lunes, 29 de mayo de 2017

Ruido en Bojayá

Entre el 7 y el 13 de mayo dos equipos periodísticos fueron obstaculizados en sus labores durante la exhumación de los restos de las víctimas de la masacre de Bojayá, cometida por las Farc hace 15 años. Los pormenores de los hechos están contados por la periodista Patricia Nieto (“El silencio de Bojayá”, Verdad Abierta, 16.05.17) y no han sido cuestionados hasta ahora ni en el más mínimo detalle. El debate suscitado, a través de cartas y columnas de prensa, es interpretativo; conflictos entre verdad y duelo, libertad y autoridad, derechos individuales y reglas colectivas.

Casi todos los puntos centrales de la discusión están consignados en el “Protocolo para el manejo de comunicaciones en el marco de los acuerdos del Proceso de Paz para Bojayá” producido por el Comité por los Derechos de las Víctimas de Bojayá, a raíz del incidente con los periodistas.

El primer punto del Protocolo prohíbe “filmar, tomar fotografías, grabar, escribir o realizar entrevistas individuales a las familias, o a cualquier persona vinculada con el proceso de la exhumación, entrega de los cuerpos, y ceremonias relacionadas con la masacre”. Esto implica una limitación a la libertad de información en lugares públicos sobre un evento público, y a la libertad de expresión de cada una de las personas de la población en nombre de la preeminencia de una autoridad colectiva.

El segundo punto determina que “cuando se produzca información referente al proceso de los acuerdos suscritos entre el Gobierno y las Farc-Ep sobre Bojayá esta información deberá ser revisada, retroalimentada y avalada para su publicación por el equipo vocero delegado para comunicaciones del Comité”. Sobrarían los comentarios pero muchos opinadores han soslayado este mecanismo que no es otra cosa que un acto de control, censura y monopolio de la información.

El tercer punto aclara quiénes son los dueños de la situación en Bojayá: el Comité y las Naciones Unidas. Y el relato de Patricia Nieto muestra que la situación está en manos de un grupo muy pequeño de personas locales y de un funcionario español de Naciones Unidas. No son las víctimas ni las personas del pueblo. Hasta el párroco resultó constreñido. El protocolo viola varios artículos constitucionales, lo que debería importarle al Comité, y de la declaración de derechos humanos, algo de lo que debe saber la ONU.

Algunos periodistas reaccionaron omitiendo el criterio de contrastar las fuentes, que se aprende en primer semestre. La carta de un grupo de académicos me parece una renuncia a los valores de las ciencias sociales en nombre del respeto a las víctimas. Personas todas a las cuales una vida profesional intachable no les merece un ápice de confianza o una breve espera, triste. Pregunta Patricia: “¿Cómo se configurará el escenario para el trabajo de la prensa una vez se instale la Comisión de la Verdad en Colombia?”.

El Colombiano, 28 de mayo

lunes, 22 de mayo de 2017

Volveremos al estadio

Hace algún tiempo se cuelga un trapo en Oriental, en el borde entre la que llamamos fugazmente tribuna Centroamericana y la que se llamó en épocas pasadas Popular, que reza “Más allá del resultado”. La frase es una versión prosaica de aquel verso de Gabriel Romero que dice “no necesito que esté arriba”. Estoy hablando de un lema identitario de la hinchada del Medellín, que también puede serlo del Atlético de Madrid, la Roma, el Tottenham y otros varios equipos del orbe.

La proposición alude a un razonamiento que tiene variantes: preferimos jugar bien que ganar, la identidad antes que el éxito, alguna idea en el campo mejor que victorias casuales. Este argumento es propio de los hinchas de estadio. Al hincha de radio le basta ganar y mirar la tabla de clasificaciones en el diario del lunes. El hincha de estadio va a la tribuna a deleitarse, a sufrir, a deleitarse sufriendo, así que tiene ver algo allá abajo encarnado en los once tipos que visten esa camiseta que ama.

Este hincha parece invencible (“ser hincha del Medellín pierda o empate”, es otro emblema nuestro). Pero no se engañen. El hincha devoto también tiene su kriptonita. Jugar mal sistemáticamente es kriptonita, y es kriptonita la improvisación. La dirigencia actual del Medellín tiene a la hinchada hace casi un año a dieta de kriptonita. Como suele pasar con todo en la vida, es más difícil sostener que montar, y estos dirigentes laboriosos y afectuosos con el equipo se demoraron más de dos años montándolo y pocos meses poniéndolo a tambalear. Para que no crean que estoy exagerando con lo de la kriptonita les doy un dato: Medellín es el único equipo que tiene más abonos vendidos que gente en el estadio. Lisa y llanamente significa que somos muchos los que pagamos el abono y dejamos de ir religiosamente al estadio porque no hay inspiración en la cancha, lo que lleva a que haya poca motivación en la tribuna.

Pienso que los directivos se equivocaron cuando decidieron quitarles a los técnicos la función de escoger a los jugadores que se contrataban. Los únicos equipos del mundo que pueden darse ese lujo son aquellos que pueden pagar sus errores en millones de euros sin inmutarse. De esa manera un equipo que clasifica cada cinco años a un torneo internacional tiró por la borda la Copa Suramericana del 2106 y la Libertadores del 2017. Por añadidura, en este semestre nada en la Superliga e inopia en el clásico local (veremos esta semana).

Escribo de fútbol como aficionado. Además, saco el espacio porque no veo, en general, ningún sentido crítico en la prensa deportiva local. En realidad, algunos editores parecen publicistas de los clubes. Como hincha sé que volveré al estadio porque está en el alma, pero no sé cuándo.

El Colombiano, 21 de mayo

lunes, 15 de mayo de 2017

Zonas veredales en el Tíbet

Hace algunos años viajábamos de vacaciones por la provincia de Mendoza, en Argentina. Un señor muy amable nos sirvió de guía a mi esposa y a mí por las montañas, al pie del Cerro de los Siete Colores, con las nieves andinas al fondo. Sobre una planicie fría, con la majestuosa pared al oriente y un horizonte vasto al occidente, apenas se veían los pastos y uno que otro caballo. En un momento nos señaló una pequeña hondonada con una gran roca y dijo con orgullo que allí se había filmado Siete años en el Tíbet.

