miércoles, 29 de mayo de 2019
Handel y Hendrix
Georg Friedrich Händel y James Marshall Hendrix o simplemente Handel y Jimi. Siglo XVIII y siglo XX, barroco y rock. Juntos.
Junturas congruentes, lisas, fluidas, que superan distinciones falsas entre música culta y música popular, alta cultura y cultura popular... y otras.
lunes, 27 de mayo de 2019
Anuncios londinenses
Constructores considerados. Un aviso recurrente en las grandes construcciones londinenses. Tiene una frase introductoria seguida de unas viñetas que resaltan los principios básicos de un código adoptado por miembros importantes de la industria de la construcción. 1) Apariencia externa de orden, limpieza y presentación de la obra y los trabajadores; 2) información, minimización de impacto y apoyo a los vecinos y transeúntes; 3) protección del ambiente, protección del agua, la vegetación y el paisaje, minimizar la polución del aire, ruido y vibraciones; 4) seguridad para trabajadores, vecinos y visitantes; 5) cuidado de los trabajadores, bienestar laboral, salud y formación. Reglas básicas, sencillas, incluso parecen elementales. Constructores, trasportadores, comerciantes, alineados con ellas producirán de inmediato ciudades mejores.
Centenario de las mujeres policías. Hace cien años ingresó la primera mujer a la policía metropolitana. El aviso en los vagones de metro dice que los grandes propósitos se cumplen con pequeñas tareas. Londres, una de las ciudades más seguras del mundo, se gestiona desde la inteligencia y el detalle. Cuidado del espacio público, aseo, civismo, vigilancia tecnológica, altos castigos a los infractores, principio de buena fe y confianza en el comportamiento de todos los ciudadanos y visitantes. Podríamos hablar de la feminización de la política de seguridad en una ciudad que estuvo fuertemente afectada por el terrorismo, la violencia callejera y el crimen.
Pablo Escobarr. Noticia en The Times, el periódico más importante del Reino Unido y uno de los más antiguos del mundo. Sección deportiva del 11 de mayo, página 108. “Pablo Escobarr can land Derby trial”. Bueno, Pablo Escobarr es uno de los caballos de carreras más fuertes de Inglaterra. La doble ere del nombre fue una decisión cuidadosa para que, pronunciado por un británico, no deje lugar a dudas de quien se trata. El experto hípico le da buenas oportunidades en una gran carrera después de flojos desempeños recientes. (Espero que esta nota folclórica no lleve a cartas de protesta contra el gobierno británico o a que, algún buen colombiano, lleno de patriotismo y amor a la virtud decida envenenar al equino.)
¿Quiere cantar con nosotros? Buscan 1.200 jóvenes para que integren el coro que interpretará el Mesías de Handel el 7 de diciembre. Eso dice un volante. Mil doscientas personas representan casi una quinta parte del aforo del Royal Albert Hall. Y se sientan allá y cantan, partitura en mano. Hacer una convocatoria de ese tipo supone recibir una cantidad de postulantes equivalente a tres o cuatro veces el número requerido. Esto, a su vez, implica que hay una sociedad que puede formar decenas de miles de jóvenes en una técnica exigente. La orquesta y su director, el público ahbitual, se avienen a contemplar y aplaudir ese componente aficionado. La masiva producción musical británica es solo la muestra de una sociedad culta y melómana.
El Colombiano, 26 de mayo.
Centenario de las mujeres policías. Hace cien años ingresó la primera mujer a la policía metropolitana. El aviso en los vagones de metro dice que los grandes propósitos se cumplen con pequeñas tareas. Londres, una de las ciudades más seguras del mundo, se gestiona desde la inteligencia y el detalle. Cuidado del espacio público, aseo, civismo, vigilancia tecnológica, altos castigos a los infractores, principio de buena fe y confianza en el comportamiento de todos los ciudadanos y visitantes. Podríamos hablar de la feminización de la política de seguridad en una ciudad que estuvo fuertemente afectada por el terrorismo, la violencia callejera y el crimen.
Pablo Escobarr. Noticia en The Times, el periódico más importante del Reino Unido y uno de los más antiguos del mundo. Sección deportiva del 11 de mayo, página 108. “Pablo Escobarr can land Derby trial”. Bueno, Pablo Escobarr es uno de los caballos de carreras más fuertes de Inglaterra. La doble ere del nombre fue una decisión cuidadosa para que, pronunciado por un británico, no deje lugar a dudas de quien se trata. El experto hípico le da buenas oportunidades en una gran carrera después de flojos desempeños recientes. (Espero que esta nota folclórica no lleve a cartas de protesta contra el gobierno británico o a que, algún buen colombiano, lleno de patriotismo y amor a la virtud decida envenenar al equino.)
¿Quiere cantar con nosotros? Buscan 1.200 jóvenes para que integren el coro que interpretará el Mesías de Handel el 7 de diciembre. Eso dice un volante. Mil doscientas personas representan casi una quinta parte del aforo del Royal Albert Hall. Y se sientan allá y cantan, partitura en mano. Hacer una convocatoria de ese tipo supone recibir una cantidad de postulantes equivalente a tres o cuatro veces el número requerido. Esto, a su vez, implica que hay una sociedad que puede formar decenas de miles de jóvenes en una técnica exigente. La orquesta y su director, el público ahbitual, se avienen a contemplar y aplaudir ese componente aficionado. La masiva producción musical británica es solo la muestra de una sociedad culta y melómana.
