lunes, 31 de agosto de 2015

Abad, Acevedo

Héctor Abad Faciolince y Darío Acevedo Carmona han compartido un par de rasgos, los de ser intelectuales públicos –una tautología necesaria– y ser columnistas de El Espectador. Héctor desde una posición liberal y apartidista, Darío desde una postura particular afiliada al Centro Democrático. Ambos con argumentos y altura. Ahora comparten otro: los quieren callar.

A Darío Acevedo, historiador de la contemporaneidad colombiana, lo quieren callar las Farc. La agencia Anncol, que cumple la función de divulgadora y propagandista del grupo guerrillero, le ha lanzado ataques furibundos que lo obligaron a dejar su columna en el periódico capitalino. Como si fuera poco, grupos de estudiantes de la Universidad Nacional en Medellín, donde ejerce como profesor e investigador, lo han estado hostigando con mítines porque también lo quieren sacar de la universidad.

Estos ataques le dan la razón al profesor Carlo Tognato de la Universidad Nacional en Bogotá quien afirmó hace poco que “las universidades públicas, han sido escenarios de la guerra” y que es necesario que en la academia se pongan las cartas sobre la mesa en las discusiones actuales sobre los acuerdos de La Habana y el escenario futuro del país después de que ellos se firmen (La silla vacía, “La U. Nacional tiene que comenzar por decir adiós a la guerra”, 23.08.15).

A Héctor Abad, uno de los escritores colombianos más destacados en el ámbito internacional, lo quiere callar Luis Pérez. El candidato a la gobernación de Antioquia, avalado por lo peorcito del partido liberal y apoyado por Cambio Radical, lo demandó hace poco y por tercera vez. Entre tanto, sus áulicos usan las redes sociales y todos los mecanismos de la propaganda negra para hostigar al columnista y silenciarlo.

Abad contó detalles de su primera audiencia: “El duro (Luis Pérez) se baja de una inmensa camioneta negra, blindada, último modelo, vidrios polarizados. En el bolsillo de la camisa, bordado en rojo, su nombre… Entra al edificio flanqueado por dos hombres jóvenes, pelo cortado al rape, traje y camisa oscura, de esos que si uno ve venir de frente por la noche, prefiere cambiar de acera. Luego me entero de que son sus dos abogados” (El Espectador, “El proceso”, 22.08.15).

Todos los enemigos de la libertad se parecen. Ellos no deliberan; su especialidad es la intimidación. En este caso no importa que sea una intimidación semilegal. Cualquiera sabe lo que se siente ante la escena que le tocó a Héctor Abad en el juzgado la semana pasada. Si no lo sabe puede ver “Buenos muchachos” de Martin Scorsese o poner en Youtube a un gorila de Donald Trump sacando al periodista Jorge Ramos de una rueda de prensa.

Libertad es lo que se pierde en Venezuela y Ecuador hoy. Y lo que se perderá ante cualquier mal voto que den los ciudadanos ahora o en el futuro.

El Colombiano, 30 de agosto

jueves, 27 de agosto de 2015

Redes cívicas y redes predatorias

Para analizar el papel del empresariado en la situación de Medellín en las últimas décadas hay que empezar por excluir a los grandes grupos del país que invirtieron en la ciudad desde los años setenta y que, a raíz de las dificultades económicas y la crisis social, decidieron irse. Hablo de los que decidieron quedarse. Dicho esto, creo que la línea maestra para el análisis es la que resulta de las redes que han construido los empresarios en los últimos 35 años. En Medellín –y esto es aplicable a Colombia– hay dos tipos de redes en contienda por el poder social: redes cívicas y redes predatorias.

Llamo red predatoria a la conjunción de intereses entre políticos, mafiosos y empresarios, que usaron la violencia y la política como vías de acumulación de riqueza. El factor central de esta red es el lavado de dinero; tuvo algunas actividades preferenciales en propiedad raíz, logística, juegos de azar, entretenimiento, deporte, aunque pudo extenderse a otras; y ha usado dispositivos como las licencias públicas, el contrabando, la farándula. Aunque este es un mundo oscuro por definición, indicios de esta red pueden encontrarse en los juicios por parapolítica, algunos fallos judiciales y las investigaciones del Departamento de Estado de los Estados Unidos.

De otro lado, existe una red cívica cuyo origen se remonta al frente común que hizo una parte de la sociedad antioqueña ante el desafío del Cartel de Medellín al Estado. Diversas iniciativas civiles confluyeron en 1990 y sirvieron de puntal a los trabajos de la Consejería Presidencial para Medellín. Organismos no gubernamentales, sindicalistas y otros movimientos sociales, y una franja importante del empresariado se juntaron de manera inédita en la región y en el país a propósito de lo que en ese momento se llamó “alternativas de futuro para Medellín y Antioquia”.

Esa red cívica es la principal responsable de la recuperación de la ciudad y de lo que ahora se conoce como el “modelo Medellín”. El esquema fiscal de la ciudad, las alianzas público privadas, los espacios de participación, los organismos de control ciudadano, el comité universidad-Estado-empresa, la fortaleza de las empresas públicas, la importancia dada a los derechos humanos, los nuevos liderazgos en la política, son rasgos de la nueva gobernabilidad de la ciudad.

En el componente empresarial, esta red tuvo su ancla en la creación, en 1975, de la Fundación Proantioquia “como una respuesta anticipada a la necesidad de discutir, analizar, valorar y apoyar, desde el sector privado, políticas públicas de carácter regional y nacional”. Su orientación puede deducirse de las principales iniciativas nacionales y regionales que ha promovido: Corporación Excelencia en la Justicia, Transparencia por Colombia, Fundación Ideas para la Paz, Fundación Empresarios por la Educación y el Programa Medellín Cómo Vamos. La simple enumeración indica una visión estratégica que trasciende la ciudad y ha influido en el país.

Arcadia, 119, agosto de 2015

lunes, 24 de agosto de 2015

La apuntada

En el foro de candidatos a la Alcaldía de Medellín convocado por Fescol, El Espectador y la Universidad Eafit, realizado el pasado 20 de agosto, surgió una propuesta muy importante para la ciudad: la de realizar un pacto por la transparencia. La idea consiste en que los seis aspirantes hagan públicas las fuentes de financiación de sus campañas y los nombres de sus equipos de trabajo, con la intención de darle confianza a la ciudadanía de que no hay nexos con criminales, parapolíticos o personas ligadas a la ilegalidad.