Indagado por la experiencia, contó que la productora (una empresa llamada Mandalay) montó allí un pueblo tibetano aprovechando que en el invierno mendocino las nieves bajan, incluso a menos de dos mil metros de altura. Que Brad Pitt había sido un habitante más de Uspallata durante algunos meses, merodeando el mismo paisaje por el que había pasado Charles Darwin en 1835. Le preguntamos por qué ya no había nada, por qué Mandalay levantó toda la infraestructura y se fue, por qué alguien no procuró que el lugar se usara como un atractivo turístico más de la región y otras linduras de turista ingenuo que no tuvieron respuesta, por supuesto.

Recordé el caso viendo el proceso de las zonas veredales transitorias de normalización que se habilitaron para el proceso de concentración y desmovilización de las Farc. Cuando uno ve las fotos de los caseríos en Llanogrande, Dabeiba, o de Carrizal, en Remedios, y luego aprecia el avance en las obras campamentarias para los combatientes en tránsito a la vida civil se nota un contraste muy marcado en cuanto a la calidad de la construcción y a las comodidades incluidas.

Desde el sentido común es razonable que las nuevas construcciones permanezcan y que se conviertan en poblados. Sin embargo, uno no deja de preguntarse qué puede pasar por la cabeza de un campesino o un colono de estas regiones, quienes a lo largo de su vida no conocieron al Estado sino a través de la presencia, casi siempre ocasional del Ejército, cuando ahora ven un despliegue abrumador de funcionarios estatales y de las Naciones Unidas, de periodistas y científicos sociales, de maquinaria y obreros a toda marcha.

El Estado colombiano ha tenido una presencia más fugaz y dañina, en medio país, que la que tuvo Mandalay en Uspallata haciendo la película de Annaud. Se supone que eso debe acabarse ahora, al menos en las zonas en las que se desmovilizarán las Farc. Pero no está nada claro el tipo de impacto que pueda tener a mediano plazo montar, de la noche a la mañana, un pueblo de estrato tres al lado de otro estrato uno. Tampoco es fácil prever qué pasará cuando acabe el proceso y nadie vuelva por allá, solo la soledad.

El Colombiano, 14 de mayo.

lunes, 8 de mayo de 2017

290 años

A los cuarenta años de vida este hombre del siglo XVIII presentó al público una de sus tantísimas obras y, quizás, la más importante que produjo. Tenía entonces –considerando la expectativa de vida– el equivalente a 70 años de edad de hoy. Toda una vida dedicado a un oficio, aprendido en la familia paterna y compartido con sus hijos. Un oficio fatigoso, cotidiano, sometido a la presión de los jefes políticos o eclesiásticos, a las angustias del tiempo que oprime con la demanda de un producto semanal, de entregas especiales según la época del año; semana tras semana y año tras año, intentando trasmitir algo nuevo sobre un calendario lento y repetitivo. Toda una vida laboral luchando por alguna autonomía en el trabajo y remuneraciones más adecuadas, cambio de empresas y ciudades para encontrar un lugar propio y agradable. En largos pasajes su biografía puede ser la de un artesano notable o un trabajador heroico de aquellos que se exaltaron tanto en el siglo XX.

El comienzo de la tarea parece modesto. Se basa en un fragmento muy breve y tosco de una obra antigua, revisada en común con un colaborador habitual. Y se trabajó convocando a ella la experiencia y el bagaje personal, en la técnica y la expresividad, y su época toda, espiritual y secular. Como todo homo faber serio y responsable busca el mejor resultado posible en todo lo que hace. Pero las dimensiones y las exigencias prácticas para su realización desbordan cualquier sentido de la economía y desafían el juicio de los auspiciadores y los espectadores. La expuso cuatro veces en el cuarto de siglo que le quedó de vida hasta que, cien años después de la primera, fue rescatada en un acto de valentía.

En un tiempo en el cual el sentido de lo más, de lo superior, se ha perdido y el mérito se ha diversificado y multiplicado hasta devenir trivial habría que poder alabar lo sublime todavía, así esté fuera de lugar. Una personalidad arribando al escepticismo –como la mía– puede hacer una excepción para asegurar la cúspide de lo sublime a La pasión según san Mateo. No alcanza la imaginación para suponer que un hombre tan ocupado y constreñido como cualquier ser humano que trabaja y apenas sobrevive pudiera realizar una obra semejante. Es como si nos dijeran, y tuviéramos que creerlo, que una sola persona construyó la muralla china. Algo tuvo que intuir Johann Sebastian Bach (1685-1750) durante su elaboración para escribirla en tinta roja a diferencia de sus demás obras en sepia. Puede decirse con Emil Cioran (1911-1995), en una de las versiones de un aforismo afortunado, que “cuando escucháis a Bach, veis nacer a Dios” (De lágrimas y santos). Y puede dársele una vuelta, ¿si no apreciáis a Bach, creéis en Dios? Y otras más.

El Colombiano, 7 de mayo

lunes, 1 de mayo de 2017

V de vergüenza

Es un deber hablar de la situación de Venezuela. Así se sepa. Aunque sea tema trillado. A pesar de que las voces que se dejan oír sean reiterativas en cuanto a la posición, agnósticas en cuanto a las soluciones y evasivas en cuanto al juicio acerca de qué hemos hecho mal las sociedades y los gobiernos latinoamericanos para que lleguemos a una situación tan dramática.

En América Latina hemos tenido dictaduras pero las dictaduras generan orden –ilegítimo pero orden– hasta el punto de que las tasas de homicidio más bajas del continente en el último medio siglo han sido las de la Cuba de Castro y el Chile de Pinochet. Hemos tenido guerras civiles en las que las responsabilidades, por definición, se distribuyen entre gobiernos y entidades sociales. Caídas verticales en los indicadores sociales, sin guerra de por medio, algunas veces en Haití. Pero dictadura, desorden y pérdida neta en desarrollo humano, a la vez, solo en la Venezuela chavista. Quedo sujeto a datos que amplíen o maticen esta apreciación.