El Colombiano, 26 de mayo.
miércoles, 22 de mayo de 2019
Brompton Oratory
Brompton Oratory, Londres
Brompton Oratory
Nick Cave
Altos escalones de piedra yo subo
Salve este alegre día de regreso
Hacia la sombra de su gran bóveda voy
Salve mañana pentecostal
La lectura es de Lucas 24
Donde Cristo vuelve a sus seres queridos
Miro a los apóstoles de piedra
Creo que está bien para algunos
Y ojalá estuviera hecho de piedra
Para no tener que ver
Una belleza imposible de definir
Una belleza imposible de creer
Una belleza imposible de soportar
La sangre impartida en pequeños sorbos
Su olor todavía en mis manos
Cuando llevo la copa a mis labios
Ni dios arriba en el cielo
Ni el diablo bajo el mar
Habían logrado
Ponerme de rodillas
Afuera me siento en los escalones de piedra
Sin mucho que hacer
Desamparado y agotado
Por su ausencia
Brompton Oratory
Nick Cave
Altos escalones de piedra yo subo
Salve este alegre día de regreso
Hacia la sombra de su gran bóveda voy
Salve mañana pentecostal
La lectura es de Lucas 24
Donde Cristo vuelve a sus seres queridos
Miro a los apóstoles de piedra
Creo que está bien para algunos
Y ojalá estuviera hecho de piedra
Para no tener que ver
Una belleza imposible de definir
Una belleza imposible de creer
Una belleza imposible de soportar
La sangre impartida en pequeños sorbos
Su olor todavía en mis manos
Cuando llevo la copa a mis labios
Ni dios arriba en el cielo
Ni el diablo bajo el mar
Habían logrado
Ponerme de rodillas
Afuera me siento en los escalones de piedra
Sin mucho que hacer
Desamparado y agotado
Por su ausencia
miércoles, 15 de mayo de 2019
lunes, 13 de mayo de 2019
Cuadrando el círculo
El gran logro de la política democrática en Occidente en el siglo XX fue impulsar las reformas que necesitaba cada país (y el mundo), y mantener el tono moderado en la contienda parlamentaria, electoral y diplomática. Esta mezcla se rompió en el siglo XXI, quizás desde 2001, pero, con seguridad, después de 2008. Los moderados (liberales y conservadores) se han replegado y son una minoría. La mayoría de los liberales se están conservatizando velozmente, atemorizados y plegados a una estabilidad precaria. Los populistas y otros radicales (con mucho discurso y pocas propuestas) se han abanderado del cambio. Los conservadores se están radicalizando; en estos tiempos sus héroes son tipos intemperantes y volátiles como Trump.
Entre las viejas corrientes políticas, todas pierden. Perdieron los socialistas, con la mayoría montada en los trenes populistas, huérfanos de teoría y simples repetidores de versiones alucinantes del mundo. Pierden los liberales, con esclerosis múltiple, aferrados a fórmulas añejas y a regímenes políticos que hacen agua. Los que más pierden son los conservadores, arrastrados por el tsunami levantisco del populismo o de la reacción pura y dura, estilo Bolsonaro. Cuando recibo comentarios de algunos lectores “azules” de este diario echo de menos a los viejos godos: corteses, parcos, seguros; en resumen, civilizados.
En tiempos tan inciertos como los que vivimos, y rodeados de pirómanos políticos por todos los lados, hay pocas dudas de que los abanderados de la democracia liberal deben conservar la moderación en la esfera pública. La mitezza que reivindicó Norberto Bobbio (1909-2004), en un ensayo suyo. Mitezza que, en ciertas acepciones, se contrapone a la agresividad o a la conducta predatoria. Mitezza que los traductores del maestro italiano convirtieron en templanza.
Pero volver a hacer lo que antes era rutina parece una proeza. Organizar proyectos políticos que busquen el cambio social y que lo hagan con mesura y honestidad. Encontrar líderes inconformes y, a la vez, sensatos. Quizá lo que menos se discute hoy es qué debemos conservar y qué debemos cambiar porque, mientras los radicales de todos los partidos parten de la confusión y la alimentan, los demócratas liberales solo atinan a defenderse. Estas podrían ser las variables de la cuadratura del círculo en la política contemporánea.
Todos tenemos tareas para hacer: promover la moderación en el lenguaje y en los actos públicos, someter a examen las afirmaciones que pueden tener impacto considerable sobre la vida de las personas y las decisiones políticas, divulgar la información plural y calificada, retomar las discusiones de ideas y propuestas. Los políticos tienen la mayor responsabilidad, pero los intelectuales públicos —siguiendo un consejo de Michael Oakeshott (1901-1990)— deberíamos dedicarnos a limitar los efectos producidos por el abuso del lenguaje y la manipulación de la ambigüedad propia de las expresiones políticas. Arrojar un poco de luz en la vasta oscuridad del mundo social.
El Colombiano, 12 de abril
Entre las viejas corrientes políticas, todas pierden. Perdieron los socialistas, con la mayoría montada en los trenes populistas, huérfanos de teoría y simples repetidores de versiones alucinantes del mundo. Pierden los liberales, con esclerosis múltiple, aferrados a fórmulas añejas y a regímenes políticos que hacen agua. Los que más pierden son los conservadores, arrastrados por el tsunami levantisco del populismo o de la reacción pura y dura, estilo Bolsonaro. Cuando recibo comentarios de algunos lectores “azules” de este diario echo de menos a los viejos godos: corteses, parcos, seguros; en resumen, civilizados.
En tiempos tan inciertos como los que vivimos, y rodeados de pirómanos políticos por todos los lados, hay pocas dudas de que los abanderados de la democracia liberal deben conservar la moderación en la esfera pública. La mitezza que reivindicó Norberto Bobbio (1909-2004), en un ensayo suyo. Mitezza que, en ciertas acepciones, se contrapone a la agresividad o a la conducta predatoria. Mitezza que los traductores del maestro italiano convirtieron en templanza.
Pero volver a hacer lo que antes era rutina parece una proeza. Organizar proyectos políticos que busquen el cambio social y que lo hagan con mesura y honestidad. Encontrar líderes inconformes y, a la vez, sensatos. Quizá lo que menos se discute hoy es qué debemos conservar y qué debemos cambiar porque, mientras los radicales de todos los partidos parten de la confusión y la alimentan, los demócratas liberales solo atinan a defenderse. Estas podrían ser las variables de la cuadratura del círculo en la política contemporánea.