Este tema es crucial para Medellín. Como dijo uno de los candidatos, se pueden discutir prioridades y políticas pero tiene que erigirse una barrera indiscutible entre el crimen y la política. Todos los candidatos expresaron su acuerdo y los organizadores del foro tienen la meta de que se suscriba formalmente.

Las declaraciones de buena voluntad son importantes. No hay que tomarlas con cinismo. Pero el tema no es fácil. Traigo a colación un método que instauró en Medellín un alcalde de infausta memoria que se llama “la apuntada” y que –me dicen– está otra vez en práctica en esta campaña. La apuntada funciona de varios modos. Uno, “financie mi campaña y yo le devuelvo el triple en contratos”. Ya se entiende que contratistas, como el de la Loma de los Balsos, sigan campantes burlándose de los ciudadanos y las administraciones, porque ya se están apuntando para los próximos cuatro años.

El otro sistema es de frente. Ir a la comunidad a firmar un supuesto contrato o pacto por cual el candidato se compromete a poner un columpio en un parque (o poco más) y la comunidad se compromete a votar por él. En este caso el candidato le quita a la persona su condición ciudadana y lo convierte en un cliente, en un pequeño mercachifle que vende sus derechos básicos por cualquier pendejada.

“La apuntada” la usaron los narcotraficantes hace años en varias partes del Valle de Aburrá. Recogían plata entre la gente para mandar mulas a Estados Unidos y Europa con la promesa de devolverles cuatro o cinco veces lo entregado. Muchas personas “de bien” se apuntaron sin preguntar pero sabiendo que era un crimen; unas se embolsillaron su plata y otras la perdieron porque las mulas caen, y se caen más las de los incautos.

Eso es parte de la cultura mafiosa. No hay narcotraficantes, que sepamos, entre los candidatos, pero hay campañas en Medellín y municipios vecinos, y a la Gobernación de Antioquia, que operan con este y muchos otros métodos practicados por la mafia. Cuando un político solo habla con el lenguaje del dinero encuentra unos interlocutores inmediatos que son los mercaderes sin escrúpulos y los criminales. Al lenguaje del dinero tiene que oponérsele el lenguaje ciudadano de la persuasión, la legalidad y la ética.

El Colombiano, 23 de agosto

martes, 18 de agosto de 2015

Gaviria

Una parte importante de las políticas adoptadas por la administración de Aníbal Gaviria Correa solo podrá ser evaluada a mediano plazo debido al carácter estructural y a la vocación indefinida que tienen. La creación del consorcio público, el cambio en la estructura burocrática del municipio o el proyecto Parques del Río son medidas de ese tipo. Todas tuvieron críticas diversas pero su bondad no se puede determinar a priori.

En aspectos específicos la ciudad no avanzó. El deterioro del centro de la ciudad continuó sin que todavía exista un proyecto serio de intervención. La ineficiencia de la autoridad de tránsito llegó a niveles que fracturaron la ya débil cultura ciudadana de conductores y peatones. Se han escuchado críticas a la forma como se conformó el equipo de la administración y, ciertamente, hay de todo: personas que mostraron solvencia técnica y otras que no se merecieron el sueldo.

Pero hay un tema en el que el legado de Aníbal Gaviria ya es indudable e histórico. Y no se trata de cualquier tema, sino de “el tema”: la seguridad, especialmente, en lo atinente a la vida que es la obsesión de Gaviria desde que entró a la política. Veamos los resultados: en la época de Pablo Escobar, éramos la ciudad más violenta del mundo y hace 14 años –en la época de Luis Pérez– también. Hoy Medellín está fuera de la lista de las 50 ciudades más violentas del mundo y ni siquiera está entre los 5 municipios más violentos del Valle de Aburrá. Terminaremos este año con menos de 500 homicidios y con una tasa cercana a 18 por cada cien mil habitantes.

Como saben todos los expertos en seguridad, es muy difícil aislar el impacto de los factores de la seguridad y hay una cosa cierta: nunca un solo factor explica los éxitos y los fracasos. Pero hay varios elementos de política que ya están siendo evaluados como positivos y que se deben a la gestión de la alcaldía. El aumento en el pie de fuerza policial, haber triplicado el número de cámaras, intervenir en los puntos calientes de la ciudad, incrementar la inversión, elevar la calidad de la información, mejorar la relación con el gobierno nacional. Lo más importante de todo fue la dedicación cotidiana al tema desde la oficina del propio alcalde.

La administración Gaviria deja una base importante para el próximo alcalde constituida por mejor infraestructura tecnológica, administrativa e investigativa; le hereda una política pública de seguridad diseñada sin afanes que incorpora las lecciones propias y ajenas en la materia. Y le deja el enorme reto de hacer sostenible la política de seguridad y bajar las tasas de homicidio a niveles cercanos a 10. El próximo alcalde deberá, además, avanzar en convivencia y cultura ciudadana, y hacer más eficientes el gasto y la inversión.

El Colombiano, 16 de agosto

lunes, 10 de agosto de 2015

De Antioquia me gusta

Las ceibas bongas de la Serranía de Abibe (si no las han acabado de tumbar) y la serranía con neblina; la ruda amabilidad de la gente, que ya escasea; la arepa, blanca, plana, simple, la amarilla también; la pintura minuciosa y poco reconocida de don Alejandro Serna; el ceviche de chicharrón en “La curva del gordo” en Amagá; el Atanasio Girardot lleno y vestido de rojo; Buenos Aires (corregimiento de Andes), que le hace más honor al nombre que la ciudad argentina; Caracolí con el domo plateado que se veía desde el tren; el río Cauca, café, angosto, hondo; el rigor y el compromiso de Cayetano Betancur; las iguanas que se calientan en los techos de zinc de Caucasia; los Farallones del Citará, volubles y majestuosos; el ají de los catíos de Dabeiba; Débora Arango; el Deportivo Independiente Medellín, escuela de sentimientos, el decano del fútbol colombiano, la razón para pasar un fin de semana en la urbe; el chorizo de “Los comerciales” en Don Matías; El Peñol, el que está bajo la represa; los embera; Envigado el viejo, donde crecimos, estudiamos, trabajamos (no el de ahora); el pensamiento díscolo y la prosa espontánea de Fernando González; el ferrocarril, que lo acabaron; los fríjoles con chicharrón, no la bandeja paisa; Gonzalo Vidal que era caucano y se oye todo el año en el himno y el Viacrucis; el personaje de Dalila Sierra en el poema de Jaime Jaramillo Escobar, y todos los personajes y todos los poemas del mismo poeta; Jardín todo, con montañas, gentes, quebradas, pájaros y jóvenes que lo van a mejorar; el sentido de la justicia que ya mostraban un fiscal Escobar y un juez Ferrer hace 120 años, según una crónica de Jorge Mario Betancur, y que ahora está embolatado; la madre Laura, aunque ya sea santa y tenga telenovela; el sabio Manuel Uribe Ángel y toda su obra; María Cano, antes de que la sepultaran en vida; Marsella, sobre todo subiendo; Medellín, dura, diversa, acogedora (pero con menos ruido); los nadaístas erráticos, divertidos y soberbios por necesidad; el río Nechí con babillas navegando en troncos; el valle del Penderisco, con Urrao y demás; Ramón Hoyos, Cochise y todos los ciclistas profesionales, más los aficionados, menos los que se dopan; el rock de acá y todo lo que ha salido de él; Santa Elena, por un recuerdo; Sucre, corregimiento de Olaya; la toponimia española del Bajo Cauca y el Nordeste, la indígena del Occidente y la bíblica del Suroeste; los tule con su cosmogonía orgullosa y sus apellidos europeos; Urabá, lleno de negros, banano, humedad, belleza; el río Verde de los Montes y también el río Verde, sin apellido, pero con piedras grandes; los gurres de San Vicente, es decir, el monumento y los ancestros; Zaragoza en general. Quedan faltando buenas y hay muchas cosas que no me gustan.

