lunes, 27 de septiembre de 2021

Vacuna literaria

Sacando la cabeza del lodo y metiéndola a la fiesta del libro de Medellín, porque la de Madrid fue lodo también, quisiera hablar de libros, un remedio como pocos.

En lo que va de pandemia vemos una eclosión de publicaciones sobre el río Magdalena. Soy del Cauca y, como el poeta Jaramillo Escobar, “tuve una larga conversación con el río Cauca y me lo dijo todo”, pero hay que entender otras aguas de nuestro país. Ignacio Piedrahíta publicó Grávido río (Editorial Eafit, 2019), un relato en primera persona con la visión múltiple y bella que ha logrado afirmar el autor; este es mi favorito. Se lanzó Magdalena: historias de Colombia de Wade Davis (Crítica, 2021), catapultado por el rigor y los antecedentes del autor. Su publicación me hizo recordar el trabajo ingente y casi inédito de Juan Gonzalo Betancur, a quien Davis con justicia agradece largamente, quien se recorrió el río en seis meses y registró su labor en medios menos antiguos. En una arista más científica, el Banco de la República acaba de publicar Río Magdalena: territorios posibles, que incluye un capítulo de mi querido compañero Juan Darío Restrepo.

El escritor Alonso Sánchez Baute coordinó para la Comisión de la Verdad la colección Futuro en tránsito (2020). Se trata de 13 títulos cortos, cada uno con tres textos de tres autores y autoras de Colombia invitados a escribir su mirada sobre la paz del país, inspirada en una palabra que presta el nombre a cada libro de la colección. Son apreciaciones desde distintas regiones, artes, oficios, ideologías políticas y credos, que aspiran a suscitar una reflexión son actitudes y valores sociales que bloqueen la repetición de la violencia política.

El filósofo Iván Darío Arango, consagrado en décadas recientes al pensamiento colombiano, presentará a fines de año La filosofía política de Carlos Gaviria (Editorial Universidad de Antioquia, 2021). La obra del jurista antioqueño llamó la atención del profesor Arango hace ya un buen tiempo, en especial su preocupación por la libertad. El esfuerzo de promover la recepción de nuestros intelectuales es una necesidad cultural y política, en un país en el que la academia sigue atada a las modas europeas y norteamericanas.

Cuadrado: panita, esta es mi historia (Vuelo azul, 2021) es un libro pulcro y correcto que cuenta en primera persona, sin ínfulas ni aspavientos, la vida de Juan Guillermo Cuadrado, una vida que en lo personal, social y profesional amerita un poema épico. Cuadrado representa el heroísmo contemporáneo en el deporte colombiano, sin versiones lastimeras sobre todas las desventajas posibles que tuvo en su vida —raza, pobreza, violencia, marginalidad— ni envanecimiento por sus logros.

Tigo: la empresa resolvió el asunto de mi correo. Gracias. Las empresas, como las personas, son imperfectas, y reconocer y corregir las mejora. Ojalá esta atención cubra a todos los usuarios.

El Colombiano, 26 de septiembre

lunes, 20 de septiembre de 2021

Sigo con Tigo

Pocas veces usé mis columnas para quejarme por el mal servicio de algunas empresas. Pero la reacción expresa de los lectores en esos casos me indica que en nuestro medio hacen falta más voces de los consumidores. El pudor por usar una ventaja personal desaparece cuando se sabe que también se está hablando por otros. Mi queja de dos líneas por el bloqueo de mi correo electrónico por parte de Tigo no fue la excepción.

Recibí varios mensajes de solidaridad y apoyo, y de ánimo para insistir en el caso. Cuando uno asume la voz del consumidor está planteando una situación paradójica que consiste en criticar a su proveedor favorito. Puedo decir que si estoy con Tigo es por dos razones: una, que alguien llamó patriotismo solidario, es que se trata de la empresa de origen local y público en el ramo; la otra, es que las demás me parecen socialmente antipáticas, ambas son extranjeras y oligopólicas.

Uno de los mensajes recibidos se refería a la tortura que implica hacer valer el contrato de servicios con la compañía. El truco de las empresas de servicios consiste en facilitarle la entrada al cliente y hacerle complicada la salida. Ni Kafka se hubiera imaginado de lo que son capaces los administradores de estas empresas para dañarle la vida al usuario, para incumplirle, cobrarle y mamarle gallo. En el asunto en cuestión, la joya con que salieron es que se iban a tomar “72 horas hábiles” para tramitar el problema, que no es lo mismo que resolverlo. En el primer segundo supuse que eran tres días, pero no. ¿Qué es una hora hábil? Un invento de un burócrata que cree que su misión no es el buen servicio. Hasta donde sé, ese no es un concepto legal. Las 72 horas hábiles van en tres semanas y contando.

El otro, de un señor muy juicioso, me puso de presente la violación de derechos que significa bloquear el correo. Dice él que “puede constituir una violación a la libertad de correspondencia, al derecho a las comunicaciones, aún más puede poner en peligro el derecho a la defensa, a la notificación de los actos administrativos y las actuaciones judiciales, en el caso de que esa dirección de correo sea la que tienes reportada en la Dian, ante entidades públicas o algún despacho judicial”. Me quedó claro. Y sin contar la usurpación de los archivos personales y el directorio de contactos, ni lo dispendioso que resulta estar cambiando las direcciones para que envíen facturas, resultados médicos y demás. Lo que yo tomaba como una incomodidad es algo más grave.

