miércoles, 31 de julio de 2013

Horizontes 2013

Entre las varias efemérides centenarias importantes de la región –que anda rescatando el periodista Reinaldo Spitaletta en su programa de Radio Bolivariana– está la presentación en sociedad de “Horizontes”, el famoso cuadro de Francisco Antonio Cano. Con esta obra, como con otras, pasa que son tan familiares e interpretan tan bien un imaginario regional, que siempre nos parecen obvias.

No sé si estuvo en la intención de los organizadores de la exposición “En el horizonte de Cano: una mirada desde el arte actual”, que está a punto de cerrarse ya en la Universidad Eafit, cuestionar esa obviedad cuando convocaron a varios artistas a trabajar sobre la obra en una perspectiva que no podía sino ser contemporánea. Y no interesa, pues el hecho es que se cumple.

Me llama la atención la instalación “Natura” de Freddy Alzate, que podría llamarse apocalíptica sino fuera ya una realidad en las zonas de Antioquia depredadas por la minería informal del oro, los cultivos ilícitos y la feroz y poco denunciada explotación de la madera. Y que cada vez es más probable en nuestros centros urbanos por la falta de compromiso ambiental y de responsabilidad cívica de los constructores.

Dora Mejía, en “Multitud”, muestra el principal agente de todos los riesgos: la sobrepoblación que ya no deja ver montañas, ni verdes, a veces ni cielos. La misma que dejara sin habla hace algunos años a un colega neozelandés con una cerveza en mano en Santo Domingo Savio, porque en los ojos le cabía toda la población de Nueva Zelanda con solo girar la cabeza 180 grados. Y que por virtud de planeadores y curadores está sembrando las montañas de casas de varios miles de millones de pesos.

En “Una serie de horizontes”, César del Valle hace de la desesperación un poema. Los pocos segundos en que Ramiro Meneses –en una escena de “Rodrigo D”– mira con tristeza a través de una ventana y se golpea repetidamente la frente contra el cristal se convierten, mediante la reiteración, en una imagen angustiante que describe con elocuencia los momentos cumbre del no futuro en Antioquia.

En unos pocos centímetros cuadrados de papel, Catalina Salazar recuerda que, al fin y al cabo, este mundo, sus ideas y sus paisajes son una creación; no son una simple cosa recibida. Ella invierte la mano izquierda campesina de Cano y la muta a la derecha divina de Miguel Ángel. Hace parte del trabajo “Copia horizontal” del Taller La Estampa. Y desafía –me parece– las anteriores inquietudes. Si el mundo es una creación, humana como yo la veo, todo lo que sucede a nuestro alrededor será porque quisimos que así fuera, porque nos desentendimos y otros lo hicieron a su modo o porque, enterándonos de lo que pasaba, nos dejamos vencer por la pasividad y el conformismo.

El Colombiano, 28 de julio

jueves, 25 de julio de 2013

Fuerzas extrañas

La palabra “fuerzas extrañas” es la más usada por estos días en Colombia y es probable que sea una de las más usadas en el país desde que tengo uso de razón. Más aún, se podría aventurar que es un invento colombiano; uno de nuestros aportes a un diccionario de política. Porque se usa como término político. En estas semanas se usa a propósito de la decena de paros que se le vino encima al gobierno. Lo usan periodistas que se las dan de progresistas, el gobierno que se las da de moderno y los gremios que no se las dan de nada.

A quienes nacimos con el Frente Nacional la palabra “fuerzas extrañas” nos causa irritación. Durante más de 5 décadas se ha usado para justificar atropellos y desoír a la gente. Pero junto con las emociones debe ir el análisis político. La palabra fuerzas extrañas puede ayudar a entender el tipo de régimen político que tenemos y la clase de dirigencia política que medra en él.

Fuerzas extrañas es una expresión usada por el gobierno para deslegitimar las manifestaciones sociales de inconformidad. Cuando se usa ya se está reprobando la libertad de expresión y movilización de los ciudadanos y se están desconociendo los análogos derechos constitucionales. A la vez, un gobierno que hace eso, socava su propia legitimidad al quebrar una de las vías principales para interpretar las demandas de la sociedad.

En esto Juan Manuel Santos se parece más a un primer ministro árabe que a cualquier gobernante democrático. Basta que hubiera seguido el ejemplo de Dilma Roussef en Brasil para que se le hubieran ocurrido algunas ideas más sensatas de como dirigirse a grupos de inconformes.

Que el gobierno use la expresión fuerzas extrañas para sindicar a un congresista resulta casi de la misma gravedad. En las democracias los congresos están hechos para representar los intereses de sus electores, incluyendo intereses gremiales o corporativos. Lo que es vergonzoso hoy en el congreso es que los congresistas que salieron electos con los votos de los mineros, cafeteros, camioneros, paperos, no usen el legislativo para exponer abiertamente sus posiciones y defender sus intereses.

En época de elecciones –y ya vienen unas– el congresista va y le pide votos y plata a todos esos grupos. Una vez electo les hace pistola y se sienta a recibir las gabelas del Ejecutivo y a votar todo lo que les diga un ministro. Cuando esos grupos de ciudadanos o de presión necesitan voz, el congresista tampoco se las da y entonces se van a la protesta. En ese momento el congresista se esconde y si no se esconde el gobierno lo acusa de ser parte de las fuerzas extrañas.       

Fuerzas extrañas: un reflejo de la baja calidad democrática de gobernantes y clase política.

El Colombiano, 21 de julio

martes, 16 de julio de 2013

Constitución de ciudad

Es bien conocida la distinción clásica que hizo Ferdinand Lasalle hace siglo y medio sobre la constitución política de un país entre la real y la de papel. Las ciudades también tienen sus constituciones. Tenemos los planes de desarrollo que se socializan en los medios públicos y privados, en costosos impresos, se revisan y monitorean en los concejos, los proyectos ciudadanos –donde los hay– y las rituales rendiciones de cuentas.

Pero también existe la constitución real en una ciudad y buena parte de ella se juega en el Plan de Ordenamiento Territorial, el famoso POT de la jerga técnica y administrativa. ¿Por qué es posible que un vecindario termine rodeado de bares y discotecas? ¿En virtud de qué es posible que a un barrio residencial le claven un casino en medio? ¿Por qué una zona de montaña, sin vías ni andenes, puede acabar sembrada de torres de 20 pisos? ¿Cuál es la razón para que hospitales y centros educativos puedan cercarse con lugares de diversión? ¿Por qué te pueden meter un puente por la ventana de la sala de tu apartamento en el cuarto piso? Buena parte de las explicaciones están en el POT.

Y el POT no se ve en las campañas electorales, ni en los planes de desarrollo, ni siquiera en los informes de gestión pública o en los análisis de la calidad de vida. No se ve. El POT es el sustrato, es la constitución. Lo demás son las vestimentas, el modo de hacer las cosas. En los POT aparecen los verdaderos factores de poder. ¿Por qué le interesa la administración pública a los constructores, empresarios del juego y la diversión, propietarios y especuladores de la tierra urbana? Por el POT. De eso saben y ahí meten la mano, lo demás son fruslerías.

