lunes, 23 de noviembre de 2015

Apocalipsis

Así se titula el último libro en vida de Oriana Fallaci (1929-2006), la gran reportera del siglo XX. Se trata del largo epílogo de una entrevista a sí misma –El apocalipsis (2005) es el título exacto– y de la tercera entrega de su manifiesto frente a la ofensiva islámica contra Occidente. Las dos primeras se titularon La rabia y el orgullo (2001) y La fuerza de la razón (2004).

Desde una perspectiva feminista, criticó tempranamente la cultura en el Lejano Oriente en un libro que se tituló El sexo inútil (1961). Cuando llegó el Once de Septiembre, ella ya había estado en Vietnam y Beirut, desnudó a Arafat y a Gadafi, y desafió al ayatolá Jomeini. Si su trilogía desconcertó, fue a quienes conocían solo sus denuncias de la situación occidental. Su enfrentamiento al islamismo radical fue visto como xenófobo y, por ello, las buenas gentes no lloraron su muerte.

Ahora Europa, París otra vez, –como en los motines del 2005 o en el ataque a Charlie Hebdo– vuelve a poner en evidencia las limitaciones de la política occidental, la perversión de algunos intelectuales y la estupidez del hombre de la calle; todas ellas escarnecidas por la autora de Un hombre a lo largo de su carrera.

El Occidente secular ha mostrado su incapacidad para tratar con la religiosidad contemporánea y, sobre todo, su torpeza para hospedar culturas diversas, sin desconocerlas ni permitir que disuelvan sus instituciones que los acogen. La geopolítica occidental en Oriente no toca a los Estados patrocinadores del terrorismo islámico ni asume que mientras la yihad ataca en Europa, el mundo musulmán vive una guerra civil.

Mientras tanto, pensadores europeos erigidos en apóstoles de la violencia cobran una celebridad propia de futbolistas y cantantes pop. Tal es el caso del intelectual esloveno Slavoj Zizek. Todavía estaban tibios los cadáveres de la guerra yugoslava cuando Zizek empezó a vender libros pregonando que también se debe matar a un buen hombre, solo que a él se le mata con una buena bala de un arma buena (Sobre la violencia, 2009, p. 53).

Y dejo para el final al inefable hombre de la calle, al de la conversación de café, los 140 caracteres de Twitter, los reenvíos de Facebook, algunas firmas descuidadas en los periódicos. Los estúpidos que salieron a cazar excusas al aire, como pispirispis, para justificar la masacre, compadecer a los asesinos, acusar a las víctimas y posar de irreverentes atacando los valores y las instituciones de Occidente.

Esos rasgos desnudan la frivolidad en que ha caído la cultura en Occidente y dentro de ella, cierta política, cierto periodismo, alguna filosofía y toda la opinadera vacua. Las divisas con las que Francia convenció al mundo hace más de dos siglos son mera palabrería: Libertad, ¿qué es?, igualdad ¿de consumo?, fraternidad ¡qué risa!

El Colombiano, 22 de noviembre

lunes, 16 de noviembre de 2015

Calcomanías

Cuando uno se acostumbra a la búsqueda del sentido –un hábito propio de estudiantes de filosofía– puede terminar especulando sobre trivialidades o atribuyéndole significado a cosas que simplemente están allí, sin muchas razones y que apenas prueban que los seres humanos somos descuidados, arbitrarios y no muy racionales. Me pasa cuando me muevo en el trasporte público que permite la observación del detalle callejero.

Uno de los enigmas sin importancia de las calles de Medellín, o de cualquier ciudad del mundo, son las insignias que los conductores ponen en sus automóviles. ¿Por qué pegar anuncios o figuras baratas en objetos lujosos? ¿Por qué exhibirlos? ¿Son manifiestos, declaraciones de fe, expresiones de admiración? La pregunta más elemental es por qué el dueño de un automóvil hace propaganda gratuita a una marca cualquiera. Porque está claro que a los que pegan la manzanita que Steve Jobs le robó a The Beatles no les pagan por hacerle propaganda a Apple.

Las calcomanías de animales parecen más inocuas. Veo carros con mulas, ¿qué querrá decir eso? ¿Es terco? ¿Compró el carro con un trabajito (de mula)? ¿Admira el ganado equino en su versión modesta? Vacas, ¿es de signo tauro? ¿Conduce como ídem? Me suena. Caballos, ¿quiere? ¿Tiene un caballo? ¿Muchos? ¿Su caballo tiene pegada una calcomanía de su carro?

Las religiosas son muy contraproducentes. Hay una aplicación linda de la Virgen, en un corazón de cuentas con un perfil como dibujado en estilo manga. Hay rostros de Jesús y el pez con su santo nombre. El problema es que enseguida ve uno al conductor infringiendo todas las normas, insultando a los demás, sacando una pistola por la ventanilla (pasa), y enseguida se pregunta qué tiene que ver el símbolo con el tipo que va al volante.

Hay unas inequívocas. Los taxis (principalmente) con la cara de Pablo Escobar, que se puede combinar con cualquiera de las anteriores sin ningún problema. Vi, no hace mucho, una volqueta amarilla (por fortuna olvidé la placa) con Pablo en un lado y el Che en el otro. Espectacular. La alienación de las ilegalidades, la figuración de la combinación que nos puso en crisis durante tres décadas. Me sirvió para un breve intercambio con el escritor Juan Villoro sobre este nexo que los mexicanos, por fortuna, todavía no conocen.

¿Necesitamos una semiología de las imágenes en los automóviles? Alguien podría hallar allí rasgos de la cultura urbana. O a lo mejor los tipos solo están tapando rasguños, decoloraciones, huecos, con sus calcomanías baratas.

André Glucksmann: acaba de morir el pensador francés, figura menor pero visible de la intelectualidad europea en el último medio siglo. Un espíritu libre incubado en el marxismo, que en 1975 derribó el muro comparando nazismo y estalinismo. Cuarenta años después muchos colombianos y latinoamericanos no han llegado a ese estado de madurez.

El Colombiano, 15 de noviembre

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Las ideas en la guerra: Gustavo Duncan

Gustavo Duncan

EL Tiempo, 5 de noviembre de 2015

En la revolución se impusieron las ideas de quienes legitimaban la lucha armada como el medio principal para reclamar una participación en el poder, no obstante la existencia de opciones pacíficas y democráticas.