El Colombiano, 9 de agosto

lunes, 3 de agosto de 2015

Mala hora municipal

Durante los últimos veinte años la favorabilidad hacia el Presidente de la República fue muy baja con excepción de los ocho años de Álvaro Uribe, en especial sus primeros cinco. Cuatro correspondieron a la peor crisis de legitimidad del país en su historia, durante el gobierno de Samper y los otros ocho, de apatía y baja credibilidad en los gobiernos de Pastrana y Santos. La joya de la corona de la democracia colombiana han sido los municipios.

Según el estudio de opinión pública de las Américas –que coordinan Vanderbilt University y la Universidad de los Andes– indicadores importantes para la democracia colombiana se han ido a pique en los últimos dos años. La satisfacción con el desempeño de la democracia que venía en niveles iguales o superiores al 55% se desfondó al 36% en 2014; solo hay más insatisfacción en Guyana y Venezuela. La percepción de corrupción se disparó desde el 2009 y Colombia ocupa el deshonroso primer puesto en el continente (aunque en este ítem no se incluyó a Brasil). Esta caída del país coincide con el despiporre del presidente Santos y su gobierno. No solo de paz vive el hombre.

Cuando uno tiene presidentes que trabajan poco y son ineficientes, lo salva la democracia local. Pero este aspecto se está tornando grave en el país. El promedio nacional de confianza en el gobierno local alcanzó un nuevo record a la baja en 2014. La confianza en las elecciones se cayó de más del 50% en el 2008 al 34% en 2014, y solo en Haití hay más desconfianza en el proceso electoral. Mientras en el 2005 la confianza en los gobiernos locales era del 55%, para 2015 había caído más de 10 puntos, y solo Perú y Brasil están peor que nosotros. Y eso que contamos con los buenos desempeños en más de una década de ciudades como Barranquilla, Medellín o Montería.

El estudio sostiene que son factores importantes en la credibilidad de los gobiernos locales, el nivel de participación ciudadana, la cobertura y calidad de los servicios (incluyendo salud y educación), la victimización por corrupción y la inseguridad. En este punto es donde deben aparecer los partidos políticos, pero solo en Guatemala, Perú y Brasil desconfían más de los partidos que los colombianos y nuestros partidos perdieron 10 puntos de confianza desde 2004.

Lo peor está por venir. Los partidos Cambio Radical y Liberal están en el ojo del huracán por el festival de avales a delincuentes, familiares de delincuentes y personajes con fuertes cuestionamientos legales y éticos; los conservadores no se rezagan. La directora de Transparencia por Colombia Elisabeth Ungar dijo que para “las elecciones de octubre aumentan las similitudes con lo que sucedió hace algo más de una década” (El Espectador, 08.07.15). Es la hora de una ciudadanía vigilante y activa.

El Colombiano, 2 de agosto

lunes, 27 de julio de 2015

Civilización

La semana pasada hice una reflexión sobre el proceso de desarrollo y sus símbolos. Hoy, quiero hacerlo sobre la civilización y los suyos. La civilización, en la etimología y la sociología, está vinculada a la ciudad. La ciudad, la “civitas” en latín, el espacio pequeño en el que miles y millones de seres humanos conviven y llevan a cabo sus proyectos, individuales, colectivos, públicos.

En una obra clásica, el sociólogo alemán Norbert Elias (1897-1990) planteó que la civilización podía entenderse como el proceso de cambios en la conducta de las personas por el cual se refinan las costumbres, se construyen las reglas y las convenciones que hacen que la interdependencia de la vida social sea fluida y respetuosa. La vida urbana implica tener en cuenta al otro y ser susceptible a sus requerimientos para que haya una convivencia tranquila. La civilización supone que las personas tenemos un sentido de la vergüenza, la dignidad y nuestros propios límites. Civilización también es cortesía, y hay que ver el desprestigio que tiene la cortesía hoy.

En países como Colombia, la vida urbana es muy reciente. La mayor parte de los habitantes de nuestras ciudades son, si acaso, urbanos de solo tres generaciones. La guerra de los últimos años y la enorme masa de personas que desplazó, afectó todavía más esta situación.

A veces especulo con algún colega acerca de cuál puede ser un buen indicador de civilización. Los detalles más pequeños pueden ser sorprendentemente difíciles de encontrar como comportamiento regular de nuestra gente. Por ejemplo, circular por la derecha a pie o en vehículo. Para los peatones, andar por los andenes. Para los conductores, respetar una luz amarilla o una prohibición de parqueo. Hablar en voz baja, ¿qué tal? La civilización tiene poco que ver con el nivel social o económico, menos aún –hoy sobre todo–, con el género o la edad.

En otra obra, el mismo Elias sugiere que una sociedad violenta tiene poco que ver con la civilización. Los países civilizados usualmente hacen la guerra pero casi nunca se matan entre ellos. Antanas Mockus ha hecho notar que en los países avanzados hay más suicidios que homicidios; que es más probable que la gente tome su propia vida antes que la de los demás. Mientras bajamos la tasa de homicidios a menos de diez por cada cien mil habitantes –un reto para el próximo alcalde–, yo me conformaría con el respeto de una señal de tránsito: la cebra.