Ahí está gran parte de la constitución de una ciudad. No toda. La otra se juega en la ilegalidad. ¿Me autorizan un edificio de 10 pisos? Pongo 2 más y después veremos. ¿Me dieron licencia para una tienda? Pongo licorera y música en la calle; que después me reclamen. ¿Restaurante? Con cuatro mesas me apropio de los andenes; ¿alguien protestará?

En los POT se juega la economía política de una ciudad, quiénes serán ricos en los próximos 20 años y quiénes verán desvalorizado su patrimonio para siempre. Buena parte de los problemas de convivencia y de seguridad de una urbe se define en la forma como se ordena el territorio, como se estipulan las actividades sociales y económicas en las zonas de la ciudad. Después de que usted ponga cierto tipo de negocios en un barrio, no habrá policía que valga para controlar el narcomenudeo o las riñas de fin de semana.

Pocas cosas afectan tanto la vida cotidiana de un ciudadano como un POT, pocas le son tan ajenas.

El Colombiano, 14 de julio.

jueves, 11 de julio de 2013

La época presente

La época presente es una época de indolentes, charlatanes, incongruentes y agoreros. Es un diagnóstico fragmentado que brota de la primera lectura de un texto fascinante, elusivo, engañosamente fácil, publicado en 1846. De esa obra dijo Karl Jaspers hace ochenta años que parecía haber sido “escrita ayer”. En 2013, sin ninguna originalidad, podemos decir que parece haber sido escrita anoche mismo.

La época presente no es buena para los hombres de acción. El modelo dominante es el individuo “que se queda en la cama por la mañana “: sueña mucho, se adormila, enseguida se echa un cuento para no levantarse. También tiene su opuesto: se levanta temprano, corre, se comunica (tiene 200 mensajes en la bandeja de entrada), termina agotado el día y al final no ha hecho nada. Es el reverso de la inactividad; la trabajadera improductiva.

La época presente es una época de charlatanes. No se conversa, solo se charla. La conversación es versar conjuntamente sobre algo; en la charla parece que se dice algo “solo porque se mencionan nombres”, pero no se dice nada. Como se afirma en el nombre de un programa de radio, “hablar por hablar”. El texto nos dice que es “una habladuría público- privada sobre cosas que nadie se atrevería a hablar en una asamblea y sobre lo que ningún charlatán admitiría haber charlado”. El pecado de hoy es tanto hombre público negando lo que dijo y guardando silencio sobre lo que debiera pronunciarse.

La época presente es de individuos incongruentes. Abundante en expertos en ver la paja en el ojo ajeno; en rajar del que hace y elogiar al que simula que hace y que es simplemente un tramitador, un experto en dejar pasar, en hacer mantenimiento. El arte del hombre del presente es impedir “que algo suceda y que sin embargo parezca que algo sucede”. Peor aún, estamos en un tiempo en que los justicieros desarrollan la misma ley que los asaltantes.

La época presente es una época de agoreros. Se hace muy poco y casi todo lo que se hace son promesas, profecías y apocalipsis. Ya es común que al gobernante se le acaben los periodos hablando como candidato y sin mostrar realizaciones. Y que las galerías se enzarcen entre los predicadores de mediodías y los arúspices de medianoches, porque para ellos no hay medias luces; ni madrugadas, ni crepúsculos.

Hace 200 años nació el autor de “La época presente”, el filósofo danés Soren Kierkegaard. Un moderno crítico de la modernidad, un cristiano crítico de la iglesia, hijo de un tiempo con el que está desilusionado. Un nombre casi familiar desde el bachillerato (¿se mencionará hoy en las aulas?). Un nombre conocido para el individuo culto o para el simple ojeador del Pequeño Larousse. Con una obra que todavía espera ser leída.

El Colombiano, 7 de julio

miércoles, 3 de julio de 2013

Mandela

Cada cual es libre de escoger a sus héroes. Pertenezco a una generación que acostumbraba a bautizar a sus hijos con los nombres de sus nostalgias. De ahí que tengamos tantos Camilo, Ernesto, Vladimir, cuarentones; después tantos Juan Pablo, casi treintañeros. En el gobierno anterior tuvimos un funcionario de ministerio bautizado en un arranque de sinceridad: Hitler Rousseau, se llama (todavía, creo).

Estos son los arriesgados; los que se aventuraron en el registro civil de sus hijos con los azares de la vida de personajes temerarios. También existen los suicidas. No hace mucho, en su columna de El Espectador, Alfredo Molano confesó sus muertos: Gaitán (un fascista díscolo), Guevara (un guerrillero inepto), Chávez (un lunático). Así que elegir un héroe o un mártir siempre es un modo de atarse. Los que bautizan, al presente; los tumularios, al pasado.

Uno también puede elegir héroes como modelos de futuro. Sin buscar las figuras que representan nuestra trayectoria pretérita ni engañarse con herencias podridas. Podemos pensar en las figuras que representen una conducta mejor que la nuestra, que prefiguren un futuro más amable que el que nos prometieron los vendedores de utopías.

A esta categoría puede pertenecer Nelson Mandela. Si aceptamos –como yo lo hago– la idea de Eric Hobsbawm de que el siglo XXI empezó en 1989, las figuras que más han contribuido al cambio en este tiempo serían Deng Xiaoping, Mijail Gorbachov y el líder surafricano. Pero hay una diferencia crucial entre ellos. Solo Mandela emergió contracorriente, construyó el poder desde abajo y desde afuera, y con las manos abiertas.

Nelson Mandela representa la insurgencia civil, el valor de transar con los enemigos, la modestia de avanzar paso a paso, la sensibilidad para juntar a los muchos y neutralizar a los pocos. Entre todos los líderes contemporáneos, Mandela es el único que puede ser llamado libertador y fundador de una nueva patria. Siempre fue más amado desde la cultura popular que por la intelectualidad romántica. En este caso, prefiero los afectos de Bono que las adscripciones Gianni Vattimo.

No deja de ser sintomático que en Colombia hayan existido leninismo, franquismo, castrismo, chavismo y no exista mandelismo; eso nos retrata en la falta de moderación política. Pero es que, además, mandelismo no existe en ninguna parte del mundo, ni siquiera en Suráfrica. Esa es una demostración de que el talante del fundador del Consejo Nacional Africano era refractario al caudillismo.

Nelson Mandela está en la historia. También él se hizo a sí mismo siguiendo la ruta de figuras emblemáticas como Henry Thoureau y Mahatma Gandhi; renunció a la herencia de Shaka Zulu y se apartó del camino de los líderes nacionalistas africanos, aferrados al poder, borrachos de avaricia, muriendo odiados. Prefirió parecerse a Martin Luther King y fue amado por Muhammad Ali.  