Jorge Giraldo, el autor de Las ideas en la guerra (Edit. Debate, 2015), en el proceso de escritura se tropezó con la siguiente anécdota, narrada por Nicolás Buenaventura. En una ocasión en que Gilberto Vieira, secretario del Partido Comunista, visitó un campamento de las Farc, al terminar su discurso un guerrillero, de evidente origen rural, le increpó porque al final si la revolución triunfaba la tierra no iba a ser de ellos, los campesinos, sino del Gobierno. A lo que Vieira respondió: “Es que el Gobierno va a ser usted mismo”.

La anécdota no apareció en 'Las ideas en la guerra', el autor no encontró el lugar propicio para introducirla, pero bien hubiera podido aparecer en cualquier parte porque contiene la esencia del libro. Giraldo plantea que en la prolongación y en la ferocidad del conflicto en Colombia jugaron un papel central las ideas de actores concretos que influyeron sobre las opciones y trayectorias tomadas por la insurgencia.

No solo fue que la revolución se antepuso a cualquier tipo de reforma que hubiera aliviado las condiciones materiales de la población que la guerrilla reivindicaba, como aquel guerrillero que increpó a Vieira cuando le confirmó que el tema de la tierra debía esperar a la victoria total. Fue también que se impusieron las ideas de quienes legitimaban la lucha armada como el medio principal para reclamar una participación en el poder, no obstante la existencia de opciones pacíficas y democráticas.

Lo interesante del libro de Giraldo es que estas decisiones están plasmadas en las mismas voces de la dirigencia comunista. A través de una exhaustiva recopilación de documentos de los distintos partidos e insurgencias, se revela cómo el país no estaba condenado por su estructura socioeconómica a una guerra de guerrillas de varias décadas, sino que fue una decisión deliberada de una dirigencia política. Tanto así que las voces de dirigentes revolucionarios opuestos a la violencia fueron desechadas. En ocasiones, como en el caso de José Cardona Hoyos, asesinadas por sus propios compañeros.

Esa es la otra virtud del libro. Giraldo rescata a aquellos intelectuales que, a pesar de toda la presión y la corriente de los tiempos, se mantuvieron firmes en contra del baño de sangre que iba a sacudir al país. Personajes como Francisco de Roux, Francisco Mosquera, Jorge Orlando Melo, Fernando Guillén y Mockus son, con justicia, reivindicados.

lunes, 9 de noviembre de 2015

María Patricia

Desde antiguo, la teoría política oscila entre la valoración del peso de las instituciones y el de las personas en la gestión pública. Durante el siglo XX, dominó una interpretación impersonal que fue controvertida por Isaiah Berlin (1909-1887) quien insistió en la importancia del papel de los individuos en la historia, con razón, creo yo. Son muchos los casos de instituciones que no han sobrevivido a sus líderes o de líderes que han destruido las instituciones que los albergaron. Por eso dediqué columnas al trabajo exitoso del alcalde Gaviria y del gobernador Fajardo.

Hoy hablo de María Patricia Giraldo, alcaldesa de San Carlos. Una mujer campesina de la vereda Santa Rita, donde hizo su primaria. Terminó el bachillerato en una institución de Hogares Juveniles Campesinos. Desplazada por la violencia en 1998, hizo el esfuerzo de estudiar derecho y especializarse en Medellín.

María Patricia volvió a San Carlos y fue personera municipal entre 2008 y 2010, durante la administración de Francisco Javier Álvarez, desempeñando una labor que contribuyó a que su comunidad se hiciera acreedora al Premio Nacional de Paz 2011. En ese año se postuló a la alcaldía y gracias a su triunfo se convirtió en la primera mujer en acceder por vía electoral al cargo en el municipio, evento que no han vivido las principales ciudades del país, ni Medellín, ni Antioquia.

El liderazgo de María Patricia, la continuidad en las últimas administraciones (falta por ver la siguiente), el acompañamiento de Medellín, Antioquia, la nación y varias organizaciones civiles, han permitido que San Carlos se convierta en la mejor práctica de posconflicto en el país. Habría que añadir que –a su vez– el oriente antioqueño es la región colombiana que más logros puede exhibir en materia de superación de los efectos de la guerra y que sus lecciones deben estudiarse para la fase posterior al acuerdo que saldrá de La Habana.

Después de padecer el repertorio completo de calamidades de la guerra, San Carlos es pionero y ejemplo en materia retorno de desplazados (14 mil), identificación de desaparecidos (una cuarta parte de los reportados) y desminado humanitario (zona libre de minas). También fue objeto de un trabajo de reconstrucción de memoria histórica por parte del Centro Nacional y otros dos ejercicios, de un proyecto de reparación colectiva del territorio y de un proceso exitoso de generación de confianza entre la fuerza pública y la ciudadanía. La alcaldesa quiere despedirse impulsando un programa de turismo de paz y reconciliación.

Deja la alcaldía con optimismo por los posibles frutos del proceso de paz, pero muy preocupada por diversos obstáculos que se avizoran como la corrupción, el acceso al poder público por parte de personajes que priorizan su interés particular y los discursos radicales que circulan entre la sociedad civil. Ejemplo y motivo de admiración esta mujer.

El Colombiano, 8 de noviembre.

jueves, 5 de noviembre de 2015

Las ideas en la guerra: Iván Garzón

Iván Garzón Vallejo

El Espectador, 3 de noviembre

La guerra en Colombia se ha prolongado, entre otras cosas, porque no hemos desarrollado una cultura cívica de rechazo a la violencia política. Dirigentes políticos que apoyaron la lucha armada —en el Partido Comunista— e intelectuales que difunden lugares comunes que justifican el recurso a las armas han sido responsables de ello. Así lo plantea Jorge Giraldo Ramírez en el libro Las ideas en la guerra (Debate).

Ya en su informe para la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas el filósofo había expuesto una tesis controversial (teniendo en cuenta la mitad de los informes): el conflicto ha persistido porque las Farc han decidido mantener su lucha revolucionaria para así conservar su propia existencia política. El libro, por lo tanto, es una explicación de esta tesis, y para ello muestra cómo en el concierto de las guerrillas latinoamericanas las Farc sobresalen por su obstinación en la lucha armada —a la que se plegó el Partido Comunista—, a su reconocida falta de representación de los campesinos y los sectores populares, y a su incapacidad para leer las oportunidades del contexto nacional —el Frente Nacional, procesos de paz fallidos y la Constituyente de 1990—, el latinoamericano —ninguna guerrilla venció a regímenes democráticos sin apoyo popular— y el internacional —el fracaso del socialismo real y la transición de la izquierda europea a la socialdemocracia— para combatir por las reformas desde el ámbito civil.