Es un deber hacernos buenos consumidores, es decir, aquellos que saben que cada compra es un contrato y que cada incumplimiento debe ser objeto de queja, reclamo o de alguna acción administrativa o legal.

El Colombiano, 19 de septiembre

sábado, 18 de septiembre de 2021

Gonzalo Sánchez, destiempos

A la guerra le sobraron 30 años. A las negociaciones les sobraron dos. Dos que hubieran podido ser decisivas para la puesta en marcha del proceso, en cabeza del gobierno que había firmado los acuerdos. El gran infortunio del proceso es que la implementación quedó en manos de la fuerza política enemiga del mismo, aunque traten de adornarlo de mil maneras.

Gonzalo Sánchez, “Este gobierno no hizo nada para detener el nuevo ciclo de violencia”, Diario Criterio, 12.09.21

lunes, 13 de septiembre de 2021

Oriana Fallaci

Quizá la primera víctima de la política de la cancelación en Colombia e Iberoamérica haya sido Oriana Fallaci. Oriana Fallaci fue una periodista y escritora notablemente arraigada en su Florencia natal y Nueva York, a pesar de la ubicuidad de sus quehaceres. Su influencia en las generaciones que maduramos durante los años setenta y ochenta del siglo pasado fue notable, en particular en los ambientes periodísticos, femeninos y políticos. 

Fallaci transformó el género de la entrevista a través de sus trabajos monumentales con personas del cine, los viajes espaciales y la política que mezclaban la profundidad investigativa con su perspicacia psicológica y valentía personal. No sé qué éxito pudieron tener los intentos de sistematizar y codificar su trabajo en las universidades. Se conoce sí el impacto de su trabajo, que pasó de las revistas y periódicos a los libros y de allí a las bibliotecas como material de consulta para quienes investigamos el mundo contemporáneo.

Su sentido de la libertad y su sospecha radical del poder, rayanos en el anarquismo, se convirtieron en un equivalente de lo que debe ser la ética periodística. Así construyó una maestría inimitable puesto que su ejercicio involucraba altas dosis de riesgo y temeridad (estuvo en Vietnam y Beirut, fue herida durante la masacre de Tlatelolco), valor para enfrentar a personajes poderosos y temibles y carácter para forjar un equilibrio entre veracidad y opinión personal. “El miedo es un pecado”, le dijo a alguien en una carta.

En su juventud participó en acciones de la resistencia contra el fascismo y militó en el Partido de Acción, el de su familia y el de Norberto Bobbio. Se apartó de todo grupo político y derivó  sus posiciones sobre la condición de las mujeres, las religiones, las guerras y las dictaduras, desde los prismas de la libertad, la dignidad personal y la justicia.

Se recluyó durante la década de 1990 a escribir la saga de su familia y a luchar contra un cáncer hasta que cuatro aviones secuestrados fueron lanzados contra edificios civiles y militares en los Estados Unidos. Entonces volvió a salir a la luz pública. Escribió un largo y conmovedor artículo titulado La rabia y el orgullo, que provocó la ruptura de los círculos progresistas. Para ampliar sus argumentos escribió La fuerza de la razón y Oriana Fallaci se entrevista a sí misma. Conocía el islamismo radical y detestaba la violencia. Las grandes editoriales en español no los publicaron, desde la izquierda la condenaron por criticar a los musulmanes y por su fuerte defensa de la cultura occidental, dejó de leerse en las clases de periodismo.

Los ataques de Al-Qaeda fueron hace veinte años; Fallaci murió hace quince, un quince de septiembre. Es una de mis heroínas.

Correo: cambié mi correo personal puesto que Tigo tiene bloqueada mi cuenta hace más tres semanas.

El Colombiano, 12 de septiembre

lunes, 6 de septiembre de 2021

Capitalismo consciente

Poco a poco se infiltra en el mundo la idea del capitalismo consciente. El denominador es preciso puesto que el capitalismo ha sido inconsciente en los dos sentidos de la palabra: inconsciente porque se ha basado en una interacción relativamente libre y espontánea que suponía beneficios por doquier; inconsciente —en el sentido valorativo de la palabra— porque partía de la premisa de que dadas esas condiciones (libertad y espontaneidad) cualquier resultado tenía que considerarse justo. Contra esta idea se alzaron, desde el siglo XIX, gentes tan distintas como Proudhon o el papa León XIII.

El objetivo del capitalismo consciente, tal y como lo plantea la organización líder del movimiento, es crear riqueza “financiera, intelectual, social, cultural, espiritual, emocional, física y ecológica para todas las partes interesadas”. Su filosofía expresa el enorme avance que supuso el capitalismo y asimila varias críticas a la forma actual de este sistema. Propugna, entonces, por su reforma. En Colombia, la organización más activa en la promoción de este ideal es Comfama.

Hasta aquí vamos bien. No es posible defender incondicionalmente el capitalismo realmente existente, más allá de bonitas declaraciones. La plataforma del capitalismo consciente es ambiciosa e integral; nada de acciones sectoriales o puntuales para apaciguar los espíritus.

Tengo tres peros. Uno filosófico, otro estratégico, el tercero cultural.

