que pongamos a la crueldad en el primer lugar, a esa filosofía que apela a quienes hemos visto suficiente guerra y violencia, a quienes conocemos bien lo que es el miedo como herramienta de dominio político. Salvo por lo que leo como dos lamentables confusiones que explico de inmediato.
En aras de construir su reclamo, Giraldo (2015) establece una plausible separación entre “la hostilidad revolucionaria contra el orden vigente” (p.142) y la apuesta por la tradición democrática y liberal. Separación cuyo simple esbozo, también comparto este punto, resulta excepcional dentro de una cultura política en la que “[son sus palabras] no parece necesario demostrar […la] actitud comprensiva o benevolente o de franca simpatía con los insurgentes y su lucha armada” (pp.141-142) y que, agrego, en otros sigue despertando el accionar paramilitar. Pero que, creo, exige dos precisiones. Una, tal tradición demoliberal no puede ser confundida con aquellos regímenes en los que resulta posible establecer una presunción absoluta de la validez de todo orden normativo positivo. La otra, tampoco puede ser confundida con el abandono de la lucha en contra de la pobreza extrema. En el primer caso se pierde de vista que sin protección y estímulo para la formación del sentido individual de la injusticia no hay democracia liberal (Shklar, 2010). En el segundo caso, se olvida que cuando tal democracia aspira a funcionar de la mano de un sistema económico que establece la propiedad privada, dicho sentido de la injusticia debe incluir la falta de protección frente a los riesgos de la pobreza extrema.
Así pues, incurre Giraldo en la primera confusión una vez liga “poco aprecio por la democracia” y “relativización de la legalidad positiva” (p.152). O para decirlo desde una perspectiva inversa, una vez vincula “defensa de una normatividad alterna y superior a la ley positiva” con “hostilidad revolucionaria” (p.152). Por su parte, incurre en la segunda debido a la manera en que entiende las ideas de “legitimación indirecta” (p.167), “justificación implícita” (pp.168-169) o “aceptación infeliz” (p.170) del fanatismo revolucionario: todo aquel que incurra en alguno de los tópicos en los que esté implicada la idea de los derechos sociales, queda afiliado a tales categorías, se convierte en el objeto de su reclamo.
Bajo esta argumentación, todo queda servido para señalar que cualquier apuesta por la tesis de la pobreza extrema como opresión, está por fuera de la tradición demoliberal, queda vinculada con la hostilidad revolucionaria. No puede ser de otra manera si a los derechos sociales se les entiende como exigencias maximalistas y alejadas de todo principio de realidad; si la exigencia de garantía para sus titulares significa empeño por alcanzar un orden social plenamente satisfactorio; si, en tanto que programa político, devela el aire utópico y perfeccionista de todos aquellos dispuestos a hacer justicia “cueste lo que cueste” (la expresión es de Sen, 2010), a incurrir en esa “self-immolating fantasy” (Shklar, 1984, p.21) constitutiva del fanatismo revolucionario. En suma, todo queda servido para que cualquier predicador del evangelio libertario saque a la luz su consigna: o limitamos nuestros derechos al binomio libertad propiedad, o seguimos justificando años y años de una violencia sin sentido; seguimos enviando esas “[otra vez Giraldo] citadinas señales de humo que les dieron, a las guerrillas, la falsa impresión de que su causa contaba con un amplio respaldo” (p.170).
Puedo decir, entonces, que ninguna de las versiones disponibles de los DSH permite lidiar con el desafío impuesto por esta reflexión de Giraldo; de nuevo, desvirtuar ambas confusiones. En otras palabras, sostengo que es precisamente en los presupuestos teóricos del liberalismo de las eternas minorías donde están las herramientas para lograr un concepto de los derechos humanos que permita al mismo tiempo tomarse en serio la invitación de Giraldo y responder a las preguntas formuladas desde el antiliberalismo de autores como Santos. Y ello, mediante una serie de juicios de moralidad política que apenas alcanzo a enunciar: (i) el argumento de la igualación entre el sufrimiento generado por la crueldad física y por el sometimiento a pobreza extrema; (ii) una definición de la esfera de lo público que comprende las ideas de gobierno formal e informal y que deja abiertas las posibilidades de incluir tanto al ejercicio de la fuerza física como al poder económico [la ruptura con Pogge, con los enfoques institucionales de los derechos humanos no puede quedar más clara]; (iii) la tesis liberal sobre la injusticia acorde con la cual ella cancela la obligación política; y (iv) una concepción de la libertad entendida como ausencia de miedo (freedom from fear).
[Fragmento de su sustentación de tesis para el Doctorado en Filosofía de la Universidad de Antioquia]
En aras de construir su reclamo, Giraldo (2015) establece una plausible separación entre “la hostilidad revolucionaria contra el orden vigente” (p.142) y la apuesta por la tradición democrática y liberal. Separación cuyo simple esbozo, también comparto este punto, resulta excepcional dentro de una cultura política en la que “[son sus palabras] no parece necesario demostrar […la] actitud comprensiva o benevolente o de franca simpatía con los insurgentes y su lucha armada” (pp.141-142) y que, agrego, en otros sigue despertando el accionar paramilitar. Pero que, creo, exige dos precisiones. Una, tal tradición demoliberal no puede ser confundida con aquellos regímenes en los que resulta posible establecer una presunción absoluta de la validez de todo orden normativo positivo. La otra, tampoco puede ser confundida con el abandono de la lucha en contra de la pobreza extrema. En el primer caso se pierde de vista que sin protección y estímulo para la formación del sentido individual de la injusticia no hay democracia liberal (Shklar, 2010). En el segundo caso, se olvida que cuando tal democracia aspira a funcionar de la mano de un sistema económico que establece la propiedad privada, dicho sentido de la injusticia debe incluir la falta de protección frente a los riesgos de la pobreza extrema.
Así pues, incurre Giraldo en la primera confusión una vez liga “poco aprecio por la democracia” y “relativización de la legalidad positiva” (p.152). O para decirlo desde una perspectiva inversa, una vez vincula “defensa de una normatividad alterna y superior a la ley positiva” con “hostilidad revolucionaria” (p.152). Por su parte, incurre en la segunda debido a la manera en que entiende las ideas de “legitimación indirecta” (p.167), “justificación implícita” (pp.168-169) o “aceptación infeliz” (p.170) del fanatismo revolucionario: todo aquel que incurra en alguno de los tópicos en los que esté implicada la idea de los derechos sociales, queda afiliado a tales categorías, se convierte en el objeto de su reclamo.
Bajo esta argumentación, todo queda servido para señalar que cualquier apuesta por la tesis de la pobreza extrema como opresión, está por fuera de la tradición demoliberal, queda vinculada con la hostilidad revolucionaria. No puede ser de otra manera si a los derechos sociales se les entiende como exigencias maximalistas y alejadas de todo principio de realidad; si la exigencia de garantía para sus titulares significa empeño por alcanzar un orden social plenamente satisfactorio; si, en tanto que programa político, devela el aire utópico y perfeccionista de todos aquellos dispuestos a hacer justicia “cueste lo que cueste” (la expresión es de Sen, 2010), a incurrir en esa “self-immolating fantasy” (Shklar, 1984, p.21) constitutiva del fanatismo revolucionario. En suma, todo queda servido para que cualquier predicador del evangelio libertario saque a la luz su consigna: o limitamos nuestros derechos al binomio libertad propiedad, o seguimos justificando años y años de una violencia sin sentido; seguimos enviando esas “[otra vez Giraldo] citadinas señales de humo que les dieron, a las guerrillas, la falsa impresión de que su causa contaba con un amplio respaldo” (p.170).
Puedo decir, entonces, que ninguna de las versiones disponibles de los DSH permite lidiar con el desafío impuesto por esta reflexión de Giraldo; de nuevo, desvirtuar ambas confusiones. En otras palabras, sostengo que es precisamente en los presupuestos teóricos del liberalismo de las eternas minorías donde están las herramientas para lograr un concepto de los derechos humanos que permita al mismo tiempo tomarse en serio la invitación de Giraldo y responder a las preguntas formuladas desde el antiliberalismo de autores como Santos. Y ello, mediante una serie de juicios de moralidad política que apenas alcanzo a enunciar: (i) el argumento de la igualación entre el sufrimiento generado por la crueldad física y por el sometimiento a pobreza extrema; (ii) una definición de la esfera de lo público que comprende las ideas de gobierno formal e informal y que deja abiertas las posibilidades de incluir tanto al ejercicio de la fuerza física como al poder económico [la ruptura con Pogge, con los enfoques institucionales de los derechos humanos no puede quedar más clara]; (iii) la tesis liberal sobre la injusticia acorde con la cual ella cancela la obligación política; y (iv) una concepción de la libertad entendida como ausencia de miedo (freedom from fear).
[Fragmento de su sustentación de tesis para el Doctorado en Filosofía de la Universidad de Antioquia]
jueves, 17 de mayo de 2018
En librerías: POPULISTAS A LA COLOMBIANA
El populismo reverdece en el mundo. Crece allí donde las instituciones democráticas y liberales fallan.
Se nutre del inconformismo y se extiende como una incitación a salidas contestatarias y desesperadas. Pero, a pesar de ser un término de uso frecuente en los días que corren, lo cierto es que la noción misma de populismo se ha oscurecido en manos de la especulación, la falta de contexto histórico y la ausencia de estudios locales.
Populistas a la colombiana busca llenar ese vacío en momentos en que el país, en medio de la contienda electoral que sigue a los acuerdos de La Habana, asiste a la recomposición de su mapa político y el surgimiento de nuevos líderes. En conjunto, el libro reconstruye el origen y sentidos del populismo, sus versiones regionales, los contradictores que han colaborado en su definición y describe las formas que adoptó en Colombia, en tres casos significativos: Jorge Eliécer Gaitán, Gustavo Rojas Pinilla y Álvaro Uribe, y otros menos representativos, como Gustavo Petro.
De cierre, Jorge Giraldo Ramírez reflexiona, muy a propósito de la actual coyuntura, sobre la probabilidad de otro populismo en Colombia.
Didáctica Panini
Se sabe del valor didáctico del álbum de láminas –de caramelos, le decimos los mayores–, aunque no suficientemente aprovechado. En el país tenemos a la mano álbumes legendarios de historia natural, geografía e historia (este era bellísimo) de Colombia, todos lanzados en los años sesenta. Durante su gestión como gobernador, Sergio Fajardo promovió uno sobre los municipios de Antioquia. Pero, ¿qué valor puede tener un álbum de fútbol?
Puede suponerse que estoy haciendo una transferencia freudiana entre el amor al fútbol y algunas de mis pequeñas habilidades memorísticas respecto a nombres, fisiognomía, idiomas, banderas, países, y datos adjuntos provistos por el –en otros tiempos– indispensable Almanaque Mundial. Pero se trata de simples dispositivos pedagógicos que la educación contemporánea olvidó y que están siendo reivindicados por notables investigadores de la mente y el aprendizaje: repetición, memoria, placer, entretenimiento. Y curiosidad.
¿Qué era Corea del Norte en la década del sesenta? ¿Por qué el jugador más deslumbrante en Inglaterra jugaba para Portugal siendo mozambiqueño? El de 1966 fue mi primer álbum y todavía recuerdo los apodos de los jugadores españoles y la infame nómina argentina que después se lavó la cara en el campeonato colombiano. Un aficionado puede distinguir nombres de coreanos y japoneses, alemanes y nórdicos, rusos y eslavos del sur; cosa difícil para una persona que no haya cogido más de un álbum o que tenga mucha cultura general.
Algunos álbumes de los años ochenta traían el lugar de nacimiento de los jugadores. Allí puede rastrearse el fenómeno de la migración africana a Europa y el lento proceso de abandono de la ciudadanía de sangre en algunos países. Desde 1982 la página de Francia empezó a mostrar caras negras, Alemania se demoró pero llegó; el equipo japonés y los árabes exhibieron brasileños nacionalizados.
Si uno toma la colección completa de álbumes surgen preguntas más difíciles: ¿Por qué en las Antillas españolas son tan malos para jugar al fútbol mientras países como Haití y Trinidad ya han ido a mundiales? ¿Por qué la antigua Yugoslavia pone cada cuatro años dos selecciones de sus despojos (Croacia y Serbia este año)? ¿Qué pasa con los chinos y los indios que de mil quinientos millones de hombres no son capaces de sacar 22 muchachos competitivos? ¿Por qué los africanos del este nunca han clasificado al mundial? ¿Por qué el socialismo del siglo XXI solo pegó en países de troncos (Bolivia, Nicaragua y Venezuela)?
Sin curiosidad, por supuesto, no hay aprendizaje. ¿Qué tanto aprendimos sobre Camerún después de que el anciano Roger Milla nos sacara de octavos en 1990? ¿Nos interesamos por conocer a Rumania después de que Gheorghe Hagi colgara a Oscar Córdoba en 1994? ¿Sabemos ubicar en el mapa a Costa de Marfil, al que vencimos en 2014? ¿Cuántos colombianos se están informando sobre Polonia, Senegal y Japón?
El Colombiano, 13 de mayo
Puede suponerse que estoy haciendo una transferencia freudiana entre el amor al fútbol y algunas de mis pequeñas habilidades memorísticas respecto a nombres, fisiognomía, idiomas, banderas, países, y datos adjuntos provistos por el –en otros tiempos– indispensable Almanaque Mundial. Pero se trata de simples dispositivos pedagógicos que la educación contemporánea olvidó y que están siendo reivindicados por notables investigadores de la mente y el aprendizaje: repetición, memoria, placer, entretenimiento. Y curiosidad.
¿Qué era Corea del Norte en la década del sesenta? ¿Por qué el jugador más deslumbrante en Inglaterra jugaba para Portugal siendo mozambiqueño? El de 1966 fue mi primer álbum y todavía recuerdo los apodos de los jugadores españoles y la infame nómina argentina que después se lavó la cara en el campeonato colombiano. Un aficionado puede distinguir nombres de coreanos y japoneses, alemanes y nórdicos, rusos y eslavos del sur; cosa difícil para una persona que no haya cogido más de un álbum o que tenga mucha cultura general.
Algunos álbumes de los años ochenta traían el lugar de nacimiento de los jugadores. Allí puede rastrearse el fenómeno de la migración africana a Europa y el lento proceso de abandono de la ciudadanía de sangre en algunos países. Desde 1982 la página de Francia empezó a mostrar caras negras, Alemania se demoró pero llegó; el equipo japonés y los árabes exhibieron brasileños nacionalizados.
Si uno toma la colección completa de álbumes surgen preguntas más difíciles: ¿Por qué en las Antillas españolas son tan malos para jugar al fútbol mientras países como Haití y Trinidad ya han ido a mundiales? ¿Por qué la antigua Yugoslavia pone cada cuatro años dos selecciones de sus despojos (Croacia y Serbia este año)? ¿Qué pasa con los chinos y los indios que de mil quinientos millones de hombres no son capaces de sacar 22 muchachos competitivos? ¿Por qué los africanos del este nunca han clasificado al mundial? ¿Por qué el socialismo del siglo XXI solo pegó en países de troncos (Bolivia, Nicaragua y Venezuela)?