Rebeldes en busca de una revolución imposible en un país con una democracia prácticamente ininterrumpida que hizo las reformas a pesar de ellos, han contado sin embargo con un ambiente intelectual que ha justificado su terco e infructuoso recurso a las armas. Que acá los cambios son marginales, que el conflicto tiene causas objetivas, que el Frente Nacional cerró el sistema político y excluyó a la izquierda, que Cuba tiene un modelo social y educativo ejemplar aunque sin libertades, o que los revolucionarios son héroes altruistas además de potenciales mártires son ideas que han contribuido a legitimar la anacrónica longevidad de nuestro conflicto o su naturalización: que siempre está ahí.

En contraste, Giraldo Ramírez señala la fuerza del ejemplo de siete intelectuales y políticos: Cayetano Betancur, Francisco Mosquera, Carlos Jiménez Gómez, Estanislao Zuleta, Jorge Orlando Melo, Francisco de Roux y Antanas Mockus, que rechazaron la violencia y enfrentaron con valor civil la utopía revolucionaria.

Además de la lección de historia del socialismo colombiano en el contexto latinoamericano, de la aguda crítica al dogmatismo y sectarismo de la izquierda armada y del diálogo entre realismo político y republicanismo liberal que inspiran a su autor, este libro propone ideas que, si son recibidas por sus posibles destinatarios, podrían cambiar el curso del conflicto armado: éste es el momento propicio para dar el paso a la vida civil (negociadores de las Farc); una paz sostenible requiere un Estado fuerte y una política de amigo-enemigo no violenta (clase política y policy makers); es un deber moral asumir un compromiso ético en contra de la violencia (intelectuales y dirigentes de izquierda), y hay que construir una sociedad civil fuerte y participativa cimentada en una cultura de tolerancia y legalidad (ciudadanos).

lunes, 2 de noviembre de 2015

De Antioquia me gusta

Las ceibas bongas de la Serranía de Abibe (si no las han acabado de tumbar) y la serranía con neblina; la ruda amabilidad de la gente, que ya escasea; la arepa, blanca, plana, simple, la amarilla también; la pintura minuciosa y poco reconocida de don Alejandro Serna; el ceviche de chicharrón en “La curva del gordo” en Amagá; el Atanasio Girardot lleno y vestido de rojo; Buenos Aires (corregimiento de Andes), que le hace más honor al nombre que la ciudad argentina; Caracolí con el domo plateado que se veía desde el tren; el río Cauca, café, angosto, hondo; el rigor y el compromiso de Cayetano Betancur; las iguanas que se calientan en los techos de zinc de Caucasia; los Farallones del Citará, volubles y majestuosos; el ají de los catíos de Dabeiba; Débora Arango; el Deportivo Independiente Medellín, escuela de sentimientos, el decano del fútbol colombiano, la razón para pasar un fin de semana en la urbe; el chorizo de “Los comerciales” en Don Matías; El Peñol, el que está bajo la represa; los embera; Envigado el viejo, donde crecimos, estudiamos, trabajamos (no el de ahora); el pensamiento díscolo y la prosa espontánea de Fernando González; el ferrocarril, que lo acabaron; los fríjoles con chicharrón, no la bandeja paisa; Gonzalo Vidal que era caucano y se oye todo el año en el himno y el Viacrucis; el personaje de Dalila Sierra en el poema de Jaime Jaramillo Escobar, y todos los personajes y todos los poemas del mismo poeta; Jardín todo, con montañas, gentes, quebradas, pájaros y jóvenes que lo van a mejorar; el sentido de la justicia que ya mostraban un fiscal Escobar y un juez Ferrer hace 120 años, según una crónica de Jorge Mario Betancur, y que ahora está embolatado; la madre Laura, aunque ya sea santa y tenga telenovela; el sabio Manuel Uribe Ángel y toda su obra; María Cano, antes de que la sepultaran en vida; Marsella, sobre todo subiendo; Medellín, dura, diversa, acogedora (pero con menos ruido); los nadaístas erráticos, divertidos y soberbios por necesidad; el río Nechí con babillas navegando en troncos; el valle del Penderisco, con Urrao y demás; Ramón Hoyos, Cochise y todos los ciclistas profesionales, más los aficionados, menos los que se dopan; el rock de acá y todo lo que ha salido de él; Santa Elena, por un recuerdo; Sucre, corregimiento de Olaya; la toponimia española del Bajo Cauca y el Nordeste, la indígena del Occidente y la bíblica del Suroeste; los tule con su cosmogonía orgullosa y sus apellidos europeos; Urabá, lleno de negros, banano, humedad, belleza; el río Verde de los Montes y también el río Verde, sin apellido, pero con piedras grandes; los gurres de San Vicente, es decir, el monumento y los ancestros; Zaragoza en general. Quedan faltando buenas y hay muchas cosas que no me gustan.

El Colombiano, 9 de agosto

Tótem y tabú

De forma escueta e imprecisa el dualismo entre tótem y tabú, que propuso Sigmund Freud en 1913, puede llevarse al que existe entre los objetos que se veneran como sagrados –tótem– y aquellos otros, referidos sobre todo a prácticas, que se consideran prohibidos –tabú–. Freud usó la metáfora a partir de las sociedades primitivas pero todas las épocas tienen sus tótemes y sus tabús, incluyendo la moderna que intentó vanamente abolirlos todos.

La filosofía contemporánea planteó la emergencia de la técnica como un nuevo dominio sobre el hombre (en algunos casos podría decirse, contra el hombre). Al respecto, véase el pensamiento de Martin Heidegger o el de Danilo Cruz Vélez, entre nosotros. Un intelectual español plantea el carácter religioso de la relación actual con los dispositivos electrónicos (Félix de Azúa, “Religiosos”, El País, 27.10.15). De otro lado, políticos y filósofos están tratando, desde mediados del siglo XX, de establecer el homicidio y la guerra como tabúes de hoy.