El pilar fundamental del capitalismo consciente descansa en la formulación del propósito y los valores esenciales, pero sus promotores no han hecho ningún esfuerzo destacable en este segundo aspecto. Un propósito sin la afirmación y práctica de unas virtudes fundamentales fue el gran fracaso de las utopías modernas. No estamos hablando de un asunto menor. Y uso la palabra virtud porque es el concepto clásico y porque ha sido rescatado por férreos defensores de un capitalismo libre y reformado como Deirdre McCloskey y Nassim Taleb. Además, después de que hay bolsas y transportadoras de valores hay que usar un término diferente. Filosofía.

La estrategia del capitalismo consciente se quedó corta después del ascenso del populismo y, en particular, de la experiencia del cuatrienio de Trump. Varias de las grandes corporaciones de Estados Unidos asumieron una política empresarial y comercial en abierto desafío al gobierno, en temas de migración, armas, ambiente, salud e información. Empresas y gremios no pueden vivir en concubinato con gobiernos contrarios a los ideales del capitalismo consciente. Las organizaciones del capitalismo deben hacerse visibles en la esfera pública y darle la cara a la ciudadanía que engloba a las partes interesadas.

Mi preocupación cultural, en particular con ciertos rasgos de nuestro modo de estar, tiene que ver con el cambio de apariencias. En Colombia somos veloces —los ejecutivos entre los más rápidos— en cambiar de imagen, lema y cuento. Luego la cosa se desvanece y quedamos en el peor de los mundos, desprestigiada la teoría y empeorada la práctica.

Declaro ser miembro del Consejo Directivo de Comfama.

El Colombiano, 5 de septiembre

lunes, 30 de agosto de 2021

Hasta el cuello

La basura estuvo, hasta ahora, debajo de la alfombra por cuenta de las protestas y la pandemia. En 2018 el gobierno de Iván Duque le otorgó contratos y puestos a cuatro grupos políticos que tenían a sus jefes en la cárcel o en procesos penales (La Silla Vacía, “Los cuestionados que mantienen cuotas nacionales”, 12.03.19). En 2020, la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres de la Presidencia de la República compró mercados para familias pobres con sobrecostos del 40%. La misma entidad está ocultando información sobre el destino de 200 mil millones de pesos para atención en salud, como tampoco le cuenta al país el costo de las vacunas, según denuncias del Instituto Anticorrupción.

El escándalo por la pérdida de 70 mil millones de pesos correspondientes al anticipo de un contrato del Ministerio de Tecnologías de la Información y Comunicaciones fue posible por la calma chicha en la que estamos y porque el desfalco dejó de ser del 40% y pasó al 100%. Pero no fue repentino. El proceso de adjudicación del contrato fue anormal desde el comienzo, tanto por el diseño, como por la calidad de los proponentes y porque un asesor de la ministra era socio de una de las compañías participantes (Germán Vargas, “Quién es la cara oculta”, El Tiempo, 25.07.21). La firma Centro Poblados está conformada por sociedades opacas que acreditaron experiencia en construcción y producción de muebles y ganó la licitación para prestar servicios de internet. El ministerio entregó el anticipo a terceros a pesar de que un banco rechazó las garantías.

Pero no es todo. La firma principal del consorcio participa en tres contratos que el Invías realizó a comienzos del 2021 por casi 500 mil millones de pesos y con anticipos de hasta el 50% (Germán Vargas, “Sanción ejemplar”, El Tiempo, 22.08.21). Lo que sigue es el juego que termina con que la plata no aparece, los contratistas demandan al estado y se ganan algunos pleitos, después cambian de razón social y vuelven a contratar con el estado porque apoyaron la campaña presidencial. Historia conocida.

¿Cómo ha contratado el gobierno de Iván Duque? Le compraron ventiladores malos a una empresa de licores, una polvorera y una compañía de software ganaron contratos para suministrar tapabocas, a una unión temporal que aparece en los papeles de Panamá le compraron ventiladores, el contrato de las batas para el sector de salud se lo ganó una empresa que hace carreteras; negocios triplicaron ventas y duplicaron utilidades como efecto de ese único contrato (La Silla Vacía, “Las perlas de la contratación para el Covid”, 18.07.21).

Poco antes de estallar el escándalo,  la Comisión Primera del Senado eliminó un capítulo sobre la protección a denunciantes de corrupción del proyecto de ley 341, según comunicado de Transparencia por Colombia. Blanco es, gallina lo pone.

El Colombiano, 29 de agosto

lunes, 23 de agosto de 2021

Casandra y la nave de los necios

Vayamos hacia atrás: la derrota gringa en Afganistán y el fracaso general del intervencionismo humanitario, las inundaciones y los incendios globales como efectos del cambio climático, la pandemia del Covid después una serie larga de epidemias regionales, la paz inestable y violenta en Colombia, el ascenso de los populismos de distinto signo. Una muestra de hechos recientes, todos calamitosos, todos previstos hace cinco o veinte años. Unos por científicos, otros por estudiosos sociales, muchos por diferentes filósofos.

No estoy hablando del tipo de observaciones que a largo plazo hiciera, poco antes de morir, Stephen Hawking. “La Tierra está amenazada en tantos aspectos que resulta difícil ser positivo”, dijo (Breves respuestas a las grandes preguntas, 2018, p. 187). Hablo de advertencias hechas respecto a eventos altamente probables que se producirían en cuestión de un lustro o poco más. La mayoría de ellas respaldadas por amplios acuerdos académicos y, menores, pero significativos voceros corporativos o políticos. Advertencias que, ya sabemos, no fueron escuchadas ni por los dirigentes ni por sus electores, tampoco por la masa crítica del empresariado.