En las democracias representativas el origen de todos los males está en la calidad de la representación y en el germen del chavismo están los yerros de Carlos Andrés Pérez y de Rafael Caldera, las alucinaciones del Teniente Coronel y los desencuentros de la oposición. Pero en el caso venezolano la contribución de algunos regímenes de la región fue inestimable: el silencio brasileño, los negociados argentinos, las complicidades boliviana y ecuatoriana, la exacción cubana.

Todos prohijaron el paulatino desmonte de las instituciones regionales y su suplantación por organismos espurios e inanes; convirtieron la gestión de la Carta Democrática Americana en una lucha partisana, prestándose para sancionar a Paraguay y Honduras, para premiar a Cuba y ocultar el montaje del gobierno de partido único en Venezuela. La OEA terminó volviéndose insulsa, como lo dijo Chávez burlonamente… tenía toda la razón. Hasta que llegó el actual secretario quien, a pesar de los regaños de Mujica, se compró el pleito con el régimen de Maduro.

En esta lista hay que colocar los desatinos de la diplomacia colombiana que pasó de la pugnacidad de las administraciones de Uribe a la connivencia de las de Santos sin encontrar nunca un criterio rector claro que le hiciera honor a una cancillería de trayectoria ecuánime, a pesar de su falta de profesionalismo. La nominación que hizo Colombia de Ernesto Samper para la secretaría de Unasur fue ominosa. Samper vio el mamut chavista y, además, se montó en él.

En gran medida la pérdida de brújula nacional se debe a las Farc porque la gestión presidencial del acuerdo condicionó la política exterior del país y porque, erróneamente, muchos amigos del proceso creyeron que el paquete incluía el silencio frente a lo que pasaba en Venezuela. Memoria de los apóstoles del chavismo: Farc, Petro, Piedad.

El Colombiano, 30 de abril

viernes, 21 de abril de 2017

Cautela en la justicia transicional

El exfiscal de la Corte Penal Internacional Luis Moreno Ocampo le dijo, en un arranque de euforia, a Ángela Patricia Janiot que el acuerdo sobre justicia transicional era “una obra de arte” (cnnenespanol, 26.09.16). La realidad es otra. El acuerdo es pesado, fue hecho por dos comisiones negociadoras distintas del gobierno, quedó complejo y, en algunos puntos, incongruente. Convertirlo en una guía para que sirva de veras a la verdad, la justicia, la reparación y la no repetición no será cosa de coser y cantar. Ya pasamos, en el proceso de vía rápida, por una reforma constitucional para incorporar la justicia transicional a la carta política y falta una ley estatutaria de la misma.

Una vez finiquitado esto –es decir, el cómo– vendrá lo más importante: el quién. Durante siglos la ciencia política ha discurrido sobre los pesos relativos de las instituciones y las personas pero, en este momento, nadie discute la gravedad que tiene el proceso de selección del Tribunal Especial de Paz y de la Comisión de la Verdad. Como se sabe, quien tiene a cargo el nombramiento de magistrados y comisionados es un Comité de Escogencia integrado por cinco personas, delegadas por sendas entidades.

Los pasos preparatorios del llamado Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición han sido pequeños fiascos que sirven de advertencia sobre el delicado manejo que debe tener si no queremos profundizar la discordia nacional. El gobierno se equivocó al nombrar a Néstor Raúl Correa como secretario ejecutivo porque ha demostrado que es un hombre imprudente que no da garantías de imparcialidad; más se demoró en abrir la boca que en corroborar su perfil. La manera en que Santos usurpó la autonomía del Centro de Memoria Histórica para darle un puesto a las fuerzas armadas –cosa que nunca se le ocurrió a Uribe– muestra que la falta de principios y el oportunismo del presidente son riesgos serios para la gestión del posacuerdo.

La batahola que se armó en el recinto del congreso el 9 de abril, con el extraño protagonismo de Gloria Gaitán, demuestra que las víctimas han sido suplantadas por organizaciones con prioridades ideológicas y afán vindicativo. Como si fuera poco –pongo un ejemplo– apareció un grupo de ciudadanos para hacer una serie de demandas de perdón a la iglesia católica entre las que se cuentan algunos agravios ocurridos durante la Guerra de los Mil Días y el desalojo de los restos de Gonzalo Jiménez de Quesada de la Catedral Primada. Sí. Jiménez de Quesada, el conquistador bachiller, el fundador de Bogotá (El Espectador, “El mea culpa de los católicos ante las víctimas de la guerra”, 17.04.17).

Tres décadas de esperanzas y cinco años de negociaciones pueden jugarse, casi exclusivamente, en el acierto de quienes nombren a magistrados y comisionados, y en la ecuanimidad y prudencia de estos.

El Colombiano, 23 de abril.

lunes, 17 de abril de 2017

La reguetonización de la política

He aquí un listado de palabras y frases que describen al reguetón: letras crudas, imagen de cínica supervivencia y de calculada liviandad, desmedida impudicia, sus intérpretes luchan por la audiencia y lo hacen como en un reality show, las letras crudas y los sonidos de metralleta en sus producciones refuerzan la sensación de combate. Todas ellas pertenecen a la periodista cubana Yoani Sánchez quien habla del género y de su hegemonía en la isla (“Reguetón, la música de la realidad”, El País, 26.12.16).

Todas y cada una de esas frases encajan bien con la manera como se escenifica buena parte de la política contemporánea: discursos carentes de elaboración y que apelan calculadamente a la ordinariez, abandono de las formas aceptadas en el trato hacia los pares, tratamiento de toda controversia como enemistad personal, sobreexposición pública de la vida privada propia y ajena. Todos esos ingredientes aparecen en los discursos populistas, de Chávez o Cristina, de Donald Trump o Rodrigo Duterte.

Sánchez pasó por alto otras características del reguetón que también son comunes con el populismo y que provienen del rechazo descarado de todo lo políticamente correcto, tanto de los montones de noñerías en que las clases medias han convertido algunos avances civilizatorios como de estos mismos. Son rampantes sus exaltaciones del machismo, de la ilegalidad, de la ostentación y de la violencia. No se debe subestimar el poder de las estrellas reguetoneras y de los líderes populistas para moldear las ideas y los comportamientos de la gente.