Respecto al primer asunto las imágenes cotidianas son patéticas. Recuerdo la situación de un padre joven almorzando con su hijita de unos ocho años en un restaurante de centro comercial. El hombre se pasó una hora sin mirar ni a la comida ni a la hija, embelesado en su teléfono inteligente. (Embelesado aplica, hace poco me percaté de que los muchachos usan el teléfono como espejo, a falta de vidrieras.) Gasté mi hora mirando a la pobre niña desarraigada del afecto paterno por la obsesión con el chat. Los dispositivos móviles, el computador, se han convertido en los objetos totémicos de esta generación que les atribuyen –como el hombre primitivo a un palo mal pintado– unos poderes que no tienen. El tótem del oso no era el oso, tampoco su fuerza.

Respecto al intento de convertir la violencia física en un tabú, los resultados son muy modestos, a despecho de las mil páginas que se gastó Steven Pinker para mostrar éxitos (“Los ángeles que llevamos dentro”, 2012). En Colombia escucho menos aplausos para Antanas Mockus cuando dice que la vida es sagrada que los que le dan a un profesor de Los Andes por decir lo contrario.

El gran éxito actual para hacer un tabú es la prohibición de la comida. Hoy todo da cáncer o da cáncer y engorda. Los científicos que trabajan para la Organización Mundial de la Salud se comportan como todo especialista que pierde de vista el contexto y la complejidad de todo problema: como unos pendejos. Podrían decir –lo cual es verdad – que da más cáncer respirar en cualquier ciudad grande del mundo que comer chorizo a granel, pero pelear con la cadena del automóvil es tan complicado como dejar de respirar.

Así las cosas, los productos de Apple son tótemes y los de las casas de morcilla de Envigado, tabús.

El Colombiano, 1 de noviembre

jueves, 29 de octubre de 2015

Comisión Histórica: Gustavo Gallón

El informe de Jorge Giraldo para la CHVC

Gustavo Gallón
El Espectador, 28 de octubre de 2015

“Cualquier acuerdo para la terminación de la guerra será más sólido mientras mejor trate de entender nuestro drama desde una perspectiva colectiva, y mientras más respeto guarde por los que han sufrido”.

Con esta apertura mental e invitación a la concordia termina el informe del profesor Jorge Giraldo para la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas, creada por el Gobierno y las Farc. Qué valioso habría sido que el resto de su texto se hubiera trabajado con tal sabiduría y cautela.

En su opinión, el conflicto armado en Colombia habría persistido por la debilidad del Estado, y “la extraordinaria longevidad del mismo” se debería a su mezcla con el narcotráfico. Siendo un punto de vista respetable, su escrito no lo desarrolla con maestría.

Esa debilidad del Estado la atribuye en primer lugar a lo que considera como el escaso tamaño de la fuerza pública. En sus palabras, “la élite gobernante se autoinhibió para enfrentar la insurgencia guerrillera” al haber delegado “a los militares toda la responsabilidad para enfrentarse con un fenómeno de naturaleza estrictamente política, como es la guerra civil revolucionaria”. Ordinariamente dicha delegación ha sido interpretada como una cesión de poder al Ejército, en desmedro de la democracia. Ha dado lugar a cierta militarización del Estado y a graves abusos, incrementando así los motivos de la guerra, según documentados informes de Naciones Unidas y de la Comisión Interamericana sobre la situación de derechos humanos en Colombia. La fuerza pública está integrada por 450.000 efectivos, 100 mil más que en Brasil, cuya población es cuatro veces superior. El gasto militar en nuestro país representa el 3,5 % del PIB, tres veces más que en Brasil, según el Banco Mundial.

Acontecimientos bélicos notorios brillan por su ausencia en este ensayo. Si bien se advierte allí que en 1965 hubo una importante reforma laboral, no se menciona que simultáneamente se bombardeó a Marquetalia, ni que ese año se expidió el Estatuto Orgánico de la Defensa Nacional mediante el decreto 3398, que autorizó a los militares para crear grupos paramilitares e introdujo nociones claves de la Doctrina de Seguridad Nacional en las fuerzas armadas. La relación entre éstas y los paramilitares sólo aparecería con la vinculación de Rodríguez Gacha a la actividad anticomunista a mediados de los años 80: “desde ese momento en adelante, miembros de la fuerza pública participaron en las redes logísticas y operativas de estos núcleos privados contrainsurgentes”, según Giraldo.

Un segundo componente de esa debilidad del Estado sería la baja inversión en infraestructura vial. Y un tercer componente, la baja tributación, que privaría al Estado de suficiente dinero para cumplir con sus obligaciones. Ciertamente esos son dos problemas nacionales, pero su relación de causa a efecto con el conflicto armado no es evidente, y el informe no la demuestra.

Mucha gente en el país, mal informada y sin rigor analítico, puede tener una visión similar. Sin proponérselo, este informe hace visible ese hecho y pone de presente que hace falta divulgar más información y propiciar más reflexión sobre nuestro conflicto armado para construir la paz. Gracias, profesor Giraldo.

*Director de la Comisión Colombiana de Juristas (www.coljuristas.org)

domingo, 25 de octubre de 2015

Ciudadanía

Llegó la hora de la ciudadanía. Amarillean afiches y pasacalles, se desperfilan los ejercicios de Photoshop y ya dejamos de mirar algunos rostros llenos de botox para rejuvenecer filipichines. Olvidaremos algunas vallas a las que les sentaría bien un letrero de “se busca” (“también caerán”) en la parte superior. Y dejaremos de oír la saturación radial de propaganda política pagada y la subliminal que se sueltan comentaristas deportivos y pinchagujas. Dejaremos de ver lo que se ve y de oír lo que se oye.

En muchas partes se sentirán aliviados porque pesa más lo que no se oye ni se ve. La presión de los combos para que las comunidades se callen y voten por “el duro”. El estrés de los paterfamilias que se “apuntaron” en una campaña para recibir contratos en el próximo cuatrienio. El temblor ignorante de las familias que cuidan un pequeño puesto burocrático como si fuera un regalo y un tesoro. El cinismo del sujeto que vende el voto o la torpeza del que se deja comprar lo que es suyo, sus derechos.

Al final de la fila, en la mesa de votación, en el cubículo, se necesita poco valor para poner la equis donde le plazca y donde le dijeron, compraron, obligaron. En el acto de votar, ser ciudadano dura cinco segundos y requiere –en la intimidad– una pizca de personalidad. Vote como quiera, libremente, sin miedo y sin rabia, sin obsecuencia ni reverencia y verá cómo se siente de bien. Ganaríamos mucho todos si cada uno ante el tarjetón es él mismo y no el jefe de combo, el patrón contratante o el jefe manipulador.