Esta situación trágica se identifica con dos figuras alegóricas: una que se encuentra en Eurípides, Casandra, condenada a que no le creyeran sus profecías; otra elaborada por Platón, la nave de los necios o de los locos, tripulantes desordenados en un viaje a la deriva. La nave platónica representa la anarquía en un estado sin dirigentes sabios; en la Edad Media la nave representaba un mundo en crisis, desorientado, sin propósito ni virtud. En el mundo actual, los necios se caracterizan por el beneficio de corto plazo, la falta de control emocional y el sesgo en asuntos trascendentales.

Puede sugerirse que el pensamiento moderno emerge como un ensayo de variadas soluciones al problema de la nave de los necios. Piénsese en las utopías, el contrato social, la planeación racionalista, la mano invisible, la evolución de las especies, como las posibles respuestas más aceptadas. Piénsese, también, en la renovación de la ética y el desarrollo del pensamiento crítico como respuestas menos populares. En tiempos más recientes escuchamos propuestas más operativas vinculadas a los avances de la neurociencia y la psicología cognitiva.

Veo el planteamiento del biólogo social Robert Trivers como una macroteoría que estima que la nave de los necios se caracteriza por problemas de engaño y autoengaño (La insensatez de los necios, 2013). Si algunos nos engañan, estamos ante un problema ético; si la mayoría vivimos en el autoengaño, estamos ante un problema cognitivo; ambos son problemas sociales y políticos. Trivers ofrece algunos consejos para el comportamiento individual y, saludablemente, nos hace ver que somos más pendejos de lo que creemos. Hay que mantener a raya la necedad y escuchar a los sucesores de Casandra pues podrían ayudarnos a ser más previsivos y a limitar los daños de los eventos catastróficos.

El Colombiano, 22 de agosto

lunes, 16 de agosto de 2021

Medio pan sin circo

Los problemas políticos y sociales que estamos viviendo en el mundo se aceleraron por la pandemia, no son una consecuencia de ella; y los datos sobre la magnitud de la calamidad hablan más de la insuficiencia de las medidas gubernamentales que sobre la malignidad del virus. Esta conclusión se reafirma con los datos más recientes sobre pobreza en Colombia.

El moderado avance nacional en la lucha contra la pobreza, según cifras del Dane con corte a abril de 2021, se detuvo en 2014 y se disparó el año pasado, después de un lustro de pequeñas fluctuaciones al alza que sugieren un descuido en esa materia. El golpe ha sido terrible: 7% más incidencia de la pobreza monetaria en el país, para llegar 42,5%, mientras la pobreza monetaria extrema creció casi el doble pasando de 6,8% en 2019 a 12,8% en 2020. Los porcentajes no le hacen justicia a la magnitud del problema puesto que las 23 principales área urbanas han sido las más golpeadas, donde se concentra la mayor parte de la población.

Mientras la pobreza multidimensional disminuyó en Colombia, antes de la pandemia, en Antioquia aumentó y lo venía haciendo desde 2016 (durante la gobernación de Luis Pérez, cuando también aumentó la mortalidad infantil por hambre). En cuanto al impacto de la pobreza según el género del jefe de hogar, Antioquia se parece más a Córdoba (donde hay 6 puntos de diferencia en contra de las mujeres) que a Cundinamarca (donde sólo hay 2). En el Valle de Aburrá la tasa de desempleo juvenil crece incesantemente desde 2014 (15,2%) y saltó al 27,4% en 2020 y en la región tenemos 245.400 jóvenes que ni trabajan ni estudian (“Pobreza y desempleo alcanzan niveles inéditos en Medellín”, El Colombiano, 06.08.21).

Lo que más importa respecto al acontecer político suele ser la percepción. El Dane, con el apoyo de Unicef, realiza la encuesta Pulso Social en la que se indaga por redes, confianza y “bienestar subjetivo”. Desde julio de 2020 a junio de 2021 la percepción de las familias de Medellín sobre su situación ha sido peor que la del promedio de las 23 principales ciudades del país, con diferencias de hasta 15 puntos en febrero (8% en junio). El estado de ánimo respecto al futuro inmediato también es más malo, 9.5 puntos porcentuales de diferencia. 

Con los nervios de punta (≥40%), tristes (≥17%) y cansados (≥16%), los colombianos necesitamos un poco de solaz y alegría. ¿Qué hacen las autoridades? La ciudadanía sigue sin conciertos, exposiciones, fútbol. La televisión, el entretenimiento de los más pobres, ancianos y discapacitados, se privatiza a pasos agigantados. El costoso plan de cable no alcanza porque los programas atractivos se cobran aparte.

Solía hablarse de la decadencia de Roma como una sociedad de pan y circo. Con medio pan y sin circo ¿añoramos a Nerón?