El ascenso del reguetón ha coincidido con el ascenso del estilo populista y ello debería interrogarnos sobre el tipo de relaciones sociales y patronales culturales sobre los que subyacen ambos fenómenos. Fenómenos poderosos a los que no parecen hacerles mella los cánones del buen gusto o de la buena política y que no creo se puedan enfrentar solo en sus propios terrenos o en sus propios términos. Estas lides no son nuevas pues, como dijo Rousseau, el hombre es el único animal susceptible de hacerse imbécil.

La diferencia entre los reguetoneros y los políticos populistas es que los primeros juegan con sus cartas sobre la mesa y no desbordan los parámetros de su actividad; ellos están para producir entretenimiento (no están pensando en arte) y vivir –con avión privado incluido– de su trabajo. Los líderes populistas no solo están trastocando las reglas constitucionales sino todo lo que se ha entendido siempre como el buen ejercicio de la política. En este sentido, si se tratara de escoger, no tendría la menor duda en elegir a Pitbull en lugar de Nicolás Maduro.

Nada de lo dicho tiene que ver con la condecoración que Luis Pérez le hizo a Maluma. Eso solo fue un acto oportunista que desprestigió el Escudo de Oro, a los anteriores y futuros condecorados y al propio Maluma.

El Colombiano, 16 de abril.

miércoles, 12 de abril de 2017

Las ideas en la guerra: Res Publica

Res Publica. Revista de Historia de las Ideas Políticas es una publicación de periodicidad cuatrimestral editada por el Grupo de Investigación en Pensamiento Español y Latinoamericano (GIPEL) de la Universidad Complutense de Madrid. Está dirigida al público universitario e investigador, y publica trabajos originales en los ámbitos de la filosofía política, filosofía del derecho, teoría constitucional, metodología de la historia política, historia de los conceptos políticos e historia del pensamiento político español y latinoamericano.

reseña por Rodolfo Gutiérrez Simón. Véase en:https://revistas.ucm.es/index.php/RPUB

lunes, 10 de abril de 2017

Avalancha de coca

El desastre de Mocoa ha sacudido al país. En medio de las escenas dolorosas de los daños y el rescate, sobresalen la mayoría de las reacciones que buscan explicaciones en el comportamiento humano y no solo en la fuerza de la naturaleza. Con excepción, claro está, del pobre alcalde de la ciudad que no se entera o se hace.

Algunas de las explicaciones convincentes aluden al cambio climático, a problemas de planeación urbana, mala gestión en el uso del suelo, a la deforestación y la erosión, en general. Una exposición con evidencia científica y conocimiento del terreno la hizo Rodrigo Botero, ‎Director de la Fundación para la Conservación y el Desarrollo Sostenible, para Semana (“Mocoa: ¿Furia de la naturaleza?”, 01.04.17). Basta hojear el Estudio nacional de la degradación de suelos por erosión en Colombia, realizado por el IDEAM y la Universidad de Ciencias Aplicadas y Ambientales (2015), para darse cuenta la devastación ocurrida en casi la totalidad del área de los municipios de La Hormiga, Orito y San Francisco, buena parte de Puerto Asís y el propio Mocoa, en especial la cuenca del río.

Pero entre tantas vestiduras rasgadas, tantos pronunciamientos y algunos estudios hay una palabra que no escuché: coca. El departamento del Putumayo alberga el 21% de los cultivos de coca del país. Según los datos que consolidó Santiago Tobón, investigador de la Universidad de los Andes, el área cultivada se duplicó entre 2013 y 2014 y creció en un 50% al año siguiente. La urbanización veloz de los cauces, que mostró Germán Andrade el 2 de abril (https://twitter.com/giandradep?lang=es) solo es posible con mucho dinero, las licencias rápidas saltándose los requisitos de ley cuestan, lo mismo que las camionetas burbuja que vimos en los techos de las casas destruidas.

Discusiones distintas son las que tienen que ver con las razones para que el cultivo de coca se haya disparado en el país y cómo vamos a hacer para volver, siquiera, a los niveles de hace cuatro años. Lo cierto es que a la variedad de factores a los que se puede atribuir la avalancha hay que sumarle la coca, en una región donde cada milímetro de coca es uno menos de selva amazónica. Si la Fiscalía y la Procuraduría quieren ser diligentes respecto a las fallas humanas que generaron este desenlace infortunado, tendrán que buscar en sitios más altos de la administración pública.

El Colombiano, 9 de abril.

viernes, 7 de abril de 2017

Alberto González Mascarozf

Acaba de morir uno de los tantos amigos gratuitos de Jardín y uno de los pocos que se propuso hacer de su cariño una obra perdurable. González se dedicó durante varios años a fotografiar ese paisaje de embrujo y a sus gentes, y les hizo un homenaje a través del libro que nos queda como único recuerdo de los 150 años de la fundación del pueblo. Gratitud eterna.

lunes, 3 de abril de 2017

No es el humo

Un paciente viejo fue al médico y este le dijo que se fuera a vivir a otra parte; una inmunóloga posteó un mensaje aconsejándole a la gente que abandone Medellín por unos días. Cifras oficiales indican que entre el 2015 y el 2016 las hospitalizaciones por infecciones respiratorias se duplicaron (pasaron de diez mil a más de 19.700). Los más hospitalizados fueron los menores de 1 año y los mayores de 65. Se habla de cinco muertes mensuales causadas específicamente por el aire envenenado desde la crisis del año pasado.

El monitoreo que hacen las autoridades es encomiable, si tenemos en cuenta que ninguna otra ciudad lo hace. Se han tomado medidas de mitigación pero la ciudadanía espera que se pongan en marcha planes estructurales para resolver la situación. En especial, debe entenderse que la alerta naranja significa peligro para niños, viejos y personas con problemas respiratorios, quienes representan al menos una cuarta parte de la población. La inactividad ante la alerta naranja es una desconsideración hacia la población vulnerable.

Tenemos que trabajar en tres frentes: corrupción, grupos de presión y ciudadanía.

El Gerente de la Andi advirtió que “hay talleres en la ciudad que cuadran el motor del vehículo para que pase las pruebas y que también hay tramitadores que falsifican los certificados” de tecno-mecánica (Juan Camilo Quintero, “El aire que tenemos es resultado de todos”, El Colombiano, 28.03.17). Hay 50 centros de diagnóstico automotriz en el valle de Aburrá sin ningún incentivo para actuar de acuerdo a la ley. Muestreos de la Alcaldía de Medellín indican que el 53% de los vehículos que transitaron la semana pasada no cumplían la norma. Estamos ante un problema de corrupción que compromete a trasportadores y centros de diagnóstico.