Otro sociólogo, este de Estados Unidos, tiene una propuesta mejor y más difícil: “el índice más seguro del nivel de cultura alcanzado por cualquier comunidad es la posición que en ella ocupan las mujeres” (Thorstein Veblen, Teoría de la clase ociosa, 1899). Habría que examinar las condiciones de sanidad, educación e ingresos de las más pobres y vulnerables.

El Colombiano, 26 de julio

miércoles, 22 de julio de 2015

Comisión Histórica: Foro Universidad de Antioquia

El jueves 16 de julio, se llevó a cabo el Foro Miradas al conflicto armado en Colombia en la Universidad de Antioquia, por invitación del señor rector Mauricio Alviar Ramírez e iniciativa del profesor Francisco Cortés Rodas, Director del Instituto de Filosofía de la misma universidad.

Cuatro de los miembros de la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas pudimos aceptar la invitación: Gustavo Duncan, Víctor Moncayo, Sergio de Zubiría y el autor de este blog.

En el siguiente link (copie y pegue), y a partir del minuto 13, puede verse mi presentación y los comentarios del profesor Cortés:
http://original.livestream.com/udeasala3/video?clipId=pla_799d0859-2b3d-4bb2-8ce5-46fb70a05b20

lunes, 20 de julio de 2015

Desarrollo

Hace un par de años, tal vez, Mario Vargas Llosa escribió que el dispositivo emblemático del desarrollo era el sanitario. Creo que ya había escuchado antes la idea, pero en este momento no interesan las autorías. La sugerencia, a primera vista, parece descabellada pero no lo es; depende, eso sí, de la concepción de desarrollo que se postule. El sanitario funcionaría muy bien como símbolo e indicador del desarrollo humano.

La teoría del desarrollo humano la formuló el economista indio Amartya Sen hace casi treinta años junto con otros científicos sociales, en un equipo convocado por Naciones Unidas. Cuando se creó el índice de desarrollo humano (IDH) se simplificó como la sumatoria de esperanza de vida, educación e ingresos. El sanitario se ajusta muy bien al primer factor y es una condición para el segundo, está más lejos del tercero. Pero, además, la presencia de un sanitario funcionando en una casa implica alcantarillado, acueducto y previene la amenaza de plagas e infecciones. Miles y millones de sanitarios exigen una política sistémica respecto a la conservación del agua y las cuencas.

Otro emblema del desarrollo puede ser el automóvil. Hace décadas, algunos propusieron adoptar la producción de acero y el consumo de energía como indicadores de desarrollo. El automóvil representa bien esa idea. Eso sí, no tiene ninguna relación con la salud ni la educación; se relaciona con los ingresos, aunque mucho mejor con lo que el escritor suizo Alain de Botton llamó “la ansiedad por el estatus”. El automóvil es un gran generador de empleo, pero también de contaminación. Cada estadunidense que conduce lanza al aire casi seis mil kilos de dióxido de carbono por año y es, de lejos, el principal factor de contaminación ambiental (Time, 06.07.15).

A no ser que uno tenga una idea del desarrollo similar al modo de vida de los Nukak Maku antes de que supiéramos de ellos (no tengo la más remota idea de cuál sería su símbolo), en el mundo real el desarrollo es una combinación de sanitarios y carros. Países como Estados Unidos o Alemania tiene tantos de los unos como de los otros; en Dinamarca y Suecia, definitivamente hay más sanitarios que carros; en India y China, más carros que sanitarios. En Colombia hay casi diez millones de automotores (contando motos) y es muy probable que falten sanitarios en unos tres millones de hogares, así que pronto estaremos más lejos de los países desarrollados y más cerca de los turbulentos países emergentes.

Sin embargo, la amenaza cotidiana del cambio climático no hace muy plausible esta mezcla homogénea de sanitarios y carros. La prioridad del país debe ser tener al menos un sanitario por hogar. Después de lograr eso, deberíamos pensar en un esquema de desarrollo más sostenible. La bicicleta puede ser un símbolo, el panel solar, otro.

El Colombiano, 19 de julio

lunes, 13 de julio de 2015

Zuleta y la oposición

Este año se están cumpliendo 80 años del nacimiento y 25 de la muerte de Estanislao Zuleta, el filósofo, pedagogo e intelectual antioqueño. Zuleta dejó a un lado su trabajo más académico ante las urgencias que empezó a vivir la sociedad colombiana en la década de 1980. Atendió las invitaciones que le hicieron los gobiernos de Belisario Betancur y Virgilio Barco para acompañar iniciativas en los campos de la educación y los derechos humanos.

Pero sus intereses prácticos eran más amplios. A veces se vio obligado a examinar la situación del país desde una perspectiva sociológica. En un texto escrito durante el último año de su vida efectúa un apunte sobre la oposición en Colombia y dice dos cosas. La primera, que aquí “la oposición no se expresa con su crítica directa”; la segunda, que “la oposición opera como una fuerza de inercia, disolvente, ausentista, capaz de trabar, aplazar e impedir las reformas que casi nunca se atreve a combatir” (Colombia: violencia democracia y derechos humanos, Ariel, 2015, p. 167).

Un cuarto de siglo después gran parte de los analistas y de la prensa especializada sigue sin entender esta diferencia que percibió Zuleta. Aquí mucha gente cree que el opositor es el que critica, con razón o con poca, con urbanidad o sin ella. Es decir, la oposición discursiva y deliberante, llámese Álvaro Uribe o Claudia Gurisatti, que tanto molesta a las mentalidades antiliberales. Lo que sostiene nuestro reconocido intelectual es que esa oposición no opone en el sentido práctico de la palabra, no es una resistencia fáctica ante el poder.

La oposición eficiente es silenciosa, solapada. Pensemos, por ejemplo, en las reformas que Santos enunció (llamarlas intentos puede ser exagerado) en materia de justicia, salud, educación, equilibrio de poderes. ¿Debido a quiénes fracasaron total o parcialmente? A los miembros de las bancadas de los partidos de unidad nacional, a los dos centenares de congresistas anónimos que los jefes políticos han puesto en el congreso para que estorben. Estorbar es la manera como se ejerce la oposición. Los tipos no discuten, no hablan mal del Presidente ni del gobierno: simplemente no van, si van se abstienen, si votan en contra.

A Zuleta no le tocaron estos tiempos en que la oposición eficaz desbordó el perímetro parlamentario. En el siglo veintiuno, cuando el Presidente decidió porcionar el Estado entre las facciones políticas: la fiscalía para el samperismo, la procuraduría para el uribismo, el cemento y la plata para Vargas Lleras, una menuda para Gaviria. Esto ha permitido que la oposición se haga dentro del aparato administrativo del Estado. La oposición real.