El Colombiano, 15 de agosto

lunes, 9 de agosto de 2021

Trampas, trucos y traumas

Para el público amplio, el que no cavila, ni ata cabos, ni tiene información privilegiada, llegó la hora de la verdad. No me alegra decir que se han confirmado mis peores sospechas, las mismas que varias personas hicimos públicas en Medellín hace dos años. Que Daniel Quintero actuaba en favor de terceros, que su propósito no era gobernar a Medellín sino preparar las elecciones nacionales del 2022, que su misión no era servirle a la ciudad sino servirse de ella.

Esta semana Todos por Medellín, nuestra veeduría cívica, denunció que ya empezaron a pedirles a los funcionarios del municipio los datos para amarrar los votos. En el Inder les exigen diligenciar los datos sobre puesto de votación con el agregado de comprometer veinte personas del entorno del empleado. Un truco viejo aplicado con éxito por un grupo liberal de la ciudad, cuyo jefe apadrina a Quintero.

Esa es una de las artimañas para engordar la votación, la otra, elemental, tragarse la nómina. Y no basta la administrativa. Por eso la alcaldía decidió cambiar todo el mapa de contratación del municipio, eliminando decenas de instituciones y miles de personas con trayectoria reconocida, y destrezas específicas en la provisión de bienes públicos y remplazándolas por razones sociales salidas de la nada y personas sin las competencias apropiadas. La manera como se están afectando los servicios a la ciudadanía alcanza niveles dramáticos. Lo que ha pasado con el programa Buen Comienzo bastaría, pero lo mismo pasa si se mira la red cultural, el Hospital General, el Jardín Botánico… la lista es inagotable. Las trampas tradicionales aumentadas de forma exponencial. Los corruptos tradicionales sabían guardar las apariencias y obtenían como respuesta el resignado “roban pero hacen”.

El resultado inmediato es el deterioro de la calidad de vida de los habitantes de Medellín y el saqueo de los recursos públicos. Hay consecuencias traumáticas a mediano plazo para la ciudad. Una, la destrucción de la capacidad tecnocrática del municipio, tanto en su estructura interna como en la red de contratación pública; una faceta poco visible pero tan importante que algunos la llaman el “cuarto poder del estado”. La segunda consecuencia será la ruptura entre la sociedad civil organizada y los administradores del municipio, lo que implica un cortocircuito en los lazos de solidaridad de la ciudadanía con el estado, una declinación de la confianza en los gobernantes (está su cota histórica más baja) y la pérdida de los marcos que sostienen la civilidad (el comportamiento de la gente en la calle es ya un síntoma). El tercer impacto será el quiebre de la colaboración público-privada, una estrategia en la que Medellín fue pionera a nivel internacional y por la cual hoy se aboga como una de las formas más idóneas para salir de la actual crisis económica y social en los países occidentales. 

El Colombiano, 8 de agosto

miércoles, 4 de agosto de 2021

Esta tierra es mía: conflicto armado y propiedad rural en Urabá, Colombia


Esta tierra es mi tierra busca proveer una nueva lectura del conflicto armado en Urabá (Colombia), enfatizando en cómo los distintos periodos de disputa territorial afectaron las estructuras de propiedad rural desde mediados del siglo. Para lograrlo, se identificaron y caracterizaron los mecanismos de transferencia de la tierra en diferentes momentos del combate y la forma en que modificaron la distribución de la misma. Dada la naturaleza de largo plazo que tienen los procesos de consolidación de la propiedad, se estudian con detalle los años 2006 a 2011, inmediatamente anteriores a la negociación y firma del Acuerdo de Paz, que sentó las bases de la realidad que se vive actualmente en la zona. El análisis permite concluir, por ejemplo, que las características de los distintos modos de apropiación y transferencia de tierras deben ser tenidas en cuenta por la Fiscalía General de la Nación y otras agencias estatales colombianas a la hora de asignar predios o dirimir controversias sobre su restitución. 
 
Juan Carlos Muñoz Mora
Jorge Giraldo Ramírez
Jose Antonio Fortou
Sandra Lillian Johansson

lunes, 2 de agosto de 2021

Venia a Támesis desde Jardín

Narrativas pueblerinas —el espacio literario y musical que se lleva a cabo en Jardín desde 2017— llega a su quinta versión con un cambio de aire. Las primeras cuadro ediciones estuvieron dedicadas a escritores jardineños y ahora vamos a andareguiar por las vecindades para reconocer compositores y narradores de estas tierras. Iniciamos este ciclo con Támesis, un pueblo en apariencia lejano del nuestro debido a los caprichos e intereses que trazaron las carreteras; pero cercano por todo lo que interesa: el ecosistema, las familias, los caminantes; cercano por la imaginación que lo pone allá detrás del alto de la Tribuna y de la Leonera; tan cercano que es común su nombre en nuestras bocas.

Vamos a celebrar a Hipólito de J. Cárdenas (1895-1973), un andino que pasó algunos años de su infancia en Jardín durante el tiempo en que su padre dirigió la banda del pueblo y que, después, le puso letra a un poema de Aurelio Martínez Mutis (1884-1954) para dejarle el himno al municipio. Erró Cárdenas como buen antioqueño, pero fue acogido en Támesis donde dirigió la banda durante 26 años. Como nada es coincidencia, el maestro John Fredy Ramos de la Escuela de Música de Jardín y estudioso de la vida y obra de Cárdenas dirigirá la interpretación de algunas de sus obras académicas. Algunas de las piezas populares serán presentadas por don Carlos Alberto Pérez, con el respaldo de La cabaña del recuerdo, de Envigado.