La presión de ciertos grupos de interés –principalmente Fenalco– está basada en imprecisiones y particularismos que bloquean, a veces, a las autoridades. Un ejemplo fue su pronunciamiento, difundido por El Colombiano (“Pico y placa afecta productividad”, 27.03.17). El periodista no hizo ningún aporte y al final no parecía una noticia sino un publirreportaje. Lo que sí afecta la productividad son las consultas médicas, incapacidades y la mortalidad prematura. Ningún interés particular debe obstaculizar el bien común.

Los problemas de cultura ciudadana en Medellín se han agravado según los estudios de Medellín cómo Vamos y Corpovisionarios. El tránsito es una muestra. En plena emergencia, entre el 23 y el 26 de marzo, las autoridades de tránsito aplicaron 2.341 comparendos, de los cuales dos terceras partes correspondían a pico y placa. ¡Más de 1.600 personas intentaron burlar el pico y placa! ¿Cuántas lo lograron? ¿Cuántas más sacaron el otro carro?

Los problemas de coordinación de la acción colectiva, eficacia de la norma y vigilancia de los actos de los particulares dependen del liderazgo de las autoridades. No hay tutía.

El Colombiano, 2 de abril

lunes, 27 de marzo de 2017

Participación política de las Farc

El asunto de la participación de las Farc en la política democrática se discutió en tres de los puntos de la agenda de La Habana: en el segundo, ídem; en el tercero, fin del conflicto; y en el quinto, el de víctimas. En el segundo se acordaron las circunscripciones especiales, en el tercero las diez curules para las Farc y en el quinto que no habría pérdida de los derechos políticos para los condenados por la justicia transicional. No es un secreto, pero a la opinión pública se le escapa que esos arreglos los hicieron tres comisiones distintas del gobierno. El segundo por los negociadores oficiales; el tercero por una comisión de ministros y congresistas liderada por Cristo; el quinto, por una comisión de abogados. Estos dos últimos casos implicaron que, en su afán por destrabar la negociación, Santos les dio un golpe de Estado a de la Calle, Jaramillo y compañía, y puso negociadores de ocasión a que sacaran eso como fuera.

En los puntos dos y tres se definieron la creación de nuevos movimientos políticos, como acontece en cualquier solución de un conflicto de naturaleza política, y la forma en que las Farc accederían al congreso. Es decir, la participación política de las Farc como organización. En el punto quinto se definía la participación de algunos individuos de las Farc en política; cosa muy diferente. Básicamente se acordó que un miembro de las Farc condenado por delitos de lesa humanidad podrá, a la vez, aspirar a cargos públicos.

Este entuerto no se pudo resolver en la discusión del acto legislativo que le da rango constitucional a la jurisdicción especial para la paz, ni tampoco en la conciliación del texto final. El senador Carlos Fernando Galán intentó introducir la tímida aclaración de que los desmovilizados que incumplieran los acuerdos perderían esa gabela pero no pudo. El senador Roy Barreras abortó el debate y terminó evitándoles el disgusto a los comandantes de las Farc.

Que una persona condenada por delitos de lesa humanidad no pierda los derechos políticos no tiene asidero. Jurídico no, por supuesto. Moral, menos. He sostenido en repetidas ocasiones que es una ofensa para las víctimas que los victimarios más reconocidos ocupen cargos de representación pública. El argumento que ha usado el gobierno para defender este punto es la de la participación política pero se trata de una falacia: una cosa es el movimiento político y otra uno de sus miembros condenados.

El jurista Rodrigo Uprimny tiene la esperanza de que los magistrados del Tribunal Especial para la Paz puedan introducir sanciones políticas en sus fallos. Ojalá. Yo creo que otra posibilidad sería que los miembros de las Farc condenados renuncien voluntariamente a la elegibilidad política como acto de reparación simbólica a la sociedad colombiana. Dada su trayectoria hay pocas probabilidades de que ocurra.

El Colombiano, 26 de marzo

martes, 21 de marzo de 2017

Las ideas en la guerra: Salomón Kalmanovitz

Las ideas por la paz y la corrupción

Salomón Kalmanovitz

El Espectador, 20 de marzo de 2017

Hoy en día todos hablan de paz, pero hace 30 o 40 años eran pocas las voces que se alzaban contra las ideas comunistas, cristianas o nacionalistas que hacían la apología de la violencia. Estanislao Zuleta, Francisco de Roux, Jorge Orlando Melo y Antanas Mockus fueron intelectuales que insistieron en que los proyectos de revolución o de liberación nacional, apoyados en la violencia, conducían al fracaso de esas luchas, empeoraban incluso las condiciones de vida de la población afectada. Este es uno de los temas del libro de Jorge Giraldo Las ideas en la guerra.

Antanas planteó que la ley, la moral y las cultura están en colisión en Colombia: no existe el imperio de la ley, la moral religiosa cesó de operar sin alcanzar a ser reemplazada por una moral laica y la cultura del oportunista hace parte del imaginario nacional. Se propuso por medio de la política limpia y de la educación transformar pacíficamente la sociedad.

Esas ideas por la paz fueron cuajando con el debilitamiento militar de las Farc y con el gran revés político que sufrió, expresado por las enormes manifestaciones contra el secuestro de febrero de 2008, a la vez que la izquierda pacífica obtenía victorias electorales por toda América Latina y en Colombia. Juan Manuel Santos tuvo la visión de que las condiciones estaban maduras para emprender una negociación exitosa que llevara a la desmovilización de las Farc, pero se ha encontrado con escollos a lo largo del camino; el más reciente ha sido el surgimiento de evidencias de corrupción en sus campañas presidenciales.

Los conservadores están de plácemes: exagera Osuna cuando iguala a Samper con Santos, como si recibir US$ 6 millones de la mafia en 1993 fuera lo mismo que aceptar US$ 400.000 de una empresa entonces respetable en 2010; ambos exhiben, es cierto y reprochable, evasión de responsabilidad.

