lunes, 5 de febrero de 2018

Super Bowl 52

“El deporte más parecido a la política es el fútbol americano”, dijo Barack Obama. Fue la respuesta a la pregunta del humorista Jerry Seinfield, en su serie más reciente cuyo título es Comediants in cars getting coffee (Netflix). Seinfiel tiene la gracia suficiente para hacer que un automóvil no resulte repulsivo y Obama tanta simpatía como para hacer amable y terrenal la política, incluso la de Washington.

La pregunta de Seinfiel era más cerrada: la política es como el ajedrez o como “el póquer del mentiroso”, puntualizó. El ajedrez siempre fue comparado con la guerra o, mejor surgió con la guerra, en la India donde se escribieron algunos de los tratados más antiguos sobre guerra y política como el Kautiliya, por ejemplo. El póquer es más extraño como analogía. El engaño siempre está asociado a la política pero de maneras más sofisticadas que las que sugieren los sitios de internet de póquer. A los maestros del engaño les suele ir mal en política; hay que ser más que un embaucador para merecer el título de estadista.

La respuesta de Obama fue más completa. En el fútbol americano, como en la política, hay “muchos jugadores, mucha especialización, muchos golpes”. Habla desde la perspectiva de la materia. Cuando se ubica como político, desde el punto de vista subjetivo, la interpretación del símil cambia: en la política como en el fútbol americano, “hay que conformarse mucho”; ceder en los propósitos propios, buscar compromisos. “De vez en cuando ves un espacio y logras hacer una yarda”, completa.

Que toda metáfora es incompleta por definición y que las de la política lo son aún más, queda claro en la entrevista que David Letterman le hizo a Obama hace poco (Netflix). Allí el expresidente explica que el papel de un líder público trasciende las iniciativas, las obras, la solución de contingencias. Es decir, todas las tareas que tiene que hacer un buen administrador, apoyado por un buen grupo de técnicos y una burocracia eficiente. Descontando con qué margen de maniobra político y financiero pueda contar.

Un buen líder tiene que inspirar. Tiene que enviar las señales adecuadas a sus conciudadanos, a la población, acerca de cuáles son las actitudes y los comportamientos adecuados para que su proyecto y los propósitos del país salgan adelante. Un buen líder, un buen presidente de un país, tiene que impulsar un determinado perfil de la cultura ciudadana, indicando en qué patrones se debe persistir, a qué modelos debemos aspirar a parecernos. Influir en cosas tan simples y profundas como la forma de hablar o de expresar las ideas y las emociones.

Los buscadores de programas de gobierno, de experiencia, se quedan tratando de resolver la mitad del problema. Cuando un país o el mundo andan despistados en términos de valores, son más útiles los líderes inspiradores.

El Colombiano, 4 de febrero

lunes, 29 de enero de 2018

Qué tan raro

Las señales que muestran la falta de argumentos en materia de política electoral son alarmantes. No me refiero a las redes sociales –en las que no participo– sino a los comentarios personales de gente ilustrada y a las opiniones que se cuelan en las conversaciones semipúblicas y en la prensa. Expondré algunos.

Empecemos por Gustavo Petro, el demonio público del día, como en su día lo fueron Álvaro Gómez o Rojas Pinilla. Hace apenas cuatro años, el apoyo de Petro a la campaña presidencial de Juan Manuel Santos resultó decisivo para el triunfo de este, y para la vicepresidencia de Vargas Lleras. Nadie dijo ni mú, hoy aparece como el intocable, el paria, sin que nadie explique por qué. ¿Cambió tanto Petro en cuatro años? Qué tan raro.

Sigamos con la frase del año: “por el que diga Uribe”. Acá está una de las pruebas más evidentes de irracionalidad. Baste recordar que en las elecciones del 2010, el que dijo Álvaro Uribe fue Juan Manuel Santos. El resultado fue más malo que regular para Colombia y nefasto para el uribismo. Y, sin embargo, millones de personas siguen esperando que Uribe les diga por quien votar. A mí por lo menos me queda claro que para eso Uribe no sirve, pero en esas andamos. Qué tan raro.

Desde que Petro se retiró del Senado de la República, cada año, consistentemente, el senador mejor calificado en el país ha sido Jorge Robledo. No en encuestas impersonales; esa ha sido la conclusión de estudios enfocados en los llamados líderes de opinión. Pues bien, ahora resulta que el apoyo del mejor senador del país se esgrime como salida para descalificar la alternativa presidencial de Sergio Fajardo. Qué tan raro.

A propósito de Robledo. Cuando andaba en el mismo partido con Carlos Gaviria Díaz, a los progresistas no les parecía tan mal tipo. Aunque sus ideas económicas, cercanas a las de Laureano Gómez –según Salomón Kalmanovitz–, eran las mismas. Qué tan raro.

Solo uno de los candidatos presidenciales está en el centro del entramado de corrupción de Odebrecht, en el ombligo de todos los robos al erario público en el departamento de Córdoba y, por supuesto, en la cadena administrativa que involucró a los contratistas inexpertos a quienes se les cayó el puente de Chirajara. Se llama Germán Vargas Lleras. Por cosas menores se cuestiona a la mayoría de aspirantes a la Presidencia. Pero de Vargas Lleras nadie habla en estos casos. Qué tan raro.

Víctima de la acusación temeraria y no probada de gobernar con el paramilitarismo, comentaristas cercanos al Centro Democrático pagan con la misma moneda tratando de confundir a la opinión con la especie de que todos los demás candidatos, excepto Vargas, son amigos de la Farc o testaferros políticos de ella. Muy raro y muy ridículo.

El Colombiano, 28 de enero

lunes, 22 de enero de 2018

Contratistas 2

Después de publicada la columna anterior sobre el tema de los contratistas han pasado algunas cosas y he recibido algunos comentarios razonados, cosa rara en estos tiempos de iracundia, irreflexión y tozudez.

Empiezo por las reflexiones. El colega Santiago Leyva, de la Universidad Eafit, me hizo un apunte sobre una preocupación que le ronda hace tiempos y que tiene que ver con la acumulación de conocimiento y la construcción de capacidades en el sector público. El sistema de contratación vigente en el país impide que eso ocurra; el aprendizaje es un valor añadido que gana el contratista y que se convierte en un factor de negociación y presión sobre los entes oficiales.