Sin entender a Zuleta, los observadores de la política andan como sabuesos persiguiendo el conejo de San Antonio, mientras los verdaderos cazadores tuvieron tiempo de matar, asar y comerse el de ellos. Tanto candor no deja.

El Colombiano, 12 de julio

lunes, 6 de julio de 2015

Aunque usted no lo crea

Hace muchos años, décadas, aparecía en El Colombiano una sección que se llamaba “Aunque usted no lo crea”. Venía en un recuadro, un pequeño texto acompañado por un dibujo, título entre puntos de admiración con un texto –en cursiva, si mal no recuerdo– que decía “por Ripley”. Wikipedia me dice que su autor era un tal Robert Ripley, que la serie comenzó en 1918 y que tuvo versiones para radio, televisión y hasta un museo.

Por algún ardid de la memoria recuerdo mucho una de esas viñetas. Hablaba de José Stalin, el feroz dictador soviético, famoso por el asesinato de sus camaradas y el asesinato en masa de millones de opositores o simples sospechosos de serlo. El cuento de Ripley era que durante la revolución bolchevique Stalin no permitía que se destruyera la infraestructura de Rusia, consciente de que cuando estuviera gobernando tendría que reconstruirla. ¡Aunque usted no lo crea!

Cuando uno ve a las Farc dedicadas a tumbar torres eléctricas, oleoductos, puentes, carreteras, acueductos y más. Cuando ve que no les importa dejar sin luz a centenares de miles de pobladores, sin agua a miles, y humedales, ríos, estuarios y hasta el mar, contaminados de petróleo. Digo, cuando uno ve a las Farc en esas, concluye que, a diferencia de Stalin, ellos no tienen esperanza de vencer. Pero que también los tiene sin cuidado lo que la población piense de ellos. Como si nunca se imaginaran en el trance de pedirle su apoyo y sus votos.

No extrañan, por tanto, los resultados de la encuesta Gallup presentados esta semana. Para el 77% de los colombianos la situación del país ha empeorado en relación con la guerrilla. El apoyo a los diálogos bajó a los niveles que tenía en los tiempos de El Caguán (45%), inferiores a cualquier momento de los últimos tres gobiernos, incluyendo las administraciones de Uribe. En el país hay un “pesimismo con el rumbo del país solo similar a las épocas del presidente Samper, cuando ocurrió el proceso 8000” (Juanita León, “Es la guerrilla, estúpido”, La silla vacía, 01.07.15).

Aparte de Santos, el más damnificado es el proceso de paz de La Habana. Y es que –tal vez esto ya lo había dicho antes– el peor enemigo del proceso son las propias Farc. ¡Qué Procurador, ni qué Uribe! Yo creo que tienen voluntad de firmar, pero sus problemas internos, la desmesura de sus pretensiones y la inercia atávica de matar y bombardear, no los dejan avanzar.

Y el tiempo se acaba. Si las Farc no se apuran van a dejar en entredicho la posibilidad del acuerdo, después de 10 años discontinuos de negociaciones, por cuarta ocasión en 30 años y otra vez por su miopía. En la Mesa de Diálogos el gobierno ya dio lo que podía; ahora les toca a ellos.

El Colombiano, 5 de julio

lunes, 29 de junio de 2015

Coma inducido

La Mesa de Diálogos en La Habana parece estar en cuidados intensivos. La última noticia la trae María Jimena Duzán basada en fuentes elusivas, dadas sus referencias al estado anímico y físico de los negociadores, así como al trato entre ellos. Su conclusión: “No es un secreto que el proceso de paz está enfrentando su peor crisis y que su fragilidad es bastante alta” (“Crónica de un proceso en crisis”, Semana, 20.06.15).

El proceso está amenazado de languidecer. Las Farc nunca se han parado de una mesa de negociaciones; las han destruido a punta de emboscadas en 1987, de peticiones delirantes en 1992 y parece que ahora quisieran hacerlo destruyendo plantas de tratamiento de agua en Algeciras (El Espectador, 09.06.15) y del “daño ambiental más grande que ha tenido el país en los últimos 10 años” en Tumaco (El Tiempo, 25.06.15). Sin embargo, no estamos en 1987 ni en 1992. Están negociando en medio de las condiciones más malas para ellos de los últimos 30 años.

El drama en que estamos es doble. Las Farc no quieren acabar el proceso pero tienen muy poca imaginación política para saber terminarlo bien y a tiempo. El objetivo de la guerrilla de enfocarse en el logro de un cese al fuego bilateral, es casi suicida. Cambiaría el propósito de la negociación de terminar el conflicto por el seguimiento a una tregua improbable de cumplir. El embellecedor que algunos analistas le han aplicado a las treguas unilaterales anteriores no pudo ocultar sus dificultades. Sería como meter el proceso en un coma inducido del que, con seguridad, despertaríamos peor de lo que estamos hoy.

El gobierno parece atrancado en sus fórmulas y es incapaz de generar acuerdos, promover consensos alrededor de la Mesa y ganarse el apoyo de la población. Propuestas no le han faltado: César Gaviria lanzó una idea sobre justicia que acaba de morir con la Comisión de la Verdad; Álvaro Uribe sugirió fórmulas de concentración con guerrilleros armados; la Alianza Verde planteó una ingeniosa salida que le garantiza respaldo al proceso pero le pone fecha. Lo más audaz que se escucha en el santismo es tener más paciencia (Alfonso Gómez Méndez, “Entre la paz y la guerra”, El Tiempo, 16.06.15). La izquierda está presa; Iván Cepeda no piensa sino que va a Cuba a que le digan qué pensar.

Estamos en el momento ideal para que aparezcan los terceros necesarios que ayuden a superar esta fase crítica y llevar el acuerdo a buen término. El profesor de Columbia University Aldo Civico convocó al protagonismo del sector empresarial (“Proceso de paz y sector privado”, El Espectador, 02.06.15). Los movimientos sociales deben pasar de las ilusiones a las propuestas. El Vaticano podría ayudar con más que una visita papal. ¿Francisco de Roux y la Compañía de Jesús? ¿Mujica? ¿Lula? ¡Alguien!

El Colombiano, 28 de junio

viernes, 26 de junio de 2015

Dos tópicos eticopolíticos y otros afectos

La Comisión Institucional de Ética de la Universidad de Antioquia tuvo la deferencia de invitarme a preparar una selección de textos que fueron publicados bajo el título Dos tópicos eticopolíticos y otros afectos (Colección Visiones, 2015).