Vamos a celebrar también a Mario Escobar Velásquez (1928-2007). Escritor tamesino —más errante aún que Cárdenas—, creador de una obra notable en cantidad y calidad, atravesada por “una escritura de fuerte intención realista pero que sabe ver ese otro lado de la realidad”. Esta frase es de Claudia Ivonne Giraldo, directora de la Editorial Eafit, quien estará contándonos sobre la obra de Escobar, al lado de Jairo Morales Henao, director del Taller de Escritores de Biblioteca Pública Piloto, y de Juan Luis Mejía, exrector de la Universidad Eafit. Se trata de un momento oportuno para invitar a la lectura de los cuentos y novelas de un escritor poderoso, cuya obra, por fortuna y designio de nuestros invitados se publica de nuevo y se difunde.

Narrativas pueblerinas se llevará a cabo en el Teatro Municipal de Jardín durante las vespertinas de los días 13, 14 y 15 de agosto. Nos alegraremos de estar juntos después de la cuarta edición a través de pantallas. Comfenalco, Confiar, la Corporación Cultural de Jardín, la Universidad Eafit y la Fundación MUV auspician esta iniciativa de la Escuela de Música de Jardín y la casa de huéspedes Gallito de las Rocas. Desde el teatro remodelado y el anfiteatro natural en el que viven sus habitantes, Jardín le hará una venia a su vecino, a su historia, sus gentes y nuestra amistad.

El Colombiano, 1 de agosto

lunes, 26 de julio de 2021

Salidas

Me dice Wikipedia que “la catatonia es un síndrome neuropsiquiátrico caracterizado por anormalidades motoras, que se presentan en asociación con alteraciones en la consciencia, el afecto y el pensamiento”. En suma, paralítico, inepto e insensible. Estaba buscando un término que le cupiera bien a este gobierno y me salió este. Duque catatónico; suena bien. Lo grave es que somos 50 millones de colombianos a la deriva y queda un año. Hay que hacer algo.

Las iniciativas de diálogo se están multiplicando, sobre todo desde las universidades (esta semana 16 instituciones de educación superior iniciaron Pilas con el futuro para conversar sobre 14 temas que se desdoblan… en fin). No hay que recargar la acción comunicativa, es buena y necesaria, pero la vida social y política es mucho más que eso. Necesitamos propuestas de salida; como dicen los practicistas, —a veces les doy la razón— necesitamos “terminativas”, además de iniciativas.

Fernando Carrillo, siendo procurador, lanzó una serie de Cumbres de Diálogo Social durante el 2020. Carrillo —como todos, excepto en ese extraño lugar ubicado por los lados de la calle sexta y la carrera octava en Bogotá— sabía lo que estaba pasando y estaba impulsando el diálogo como “antídoto eficaz e insustituible para recuperar la salud de nuestra vida democrática” (“Diálogo social: el antídoto contra la violencia”, El País, 20.10.20). Ya fuera del servicio público, Carrillo está proponiendo una salida que consiste en realizar una consulta popular que le dé una ruta al congreso y gobierno próximos (“Una consulta popular como salida a la crisis en Colombia”, El País, 23.06.21).

La propuesta de Carrillo tiene varias cosas buenas. Le sale al paso a las ganas que el petrismo y el uribismo tienen de una asamblea constituyente; la panacea populista en los tiempos que corren. Refrenda la convicción de que tenemos un marco constitucional que ofrece alternativas, tanto procedimentales como sustantivas, a la crisis. Puede servir de canal para recoger los avances de las distintas reflexiones y proyectos deliberativos en curso. Los puntos que insinúa, así como las agendas de las universidades, me parecen demasiado generales y, por tanto, desenfocadas, pero eso es parte del debate. 

Lo clave aquí es que no podemos desentendernos de la crisis, ahora que bajaron la presión social y la curva de contagios. Seguimos sentados en un polvorín; nadie se puede llamar a engaño. Los notables avances del estado desde 2005 pueden perderse, como ya se perdieron gran parte de los logros sociales. Ojalá surjan más propuestas de superación y ojalá tengamos algunas que se enfoquen en la mitigación. Es que un año más sin soluciones es demasiado.

Lamento: deplorables los daños ocasionados en Parque Explora esta semana. Autoridades eficientes persiguen y judicializan a los delincuentes en vez de echar discursos contra los ciudadanos que protestan y los organismos internacionales que buscan protegerlos.

El Colombiano, 25 de julio

lunes, 19 de julio de 2021

Símbolos

Una de las cosas que mejor refleja el estado de un país son sus símbolos. De eso son muy conscientes las naciones fuertes (también las religiones). Lo vemos cada 4 de julio en Estados Unidos, cada 14 en Francia, los 16 de septiembre en México o  los primeros de octubre en China. Más allá de la parafernalia, los discursos y la pirotecnia, lo que se demuestra es la congregación de una multitud alrededor de lo que los une.

Una de los mayores defectos de los grupos dirigentes en Colombia ha sido su falta de sentido simbólico, que puede ser consecuencia de muchas cosas. Del débil espíritu democrático, por ejemplo. Recuerdo el escándalo desatado contra el gran Kid Pambelé cuando se puso la bandera tricolor en su pantaloneta. La bandera empezó a ser de todos hace apenas tres décadas cuando una nueva constitución coincidió con varios acuerdos de paz y con el cambio de uniforme de una selección de fútbol triunfante. Ahora amenaza con ser objeto de disputa, como pudo verse en el reciente estallido social durante el cual el gobierno se vistió de traje camuflado mientras los manifestantes usaban el amarillo, azul y rojo.