Otro profesional me señaló el asunto de la rotación excesiva en los cargos de nivel gerencial, no solo en la administración sino también en las empresas comerciales e industriales del Estado. “Como cambian de gerente, también cambian muchos puestos técnicos de alto nivel, al punto de que ya los funcionarios de carrera, prácticamente no pueden llegar a las grandes gerencias porque estas se han vuelto más políticas que otra cosa quitándoles eficiencia a las empresas”, me escribió.

Hablé de la pérdida de poder simbólico del Estado. El personalismo de los gobernantes lleva a que quede la idea de lo bueno lo hizo fulano, lo malo el Estado (o viceversa si habla la oposición). Y sirve para la más inútil de las contrataciones de hoy: la papelería de las administraciones. Porque ya no importa la administración sino el fulano a cargo. Cada cuatro años cambio de foto, de lema y de colores. ¿Cuánto vale? ¿Qué proporción del presupuesto de un pequeño municipio se pierde en este contrato?

El presidente Santos acabó de echar al director de Colciencias César Ocampo. En entrevista reciente (“Colciencias debería ser una entidad libre de clientelismo”, El Tiempo, 16.01.17), Ocampo señaló que en la entidad “se habían delegado competencias en materia de contratación y toma de decisión a la subdirección general y a la secretaría general” y que eso permitió irregularidades como la contratación de “personas con formación de bachiller o técnico con honorarios de hasta 5 millones de pesos, y otras, con formación de doctorado, con honorarios de un rango similar”. Ocampo quería hacerse cargo, pues era su responsabilidad, pero el Presidente no quiso ceder la máquina contratante.

Se cayó el puente de Chirajara en la vía Bogotá-Villavicencio, a cargo de una empresa propiedad del único amigo fiel de Santos, Luis Carlos Sarmiento, quien llegó a la infraestructura como contratista neófito. La obra era un puente de 440 metros de longitud que no lo hace cualquiera. Con la idea de que si hay plata y hay contrato se puede hacer cualquier cosa, se elabora la filosofía del contratismo. Esperemos a ver quién lo paga y a quién contratan para volverlo a hacer.

El Colombiano, 21 de enero.

lunes, 15 de enero de 2018

Contratistas

Titular de noticia decembrina: “Indignación por foto de contratistas de la Alcaldía de Medellín con Popeye” (El Colombiano, 29.12.17). Confieso que no leí la nota; basta la foto de un par de personas con chalecos de la Alcaldía tomándole fotos a una compañera con John Jairo Velásquez, sicario de Pablo Escobar. Dada la fecha de la publicación, puede suponerse que los hechos ocurrieron el Día de los Inocentes.

El Estado colombiano creó hace tiempo un sistema de operación que descansa en los contratistas, que se disparó después de las reformas de César Gaviria. Mi impresión es que si uno le quita los contratistas a un ente estatal, especialmente las alcaldías y las gobernaciones, lo que resta de acción estatal es muy poco. Pongamos como caso el municipio de Medellín. El grueso de los empleados públicos son maestros, guardas de tránsito y un pequeño grupo de personal administrativo compuesto por interventores y secretarias. La ejecución de las políticas públicas depende, en lo fundamental, de contratistas. Esta distribución subvierte la filosofía de toda contratación, cual es, procurar que terceros hagan aquellas actividades que no están en el meollo de la misión institucional.

Cuando el 80% de la actividad de la administración (esa es la cifra que me da una fuente) la hacen los contratistas, eso significa ni más ni menos que la ciudadanía está en manos de entes privados. No se trata solo de hacer andenes o tapar huecos. Estamos hablando de atención a primera infancia, cuidado del espacio público, prestación de servicios de nutrición escolar o salud. Tampoco se trata una simple prestación de servicios sino de delegación de funciones públicas que podrían implicar ingresos para el municipio. Y si no, ¿quién establece la fotomulta de tránsito y la recauda? ¿quién da las licencias de construcción y cobra por ello? ¿quién da los certificados tecnomecánicos, entre otros, y recibe los pagos?

El hecho de que la administración pública descanse en los contratistas tiene dos efectos perversos adicionales. Uno es la corrupción pues, como se sabe, los apoyos electorales y la financiación de campañas se suelen pagar con contratos. Normalmente a personas y entidades que no saben nada sino que funcionan como “operadores logísticos”, entes contratantes dedicados a subcontratar y a llevarse las tajadas más grande de los presupuestos. El segundo es que los trabajadores que están al final de la cadena de contratistas son mal pagados y sujetos a condiciones muy precarias.

Que la contratación sea más eficiente no está demostrado. Eleva los costos de transacción y genera enorme gastos a la ciudadanía por la descoordinación que genera (vean distintos operadores haciendo cosas distintas en la misma vía a la misma hora). Además anula la capacidad simbólica del Estado, por eso alguien con el logo de la Alcaldía puede posar con Popeye en contra de la voluntad del Alcalde.

El Colombiano, 14 de enero

lunes, 18 de diciembre de 2017

2017 a través de preguntas tópicas

Una de las varias formas que usan los medios de comunicación para resumir un año es a través de preguntas como el personaje o el acontecimiento del año; las secciones culturales tratan de señalar el libro, el disco o la película del año; recientemente se indaga por la palabra –lo que pone de presente la importancia del lenguaje en el mundo contemporáneo. Haré este ejercicio brevemente para cerrar este 2017.

La palabra del año es corrupción. Si no nos gustan las generalidades podemos cambiarla por Odebrecht. Es la palabra más importante en Suramérica y en Colombia. En la región fue una palabra con poder que llevó a juicio a expresidentes y ministros; tiene tambaleando al gobierno peruano. En Colombia fue una palabra sonora, apagada en los recintos de la Fiscalía General de la Nación que tocó senadores provincianos y algunos funcionarios de segundo nivel pero que no ha llegado a los vestíbulos de la Casa de Nariño.

El acontecimiento del año en Colombia fue la desmovilización de las Farc. Uno puede obnubilarse con las noticias de la noche que desmienten las de la mañana, pero ese hecho quedará en los libros de la historia mundial como uno de los que alcanzarán el rango de “acontecimiento”, es decir, de punto de inflexión en el curso del tiempo. Gracias a él, 2017 tendrá el peso de 1953 o 1991 y no será solo un año más de desgobierno.