Antanas minimizó la extraña acusación del Partido Verde —“Nos robaron las elecciones”— como si la ola verde hubiera sido de su autoría o sin tener en cuenta el derrumbe autoinfligido por el candidato en el remate de la campaña de 2010. Algún personaje de la internet le pide a Antanas que se vaya del país, aduciendo que no es colombiano, expresando una versión local del nacionalismo trumpista; un columnista afirma que Antanas recibió contratos de Santos y seguramente por eso lo defiende. Lo cierto es que Mockus prioriza la paz como un bien superior, suficiente razón para defender al presidente.

La corrupción hace parte de la política cuando esta reposa en el clientelismo. Mientras mayor el recurso al clientelismo como base de los gobiernos, es mayor la corrupción, que es claramente el caso colombiano. Lincoln hizo intercambios políticos para hacer aprobar la enmienda constitucional que prohibió la esclavitud; lo que aquí llamamos peyorativamente mermelada puede ser un intercambio legítimo en el que el poder central entrega recursos a las regiones a cambio del apoyo de sus representantes en ciertas decisiones.

La acusación de que todos son corruptos, enarbolada incluso por los más corruptos y violentos, impide que se busquen los cambios institucionales que penalicen el desvío de recursos; se encubren además malas prácticas graves y sistémicas, como las que envuelven a las altas cortes y a la Procuraduría o las que conducen a la apropiación de recursos públicos, evidentes en las pensiones ($36 billones, 4,5 % del PIB) aprobadas por los que las disfrutan.

lunes, 20 de marzo de 2017

Seriedad

La corrupción está bastante extendida en el mundo, pero hay dos diferencias básicas entre los países. La primera, allí donde la corrupción está en el engranaje del funcionamiento de la administración o allá donde se trata de una anomalía, el famoso “caso aislado”. La segunda es la característica de aquellos países que tienen instituciones y líderes que pueden sancionar a los corruptos, la primera corresponde a los que no lo hacen.

Basta echar un vistazo a las noticias de este marzo para ver cómo son las cosas. En Corea del Sur acaban de destituir a la presidenta Park Geun-hye; en Brasil, una nueva lista de más de 80 políticos y funcionarios sospechosos engrosó el caso que ya se llevó por delante a Dilma Rousseff; en Perú, hay orden de captura contra un expresidente con allanamiento de su casa incluido. El contraste con Colombia no puede ser más patético: un mes de escándalo centrado en un excongresista, un excandidato y varios personajes de poca monta que participaron en las campañas de 2010 y 2014; el Presidente en las pantallas el 14 de marzo repitiendo sin imaginación ni emoción el verso aquel de Pedro Flores, “yo no sé nada… si algo pasó yo no estaba allí”.

Ese es mi resumen. Lo que dijo textualmente fue: “Lamento profundamente y pido excusas a los colombianos por este hecho bochornoso que acaba de suceder y del que me acabo de enterar”, dijo el mandatario (“Santos asegura que no autorizó ni sabía de dinero de Odebrecht”, El Tiempo, 14.03.17). Una corrección al Presidente, nada había acabado de suceder, estaba pasando desde el 2010 y volvió a pasar en el 2014, y todo indica que seguía pasando hasta la semana pasada. Concedámosle al Presidente que no sabía por la simple razón de que el diseño institucional está hecho para garantizar que las cosas se hagan sin que sea necesario que el máximo responsable se entere de los detalles.

Es probable que la falta de experiencia de Santos en política electoral y su estilo de delegar irresponsablemente le hayan impedido saber que estaba haciendo su gerente de campaña y reconocido hombre de confianza. Pero eso no lo exime de responsabilidad. Durante siete años no tomó una sola medida para mejorar su equipo ni auditar el comportamiento de sus colaboradores. Y durante siete años no hizo nada para mejorar las condiciones institucionales para prevenir la corrupción. Al contrario, contribuyó a empeorar esas condiciones, destrozando la ya precaria separación de poderes en el país y socavando su legitimidad.

No hay seriedad en el gobierno y está por verse si la haya en el Estado; solo se ve frivolidad entre los dirigentes y en la sociedad. Y mucho cinismo. Recuerdo las burlas de hace siete años cuando algunos gritaban “yo vine porque quise, a mí no me pagaron”.

El Colombiano
, 19 de marzo

lunes, 13 de marzo de 2017

Machismo

Distintos especialistas en temas de violencia y crimen en Latinoamérica han listado las principales explicaciones sobre el homicidio y las lesiones personales en nuestra región, que es la que encabeza las estadísticas mundiales. Ellos –Jeremy Macdermott, Robert Muggah, Mauricio Rubio, entre otros– han señalado el machismo como uno de los factores que más inciden en el crimen sangriento.

Dicho así, de modo escueto, la palabra machismo es más lo que oculta que lo explica. En tiempos del narcisismo de las pequeñas diferencias y del éxito abrumador de reivindicaciones particularistas, el machismo se entiende como un asunto de la relación entre hombres y mujeres, una rango que puede abarcar cosas tan equívocas como el llamado lenguaje de género y los piropos, hasta la violencia intrafamiliar y el asesinato de mujeres (por parte de hombres, obvio) que algunos lograron etiquetar como “feminicidio”.

Los expertos nombrados no caen en esa equivocación. En nuestro continente la participación de las mujeres entre las víctimas del homicidio es inferior al 10% del total, mientras en Europa las mujeres representan el 20% y más de los mismos. Es decir, por estos lares por cada mujer asesinada mueren diez hombres, mientras por allá la relación es de una a cuatro. En Argentina, el caso más cubierto por la prensa internacional debido a casos crecientes y escabrosos, la relación es casi la misma (a pesar de su baja tasa de homicidios): una mujer entre cada diez asesinados (286 entre 2.837 en 2015).

La mayoría de los muertos son hombres jóvenes y la inmensa mayoría de los asesinos también. El machismo está entre las principales explicaciones culturales de la violencia social. Las principales víctimas del machismo son los varones. El machismo es la exacerbación de los rasgos de dominación, fuerza, honor y otros atributos parecidos. En nuestra educación sentimental se educa en el machismo cuando se enseña a no tener miedo ni a llorar, a ocultar debilidades y no saber perder.