Todos tenemos tareas para hacer: promover la moderación en el lenguaje y en los actos públicos, someter a examen las afirmaciones que pueden tener impacto considerable sobre la vida de las personas y las decisiones políticas, divulgar la información plural y calificada, retomar las discusiones de ideas y propuestas. Los políticos tienen la mayor responsabilidad, pero los intelectuales públicos —siguiendo un consejo de Michael Oakeshott (1901-1990)— deberíamos dedicarnos a limitar los efectos producidos por el abuso del lenguaje y la manipulación de la ambigüedad propia de las expresiones políticas. Arrojar un poco de luz en la vasta oscuridad del mundo social.
El Colombiano, 12 de abril
lunes, 6 de mayo de 2019
ESE EME
Este diario editorializó a propósito de las decisiones que están despojando de sus curules al senador Antanas Mockus, de Alianza Verde, y Ángela Robledo, del Polo Democrático (“Oposición, curules y ley”, El Colombiano, 27.04.19). En primera página se resumió: “El Consejo de Estado hace una aplicación estricta de la ley y del régimen de inhabilidades. No es un ataque a la oposición”. Creo que lo primero es cierto y, a pesar de ello, lo segundo es discutible.
La aplicación estricta de la ley es una virtud en la teoría del estado de derecho y en la práctica de lo que John Rawls (1921-2002) llamaba “sociedades bien ordenadas”. En estas sociedades la legalidad opera de tal forma que coincide con la legitimidad de las instituciones. En casos de error judicial, la legitimidad democrática y la trayectoria imparcial de los jueces sirven de escudo protector. Hasta aquí todo bien. Sobre todo para Antanas, quien es el apóstol de la cultura de la legalidad en este siglo.
Lo que pasa es que, según los parámetros rawlsianos, nosotros no somos una sociedad ordenada en la que la legitimidad institucional es precaria y la trayectoria judicial —al menos en lo que va del siglo— cuestionable. En mayor o menor grado las altas cortes padecen de una parcialidad política evidente. Con mucho sesgo y poca inteligencia la Corte Suprema cumplió con el deber de controlar al presidente Uribe; sin malicia ni escrúpulos, la rama judicial se volvió gobiernista durante la administración Santos y se dedicó a castigar a la oposición uribista. Ahí la persecución contra Andrés Felipe Arias y Luis Carlos Restrepo. Ahora el Consejo de Estado se dedica a efectuar una “aplicación estricta de la ley” a la oposición.
Es hora de recordar al presidente mexicano Benito Juárez (1806-1872): “Justicia para mis amigos, todo el rigor de la ley para mis enemigos”, se dice que decía. Típica concepción latinoamericana que separa lo justo de lo legal y que usa la ley desde el poder para destruir al enemigo político. El Consejo de Estado hace una aplicación estricta de la ley solo a los representantes de los partidos de la oposición; una aplicación estricta, como la de los casos de Mockus y Robledo, dejaría al congreso sin congresistas. Pero olvida la imparcialidad, que es la virtud del juez.
El problema de la decisión no son Mockus y Robledo. El problema es la manipulación del poder para quitarle espacios a la oposición política que está estrenando estatuto 28 años después de que se estableciera constitucionalmente. El problema es la malicia que se denota cuando el Estado se compromete a tratar a la oposición en condiciones de igualdad (Ley 1909 de 2018) y, luego, sus entes concretos siguen con la discriminación. El problema es que algunas instituciones del estado sigan operando SM, según el marrano.
El Colombiano, 5 de mayo.
La aplicación estricta de la ley es una virtud en la teoría del estado de derecho y en la práctica de lo que John Rawls (1921-2002) llamaba “sociedades bien ordenadas”. En estas sociedades la legalidad opera de tal forma que coincide con la legitimidad de las instituciones. En casos de error judicial, la legitimidad democrática y la trayectoria imparcial de los jueces sirven de escudo protector. Hasta aquí todo bien. Sobre todo para Antanas, quien es el apóstol de la cultura de la legalidad en este siglo.
Lo que pasa es que, según los parámetros rawlsianos, nosotros no somos una sociedad ordenada en la que la legitimidad institucional es precaria y la trayectoria judicial —al menos en lo que va del siglo— cuestionable. En mayor o menor grado las altas cortes padecen de una parcialidad política evidente. Con mucho sesgo y poca inteligencia la Corte Suprema cumplió con el deber de controlar al presidente Uribe; sin malicia ni escrúpulos, la rama judicial se volvió gobiernista durante la administración Santos y se dedicó a castigar a la oposición uribista. Ahí la persecución contra Andrés Felipe Arias y Luis Carlos Restrepo. Ahora el Consejo de Estado se dedica a efectuar una “aplicación estricta de la ley” a la oposición.
Es hora de recordar al presidente mexicano Benito Juárez (1806-1872): “Justicia para mis amigos, todo el rigor de la ley para mis enemigos”, se dice que decía. Típica concepción latinoamericana que separa lo justo de lo legal y que usa la ley desde el poder para destruir al enemigo político. El Consejo de Estado hace una aplicación estricta de la ley solo a los representantes de los partidos de la oposición; una aplicación estricta, como la de los casos de Mockus y Robledo, dejaría al congreso sin congresistas. Pero olvida la imparcialidad, que es la virtud del juez.
El problema de la decisión no son Mockus y Robledo. El problema es la manipulación del poder para quitarle espacios a la oposición política que está estrenando estatuto 28 años después de que se estableciera constitucionalmente. El problema es la malicia que se denota cuando el Estado se compromete a tratar a la oposición en condiciones de igualdad (Ley 1909 de 2018) y, luego, sus entes concretos siguen con la discriminación. El problema es que algunas instituciones del estado sigan operando SM, según el marrano.