En el mundo, sin dudas, lo es la irrupción de Donald Trump en la Casa Blanca, con efectos disruptivos que pocos se imaginaron en sus detalles. Desde la destrucción del seguro de salud para 25 millones de estadunidenses hasta las medidas sobre clima o internet que afectarán a toda la humanidad. El historiador italiano Enzo Traverso acaba de llamarlo fascista, aclarando que no tiene tras de sí un movimiento fascista; menos aún que el régimen político en el que se inscribe lo sea (“Como europeo, no veo Cataluña como una nación oprimida”, El País, 14.12.17). No me gustan los calificativos, aunque este no desentona.

No existe una categoría para el muerto del año; solo a muertes notables alude The New York Times. El final de año debe servir siempre para recordar y agradecer a aquellos que tocaron nuestras vidas. La mente: Tzvetan Todorov, Giovanni Sartori, Daniel Herrera, Luz Gabriela Arango. El corazón: Chuck Berry, Tom Petty, Elkin Ramírez, Chris Cornell. El espíritu: Sam Shepard.

El funcionario público del año debió haber sido el Presidente de la República, pudo serlo el Fiscal General de la Nación pero –siempre en mi opinión– fue el Superintendente de Industria y Comercio. El mundo se llenó de tantos personajes grises que da lidia encontrar gente de talla; dejarán huella en sus países y regiones Angela Merkel y Xi Jinping, Emmanuel Macron es apenas una esperanza.

El Colombiano, 17 de diciembre

lunes, 11 de diciembre de 2017

Cuatro libros para entendernos

La principal preocupación del país, es decir, de la sociedad y de los dirigentes debería ser la reconciliación, aunque lo que uno ve en la escena pública es la lucha ciega entre el miedo y el odio. La frase es de Álvaro Gómez Hurtado (1919-1995) a propósito de las elecciones de 1970; un tema sobre el que volveré cuando se acerque mayo del 2018. La reconciliación necesita reflexión, comprensión, distancia, discusión informada. Eso nos lo ofrecen cuatro libros publicados durante 2017. Será mi recomendación para vacaciones.

Empiezo por el que abarca el periodo más largo de la historia colombiana. Daniel Pécaut acaba de publicar una larga y magnífica conversación con el profesor Alberto Valencia Gutérrez de la Universidad del Valle (En busca de la nación colombiana, Debate). Pécaut recaba en su caracterización de Colombia como un país fragmentado no solo desde el punto de vista territorial, sino también social y político. El mensaje duro es que necesitamos avanzar en “la construcción de una voluntad nacional y de una visión de futuro”.

El trabajo que se remonta más atrás es de Francisco Gutiérrez Sanín, profesor de la Universidad Nacional (La destrucción de una república, Taurus - Universidad Externado). Trata del periodo de la república liberal (1930-1946) a través de la manera como se estructuraron y se condujeron los partidos tradicionales, pero hace un contraste esclarecedor sobre la llamada “hegemonía conservadora”, destrozando las caricaturas que se hacen sobre ambos periodos. La república destruida no fue solo la liberal sino la colombiana.

Eduardo Pizarro Leongómez publicó Cambiar el futuro (Debate). Se trata de la historia de los acuerdos de paz desde 1984 hasta el 2016. Una panorámica necesaria que muestra cómo este país se empecinó en buscar la paz casi desde el momento mismo en que comenzaron las guerras insurgentes. Y cómo los méritos de esta paz parcelada están muy repartidos. Puede verse que a lo largo de 35 años el país construyó instituciones, reglas y capacidades que terminan por configurar una política de Estado, sinuosa pero productiva a fin de cuentas.

En No hubo fiesta (Debate), Alonso Salazar narra una docena de historias de personajes que se fueron pa’l monte, como solía decirse. Alonso volvió a la crónica después de un largo paréntesis y lo hizo en un campo muy complicado, porque se atreve a contar historias de amigos, compañeros de estudio, familiares. La gran virtud del libro es que humaniza los personajes que detrás de una capucha o un camuflado eran vistos solo como fichas de juego de guerra o encarnaciones de la maldad.

Estas lecturas nos llaman a cambiar el futuro, frase de Carlos Pizarro. El riesgo de los colombianos es quedarnos pegados del pasado, dándole de comer al miedo y al odio, en lugar de ocuparnos de lo que viene para nosotros y los que nos seguirán.

El Colombiano, 10 de diciembre

lunes, 4 de diciembre de 2017

Zombie rojo

Hace dos semanas se efectuó la consulta interna del Partido Liberal en medio de la apatía general de la ciudadanía y de la opinión pública. Solo hubo ruido en los medios de comunicación y entre muchos columnistas, lo que da a entender que el Partido está sobrerrepresentado en esas esferas. Un partido que es como un espectro; como algunos de esos santos a los que la Iglesia bajó hace tiempos de los altares pero que todavía tienen devotos despistados que gastan plata en veladoras y tiempo en oraciones.

Tristes los argumentos del debate sobre la consulta. Que el problema era la plata –los benditos 40 mil millones–, que se agravará cuando nos cuenten que la dirección liberal se embolsillará 3 mil millones por reposición de votos. Otra letanía fue que la consulta era democrática porque hubo urnas: es una concepción estrecha de la democracia, por parte de opinadores que no me molestaré en citar. Urnas hubo en Cuba esta semana y hay en Venezuela cada seis meses. Los votos, por otra parte, fueron tan poquitos que no suman ni siquiera la cantidad que se le exige a un candidato que se postule mediante firmas. Es decir, el Partido Liberal se ha deslegitimado a sí mismo.

La consulta acabó con la tradición pluralista del partido pues empezó por descabezar a todos aquellos candidatos que no adhirieron a un llamado “Manifiesto liberal”, redactado para sacar a las senadoras Vivian Morales y Sofía Gaviria, y afinó su tradición oportunista sacando a Juan Manuel Galán, ya no por motivos ideológicos sino de interés inmediato. César Gaviria y los otros le pusieron una mortaja a eso que se supone era el liberalismo y que el politólogo Francisco Gutiérrez llama “partido ancho” (La destrucción de una república, 2017), el partido de matices con el que se llenaban la boca Lleras y López, los de los billetes nuevos.