Dicha selección fue acompañada con curia por Felipe Restrepo David y se organizó, por sugerencia del editor, en cuatro secciones: "De política y otras contingencias", "Profesión fe", "Álbum personal" y, la conferencia que da origen al título, "Dos tópicos eticopolíticos".

El libro se presentó recientemente en la Universidad de Antioquia y es distribuido por la Comisión.

lunes, 22 de junio de 2015

Taurete

En El testamento de María (Colm Tóibín, Lumen, 2014) hay una presencia implícita. No es permanente, ni obsesiva, se limita a un taurete (los citadinos de diccionario en mano dirán taburete; los demás siempre hemos dicho taurete por estos lares). Un taurete que María mantiene en la sala de su casa y que no deja tocar. Hay un momento de indignación cuando Juan o Mateo –que la interrogan pensando solo en la utilidad de sus declaraciones– quieren cogerlo para sentarse. Es el taurete de José.

El escritor irlandés se ocupa tangencialmente de la probable vida doméstica de la sagrada familia. José no es más que esposo y padre pero tampoco es menos. Hace 500 años Teresa de Jesús intentó recuperar la figura de José para el santoral y la exégesis cristianos. No parece haber tenido mucho éxito. La iglesia católica relegó a José a la condición de carpintero y se lo regaló a los trabajadores, para después perderlo ante los mayores bríos del credo socialista y la sacralización del día de los trabajadores.

Tal vez sea este el mayor fracaso teológico del cristianismo. Durante la modernidad el cristianismo ha insistido –con acierto creo yo– en la importancia de la institución familiar, pero la familia teológica nació coja: la madre fue elegida por Dios, el hijo es Dios mismo y el padre, ni siquiera es padre, es un advenedizo sin voz ni acto. Tratando de realzar el carácter amoroso del Nuevo Testamento, la iglesia concentró toda la capacidad del amor en María. Juan Pablo II, incluso, la equiparó a la trinidad. Después, esta concepción se decantó en el imaginario popular en el dicho “madre solo hay una, padre es cualesquier…”.

Les dejo este asunto a los teólogos y a los sacerdotes. A mí el cristianismo me interesa como institución social, como creencia que define los términos en que gran parte de nuestra sociedad interpreta el entorno e interviene en él.

La metáfora del taurete es perfecta para representar a un padre presente, protector y dialogante; activo pero no imponente; tutor pero no conductor; maestro pero no jefe. Nuestra sociedad se está quedando sin padres. La violencia y las disfuncionalidades de la familia tradicional van dejando expósitos a gran parte de los niños y jóvenes que crecen entre nosotros. Las luchas (muchas de ellas pertinentes) de las mujeres contra el machismo y el patriarcalismo adquirieron visos radicales y execraron la figura del padre, la mayoría de las veces.

El largo proceso espontáneo de formación de normas y roles familiares y sociales, de creación de imaginarios y lenguajes, implicó una densa compresión del significado de la paternidad y de su función y responsabilidad ante la familia y la sociedad. Hoy, la figura paternal está sometida a un proceso de destrucción simbólica y física con resultados muy negativos para todos.

El Colombiano, 21 de junio

viernes, 19 de junio de 2015

Cuesta llegar a la caverna

Dos mujeres que se desconocen se citan en alguna estación del metro de Madrid. La una es de Sincelejo (Colombia) y la otra de Jaén (España). Se encontraron en internet, pues la primera está tratando de comprar dos boletas para un par de compatriotas que no conoce y la segunda, con remordimiento, está tratando de duplicar los euros que invirtió dos meses atrás con el sueño inicial de ir a ver a Nick Cave, convertido ahora en la meta de copar un poco más el refrigerador.

El encuentro de dos mujeres desconocidas se transformó después en el de dos parejas desconocidas que se presentan en un restaurante gallego, la noche en la que el Real Madrid va a salir eliminado por la Juventus en la semifinal de la Champions. En la mesa hay un interrogante: ¿quién es ese artista sin renombre que vende sus conciertos con seis meses de anticipación, obliga a un par de colombianos que quieren oírlo a hacer maromas transoceánicas y hace sollozar a una mujer que se desprende con lástima de dos horas de emoción?

En un tiquete mal impreso dice Nick Cave. Al lado izquierdo en letras de 10 puntos, viernes 22 de mayo, 21 horas; en mayúsculas Palacio de los Congresos, en minúsculas, en 8 puntos Campo de las Naciones. Eso lo vemos el viernes 22 de mayo, a las 20 horas cuando escuchamos a alguien gritar "It's not here" y salimos al Paseo de la Castellana a tomar un taxi y el taxista no sale hacia el sur, hacia el otro probable palacio de los congresos, sino hacia el noroccidente, en dirección al tercer palacio de los congresos (en la misma ciudad), señalado en una línea de 8 puntos en una boleta impresa de baja calidad.

lunes, 15 de junio de 2015

Adiós a la verdad

Adiós a la verdad. Así tituló el filósofo italiano Gianni Vattimo uno de sus libros publicados en este siglo (Gedisa, 2009). El título es provocador, como estila Vattimo, pero no traiciona, ni distorsiona sus tesis. No es un recurso comercial para atrapar incautos. Para los neófitos es bueno hacer explícitas algunas posiciones de Vattimo: es católico, fue admirador de Chávez y cree que “el único ideal posible es el comunismo” (filosofiahoy.es). Las tesis de su libro son dos: no hay verdad absoluta, solo interpretaciones; “la verdad es enemiga de la sociedad abierta y de toda política democrática” (p. 22). Ambas son duras, pero la segunda es más dura porque es concreta. Vattimo dice estar de acuerdo con el planteo original del gran pensador liberal Karl Popper y yo me declaro de acuerdo con ambos.

Esta reflexión filosófica ha tenido alguna resonancia en el campo de las doctrinas y los mecanismos habituales en las transiciones a la paz, sobre todo en África y América Latina. Por ejemplo, Iván Orozco Abad estableció las diferencias entre verdad histórica, memoria y verdad judicial y exploró sus relaciones (“Justicia transicional en tiempos del deber de memoria”, Temis, 2009). Daniel Pécaut planteó que los trabajos de memoria exigen un “relato histórico ampliamente reconocido” (“La experiencia de la violencia”, p. 186). Arlene Tickner dice que “la verdad (entre comillas) es social, histórica y políticamente contingente” (El Espectador, 09.06.15).