El Colombiano, 5 de mayo.
domingo, 5 de mayo de 2019
viernes, 3 de mayo de 2019
Yes, it's me. Think
Brasenose Lane; uno de los callejones que rodean el edificio del Brasenose College, en Oxford.
Camino hacia la primera sesión del seminario "The Civilizing Process in Colombia", con Ana María Otero, Andrew Linklater, Jorge Orlando Melo y Katherine, su esposa... conversando.
De repente, de frente un muchacho (para mí sigue siendo un muchacho). Dudas.
"Excuse me, I'm Colombian... Are you that I think you are?".
Thom Yorke me respondió por escrito (la dedicatoria fue pedida, por supuesto).
Camino hacia la primera sesión del seminario "The Civilizing Process in Colombia", con Ana María Otero, Andrew Linklater, Jorge Orlando Melo y Katherine, su esposa... conversando.
De repente, de frente un muchacho (para mí sigue siendo un muchacho). Dudas.
"Excuse me, I'm Colombian... Are you that I think you are?".
Thom Yorke me respondió por escrito (la dedicatoria fue pedida, por supuesto).
miércoles, 1 de mayo de 2019
Twitter and Leadership
Among the many confusions of the time-time of transitions, instability and misunderstandings-one of the most notable in the public sphere can explain the erratic behavior of leaders with respect to the opinion of the people. In regard to this sentence I will deal with what people mean; about the opinion I had already pronounced a year ago ("Desdén por la racionalidad", 15.07.18).
The first observation has to do with Western political tradition. People, or the public, has never had a single meaning. For the classical Greeks (Aristotle) one thing was the demos and another the ochlos; Marx distinguished between working class and lumpen; Arendt understood that one thing was the people and another was the populace. Less rigorous distinctions have been made between people and mass. In all cases, the first term is positive and the second negative, and the difference is that we, workers, people, are incorporated in an order, woven of legal and informal norms; while ochlos, lumpen, populace, no. Whichever regime is considered the best, political theory excluded or dissolved this disordered fringe.
The contemporary leveling has put us in the trance of confusing the various social agents. Not all people are public, although Facebook and Twitter give the impression to the contrary. It is not the same Kim Kardashian whose essential feature is the void, that Lady Gaga who sings, acts and reasons about its context. And even so, accepting that there is an imbricated public in a network of norms and relationships, this is not always right (being benevolent). This is where people in management positions can lose their way.
In this order of ideas we could distinguish three types of leaders: the dominant, the demagogue and the leader.
The dominant is imposed on any opinion, marginal or extensive, reasonable or not. This type of leader is the autocratic. The demagogue is mounted on the crest of the wave of opinion and, therefore, abdicates leadership. It acts as an amplifier of exalted, nervous opinion; it is propped up in the darkest, most morbid and demonic aspects of the human spirit. The demagogue exercises the style of populist politicians, even if it is not. The demagogue does not influence, is influenced.
The leader of a liberal democratic society takes the opinion as an indicator of the issues that concern sectors of the population and the type of perceptions and inclinations that a fact arouses. He is able to interpret social emotions and can focus on improving information, raising the quality of discussions, channeling concerns in a reasonable direction and leading heterogeneous opinion forces towards a goal or, at least, compatible goals.
The autocrat forces the tweeter, the demagogue flatters him, the leader leads him.
The first observation has to do with Western political tradition. People, or the public, has never had a single meaning. For the classical Greeks (Aristotle) one thing was the demos and another the ochlos; Marx distinguished between working class and lumpen; Arendt understood that one thing was the people and another was the populace. Less rigorous distinctions have been made between people and mass. In all cases, the first term is positive and the second negative, and the difference is that we, workers, people, are incorporated in an order, woven of legal and informal norms; while ochlos, lumpen, populace, no. Whichever regime is considered the best, political theory excluded or dissolved this disordered fringe.
The contemporary leveling has put us in the trance of confusing the various social agents. Not all people are public, although Facebook and Twitter give the impression to the contrary. It is not the same Kim Kardashian whose essential feature is the void, that Lady Gaga who sings, acts and reasons about its context. And even so, accepting that there is an imbricated public in a network of norms and relationships, this is not always right (being benevolent). This is where people in management positions can lose their way.
In this order of ideas we could distinguish three types of leaders: the dominant, the demagogue and the leader.
The dominant is imposed on any opinion, marginal or extensive, reasonable or not. This type of leader is the autocratic. The demagogue is mounted on the crest of the wave of opinion and, therefore, abdicates leadership. It acts as an amplifier of exalted, nervous opinion; it is propped up in the darkest, most morbid and demonic aspects of the human spirit. The demagogue exercises the style of populist politicians, even if it is not. The demagogue does not influence, is influenced.
The leader of a liberal democratic society takes the opinion as an indicator of the issues that concern sectors of the population and the type of perceptions and inclinations that a fact arouses. He is able to interpret social emotions and can focus on improving information, raising the quality of discussions, channeling concerns in a reasonable direction and leading heterogeneous opinion forces towards a goal or, at least, compatible goals.
The autocrat forces the tweeter, the demagogue flatters him, the leader leads him.
lunes, 29 de abril de 2019
Twitter y el liderazgo
Entre las tantas confusiones de la época —época de transiciones, inestabilidad y equívocos—, una de las más notables en la esfera pública puede explicar la conducta errática de los líderes respecto a la opinión de la gente. En lo que respecta a esta frase me ocuparé de lo que significa gente; sobre la opinión ya me había pronunciado hace un año (“Desdén por la racionalidad”, 15.07.18).