Sirvió, eso sí, para comprobar el hecho de que el liberalismo ya no existe como gran partido y, menos aún, como partido de las mayorías. Fueron 735.957 participantes en esta consulta, el equivalente a un tercio de los que participaron en el 2006 (2.227.484) y a una sexta parte de los que votaron en la consulta de 1990 ( Jorge Bustamante, “La antidemocrática consulta del Partido Liberal”, Razón Pública, 21.11.17). Incluso, a uno le queda la duda de si hay partido propiamente dicho. Esta columna no la titulé “mortaja roja” porque aquí los partidos no se acaban, se vuelven zombies.

Lo deplorable, casi cómico, es que los dirigentes liberales pretendan que una coalición de centro para las elecciones presidenciales gire alrededor del candidato elegido en tal consulta. Como si estuviéramos en 1930 o en 1958. Como si los demás aspirantes y movimientos fueran pequeños satélites que tuvieran que girar alrededor de la supuesta estrella liberal.

El Colombiano, 3 de diciembre

lunes, 27 de noviembre de 2017

El año más famoso del mundo

“El año más famoso del mundo” es el título de la síntesis periodística que Gabriel García Márquez hiciera de 1957 en la revista venezolana Momento. Recuerdo haberlo leído hace montones de años en un volumen de La oveja negra bajo el título, en fuente negra tal vez, “Cuando era feliz e indocumentado” sobre una pasta roja, casi seguro. Ahora hace parte del tercer volumen de la “Obra periodística”.

La crónica va desde la dimisión del primer ministro británico hasta el fracaso estadounidense de poner un satélite en órbita después de que los soviéticos lanzaran dos Sputnik, a falta de uno. El ojo del periodista está puesto en la Guerra Fría y los demás acontecimientos internacionales de Europa y Norteamérica, con un seguimiento a asuntos tercermundistas como la guerrilla cubana y la caída del régimen de Rojas Pinilla en Colombia. Sin asomo de ironía anota el triunfo electoral del dictador polaco Gomulka. Da cuenta generosa de la muerte de Christian Dior y de los funerales de Humprey Bogart –el inmortal Rick de “Casablanca”.

Nada de lo relatado nos convence de que 1957 haya sido el año más famoso del mundo. Ni siquiera la separación de Ingrid Bergman que debería verse como el triunfo pírrico de los millones de enamorados, nacidos y por nacer, de Ilsa Lund. García Márquez estuvo atento al avance en el escote de Brigitte Bardot y al parto de Gina Lollobrigida pero, de modo enigmático, se le pasaron algunos eventos importantes.

El primero de diciembre de 1957 fue el plebiscito que ratificó la paz entre los partidos liberal y conservador, que habían llevado al país a una guerra civil desde hacía una década. A raíz de esa votación, además, se creó el Frente Nacional. Ha sido el acto electoral más concurrido de la historia colombiana y fue la primera vez que las mujeres pudieron votar. El silencio del escritor presagió la injusta subestimación de la paz, el plebiscito y el nuevo arreglo institucional que vinieron después, hasta hoy. Déjà vu.

El diez de diciembre Albert Camus pronunció su discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura siendo ya una celebridad mundial, no como aquellos anónimos con los que los suecos a veces intentan descrestar. Si tenemos en cuenta que –según contó Juan Gabriel Vásquez en la presentación del pregrado de Literatura de la Universidad Eafit– la influencia de Camus es evidente en la obra garciamarquiana, el silencio respecto al enaltecimiento del escritor francés deja interrogantes. Motivos ideológicos, supongo.

Me queda más fácil comprender por qué no mencionó el triunfo del Medellín en el campeonato colombiano a pesar de que la revista Crónica, en la que participó en Barranquilla, se distinguía por incluir un postre futbolístico en medio de poemas y cuentos. Al cabo, luce más famoso 1967 cuando se publicó “Cien años de soledad”.

El Colombiano, 26 de noviembre

viernes, 24 de noviembre de 2017

Repertorio de Van Morrison, Salle Pleyel

Salle Pleyel, París, 17.11.17

Repertorio

1. Baby Please Don't Don't Go

2. Moondance/So What/Look Beyond The Hill

3. Automobile Blues (Lightnin’ Hopkins cover)

4. Baby Please Don't Go /
Parchman Farm /
Don't Start Cryin' Now/
Custard Pie (Big Joe Williams cover)

5. The Way Young Lovers Do

6. Ancient Highway

7. Little Village

8. I Believe to My Soul (Ray Charles cover)

9. Magic Time

10. I Get a Kick Out of You (Cole Porter cover)

11. Vanlose Stairway

12. Brown Eyed Girl

lunes, 20 de noviembre de 2017

Valió la pena

Muchas personas cercanas –algunas desinformadas, otras informadas pero dubitativas– me hacen esta pregunta: ¿valió la pena el acuerdo con las Farc? La formulan también con diversas variantes: ¿valió la pena a pesar de que el Gobierno ha resultado tan ineficiente o negligente en la implementación?, ¿valió la pena a pesar de la soberbia ofensiva de la dirigencia de la Farc?

Para ilustrar un balance grueso, un año después de la firma del Teatro Colón (24 de noviembre), contaré dos anécdotas recientes que ilustran la misma reacción frente a cuestiones semejantes. Dos anécdotas con dos mujeres de perfiles muy distintos.

En octubre pasado nos visitó en la Universidad Eafit la profesora de la London School of Economics Mary Kaldor. Mary es una mujer mayor (71) que escribió hace dos décadas uno de los libros más claros sobre las guerras civiles contemporáneas. Conoce muy bien los casos recientes en el mundo y sabe lo resistentes que pueden ser los conflictos armados internos. Vino a Colombia y pasó por Medellín porque quería conocer de primera mano estos dos casos tan llamativos en Europa. Cuando le presentamos el desarme de las Farc como la expresión más tangible del acuerdo, con expresión sonriente solo dijo “amazing” (asombroso).

Más recientemente –hace diez días– viví una escena especial. Estaba comiendo con mi nieta de nueve años y de modo intempestivo, después de una pequeña pausa, me preguntó si en Colombia todavía había guerra. Como los académicos casi nunca damos respuestas rotundas (simpliciter, diría Tomás de Aquino) le digo que podría decirse que ya no hay guerra en el país. Ella simplemente cerró los ojos y levantó su brazo derecho, empuñado, como hace Mariana Pajón cuando gana una carrera. También sonrió, tranquila, y siguió comiendo.