Sin curiosidad, por supuesto, no hay aprendizaje. ¿Qué tanto aprendimos sobre Camerún después de que el anciano Roger Milla nos sacara de octavos en 1990? ¿Nos interesamos por conocer a Rumania después de que Gheorghe Hagi colgara a Oscar Córdoba en 1994? ¿Sabemos ubicar en el mapa a Costa de Marfil, al que vencimos en 2014? ¿Cuántos colombianos se están informando sobre Polonia, Senegal y Japón?
El Colombiano, 13 de mayo
miércoles, 16 de mayo de 2018
Novena: Dedicación del mérito
Shantideva
Que todos los seres, en todo lugar,
que estén atormentados por sufrimientos físicos y mentales,
obtengan un océano de felicidad y alegría
debido a estos méritos.
Que ningún ser sufra,
que no cometa actos dañinos ni caiga enfermo.
Que nadie tenga miedo ni sea despreciado,
ni tenga una mente abrumada por la depresión.
...
Que los atemorizados, dejen de tener miedo
que los cautivos sean liberados.
que los débiles consigan poder
y que todos piensen en beneficiarse unos a otros.
Mientras exista el espacio,
mientras existan los seres,
mientras tanto, pueda yo permanecer
para ayudar a aliviar los sufrimientos en el mundo.
Dedicación del Bodhicharyavatara
Fragmento
Escuchar
Philip Glass
Sinfonía No. 5, IX-XII
Que todos los seres, en todo lugar,
que estén atormentados por sufrimientos físicos y mentales,
obtengan un océano de felicidad y alegría
debido a estos méritos.
Que ningún ser sufra,
que no cometa actos dañinos ni caiga enfermo.
Que nadie tenga miedo ni sea despreciado,
ni tenga una mente abrumada por la depresión.
...
Que los atemorizados, dejen de tener miedo
que los cautivos sean liberados.
que los débiles consigan poder
y que todos piensen en beneficiarse unos a otros.
Mientras exista el espacio,
mientras existan los seres,
mientras tanto, pueda yo permanecer
para ayudar a aliviar los sufrimientos en el mundo.
Dedicación del Bodhicharyavatara
Fragmento
Escuchar
Philip Glass
Sinfonía No. 5, IX-XII
martes, 15 de mayo de 2018
Octava: compañía
Samuel Beckett
palabras
supervivientes de la vida
un poco más aún
hacedle compañía
Escuchar
John Dowland (por Sting y Karamazov)
Songs from Labyrinth
palabras
supervivientes de la vida
un poco más aún
hacedle compañía
Escuchar
John Dowland (por Sting y Karamazov)
Songs from Labyrinth
lunes, 14 de mayo de 2018
Séptima: La casa de mi padre
Bruce Springsteen
Anoche soñé que era un niño
Allá donde los pinos crecen libres y altos
Trataba de llegar a casa a través del bosque
Antes de que oscureciera.
...
La casa de mi padre brilla con fuerza
Permanece como un faro llamándome en la noche.
Escuchar
My Father's House
Bruce Springsteen
Ben Harper
Anoche soñé que era un niño
Allá donde los pinos crecen libres y altos
Trataba de llegar a casa a través del bosque
Antes de que oscureciera.
...
La casa de mi padre brilla con fuerza
Permanece como un faro llamándome en la noche.
Escuchar
My Father's House
Bruce Springsteen
Ben Harper
domingo, 13 de mayo de 2018
Sexta: Mi tristeza
Dulce María Loynaz
Mi tristeza es suave como un claro de luna:
Ni queja ni temor has de encontrar en ella nunca.
...
(Mi tristeza es tan suave
que casi se parece a una sonrisa...)
Escuchar
Johann Sebastian Bach
Misa en Si Menor
Mi tristeza es suave como un claro de luna:
Ni queja ni temor has de encontrar en ella nunca.
...
(Mi tristeza es tan suave
que casi se parece a una sonrisa...)
Escuchar
Johann Sebastian Bach
Misa en Si Menor
sábado, 12 de mayo de 2018
Quinta: Lamento lento
Pablo Neruda
En la noche del corazón
la gota de tu nombre lento
en silencio circula y cae
y rompe y desarrolla su agua.
Lamento lento
Fragmento
Escuchar
Gabriel Fauré
Réquiem
En la noche del corazón
la gota de tu nombre lento
en silencio circula y cae
y rompe y desarrolla su agua.
Lamento lento
Fragmento
Escuchar
Gabriel Fauré
Réquiem
viernes, 11 de mayo de 2018
Cuarta: Poema en honor
Wisława Szymborska
Qué clase de hombre.
Por la grieta entre el hecho y lo inventado
se escapó nuestra atención. Resistente
a cada sino. Se sacude
cada aspecto que le doy.
Se le adhirió el silencio sin que la voz dejara cicatriz.
La ausencia tomó forma de horizonte.
Poema en honor
Fragmento
Escuchar
Philip Glass
Sinfonía No. 5, V-VIII
Qué clase de hombre.
Por la grieta entre el hecho y lo inventado
se escapó nuestra atención. Resistente
a cada sino. Se sacude
cada aspecto que le doy.
Se le adhirió el silencio sin que la voz dejara cicatriz.
La ausencia tomó forma de horizonte.
Poema en honor
Fragmento
Escuchar
Philip Glass
Sinfonía No. 5, V-VIII
jueves, 10 de mayo de 2018
Tercera: magia y pérdida
Lou Reed
Magia y pérdida
Fragmentos
¿De qué sirve?
¿De que sirve conocer tal devoción?
¿Qué de bueno tuvo el cáncer en abril?
Quiero una magia que me lleve de aquí
Que remplace las estrellas la luna la luz -el sol ya se fue
Volar a través de la tormenta
Y despertar en calma.
Si cierro los ojos no puedo creer que esté aquí sin vos
En tu habitación clara, tu silla vacía y mi cabeza
Soñando... siempre estoy soñando
Escuchar
Lou Reed
Magic and Loss
[Álbum]
Magia y pérdida
Fragmentos
¿De qué sirve?
¿De que sirve conocer tal devoción?
¿Qué de bueno tuvo el cáncer en abril?
Quiero una magia que me lleve de aquí
Que remplace las estrellas la luna la luz -el sol ya se fue
Volar a través de la tormenta
Y despertar en calma.
Si cierro los ojos no puedo creer que esté aquí sin vos
En tu habitación clara, tu silla vacía y mi cabeza
Soñando... siempre estoy soñando
Escuchar
Lou Reed
Magic and Loss
[Álbum]
miércoles, 9 de mayo de 2018
Segunda: el silencio del padre
Se trata del crucial silencio del padre que es, a la vez, la fuente del desamparo y de la libertad humanos. En este sentido, así se lo hace expresar a Isaac cuando traiciona a su primogénito Esaú en favor de Jacob: “Debes aprender a vivir sin mi amor, le dije a mi hijo en mi pensamiento… traicionar es dejar ir, dar opción a los que amamos de que se aparten de nuestro lado / librarles de la terrible herencia de nuestros sueños”.
[Del comentario de Francisco Calvo Serraller a una novela de Gustavo Martín Garzo.]
Escuchar
John Cage
4' 33"
[Del comentario de Francisco Calvo Serraller a una novela de Gustavo Martín Garzo.]
Escuchar
John Cage
4' 33"
martes, 8 de mayo de 2018
Primera de nueve: amor al padre
Santo Tomás de Aquino
Summa Theologica
Secunda Secundae.Questio XXVI, Art. IX
Se plantea: "Parece que el hombre debe amar más por caridad al hijo que al padre: porque más debemos amar a a aquel, a quien más debemos hacer bien".
Se responde: "Los padres aman por más tiempo, pues el padre comienza inmediatamente a amar al hijo, mientras que el hijo comienza a amar al padre después de algún tiempo".
Se concluye: "El padre ama naturalmente más al hijo en razón de la unión a sí mismo; pero en razón del bien más eminente el hijo ama naturalmente más al padre".
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Philip Glass
Sinfonía No. 5, I-IV
Summa Theologica
Secunda Secundae.Questio XXVI, Art. IX
Se plantea: "Parece que el hombre debe amar más por caridad al hijo que al padre: porque más debemos amar a a aquel, a quien más debemos hacer bien".
Se responde: "Los padres aman por más tiempo, pues el padre comienza inmediatamente a amar al hijo, mientras que el hijo comienza a amar al padre después de algún tiempo".
Se concluye: "El padre ama naturalmente más al hijo en razón de la unión a sí mismo; pero en razón del bien más eminente el hijo ama naturalmente más al padre".
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Philip Glass
Sinfonía No. 5, I-IV
lunes, 7 de mayo de 2018
Caras, grupos y programas
Las candidaturas presidenciales han suscitado los respectivos análisis sobre las trayectorias de los candidatos, sus programas y coaliciones. Aunque parte importante de la opinión pública trivializa la campaña diciendo que no hay propuestas, los análisis muestran lo contrario.
Los análisis de los programas muestran que solo De la Calle, Fajardo y Petro están a favor de una implementación seria del acuerdo de paz entre el Estado colombiano y las Farc. Duque y Vargas Lleras proponen –como si fuera natural– revisarlos (lo cual es improbable) o incumplirlos, lo que es más fácil y vergonzoso. La única propuesta que prioriza la lucha contra la corrupción es la de la Coalición Colombia de Sergio Fajardo. El consultor Jaime Acosta ve las propuestas económicas así: fortaleza de Duque en economía naranja, de Petro en sostenibilidad, de Fajardo en educación y desarrollo productivo; debilidades de Duque en desarrollo productivo y equidad, de Petro en cuanto a falta de estrategias (“Las propuestas económicas de Duque, Fajardo y Petro”, Razón pública, 01.04.18). El exrector de la Universidad Nacional Moisés Wasserman concluyó que la mejor propuesta en educación y ciencia es la de Fajardo.
A veces han surgido discusiones sobre las trayectorias de los candidatos. Los de más experiencia legislativa son Vargas Lleras y Petro. El de mayor experiencia en la administración y gestión desde el ejecutivo es Sergio Fajardo. El más veterano y conocedor de la cosa pública, Humberto de la Calle. Poca duda cabe que el más inexperto de los candidatos, en todos los campos, es Iván Duque: una hoja en blanco. Aunque la figura del vicepresidente sigue siendo un enigma, es evidente que la candidata con más trayectoria es Marta Lucía Ramírez y que la más sólida técnica y académicamente es Claudia López. Las candidaturas de Ángela Robledo y Juan Carlos Pinzón, son inocuas.
La debilidad de los partidos políticos y su fraccionamiento no impiden analizar con detalle las coaliciones que acompañan a los candidatos. A los que más mal les va son a Duque y a Vargas Lleras: casi todos los condenados por parapolítica y corrupción están repartidos entre estas dos campañas. Es desconcertante que a muchos analistas y ciudadanos esto los tenga sin cuidado. Si se revisan los aliados ideológicos, los únicos claros son el chavismo con Petro, el Polo con Fajardo y el fundamentalismo religioso (Ordóñez y Viviane) con Duque. La posibilidad de elegir entre estos es nítida. La carencia de ideologías (y también de ideas) en la campaña de Vargas Lleras es clamorosa.
Dando por sentado que no todos los electores tienen tiempo para hacer estas ponderaciones, es posible plantear las diferencias en marcos más amplios. Candidatos del continuismo: Vargas Lleras y De la Calle; candidato del salto atrás (sería el Uribe 2 que no fue Santos): Duque; candidato de la ruptura: Petro; candidato del cambio tranquilo: Fajardo.
El Colombiano, 6 de mayo
Los análisis de los programas muestran que solo De la Calle, Fajardo y Petro están a favor de una implementación seria del acuerdo de paz entre el Estado colombiano y las Farc. Duque y Vargas Lleras proponen –como si fuera natural– revisarlos (lo cual es improbable) o incumplirlos, lo que es más fácil y vergonzoso. La única propuesta que prioriza la lucha contra la corrupción es la de la Coalición Colombia de Sergio Fajardo. El consultor Jaime Acosta ve las propuestas económicas así: fortaleza de Duque en economía naranja, de Petro en sostenibilidad, de Fajardo en educación y desarrollo productivo; debilidades de Duque en desarrollo productivo y equidad, de Petro en cuanto a falta de estrategias (“Las propuestas económicas de Duque, Fajardo y Petro”, Razón pública, 01.04.18). El exrector de la Universidad Nacional Moisés Wasserman concluyó que la mejor propuesta en educación y ciencia es la de Fajardo.
A veces han surgido discusiones sobre las trayectorias de los candidatos. Los de más experiencia legislativa son Vargas Lleras y Petro. El de mayor experiencia en la administración y gestión desde el ejecutivo es Sergio Fajardo. El más veterano y conocedor de la cosa pública, Humberto de la Calle. Poca duda cabe que el más inexperto de los candidatos, en todos los campos, es Iván Duque: una hoja en blanco. Aunque la figura del vicepresidente sigue siendo un enigma, es evidente que la candidata con más trayectoria es Marta Lucía Ramírez y que la más sólida técnica y académicamente es Claudia López. Las candidaturas de Ángela Robledo y Juan Carlos Pinzón, son inocuas.
La debilidad de los partidos políticos y su fraccionamiento no impiden analizar con detalle las coaliciones que acompañan a los candidatos. A los que más mal les va son a Duque y a Vargas Lleras: casi todos los condenados por parapolítica y corrupción están repartidos entre estas dos campañas. Es desconcertante que a muchos analistas y ciudadanos esto los tenga sin cuidado. Si se revisan los aliados ideológicos, los únicos claros son el chavismo con Petro, el Polo con Fajardo y el fundamentalismo religioso (Ordóñez y Viviane) con Duque. La posibilidad de elegir entre estos es nítida. La carencia de ideologías (y también de ideas) en la campaña de Vargas Lleras es clamorosa.
Dando por sentado que no todos los electores tienen tiempo para hacer estas ponderaciones, es posible plantear las diferencias en marcos más amplios. Candidatos del continuismo: Vargas Lleras y De la Calle; candidato del salto atrás (sería el Uribe 2 que no fue Santos): Duque; candidato de la ruptura: Petro; candidato del cambio tranquilo: Fajardo.
El Colombiano, 6 de mayo
viernes, 4 de mayo de 2018
Sobre liderazgo político en La Silla Vacía
“El liderazgo político que hubo en la guerra bajo el gobierno de Uribe nos quedó faltando en la paz bajo la administración de Santos”: Jorge Giraldo
Fundación Liderazgo y Democracia
4 de Mayo de 2018
La Red Líder: ¿Cómo definiría el liderazgo político?
Jorge Giraldo: La manera tal vez más canónica de definirlo es por la capacidad de influir, de persuadir, de establecer una agenda política o unas prioridades para la sociedad. Una cosa que uno esperaría del líder, en general, y del líder político, en particular, es que sea capaz de mover a la población, o de mover a la ciudadanía de sus convicciones más tradicionales, o de su manera más habitual de mirar las cosas, y conducirlos a un camino o a una idea alternativa o a un cambio. Se reconoce al líder político como aquel que es capaz de introducir un cambio, así sea pequeño, en su país, convenciendo a las élites o a la ciudadanía, dependiendo del régimen.