La primera observación tiene que ver con la tradición política occidental. La gente, o el público, no ha tenido nunca un solo significado. Para los griegos clásicos (Aristóteles) una cosa era el demos y otra el ochlos; Marx distinguía entre clase trabajadora y lumpen; Arendt entendía que una cosa era el pueblo y otra el populacho. Distinciones menos rigurosas se han hecho entre pueblo y masa. En todos los casos, el primer término es positivo y el segundo negativo, y la diferencia está en que demos, trabajadores, pueblo, están incorporados en un orden, tejido de normas legales e informales; mientras ochlos, lumpen, populacho, no. Cualquiera sea el régimen que se considerara mejor, la teoría política excluía o disolvía esta franja desordenada.
La nivelación contemporánea nos ha puesto en el trance de confundir a los diversos agentes sociales. No toda la gente es público, aunque Facebook y Twitter den a entender lo contrario. No es lo mismo Kim Kardashian cuyo rasgo esencial es el vacío, que Lady Gaga quien canta, actúa y razona sobre su contexto. Y aún así, aceptando que hay un público imbricado en una red de normas y relaciones, este no siempre tiene la razón (siendo benevolentes). Aquí es donde las personas que ocupan cargos de dirección pueden perder el rumbo.
En este orden de ideas podríamos distinguir tres tipos de líderes: el dominante, el demagogo y el dirigente.
El dominante se impone sobre cualquier opinión, marginal o extensa, razonable o no. Este tipo de líder es el autocrático. El demagogo se monta en la cresta de la ola de opinión y, por tanto, abdica del liderazgo. Hace las veces de amplificador de la opinión exaltada, nerviosa; se apuntala en los aspectos más oscuros, morbosos y demoníacos del espíritu humano. El demagogo ejerce el estilo de los políticos populistas, aunque no lo sea. El demagogo no influye, es influido.
El líder propio de una sociedad democrática liberal toma la opinión como un indicador de los temas que preocupan a sectores de la población y del tipo de percepciones e inclinaciones que suscita un hecho. Es capaz de interpretar las emociones sociales y puede enfocarse en mejorar la información, elevar la calidad de las discusiones, canalizar las preocupaciones hacia una dirección razonable y conducir a fuerzas de opinión heterogéneas hacia una meta o, al menos, metas compatibles.
El autócrata fuerza al tuitero, el demagogo lo adula, el líder lo conduce.
El Colombiano, 28 de abril
La primera observación tiene que ver con la tradición política occidental. La gente, o el público, no ha tenido nunca un solo significado. Para los griegos clásicos (Aristóteles) una cosa era el demos y otra el ochlos; Marx distinguía entre clase trabajadora y lumpen; Arendt entendía que una cosa era el pueblo y otra el populacho. Distinciones menos rigurosas se han hecho entre pueblo y masa. En todos los casos, el primer término es positivo y el segundo negativo, y la diferencia está en que demos, trabajadores, pueblo, están incorporados en un orden, tejido de normas legales e informales; mientras ochlos, lumpen, populacho, no. Cualquiera sea el régimen que se considerara mejor, la teoría política excluía o disolvía esta franja desordenada.
La nivelación contemporánea nos ha puesto en el trance de confundir a los diversos agentes sociales. No toda la gente es público, aunque Facebook y Twitter den a entender lo contrario. No es lo mismo Kim Kardashian cuyo rasgo esencial es el vacío, que Lady Gaga quien canta, actúa y razona sobre su contexto. Y aún así, aceptando que hay un público imbricado en una red de normas y relaciones, este no siempre tiene la razón (siendo benevolentes). Aquí es donde las personas que ocupan cargos de dirección pueden perder el rumbo.
En este orden de ideas podríamos distinguir tres tipos de líderes: el dominante, el demagogo y el dirigente.
El dominante se impone sobre cualquier opinión, marginal o extensa, razonable o no. Este tipo de líder es el autocrático. El demagogo se monta en la cresta de la ola de opinión y, por tanto, abdica del liderazgo. Hace las veces de amplificador de la opinión exaltada, nerviosa; se apuntala en los aspectos más oscuros, morbosos y demoníacos del espíritu humano. El demagogo ejerce el estilo de los políticos populistas, aunque no lo sea. El demagogo no influye, es influido.
El líder propio de una sociedad democrática liberal toma la opinión como un indicador de los temas que preocupan a sectores de la población y del tipo de percepciones e inclinaciones que suscita un hecho. Es capaz de interpretar las emociones sociales y puede enfocarse en mejorar la información, elevar la calidad de las discusiones, canalizar las preocupaciones hacia una dirección razonable y conducir a fuerzas de opinión heterogéneas hacia una meta o, al menos, metas compatibles.
El autócrata fuerza al tuitero, el demagogo lo adula, el líder lo conduce.
El Colombiano, 28 de abril
lunes, 22 de abril de 2019
Glosa con ejemplos
La columna de la semana pasada se tituló “Inflación administrativa”. Esta podría llamarse “Asfixia administrativa”. Allí se dijo que el control de la actividad laboral atentaba contra la productividad y competitividad de las organizaciones y contra la libertad y la creatividad de los empleados. En otro sentido, habría que decir que el control es opuesto a la confianza: a menor confianza más control. Desconfianza en la capacidad de las personas y de las organizaciones para autodeterminarse y explorar las mejores vías para realizar sus funciones y cumplir sus propósitos.
La confianza es indispensable en un mundo cada vez más fragmentado y complejo. La soberbia del racionalismo consistió en creer que era posible conocer el universo, determinar lo que era bueno para el mundo y el individuo y elaborar fórmulas generales para lograr la felicidad. Con el ascenso del racionalismo llegaron las utopías y con las utopías las catástrofes. De la complejidad y variabilidad de los asuntos humanos solo pueden dar cuenta humanos singulares, preferiblemente asociados en grupos muy pequeños y unidos por la experiencia y el sentido. Un pequeño equipo sabrá resolver mejor un problema que la dirección de la organización; una organización lo hará mejor que un ministerio.