Soy consciente de que estas anécdotas no representan un argumento distinto al de la autoridad. Pero no son autoridades menores. Se trata de la autoridad de la experiencia y la de la inocencia, la autoridad de la forastera y la de la originaria, la autoridad de la razón y la del corazón.

Pero amén de este hay otros argumentos poderosos. Colombia dejó de figurar entre los países más violentos de América Latina. Desde 2002 este indicador no ha dejado de descender y lo va a seguir haciendo. Algunos millones de colombianos están conociendo, tras décadas, la tranquilidad. En Meta, sur del Huila y del Tolima, la parte norte de la costa Caribe, Córdoba, el norte de Antioquia y de Caldas. Otros, infortunadamente, no.

El desarme y la desmovilización de las Farc representan una oportunidad enorme para la sociedad colombiana. Cumplir razonablemente el acuerdo, enfocarse en los nuevos problemas que salen a la luz después de la violencia, elegir un gobierno moderado y moderno dirigido por mentes del siglo XXI; todo eso dependerá de la ciudadanía y de las élites.

El Colombiano, 19 de noviembre

lunes, 13 de noviembre de 2017

Expectativas de ciudad

El mejor instrumento de percepción que tiene Medellín es la encuesta que, para el proyecto Medellín cómo vamos, realiza Ipsos hace más de una década. Ninguna otra encuesta tiene la representatividad por zonas, estratos socioeconómicos y género, ni ofrece la comparabilidad tanto a lo largo de los años como con otras ciudades del país. Desde 2010, la presentación de los datos ha estado acompañada de un ejercicio estadístico que permite identificar los puntos fuertes de la ciudad y los temas en los que la ciudadanía estima que hay que mejorar.

Si se cotejan los resultados del 2010 con los del 2017 podemos encontrar cambios significativos. El primero es que la cabeza de los medellinenses en el 2010 estaba concentrada en el problema de la seguridad y en un grado muy menor en temas tradicionales como vivienda y espacio público. Este año la agenda se ha hecho más compleja y las prioridades son distintas. El tema urgente ha pasado a ser el empleo de calidad; el tema emergente es la preocupación por el ambiente, no solo en calidad del aire y el ruido sino en un asunto impensable antes en “la tacita de plata”, el de las basuras. Preocupaciones menores que requieren atención son la salud, el estado de las vías, la gestión de las secretarías y del concejo municipal.

En 2010 la gente veía que la institución sobre la que descansaba la calidad de vida en la ciudad era Empresas Públicas. En menor medida la reputación del alcalde, el sistema de trasporte o las vías, se consideraban factores que podían contribuir a ella. En 2017 también se aprecia un cambio significativo a este respecto. Ahora la Alcaldía ocupa el centro del escenario en tanto institución fuerte, vista como la que tiene mayor incidencia sobre el bienestar. Y las Empresas Públicas pasan a un tercer plano detrás la oferta educativa y cultural.

El cambio más impactante se aprecia en la educación. El factor de la calidad de vida que más acrecentó su valoración fue la educación. La gente se siente más satisfecha con la educación, de manera destacable con la pública y con la educación superior. Espera que la política pública educativa ayude a reducir la desigualdad y que un mayor nivel educativo contribuya a mejorar los ingresos personales y familiares. En contra de algunos comentarios cínicos, la confianza en la estrategia educativa ha resurgido.

La mácula está en la calidad de la ciudadanía pues la participación ha bajado, el respeto a los demás tiene registros inferiores al 50% y la probabilidad de cumplimiento de la norma es apenas del 27% en el tránsito y de 40% en los servicios públicos. Este déficit de ciudadanía es una interpelación a las familias, la escuela y las empresas. La construcción de ciudad no depende solo de la iniciativa gubernamental.

El Colombiano, 12 de noviembre

lunes, 6 de noviembre de 2017

La Reforma

Que un acontecimiento sea capaz de apropiarse de toda la carga significante de una palabra, demuestra su potencia, amplitud e influencia. Eso pasa, precisamente con La Reforma. Renacimiento e ilustración tienen dimensiones similares, pero no están vinculadas a un evento sino a una vasta serie de obras y personajes, grandes como pueden ser Leonardo o Kant. Descubrimiento guarda proporción pero requiere apellido, de América en este caso. Revolución nombra varias cosas y se banalizó hasta convertirse en una muletilla o una máscara. La Reforma, no requiere apelativo; se apropió, incluso del artículo, para hacerse más singular y gira alrededor de una figura y un hecho: Martín Lutero (1483-1546) y la leyenda de las 95 tesis clavadas un 31 de octubre, hace 500 años, en un pequeño pueblo alemán.

La Reforma desató innumerables consecuencias en la cultura y en las instituciones de Occidente, que han sido ampliamente documentadas y elogiadas y de las cuales la más famosa de todas tal vez sea La ética protestante y el espíritu del capitalismo de Max Weber (1864-1920). De allí surgió, a su vez, la caricatura –falsa, por supuesto– de que si un país era protestante se modernizaba con facilidad y si era católico permanecía en el atraso. Una tontería que muchos repiten con tono autoritativo. Muchos de los efectos de La Reforma fueron imprevistos e indeseados y tienen que ver, sobre todo, con la convergencia de otros procesos económicos y sociales. No hay que olvidar que Lutero fue contemporáneo de Cristóbal Colón, Fernando Magallanes, Nicolás Maquiavelo, Leonardo da Vinci, Juan Luis Vives, Johannes Gutenberg y de las familias empresariales Fugger, Médicis y Welser. Es decir, el descubrimiento de América, el humanismo renacentista, la imprenta, la política y el empresariado modernos estaban surgiendo a la par con la reforma protestante, así que no tiene sentido concentrar en esta todos los efectos virtuosos que encontramos en la modernidad occidental.

Alemania se benefició en mayor medida de la actividad del monje agustino. Lutero contribuyó decisivamente a la codificación de la lengua alemana y a la autonomía de sus príncipes, a la promoción de la alfabetización y la escolarización de la población, a perfilar el sueño de la unidad de la mayoría de los alemanes bajo un solo Estado, algo que solo alcanzarían en 1871 y, después de las vicisitudes conocidas, en 1991. Los homenajes a Lutero y a su rebelión son, también y con todo derecho, cosa del orgullo alemán. Ni que hablar de los beneficios que de la teología protestante ha obtenido la iglesia católica.