El Colombiano, 30 de junio

miércoles, 26 de junio de 2013

Manos arriba, esto es un metroplús

Las protestas y movilizaciones en Envigado contra el metroplús empezaron hace un mes y ya tuvieron su primer logro: detener la tala masiva de árboles en la Avenida El Poblado, en el tramo entre La Frontera y la nueva zona gastronómica del área metropolitana.

La reacción entró por la conciencia ambiental. En estos tiempos, la mayor parte de la gente y en especial los jóvenes, le dan tanta o más importancia al cuidado del ambiente que a las promesas vagas del desarrollo. Los administradores de Metroplús y Envigado demostraron su descomunal ignorancia en la materia. Ofrecieron arbustos de metro y medio para remplazar árboles de 4 y 5 metros. Subestimaron el conocimiento ciudadano que sabe que un árbol no es igual a otro, que unos embellecen y otros no, que unos atraen aves y otros no, que unos sombrean más y otros menos.

Al lado del importante tema ecológico está el paisajístico, que debería entrar en la agenda de los debates con los tiburones del cemento. Hay pocas obras públicas en el área metropolitana más feas que el metroplús y pocas avenidas tan bellas como la de El Poblado hacia el sur.

Sin embargo, tengo que insistir, como lo dije en una columna anterior titulada “No más metroplús en Envigado” (22.04.12), en que hay otros asuntos gravísimos detrás del proyecto. El primero es la quiebra de la lógica de todo el sistema de trasporte masivo del Valle de Aburrá, que tiene una columna vertebral que es el metro hacia cuya ruta deben converger las demás intervenciones creando la “espina de pescado”. El segundo es la redundancia del metroplús del sur con el metro, pues es un trayecto paralelo y a una distancia muy corta. El tercero, desconoce las características socioeconómicas de Envigado donde, por desgracia, nadie dejará el auto particular por montarse a un articulado.

Existen otros problemas no menos graves. El oneroso costo del proyecto, que saquea los bolsillos de los contribuyentes y llena las cuentas de los constructores. El trayecto en mención tiene apenas 900 metros y cuesta la bicoca de 18 mil millones de pesos, pero terminará costando –como pasa siempre– un 20% o más de lo proyectado.

Y después, la funcionalidad. Esa plata, es plata muerta. El trayecto 2A ni siquiera se ha licitado. Cuando se acabe toda la obra habría que esperar a que se hicieran los trayectos hasta La Aguacatala para ir en metroplús a coger el metro en esa estación, en lugar de cogerlo en las estaciones cercanas. Pasarán años con una pista para que los adolecentes play se desaburran corriendo sus motos deportivas y cuatrimotos por una pista desolada.

La administración de Envigado, que se opuso irracionalmente y contra el bienestar público, a la construcción del metro hoy apoya, irracionalmente y contra el bienestar público, el esperpento del metroplús.

El Colombiano, 23 de junio

viernes, 21 de junio de 2013

Padres vulnerables

Una de las consecuencias indeseadas del movimiento cultural feminista, que no es lo mismo que la revolución social de las mujeres, ha sido el ocultamiento de la condición de muchos hombres, especialmente de los más pobres y vulnerables, que han terminado siendo ignorados social y políticamente, y excluidos de las políticas públicas.

Los hombres han caído en el poco confortable lugar de los grupos que no merecen protección –máxime si no son parte de una minoría étnica o sexual– y aunque sean pobres. Encima, el inconciente colectivo castiga a un tipo particular de hombre: al padre. Madre no hay sino una, padre es cualquiera, se dice. Contra toda la evidencia etnográfica, se acusa a los padres de ser los inoculadores exclusivos de la violencia de los hijos o de sus otros atributos antisociales.

Estamos ante un tema espinoso. Tan mal estamos, que se puede correr el riesgo de la estigmatización cuando se habla a favor de los hombres y de los padres. Sometido a ese y otros riesgos, y tratando de ser poco especulativo, hablaré de los hombres jefes de hogar.

Gracias a la colaboración del economista Daniel Cuartas, de la Universidad Eafit, me he dado cuenta de la realidad que describiré con algunos datos.

En Medellín hay 328,393 hogares sin madre o padre (uniparentales); de ellos 136,283 hogares están bajo la jefatura de un hombre, es decir, el 41,5%. Esto significa que los discursos oficiales, las políticas públicas y los programas privados de bienestar que se enfocan exclusivamente en las madres cabeza de familia están ignorando prácticamente la mitad del problema. Aunque la participación porcentual de los padres solos bajó un poco, desde el 2009 hasta el 2011 tuvimos casi diez mil hogares nuevos con un único jefe hombre. De los hogares con jefe hombre el 43,8% son pobres. El tamaño de la familia uniparental con jefe hombre es de casi tres personas, más bajo que la familia con jefe mujer.

No estoy en capacidad de decir por qué está ocurriendo este fenómeno. Las familias uniparentales siguen creciendo en Medellín (en 2011 eran el 46% del total), pero las explicaciones tradicionales como la violencia o la migración laboral no parecen dar cuenta de la magnitud insospechada de las familias donde solo existe el padre. Intuitivamente, podría decirse que las mujeres están abandonando voluntariamente los hogares en mayor proporción que los hombres.

Por ahora lo que me interesa es mostrar un fenómeno social oculto, señalar un nuevo segmento social vulnerable (el de los padres cabeza de familia, especialmente los 59,192 padres solos y pobres que viven en Medellín) y mostrar que la política pública posmoderna crea nuevas franjas de excluidos por el solo hecho de que tienen menos voz, menos representación y son menos glamorosos para los discursos políticamente correctos.

El Colombiano, 16 de junio

viernes, 14 de junio de 2013

Historia dual (sobre las Farc)

El presidente de la Confederación General de Trabajadores de Colombia –CGT– denunció amenazas contra los dirigentes de su central por parte de las Farc. El congresista Alfonso Prada, desconcertado, le dijo a un noticiero de televisión que le parecía muy raro que la guerrilla pudiera atacar las organizaciones populares. Es la imagen de dos relatos en pugna acerca de la historia oficial de esa guerrilla.

Los hechos, las estadísticas y las investigaciones rigurosas le dan la razón al sindicalista y dejan en cuestión al congresista.

Veamos la investigación del profesor Andrés Suárez para Urabá (Identidades políticas y exterminio recíproco: masacres y guerra en Urabá, 1991-2001). Muestra que en 28 masacres cometidas por las Farc murieron 207 personas, de ellos 99 trabajadores sindicalizados, 49 pobladores urbanos y 34 campesinos. En un artículo de 2008, Suárez puntualiza que en el mismo periodo el 23% de las masacres con sevicia habían sido cometidas por la guerrilla. Con todas las dificultades para atribuir autoría en una base de datos, la Escuela Nacional Sindical registra 12 sindicalistas del magisterio asesinados por las Farc.