Dicho esto nos quedan un problema y una aclaración. El problema es que todo lo dicho antes pertenece al ámbito de los expertos y eso que no de todos; muchos disentirán con los enunciados expuestos. Pero el ciudadano del común piensa y actúa conforme a un marco mental más antiguo y fuerte, el de que la verdad sí existe y de que “la verdad nos hará libres”, marco creado por el cristianismo y que se repite semanalmente en los púlpitos de todo el país adonde no llegan los libros de estos eruditos ni esta columna.

La aclaración, que también es un problema, es que la verdad es y ha sido siempre un terreno de disputa. En la modernidad clásica la solución fue decisionista: la verdad la establece la autoridad, así como la justicia la dicta el juez. Esto ya no es así. En estos tiempos la lucha política también es lucha por los conceptos, las interpretaciones y las verdades. Que nadie se llame a engaño, la Comisión de la Verdad acordada en La Habana será una arena de confrontación. Los optimistas pueden ver en ella una oportunidad para la reconciliación, los pesimistas otro motivo de discordia.

La periodista Marta Ruiz advirtió hace unos meses contra la idea de “una iluminación colectiva” y llamó a que nos preparáramos para “un conjunto de piezas rotas que no encajan. Versiones ambiguas, contradictorias, inaprensibles” (Arcadia, 23.09.14). Ruego porque seamos capaces.

El Colombiano, 14 de junio.

lunes, 8 de junio de 2015

La tierra no es plana

Hace ya una década el periodista de The New York Times Thomas Friedman publicó un libro titulado La tierra es plana: una breve historia del siglo XXI. La impostura se nota en ya en el título; ¡hacer una historia de cuatro años como si fuera un siglo! La tesis es vieja, lo nuevo era la metáfora. Y esta pretende indicar que la manida frase “mundo globalizado” es una verdad absoluta que implica que estamos como en una inmensa mesa donde todos estamos al mismo nivel y donde no hay jerarquías funcionales.

Es un sueño que se reeditó en 1990 con la idea de que la virtualidad, el mercado, algunas ideas y algunos valores como la democracia y los derechos humanos ya estaban instalados definitivamente, y que las fronteras, las diferencias y el poder de los Estados eran trastos viejos, materia de historiadores.

Hasta que llegaron China, Osama Bin Laden, Irak y la crisis financiera del 2008 diciendo que no. Los cosmopolitas radicales de finales del siglo XX se quedaron sin aliento y sus libros orgásmicos sobre la homogeneidad del mundo y las especulaciones sobre una administración global, con reglas ecuménicas y valores universales perdieron vigencia más rápido que las biografías de los famosos jóvenes (sean Justin Bieber o James Rodríguez).

Después de las intervenciones a Google, parecía que el último bastión de la globalización era la Fifa, con más socios que las Naciones Unidas, con un objeto más atractivo que las guerras en la esquina oriental de Europa y el cementerio acuático del Mediterráneo, y con un poder que mandaba a callar a todo el mundo. Hace poco una pequeña intervención del Estado español sobre los derechos televisivos mereció una amenaza de expulsión de la Uefa.

Hasta que llegó el Tío Sam y mandó a parar. La intervención de la fiscal estadunidense Loretta Lynch derribó de uno solo manotazo la jerarquía de ancianos decrépitos, mafiosos y corruptos, que dirige las competiciones del deporte más hermosamente imperfecto que ha inventado la humanidad. De nada les valió su asociación con los más ricos del mundo –trasnacionales, mafias y petromonarquías– ni las monsergas contra el racismo y a favor del juego limpio.

Uno quisiera que la lupa de la señora Lynch llegara hasta Colombia. Aquí no hay que trabajar mucho. Los libros de Fernando Araújo Vélez, Mauricio Silva, incluso, el último de Roberto Saviano tienen los datos. Sería maravilloso ver como “gente de bien” les lavó el dinero a los capos y como algunos de los viejos ídolos de la pelota tienen pies de barro y de sangre y de clorhidrato de cocaína.

Coda: ¿Investigarán al Deportivo Cali por la pancarta “Gracias a Dios no soy paisa”, expuesta en su estadio el pasado miércoles? El semestre pasado la Dimayor hizo sacar una del Atanasio que criticaba a Postobón.

El Colombiano, 7 de junio

martes, 2 de junio de 2015

En busca de la caverna

En contra de Platón, somos muchos los que no queremos salir de la caverna. Más aún, nos parece deseable perdernos en la caverna. Dejemos a un lado el juego filosófico. Ante una oportunidad única, dado lo raro que un residente sudaca se encuentre en Europa y lo escaso que es ver a Nick Cave rodando, era indispensable salir a buscarlo. Buscar a Cave, así la boletería se hubiera agotado seis meses antes de su presentación en Madrid. Teníamos que ir en busca de la caverna.

Todos los anuncios conducían al Palacio de los Congresos. Ante la información, uno coge el plano de la ciudad e inmediatamente identifica el Palacio de los Congresos, al frente del estadio Santiago Bernabéu y al lado de un pequeño parque (o algo así) Joan Miró. Un extraño desconfía en lugares poco familiares, así que se asegura y le pregunta a un taxista, al conserje del hotel, a un mesero, si hay otro Palacio de los Congresos y le dicen que sí, que al sur siguiendo por el Paseo de la Castellana, hay otro, donde se reúnen los políticos y los representantes electos del pueblo español (suponiendo que eso exista).

Entonces llegamos al Palacio de los Congresos a las 7:30 de la tarde, hora y media antes de la cita. Los alrededores están desolados; está muy temprano se dice uno. Poco a poco se asoman algunos buscadores. Extraños. Señoras que más bien parecieran buscar una presentación posterior de Julio Iglesias. Muchachos y muchachas desabridos, más propios en las inmediaciones de una actuación de Miguel Bosé. Una pareja de adultos con camisetas del personaje, tranquilizan. Un crítico había dicho que desde la muerte de Elvis el rock ya no iba en una sola dirección, así que uno se explica que esta fauna diversa pueda estar, en efecto, preludiando un concierto de Nick Cave. Hasta que alguien nos saca del marasmo y grita: ¡No es aquí!

lunes, 1 de junio de 2015

Súper

En los regímenes presidencialistas, como el nuestro, las evaluaciones de los gobiernos suelen ser homogéneas y marcadas por el estilo y el talante del jefe de la rama ejecutiva. Los juicios terminan siendo muy simplistas. El ejecutivo es muy complejo y siempre hay desequilibrios entre los presidentes y sus equipos. En las últimas tres décadas hemos tenido en Colombia buenos equipos sin presidente (Barco), malos equipos con presidente (Uribe) y algunos equilibrados (Gaviria).