R.L: Crear una fractura…
J.G: Sí. Por eso siempre miramos como líderes a Mandela, a Gorbachov, a Churchill, a Roosevelt, y en Colombia a López Pumarejo, a Lleras Camargo, es decir, la gente que es capaz de mover a la sociedad, de introducir algún cambio que se considera que es necesario, o que después demuestra que era necesario o fue positivo para la sociedad.
R.L: ¿Un líder nace o se hace?
J.G: La cultura tiene una vertiente que está instalada en la sociedad, pero creo sobre todo en la capacidad de hacerse de estos líderes, que aprenden de otros, que aprenden del pasado, y que tienen unas cualidades y una capacidad muy grande de aprovechar las circunstancias para emerger, así la tengan difícil. De hecho, todos estos líderes emergentes van un poco a contracorriente.
En el liderazgo político tiene que emerger esa capacidad de interpretar a la gente, pero para sacarla del lugar en donde está, no para quedarse en el mismo punto y reforzar las tendencias más atávicas y más reaccionarias en el sentido cultural. A veces le perdemos la noción a la palabra reaccionario. Reaccionario es básicamente el que se opone al cambio y el líder tiene que ser un líder de cambio, eso no significa que tenga que ser progresista, pero tiene que introducir un cambio, que no necesariamente debe ser hacia adelante o en términos ilustrados o liberales. Hay cambios que son muy duros. Ahora con las películas sobre Churchill uno se pone a pensar. Es un líder que está prometiendo sangre, sudor y lágrimas y meterse a una guerra hasta la victoria, y eso no es muy idílico y se contrapone a muchos de los valores modernos. Pero todo el mundo coincide en que esa era una necesidad del momento y afortunadamente la cosa le salió muy bien.
R.L: ¿A quiénes reconoce como líderes políticos en nuestro país actualmente?
J.G: Aquí ha habido dos tipos de liderazgos en los últimos 25 años y que son muy distintos. Ha habido un liderazgo que es el hegemónico, independientemente de cómo se cuenten después los votos y demás, que es el de Álvaro Uribe. Es hegemónico porque cambió la agenda, y más allá de las peleas entre Uribe y Santos y de las diferencias que ahora se noten con Vargas Lleras, todos ellos están enmarcados en el paradigma que creó Álvaro Uribe, y en una manera de gobernar que dejó un impacto en la gente. Le guste a uno o no, ese es el liderazgo hegemónico, sus ideas son las ideas que se han impuesto. Nadie hablaba de seguridad antes de 2001 o 2002, ahora todo el mundo tiene que hablar de eso, incluyendo a la izquierda.
Yo creo que hay otro liderazgo alternativo, que es más difícil de personalizar, pero que uno podría llamar la Ola Verde, que también tiene más o menos los mismos años. Cuando Uribe ganó la gobernación de Antioquia, Antanas había ganado la Alcaldía de Bogotá. Esta es la alternativa subalterna que no está afincada en la política tradicional, entonces tiene unos hándicaps más grandes para obtener triunfos, aunque ha obtenido muchos en los niveles regionales y locales. A nivel nacional todavía no ha pasado de ser un animador, pero está muy alrededor de la figura de Antanas, y después de Sergio Fajardo y de Claudia López, y de un proyecto que es político-cultural que hay alrededor de eso. Yo creo que el país se mueve entre esas dos tendencias.
R.L: ¿Qué virtudes deben caracterizar el ejercicio del liderazgo político democrático?
J.G: Hay una cosa que es muy clara y que está muy perdida hoy y es la capacidad argumentativa, la capacidad persuasiva. Desde la Antigüedad, por lo menos desde Demóstenes y Cicerón, siempre se pensó que el líder tenía que tener una gran capacidad de persuasión y eso implica muchas virtudes: capacidad de diálogo, de escuchar, de generar conversaciones, de recibir información, de dar información. Y una cosa que se ha perdido mucho últimamente: el diálogo con la intelectualidad y con los técnicos. Una característica común a los dos mandatos de Santos y de Uribe, y que es común también a Petro, es que ellos hacen lo que les da la gana, sin escuchar la opinión de los técnicos, así el técnico sea su Ministro de Hacienda o su Director de Planeación.
La otra característica crucial, que es algo que se ha venido discutiendo desde hace pocos años en Europa y en Estados Unidos, es el tema del ejemplo. Lo que un intelectual español llama, en un libro muy bonito que salió hace algunos años, la “ejemplaridad pública”. Ahí es donde se nota el gran contraste entre esas dos corrientes de las que hablo yo. La gran ruptura que generó la corriente tradicional respecto a sus predecesores es la del ejemplo. Entre estos jefes de ahora Santos no tiene nada que ver con su tío abuelo; Uribe no tiene nada que ver con un tipo como Lleras Camargo; Vargas Lleras, a pesar de lo combativo que era su abuelo, tampoco tiene nada que ver con la ejemplaridad pública de su abuelo. Ese tema de la ejemplaridad pública creo que es crucial hoy, porque el líder que no es ejemplar genera mucha confusión en la sociedad. Es lo que estamos viendo en Estados Unidos con Trump, desvertebra a la sociedad, confunde a todas las organizaciones sociales, confunde a los partidos políticos, a los líderes empresariales.
R.L: ¿Qué hace que un líder político pierda su liderazgo?
J.G: Yo creo que la paradoja de la pérdida de liderazgo en los lideres es su incapacidad de cambiar de medio. Por ejemplo, si uno mira estos líderes históricos que reconocemos en el siglo XX, una de sus características es que supieron salir de la política, salir del Estado, de la administración o de los partidos, y pasar al plano más público, más ideológico, más moral.
Uno de los problemas que tenemos en Colombia es que muy pocos líderes políticos han sabido entender que su capacidad de influencia, e incluso su propia figura, se conservan mejor pasando a otro medio distinto al de la lucha política y al de la administración pública. Esto también se ejemplifica claramente en Uribe, el no salir nunca de la contienda política, el estar siempre intentando gobernar y perpetuar, y una de las mayores posibilidades es que tengamos Uribismo por ahí para otra década.
Yo creo que el líder sabe cuándo tiene que cambiar de espacio y de modalidad de intervención. Eso se vio muy claro en casos históricos como el de De Gaulle, el caso de Gorbachov, el caso de Mandela. Mandela hubiera podido gobernar hasta su muerte, o hubiera podido seguir siendo el Jefe del Congreso Nacional Africano, pero no. Sabe cuándo se acaba su momento en la lucha política y en la administración del Estado y pasa a ejercer ese liderazgo desde otro lugar. El liderazgo, sino se transforma, se agota.
R.L: Usted que ha trabajado de cerca con el tema del conflicto armado, desde la Comisión Histórica del Conflicto y sus víctimas, ¿qué les faltó a quienes lideraron los acuerdos con las Farc?
J.G: Yo creo que es difícil que esa Comisión que nombró Santos hubiera podido ser mejor. El problema es que Santos no es un líder. Santos tenía una tarea que al final del día no era tan complicada, que era convencer al país y a la ciudadanía de la importancia del proceso de paz. Yo digo que no era tan difícil porque este es un país en el que estamos negociando desde hace 200 años. Es un país que ha hecho muchas guerras, pero cada guerra ha terminado con un acuerdo de paz, incluyendo la violencia de mitad de siglo, la Guerra de los Mil Días, para hablar nada más de los eventos más cercanos, y pues los N acuerdos que firmamos en los noventa con multitud de organizaciones. Había un ADN nacional propenso a la negociación. Creo que con una persona que hubiera tenido más en cuenta a la ciudadanía, que hubiera entendido su responsabilidad de orientar y de llevar a esa ciudadanía, y de mostrar esas bondades de la negociación y del acuerdo en sí mismo, se habría logrado un resultado mejor. La tarea no era tan complicada. Pero yo me quedo con la idea de que Santos ni siquiera lo intentó.
El otro tema que desgraciadamente estamos viendo ahora es la negligencia con el proceso de implementación, porque esto también lo dijimos y se lo escuchamos mucho a los negociadores y a algunos funcionarios del gobierno. Era clave para ganar la confianza pública el primer año y medio, después de la firma en la obtención, de lo que se llamaban las victorias tempranas para rodear de confianza el proceso y convencer finalmente a los escépticos, traerlos al apoyo. Pero nada de eso se dio. Creo que lo que pasó ahí fue un déficit de liderazgo político. El liderazgo político que hubo en la guerra bajo el gobierno de Uribe nos quedó faltando en la paz bajo la administración de Santos.
R.L: Y frente a las Farc, ¿qué faltó? La gente piensa que hubo mucha laxitud y muchas concesiones con ellos.
J.G: Hablar y juzgar es más fácil después de que las cosas han pasado. Todos sabíamos que era una negociación compleja. Creo que las concesiones que se les hicieron a las Farc en específico no eran gravosas para el país y que los puntos más difíciles del acuerdo, más ambiciosos, no eran para ellos, eran para el fortalecimiento del Estado y para el beneficio de las periferias colombianas y de sus habitantes. Lo más gravoso del acuerdo era el tema rural, y el tema rural son simplemente las tareas que ha dejado de hacer el Estado colombiano en 200 años. Cosas tan sencillas como tener un catrasto de todos los predios del país, titular las tierras, que permitieran abrir el mercado de tierras en el país, y crear unas infraestructuras en esos territorios que son parte de las obligaciones constitucionales del Estado. Eso era lo costoso, lo exigente desde el punto de vista estructural, pero eso no era para las Farc, eso era para la periferia colombiana.
Fundación Liderazgo y Democracia
4 de Mayo de 2018
La Red Líder: ¿Cómo definiría el liderazgo político?
Jorge Giraldo: La manera tal vez más canónica de definirlo es por la capacidad de influir, de persuadir, de establecer una agenda política o unas prioridades para la sociedad. Una cosa que uno esperaría del líder, en general, y del líder político, en particular, es que sea capaz de mover a la población, o de mover a la ciudadanía de sus convicciones más tradicionales, o de su manera más habitual de mirar las cosas, y conducirlos a un camino o a una idea alternativa o a un cambio. Se reconoce al líder político como aquel que es capaz de introducir un cambio, así sea pequeño, en su país, convenciendo a las élites o a la ciudadanía, dependiendo del régimen.
R.L: Crear una fractura…
J.G: Sí. Por eso siempre miramos como líderes a Mandela, a Gorbachov, a Churchill, a Roosevelt, y en Colombia a López Pumarejo, a Lleras Camargo, es decir, la gente que es capaz de mover a la sociedad, de introducir algún cambio que se considera que es necesario, o que después demuestra que era necesario o fue positivo para la sociedad.
R.L: ¿Un líder nace o se hace?
J.G: La cultura tiene una vertiente que está instalada en la sociedad, pero creo sobre todo en la capacidad de hacerse de estos líderes, que aprenden de otros, que aprenden del pasado, y que tienen unas cualidades y una capacidad muy grande de aprovechar las circunstancias para emerger, así la tengan difícil. De hecho, todos estos líderes emergentes van un poco a contracorriente.
En el liderazgo político tiene que emerger esa capacidad de interpretar a la gente, pero para sacarla del lugar en donde está, no para quedarse en el mismo punto y reforzar las tendencias más atávicas y más reaccionarias en el sentido cultural. A veces le perdemos la noción a la palabra reaccionario. Reaccionario es básicamente el que se opone al cambio y el líder tiene que ser un líder de cambio, eso no significa que tenga que ser progresista, pero tiene que introducir un cambio, que no necesariamente debe ser hacia adelante o en términos ilustrados o liberales. Hay cambios que son muy duros. Ahora con las películas sobre Churchill uno se pone a pensar. Es un líder que está prometiendo sangre, sudor y lágrimas y meterse a una guerra hasta la victoria, y eso no es muy idílico y se contrapone a muchos de los valores modernos. Pero todo el mundo coincide en que esa era una necesidad del momento y afortunadamente la cosa le salió muy bien.
R.L: ¿A quiénes reconoce como líderes políticos en nuestro país actualmente?
J.G: Aquí ha habido dos tipos de liderazgos en los últimos 25 años y que son muy distintos. Ha habido un liderazgo que es el hegemónico, independientemente de cómo se cuenten después los votos y demás, que es el de Álvaro Uribe. Es hegemónico porque cambió la agenda, y más allá de las peleas entre Uribe y Santos y de las diferencias que ahora se noten con Vargas Lleras, todos ellos están enmarcados en el paradigma que creó Álvaro Uribe, y en una manera de gobernar que dejó un impacto en la gente. Le guste a uno o no, ese es el liderazgo hegemónico, sus ideas son las ideas que se han impuesto. Nadie hablaba de seguridad antes de 2001 o 2002, ahora todo el mundo tiene que hablar de eso, incluyendo a la izquierda.
Yo creo que hay otro liderazgo alternativo, que es más difícil de personalizar, pero que uno podría llamar la Ola Verde, que también tiene más o menos los mismos años. Cuando Uribe ganó la gobernación de Antioquia, Antanas había ganado la Alcaldía de Bogotá. Esta es la alternativa subalterna que no está afincada en la política tradicional, entonces tiene unos hándicaps más grandes para obtener triunfos, aunque ha obtenido muchos en los niveles regionales y locales. A nivel nacional todavía no ha pasado de ser un animador, pero está muy alrededor de la figura de Antanas, y después de Sergio Fajardo y de Claudia López, y de un proyecto que es político-cultural que hay alrededor de eso. Yo creo que el país se mueve entre esas dos tendencias.
R.L: ¿Qué virtudes deben caracterizar el ejercicio del liderazgo político democrático?
J.G: Hay una cosa que es muy clara y que está muy perdida hoy y es la capacidad argumentativa, la capacidad persuasiva. Desde la Antigüedad, por lo menos desde Demóstenes y Cicerón, siempre se pensó que el líder tenía que tener una gran capacidad de persuasión y eso implica muchas virtudes: capacidad de diálogo, de escuchar, de generar conversaciones, de recibir información, de dar información. Y una cosa que se ha perdido mucho últimamente: el diálogo con la intelectualidad y con los técnicos. Una característica común a los dos mandatos de Santos y de Uribe, y que es común también a Petro, es que ellos hacen lo que les da la gana, sin escuchar la opinión de los técnicos, así el técnico sea su Ministro de Hacienda o su Director de Planeación.
La otra característica crucial, que es algo que se ha venido discutiendo desde hace pocos años en Europa y en Estados Unidos, es el tema del ejemplo. Lo que un intelectual español llama, en un libro muy bonito que salió hace algunos años, la “ejemplaridad pública”. Ahí es donde se nota el gran contraste entre esas dos corrientes de las que hablo yo. La gran ruptura que generó la corriente tradicional respecto a sus predecesores es la del ejemplo. Entre estos jefes de ahora Santos no tiene nada que ver con su tío abuelo; Uribe no tiene nada que ver con un tipo como Lleras Camargo; Vargas Lleras, a pesar de lo combativo que era su abuelo, tampoco tiene nada que ver con la ejemplaridad pública de su abuelo. Ese tema de la ejemplaridad pública creo que es crucial hoy, porque el líder que no es ejemplar genera mucha confusión en la sociedad. Es lo que estamos viendo en Estados Unidos con Trump, desvertebra a la sociedad, confunde a todas las organizaciones sociales, confunde a los partidos políticos, a los líderes empresariales.