En su trabajo “Tendencias del homicidio político en Colombia, 1975-2004”, Francisco Gutiérrez Sanín sostiene que, además del politicidio contra la Unión Patriótica, ocurrió otro contra los miembros de Esperanza, Paz y Libertad. Según los datos de Suárez el 91% de los militantes de este grupo de izquierda democrática fueron asesinados por las Farc. Adicionalmente, Gutiérrez contabiliza 53.431 homicidios políticos, casi el 48% fuera de combate y muestra un amplio espectro de víctimas políticas, aunque se conocía la filiación de solo el 7%.

Otros factores de victimización en la guerra colombiana son el secuestro y las víctimas por minas antipersona. La primera con alta incidencia de las guerrillas, como lo confirma el trabajo de Fabio Sánchez y otros (2007, 108). Las minas, por su parte, son una tecnología de muerte prácticamente monopolizada por la guerrilla y especialmente por las Farc.

La opinión del poblador, común y corriente, de cualquier región del país respalda estas afirmaciones, como puede verse a través de las encuestas de opinión. Sin embargo, la posición del congresista Prada no es desdeñable. Representa a un sector de la clase política y los intelectuales de tendencia que han tratado de mantener a toda costa una visión altruista y rosa de la guerrilla.

No habrá paz con una historia oficial impuesta que ignore la enorme responsabilidad de la guerrilla en la tragedia humanitaria colombiana. Esa es la gran expectativa con la inclusión del tema de las víctimas en la agenda de La Habana y la confianza que trasmiten los comisionados gubernamentales en la negociación.

Los que tratan de ocultar la violencia guerrillera contra la gente humilde, los que le echan tierra a masacres como la de los guardianes del Inpec en Caquetá, entorpecen un acuerdo digno.

El Colombiano, 9 de junio

miércoles, 5 de junio de 2013

Medellín, no tan leve

El “Informe de Calidad de Vida de Medellín, 2012”, que produce el proyecto cívico “Medellín cómo vamos”, se presentó públicamente el pasado viernes 24 de mayo. Como miembro del Comité Técnico del proyecto tengo la impresión de que las mejores noticias para la ciudad provienen de los resultados sociales globales. Por eso me llamó la atención el entretítulo de El Colombiano: “Leves mermas en desigualdad y pobreza” (25.05.13). Después de varias décadas de merodear estos temas, me pregunté ¿qué tan leves? ¿comparadas con qué?

La primera comparación necesaria en estos análisis es contra el propio desempeño a lo largo del tiempo. Tanto en pobreza como en desigualdad, Medellín quebró una barrera histórica al equiparar o superar por primera vez en tres décadas los promedios de las trece áreas metropolitanas del país.

La segunda comparación es con las demás ciudades colombianas. Entre 2008 y 2012 Medellín es la única ciudad del país que mejoró los promedios urbanos. Cali desmejoró en desigualdad y Bogotá se mantuvo en el promedio. Esto significa que sólo Medellín tuvo un comportamiento mejor que el del promedio nacional.

La tercera comparación es continental. En pobreza urbana, las mayores reducciones de pobreza urbana para periodos de 4 años en América Latina se produjeron en Argentina (11%), Perú (7%) y Panamá (4%); Medellín tuvo una reducción del 7,3%. Según pobreza, hoy Medellín se parece a Costa Rica que tiene la tercera menor pobreza urbana del continente; hace seis años nos parecíamos más a México, que ocupaba el sexto lugar (ONU-Hábitat, 2012).

Según el informe mundial de Naciones Unidas sobre el estado de las ciudades, la desigualdad se ha incrementado en las ciudades de los países miembros de la OECD hasta nueve veces en las últimas tres décadas; incluso en los países nórdicos el factor de incremento alcanza las seis veces. Es una buena noticia que Medellín haya disminuido su índice de desigualdad por ingresos, y es mejor si tenemos en cuenta que su desempeño supera el nivel nacional y el urbano. Hace cinco años Medellín era la ciudad más desigual del país y hoy no lo es.

Más importante aún es que Medellín tiene hoy menos desigualdad espacial. La desigualdad por ingresos es agregada y se calcula para el área metropolitana. Cuando se mira la desigualdad sobre el territorio encontramos que la brecha entre las comunas con mayor calidad de vida y las de menor, se ha ido cerrando. Las comunas Santa Cruz, Buenos Aires, Popular, San Javier y Manrique fueron las de mayores avances en la ciudad. Aunque otras siete tuvieron buenos desempeños, la ciudad debe hacer más esfuerzo en Villa Hermosa, Doce de Octubre y Aranjuez.

En síntesis, poca levedad. La tarea que se ha hecho en los últimos diez años ha sido significativa, aunque grandes sean los retos que quedan por delante.

El Colombiano, 2 de junio

miércoles, 29 de mayo de 2013

Violencia en el fútbol

Varios columnistas de El Colombiano han iniciado una discusión que podría ser muy provechosa sobre la violencia generada por las llamadas barras bravas. Lástima que algunos se preocuparan menos por los muertos que por el amago de sanción a un equipo.

La violencia en el fútbol es particular; no es la misma violencia del resto de la ciudad. Proviene de un modelo copiado de Argentina, cuyo fútbol tiene inundado el cable. Y está asociado a la imaginería más criminal del fútbol: la del narcotráfico. Hace una semana las barras de Millonarios volvieron a sacar la cara de Rodríguez Gacha en la tribuna y hace pocos meses Telemedellín mostraba un inmenso mural de barrio en el que a los lados de los festones verde y blanco se retrataba a Pablo Escobar y al pobre Andrés Escobar.

¿Son los clubes de fútbol ajenos a este fenómeno? No. No todos son como el Envigado F.C. que salió a jugar un partido oficial con la imagen de Gustavo Upegui en la espalda. Pero los directivos tienen una cuota de responsabilidad. Solo una anécdota: hace dos años un jugador del Real Cartagena fue atacado desde la tribuna y la respuesta pública del presidente del Atlético Nacional fue que los jugadores visitantes no podían celebrar sus goles. Una justificación de la violencia.

En los casos argentino y brasileño está comprobado que los clubes tienen nexos fuertes con las barras bravas, que los patrocinan y les tienen sueldo a los dirigentes. La propia Fifa tuvo que prohibir el acceso a Suráfrica a un avión lleno de matones pagado por la Asociación del Fútbol Argentino. En Colombia falta investigación, pero se sabe que jugadores activos y exjugadores tienen nexos con las barras más peligrosas y que los clubes les facilitan el acceso a los estadios.

Obviamente las responsabilidades son desiguales. Los primeros responsables son los violentos a quienes se debe combatir con las medidas adecuadas, las más efectivas de las cuales son las de inteligencia. Pero, ¿qué hacer con las barras? La afición, incluyendo a la afición organizada, es la esencia del fútbol. Messi no sería nadie sin público que lo mirara y lo aplaudiera.

Los clubes de fútbol son organizaciones empresariales y las barras son parte de sus grupos de interés. Según el modelo de la responsabilidad social empresarial, los clubes deberían desarrollar actividades tendientes a generar conductas de comportamiento responsable entre sus seguidores, actividades de comunicación, formalización, capacitación y otras imaginables. Cualquiera que mire el caso de Inglaterra, el más exitoso en la erradicación de la violencia, verá que los clubes estuvieron en el centro de la intervención del gobierno Tatcher.