Del personaje y de la influencia que tuvo –como de cualesquiera otros– también se pueden decir cosas negativas (María Elvira Roca, “Martín Lutero: mitos y realidades”, El País, 22.07.17). Pero, después de medio milenio, la trascendencia de Lutero y el protestantismo es incontestable, y su estudio una asignatura pendiente.

El Colombiano, 5 de noviembre

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Responsabilidad y reconciliación: Pascual Gaviria

Perder el juicio

Pascual Gaviria

El Espectador, 31 de octubre de 2017

Nuestra justicia más que ordinaria solo logra identificar un presunto culpable y comenzar un juicio en el 24 % de los homicidios registrados por Medicina Legal. Hace unos días el “aterrado” fiscal general soltaba la cifra con orgullo inquisidor. El porcentaje de condenas es aún menor y el de injusticias es imposible de rastrear. Nuestra extraña fisonomía moral nos ha llevado a ser un país acostumbrado a la impunidad y a los repentinos arrebatos justicieros. Esa paradoja, acompañada del populismo feroz, sirve para explicar las declaraciones absurdas del fiscal en un mismo día. Por un lado se mostró satisfecho con que uno de cada cuatro asesinatos no tuvieran siquiera un señalado a quien perseguir, y por el otro, se declaró indignado frente a una ley que impedirá llevar a la cárcel a los integrantes de 110.000 familias cocaleras que viven en las orillas del mapa y el punto ciego del Estado.

En las capitales la Fiscalía no logra construir un caso con elementos suficientes para condenar a los delincuentes que medran y mandan sobre grandes sectores. Las capturas de jíbaros y consumidores de coca y marihuana se cuentan por millones mientras los duros se aburren en los avisos de los más buscados. En Medellín, por ejemplo, es corriente que quienes dominan las comunas sean “capturados”, sería mejor decir recibidos, por la Fiscalía luego de la certeza de una justa condena por concierto para delinquir. Hace unos días Carlos Pesebre, un hombre con más de 20 años de vida criminal y una desmovilización a cuestas, fue absuelto en segunda instancia de una condena impuesta por homicidio. De nuevo todo quedó en manos del concierto para delinquir. La Fiscalía salió a pegar con babas una acusación de supuestos delitos cometidos por Pesebre desde la cárcel.

Los casos de corrupción pasan por cedazos muy parecidos. Sin el oído de la DEA seguirían pasando Bustos por inocentes. Y si no fuera por la bulla de Otto muy poco se sabría sobre los maletines de Odebrecht. La Fiscalía parece en realidad una oficina dedicada a transcribir testimonios. Ese es su gran, casi su único, medio de prueba. Y para recibirlos ofrece lo que podríamos llamar una “justicia especial por incapaz”. Dado que no logra condenas por cuenta propia, se dedica a los principios de oportunidad, a negociar, a ofrecer años a cambio de plata y pistas. Y a buscar titulares de prensa, afán en el que solo se ve superada por la Procuraduría. Lo más grave de todo es que también se ha acostumbrado a usar la ganzúa de un proceso injusto para buscar confesiones y delaciones imposibles. Las detenciones preventivas han demostrado que entre nosotros la pena puede ser el proceso.

En medio de ese panorama estamos dedicados a las minucias de la Justicia Especial para la Paz (JEP). La justicia transicional que sin un solo expediente ya ha armado un alboroto político que al parecer durará más que los diez años del propio tribunal. El mejor retrato que he leído sobre esa justicia lo publicó hace poco Jorge Giraldo, el decano de la Escuela de Humanidades de la Universidad Eafit. Son 80 páginas de historia, pragmatismo y pesimismo llamadas Responsabilidad y reconciliación ante la justicia transicional colombiana. Se señalan los riesgos de los jueces impulsados por un ánimo de heroicidad, de las sentencias y absoluciones como armas en la política por venir, de las presiones punitivas desde los organismos internacionales, de la mentira que supone la verdad recitada bajo recompensas judiciales. Todo eso acompañado del escepticismo frente a un tribunal encargado de penetrar y despejar “la niebla de la guerra”. Al final queda una pregunta de George Steiner: “¿Cuáles son las raíces profundas de ese rechazo de toda reconciliación, de ese rechazo de todo olvido?”.

lunes, 30 de octubre de 2017

Un pensar herido

Hace veinte años, mientras la sociedad colombiana emprendía la cuesta más dura de la guerra, la Universidad Eafit tomó la decisión de crear una escuela de Derecho y otra de Humanidades. Lo primero habría deleitado a Kant, lo segundo a Pico della Mirandola. A pesar de que ese paso supuso una continuación de la Ilustración y del humanismo renacentista a nadie se le ocurrió que fuese un salto atrás. Pero nadie, tampoco, creo, se apercibió de que la elección implicaba un desafío modesto a la arbitrariedad y a la crueldad de la violencia, un esfuerzo por darle espacio a lo que no fuera espanto.

Bajo cierta mirada cínica que se asoma en el siglo XXI, la confianza en la formación jurídica y humanista podría parecer, incluso, anacrónica. No en vano la visión desencantada del mundo se apuntaló sobre la idea de que las calamidades contemporáneas habían sido un fruto, quizá indeseado, aunque previsible de la modernidad. El arribo a la sociedad de masas –que diagnosticó Gustave Le Bon durante la Bella Época– contribuyó a reforzar la idea de que los seres humanos somos, bajo el cielo de acero, “puntos negros a las orillas de la suerte” (1).

Las utopías políticas modernas han muerto y el vacío está siendo copado por la fascinación tecnológica más que por la ilusión de la libertad. Las luces de la filosofía pretenden ser apagadas para que den paso a las luces técnicas cuyo emblema es el láser, nieto avanzado del neón. Ya Heidegger –no sin incongruencia personal– había descubierto los indicios de esta tendencia de la técnica hacia la autonomía. Y los operadores de ella están intentando imponer la exclusividad de la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas –el famoso STEM, según la lingua franca– y, con ello, que la educación deje su lugar a la instrucción.