R.L: ¿Qué hace que un líder político pierda su liderazgo?
J.G: Yo creo que la paradoja de la pérdida de liderazgo en los lideres es su incapacidad de cambiar de medio. Por ejemplo, si uno mira estos líderes históricos que reconocemos en el siglo XX, una de sus características es que supieron salir de la política, salir del Estado, de la administración o de los partidos, y pasar al plano más público, más ideológico, más moral.
Uno de los problemas que tenemos en Colombia es que muy pocos líderes políticos han sabido entender que su capacidad de influencia, e incluso su propia figura, se conservan mejor pasando a otro medio distinto al de la lucha política y al de la administración pública. Esto también se ejemplifica claramente en Uribe, el no salir nunca de la contienda política, el estar siempre intentando gobernar y perpetuar, y una de las mayores posibilidades es que tengamos Uribismo por ahí para otra década.
Yo creo que el líder sabe cuándo tiene que cambiar de espacio y de modalidad de intervención. Eso se vio muy claro en casos históricos como el de De Gaulle, el caso de Gorbachov, el caso de Mandela. Mandela hubiera podido gobernar hasta su muerte, o hubiera podido seguir siendo el Jefe del Congreso Nacional Africano, pero no. Sabe cuándo se acaba su momento en la lucha política y en la administración del Estado y pasa a ejercer ese liderazgo desde otro lugar. El liderazgo, sino se transforma, se agota.
R.L: Usted que ha trabajado de cerca con el tema del conflicto armado, desde la Comisión Histórica del Conflicto y sus víctimas, ¿qué les faltó a quienes lideraron los acuerdos con las Farc?
J.G: Yo creo que es difícil que esa Comisión que nombró Santos hubiera podido ser mejor. El problema es que Santos no es un líder. Santos tenía una tarea que al final del día no era tan complicada, que era convencer al país y a la ciudadanía de la importancia del proceso de paz. Yo digo que no era tan difícil porque este es un país en el que estamos negociando desde hace 200 años. Es un país que ha hecho muchas guerras, pero cada guerra ha terminado con un acuerdo de paz, incluyendo la violencia de mitad de siglo, la Guerra de los Mil Días, para hablar nada más de los eventos más cercanos, y pues los N acuerdos que firmamos en los noventa con multitud de organizaciones. Había un ADN nacional propenso a la negociación. Creo que con una persona que hubiera tenido más en cuenta a la ciudadanía, que hubiera entendido su responsabilidad de orientar y de llevar a esa ciudadanía, y de mostrar esas bondades de la negociación y del acuerdo en sí mismo, se habría logrado un resultado mejor. La tarea no era tan complicada. Pero yo me quedo con la idea de que Santos ni siquiera lo intentó.
El otro tema que desgraciadamente estamos viendo ahora es la negligencia con el proceso de implementación, porque esto también lo dijimos y se lo escuchamos mucho a los negociadores y a algunos funcionarios del gobierno. Era clave para ganar la confianza pública el primer año y medio, después de la firma en la obtención, de lo que se llamaban las victorias tempranas para rodear de confianza el proceso y convencer finalmente a los escépticos, traerlos al apoyo. Pero nada de eso se dio. Creo que lo que pasó ahí fue un déficit de liderazgo político. El liderazgo político que hubo en la guerra bajo el gobierno de Uribe nos quedó faltando en la paz bajo la administración de Santos.
R.L: Y frente a las Farc, ¿qué faltó? La gente piensa que hubo mucha laxitud y muchas concesiones con ellos.
J.G: Hablar y juzgar es más fácil después de que las cosas han pasado. Todos sabíamos que era una negociación compleja. Creo que las concesiones que se les hicieron a las Farc en específico no eran gravosas para el país y que los puntos más difíciles del acuerdo, más ambiciosos, no eran para ellos, eran para el fortalecimiento del Estado y para el beneficio de las periferias colombianas y de sus habitantes. Lo más gravoso del acuerdo era el tema rural, y el tema rural son simplemente las tareas que ha dejado de hacer el Estado colombiano en 200 años. Cosas tan sencillas como tener un catrasto de todos los predios del país, titular las tierras, que permitieran abrir el mercado de tierras en el país, y crear unas infraestructuras en esos territorios que son parte de las obligaciones constitucionales del Estado. Eso era lo costoso, lo exigente desde el punto de vista estructural, pero eso no era para las Farc, eso era para la periferia colombiana.
lunes, 30 de abril de 2018
Tiempo sin razones
Son malos tiempos para la razón y todo lo que está asociado con ella. National Geographic llamó guerra contra la ciencia al auge de las creencias que niegan los hallazgos científicos y las políticas públicas que afectan la investigación, las publicaciones y las humanidades (21.04.17). También son malos tiempos para los intelectuales públicos –a punto de convertirnos en adorno de periódicos– y para las ideas ilustradas y liberales. A esto último se refirió Salomón Kalmanovitz, con desazón, afirmando que “no vale la pena seguir en la brega de influir la opinión pública con argumentos basados en buena teoría y en suficientes datos” (“La seca y las pensiones”, El Espectador, 15.04.18).
La pérdida para los intelectuales individuales es notable, pero lo son más las pérdidas de las empresas ideológicas. La primera disolución está en la iglesia católica que no ha sido capaz de cohesionar a sus fieles y cuya doctrina vive arrinconada por las sectas fundamentalistas que anidan a su interior; entiéndase para Colombia, personajes como Galat y Ordóñez. La segunda está en los medios masivos de comunicación que no solo pierden influencia sino que se han cambiado de bando: ahora compiten con las redes en desinformación, sensacionalismo y ligereza. La tercera la sufre una academia ensimismada y dedicada a la especialización y la técnica. Las tres –iglesia, medios, academia– son bien vistas por una sociedad que las respeta pero no las sigue, como el delincuente con su camándula.
En su diagnóstico, Mauricio García Villegas afirma que lo racional “se ha vuelto circunstancial, esporádico y selectivo” y que “la inteligencia humana se ha concentrado en la tecnología” (“La sequía de la razón”, El Espectador, 21.04.18). Ampliando, podría decirse que hay más información que comprensión, más técnica que racionalidad, más monólogos que conversaciones, más narcisismo que solidaridad, más pantallas que contactos personales, más “me gusta” que “lo pensaré”.
Pero la principal responsabilidad no está en las empresas ideológicas, está en las élites políticas y económicas que han roto sus lazos con las élites intelectuales. Los políticos han cortado los lazos con los técnicos y prefieren la demagogia de siempre y el mercadeo de ahora. Las élites económicas conversan con las consultoras pero no escuchan a los académicos. Ambas élites se han desentendido de la historia y el pensamiento. Las ideas son fuertes cuando la producción de las élites intelectuales es importante para los gobernantes y los empresarios. Eso ha dejado de suceder en Colombia.
Subestimar a los pensadores en tiempos serenos significa tener que “que escuchar la cólera de los pueblos” en tiempos turbulentos, como dijo hace poco el presidente francés Emmanuel Macron (El País, 17.04.18). Desentenderse de las voces reflexivas hace que emerja lo que el escritor nicaragüense Sergio Ramírez llama “la conciencia ética de las calles” (El País, 25.04.18). Entonces habrá indignación, pero seguirán faltando las ideas.
El Colombiano, 29 de abril
La pérdida para los intelectuales individuales es notable, pero lo son más las pérdidas de las empresas ideológicas. La primera disolución está en la iglesia católica que no ha sido capaz de cohesionar a sus fieles y cuya doctrina vive arrinconada por las sectas fundamentalistas que anidan a su interior; entiéndase para Colombia, personajes como Galat y Ordóñez. La segunda está en los medios masivos de comunicación que no solo pierden influencia sino que se han cambiado de bando: ahora compiten con las redes en desinformación, sensacionalismo y ligereza. La tercera la sufre una academia ensimismada y dedicada a la especialización y la técnica. Las tres –iglesia, medios, academia– son bien vistas por una sociedad que las respeta pero no las sigue, como el delincuente con su camándula.
En su diagnóstico, Mauricio García Villegas afirma que lo racional “se ha vuelto circunstancial, esporádico y selectivo” y que “la inteligencia humana se ha concentrado en la tecnología” (“La sequía de la razón”, El Espectador, 21.04.18). Ampliando, podría decirse que hay más información que comprensión, más técnica que racionalidad, más monólogos que conversaciones, más narcisismo que solidaridad, más pantallas que contactos personales, más “me gusta” que “lo pensaré”.
Pero la principal responsabilidad no está en las empresas ideológicas, está en las élites políticas y económicas que han roto sus lazos con las élites intelectuales. Los políticos han cortado los lazos con los técnicos y prefieren la demagogia de siempre y el mercadeo de ahora. Las élites económicas conversan con las consultoras pero no escuchan a los académicos. Ambas élites se han desentendido de la historia y el pensamiento. Las ideas son fuertes cuando la producción de las élites intelectuales es importante para los gobernantes y los empresarios. Eso ha dejado de suceder en Colombia.
Subestimar a los pensadores en tiempos serenos significa tener que “que escuchar la cólera de los pueblos” en tiempos turbulentos, como dijo hace poco el presidente francés Emmanuel Macron (El País, 17.04.18). Desentenderse de las voces reflexivas hace que emerja lo que el escritor nicaragüense Sergio Ramírez llama “la conciencia ética de las calles” (El País, 25.04.18). Entonces habrá indignación, pero seguirán faltando las ideas.
El Colombiano, 29 de abril
lunes, 23 de abril de 2018
Falacias a favor de la corrupción
El debate de esta semana en el Senado sobre la consulta contra la corrupción amerita una documentación detallada y juiciosa de los estudiosos del lenguaje y de la política. Como se sabe, el debate se propició por la recolección de más de cuatro millones de firmas promovida por la senadora Claudia López y terminó con la aprobación de la consulta para junio. Las posiciones de los partidos políticos, los congresistas y los comentaristas de prensa son un auténtico muestrario de artilugios para no tomarse en serio el principal problema del país. (Alguno dirá que es el narcotráfico, que es simplemente un eslabón de la cadena corrupta: los países menos afectados por el narcotráfico en el continente –Costa Rica, Chile y Uruguay– son también los mejor clasificados en transparencia y en indicadores democráticos.)
Empecemos por las mentiras: Roy Barreras en Blue Radio (18.04) dijo que la mermelada ha existido siempre y en todas partes, y que no es culpa de Juan Manuel Santos (Roy siempre cita un libro que vio en una librería dos días antes y los periodistas se quedan mudos). No señor senador. Los cupos indicativos los inventó Santos como ministro de hacienda de Andrés Pastrana en 2001. Roy o no sabe, lo que es probable, o se hace, pero los cupos indicativos son distintos a los auxilios parlamentarios que existieron en el pasado.
Sigamos con las inconsecuencias: cuando los senadores Robledo y López, y el candidato presidencial Sergio Fajardo tomaron las banderas contra la corrupción, políticos y comentaristas argumentaron que esa era una consigna vacía, que quién no iba a estar en contra de la corrupción y que, como consigna política, carecía de peso. Ahora el principal argumento para aplazar la consulta fue que si se hacía coincidir con las elecciones presidenciales Fajardo saldría favorecido. ¿No era una consigna vacía en la que todos estaban de acuerdo? ¿Si era tan inocua la propuesta por qué treinta senadores, todos de Cambio Radical, el conservatismo y el Partido de la U se declararon impedidos para votar? Es decir, toda la coalición que apoya a Germán Vargas Lleras (la misma que cobijó a Santos).
Uno entiende que políticos y congresistas hagan uso de todas sus mañas para atajar la lucha contra la corrupción puesto que, según Transparencia Internacional, son los partidos y el congreso los ejes de la corrupción colombiana. Pero que sean los periodistas los pregoneros de falacias demuestra el trasfondo cultural del problema. Los analistas de radio se dedicaron a decir que las medidas propuestas eran incompletas (falta una reforma política), que no evitan que otros tipos de corrupción (como nepotismo) se sigan presentando, que son insuficientes. Es el repertorio habitual de excusas para evitar cualquier medida seria.
Conclusión: no hay consenso ético ni voluntad política para atacar la corrupción. Por ahí puede perderse el país.
El Colombiano, 22 de abril
Empecemos por las mentiras: Roy Barreras en Blue Radio (18.04) dijo que la mermelada ha existido siempre y en todas partes, y que no es culpa de Juan Manuel Santos (Roy siempre cita un libro que vio en una librería dos días antes y los periodistas se quedan mudos). No señor senador. Los cupos indicativos los inventó Santos como ministro de hacienda de Andrés Pastrana en 2001. Roy o no sabe, lo que es probable, o se hace, pero los cupos indicativos son distintos a los auxilios parlamentarios que existieron en el pasado.
Sigamos con las inconsecuencias: cuando los senadores Robledo y López, y el candidato presidencial Sergio Fajardo tomaron las banderas contra la corrupción, políticos y comentaristas argumentaron que esa era una consigna vacía, que quién no iba a estar en contra de la corrupción y que, como consigna política, carecía de peso. Ahora el principal argumento para aplazar la consulta fue que si se hacía coincidir con las elecciones presidenciales Fajardo saldría favorecido. ¿No era una consigna vacía en la que todos estaban de acuerdo? ¿Si era tan inocua la propuesta por qué treinta senadores, todos de Cambio Radical, el conservatismo y el Partido de la U se declararon impedidos para votar? Es decir, toda la coalición que apoya a Germán Vargas Lleras (la misma que cobijó a Santos).
Uno entiende que políticos y congresistas hagan uso de todas sus mañas para atajar la lucha contra la corrupción puesto que, según Transparencia Internacional, son los partidos y el congreso los ejes de la corrupción colombiana. Pero que sean los periodistas los pregoneros de falacias demuestra el trasfondo cultural del problema. Los analistas de radio se dedicaron a decir que las medidas propuestas eran incompletas (falta una reforma política), que no evitan que otros tipos de corrupción (como nepotismo) se sigan presentando, que son insuficientes. Es el repertorio habitual de excusas para evitar cualquier medida seria.
Conclusión: no hay consenso ético ni voluntad política para atacar la corrupción. Por ahí puede perderse el país.
El Colombiano, 22 de abril
viernes, 20 de abril de 2018
Caparrós sobre Sergio Fajardo
The New York Times en Español:
Opinión:
La lección del doctor Fajardo
Por Martín Caparrós
Sergio Fajardo, matemático, profesor, exalcalde de Medellín y autoproclamado político de centro, debe apelar a la polarización para pasar a la segunda vuelta y encontrar una posibilidad en el voto en contra del poder establecido.
Leer completo aquí:
https://www.nytimes.com/es/2018/04/19/opinion-caparros-fajardo-colombia-elecciones-2018/?emc=eta1-es
Opinión:
La lección del doctor Fajardo
Por Martín Caparrós
Sergio Fajardo, matemático, profesor, exalcalde de Medellín y autoproclamado político de centro, debe apelar a la polarización para pasar a la segunda vuelta y encontrar una posibilidad en el voto en contra del poder establecido.