La reciente vinculación de la Dimayor a la campaña contra la violencia sobre la mujer es un gesto tímido y simbólico que va en la dirección correcta.

El Colombiano, 26 de mayo.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Intérpretes de Jardín

Son pocas las interpretaciones de Jardín –que está cumpliendo su primer sesquicentenario– desde que el padre José María Gómez Ángel dejara memoria de sus periplos por lo que luego sería el Suroeste y se viera así mismo diseñando el plano del pueblo formándose ilusiones de ser “párroco de aquella nueva sociedad de fieles”.

Veintidós años después, en 1885, don Manuel Uribe Ángel le dedicó un párrafo diciendo que mientras la tierra fuera de una sola persona el distrito estaría condenado a la pobreza, como efectivamente lo estuvo hasta hace poco. Esta vena de interpretaciones históricas tiene hasta ahora su mejor exposición en el libro del historiador Juan Carlos Vélez “Los pueblos allende el río Cauca” (2002). Jairo Franco Alzate exploró las peripecias de la colonización hacia el Valle, de la que algunos jardineños son protagonistas, en su libro “Desplazados y terratenientes en la colonización antioqueña del sur” (2009).

Luego están las reelaboraciones de ficción. Manuel Mejía Vallejo que crea sus historias más telúricas en Balandú, nombre que fue propuesto al momento de la fundación en 1863, según se dice. Mario Escobar Velásquez quien recrea la fundación en una página de “Toda esa gente” y especula con la idea de que Gómez Ángel quiso que se llamara Sión. Hasta las narraciones más recientes de Javier Echeverri Restrepo en “Los cuentos de Jardín”.

Las nuevas generaciones han encontrado otra manera de interpretar a Jardín y prácticamente lo están reinventando con los ojos, los oídos y los pies.

William Díaz redescubrió con el pincel el hechizo de las montañas que rodean la cabecera municipal, mismos que por la costumbre dejaron de ver los vecinos y por la miopía no ven los visitantes de plaza y aguardiente. Juan Fernando Agudelo encontró luces nuevas en la arquitectura del parque y de sus casas, sobre telas grandes. Felipe Giraldo, en grafito sobre papel, viene retratando los personajes anónimos y callados que ven asaltada su simpleza por la civilización ruidosa.

La escuela de música lleva ya un cuarto de siglo educando instrumentistas que pueden elaborar un nuevo lenguaje de los jardineños, aunque pocos se aventuran en la composición. Debe destacarse la colaboración entre músicos locales y de Medellín para la creación del trabajo “Charco Corazón”, en 2006, inspirado en los parajes rurales del municipio.

Hay otra especie menos evidente de redescubridores que está conformada por los caminantes; los involuntarios continuadores de la inquietud de Alejandro Vélez. Los que expusieron a la luz pública los chorros, cuevas y altos antes bajo el ojo exclusivo de aserradores y cazadores; los cuidadores de los ámbitos del loro orejiamarillo y el gallito de roca; los que están volviendo a abrir los caminos viejos a Jericó, el Chamí y Caramanta.

Ojalá que estos cuidadores sirvan de ejemplo a los empresarios y a los políticos locales. Para que Jardín dure bien.

El Colombiano, 19 de mayo

miércoles, 15 de mayo de 2013

Jsuticai

La última joya del diseño institucional elaborado en la Asamblea Nacional Constituyente está a punto de colapsar reventada por la presión de la corrupción, la ineficiencia y la perversa influencia de los demás poderes públicos. Se trata de la justicia, que articulada con los derechos (y deberes), fue el mejor saldo de la Constitución de 1991.

La justicia colombiana está postrada. El problema no es nuevo y tiene muchos orígenes. Los mecanismos de postulación y elección de los magistrados de las altas cortes ya han mostrado sus grietas. Los constituyentes creyeron en la limpieza idílica de los juristas, como si nunca hubieran conocido a un abogado de carne y hueso. Crearon un órgano administrativo autónomo que se come el presupuesto mientras la mayoría de los municipios tienen un juez promiscuo y los fiscales de las grandes ciudades se las tienen que ver con una variedad inabarcable de delitos.

Hace algunos años apareció un oscuro abogado llamado Augusto Ibáñez quien quiso poner en práctica la doctrina del “siglo de los jueces” que en la práctica significaba la imposición (ya no el control) de las cortes sobre la política, y quien además lideró un sabotaje inédito del poder judicial contra el ejecutivo.

Durante los últimos tres años hemos visto una sucesión de exabruptos. El carrusel de las pensiones que permitió que personas con labores temporales en las cortes accedieran a pensiones altísimas; la puerta giratoria que se abrió entre altas cortes para que los magistrados transitaran de una a otra; los intricados organigramas de negociación de puestos entre la Procuraduría, las cortes y el congreso. Hace 4 años los magistrados se disfrazaban de exégetas heroicos, ya ni siquiera se molestan en hacerlo.

Con la llegada del presidente con la más alta votación de la historia se divisó la posibilidad de la reforma a la justicia que terminó en medio de un escándalo terrible y la incapacidad manifiesta del gobierno. En la última semana Santos posesionó casi clandestinamente a un magistrado altamente cuestionado, incluso por los oficialistas más obsecuentes, y un magistrado del Consejo Superior de la Judicatura incitó públicamente a los beneficiarios de las pensiones millonarias a atacar a la Corte Constitucional mediante tutelas.

El resultado salta a la vista. Según Invamer Gallup en 2008 la favorabilidad de la justicia entre los colombianos era de un 58%, hoy tiene una desfavorabilidad del 62%, 70% entre los jóvenes (El Tiempo, 09.05.13). Latinobarómetro muestra que este es el peor momento de la justicia para los ciudadanos en los últimos diez años y también que la justicia es el componente más bajo de apoyo al sistema político. Según el Estudio Mundial de Valores la confianza en la justicia apenas llega al 34%.

Ahí están los factores y los responsables de los problemas de legitimidad de nuestras instituciones.

El Colombiano, 12 de mayo

miércoles, 8 de mayo de 2013

Liderazgo responsable

En el lenguaje común el concepto de liderazgo debería implicar también el de responsabilidad. No siempre es así. Si no mírense los casos Interbolsa o Federación de Cafeteros. Genaro Muñoz se pegó de la frasecita de la canciller Holguín después del fallo de La Haya: “si los problemas se arreglaran con mi renuncia…” ¡Claro que no se arreglan, pero existe una cosa que se llama responsabilidad!

Estos son desahogos. Mi punto específico es la salud. En reciente foro en la Universidad Eafit el ministro de salud Alejandro Gaviria aseguró que el Distrito Capital tiene 700 mil millones de pesos con destino a la salud guardados en un banco, mientras los hospitales y el servicio están en las que vemos a diario en los noticieros. En la última semana han muerto dos bebés por negligencia en la prestación del servicio. Queda la impresión de que la administración de Petro hace política con la salud de los bogotanos para “agudizar las contradicciones” con el gobierno nacional.