Hay sublimaciones del machismo que provienen de la publicidad y la mercadotecnia. La figura de hombre que piden tiene que ser temeraria, exitosa, ruda y preferentemente brutal. Un hombre “pa’las que sea”, como le gusta a la gerencia de la Fábrica de Licores de Antioquia. Pa’las que sea eran Pablo Escobar, Tirofijo y Carlos Castaño. Así que no debemos extrañarnos de que los machos se reproduzcan como pokemones, ni que las muchachas despistadas sigan deseando tipos bravos que las mantengan hasta la muerte, que llega rápido porque los más machos mueren pronto.

No le hace bien a la sociedad que las feministas sigan echando el cuento de que el machismo es un problema de mujeres. El machismo es un problema de toda la sociedad y más aún en sociedades violentas como la colombiana. Y hay mecanismos más eficaces para resolverla que decir ellos y ellas.

El Colombiano, 12 de marzo.

lunes, 6 de marzo de 2017

Historias locales

Vengamos a la tierra nuestra, cotidiana, la parte más concreta y, a la vez, invisible de nuestra vida. De la mano de los contadores de historias, profesionales o no, que se ocupan de lugares que han amado o que están empezando a amar por puro telurismo, conciencia o aprendizaje. Historias que siguen fijándose al papel y creando insospechadas posibilidades para otros exploradores. Y vengamos hacia atrás en el tiempo y hacia el sur en el espacio.

Mala hierba (2016) es el resultado de un trabajo de investigación apalancado en el presupuesto participativo y canalizado por la Secretaría de Cultura Ciudadana. Lo llevó a cabo Carlos Alberto David, baterista de la banda Desadaptadoz y trata como lo dice el subtítulo de la historia del punk en Castilla, aunque más bien habla del rock en la comuna 5 de Medellín en los últimos 30 años. Conociendo las limitaciones de este tipo de proyectos, el libro demuestra la curiosidad y el cuidado previsor de un artista popular que le regala a la ciudad un pedazo de memoria tejido con trozos de fanzines, boletas, fotos, entrevistas e, incluso, mapeo de los lugares propios de la trayectoria del rock barrial.

En El arca de Noé (2007), el periodista John Saldarriaga penetra las corazas naturales que rodean a los protagonistas silenciosos de cualquier poblado quienes suelen confundirse en su mutismo con los templos, las estatuas y las calles. En este caso el poblado es Envigado y el tiempo es un ayer recordado. Comerciantes, vagos estrafalarios, artesanos, tertulianos aficionados a destruir el mundo en la mañana y a componerlo por la tarde. Saldarriaga nos ayuda a varias generaciones a darle sentido al paisaje humano en que crecimos y a darles voz a vecinos anónimos que esconden su adarme de locura y de ingenio. Esteban París ilustró este trabajo que no agota lo que ha dicho el autor sobre su tierra.

Santiago Jaramillo, Daniel Bustamante y Alejandro Montoya (ilustrador) nos llevan un par de generaciones más atrás y centenar y medio de kilómetros al sur, en Viaje a Balandú (2016). Con la excusa de buscar la geografía primigenia de Manuel Mejía Vallejo se desplazan del cemento al barro para andarse los caminos que la guerra había cerrado, internándose desde Jardín hasta Santa Gertrudis, La Mesenia y El Rosario, invocando los fantasmas de La casa de las dos palmas y La noche de la vigilia. Curiosamente, John Saldarriaga había titulado “La magia de Balandú” un par de crónicas escritas en un viaje similar y que fueron recogidas en libro por la editorial de la UPB (Vida y milagros, 2014). No hay redundancia: la belleza del suroeste antioqueño y de sus contigüidades en Risaralda y Chocó; el embrujo del Citará, sus ríos y sus abismos, sus plantas y la fauna que recién descubrimos, siguen demandando narradores.

El Colombiano, 5 de marzo

lunes, 27 de febrero de 2017

Responsabilidad por la corrupción

La corrupción es un hecho social que resulta de arreglos institucionales (corrupción sistémica) y acciones individuales (corrupción como desviación). Para todos, excepción hecha de algunos personajes complacientes, es evidente que la corrupción en Colombia hace parte ya del sistema administrativo. Casos aberrantes como el de La Guajira salen a la luz simplemente porque no saben robar. Se roba con impunidad cuando se crea la regla, se manejan los recursos, se nombran los contralores.

Todo hecho social resulta de un conjunto de acciones humanas en las que participa mucha gente con diversas intenciones y propósitos, y diversos niveles de conocimiento o sentido estratégico. Las reflexiones éticas sobre la responsabilidad –que prácticamente se circunscriben al siglo XX– ayudan a entender los pilares de la responsabilidad.

Menciono algunas conclusiones filosóficas: la responsabilidad “consiste en deliberar sobre las opciones antes de actuar”, tomar las mejores decisiones para todos los afectados y preocuparse por las consecuencias dañinas sobre los demás (Nussbaum). La responsabilidad es mayor mientras mayor sea el poder o la influencia de quienes participan en las acciones (Jonas). “La responsabilidad política existe con total independencia de los actos de los individuos concretos que forman el grupo” (Arendt). En últimas, la responsabilidad siempre es personal (Young).

A falta de más espacio, espero que los lectores entiendan una noción más completa de la responsabilidad política: el más poderoso es más responsable y lo es así no haya sido el ejecutor directo del acto que se reprocha. A pesar del cinismo contemporáneo, el año pasado tuvimos casos de actuaciones responsables en Gran Bretaña e Italia, cuando los respectivos primeros ministros David Cameron y Matteo Renzi renunciaron a sus cargos por los resultados fallidos de sus iniciativas gubernamentales.

En Colombia se renunciaba: López Pumarejo y Laureano Gómez dejaron la presidencia, Darío Echandía convirtió la renuncia en un magisterio. Desde entonces, solo Humberto de la Calle se atreve: renunció a la vicepresidencia en 1996 y a su cargo de negociador de paz 20 años después. Es probable que si se deja acompañar del liberalismo y del partido de la U le toque renunciar a la presidencia, de ganarla. Con sus renuncias De la Calle dejó en evidencia la falta de responsabilidad, por lo menos, de Samper y Santos.