Leer completo aquí:
https://www.nytimes.com/es/2018/04/19/opinion-caparros-fajardo-colombia-elecciones-2018/?emc=eta1-es
lunes, 16 de abril de 2018
Escuchando al prójimo
Al emprendedor: un asalariado, habituado a la comodidad de las transacciones electrónicas, antioqueño y –por tanto– cliente de Bancolombia, se queja de haber pasado las verdes y las maduras tratando de hacer pagos o retirar dinero. Más duro para el emprendedor que me cuenta que el banco no hizo los pagos de nómina convenidos, que le tocó ir a oficina física, que encima le cobraron más de 50 mil pesos por la transacción, que no le aceptaron explicaciones de ningún tipo. Los problemas en los sistemas del banco no fueron de un momento, ni de un día, se prolongaron de modo intermitente durante más de una semana. Hace cuatro años pasó lo mismo: el entonces presidente del banco pidió disculpas públicamente. Ahora no hubo disculpas. Yo, iluso, pensé que podrían descontarnos parte de los pagos de administración. En cualquier restaurante de pobre resarcen un mal servicio, ¿no lo puede hacer el banco más grande del país?
A mi amigo del No: mi amigo del No al plebiscito, no a las negociaciones con las Farc, no a la paz concreta, está desconcertado. Desde el 2 de octubre del 2016 tenía todas las cosas claras: allá Santos, acá Uribe; allá los del Sí, acá los de No; allá los que quieren implementar los acuerdos, acá los que los quieren volver trizas. No sabe qué hacer ni qué pensar. Santos se pasó por la faja la puesta en marcha de los acuerdos sobre tierras y sustitución de cultivos, es decir, las transformaciones reales que le servían a la población rural. El mundo empresarial le recomendó el modelo Forec para administrar los fondos de paz, pero él prefirió el modelo Odebrecht. Parece que habrá cárcel más pronto de lo esperado para un máximo dirigente de las Farc. Es decir, Santos ya hizo trizas los acuerdos. Entonces, se pregunta mi amigo del No, parece que ya no hay razones para votar por Iván Duque, Marta Lucía y Ordóñez.
Al colega académico: mi colega está feliz. Es consciente de que vive en una sociedad que no aprecia al maestro, ni a la academia, y que valora poco la educación. Al fin y al cabo hay modos más rápidos y lucrativos de ganar dinero y lograr posiciones de poder. El hecho de que en los foros presidenciales, donde saludan de doctor a todo el mundo, el único doctor de verdad sea Sergio Fajardo no le dice nada a nadie ni le incrementa los méritos. Doctor le decían en Cali a Gilberto Rodríguez Orejuela que sí fue capaz de poner presidente de la república. Pero mi colega siente ahora que la educación tiene un valor. Iván Duque dijo que tenía un título de Harvard sin ser cierto, un flamante senador liberal antioqueño se hizo pasar por abogado, un exalcalde de Bello falsificó su título de bachiller.
El Colombiano, 15 de abril
A mi amigo del No: mi amigo del No al plebiscito, no a las negociaciones con las Farc, no a la paz concreta, está desconcertado. Desde el 2 de octubre del 2016 tenía todas las cosas claras: allá Santos, acá Uribe; allá los del Sí, acá los de No; allá los que quieren implementar los acuerdos, acá los que los quieren volver trizas. No sabe qué hacer ni qué pensar. Santos se pasó por la faja la puesta en marcha de los acuerdos sobre tierras y sustitución de cultivos, es decir, las transformaciones reales que le servían a la población rural. El mundo empresarial le recomendó el modelo Forec para administrar los fondos de paz, pero él prefirió el modelo Odebrecht. Parece que habrá cárcel más pronto de lo esperado para un máximo dirigente de las Farc. Es decir, Santos ya hizo trizas los acuerdos. Entonces, se pregunta mi amigo del No, parece que ya no hay razones para votar por Iván Duque, Marta Lucía y Ordóñez.
Al colega académico: mi colega está feliz. Es consciente de que vive en una sociedad que no aprecia al maestro, ni a la academia, y que valora poco la educación. Al fin y al cabo hay modos más rápidos y lucrativos de ganar dinero y lograr posiciones de poder. El hecho de que en los foros presidenciales, donde saludan de doctor a todo el mundo, el único doctor de verdad sea Sergio Fajardo no le dice nada a nadie ni le incrementa los méritos. Doctor le decían en Cali a Gilberto Rodríguez Orejuela que sí fue capaz de poner presidente de la república. Pero mi colega siente ahora que la educación tiene un valor. Iván Duque dijo que tenía un título de Harvard sin ser cierto, un flamante senador liberal antioqueño se hizo pasar por abogado, un exalcalde de Bello falsificó su título de bachiller.
El Colombiano, 15 de abril
lunes, 9 de abril de 2018
18, varias veces 48, dos 68
Cuáles sean las efemérides más importantes de un país, una organización, una persona, debe decir algo de las preferencias, los referentes, quizás de la mentalidad de esos grupos o individuos. Como estamos en 2018, hablaré de algunas celebraciones o conmemoraciones de este año, en proceso de ensalzamiento o desdén.
Desde que empezó el año se está hablando de mayo de 1968. Uno de los hechos más sobrevaluados del siglo XX. Isaiah Berlin (1909-1997) respondió, sarcásticamente, cuando le preguntaron por las manifestaciones juveniles en Francia diciendo que se había tratado de una rebelión de la burguesía arrepentida contra el proletariado satisfecho. En lo que a mí respecta, el verano del amor –que tuvo lugar un año antes en San Francisco– fue más importante. En el sentido en que transformó casi por completo la cultura occidental y dejó una huella indeleble en nuestra manera de ser. La misma que hoy cuestionan tanto el neoconservatismo como la corrección política.
El 4 de abril pasado solo El Colombiano, entre la gran prensa escrita del país, publicó una nota sobre el cincuentenario de la muerte de Martin Luther King (ni siquiera tuvo doodle). Reducir la relevancia del pensamiento de King al ámbito de los negros o a la lucha por los derechos civiles en los Estados Unidos es no entender nada. La precariedad de ediciones en español de su obra muestra la indolencia de las élites intelectuales hispanoamericanas. Nuestros negros tampoco es que lo divulguen mucho. Ni tampoco a los otros dos miembros de esa santísima trinidad, Muhammad Ali y Nina Simone.
Hace 170 años era 1848. Un año tanto o más decisivo que el de la Revolución Francesa para la configuración política del mundo occidental. Y también en el pensamiento social. En ese año se publicaron libros que han moldeado desde entonces el pensamiento progresista: el Manifiesto Comunista de Karl Marx, cuyo natalicio ocurrió hace 200 años, con sus críticas diáfanas y sus promesas arcaicas; un panfleto de Joseph Charlier que propuso la idea una renta básica universal para cada ciudadano; un librito, desconocido fuera de Alemania, de Julius Fröebel que es la fuente original del concepto de democracia deliberativa.
Sobre 1848 en Colombia hay un texto interesante de Jaime Jaramillo Uribe, pero valdría la pena profundizar en su influencia. De seguro es más crucial para nuestra historia que el asesinato de Gaitán.
Los palestinos andan tirando piedra y los israelíes matándolos, con ocasión de los setenta años de la fundación del Estado de Israel. Escalaremos montañas de papel sobre el tema. Del gran acontecimiento de 1948 no se habla aún, se dirán pocas y tímidas palabras en diciembre: la promulgación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El contenido y las posibilidades prácticas de este documento pueden ser tan trascendentales como la inscripción que recibió Moisés en el Monte Horeb.
El Colombiano, 4 de abril
Desde que empezó el año se está hablando de mayo de 1968. Uno de los hechos más sobrevaluados del siglo XX. Isaiah Berlin (1909-1997) respondió, sarcásticamente, cuando le preguntaron por las manifestaciones juveniles en Francia diciendo que se había tratado de una rebelión de la burguesía arrepentida contra el proletariado satisfecho. En lo que a mí respecta, el verano del amor –que tuvo lugar un año antes en San Francisco– fue más importante. En el sentido en que transformó casi por completo la cultura occidental y dejó una huella indeleble en nuestra manera de ser. La misma que hoy cuestionan tanto el neoconservatismo como la corrección política.
El 4 de abril pasado solo El Colombiano, entre la gran prensa escrita del país, publicó una nota sobre el cincuentenario de la muerte de Martin Luther King (ni siquiera tuvo doodle). Reducir la relevancia del pensamiento de King al ámbito de los negros o a la lucha por los derechos civiles en los Estados Unidos es no entender nada. La precariedad de ediciones en español de su obra muestra la indolencia de las élites intelectuales hispanoamericanas. Nuestros negros tampoco es que lo divulguen mucho. Ni tampoco a los otros dos miembros de esa santísima trinidad, Muhammad Ali y Nina Simone.
Hace 170 años era 1848. Un año tanto o más decisivo que el de la Revolución Francesa para la configuración política del mundo occidental. Y también en el pensamiento social. En ese año se publicaron libros que han moldeado desde entonces el pensamiento progresista: el Manifiesto Comunista de Karl Marx, cuyo natalicio ocurrió hace 200 años, con sus críticas diáfanas y sus promesas arcaicas; un panfleto de Joseph Charlier que propuso la idea una renta básica universal para cada ciudadano; un librito, desconocido fuera de Alemania, de Julius Fröebel que es la fuente original del concepto de democracia deliberativa.
Sobre 1848 en Colombia hay un texto interesante de Jaime Jaramillo Uribe, pero valdría la pena profundizar en su influencia. De seguro es más crucial para nuestra historia que el asesinato de Gaitán.
Los palestinos andan tirando piedra y los israelíes matándolos, con ocasión de los setenta años de la fundación del Estado de Israel. Escalaremos montañas de papel sobre el tema. Del gran acontecimiento de 1948 no se habla aún, se dirán pocas y tímidas palabras en diciembre: la promulgación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El contenido y las posibilidades prácticas de este documento pueden ser tan trascendentales como la inscripción que recibió Moisés en el Monte Horeb.
El Colombiano, 4 de abril
lunes, 2 de abril de 2018
Vallejo cuarteado
Sentado, al parecer, con el perfil hacia oriente. Los ojos hundidos y tristes, la mirada baja y perdida. Más un alma que el retrato con estilete firmado por Pablo Picasso el 9 de junio de 1938. Dos meses habían pasado desde su muerte. Puede pensarse que el pintor malagueño ha dibujado de memoria la imagen que ahora ilumina la portada del volumen que compendia el libro póstumo España, aparta de mí este cáliz publicado en 1939, cuando terminaba la guerra civil española y empezaba la mundial: “¡Estremeño, dejásteme / Verte deste lobo, padecer, / Pelear por todos y pelear para que el individuo sea un hombre, / Para que los señores sean hombres”.
De la misma fecha un boceto que aspira a retrato. De frente, ceño fruncido; sin atractivo ni parecido, trazado sin curia. Picasso afirma que es César Vallejo; si no fuera por el afecto sabido diría que se trata del dueño de un bar o del administrador de un hotel, que salda una cuenta con tal de atrapar la firma del pintor. El curador de la edición crítica de 1997, Ricardo Silva Santiesteban, tituló el tercer tomo Poemas 1923-1938, aclarando que el adjetivo “humanos” no pertenece al original. “Y me alejo de todo, porque todo / Se queda para hacer la coartada: / Mi zapato, su ojal, también su lodo / y hasta mi doblez del codo / De mi propia camisa abotonada”.
Del ilustrador Julio Esquerre Montoya –conocido como Esquerrilof– la Pontificia Universidad Católica del Perú usó una imagen fuerte, un ícono tallado en madera, para la segunda portada, en negro sobre azul celeste. La cara aindiada, la piel curtida y morena, las cuencas solas bajo las cejas y el pelo desordenado. Una cabeza criolla, sin pulimientos, para darle cobertura al delirio vanguardista de Trilce (1922): “Cuándo vendrá / el domingo bocón y mudo del sepulcro, / cuándo vendrá a cargar este sábado / de harapos, esta horrible sutura / del placer que nos engendra sin querer, / y el placer que nos DestieRRa”.
Los heraldos negros, con sus borradores y facsímiles, llena el primer libro de la Poesía completa. En la carátula, un lápiz chocante, autoría del peruano Raúl Vizcarra. Una copia del estilo que los soviéticos impusieron para difundir la imagen de Lenin. Un Vallejo que nunca fue: desafiante, imponente. Un rostro metálico, bruñido, instalado sobre un cuello grueso de venas hinchadas que reclama una bandera tras de sí. Un despropósito para el sentimiento de esos versos. “Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce / Rita de junco y capulí; / ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita / la sangre, como flojo cognac, dentro de mí”.
César Vallejo no reclama nada; nadie reclama nada en su nombre, por fortuna. Cada espíritu que trastabilla bajo su poesía le pertenece.
El Colombiano, 1 de abril.
De la misma fecha un boceto que aspira a retrato. De frente, ceño fruncido; sin atractivo ni parecido, trazado sin curia. Picasso afirma que es César Vallejo; si no fuera por el afecto sabido diría que se trata del dueño de un bar o del administrador de un hotel, que salda una cuenta con tal de atrapar la firma del pintor. El curador de la edición crítica de 1997, Ricardo Silva Santiesteban, tituló el tercer tomo Poemas 1923-1938, aclarando que el adjetivo “humanos” no pertenece al original. “Y me alejo de todo, porque todo / Se queda para hacer la coartada: / Mi zapato, su ojal, también su lodo / y hasta mi doblez del codo / De mi propia camisa abotonada”.
Del ilustrador Julio Esquerre Montoya –conocido como Esquerrilof– la Pontificia Universidad Católica del Perú usó una imagen fuerte, un ícono tallado en madera, para la segunda portada, en negro sobre azul celeste. La cara aindiada, la piel curtida y morena, las cuencas solas bajo las cejas y el pelo desordenado. Una cabeza criolla, sin pulimientos, para darle cobertura al delirio vanguardista de Trilce (1922): “Cuándo vendrá / el domingo bocón y mudo del sepulcro, / cuándo vendrá a cargar este sábado / de harapos, esta horrible sutura / del placer que nos engendra sin querer, / y el placer que nos DestieRRa”.
Los heraldos negros, con sus borradores y facsímiles, llena el primer libro de la Poesía completa. En la carátula, un lápiz chocante, autoría del peruano Raúl Vizcarra. Una copia del estilo que los soviéticos impusieron para difundir la imagen de Lenin. Un Vallejo que nunca fue: desafiante, imponente. Un rostro metálico, bruñido, instalado sobre un cuello grueso de venas hinchadas que reclama una bandera tras de sí. Un despropósito para el sentimiento de esos versos. “Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce / Rita de junco y capulí; / ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita / la sangre, como flojo cognac, dentro de mí”.
César Vallejo no reclama nada; nadie reclama nada en su nombre, por fortuna. Cada espíritu que trastabilla bajo su poesía le pertenece.
El Colombiano, 1 de abril.
lunes, 26 de marzo de 2018
Robustecer el centro
Las estrategias políticas y electorales que promueven la polarización tienen muchas cosas en común: la explotación de las emociones, la oposición entre el bien y el mal, la absolutización de la enemistad, la inflexibilidad en las posiciones, el radicalismo en las palabras y en los actos. Y -desde la izquierda o la derecha- el obstáculo es el mismo: el centro político. Los representantes del centro político son el blanco preferido de los extremistas, que solo se reconocen mutuamente.