La revuelta popular de mayo será un festín para los semiólogos, eso espero. En el plano simbólico otra de las cosas inquietantes fue la destrucción de estatuas porque todo ataque a la belleza afecta el bien y la verdad (le creo a Roger Scruton). La que más me dolió fue la de Antonio Nariño, de quien nos enseñaron que era el Precursor, padre de los derechos humanos en el país, ni más ni menos. Hice memoria y recordé que quienes empezaron todo esto fueron la junta del banco central y algunos congresistas que sacaron a Nariño del billete para terminar incluyendo, digamos, a Carlos Lleras Restrepo (¡válgame Dios!).

La gran oportunidad de la dirigencia eran los bicentenarios: el político de 1810, el militar de 1819 y el constitucional de 1821. Eran, en pasado imperfecto; fueron oportunidades perdidas, en pasado perfecto. Hacia 2010 el gobierno estaba muy ocupado organizando una sucesión presidencial que luego lamentó; en 2019, estaba Duque y nadie le recordó el detallito de la batalla de Boyacá y del bicentenario del ejército; en 2021, espantan en la Casa de Nariño y solo algunas academias de historia se percataron de los 200 años de la constitución de Cúcuta.

Dicen los clasicistas, que el origen griego de la palabra es jurídico y que se usó para significar un pacto, una alianza política, y, además, en el ámbito religioso, una comunidad. Los símbolos expresan la unidad de creencias de quienes los usan. Sýmbolon es unir, reunir. La acción opuesta es desunir, dividir; el agente (según mi diccionario griego) es un calumniador, malvado. Ese contrario de sýmbolon tiene nombre: diábolon. También es el mismísimo…

El Colombiano, 18 de julio

lunes, 12 de julio de 2021

Tenemos que hablar Colombia

Tenemos que hablar Colombia se lanzó el 30 de junio pasado por parte de seis universidades (Andes, Eafit, Industrial de Santander, Nacional, Norte y Valle) con el apoyo de Sura y la FIP, como “una plataforma colaborativa de diálogo e incidencia ciudadana” con el fin de “recoger ideas que señalen caminos de acción y decisión pública a partir de nuestra diversidad y posibilidades de futuro” (con ese nombre puede visitarse su página web).

Esta iniciativa debe verse como una continuidad, al menos, de proyectos recientes que se han venido llevando a cabo en el país. Como ejemplos locales puedo mencionar Debates críticos (Eafit), Otras memorias (Comfama, Confiar y Universidad de Antioquia), El derecho a no obedecer (Otraparte). Sobre caminos de acción, Mauricio García Villegas nos convocó a 25 académicos en 2018 y la consultora McKinsey a 47 ejecutivos en 2019. Conversar y proponer no ha faltado, y nunca sobra; lo que ha faltado es buena argumentación y escucha, sobre todo por parte de la clase política.

Esta propuesta tiene al menos cuatro retos. El primero tiene que ver con el alto nivel de dispersión de los intereses y de imprecisión del malestar que existe en el país. La crisis actual muestra las dificultades para identificar cualquier forma de representatividad; habría que buscar mecanismos aleatorios, quizás algunos indirectos, para captar la opinión de las personas de a pie.

El segundo reto está relacionado con el esfuerzo por convertir la expresión emotiva en palabra. La gente se expresa moralmente a través de la ira, el resentimiento y la vergüenza. Son emociones humanas. ¿Cómo interpretar la emotividad de un grito, una vidriera rota? Uno de los fracasos del proyecto ilustrado fue intentar traducir todo sentimiento a enunciado verbal. La conversación tiene que complementarse con rituales, símbolos, gestos, que conecten con los sentimientos de agravio que existen entre nosotros.

El tercero tiene que ver con el despliegue de un léxico y unas reglas básicas de reconocimiento de los demás como semejantes. Si el otro se ve solo como un vándalo o un asesino, no habrá conversación. Esto no debería ser difícil en Colombia, donde se habló con Pablo Escobar, Carlos Castaño y Manuel Marulanda. No cabe ahora con el cuento de que esto es solo entre gente “de bien”. Íngrid Betancourt dio una lección de cómo hacer esto en su comparecencia ante la Comisión de la Verdad.

El último de los retos que preveo tiene que ver con el hecho de que diálogos asimétricos, entre auditorios desconfiados, exigen la realización paralela de acciones que demuestren la buena voluntad de las partes institucionales (así no sean gubernamentales). Se requieren actos de respeto y generosidad, unilaterales, gratuitos y significativos, que le hagan saber a las partes no institucionales que existe seriedad y compromiso para cambiar la forma en que nos venimos relacionando.

El Colombiano, 11 de julio

lunes, 28 de junio de 2021

127

Con su rostro en primer plano el detective inspector Fred Thursday comenta: “Si el guardián no protege la ciudad, en vano vigilan los centinelas”. El comentario está dirigido a la audiencia, aunque a su lado se encuentre su pupilo, el joven detective Endeavour Morse. Fue el final de un capítulo intermedio de una de las más recientes temporadas de Endeavour, una serie de televisión basada en personajes del escritor Colin Dexter. La frase se justifica porque Oxford está viviendo una ola criminal que claramente involucra a funcionarios corruptos y Thursday apunta a que ese tipo de problemas vienen de arriba.