En Antioquia pasó algo diametralmente opuesto. Desde el primer día de las actuales administraciones de Medellín y el departamento hubo apersonamiento respecto a la crisis de la salud. Más de 1 millón 300 mil personas afiliadas a 9 EPS quedaron expósitas. El Servicio Seccional de Salud de Antioquia empezó hace más de un año a asegurar la atención de estas personas a través de un convenio con Comfama.

Mientras esta medida remedial se llevaba a cabo, la Gobernación, la Alcaldía y Comfama empezaron a discutir la posibilidad de buscar una solución más profunda al problema y al terminar el año ya habían logrado los apoyos para explorar la creación de una nueva entidad prestadora de servicios. Comfama en su consejo integrado por empleadores y sindicatos, y los entes territoriales con el aval de la Asamblea Departamental y el Concejo Municipal. Esta iniciativa requirió el liderazgo de personas como Sergio Fajardo, Aníbal Gaviria y María Inés Restrepo.

Unas pocas voces desdeñosas soltaron las perlas habituales: ¿por qué no esperar a que salga la ley del gobierno nacional? ¿por qué asumir una responsabilidad que no está claramente prescrita como competencia regional o local? ¿no hubiera sido mejor asá y no así? Savia Salud empezó oficialmente a operar el 1 de mayo y está por verse que tan exitosa puede ser su operación. Al menos, respecto a la articulación con los criterios nacionales el Ministro ha dado un parte de tranquilidad.

Lo notable en este caso es la manera como han actuado los agentes regionales. Nada de gobernantes que administran rutinariamente, eludiendo los grandes problemas con excusas o trasladándole la responsabilidad a terceros, sobreaguando. Nada de administradores con alcance exclusivamente corporativo, sin consideración de las necesidades sociales de la región. Nada de eso. En cambio, iniciativa, audacia y liderazgo responsable.

El Colombiano, 5 de mayo

jueves, 2 de mayo de 2013

Aguijón venezolano

Me siento a la mesa en la cena de bienvenida de un evento académico. Dos comensales –que serán los compañeros de seminario y aún no conozco– están conversando. Son venezolanos y poco después me entero de sus credenciales científicas, de que son opositores al régimen, que se dan sus escapaditas a Colombia, pero no quieren dejar su país. Quien tiene la palabra está haciendo una pequeña inducción sobre Colombia. La conversación lleva un rato y supongo que me perdí la mitad buena de sus consideraciones.

Mira –dice– lo primero que tienes que saber es que aquí hay varios países, por lo menos cinco; uno en Antioquia, otro en el Caribe, otro en el occidente, otro acá en Bogotá. ¿Y sabes por qué? Este país no está integrado, siempre ha sido muy difícil ir de un lugar a otro. En Venezuela tenemos 64 mil kilómetros de vías que cruzan todo el país, desde Amazonas hasta la costa. Aquí son 14 mil (sic). Después, puedes tomar tu carrito y te vas hasta Medellín en 8 horas, pero ten cuidado porque si cae una agüita te puedes demorar 24. Acá llueve, la tierra se cae y las carreteras se arruinan.

¿Sabes cuántos candidatos a los concejos municipales mataron en el 2011? 42. ¿Puedes creer eso? Acá la política es muy violenta. No es solo que haya guerrilla o narcotraficantes, es que siempre hay violencia en las elecciones y entre los partidos que se enfrentan. ¿Cuándo hemos visto eso en nuestro país?

Ahora mira lo extraño. ¿Has escuchado hablar de Simón Gaviria? Es el presidente del partido liberal, ¿y sabes qué? Su papá fue presidente. ¿Viste en la prensa las críticas de Andrés Pastrana al Presidente Santos? Pues te cuento que Pastrana –que fue presidente– es hijo de otro que fue presidente y nieto de uno que fue candidato a la presidencia de la república. Y Santos es nieto o algo así de otro presidente. En Venezuela lo único parecido que hemos visto son los hermanos Monagas hace 170 años.

Es más. Te digo que esto es muy raro en América Latina. Sí tenemos familias económicas; incluso en Perú y México también hay auténticas oligarquías, ¿pero dónde tú ves que el hijo, el nieto, el primo, toda la familia se hereden los cargos? Eso no pasa si no en Colombia.

Termino con lo más práctico que es salir a la calle. Tienes que mantenerte atento. Acá los conductores de automóvil son como en México. Nadie respeta nada. No respetan las normas y tampoco te respetan a ti. Vas a ver.

Mientras mi colega habla voy respondiéndole mentalmente. Por instinto me refugio en la excusa tonta de que la sociedad venezolana tampoco es un modelo de perfección. Al cabo me digo que, aunque con algunas imprecisiones, no dijo ninguna falsedad.

El Colombiano, 28 de abril

miércoles, 24 de abril de 2013

Chavismo

La valoración del tipo de régimen que constituyó la autodenominada revolución bolivariana de Hugo Chávez en Venezuela ha sido objeto de una gran controversia académica, política y mediática. Tal discusión no ha impedido que las caracterizaciones habituales estén dominadas por la etiqueta de populismo; una variedad de régimen político o de gobierno distintivamente latinoamericana.

En la historia política del continente los ejemplos principales de esta política han sido los gobiernos de Juan Domingo Perón en Argentina (1946-1955), Getulio Vargas en Brasil (1930-1945) y Lázaro Cárdenas en México (1934-1940). Sus características básicas fueron un modelo de desarrollo hacia adentro basado en la estatización de sectores estratégicos, creación de una base popular organizada de trabajadores urbanos y rurales empoderada y destinataria de la política social, un ideario nacionalista, un proyecto cultural apoyado en una intelectualidad comprometida.

El chavismo no cumple con ninguna de estas características.

La economía bolivariana depende de la venta de petróleo, cuyos ingresos efectivos en este momento provienen casi exclusivamente de Estados Unidos. El chavismo tomó como primer enemigo social al sindicalismo y llevó a su mínima expresión a la Central de Trabajadores de Venezuela. Los principales movimientos sociales venezolanos hoy son el estudiantado y la juventud que han sido bastiones de la oposición al “socialismo del siglo XXI”.

El chavismo no es nacionalista, es internacionalista. En el interior, el imaginario bolivariano propende por la construcción discursiva de un enemigo interno que, según las elecciones del pasado domingo, es ni más ni menos que la mitad de la población. En el exterior, el régimen se ha puesto al servicio de Cuba, poniendo en manos de la isla procesos estratégicos del país como la defensa del ejecutivo, la información censal y notarial, y las misiones sociales.

El proyecto socialista del siglo XXI carece de una intelectualidad propia, toda es prestada de teóricos y famosos atacados por el síndrome de Siracusa, el mismo que llevó a Platón en su vejez a servir de faro a un tirano que desconocía. El alemán Hans Dieterich inventor de la fórmula y que renegó de Chávez en 2007; el argentino Ernesto Laclau que ha guiado la construcción retórica de los enemigos del régimen; Maradona, eminencia de una corte de bufones con uno que otro colombiano.