Los bandos que ven en la polarización su mejor forma de crecer y de aumentar sus probabilidades de triunfo necesitan destruir el centro. Esto se sabe bien en la táctica militar. Hay que barrer el terreno entre los dos ejércitos, hay que destruir todo aquello que no pueda ser controlado ni usufructuado por ellos, y así crear una tierra de nadie (“No man’s land”). Mientras ese espacio intermedio sea más grande y más vivo, menor será la posibilidad de escalar el conflicto y reducirlo a una pura forma dual, a un problema exclusivo de dos.
El centro político tiene contenido. Baste mirar las ejecutorias de Barack Obama y compararlas con las posturas de Sanders y Trump (parecidas en política económica) o leer los acuerdos de la coalición alemana. En el país, la Coalición Colombia se construyó alrededor de un programa de 20 puntos, con más de cinco subpuntos en cada uno. Cuando un analista u observador dice que el centro no tiene programa o que su candidato, Sergio Fajardo, no fija posición, está mintiendo o hablando sin informarse. Los promotores de la polarización incitan a la demagogia y el bochinche para que los candidatos del centro entre en los territorios en que mejor se mueven.
Pero lo más atractivo del centro está en la forma de hacer política. Norberto Bobbio (1909-2004), uno de los más importantes pensadores del siglo pasado, afirmó que en la política contemporánea son más importantes los medios que los fines. Con ello quiso apuntar a dos cosas: a los medios para alcanzar los fines, pero también a las formas de hacer política. Bobbio planteó que en estos tiempos una de las demarcaciones cruciales es la que existe entre moderados y radicales. Y hay radicales a la derecha y a la izquierda. Los radicales de los dos lados se alimentan de la necesidad de protección que demandan grupos poblacionales asustados o muy establecidos. Los radicales se presentan como hombres fuertes; son la flor y la nata del machismo en lo personal y el autoritarismo en lo social.
Los líderes centristas son el antídoto contra los males contemporáneos sobre los que cabalga el radicalismo de izquierda y derecha: apelan a la razonabilidad de la gente, reconocen múltiples matices en los puntos de vista y diversidad de posibles soluciones, son moderados en el lenguaje y en la acción, tienen adversarios pero no enemigos.
El Colombiano, 25 de marzo
Los bandos que ven en la polarización su mejor forma de crecer y de aumentar sus probabilidades de triunfo necesitan destruir el centro. Esto se sabe bien en la táctica militar. Hay que barrer el terreno entre los dos ejércitos, hay que destruir todo aquello que no pueda ser controlado ni usufructuado por ellos, y así crear una tierra de nadie (“No man’s land”). Mientras ese espacio intermedio sea más grande y más vivo, menor será la posibilidad de escalar el conflicto y reducirlo a una pura forma dual, a un problema exclusivo de dos.
El centro político tiene contenido. Baste mirar las ejecutorias de Barack Obama y compararlas con las posturas de Sanders y Trump (parecidas en política económica) o leer los acuerdos de la coalición alemana. En el país, la Coalición Colombia se construyó alrededor de un programa de 20 puntos, con más de cinco subpuntos en cada uno. Cuando un analista u observador dice que el centro no tiene programa o que su candidato, Sergio Fajardo, no fija posición, está mintiendo o hablando sin informarse. Los promotores de la polarización incitan a la demagogia y el bochinche para que los candidatos del centro entre en los territorios en que mejor se mueven.
Pero lo más atractivo del centro está en la forma de hacer política. Norberto Bobbio (1909-2004), uno de los más importantes pensadores del siglo pasado, afirmó que en la política contemporánea son más importantes los medios que los fines. Con ello quiso apuntar a dos cosas: a los medios para alcanzar los fines, pero también a las formas de hacer política. Bobbio planteó que en estos tiempos una de las demarcaciones cruciales es la que existe entre moderados y radicales. Y hay radicales a la derecha y a la izquierda. Los radicales de los dos lados se alimentan de la necesidad de protección que demandan grupos poblacionales asustados o muy establecidos. Los radicales se presentan como hombres fuertes; son la flor y la nata del machismo en lo personal y el autoritarismo en lo social.
Los líderes centristas son el antídoto contra los males contemporáneos sobre los que cabalga el radicalismo de izquierda y derecha: apelan a la razonabilidad de la gente, reconocen múltiples matices en los puntos de vista y diversidad de posibles soluciones, son moderados en el lenguaje y en la acción, tienen adversarios pero no enemigos.
El Colombiano, 25 de marzo
viernes, 23 de marzo de 2018
Colombia: Strengthen the Political Center
The political and electoral strategies that promote polarization have many things in common: the exploitation of emotions, the opposition between good and evil, the absolutization of enmity, inflexibility in positions, radicalism in words and acts And they -from left or right- have one obstacle in common: the political center. Representatives of the political center are the preferred target of extremists, who only recognize each other.
The sides that see polarization as their best way to grow and increase their chances of victory need to destroy the center. This is well known in military tactics. We must sweep the land between the two armies, we must destroy everything that can not be controlled or usufructuated by them, and thus create a no man's land. As long as that intermediate space is bigger and more alive, the smaller the possibility of escalating the conflict and reducing it to a pure dual form, to an exclusive problem of two.
The political center has content. Suffice it to look at the executions of Barack Obama and compare them with the positions of Sanders and Trump (similar on economics) or read the agreements of the German coalition. In the country, the Colombia Coalition was built around a 20-point program, with more than five sub-points in each. When an analyst or observer says that the center does not have a program or that its candidate, Sergio Fajardo, does not set a position, he is lying or talking without informing himself. Polarization promoters incite demagoguery and boom for the center's candidates to enter the territories in which they move best.
But the most attractive part of the center is in the way of doing politics. Norberto Bobbio (1909-2004), one of the most important thinkers of the last century, affirmed that in contemporary politics, means are more important than ends. With this he wanted to point to two things: the means to achieve the ends, but also the ways of doing politics. Bobbio said that in these times one of the crucial demarcations is that between moderate and radical. And there are radicals to the right and to the left. Radicals on both sides are fed by the need for protection demanded by frightened or well-established population groups. Radicals are presented as strong men; they are the flower and cream of machismo in the personal and authoritarianism in the social.
Centrist leaders are the antidote to the contemporary evils on which left and right radicalism rides: they appeal to the reasonableness of the people, they recognize multiple nuances in the points of view and diversity of possible solutions, they are moderate in the language and in the action, they have adversaries but not enemies.
The sides that see polarization as their best way to grow and increase their chances of victory need to destroy the center. This is well known in military tactics. We must sweep the land between the two armies, we must destroy everything that can not be controlled or usufructuated by them, and thus create a no man's land. As long as that intermediate space is bigger and more alive, the smaller the possibility of escalating the conflict and reducing it to a pure dual form, to an exclusive problem of two.
The political center has content. Suffice it to look at the executions of Barack Obama and compare them with the positions of Sanders and Trump (similar on economics) or read the agreements of the German coalition. In the country, the Colombia Coalition was built around a 20-point program, with more than five sub-points in each. When an analyst or observer says that the center does not have a program or that its candidate, Sergio Fajardo, does not set a position, he is lying or talking without informing himself. Polarization promoters incite demagoguery and boom for the center's candidates to enter the territories in which they move best.
But the most attractive part of the center is in the way of doing politics. Norberto Bobbio (1909-2004), one of the most important thinkers of the last century, affirmed that in contemporary politics, means are more important than ends. With this he wanted to point to two things: the means to achieve the ends, but also the ways of doing politics. Bobbio said that in these times one of the crucial demarcations is that between moderate and radical. And there are radicals to the right and to the left. Radicals on both sides are fed by the need for protection demanded by frightened or well-established population groups. Radicals are presented as strong men; they are the flower and cream of machismo in the personal and authoritarianism in the social.
Centrist leaders are the antidote to the contemporary evils on which left and right radicalism rides: they appeal to the reasonableness of the people, they recognize multiple nuances in the points of view and diversity of possible solutions, they are moderate in the language and in the action, they have adversaries but not enemies.
lunes, 19 de marzo de 2018
No nos une el amor sino el espanto
La política es conflictiva; de eso no cabe ninguna duda. Pero el conflicto político tiene que tener una base de unidad. Álvaro Gómez Hurtado la llamaba (1919-1995) el “acuerdo sobre lo fundamental”. Ese acuerdo puede expresarse en la constitución política, debería afincarse en la cultura que hace que seamos una comunidad política –distinta de las demás– y que, a veces, llamamos sentimiento nacional. Este sentido de unidad estuvo roto en el país por la guerra, la de mitad de siglo y la más reciente, eso se entiende.
Sin embargo, lo que presenciamos ahora tiene poco que ver con la disputa política normal y reglada que se conoce en casi todo el mundo. Estamos en presencia de un estilo tóxico de hacer política y de plantear las diferencias que tenemos acerca de cómo y hacia dónde debemos encaminarnos como sociedad. Acostumbrados a hacer política electoral con un enemigo interno a la vista, algunos líderes se empeñan en descalificar a los adversarios como si no estuvieran haciendo uso legítimo de los mecanismos democráticos.
Se trata de una manipulación mezquina y peligrosa del miedo, como sentimiento humano y emoción social. Miedo a De la Calle porque se sentó con las Farc y logró que se desmovilizaran y miedo a Fajardo porque tiene el apoyo de Jorge Robledo, como si la trayectoria política de ambos no fuera suficiente fuente de confianza. Miedo a Petro porque representa, por supuesto, un populismo retardatario. En condiciones parecidas, en 1970, Álvaro Gómez decía que no se justificaban “el agravio o el desafío” y que había que basar toda la lucha política en la “confianza en uno mismo”. ¡Cómo cambian los tiempos y los líderes!
Y, además, está la explotación del odio. El odio que Álvaro Uribe ha atizado contra Santos y el odio con el cual el presidente y sus seguidores le corresponden a Uribe y a sus partidarios. Es el retorno de la vieja política de rencillas entre élites, que estuvo a punto de destruir el país, una, dos, tres y más veces.
Hace ocho años parecía vergonzosa la manera como Uribe y Santos trataban a Antanas Mockus. No pudiéndolo acusar de alianzas con la guerrilla ni con Chávez, se dedicaron a descalificarlo. “Caballito discapacitado” fue el estigma descarado que le puso Uribe. Santos –asesorado por JJ Rendón– lo descalificó llamándolo profesor; bueno para enseñar y malo para hacer. Pues bien, aquel episodio lamentable dirigido a impedir el triunfo de una alternativa distinta a las tradicionales, parece hoy poca cosa ante el ambiente de opinión creado y del cual los principales responsables son Uribe y Petro.
Jorge Luis Borges creía que a los habitantes de Buenos Aires no los unía el amor sino el espanto. Hay quienes quieren unir a una mayoría colombianos a punta de miedo, odio y maledicencia contra los demás.
El Colombiano, 18 de marzo
Sin embargo, lo que presenciamos ahora tiene poco que ver con la disputa política normal y reglada que se conoce en casi todo el mundo. Estamos en presencia de un estilo tóxico de hacer política y de plantear las diferencias que tenemos acerca de cómo y hacia dónde debemos encaminarnos como sociedad. Acostumbrados a hacer política electoral con un enemigo interno a la vista, algunos líderes se empeñan en descalificar a los adversarios como si no estuvieran haciendo uso legítimo de los mecanismos democráticos.
Se trata de una manipulación mezquina y peligrosa del miedo, como sentimiento humano y emoción social. Miedo a De la Calle porque se sentó con las Farc y logró que se desmovilizaran y miedo a Fajardo porque tiene el apoyo de Jorge Robledo, como si la trayectoria política de ambos no fuera suficiente fuente de confianza. Miedo a Petro porque representa, por supuesto, un populismo retardatario. En condiciones parecidas, en 1970, Álvaro Gómez decía que no se justificaban “el agravio o el desafío” y que había que basar toda la lucha política en la “confianza en uno mismo”. ¡Cómo cambian los tiempos y los líderes!
Y, además, está la explotación del odio. El odio que Álvaro Uribe ha atizado contra Santos y el odio con el cual el presidente y sus seguidores le corresponden a Uribe y a sus partidarios. Es el retorno de la vieja política de rencillas entre élites, que estuvo a punto de destruir el país, una, dos, tres y más veces.
Hace ocho años parecía vergonzosa la manera como Uribe y Santos trataban a Antanas Mockus. No pudiéndolo acusar de alianzas con la guerrilla ni con Chávez, se dedicaron a descalificarlo. “Caballito discapacitado” fue el estigma descarado que le puso Uribe. Santos –asesorado por JJ Rendón– lo descalificó llamándolo profesor; bueno para enseñar y malo para hacer. Pues bien, aquel episodio lamentable dirigido a impedir el triunfo de una alternativa distinta a las tradicionales, parece hoy poca cosa ante el ambiente de opinión creado y del cual los principales responsables son Uribe y Petro.
Jorge Luis Borges creía que a los habitantes de Buenos Aires no los unía el amor sino el espanto. Hay quienes quieren unir a una mayoría colombianos a punta de miedo, odio y maledicencia contra los demás.
El Colombiano, 18 de marzo
lunes, 12 de marzo de 2018
Vidrios polarizados
Dos camionetas están enfrentadas en una calle estrecha, estrechada más aún por una fila de carros parqueados. Suenan los pitos, como si fueran insultos en morse amplificado. Obstinados, nadie cede. Uno apaga su motor, el otro se pega de su pito como si hubiera muerto sobre la cabrilla. Empiezan a escucharse improperios a voz en cuello. Uno se baja, el otro también; se encaminan al enfrentamiento. En fracciones de segundo reconocen mutuamente a un colega cercano, se disculpan y se van.
La historia es real. La persona que me la contó y la protagonizó, reflexionó: eso pasa con los vidrios polarizados; no vemos al otro como persona, nos mantiene en el anonimato y cuando ocurren ambas cosas perdemos la sensibilidad, el trato tranquilo, la capacidad de razonar, nos llenamos de furia, nos atornillamos en nuestra insignificante posición y lubricamos esta tonta soberbia.
El filósofo alemán Peter Sloterdijk sugiere que los individuos contemporáneos no vivimos en el mundo, vivimos en una serie consecutiva de burbujas en las que nos encerramos, y nos protegemos (aislamos) de los demás. El carro es una. La conducta de una persona normal al volante –especialmente con vidrios polarizados– es muy diferente a la que demuestra en espacios sociales en los que se requiere el contacto sensorial, anímico, físico, humano.
Pero no estoy hablando de automóviles. Otras burbujas de encierro y ruptura con la socialización son el apartamento, el centro comercial, los mundos virtuales mediatizados por los dispositivos electrónicos. Todas están burbujas tienen sus propios vidrios polarizados. La diferencia en grados de socialización entre una unidad residencial y un vecindario barrial, entre un parque y un centro comercial, entre una tienda y un supermercado, entre el chat y la conversación en un café son abismales, tanto en cantidad como en calidad.
Esta falta de presencia personal afecta nuestros niveles de conocimiento, empatía, razonabilidad y solidaridad. Una de las mayores pérdidas es la que tiene que ver con la conversación. Cada burbuja genera ensimismamiento, entropía en la reflexión. La persona posmoderna se está convirtiendo en una oficina de pronunciamientos; un afán de sentar posición, de emitir juicios, nos carcome, sin que medie ningún tipo de información calificada, verificación de fuentes, preguntas, búsqueda de otras versiones. Nos anestesiamos ante la voz, la opinión y la postura del distinto.