Ahora. Ganamos más si el ciudadano piensa en su situación, la de Medellín y la de Antioquia. ¿Cree que van mal Medellín y Antioquia? Vote por los candidatos del cambio, por los críticos acérrimos de la gestión de Aníbal Gaviria y Sergio Fajardo. ¿Van bien Medellín y Antioquia? Los candidatos que quieren avanzar a partir de lo que se ha hecho son pocos. Para la Gobernación de Antioquia solo Federico Restrepo da certeza sobre la continuidad de la obra de Fajardo. Para la Alcaldía de Medellín la única amenaza seria a los progresos de las últimas tres administraciones es Juan Carlos Vélez, sin ideas, cuya carta de presentación consiste en que va a seguir las instrucciones de un senador de la república. ¡Por favor!

Tengo muchas dudas de que –como dicen algunos analistas– las elecciones regionales sean intrascendentes. Son periodos de cuatro años. En los próximos cuatro años habrá posconflicto y desaceleración económica. Los niveles de incertidumbre y riesgo en los planos social, económico y político serán muy altos. Ello demanda gobernantes con alta preparación, buenos equipos, ideas renovadoras y gran imaginación. Los demagogos y parlanchines, los clientelistas y corruptos, solo agravarán las cosas.

El Colombiano, 25 de octubre

lunes, 19 de octubre de 2015

Deliberando

Llovieron comentarios (e insultos) por mi columna de la semana pasada en la que criticaba al candidato Juan Carlos Vélez. Me parece muy bien. En Colombia falta deliberación. Aquí la mayoría de los políticos no discuten y la mayoría de los opinadores se van por las ramas. Me parece loable que sus partidarios hayan salido a la palestra ya que su candidato suele eludir el foro público. Respondo a los que están a la altura, empezando por mi gran amigo Jaime Jaramillo Panesso (El Colombiano, 15.10.15).

¿Por qué no estoy de acuerdo con Vélez? Porque no se quiso comprometer con los programas locales dirigidos a reparar a las víctimas (y eso incluye a las de la guerrilla), reconstruir la memoria de la ciudad y atender a los desmovilizados. Su gesto muestra carencia de sensibilidad para atender las necesidades del posconflicto. También porque se esconde detrás del mantra de la seguridad democrática. Esa política fue rural, dirigida a enfrentar a las guerrillas y estaba basada en el poder duro. La seguridad urbana necesita otros criterios –principalmente poder blando– y Vélez ha demostrado que no los conoce.

La seguridad ciudadana no necesita machos. Necesita líderes perceptivos, que sepan usar la inteligencia, la tecnología y la capacidad de coordinarse con entidades del orden nacional. No se combaten ladrones de celulares con helicópteros artillados. Al lado de Federico Gutiérrez o de Alonso Salazar, Vélez es un aprendiz en materia de seguridad. Eso de andar proponiendo robocops para llevar a las comunas y un programa de empleo pagando informantes no solo es demagógico, es peligroso.

Para Antioquia, objeto a Luis Pérez. Los que ya no somos jóvenes sabemos de Goyeneche, un señor bogotano a quien le encantaba lanzarse a la presidencia con propuestas tales como pavimentar el río Magdalena, pues lleno de arena y agua no le faltaba sino cemento para hacer una autopista. Goyeneche iba a solucionar la congestión en el tráfico construyendo las ciudades en el campo. Bueno, Luis Pérez le iba a poner segundo piso al río Medellín y ahora quiere hacer autopistas aéreas para entrar a Medellín. Más demagogia que locura.

Pero Luis Pérez no hace parte del folklor. El folklor es ingenuo y simpático. Luis Pérez no es ni lo uno ni lo otro. Sus relaciones políticas son bastante peligrosas y su manera de hacer política es humillante y clientelista. Sus antecedentes como alcalde son nefastos. Los principales símbolos de su gestión son La Escombrera en la Comuna 13 y la vajilla que costó cien millones de pesos. Sus críticos viven acorralados por los pleitos judiciales y las amenazas, como acaba de ocurrir con el periodista Pascual Gaviria. Es candidato porque Santos le está pagando el favor de haber sido jefe de finanzas de su campaña.

Mis diferencias con Vélez son programáticas, con Luis Pérez son éticas.

El Colombiano, 18 de octubre

lunes, 12 de octubre de 2015

Elecciones y postconflicto

En 2016 se firmará el “Acuerdo para la terminación” entre las Farc y el gobierno nacional. Eso es un hecho. Puede que usted se dé cuenta o no. Puede que a usted le guste o no. Eso va a pasar. A partir de ese momento Colombia no será la misma; se crearán programas derivados del acuerdo y habrá que poner en marcha políticas para complementar y ajustar las demás esferas de la vida nacional. Entraremos en una transición que se calcula que puede durar 10 años.

Antioquia será el principal escenario de esa intervención. ¿Por qué? Porque Antioquia fue el principal escenario de la guerra durante los últimos 35 años. Porque en Antioquia vivía una de cada cinco víctimas en el mismo periodo. Porque, si descontamos las imprecisas cifras de desplazados, en Antioquia vivía una de cada tres víctimas de la guerra. Una de las principales zonas de concentración de las Farc para el desarme y la desmovilización estará en Antioquia, en esa enorme región que va desde Urabá hasta el Bajo Cauca y que tiene al Nudo de Paramillo como ombligo.

Puede que usted no se dé cuenta. Puede que no le guste. Pero tocó. El periodista mexicano Jorge Ramos nos lo acaba de recordar: “Toca es una maravillosa expresión colombiana que significa, a la vez, responsabilidad e inevitabilidad. Si algo toca es que no hay opciones más que una. Y en Colombia la paz toca” (“Paz para mis amigos”, El Colombiano, 07.10.15). Si algo toca y uno no está de acuerdo o no se da cuenta, peor para uno.

Medellín y Antioquia se tienen que preparar y lo han venido haciendo en los últimos años. El alcalde Aníbal Gaviria fortaleció la Casa de la Memoria (iniciada en la administración Salazar), promovió el Informe de Memoria Histórica de Medellín, puso en marcha la investigación sobre los hechos de La Escombrera ocurridos durante la alcaldía de Luis Pérez. El gobernador Sergio Fajardo puso en marcha el programa “Preparémonos para la Paz” y –como alcalde– adelantó la experiencia más exitosa de reinserción ejecutada en el país.