Cualquier persona con una socialización cristiana identificará en la Biblia esa sentencia. Se trata del salmo 127. Para los exégetas que no derraman una gota de sudor el guardián no es otro que el Señor, con sus diferentes nombres. Thursday, que es un hombre creyente, ofrece una interpretación que baja el texto a los niveles terrenales, como correspondería si fuera cierto que su autor es el rey Salomón. El guardián es el jefe de la ciudad, los centinelas son los funcionarios que están bajo su mando.

El detective nos plantea un problema de filosofía política: si el gobernante es malvado o incapaz, no habrá solución seria posible a los líos que se presenten en otras instancias subordinadas. Es una discusión clásica, ¿instituciones o individuos? Por ahora se puede zanjar de la siguiente manera: en organizaciones centralizadas y jerárquicas la calidad de los dirigentes afecta significativamente el desempeño de las mismas. Eso pasa en las corporaciones y en los regímenes presidencialistas (aunque no solo en estos, como lo demuestra el caso de Silvio Berlusconi en Italia).

El economista turco Daron Acemoglu sostiene que uno de los problemas más serios que tienen las empresas es el poder y los beneficios de los gerentes, en detrimento de accionistas y partes interesadas (“CEOs are the problem”, Project Syndicate, 02.06.21). Acemoglu apela a remedios clásicos como reducción del poder discrecional, control con posibilidades de sanción, más líneas rojas claras y “mayor presión de la sociedad civil”. Todo esto aplica a los gobernantes; el problema es que en la administración pública esas limitaciones ya existen, pero la concentración de poderes y la corrupción impiden que sean eficaces.

Otra discusión es la que se plantea sobre el gobernante malvado y el incapaz. Ortega y Gasset lo tenía claro y, sin citarlo, el economista italiano Carlo Cipolla también. El estúpido es peor que el malvado, porque el malvado beneficia a algunos y el estúpido perjudica a todos, porque el malvado necesita tiempo para maquinar y el estúpido hace daño aun durmiendo. Esta discusión se da sobre la base de que todavía es posible un escenario peor, es aquel donde nadie manda, donde hay vacío de poder y pérdida de legitimidad de la autoridad.

El Colombiano, 27 de junio

lunes, 21 de junio de 2021

Tiempos políticos

Vivimos tiempos saturados de política. Se politizaron con justificación antiguos asuntos privados (sexo, violencia, ambiente) y de forma delirante algunas formas comunicativas (humor, lenguaje, arte). Los amigos se distancian, las familias se rompen, buenas personas quisieran matar, por cualquiera contrariedad política. No siempre es así y no debiera ser así.

La política es un fenómeno irreductible en la sociabilidad humana. No se puede vivir sin política, pero hay épocas en las que la política va a la trastienda, se invisibiliza y deja el escenario a las otras facetas de la vida: la producción, el comercio, el arte, la diversión, el ocio. Lo privado y lo íntimo se expanden. Lo público se vuelve etéreo; no es que desaparezca, deja de ser conflictivo y, entonces, no parece que existiera gobierno sino solo administración.

Tiempos como esos vivió el mundo desarrollado, brevemente entre algún año de la década de 1980 y, digamos, el 2016. En otros países ese periodo fue más corto o, como en Colombia, toda la energía política se concentró en la guerra y los demás asuntos permanecieron neutrales. Durante esas pausas el manejo del mundo parecía una cosa de administradores y abogados. Todo técnico en ascenso tenía que coronarse un MBA, todo humanista activo debía incurrir en el derecho, como marco regulador estatal o global. Y eso porque los estados habían concedido más espacios al mercado, lo nacional se desvanecía en favor de lo global; menos acción, más gestión; menos pensamiento, más planes, leyes y normas ISO.

Ahora ha vuelto la política; con ella vuelven a la palestra el estado, las fronteras, la esfera pública, los movimientos sociales. Son más relevantes las habilidades comunicativas que las ejecutivas, es más importante la palabra que los números, la comprensión desplaza a la información, las virtudes son más valiosas que las competencias, los valores son más necesarios que las metas, la estrategia vale más que el resultado inmediato.

Pero la política también tiene su lado oscuro: mentira, intolerancia, pugnacidad, violencia. Los colombianos creímos que todos los males de la política y sus peores consecuencias se debían a la acción de los grupos armados ilegales con sello ideológico. Ya nos dimos cuenta de que no, ya sabemos que ellos solo representaban el punto extremo de unos vicios que corroen a toda la sociedad. 

Durante tres siglos vivimos en la falsa dicotomía entre consenso y conflicto. Los consensos son casi utópicos, los conflictos son fruto cotidiano. El reto de la política contemporánea es abordar el conflicto —lección de Estanislao Zuleta, hace casi cuarenta años. El sistema democrático, en su versión más fecunda, es la forma más reciente y refinada de resolución de conflictos. Pero no solo de instituciones vive la política, se requiere una cultura democrática. Los dramáticos problemas que estamos presenciando nos ponen de presente un déficit en ambos sentidos.

El Colombiano, 20 de junio