Las burbujas contemporáneas crean un fenómeno que en distintas disciplinas sociales llamamos endogeneidad. La endogeneidad puede generar muchos errores producto de la repetición y el reciclaje, en este caso, de prejuicios y opiniones. La burbuja es un salto atrás en la evolución: como si volviéramos a casarnos con las hermanas. La endogeneidad produce bebés con cola de marrano, como en Cien años de soledad. Las llamadas redes sociales producen opiniones con cola de marrano. Decir marranadas, hacer marranadas, es una expresión regional arcaica que cobra sentido hoy.
El Colombiano, 11 de marzo
La historia es real. La persona que me la contó y la protagonizó, reflexionó: eso pasa con los vidrios polarizados; no vemos al otro como persona, nos mantiene en el anonimato y cuando ocurren ambas cosas perdemos la sensibilidad, el trato tranquilo, la capacidad de razonar, nos llenamos de furia, nos atornillamos en nuestra insignificante posición y lubricamos esta tonta soberbia.
El filósofo alemán Peter Sloterdijk sugiere que los individuos contemporáneos no vivimos en el mundo, vivimos en una serie consecutiva de burbujas en las que nos encerramos, y nos protegemos (aislamos) de los demás. El carro es una. La conducta de una persona normal al volante –especialmente con vidrios polarizados– es muy diferente a la que demuestra en espacios sociales en los que se requiere el contacto sensorial, anímico, físico, humano.
Pero no estoy hablando de automóviles. Otras burbujas de encierro y ruptura con la socialización son el apartamento, el centro comercial, los mundos virtuales mediatizados por los dispositivos electrónicos. Todas están burbujas tienen sus propios vidrios polarizados. La diferencia en grados de socialización entre una unidad residencial y un vecindario barrial, entre un parque y un centro comercial, entre una tienda y un supermercado, entre el chat y la conversación en un café son abismales, tanto en cantidad como en calidad.
Esta falta de presencia personal afecta nuestros niveles de conocimiento, empatía, razonabilidad y solidaridad. Una de las mayores pérdidas es la que tiene que ver con la conversación. Cada burbuja genera ensimismamiento, entropía en la reflexión. La persona posmoderna se está convirtiendo en una oficina de pronunciamientos; un afán de sentar posición, de emitir juicios, nos carcome, sin que medie ningún tipo de información calificada, verificación de fuentes, preguntas, búsqueda de otras versiones. Nos anestesiamos ante la voz, la opinión y la postura del distinto.
Las burbujas contemporáneas crean un fenómeno que en distintas disciplinas sociales llamamos endogeneidad. La endogeneidad puede generar muchos errores producto de la repetición y el reciclaje, en este caso, de prejuicios y opiniones. La burbuja es un salto atrás en la evolución: como si volviéramos a casarnos con las hermanas. La endogeneidad produce bebés con cola de marrano, como en Cien años de soledad. Las llamadas redes sociales producen opiniones con cola de marrano. Decir marranadas, hacer marranadas, es una expresión regional arcaica que cobra sentido hoy.
El Colombiano, 11 de marzo
lunes, 5 de marzo de 2018
Renovar el congreso
El Congreso de la República tiene una mala reputación merecida, pero es muy probable que su mala fama exceda el mal desempeño de sus funciones. El congreso tiene un poder menor en un régimen presidencialista y, más aún, con el presidencialismo colombiano. El más autoritario de los presidentes del Frente Nacional (Lleras) gobernó con 64 decretos presidenciales mientras Juan Manuel Santos, emitió 351 en un solo año. Los decretos menoscaban la función legislativa de los congresistas. El congreso también ha perdido poder respecto a las altas cortes. Esto quiere decir que deberíamos ser más equitativos en las críticas al sistema político.
La corrupción tampoco es un monopolio de los congresistas. Colombia entró en el siglo XXI al club de los países más corruptos del mundo de la mano de la bonanza petrolera y de una mala gestión por parte de los gobiernos de Uribe y Santos. Según Transparencia Internacional, estamos en el puesto 96 entre 182 países, en un grupo con Brasil, Panamá, Perú, Tailandia, Zambia e Indonesia. Transparencia destacó acciones contra la corrupción en nueves países de América, entre los que no está Colombia. En Suramérica, Brasil, Panamá y Perú ya acusaron a varios jefes de gobierno; en Colombia no. Los congresistas reciben cárcel, a los magistrados les dan incapacidades y el Presidente y los ministros, pasan muertos de la erre.
Claro, los congresistas no se ayudan. La mayoría son mediocres, poco diligentes y oportunistas. Pero siempre los hay destacados y laboriosos. Los partidos ayudan menos. En estas elecciones, en particular, la indigestión amenaza: hay muchos candidatos a Cámara por un partido en alianza con postulados de otro partido Senado. Los resultados desfigurarán más la representación.
No tengo dudas de lo buenos congresistas que fueron Sofía Gaviria, Álvaro Uribe y Roy Barreras, al lado de los estelares Claudia López y Jorge Robledo. Sin embargo, hoy más que nunca en las últimas décadas tendrá más sentido votar por proyectos que por personas. El 11 de marzo tendremos un escenario político definido por las alternativas que se están ofreciendo para el país en los próximos cuatro años.
Las resumo: una oferta clientelista, corrupta y dura, articulada por Cambio Radical y muchos piratas de otros partidos; una promesa de repetir lo mismo de hace diez años, sin Farc y sin Bush, liderada por el Centro Democrático; un proyecto de cambio moderado e institucional que representa la Coalición Colombia; y una promesa de revolcón, sin respeto a las reglas, que se pregona desde Colombia Humana.
El país se reventará después de cuatro años con más de lo mismo –Cambio Radical o Centro Democrático– y no soportará el salto al vacío de Colombia Humana. La mejor opción hoy es la que proponen los partidos y los candidatos de la Coalición Colombia. En particular, las listas de Alianza Verde. Iván Marulanda nos representará bien.
El Colombiano, 4 de marzo.
La corrupción tampoco es un monopolio de los congresistas. Colombia entró en el siglo XXI al club de los países más corruptos del mundo de la mano de la bonanza petrolera y de una mala gestión por parte de los gobiernos de Uribe y Santos. Según Transparencia Internacional, estamos en el puesto 96 entre 182 países, en un grupo con Brasil, Panamá, Perú, Tailandia, Zambia e Indonesia. Transparencia destacó acciones contra la corrupción en nueves países de América, entre los que no está Colombia. En Suramérica, Brasil, Panamá y Perú ya acusaron a varios jefes de gobierno; en Colombia no. Los congresistas reciben cárcel, a los magistrados les dan incapacidades y el Presidente y los ministros, pasan muertos de la erre.
Claro, los congresistas no se ayudan. La mayoría son mediocres, poco diligentes y oportunistas. Pero siempre los hay destacados y laboriosos. Los partidos ayudan menos. En estas elecciones, en particular, la indigestión amenaza: hay muchos candidatos a Cámara por un partido en alianza con postulados de otro partido Senado. Los resultados desfigurarán más la representación.
No tengo dudas de lo buenos congresistas que fueron Sofía Gaviria, Álvaro Uribe y Roy Barreras, al lado de los estelares Claudia López y Jorge Robledo. Sin embargo, hoy más que nunca en las últimas décadas tendrá más sentido votar por proyectos que por personas. El 11 de marzo tendremos un escenario político definido por las alternativas que se están ofreciendo para el país en los próximos cuatro años.
Las resumo: una oferta clientelista, corrupta y dura, articulada por Cambio Radical y muchos piratas de otros partidos; una promesa de repetir lo mismo de hace diez años, sin Farc y sin Bush, liderada por el Centro Democrático; un proyecto de cambio moderado e institucional que representa la Coalición Colombia; y una promesa de revolcón, sin respeto a las reglas, que se pregona desde Colombia Humana.
El país se reventará después de cuatro años con más de lo mismo –Cambio Radical o Centro Democrático– y no soportará el salto al vacío de Colombia Humana. La mejor opción hoy es la que proponen los partidos y los candidatos de la Coalición Colombia. En particular, las listas de Alianza Verde. Iván Marulanda nos representará bien.
El Colombiano, 4 de marzo.
lunes, 26 de febrero de 2018
Migas
De plomo: el Área Metropolitana acaba de declarar (22.02) el “estado de prevención” que consiste en un conjunto de medidas para regular el uso de automotores hasta el 7 de abril. La medida llegó después tres semanas durante las cuales la mayoría de las estaciones de monitoreo marcaban naranja. Eso significa que nos estamos acostumbrando a respirar veneno y mojarnos con lluvia ácida. ¿Alguien le pondrá el cascabel al gato de la construcción, que es tan contaminante?
Vegetales: el Consejo de Estado acaba de declarar “la vulneración de los derechos colectivos” a un ambiente sano, al goce del espacio público y a la calidad de vida de los habitantes del llamado Túnel Verde, en Envigado. Los responsables de ese daño pretendido son Metroplús, Corantioquia y el municipio de Envigado (“Corte falla a favor de Túnel Verde en Envigado”, El Colombiano, 22.02.18). Esto no se quedará así por la obstinación en hacer una obra inútil y costosa, y por la aversión al riesgo después de ejecutar un par de kilómetros inservibles en más de cinco años. Ningún beneficio, muchos perjuicios para habitantes y comercio.
De modelos: ¿a quién le gusta más el tipo de belleza impuesto en la época? ¿a los mafiosos a los canales privados de televisión? Se convirtió en una regularidad el triángulo modelo peranita, delincuente zutanito y canal Caracol o RCN. ¿El casting se resuelve solo con una foto?
Internacionales: la conexión con el aeropuerto José María Córdova vive en contingencia cotidiana, precisamente ahora cuando es más internacional que nunca antes en sus treinta y punta de años de funcionamiento. Las Palmas se convirtió en ciclovía de todos los días, con carros acompañantes y todo; desde el Alto hasta Sajonia, en una de las zonas de mayor accidentalidad vial del departamento; el acceso al aeropuerto en una red de parqueaderos caótica.
De vagón: nadie habla de la relación entre los ya muy comunes problemas técnicos del metro con la politización a que fue sometida la entidad por Santos y Luis Pérez hace tres años. Entre los dos contaminaron una de las joyas de la corona de Medellín.
De contratistas: las Empresas Públicas cambiaron el contratista de facturación. El proceso de aprendizaje lo pagamos los usuarios. Haciendo filas porque el tiempo cuesta; en liquidez porque nos acumulan las cuentas. Nos obligaron a recoger recibos viejos y entregárselos para que recuperen la trazabilidad de los contratos. Y eso que es la mejor de América Latina. Dolor de cabeza, los contratistas.
De autos: para la ciudadanía de Medellín y su administración es deshonroso que un funcionario público de alto rango (Secretario de Seguridad) haya aceptado cargos penales en un arreglo con la Fiscalía. La falta de reacción de la llamada opinión pública y de la dirigencia es pasmosa, ¿estaremos volviendo al “tapen, tapen” de la época del cartel?
El Colombiano, 25 de febrero.
Vegetales: el Consejo de Estado acaba de declarar “la vulneración de los derechos colectivos” a un ambiente sano, al goce del espacio público y a la calidad de vida de los habitantes del llamado Túnel Verde, en Envigado. Los responsables de ese daño pretendido son Metroplús, Corantioquia y el municipio de Envigado (“Corte falla a favor de Túnel Verde en Envigado”, El Colombiano, 22.02.18). Esto no se quedará así por la obstinación en hacer una obra inútil y costosa, y por la aversión al riesgo después de ejecutar un par de kilómetros inservibles en más de cinco años. Ningún beneficio, muchos perjuicios para habitantes y comercio.
De modelos: ¿a quién le gusta más el tipo de belleza impuesto en la época? ¿a los mafiosos a los canales privados de televisión? Se convirtió en una regularidad el triángulo modelo peranita, delincuente zutanito y canal Caracol o RCN. ¿El casting se resuelve solo con una foto?
Internacionales: la conexión con el aeropuerto José María Córdova vive en contingencia cotidiana, precisamente ahora cuando es más internacional que nunca antes en sus treinta y punta de años de funcionamiento. Las Palmas se convirtió en ciclovía de todos los días, con carros acompañantes y todo; desde el Alto hasta Sajonia, en una de las zonas de mayor accidentalidad vial del departamento; el acceso al aeropuerto en una red de parqueaderos caótica.
De vagón: nadie habla de la relación entre los ya muy comunes problemas técnicos del metro con la politización a que fue sometida la entidad por Santos y Luis Pérez hace tres años. Entre los dos contaminaron una de las joyas de la corona de Medellín.
De contratistas: las Empresas Públicas cambiaron el contratista de facturación. El proceso de aprendizaje lo pagamos los usuarios. Haciendo filas porque el tiempo cuesta; en liquidez porque nos acumulan las cuentas. Nos obligaron a recoger recibos viejos y entregárselos para que recuperen la trazabilidad de los contratos. Y eso que es la mejor de América Latina. Dolor de cabeza, los contratistas.
De autos: para la ciudadanía de Medellín y su administración es deshonroso que un funcionario público de alto rango (Secretario de Seguridad) haya aceptado cargos penales en un arreglo con la Fiscalía. La falta de reacción de la llamada opinión pública y de la dirigencia es pasmosa, ¿estaremos volviendo al “tapen, tapen” de la época del cartel?
El Colombiano, 25 de febrero.
miércoles, 21 de febrero de 2018
Las ideas en la guerra: Bernardo Pérez
VIOLENCIA Y POLÍTICA: LA POBREZA DE LAS IDEAS EN COLOMBIA
Bernardo Pérez Salazar
Magíster en Planificación del Desarrollo Regional, investigador del Instituto Latinoamericano de Altos Estudios (ILAE), Bogotá, Colombia,
Con este libro el profesor Jorge Giraldo de la Universidad Eafit de Medellín prosigue una reflexión iniciada hace más de 15 años sobre temas y problemas de filosofía política contemporánea. En esta ocasión retoma la indagación, propuesta en los albores del Frente Nacional, por Jorge Gaitán Durán, poeta fundador de la revista Mito junto con Hernando Valencia Goelkel, acerca del papel de los intelectuales en la violencia política del país.
Leer la reseña completa: http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0124-59962016000200023&lng=es&nrm=iso&tlng=es
Sugerencia de citación: Pérez S., B. "Violencia y política: la pobreza de las ideas en Colombia", Revista de Economía Institucional 18, 35, 2016, pp. 359-366.
Bernardo Pérez Salazar
Magíster en Planificación del Desarrollo Regional, investigador del Instituto Latinoamericano de Altos Estudios (ILAE), Bogotá, Colombia,
Con este libro el profesor Jorge Giraldo de la Universidad Eafit de Medellín prosigue una reflexión iniciada hace más de 15 años sobre temas y problemas de filosofía política contemporánea. En esta ocasión retoma la indagación, propuesta en los albores del Frente Nacional, por Jorge Gaitán Durán, poeta fundador de la revista Mito junto con Hernando Valencia Goelkel, acerca del papel de los intelectuales en la violencia política del país.