Apelo a dos ejemplos. El primero es Silicon Valley, algunas de cuyas empresas y universidades tuve oportunidad de visitar hace dos años. El centro de la innovación mundial. Las empresas de punta en esta zona de California les dan a sus trabajadores el 30% del tiempo laboral para que exploren proyectos individuales. En el caso de Google es un día de la semana. Al tercer mes, un supervisor se informa del proyecto y lo evalúa, y a renglón seguido puede autorizar más exploración, cambio o adoptarlo para la organización. El precepto detrás de este modelo consiste en creer que la innovación viene de abajo, la pertinencia se define arriba; el desarrollo se hace abajo, la producción se organiza arriba.
Esto es aplicable para todo tipo de actividad. Por supuesto, aplica más para las prácticas que operan con singularidades, como es el caso de las actividades médica, educativa o artística. La enfermedad, el aprendizaje y la apreciación son irreductiblemente individuales. La administración es necesaria para apoyar la tarea, no para su ejecución específica, y no toda administración tiene que ser intrusiva.
Segundo ejemplo. El ministro de educación de Portugal contó esta semana que una de las medidas en su país era darles a los niños “cada día dos horas gratuitas y voluntarias de extraescolares, para aprender un instrumento, otra lengua o ir a un club de ciencia” (“No hay que ser impositivos: cuando confías en las escuelas, responden”, El País, 18.04.19). Portugal es uno de los milagros educativos de Europa, el otro, Finlandia, también se basa en menos tiempo en el aula y, también, menos trabajo en la casa.
El Colombiano, 21 de abril.
La confianza es indispensable en un mundo cada vez más fragmentado y complejo. La soberbia del racionalismo consistió en creer que era posible conocer el universo, determinar lo que era bueno para el mundo y el individuo y elaborar fórmulas generales para lograr la felicidad. Con el ascenso del racionalismo llegaron las utopías y con las utopías las catástrofes. De la complejidad y variabilidad de los asuntos humanos solo pueden dar cuenta humanos singulares, preferiblemente asociados en grupos muy pequeños y unidos por la experiencia y el sentido. Un pequeño equipo sabrá resolver mejor un problema que la dirección de la organización; una organización lo hará mejor que un ministerio.
Apelo a dos ejemplos. El primero es Silicon Valley, algunas de cuyas empresas y universidades tuve oportunidad de visitar hace dos años. El centro de la innovación mundial. Las empresas de punta en esta zona de California les dan a sus trabajadores el 30% del tiempo laboral para que exploren proyectos individuales. En el caso de Google es un día de la semana. Al tercer mes, un supervisor se informa del proyecto y lo evalúa, y a renglón seguido puede autorizar más exploración, cambio o adoptarlo para la organización. El precepto detrás de este modelo consiste en creer que la innovación viene de abajo, la pertinencia se define arriba; el desarrollo se hace abajo, la producción se organiza arriba.
Esto es aplicable para todo tipo de actividad. Por supuesto, aplica más para las prácticas que operan con singularidades, como es el caso de las actividades médica, educativa o artística. La enfermedad, el aprendizaje y la apreciación son irreductiblemente individuales. La administración es necesaria para apoyar la tarea, no para su ejecución específica, y no toda administración tiene que ser intrusiva.
Segundo ejemplo. El ministro de educación de Portugal contó esta semana que una de las medidas en su país era darles a los niños “cada día dos horas gratuitas y voluntarias de extraescolares, para aprender un instrumento, otra lengua o ir a un club de ciencia” (“No hay que ser impositivos: cuando confías en las escuelas, responden”, El País, 18.04.19). Portugal es uno de los milagros educativos de Europa, el otro, Finlandia, también se basa en menos tiempo en el aula y, también, menos trabajo en la casa.
El Colombiano, 21 de abril.
lunes, 15 de abril de 2019
Inflación administrativa
Un estudio de McKinsey Global Institute —una de las más reputadas consultoras en asuntos organizacionales— concluyó que los empleados de las empresas están dedicando hoy el 61% de su tiempo a administrar su trabajo y, quizás, menos del 39% restante a hacerlo (Thomas Oppong, “25 Productivity Principles Will Change How You Work Forever”, The Mission, 09.02.19). Mckinsey es útil para proporcionar la cifra y como criterio de autoridad para hacer una afirmación sobre algo que ya sabíamos.
La sociedad contemporánea —lo había dicho Gilles Deleuze (1925-1995)— es una sociedad de control. El control es numérico, modular, de variación continua, ilimitado, funciona a partir de contraseñas (lo dijo antes de la aparición de internet); en la sociedad de control no hay individuo ni masa, solo datos. Las instituciones dedicadas a la elaboración de parámetros se han multiplicado y las normas que producen ya son miles (solo ISO ha elaborado cerca de 20 mil). Las organizaciones y las personas no estamos sujetas solo a las leyes de Dios y del Estado, también a las de centenares de certificadores. Intente ponerle el servicio eléctrico a una casa nueva para que vea la cantidad de permisos y condiciones impuestas, incluso en su dormitorio.
Por supuesto, el control se opone a la libertad. Pero también se opone a la creación y a la innovación. Cuando Frederick Taylor (1856-1915) se preguntó cómo hacer eficiente cada segundo y cada movimiento de un trabajador hasta hoy, el problema era obtener los mayores rendimientos posibles de la convergencia entre electricidad y mecánica. La paradoja actual es hablar de creatividad e innovación en medio de una sociedad de control o, peor, en una que combina control con disciplina.
Decía Deleuze que el animal representativo de la sociedad de control es la serpiente. Pensaba en sus anillos; puede pensarse también en el uróboros, la serpiente que se muerde la cola, símbolo entre otras cosas de los esfuerzos inútiles, de los trabajos que se cancelan mutuamente. Se trabaja durante dos terceras partes de la jornada para decir qué hacemos, cómo hacemos y cómo evaluamos en el tercio restante. La actividad laboral se acrecienta en lo que tiene de fatiga y se empobrece en lo que tiene de productiva. Es la preocupación de McKinsey, productividad y competitividad.