Hasta ahora el chavismo ha sido un autoritarismo competitivo, basado socialmente en lo que Marx llamaba el lumpenproletariado y económicamente en una economía extractiva, que ha erigido una nueva clase dominante rentista y corrupta. Ausente el líder carismático, es posible que la élite de poder se incline hacia una dictadura de partido, aumentando las tensiones internas y trasladando el centro del conflicto al seno de las fuerzas armadas. Mientras tanto, su principal apoyo serán las novísimas instituciones internacionales lideradas por el Alba: Unasur y la Celac, en las que Colombia hace las veces de convidado de piedra.

El Colombiano, 21 de abril.

miércoles, 17 de abril de 2013

Tolerancia

En 1981 Karl Popper (1902-1994) afirmó que “la tolerancia ya no parece un problema en los países democráticos de Europa, América del Norte, Australia y Nueva Zelanda”. Con ello quería decir que la idea de la tolerancia estaba suficientemente afirmada en el mundo occidental (Latinoamérica no contaba). A renglón seguido advertía sobre el peligro que podía suponer una especie de exceso de tolerancia.

Como tantos otros notables pensadores cuando se ponen en trance oracular, Popper se equivocó escandalosamente. Bastó que cayera el Muro de Berlín para que la discriminación general se apoderara de Europa. La xenofobia emergió del breve sopor al que fue sometida después de la guerra. Viejas formas de discriminación como la religiosa y la económica, retornaron. Otras se presentaron como ideas legítimas; tal la discriminación sanitaria.

La convicción popperiana de que la tolerancia ya era un principio aceptado, simplemente, estaba errada. El problema en el mundo contemporáneo es que esa idea de Popper parece dominar el inconciente colectivo, hasta el punto de que la palabra tolerancia ha desaparecido del lenguaje político y social. Suena a palabra vieja, desgastada, trivial y poco eficaz. No es cierto allá, donde se creen civilizados, y lo es menos acá.

En Colombia país de gramáticos, en el que supuestamente ha existido una mayoría política liberal, apenas sí existe. Prácticamente la única obra que destaca este concepto es el “Manual de Tolerancia” de Héctor Abad Gómez (1921-1987), editado póstumamente. Si dejamos los libros y vamos al mundo, el panorama es peor. Ya en otra columna había citado los datos sobre intolerancia política que recoge Latinobarómetro; además, los informes de la “Red de ciudades cómo vamos” sobre discriminación superan el 70% en todos los ítems consultados.

Popper volvió sobre un problema clásico de la tolerancia cual es qué debemos hacer con los intolerantes. Su respuesta sigue siendo vigente; debemos tolerar a los intolerantes hasta un límite que es el uso de la violencia. La apelación a la violencia es la frontera de lo admisible, así que es probable que alguien defienda ideas que nos parecen equivocadas y lo haga en términos terribles a nuestros oídos, pero mientras no recurra a la violencia estará de este lado de la línea. Es difícil encontrar violentos que usen palabras dulces, pero aunque así fuera estarían en el campo de lo intolerable.

Resuelto este punto, el pensador austriaco formuló tres principios:
1. Es posible que yo esté equivocado y que usted tenga razón.
2. Discutamos las cosas racionalmente.
3. Aunque no nos pongamos de acuerdo, podríamos ir aclarando las cosas.

El primer punto puede ser glosado por Pierre Bayle (1647-1706): aunque una verdad esté probada, nadie puede ser obligado a aceptarla. El tercero podría tener una aclaración de Isaiah Berlin (1909-1997): aunque no tengamos muchas cosas claras podemos hacer acuerdos parciales.

El Colombiano, 14 de abril

miércoles, 10 de abril de 2013

Negociar con bandidos

Acaba de cumplirse un año de la tregua, avalada por el gobierno salvadoreño, pactada por los líderes de dos de las enormes y sanguinarias pandillas de ese país, las maras “Salvatrucha” y “Barrio 18”. El único resultado que justifica tal acto desesperado es la reducción del homicidio. Aún así, El Salvador sigue en el segundo puesto entre los países más violentos del mundo con una tasa de 66 homicidios por cada cien mil habitantes, equivalente a dos veces y media la tasa colombiana.

Las evaluaciones de la Oficina de Washington para América Latina (WOLA) y del Banco Mundial son muy pesimistas. La reducción del homicidio es insuficiente, la opresión sobre las comunidades mediante la desaparición forzada, la extorsión y otros delitos no cesa, los beneficios más visibles son para los delincuentes presos. Parece estar claro que esta tregua, en lugar de buscar la inserción de los pandilleros, está conduciendo a la aceptación pasiva de su condición de actores sociales (El País, 30.03.13).

Las maras en tregua se han convertido en un paraestado que no cesa de delinquir y sus jefes son los dueños de la tregua con el poder de intimidar a la sociedad con la ruptura de la misma. En una sociedad agobiada por el homicidio los jefes de las maras tienen la llave de la tasa de homicidios, el indicador más potente para mover a los sectores sociales y a los grupos políticos en las próximas elecciones; más influyente que la tasa de cambio y la tasa de desempleo.

Nada de esto es ajeno a Medellín. Durante los años noventa hubo varios intentos de hacer acuerdos con grupos criminales que terminaron en un fracaso rotundo. Hubo dos significativos. La legalización de las milicias populares a través de una cooperativa de seguridad, impulsada desde la presidencia de César Gaviria (en el próximo número de la revista Colombia Internacional presentaré una evaluación de ese caso). Y un proceso de acuerdos con las bandas en los barrios iniciado que llevó a pactos de no agresión con 57 bandas en 71 barrios de la ciudad (analizados como parte de la política en varios capítulos del libro “Ensayos sobre conflicto, violencia y seguridad ciudadana en Medellín, 1997-2007”).

La caracterización que asumen los investigadores del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia sigue una noción propuesta en esos años por la socióloga María Teresa Uribe. Se trató de una “negociación del desorden”. Varias administraciones municipales, afanadas por mostrar algún descenso en los indicadores de seguridad pretendieron comprar a los bandidos. Así se titulaba la triste y pobre política de seguridad de Luis Pérez, “Compro la guerra”. Los bandidos se quedaron con la plata, aprovecharon la connivencia de las autoridades y la ciudadanía siguió sufriendo los estragos de la violencia.

Cualquier nueva política debe aprender de esas experiencias.

El Colombiano, 7 de abril

miércoles, 3 de abril de 2013

Sentido del porvenir

En algún aparte de “La democracia en América” Alexis de Tocqueville habla sobre la importancia del sentido del porvenir. Tocqueville es uno de esos raros personajes que resultaron demostrando una clarividencia asombrosa respecto a los posibles desenlaces de la vida social en Occidente.