Hoy estamos ante dos disyuntivas. El candidato Juan Carlos Vélez Uribe no quiso firmar el pacto para darle continuidad a los programas de postconflicto de Medellín. Luis Pérez es el candidato de casi todos los parapolíticos condenados en Antioquia y no ha dicho ni mu sobre el asunto. Si usted quiere que Antioquia quede pagando en el postconflicto pues vaya y vote por estos dos señores. Si usted, sepa o no, esté de acuerdo o no, cree que Antioquia y Medellín deben prepararse para lo que se viene le toca revisar bien el tarjetón. En Antioquia el único que le jala a la paz es Federico Restrepo. En Medellín, el único que le jala a la guerra es Juan Carlos Vélez.

El Colombiano, 11 de octubre.

lunes, 5 de octubre de 2015

Fajardo

El paso de Sergio Fajardo de la alcaldía a la gobernación generó interrogantes. Sin duda, una cosa es manejar una ciudad rica y otra hacerlo con un departamento relativamente pobre. Además, Antioquia –como dijo Álvaro Uribe hace 20 años– tiene las complejidades de un país entero. El discurso de Fajardo no cambió mucho: educación, oportunidades, legalidad, transparencia.

El gobernador adoptó como programa bandera el de Antioquia la más educada con varias estrategias, entre ellas, infraestructura física y el programa de becas. Como pasa siempre en este tema, el impacto no se puede ver en el corto plazo, pero una señal de su potencial provino de la ministra Gina Parody que adoptó el modelo antioqueño para darle norte a la acción del gobierno nacional.

La educación ha sido una obsesión de Fajardo alineada con dos criterios distintos. Uno técnico, identificado hasta la saciedad por los principales expertos mundiales en desarrollo. El otro político, y es que un plan estratégico consensuado en la región a fines del siglo pasado puso la educación como ancla del proyecto regional. Dicho esto no se entiende que Luis Pérez diga que los parques educativos son un proyecto inmobiliario (¿será que si gana los va a privatizar para convertirlos en hoteles o residencias?) o que Andrés Guerra prometa reducir la inversión en educación (El Colombiano, “El presupuesto de seguridad de Antioquia pasará del 1 al 5 por ciento”, 29.09.15).

El balance del gobierno departamental en materia de infraestructura educativa es alucinante. Antioquia carecía de una política en la materia. Se formuló, se creó una unidad en la Secretaría de Educación, se mejoraron 817 establecimientos educativos (promedio de casi 7 por municipio), más ciudadelas, los parques educativos y sedes universitarias (un dato por conocer).

Pero la intervención de mayores efectos inmediatos en Antioquia es la realizada en infraestructura vial. El departamento recuperó más de 10 mil kilómetros de vías. Fajardo deja el 88% de la red vial en buen estado después de haber recibido apenas el 15% en esas condiciones. La conectividad ha mejorado muchísimo en toda la geografía del departamento y, especialmente, en las zonas más alejadas como Urabá, el suroriente, Nudo de Paramillo y nordeste. Lo más distintivo, sin embargo, no se ve: el modelo de contratación que aseguró la trasparencia y eficacia en las licitaciones. No faltan los contratistas habituados al incumplimiento y a la trampa que afectan los planes y sueñan con que el próximo gobierno sea de corruptos.

De todas las iniciativas la más bonita, en mi opinión, es la promoción de cafés especiales. Con poco dinero, mucha imaginación, pequeños incentivos materiales y grandes incentivos simbólicos, muchas familias cafeteras empezaron a cambiar una tradición centenaria y a especializarse en producir cafés de muchas variedades y buena calidad. Juventud, tecnología y orgullo telúrico se dejan ver en las zonas cafeteras.

El Colombiano, 4 de octubre

lunes, 28 de septiembre de 2015

Fin del fin

No son pocos los foros en los que planteé en el último año que el acuerdo entre las Farc y el gobierno nacional era un hecho. Las condiciones militares, políticas y diplomáticas así lo insinuaban. El peor escenario para los dirigentes políticos, empresariales y sociales del país es pensar en lo contrario pues la transición prevista desde la firma de los acuerdos durará diez años, según lo previsto hasta ahora.

Los anuncios del 23 de septiembre pasado suponen la verificación fáctica de aquel pronóstico. Por desatención o agudeza, los titulares de la edición gringa de CNN anunciaron la firma del acuerdo de paz el jueves 24. El apretón de manos entre Santos y Timochenko, así como la fijación de una fecha para el acuerdo final en marzo del próximo año, simbolizan la entrada en la fase final de la negociación. El fin del fin.

Como se suscribió en La Habana hace tres años, el objetivo del acuerdo es la terminación del conflicto armado entre las Farc y el Estado colombiano. Nada más y nada menos. Nada más porque el fin definitivo de las hostilidades con la guerrilla más feroz y obstinada del país no significa que en abril próximo Colombia vaya a ser Suiza. Nada menos porque la primera condición de una sociedad bien ordenada es el silencio de los fusiles.

El experto peruano Carlos Basombrío lo dijo en un seminario en la Universidad Eafit: no es lo mismo una sociedad con guerra que sin guerra. Esta banalidad se le olvida a muchos. Recuerdo que hace quince años un campesino del Putumayo dijo, cuando se le preguntó qué era lo que más deseaba, que lo único que pedía era que lo dejaran tranquilo. En las ciudades y regiones pacificadas hace rato, este dato es subestimado por algunos.

La justicia transicional no es justicia ordinaria ni justicia penal. Las líneas gruesas acordadas en Cuba representan un logro importante. Los crímenes de lesa humanidad serán juzgados y generarán condenas; habrá restricciones a la libertad durante tiempos iguales a los que se definieron para las autodefensas y paramilitares durante la administración de Álvaro Uribe. Del mismo modo, quienes no se acojan a la justicia transicional podrán ser juzgados bajo la legislación ordinaria con penas que pueden llegar a los veinte años de prisión.

La justicia transicional siempre es justicia política. Abogados y organismos internacionales han tratado de codificarla, pero no se puede. Siempre depende de la posición de la opinión pública, de los interlocutores, de la correlación de fuerzas, del contexto internacional. No conocemos todavía las setenta páginas que, se dice, tiene el acuerdo, pero creo que lo alcanzado es bueno y, quizá, lo mejor dentro de lo posible. En abril nacerán criaturitas colombianas para las cuales las Farc solo serán una pesadilla de sus padres y abuelos.