Para uno, simple profesional, animal laborans, la angustia es otra. Poder desplegar la personalidad en la tarea. Antes se creía que este era el privilegio de las profesiones liberales, del médico, el maestro, el artista. Ya no es cierto y, por lo que veo, entre los médicos se están dando las reflexiones más profundas sobre el tema. El médico corporativo ya perdió la consulta como espacio soberano; a los maestros nos queda, amenazada, el aula; al artista, en muchos casos, solo la mano sujeta al gusto y al dictado de quien paga.
El Colombiano, 14 de abril
La sociedad contemporánea —lo había dicho Gilles Deleuze (1925-1995)— es una sociedad de control. El control es numérico, modular, de variación continua, ilimitado, funciona a partir de contraseñas (lo dijo antes de la aparición de internet); en la sociedad de control no hay individuo ni masa, solo datos. Las instituciones dedicadas a la elaboración de parámetros se han multiplicado y las normas que producen ya son miles (solo ISO ha elaborado cerca de 20 mil). Las organizaciones y las personas no estamos sujetas solo a las leyes de Dios y del Estado, también a las de centenares de certificadores. Intente ponerle el servicio eléctrico a una casa nueva para que vea la cantidad de permisos y condiciones impuestas, incluso en su dormitorio.
Por supuesto, el control se opone a la libertad. Pero también se opone a la creación y a la innovación. Cuando Frederick Taylor (1856-1915) se preguntó cómo hacer eficiente cada segundo y cada movimiento de un trabajador hasta hoy, el problema era obtener los mayores rendimientos posibles de la convergencia entre electricidad y mecánica. La paradoja actual es hablar de creatividad e innovación en medio de una sociedad de control o, peor, en una que combina control con disciplina.
Decía Deleuze que el animal representativo de la sociedad de control es la serpiente. Pensaba en sus anillos; puede pensarse también en el uróboros, la serpiente que se muerde la cola, símbolo entre otras cosas de los esfuerzos inútiles, de los trabajos que se cancelan mutuamente. Se trabaja durante dos terceras partes de la jornada para decir qué hacemos, cómo hacemos y cómo evaluamos en el tercio restante. La actividad laboral se acrecienta en lo que tiene de fatiga y se empobrece en lo que tiene de productiva. Es la preocupación de McKinsey, productividad y competitividad.
Para uno, simple profesional, animal laborans, la angustia es otra. Poder desplegar la personalidad en la tarea. Antes se creía que este era el privilegio de las profesiones liberales, del médico, el maestro, el artista. Ya no es cierto y, por lo que veo, entre los médicos se están dando las reflexiones más profundas sobre el tema. El médico corporativo ya perdió la consulta como espacio soberano; a los maestros nos queda, amenazada, el aula; al artista, en muchos casos, solo la mano sujeta al gusto y al dictado de quien paga.
El Colombiano, 14 de abril
lunes, 8 de abril de 2019
Empresas cívicas 2
Como decía hace ocho días, las organizaciones deben jugar un papel significativo en el cambio social. Con solo cambiar las fechas de liquidación de nómina, las empresas de un país africano (¿Burundi?) lograron que sus trabajadores le dieran prelación al pago de la matrícula de los hijos; un acuerdo entre un intermediario financiero, locales comerciales y el metro de Londres ha permitido descongestionar el trasporte masivo en las horas pico. Son ejemplos de lo que una organización puede hacer para contribuir a la solución de problemas nacionales o locales, sin recurrir a las prohibiciones, los mandatos u otro tipo de regulaciones.
La reciente emergencia ambiental de Medellín dejó perplejas a la mayoría de, por no decir a todas, las organizaciones significativas de la ciudad. En condiciones similares, París o Santiago hubieran cancelado clases en las instituciones educativas durante varios días. ¿Por qué nuestras entidades no lo hicieron? Seguro, por simple inercia. Pero se hubiera podido. Las empresas —donde se habla de teletrabajo todos los días— no acudieron a la promoción del trabajo desde el hogar para aliviar la presión sobre la calidad del aire. Sabiendo que tenemos una estacionalidad riesgosa en marzo y octubre, ¿por qué no adecuar los calendarios escolares y otras actividades masivas, como parte de una iniciativa privada?
Si las autoridades públicas no se atreven a tocar a los Centros de Diagnóstico Automotor, ni a los trasportadores con los vehículos más contaminantes, las organizaciones privadas podrían. Bastaría con establecer tarifas diferenciales para los distribuidores —de bebidas, por ejemplo— incentivando a quienes utilicen los medios más eficientes desde el punto de vista ambiental. Algo similar podríamos decir de lo que pueden hacer los comerciantes con las recuas de motociclistas que operan como domiciliarios.
Cosa análoga sucede con el problema de la movilidad. Según el estudio INRIX 2018, Medellín tiene la séptima peor movilidad de América Latina. Algunos gremios se oponen a las regulaciones de tránsito a pesar de que se sabe que “la congestión… golpea el crecimiento económico y disminuye nuestra calidad de vida” (“Estas son las ciudades con peor congestión vehicular”, CNN Español, 14.02.19), lo que demuestra que la estupidez no conoce clase social. ¿Por qué casi todos los colegios tienen la misma jornada? ¿Qué pasaría si empezaran una hora más tarde? Sé de empresas que han empezado a cambiar sus políticas de parqueaderos para estimular el trasporte público, aunque cabría preguntar por qué las empresas tienen tantos parqueaderos. Otras organizaciones están procurando la promoción del carro compartido.
Las organizaciones privadas, al margen de lo que hagan o dejen de hacer los alcaldes, deben contribuir a la solución de los problemas de cooperación social (ruido, uso del agua y el espacio público, convivencia, son otros). Si seguimos como vamos en movilidad y aire, Medellín puede perder lo que ha ganado en este siglo.