Tras este desplazamiento hay una promesa y una renuncia. La promesa consiste en sacarnos del dominio de la suerte sometiendo todos los universos, desde el estelar hasta el genómico, a los designios de no sabemos quién. El precio implícito sería renunciar a rebelarse contra la condición de ser solo puntos negros, en una imagen satelital o en una mina de datos. En cualquier caso el cielo seguiría siendo un techo de acero sin aperturas a la duda, la fe o el asombro.

Hasta aquí tenemos un discurso correcto en líneas generales, excepto porque se presta para promover la falsa discordia –que ya criticara Saint-John Perse– entre la ciencia y la poesía (2). Además, como toda victimización, es un planteamiento poco propicio para la reflexión pues, en sentido estricto, solo hay reflexión cuando se cuestionan las premisas propias. Las humanidades no pueden presumir reflexividad si no se miran al espejo, si no se exponen frente a su reflejo ni hurgan en sus llagas.

Desde que la meditación tomó este sendero, las preguntas emergentes se tornaron sombrías: ¿se han desinteresado las humanidades por la morada del ser humano? O, incluso, “¿las humanidades pueden volverle a uno inhumano?” (3). Si el humanismo clásico olvidó lo humano y se embriagó con una abstracción a la que llamó humanidad, el humanismo posmoderno fragmentó ésta en multitud de grupos y colectivos a los que intenta otorgarles una dignidad superior a la de la persona singular. Que nuestra situación de puntos negros se afiance no se debe solo a la estadística.

Cuando la poesía se empeña a darle alma a los animales y la ciencia le inyecta razón a las máquinas, ¿en qué consiste lo irreductible de lo humano? Cuando el pensamiento debilita la sensibilidad y el arte no pasa de ser un consuelo, ¿qué podemos esperar de las humanidades? Una de las pocas certezas que podemos albergar es que las respuestas no provendrán desde el intento fordista de subyugar a la palabra y a la curiosidad.

Siempre en tono menor, el trabajo de las humanidades trascurre sin euforia y sin descanso, como el de Sísifo. Este tono inseguro se acentúa en una situación como la nuestra en la que, veinte dolorosos años después, nadie puede declararse intacto en Colombia. Ni siquiera el pensar. El nuestro es un pensar herido que aún balbucea explicaciones. Un pensar tímido y desconfiado que, sin embargo, tendrá que ser capaz de domesticar ánimos y sostener conversaciones. En medio del griterío de la plaza pública, la voz de los humanistas deberá pronunciarse; solo con ella puede justificarse nuestra labor; solo con ella puede honrarse esta tradición que comenzó con Protágoras.

30 de octubre de 2017

1. Estrofa de la canción “La frontera”, escrita e interpretada por Lhasa de Sela (1972-2010), y aparecida en el álbum The Living Road, 2004.
2. Saint-John Perse, Discurso de aceptación del Premio Nobel, 1960. Consultado en http://fs-morente.filos.ucm.es/publicaciones/recursos/sjperse.pdf
3. George Steiner, Un largo sábado, Madrid, Siruela, 2016, p. 99.

Cultura, negocio y fútbol

En medio de tantas urgencias hay que sacar el espacio para hablar de lo importante. Eso hizo el periodista y escritor Guillermo Zuluaga hace poco (“No es Peláez; el problema es el fútbol”, El Espectador, 21.10.17). Siendo Zuluaga un hombre curioso, crítico, sabedor de fútbol y autor de varios libros sobre él, carente de materialismo y apasionado, se puede deducir que es hincha del Medellín. Su columna se despacha contra el dueño y el presidente del equipo y, haciéndolo, sangra por la herida de todos nosotros que es como la del ícono del Sagrado Corazón.

Confiesa su inclinación por el romanticismo y se le nota cuando, en cierto modo, pone el fútbol ante la disyuntiva entre el potrero y el negocio. Yo no lo creo y no es solo por mi espíritu contrario al romanticismo filosófico y, sobre todo, al romanticismo político. El fútbol llegó a una fase en la que se ha mezclado de manera íntima con todos los poderes terrenales, contando a Putin, la mafia y al Papa. La Fifa y varios clubes del mundo son grandes empresas. La ilusión deportiva, a veces, me alberga dudas viendo la fragilidad comparativa de un futbolista al lado de un ciclista.

El fútbol es un hecho cultural cada vez más escindido entre la farándula y la épica. La farándula de casi todos los clubes y la épica de casi todas las selecciones. Entre la cosmética, las novias y el atletismo de Cristiano Ronaldo y el amor, la lealtad y el arte de Francesco Totti. Disneylandia frente a la República Romana. Cristiano será The Best pero no es un héroe como el Il Capitano y tampoco será campeón mundial.

Lo que pasa en el Medellín y en casi todos los equipos es que no les alcanza ni para ser negocios. Los negocios modernos son sociedades anónimas, no empresas unipersonales que portan el nombre del dueño como si se tratara de una peluquería. Los negocios modernos son de largo plazo; el tipo que compra un equipo y a los seis meses quiere recuperar la plata vendiendo los jugadores no es un buen negociante, es un agiotista. En los negocios modernos prima la división del trabajo: los dueños no hacen gerencia, los gerentes no son los ejecutores de los proyectos. Cuando el dueño le pone los empleados al gerente y le contrata los jugadores al técnico, es porque no hay racionalidad económica ni visión estratégica, solo capricho y pequeño despotismo.

Ojalá el Medellín fuera un negocio, propiedad de un club, con una junta visionaria y un gerente responsable. Cinco técnicos en un año, media nómina traspasada, el público reducido a un tercio, solo pueden dar como resultado cuatro torneos de incompetencia total, más otra campaña mísera en el fin de año. No es negocio; es incompetencia, arbitrariedad y falta de profesionalismo.

El Colombiano, 29 de octubre

lunes, 23 de octubre de 2017

Juegos casi suicidas

Una imagen cotidiana: una moto destrozada sobre la vía contraria, un automóvil con daños severos en la parte delantera, policía, ambulancia, agentes de tránsito, un hombre lanzado arena sobre el aceite regado en la vía. Alto de Las Palmas, jueves, a las siete de la mañana. Y un trayecto breve al aeropuerto muestra un puñado de casos en los que pudo suceder algo parecido. Una señora que cruza corriendo los dos carriles de la vía, un automóvil pequeño haciendo adelantos en curva, motos sobrepasando por derecha, grupos de ciclistas recreativos en racimo (sin procurar una fila).