El Colombiano, 27 de septiembre.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Ahora hay que ganar la paz

Este 23 de septiembre no solo marcó el punto de no retorno en la negociación iniciada hace tres años para poner fin al conflicto entre las Farc y el Estado colombiano, sino que también sirvió de hito para fijar el término de los diálogos. De esta manera, la prolongada escena habanera entra en la fase final que se coronará –podemos decirlo con más certeza– con un acuerdo.

Sin dudas, la culminación de los acuerdos sobre el punto cinco de la agenda –conocido como el de víctimas– marcaba el principal obstáculo para las partes. Para el Estado colombiano porque la jurisprudencia nacional e internacional impide la aplicación de la vieja fórmula de amnistía e indulto. Para las Farc, porque las condiciones de justicia comprometen existencialmente a los mandos de la guerrilla y simbólicamente su representación como agentes colectivos del drama colombiano. Para la sociedad, porque la idea de un acuerdo sin alguna aplicación de justicia era inaceptable.

Es bueno recordar, que la discusión sobre víctimas era más compleja pues incluía un relato plural como el de la Comisión Histórica, la conformación de una comisión de la verdad y los acuerdos sobre reparación y justicia recientes. Todos han cedido. Ahora es tarea de los líderes políticos y de los formadores de opinión contribuir a que haya una opinión pública comprensiva que ponga entre paréntesis los agravios y se enfoque en las tareas del futuro.

Lo que falta en estos meses ni es poco ni es secundario. Los términos del desarme y la desmovilización nos inquietan, legítimamente, a muchos. El proceso legal e institucional para poner en marcha la implementación de los acuerdos está crudo y tiene muchos inconvenientes. Hay una treintena de pendientes, algunos de ellos cruciales, dentro de los textos ya pactados en La Habana.

El Estado colombiano ganó la guerra hace siete años. Las partes del conflicto, el Estado y las Farc, están a punto de ganar el acuerdo para terminar las hostilidades de manera oficial y definitiva. Falta lo más importante: que la sociedad colombiana toda, sin exclusiones, sepa ganar la paz. El reto es enorme y nadie deberá desentenderse de él. No será tarea exclusiva del gobierno, ni de la fuerza desmovilizada.

Tenemos un acumulado que a menudo se ha desdeñado. Las experiencias de los acuerdos de paz desde 1989 hasta la desmovilización paramilitar de 2005. Los laboratorios de paz en el Oriente antioqueño, el Magdalena Medio, Urabá y Córdoba, y otras regiones. Los procesos de retorno, desminado y atención a las víctimas. Tenemos una gran experiencia atendiendo las contingencias de los desastres naturales en el Ruiz, Armenia, Páez o las inundaciones del 2011. Si Bogotá mira a las regiones en lugar de ponerse a inventar fórmulas, aprovecharemos nuestro pasado reciente.

El 23 de septiembre será un día importante en la historia contemporánea del país. Llegó la hora de probar que podemos ganar la paz como en 1821, 1904 y 1958. Pero ahora tendrá que ser una tarea más incluyente y trasformadora.

El Colombiano, 24 de octubre.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Elecciones y no repetición

Uno de los elementos críticos de la justicia transicional es el de no repetición. La no repetición se concibe –según la Unidad de Víctimas– como las “acciones, medidas y procesos encaminados a evitar la repetición de violaciones a los derechos humanos y al derecho internacional humanitario, generar cambios en el funcionamiento de las instituciones, transformar factores estructurales de la violencia y lograr una incidencia positiva en la cultura política, con el fin de fortalecer la política de prevención general”.

En términos generales, y muy vagos, se concibe que la fortaleza de las instituciones, el cumplimiento la ley, la garantía de los derechos y la atención a las víctimas son instrumentos que permiten predecir que los daños y las vulneraciones de un pasado cercano y violento no van a volver a ocurrir. Como suele pasar con nuestras visiones legalistas, rara vez se conecta este tema con la permanencia de organizaciones, colectivos y personas en posiciones desde las cuales pueden seguir lastimando a la población.

Hace poco (31 de julio de 2015), la Sala de Justicia y Paz del Tribunal Superior de Bogotá produjo una sentencia que se sale de esta rutina y hace un llamado a las autoridades a tomar medidas concretas para evitar que la población victimizada en el conflicto armado siga sufriendo atropellos desde los cargos de representación pública. La sentencia se dio en un caso contra dos miembros de grupos paramilitares en el Magdalena y el magistrado ponente fue Eduardo Castellanos Roso.

La sentencia usa el concepto “maquinaria política” para significar que “familiares y antiguos coequiperos de personas condenadas por concierto para delinquir agravado se siguen presentando a elecciones”, con el “propósito común de ganar elecciones para ocupar cargos públicos y acceder a las rentas del Estado, sin tener en cuenta consideraciones de tipo programático, ideológico o partidista” (pp. 694-695). Y pone el ejemplo de hijos, hermanos o “asesores de confianza” de personas condenadas por parapolítica u otros delitos graves que remplazan a los condenados en las listas electorales.

La sentencia considera que el triunfo de maquinarias políticas asociadas a personas condenadas por hechos relacionados con el conflicto armado y la extensa victimización de la población, amenaza las garantías de no repetición. Además, “exhorta a la Fiscalía General de la Nación para que… informe si la permanencia en cargos públicos de familiares, amigos o antiguos funcionarios públicos que trabajaron de la mano de personas condenadas por auspiciar grupos armados ilegales, haya podido obstaculizar el cumplimiento de la normatividad de Justicia Transicional”.

No sé si la fiscalía hará algo. Pero los ciudadanos sí debemos actuar. En Antioquia hay más de una docena de políticos condenados que tienen sus maquinarias andando. Por otro lado, ¿Luis Pérez, el alcalde de la Operación Orión y de La Escombrera, es una garantía de no repetición en la gobernación?

El Colombiano, 20 de septiembre.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Refugiados

En 1972, Giorgos Dalaras –quien ha llegado a ser el cantante popular más importante de Grecia– grabó el disco Asia Menor. Una obra con letras de Pitágoras (no el filósofo) y música de uno de los más importantes compositores helenos, Apostolos Kaldaras. Tuve la oportunidad de conocer, y obtener, la bella edición de 2004 con textos en griego e inglés, gracias a un amigo de ese país. Los once cortes del disco hablan de la Catástrofe; la expulsión de los griegos que vivían en Turquía. Hubo millón y medio de desplazados y más de 300 mil griegos muertos. Pero no es de música que quiero hablar.