Leer la reseña completa: http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0124-59962016000200023&lng=es&nrm=iso&tlng=es
Sugerencia de citación: Pérez S., B. "Violencia y política: la pobreza de las ideas en Colombia", Revista de Economía Institucional 18, 35, 2016, pp. 359-366.
lunes, 19 de febrero de 2018
El malestar
Hay un enorme malestar en Colombia. La prueba la dan las encuestas presidenciales que muestran que un tercio de la población está indecisa y desconcertada, la mayoría está inclinada a alternativas no tradicionales, en un mosaico del que han desaparecido los partidos liberal y conservador.
El marciano recién llegado a América Latina en su platillo volador quedaría bastante desconcertado. ¿Por qué los colombianos están tan verracos? Colombia, sin dudas, no tiene una situación mala en el panorama continental. Puede ser mediocre, pero está mejor que Brasil, México y Argentina en cuanto a las tendencias en la economía, la seguridad y algunos indicadores sociales. Si el marciano leyera un poco de historia contemporánea se daría cuenta de que el país está viviendo las mejor de las últimas cuatro décadas. No son solo las estadísticas, pensemos en nuestra condición personal y evaluémosla.
Pero en la vida no todo es objetividad ni racionalidad. Ese es el cuestionamiento filosófico de fondo que hizo el recién laureado Nobel de Economía Richard Thaler, quien, por demás, es sicólogo. ¿Será que estamos de diván?
Intentaré algunas explicaciones, como pensando en voz alta. La primera es que la batalla feroz entre las élites que han gobernado a Colombia en los últimos 30 años, hizo confundir a la ciudadanía y está llevando a que todos pierdan. Presidentes y expresidentes en una pelea callejera. La situación es resultado de su irresponsabilidad.
La segunda. Estamos terminando ocho años de un gobierno que se desinteresó de la gente. Tal y como describe Gore Vidal (1925-2012) al protagonista de su novela Lincoln, yo creo que Santos se acomodó en la Casa de Nariño pensando solo en la negociación con las Farc y lo demás le interesó un pito: justicia, educación, salud. Peor aún, pensó que el bien de la paz se podía lograr por malos medios como la corrupción del congreso y comprando el apoyo de Cambio Radical. Logró el acuerdo con las Farc –mérito que nadie podrá quitarle– pero desistió de hacer la preparación y pedagogía que necesitaba. Ahora mucha gente disfruta los beneficios del posconflicto sin agradecer –porque no lo entendió– el trabajo que se hizo.
La tercera razón es que, durante ocho años, la sociedad perdió un sentido crítico razonable. En mis cinco décadas de vida social consciente nunca vi una prensa tan gobiernista y acomodada. Y la oposición quedó en manos de un grupo de histéricos y mentirosos. Nos pasamos ocho años sin que el ciudadano promedio se sintiera representado en sus preguntas y sus objeciones. La prensa no hizo el trabajo, la oposición fue desleal con las instituciones, las élites intelectuales y económicas se distrajeron.
Ahora la masa está indignada y, como suele suceder, puede optar por la autodestrucción. Y las élites por el conservadurismo extremo. El país necesita un cambio, guiado por la moderación.
El Colombiano, 18 de febrero.
El marciano recién llegado a América Latina en su platillo volador quedaría bastante desconcertado. ¿Por qué los colombianos están tan verracos? Colombia, sin dudas, no tiene una situación mala en el panorama continental. Puede ser mediocre, pero está mejor que Brasil, México y Argentina en cuanto a las tendencias en la economía, la seguridad y algunos indicadores sociales. Si el marciano leyera un poco de historia contemporánea se daría cuenta de que el país está viviendo las mejor de las últimas cuatro décadas. No son solo las estadísticas, pensemos en nuestra condición personal y evaluémosla.
Pero en la vida no todo es objetividad ni racionalidad. Ese es el cuestionamiento filosófico de fondo que hizo el recién laureado Nobel de Economía Richard Thaler, quien, por demás, es sicólogo. ¿Será que estamos de diván?
Intentaré algunas explicaciones, como pensando en voz alta. La primera es que la batalla feroz entre las élites que han gobernado a Colombia en los últimos 30 años, hizo confundir a la ciudadanía y está llevando a que todos pierdan. Presidentes y expresidentes en una pelea callejera. La situación es resultado de su irresponsabilidad.
La segunda. Estamos terminando ocho años de un gobierno que se desinteresó de la gente. Tal y como describe Gore Vidal (1925-2012) al protagonista de su novela Lincoln, yo creo que Santos se acomodó en la Casa de Nariño pensando solo en la negociación con las Farc y lo demás le interesó un pito: justicia, educación, salud. Peor aún, pensó que el bien de la paz se podía lograr por malos medios como la corrupción del congreso y comprando el apoyo de Cambio Radical. Logró el acuerdo con las Farc –mérito que nadie podrá quitarle– pero desistió de hacer la preparación y pedagogía que necesitaba. Ahora mucha gente disfruta los beneficios del posconflicto sin agradecer –porque no lo entendió– el trabajo que se hizo.
La tercera razón es que, durante ocho años, la sociedad perdió un sentido crítico razonable. En mis cinco décadas de vida social consciente nunca vi una prensa tan gobiernista y acomodada. Y la oposición quedó en manos de un grupo de histéricos y mentirosos. Nos pasamos ocho años sin que el ciudadano promedio se sintiera representado en sus preguntas y sus objeciones. La prensa no hizo el trabajo, la oposición fue desleal con las instituciones, las élites intelectuales y económicas se distrajeron.
Ahora la masa está indignada y, como suele suceder, puede optar por la autodestrucción. Y las élites por el conservadurismo extremo. El país necesita un cambio, guiado por la moderación.
El Colombiano, 18 de febrero.
martes, 13 de febrero de 2018
Jardín, Colombia: the Spirit in the Stone
On February 2, a century ago, the first stone was laid. Few people stop to think about the meaning of a first stone; how much heaven you have to move to put it on. And in this particular case, in how many wills must be agreed to put that stone in a small remote valley of the western mountain range, which is like a balcony from which look a dozen basalt minarets of the Farallones del Citará.
It is not easy to reconstruct the details of the individual and collective acts that moved and nailed that stone. Real stone, not metaphorical, and already mythical stone. We know that the first stone is the end of many jobs: the preparation of a site, the improvement of a business project, the admiration of the design, the plan and the calculations. We owe this last to a Salesian brother.
Giovanni Buscaglione, an Italian architect, perhaps Piedmontese, born in 1874, was commissioned to capture its Gothic aesthetic, its hermetic keys and its Christian tradition in the Garden temple. Buscaglione also left its mark on Villanueva in Medellín, La Candelaria in Bogotá, Barichara and other Colombian, Italian and Turkish localities. It is not the only European presence. The canon of Asian saints rests on a marble altar made in Italy and under a pair of bells of good German iron. How these objects crossed the Atlantic, they ascended the Magdalena, they passed to Cauca and they went up to the sources of the San Juan rivers, it is not known. Fitzcarraldo can give us an idea.
The priest Juan Nepomuceno Barrera made sure that the strokes of Buscaglione became the dream of a community. For twenty years, Father Barrera made the faith rooted in an architectural project and prayers were exchanged for work days. Hundreds of “jardineños” of the first and second generation, our grandparents and great grandparents, climbed the mountain to cut volcanic rock, sat in the park to carve it and organized caravans of muleteers to converge the wood with gold and limestone with the sand. All the inhabitants dedicated the efforts that were left over from simple subsistence to building their common home.
It is said that the temple was finished in 1940. The stone is more dynamic than it is believed; Being eternal, faith is also daily. In the eighties, the earth fractured the walls and the war turned its towers into watchtowers. Throughout time thousands of stones, tiles and mosaics were changed, the towers were alleviated with aluminum. Sacred iconography entered, the most recent of them the Saint Laura Montoya, work of the artist Felipe Giraldo. For the State it became a national heritage and for the Vatican basilica; ours, for the memory of the ancestors.
Photography: Javier Jaramillo
It is not easy to reconstruct the details of the individual and collective acts that moved and nailed that stone. Real stone, not metaphorical, and already mythical stone. We know that the first stone is the end of many jobs: the preparation of a site, the improvement of a business project, the admiration of the design, the plan and the calculations. We owe this last to a Salesian brother.
Giovanni Buscaglione, an Italian architect, perhaps Piedmontese, born in 1874, was commissioned to capture its Gothic aesthetic, its hermetic keys and its Christian tradition in the Garden temple. Buscaglione also left its mark on Villanueva in Medellín, La Candelaria in Bogotá, Barichara and other Colombian, Italian and Turkish localities. It is not the only European presence. The canon of Asian saints rests on a marble altar made in Italy and under a pair of bells of good German iron. How these objects crossed the Atlantic, they ascended the Magdalena, they passed to Cauca and they went up to the sources of the San Juan rivers, it is not known. Fitzcarraldo can give us an idea.
The priest Juan Nepomuceno Barrera made sure that the strokes of Buscaglione became the dream of a community. For twenty years, Father Barrera made the faith rooted in an architectural project and prayers were exchanged for work days. Hundreds of “jardineños” of the first and second generation, our grandparents and great grandparents, climbed the mountain to cut volcanic rock, sat in the park to carve it and organized caravans of muleteers to converge the wood with gold and limestone with the sand. All the inhabitants dedicated the efforts that were left over from simple subsistence to building their common home.
It is said that the temple was finished in 1940. The stone is more dynamic than it is believed; Being eternal, faith is also daily. In the eighties, the earth fractured the walls and the war turned its towers into watchtowers. Throughout time thousands of stones, tiles and mosaics were changed, the towers were alleviated with aluminum. Sacred iconography entered, the most recent of them the Saint Laura Montoya, work of the artist Felipe Giraldo. For the State it became a national heritage and for the Vatican basilica; ours, for the memory of the ancestors.
Photography: Javier Jaramillo
lunes, 12 de febrero de 2018
Jardín: el espíritu en la piedra
Un dos de febrero, hace un siglo, se puso la primera piedra. Pocos se detienen a pensar en el significado de una primera piedra; en cuánto cielo hay que mover para ponerla. Y en este caso particular, en cuántas voluntades hay que hacer concordar para poner esa piedra en un pequeño valle remoto de la cordillera occidental, que es como un balcón desde el que se miran una decena de alminares de basalto de los Farallones del Citará.
No es fácil reconstruir los detalles de los actos individuales y colectivos que movieron y clavaron esa piedra. Piedra real, no metafórica, y ya piedra mítica. Sabemos que la primera piedra constituye el final de muchos trabajos: de la preparación de un terreno, del perfeccionamiento de un proyecto empresarial, de la admiración del diseño, el plan y los cálculos. Esto último se lo debemos a un hermano salesiano.
Giovanni Buscaglione, un arquitecto italiano, tal vez piamontés, nacido en 1874, fue el encargado de plasmar su estética gótica, sus claves herméticas y su tradición cristiana en el templo de Jardín. Buscaglione también dejó su huella en Villanueva en Medellín, La Candelaria en Bogotá, Barichara y otras localidades colombianas, italianas y turcas. No es la única presencia europea. El canónico santoral de personajes asiáticos reposa sobre un altar marmóreo fabricado en Italia y bajo un par de campanas de buen hierro alemán. Cómo cruzaron estos objetos el Atlántico, subieron el Magdalena, pasaron al Cauca y subieron hasta las fuentes del San Juan, no se sabe. Fitzcarraldo puede darnos una idea.
El sacerdote Juan Nepomuceno Barrera se encargó de que los trazos de Buscaglione se convirtieran en el sueño de una comunidad. Durante veinte años, el padre Barrera hizo que la fe arraigara en un proyecto arquitectónico y que las oraciones se permutaran por jornadas de trabajo. Centenares de jardineños de la primera y la segunda generación, nuestros abuelos y bisabuelos, subieron a la montaña a cortar roca volcánica, se sentaron en el parque a labrarla y organizaron caravanas de arrieros para hacer converger la madera con el oro y la caliza con la arena. Todos los pobladores dedicaron los esfuerzos que sobraban de la simple subsistencia a construir su casa común.
Se dice que el templo se terminó en 1940. La piedra es más dinámica de lo que se cree; siendo eterna, la fe también es cotidiana. En los años ochenta, la tierra fracturó las paredes y la guerra convirtió sus torres en atalayas. A lo largo del tiempo se cambiaron miles de piedras, tejas y mosaicos, las torres se alivianaron con aluminio. Ingresó la iconografía sacra, la más reciente de ellas la santa Laura Montoya, obra del artista Felipe Giraldo. Por el Estado se hizo patrimonio nacional y por El Vaticano basílica; nuestra, por la memoria de los ancestros.
El Colombiano, 11 de febrero
Fotografía: Javier Jaramillo
No es fácil reconstruir los detalles de los actos individuales y colectivos que movieron y clavaron esa piedra. Piedra real, no metafórica, y ya piedra mítica. Sabemos que la primera piedra constituye el final de muchos trabajos: de la preparación de un terreno, del perfeccionamiento de un proyecto empresarial, de la admiración del diseño, el plan y los cálculos. Esto último se lo debemos a un hermano salesiano.
Giovanni Buscaglione, un arquitecto italiano, tal vez piamontés, nacido en 1874, fue el encargado de plasmar su estética gótica, sus claves herméticas y su tradición cristiana en el templo de Jardín. Buscaglione también dejó su huella en Villanueva en Medellín, La Candelaria en Bogotá, Barichara y otras localidades colombianas, italianas y turcas. No es la única presencia europea. El canónico santoral de personajes asiáticos reposa sobre un altar marmóreo fabricado en Italia y bajo un par de campanas de buen hierro alemán. Cómo cruzaron estos objetos el Atlántico, subieron el Magdalena, pasaron al Cauca y subieron hasta las fuentes del San Juan, no se sabe. Fitzcarraldo puede darnos una idea.
El sacerdote Juan Nepomuceno Barrera se encargó de que los trazos de Buscaglione se convirtieran en el sueño de una comunidad. Durante veinte años, el padre Barrera hizo que la fe arraigara en un proyecto arquitectónico y que las oraciones se permutaran por jornadas de trabajo. Centenares de jardineños de la primera y la segunda generación, nuestros abuelos y bisabuelos, subieron a la montaña a cortar roca volcánica, se sentaron en el parque a labrarla y organizaron caravanas de arrieros para hacer converger la madera con el oro y la caliza con la arena. Todos los pobladores dedicaron los esfuerzos que sobraban de la simple subsistencia a construir su casa común.
Se dice que el templo se terminó en 1940. La piedra es más dinámica de lo que se cree; siendo eterna, la fe también es cotidiana. En los años ochenta, la tierra fracturó las paredes y la guerra convirtió sus torres en atalayas. A lo largo del tiempo se cambiaron miles de piedras, tejas y mosaicos, las torres se alivianaron con aluminio. Ingresó la iconografía sacra, la más reciente de ellas la santa Laura Montoya, obra del artista Felipe Giraldo. Por el Estado se hizo patrimonio nacional y por El Vaticano basílica; nuestra, por la memoria de los ancestros.
El Colombiano, 11 de febrero
Fotografía: Javier Jaramillo
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