El pensador francés vio que los mundos europeo y americano estaban entrando en una época de igualación social, crecimiento económico y participación política que él llamó “siglos democráticos”. Preocupantes características de esta época son la monotonía y la falta de estímulo vital; enfermedades descritas antes por Alexander Pushkin en “Eugenio Onieguin”.

Tocqueville creyó que el principal remedio que requerían estas sociedades era el sentido del porvenir. De ahí que supusiera indispensables las creencias religiosas, con sus nociones fuertes del más allá y la resurrección. Sin embargo, también, fue uno de los críticos más acérrimos de toda idea de utopía social pues estimaba, con razón, que la mejor manera de crear infiernos es tratando de hacer el cielo en la tierra.

Eso nos obliga a suponer que Tocqueville tenía en mente una distinción como la que propuso un siglo después el filósofo español Xavier Zubiri, entre porvenir y futuro. El futuro es inescrutable, ese tiempo en el que todos estaremos muertos, mientras el porvenir se trata de lo que está a la mano, de lo que se presenta en nuestro horizonte.

Hoy conocemos los desastres de las vidas que se viven en el cortoplazo. No hablemos de las vidas individuales dedicadas al esfuerzo inútil de perpetuar los instantes de euforia mediante pulsiones como el consumo, la droga o la parranda. Pienso en los desastres sociales que causan el negociante que quiere ganarse todo el dinero en una operación (sea Interbolsa o narcotráfico), el adolescente que se juega la vida en El Poblado por el vértigo de un pique o en San Javier en un alarde machista con revólver, el político de ocasión que no desea hacer carrera sino acceder a una oportunidad efímera (una palomita) para impulsarse.

Lo que hace tan tentadora la posibilidad de vivir en el cortoplazo es la desconfianza en uno mismo y en el trabajo propio aunada con la sensación de impunidad. Se tiene la idea de que el mundo se constituye solo de oportunidades, como si fuese una gran lotería, y que allí no hay pérdidas. Una sociedad que no sanciona produce en masa aventureros y tahúres.

Entonces, si lo que importa es el porvenir ¿cuál es su tiempo?, ¿cuál su duración? Hay una expresión anglosajona que lo define como el tiempo que dura la vida de una persona, de uno mismo, y que coincide con la reflexión del Salmo 89. No es indispensable pensar en la inmortalidad; basta pensar en el tiempo de vida que nos ha sido dado y desarrollar alguna noción de proyecto de vida buena.

El Colombiano, 31 de marzo

lunes, 1 de abril de 2013

La nación vetada de Mauricio Uribe López

El profesor Mauricio Uribe López de la Universidad de los Andes acaba de publicar su libro "La nación vetada: Estado, desarrollo y guerra civil en Colombia", bajo el sello editorial de la Universidad Externado de Colombia. A mi manera de ver se trata de un análisis novedoso y profundo acerca de las relaciones entre recurrencia de la guerra, estructura socioeconómica y configuración de las instituciones públicas.   

Apartes de mi presentación del libro:
"Mauricio Uribe asume como punto de partida el consenso especializado sobre la debilidad del Estado colombiano y lo inserta en el más amplio contexto latinoamericano, propiciando una comparación fina que abre más interpretaciones que las que surgen de los habituales estudios provincianos.
Conservando las señales filiales de su formación académica previa como economista y urdiéndolas con sus aprendizajes profesionales y especialización doctoral en estudios políticos, el profesor Uribe López explora respuestas plausibles a su pregunta investigativa alrededor de lo que llama “dos características de la estructura social y política”. Ellas son, el estilo de desarrollo y el veto a la nación...
Cierto que tenemos una tradición pactista, cierta capacidad para el compromiso y una hipocresía bien administrada, rasgo indudable de civilización. Sin embargo, el compromiso radical implica visiones de largo plazo, concesiones colectivas a favor del interés público, la elaboración de una idea fuerte de comunidad política y un pluralismo acendrado en la razón pública. Y en estos aspectos nuestro balance es negativo. A esta mitad sombría se encamina la investigación de Mauricio Uribe López y, se me hace, que este debe ser el tema de nuestras discusiones políticas y académicas en los próximos años."

domingo, 24 de marzo de 2013

Dar sin recibir

El homicidio en Medellín, en tiempos recientes, está originado por tres tipos de determinadores: la criminalidad organizada connatural a las economías ilegales, las bandas juveniles territorializadas y enardecidas y un alto porcentaje de individuos que están dispuestos a disparar en medio de cualquier contrariedad cotidiana. Cada uno de ellos requiere medidas distintas.

La clase más espectacular se refiere a los asesinatos que producen las pandillas juveniles, localmente llamadas combos, y que suelen ser muy endógenas al barrio, lo que significa que homicidas y occisos suelen vivir en la misma zona del acto violento o muy cerca, como lo demostraron Carlos Medina y sus colaboradores del Banco de la República en un estudio.

Este tipo de violencia está fuertemente enraizada en unos barrios y articulada a la vida comunitaria de los mismos. Si algunos habitantes de estos barrios son victimizados con el destierro o la muerte, otros muchos conviven y a menudo son cómplices de los actos criminales de quienes son, por supuesto, hijos, novios, vecinos. No es gratuito que en los últimos 3 años la policía se encuentre con amotinamientos de vecinos que tratan de impedir la captura de algún bandido o que participen en agresiones contra casas y personas de barrios en conflicto.

Esto supone que la violencia armada en algunos barrios está fuertemente vinculada con el tejido social de los mismos y que, por tanto, el problema no se reduce a individuos descarriados que tienen comportamientos desviados, sino que más bien parece que nos enfrentamos a pequeñas comunidades locales altamente refractarias a las normas de convivencia, legales o morales.

Si este diagnóstico fuera medianamente plausible, significaría que las medidas policiales no bastan para enfrentar este fenómeno. Operativos y concentraciones de fuerza como los que se realizaron esta semana pasada (desde el 18 de marzo) serían necesarias pero insuficientes. Usualmente emerge el estribillo de la inversión social, pero las comunas más violentas han sido objeto de una alta y sistemática atención del municipio de Medellín en la última década. Por ejemplo, la comuna 13 recibió en los últimos 9 años una inversión social localizada superior al promedio de lo que recibieron las demás comunas, sin contar la inversión en infraestructura y la que proviene de programas nacionales como Familias en Acción.

Medellín debe preguntarse si las medidas asistencialistas, bien intencionadas y necesarias en un primer momento, siguen siendo eficaces y positivas. El asistencialismo está atrayendo nuevos habitantes (25 mil anuales) y está creando un tipo de habitante acostumbrado a recibir inconcientemente diversos servicios del Estado local y nacional, sin ninguna contraprestación.

Pregunto: ¿No ha llegado la hora de condicionar los subsidios, dádivas e inversiones focalizadas a que las comunidades se comprometan a mantener un entorno social favorable a la convivencia pacífica y a una conducta cívica comprometida con los demás habitantes de Medellín?

El Colombiano, 24 de marzo