El ingente desplazamiento forzado hacia Europa, que ya supera cualquier fenómeno parecido después de la Segunda Guerra Mundial, se produce por las líneas de confrontación entre musulmanes y cristianos en África, y entre musulmanes en Oriente Medio. Europa es el centro de convergencia de los refugiados y de los mercaderes de personas que pueden haber ganado 160 mil millones de euros en el último lustro, según DW. En América, el mercado de migrantes a Estados Unidos mueve 12 mil millones de dólares al año, según la OIT. Pero no es de negocios que quiero hablar.

Las mafias de trata de personas son la última parte de la cadena de esta movilización de muchedumbres. En el comienzo de la cadena están las guerras y los abusos de gobiernos autoritarios. En América, las guerras de Centroamérica y los Andes y las dictaduras del Cono Sur expulsaron a millones de personas desde hace cuatro décadas. Estos casos fueron sistemáticos y poco deliberados. También los hubo episódicos y deliberados como la expulsión de ciudadanos indeseables por parte del régimen castrista de Cuba en los eventos conocidos como Camarioca en 1965 (entre 3 y 5 mil expulsados) y Mariel en 1980 (125 mil). Tal vez allí aprendió Nicolás Maduro como desplazar colombianos. Pero no es de política que quiero hablar.

Basta sentarse con un poco de atención a mirar las imágenes que ofrece la televisión internacional, las fotografías, a escuchar los testimonios de los refugiados. Basta releer la letra del cuarto corte del disco de Dalaras: “ser un refugiado es incluso más amargo que la muerte”. Y después, escuchar a quienes justifican el desplazamiento. Nadie en Colombia había justificado el desplazamiento forzado hasta que la Marcha Patriótica y algunos grupitos que se proclaman de izquierda salieron a decir que Maduro estaba en lo cierto y que había procedido correctamente. No es música, ni negocios, ni política, es humanidad. Dirigentes políticos que no conocen la compasión porque no les importan las personas y a quienes no les interesa saber que el arraigo es una necesidad profunda de los seres humanos (Simone Weil).

“En el lugar donde debería estar el padre, está la madre buscando a sus hijos”.

El Colombiano, 13 septiembre

domingo, 13 de septiembre de 2015

La tercera realidad


Los textos que se reúnen en este libro tienen como trasfondo la historia colombiana entre 1994 y 2014, y reflejan una parte de las discusiones nacionales sobre paz y reconciliación, derechos humanos y derecho humanitario. Son textos disidentes: contra el guerrerismo y el pacifismo ingenuos; contra la laxitud del Estado respecto a los límites de los actos legítimos de la fuerza pública y contra la violencia guerrillera ensañada con los más humildes; contra el espíritu reaccionario que detesta los derechos humanos y contra los que los usaron como un instrumento arrojadizo en medio de la niebla de la guerra.

Estas variadas disidencias, ejercidas durante veinte años por el autor, pueden ayudar a iluminar algunas de las tensiones que se avecinan. Aún en medio de la guerra, hay que tratar de mantener presente el horizonte de la democracia y de la reconciliación para que pueda darle forma a la manera de conducir las hostilidades, a los intentos de solución negociada y a las medidas posteriores a los eventuales acuerdos.

Conversación del autor con el periodista Daniel Rivera

Fecha y hora: lunes 14 de septiembre de 2015, 8:00 p.m.
Lugar: Salón Humboldt, Jardín Botánico de Medellín

lunes, 7 de septiembre de 2015

Diplomacia descosida

La crisis, ya crónica, con nuestros vecinos es uno de los casos particulares de la ineficiencia del gobierno nacional. La malicia política de Santos fracasó estruendosamente al pagarle a Ernesto Samper los favores recibidos en su campaña reeleccionista con su postulación para que fuera nombrado Secretario de Unasur para ayudarle a superar su condición de paria internacional, darle todas las garantías a los países del Alba y acabar de hundir a Colombia.

En Colombia los más ingenuos creyeron que una política de guante de seda funcionaría con dirigentes ideologizados como Rafael Correa o Nicolás Maduro o con simples corruptos como Diosdado Cabello o Daniel Ortega. Y confundieron la calma chicha con las buenas relaciones diplomáticas. La canciller se sonríe con sus pares de los países vecinos mientras ellos cada que pueden mandan dentelladas a la yugular colombiana.

La calamidad humanitaria en la frontera con Venezuela es el resultado de una mala política exterior. Santos está –hoy por hoy innecesariamente– hipotecado a Maduro al ponerlo como garante de las negociaciones con las Farc en La Habana. No le han dicho que el acuerdo, que esperamos, ya no necesita a los venezolanos, y el plato roto lo están pagando los residentes colombianos en Venezuela y las gentes que viven en la frontera.

Correa se había calmado con Colombia porque el gobierno le hizo concesiones a raíz de las quejas ecuatorianas por la aspersión aérea en la frontera y porque Colombia gira –me dijo un dirigente ecuatoriano– un millón de dólares mensuales para la atención a los refugiados colombianos en ese país. Como si no aprendiera la lección, se dice que Santos está escogiendo a Ecuador como sede de los diálogos con el Eln y así quedaremos en manos de Correa por unos años más. Ya Correa les pidió a sus compatriotas que no compraran productos en Colombia (El Tiempo, 02.09.15).

Nos quedaba Panamá, pero el año pasado Colombia –por iniciativa del Ministro de Hacienda– quiso meter al istmo en la lista negra de paraísos fiscales. Ahora que Colombia necesitó el voto de Panamá en la Organización de Estados Americanos para convocar una reunión de cancilleres con el fin de discutir la crisis con Venezuela, los panameños se abstuvieron y contribuyeron a la derrota (una más) diplomática del gobierno y del país (La silla vacía, “El factor Panamá, clave en la derrota de la OEA”, 02.09.15).

La política adversarial y beligerante de los dos administraciones de Álvaro Uribe no fue sustituida por una política dialogante sino por una no-política. Seis años de santismo han demostrado que el país carece de una estrategia diplomática y que el gobierno se ha especializado en acumular derrotas. No con las potencias continentales; con Nicaragua, Ecuador, Venezuela, Panamá. Y sus efectos no son abstractos: pregúntenles a los isleños y a los guajiros.

El Colombiano, 6 de septiembre.