Los datos recientes de la accidentalidad vial en Colombia muestran que 700 mil personas estuvieron involucradas en accidentes de tránsito en el 2016. Todo Bello más Copacabana o, para cambiar de geografía, el equivalente a toda la población de Pereira. El 51% de los muertos en accidentes de tránsito fueron motociclistas, el 25% peatones, 8% automovilistas, 5% ciclistas. Según Diego Laserna, la legislación nacional y la permisividad de las autoridades contribuyen a esta calamidad (“Motos: más y más peligrosas pero con descuento en el SOAT”, La silla vacía, 19.10.17). Si continúa esta tendencia pronto se convertirá en el principal problema de salud pública del país.

Tiene muchas aristas este asunto y ahora quiero especular con una probable y poco analizada. En uno de sus últimos escritos, el sociólogo francés Pierre Bourdieu (1930-2002) analizó la agresividad en las barriadas pobres de París y habló de “juegos casi suicidas”. Actividades temerarias en las que las personas ponen en juego la vida estúpidamente. Estos juegos van más allá de la búsqueda de adrenalina por parte de los jóvenes y parecen canalizar los impulsos bloqueados para hacer uso directo de la violencia física contra terceros, castigada con severidad por parte de los Estados como el francés.

Entre nosotros muchos de estos juegos casi suicidas son también casi homicidas. La mayoría de ellos están relacionados con el abuso de los automotores pero allí pueden caer también los desafíos peligrosos que circulan por redes sociales (el juego de la ballena azul, por ejemplo) y otras prácticas relativamente nuevas. Pareciera que la domesticación de la violencia mafiosa y la casi desaparición de la violencia política ejercida por grandes organizaciones estuviera cediendo el lugar a un tipo de violencia sutil, menuda, molecular –diría Enzensberger. Una violencia celebrada, expresión del machismo aunque no exclusiva de machos (pululan las mujeres en estas).

Además, se trata de una violencia que no se reduce a un segmento social como los barrios pobres o marginales. Violencia aérea, casi invisible porque parece audacia, diversión, simple imitación de los modelos de la publicidad y el cine. La baja tasa de homicidios en los barrios ricos deberíamos ajustarla con los datos que arrojan los juegos casi suicidas. Probablemente descubriríamos las capilaridades de la violencia, su microfísica.

El Colombiano, 22 de octubre

martes, 17 de octubre de 2017

La fragilidad de Medellín

Hace casi diez años advertimos, desde el Centro de Análisis Político de la Universidad Eafit, que los buenos resultados generales del desempeño de Medellín durante la primera parte de este siglo eran frágiles. Una de las razones que planteamos consistía en estimar que esos logros significaban un desatraso de la ciudad y de ninguna manera podían asumirse como si hubiéramos llegado a una situación ideal. Cuando se habla del modelo Medellín o del milagro Medellín debe entenderse de esta manera: una ciudad que salió en un tiempo relativamente breve de una situación dramática y pasó a una de relativa normalidad. También hemos estado señalando que la normalidad a la que Medellín llegó desde 2004 es una normalidad mediocre, acorde con los estándares de la mayoría de las grandes ciudades latinoamericanas pero distante, todavía, de aquellas que muestran los mejores indicadores.

Leer más en:
http://www.region.org.co/index.php/opinamos/item/252-opinion-la-fragilidad-de-medellin

lunes, 16 de octubre de 2017

Ituango, el nuevo reto de Antioquia

La gran obsesión territorial de las élites paisas durante más de una centuria fue Urabá. Tratándose de tanto tiempo los resultados son más que mediocres. Se logró administración política sobre la región, tras décadas de “epopeya” se hizo una trocha y de todo lo demás se encargaron los colonos, muchos de ellos chocoanos y cordobeses. Habrá carretera moderna –cosa que se le debe a Juan Manuel Santos– y puertos gracias a la iniciativa privada, en buena medida extranjera. Somos más flojitos de lo que creemos. Con el añadido de la desmovilización de las Farc, Urabá como meta está chuleada. Lo que sigue será el resultado de lo hecho.

El nuevo principal propósito de Antioquia debería ser el Nudo de Paramillo y los municipios que se asientan en él, principalmente Ituango. Ituango sigue siendo el “distrito mal conocido” del que hablaba Manuel Uribe Ángel pero puede ser la región de gran porvenir que avizoraba el sabio envigadeño.

Ituango concentra, como un fractal, las principales fallas del país: alta informalidad en la tenencia de la tierra (1 de cada tres predios), pobreza (81% de la población), instituciones débiles (municipio categoría 6), cultivos ilícitos (su área aledaña produce, con el Bajo Cauca, el 39% de la coca del país), incomunicación (de la cabecera a Santa Lucía son dos horas si no hay invierno), más víctimas que habitantes (44.587 registradas desde 1985), negligencia generalizada y sempiterna de las autoridades centrales y regionales.

Pero también reúne condiciones muy promisorias: el nudo es la principal estrella fluvial de Antioquia y Córdoba, y en sí mismo constituye un rico ecosistema que reúne todos los pisos térmicos y puede aprovecharse de sus conexiones con Urabá, Córdoba y Bajo Cauca. Cuenta ya con dos realidades representadas por las hidroeléctricas de Hidroituango, al occidente, y Urrá, al norte. Ahora tiene la enorme oportunidad que representa la desmovilización de los 240 guerrilleros del frente 18 de las Farc. Se acabaron las disculpas.

El hecho de que las Empresas Públicas de Medellín esté haciendo en Hidroituango una obra que equivale a todo lo que ha hecho en sus 60 años de historia demuestra la envergadura de la inversión que se está haciendo en la región y los retos que representa. También significa que Medellín no se puede sustraer de las responsabilidades sobre el futuro de esos municipios, no solo los de la zona de influencia de la represa.

Ituango será la prueba definitiva de la capacidad del Estado colombiano, y de Antioquia en particular, para integrar el territorio, construir instituciones legítimas y eficaces, generar riqueza con una perspectiva legal y sostenible, y proveer los bienes básicos a su población. Todo ello requiere, además de planes y obras, una visión de construcción de Estado y de paz, una nueva forma de ordenamiento del territorio y de relación con sus habitantes.

El Colombiano, 15 de octubre