Se dijo el año pasado que no era lo mismo renunciar en un régimen parlamentario que en uno presidencialista. Verdad a medias. Genera menos inestabilidad la caída de un primer ministro pero tiene más responsabilidad un presidente. Sobre todo en países como Colombia donde el republicanismo está teñido de tonos aristocráticos. El republicanismo aristocrático pretende que los dirigentes sean modelos para elevar el nivel moral de la masa inculta. A los altos cargos se les llamaba dignatarios, por aquello de la dignidad del cargo. ¿No perjudica más a las instituciones la permanencia de dignatarios sin dignidad?

El Colombiano, 26 de febrero

lunes, 20 de febrero de 2017

Confianza es la clave

El caso de Odebrecht ha suscitado muchas reacciones entre los generadores de opinión pública. Me ocuparé de una. Diana Calderón, directora de noticias de Caracol, actuó con presteza para defender al Presidente de la República en un periódico español (“Instituciones a prueba”, El País, 11.02.17). Los argumentos básicos de Calderón son malos. El primero es que es una irresponsabilidad “hacer política con las instituciones en medio de la catástrofe”, es decir, el viejo dicho perverso de que lo mata es el escándalo. De otra manera, mejor tapar antes que debilitar el poder presidencial. El segundo es que tenemos que “dejar a la justicia actuar” y devolverle “a Santos al menos la presunción de inocencia”.

Que el primer argumento es malo lo dice la experiencia reciente y toda la literatura sobre lucha contra la corrupción. Sociedades con veeduría y controles civiles fuertes, con libertad de expresión y suficiente poder moral, son imprescindibles para vigilar el manejo de la cosa pública. Nuestro problema es que acá hay poco escándalo, porque pocos denuncian y pocos se asombran. El problema es la corrupción, no la denuncia de la corrupción.

El segundo es peor. La opinión pública no ejerce justicia y no se le puede pedir que calle mientras los tribunales se pronuncian. Que la directora de un medio de noticias pida que nos callemos y que esperemos el dictamen de los jueces es una vergüenza, al menos argumentativa. Los magistrados del poder público no solo responden ante los tribunales, responden ante los electores. Y a ese responder es al que se llama responsabilidad. No es necesario que vayan a la cárcel pero sería obligatorio, en una sociedad bien ordenada, que respondieran.

El problema con Santos no son los 12 millones de Comba, ni la vueltecita gratis (eso dijo) de JJ Rendón, ni el miserable millón de Odebrecht. Asumamos que él nada supo, aunque nadie puede decir que no pasó nada. El problema con el Presidente es de confianza; a él no le cree la mayoría de la población y no parece importarle. Los partidos y congresistas tampoco le creen; transan al contado.

Como dice el filósofo Byun Chul-han, “confianza significa: a pesar del no saber en relación con el otro, construir una relación positiva con él” (La sociedad de la transparencia, Herder, 2013). Que la corrupción es sistémica, es verdad. Como también lo es que Santos ha propiciado incentivos y oportunidades para que aumente, y que no ha hecho nada para detenerla. El Presidente tenía que haber mostrado voluntad de controlar a los corruptos pero, al contrario, los hizo aliados. En esta inacción se pierden más de mil millones de dólares al año. Ante los tribunales el Presidente tiene que ser objeto de la presunción de inocencia, pero todo indica que ante los ciudadanos no goza del beneficio de la duda.

El Colombiano, 19 de febrero

lunes, 13 de febrero de 2017

Aquiescencia

Acudo al concepto usado por el escritor Ibsen Martínez para caracterizar la postura mayoritaria de la población que permitió el ascenso del chavismo y el colapso de Venezuela. El autor apela al caso ya paradigmático del ascenso nazi apoyado por la población (“Los peligros de la aquiescencia”, Letras Libres, 03.31.07). Años después, se avino a dar una definición: “Aquiescente trae consigo que consiente, que permite o autoriza. No sé si sea apropiado decir que se trata de un sentimiento moral. En cualquier caso, la aquiescencia es una disposición que llamaré anímica” (Martínez, “La aquiescencia”, El Diario de Caracas, 11.18.12).

Martínez señala que la aquiescencia es, a la vez, “operación intelectual y la contorsión moral”. La conjugación de estas dos cosas hace que no la debamos calificar como sentimiento moral pues los sentimientos no se someten a operaciones racionales inmediatas. Lo contrario puede ser más correcto: se trata de una operación intelectual que conduce a una contorsión moral. Citando a Sebastián Haffner menciona un rasgo muy importante de la aquiescencia cual es su forma paulatina de expansión, como esas epidemias silenciosas, asintomáticas.

Creo que una señal distintiva de la cultura colombiana es la aquiescencia; sobre la que añadiré que es un síntoma de la falta de valor civil. En el habla, la aquiescencia se expresa en dichos, “hagámonos pasito”; versículos “quien esté libre de culpa que tire la primera piedra”, y consejos privados, “coma callado”, “no se meta en problemas”. La aquiescencia oculta nuestra propia inseguridad respecto al rigor con el que observamos la ley y la norma moral. Durante siglos hemos sido aquiescentes con la violencia y hace algunas décadas, por lo menos desde que López Michelsen llegó a la presidencia, con la corrupción.

Así que no me extraña que después de que nos aguantamos que el Cartel de Cali le pusiera la banda presidencial a Ernesto Samper y que en el 2010 se denunciara que otro delincuente valluno metiera 12 millones de dólares a la campaña de Santos (“El elefante que podría aplastar a Santos”, La silla vacía, 08.02.17), ahora se descubra una financiación indebida de Odebrecht a Santos en las elecciones del 2014. Durante toda la semana Santos ha sido titular, para mal, en los noticieros internacionales. Aquí se pegan de los tale Bula, Giraldo, Prieto, para que el Nobel duerma tranquilo.

Al respecto, un periodista de Colprensa me preguntó que qué iba a pasar. No dudé en decirle que nada, porque aquí no pasa nada. Después nos encontramos en medio de una guerra, un desastre, o la simple disfuncionalidad generalizada de la sociedad y nos preguntamos por qué. Es un entumecimiento moral que empieza por la manera como los medios minimizan la gravedad del asunto. Luego se convierte en una disposición que, primero, consiente las pequeñas faltas y legitima los horrores, al final.

El Colombiano, 12 de febrero