La mediocridad de Santos tiende a castigar la buena gestión de algunos de sus funcionarios. Acaba de salir Diego Molano, tal vez el mejor ministro de su ramo en mucho tiempo; Juan Carlos Pinzón lo hizo bien, a pesar de su lenguaje; Cecilia Álvarez también; muchos coinciden en darle altas calificaciones a Alejandro Gaviria. Más ocultos aparecen otros funcionarios en un Edificio Colombia asolado por el vandalismo del fiscal y el procurador. Uno de ellos es el Superintendente de Industria y Comercio.

La constitución política se limita a nombrar las superintendencias y en la realidad siempre han aparecido más grises aún. Es difícil que un colombiano bien informado recuerde la gestión, buena o mala, de un superintendente como sí recordamos a algunos procuradores, por ejemplo. En este gobierno no parece ser el caso, al menos por la gestión de Pablo Felipe Robledo. En poco más de dos años el abogado Robledo está demostrando que una superintendencia puede ser una entidad eficaz en su función pública, en este caso, la salvaguarda de los derechos de los consumidores, protección de la libre competencia y defensa de “los derechos fundamentales relacionados con la correcta administración de datos personales” (sic.gov.co/drupal).

A las superintendencias que les toca meterse con los grandes la cosa no les queda fácil; véase si no el triste papel de los superintendentes financieros que terminan en el desprestigio, hasta donde dure este en Colombia, por la falta de agallas para hacer bien su tarea o denunciar los bloqueos habituales que sufren. En los últimos años la de industria y comercio, en cambio, se ha metido con Claro, Colmotores, Familia y Carvajal, entre otras. Sancionó un grupo de empresas productoras de pañales que no contentas con beneficiarse de los beneficios de la Ley Páez conspiraron para aumentar artificialmente los precios a los colombianos. Después identificó otro grupo al que los medios llamaron “el cartel de los cuadernos” y que operaba del mismo modo. Se atrevió a meterle la uña a las operadoras de celulares, en especial, al poderoso grupo de Carlos Slim.

Sería bueno tener informes más detallados que muestren cómo culminan los procesos, si las empresas pagan las sanciones y, lo más importante, si cambian sus conductas y si los actos administrativos tienen impacto ejemplarizante. Qué bueno, además, que una gestión sin estridencias pero valiente cuente con imitaciones en el sector público.

El Colombiano, 31 de mayo

viernes, 29 de mayo de 2015

Ecos de la Comisión Histórica: Eduardo Posada Carbó

De reclamos a la historia

Eduardo Posada Carbó

El Tiempo, 21 de mayo de 2015

“Estruendoso fracaso”. Tal es el juicio de León Valencia sobre el trabajo de la Comisión Histórica del Conflicto, como se conoce al grupo de 14 académicos acordado por los negociadores en La Habana, cuyo informe se publicó en febrero pasado (Semana, 2-5-15).

Es un juicio severo. Según Valencia, los comisionados no habrían cumplido su encargo: no “resolvieron el asunto” asignado. Les reclama que el informe no hubiese “levantado ninguna polvareda”, ni aquí ni en el exterior. Se trataría de una obra “inane” –vana e inútil–.

Valencia se siente decepcionado: ni el Gobierno ni las Farc han hecho “una valoración seria del trabajo”; los comisionados no han explicado su “fracaso”; “nadie”, ni los contradictores del proceso, se habría referido al tema.
No hay necesidad de haberse leído todo el informe para considerar que el veredicto de Valencia es injusto y desbordado. Pareciera, además, esperar de la historia resultados que la disciplina ni puede, ni debe ofrecer.

Reclama de la Comisión tareas que nunca le fueron encomendadas. Les critica no haber prestado “un mínimo de atención al comunicado de La Habana del 5 de agosto del 2014”, donde se detallaba su “mandato”. Pero ese “mínimo de atención” revela que a la Comisión no se le pidió “resolver el asunto” que Valencia quiere ver resuelto: el de las responsabilidades.

La tarea asignada a los comisionados fue la de ofrecer en sus respectivos informes, ante todo individuales, “insumos” para la “comprensión” del conflicto y sus complejidades. Se les pidió, a cada uno, examinar los orígenes del conflicto, las causas de su persistencia, y su impacto. Todo, en cuatro meses.

Importa tener claridad sobre la naturaleza del ejercicio que se propuso con esta comisión. Por su composición y “criterios orientadores”, es claro que se trató de un ejercicio pluralista y, como tal, conducente a visiones diversas y hasta encontradas. No podían surgir de allí “definiciones colectivas”, ni consensos.

A veces se le exigen a la historia narrativas únicas y definitivas sobre el pasado, un reflejo de incomprensión sobre el oficio. Como observa Eric Foner, es posible acercarnos a la “verdad histórica”, pero la “más difícil verdad para aquellos fuera de las filas de los historiadores profesionales es aceptar que con frecuencia existe más de una forma legítima de contar los eventos del pasado”.

Además, toda “verdad histórica” está abierta a ser reinterpretada a la vista de nuevas evidencias. En contraste con las novelas, la historia puede ser refutada: esta es, según Bernard Bailyn, la gran diferencia entre ambos géneros.

Tampoco entiendo el sentido de la exigencia al Gobierno y las Farc de hacer una “valoración seria” del informe, ni cómo se haría tal valoración. Otros analistas, como Javier Felipe Ortiz, quisieran ver mayor difusión de la obra (El Espectador, 16-5-15). Claro que debe publicarse en forma de libro. Pero su debate corresponde ahora más a la sociedad que a quienes negocian en La Habana. Y sospecho que ha habido más divulgación y debate que lo que sugieren los críticos.

Hasta hace poco dominó en el país la errada idea –propagada, entre otros, por Gabriel García Márquez, nuestro ícono nacional– de la existencia de una “historia oficial”. Mal haríamos en exigir una “historia oficial” del conflicto. Ese nunca fue el mandato de la Comisión.

Podrá, por supuesto, discreparse del contenido y calidad de algunos o de todo el trabajo de la Comisión. Pero hay que apreciar, por lo menos, el valor pedagógico –por su sola pluralidad– del ejercicio. “Los 14 ensayos dan para todo y para todos”, dice Valencia. Esto debe resaltarse como un buen éxito, en vez de un fracaso.