El Colombiano, 7 de abril
La reciente emergencia ambiental de Medellín dejó perplejas a la mayoría de, por no decir a todas, las organizaciones significativas de la ciudad. En condiciones similares, París o Santiago hubieran cancelado clases en las instituciones educativas durante varios días. ¿Por qué nuestras entidades no lo hicieron? Seguro, por simple inercia. Pero se hubiera podido. Las empresas —donde se habla de teletrabajo todos los días— no acudieron a la promoción del trabajo desde el hogar para aliviar la presión sobre la calidad del aire. Sabiendo que tenemos una estacionalidad riesgosa en marzo y octubre, ¿por qué no adecuar los calendarios escolares y otras actividades masivas, como parte de una iniciativa privada?
Si las autoridades públicas no se atreven a tocar a los Centros de Diagnóstico Automotor, ni a los trasportadores con los vehículos más contaminantes, las organizaciones privadas podrían. Bastaría con establecer tarifas diferenciales para los distribuidores —de bebidas, por ejemplo— incentivando a quienes utilicen los medios más eficientes desde el punto de vista ambiental. Algo similar podríamos decir de lo que pueden hacer los comerciantes con las recuas de motociclistas que operan como domiciliarios.
Cosa análoga sucede con el problema de la movilidad. Según el estudio INRIX 2018, Medellín tiene la séptima peor movilidad de América Latina. Algunos gremios se oponen a las regulaciones de tránsito a pesar de que se sabe que “la congestión… golpea el crecimiento económico y disminuye nuestra calidad de vida” (“Estas son las ciudades con peor congestión vehicular”, CNN Español, 14.02.19), lo que demuestra que la estupidez no conoce clase social. ¿Por qué casi todos los colegios tienen la misma jornada? ¿Qué pasaría si empezaran una hora más tarde? Sé de empresas que han empezado a cambiar sus políticas de parqueaderos para estimular el trasporte público, aunque cabría preguntar por qué las empresas tienen tantos parqueaderos. Otras organizaciones están procurando la promoción del carro compartido.
Las organizaciones privadas, al margen de lo que hagan o dejen de hacer los alcaldes, deben contribuir a la solución de los problemas de cooperación social (ruido, uso del agua y el espacio público, convivencia, son otros). Si seguimos como vamos en movilidad y aire, Medellín puede perder lo que ha ganado en este siglo.
El Colombiano, 7 de abril
martes, 2 de abril de 2019
lunes, 1 de abril de 2019
Empresas cívicas
Entre los cambios de actitud de la generación del milenio —los nacidos entre 1981 y 2000— uno de los más notables tiene que ver con el objeto de las demandas ciudadanas. Según un estudio reciente, los milénicos esperan más contribuciones sociales por parte de las empresas (The Economist, 03.19). Los miembros de las generaciones anteriores esperamos más del Estado. Esta tensión no es nueva. La crisis del Estado de Bienestar mostró que el Estado moderno podía fracasar tanto por exceso como por defecto.
La discusión sobre las contribuciones de las empresas es un poco más antigua. Antes de que emergiera la llamada “cuestión social” el enfoque dominante era que las empresas solo se debían a sus propietarios y que la creación de riqueza por sí misma era una contribución suficiente a la sociedad. La cuestión social marcó las discusiones y los conflictos en Europa en el siglo XIX: los políticos radicales, los sindicatos y la Iglesia católica confluyeron en la visión de que las empresas tenían obligaciones especiales con los trabajadores y sus familias. Esta controversia encontró una solución exitosa en la creación de la Organización Internacional del Trabajo, hace 100 años (un centenario que no debería pasarse por alto) y, en Colombia, con la legislación laboral de Ospina Pérez y el invento de las cajas de compensación.
Cuando comenzó la ilusión liberal, tras las reformas radicales de Thatcher y el colapso soviético, el concepto de responsabilidad social empresarial adquirió especial fuerza. La idea básica es un desarrollo de la convicción de que las condiciones del entorno inmediato de la empresa son un factor crítico para su sostenibilidad y eficiencia. En otras palabras, invertir en el bienestar de las comunidades con las que se comparte localización y sociabilidad se revierte positivamente en los rendimientos. Ignoro balances del impacto de esta estrategia; lo cierto es que el resultado global es poco halagüeño: una brecha social más grande y más gente más inconforme.
Una idea que debería adquirir relevancia en el corto plazo les pide a las empresas que jueguen un papel significativo en el cambio social. No estamos hablando del cambio en los niveles macro de la sociedad y las instituciones públicas. Se trata del cambio en el comportamiento micro, no individual, de grupos de personas como empleados, proveedores, quizá clientes. Las organizaciones pueden y deben orientar el cambio comportamental de quienes conforman sus grupos de interés; pueden y deben hacerlo respetando las libertades individuales y mostrando, a la vez alternativas razonables y compatibles con diversos estilos de vida. Sobre este tema, la profesora Cristina Bicchieri compartió sus tesis con grupos interesados de Sura, Comfama y la Universidad Eafit. El subtítulo de su libro es elocuente: “Cómo unas pocas personas pueden cambiar los comportamientos de toda una sociedad”. Con menos plata, más intención, mejores ideas, quizás haya mejores resultados.
El Colombiano, 31 de marzo
La discusión sobre las contribuciones de las empresas es un poco más antigua. Antes de que emergiera la llamada “cuestión social” el enfoque dominante era que las empresas solo se debían a sus propietarios y que la creación de riqueza por sí misma era una contribución suficiente a la sociedad. La cuestión social marcó las discusiones y los conflictos en Europa en el siglo XIX: los políticos radicales, los sindicatos y la Iglesia católica confluyeron en la visión de que las empresas tenían obligaciones especiales con los trabajadores y sus familias. Esta controversia encontró una solución exitosa en la creación de la Organización Internacional del Trabajo, hace 100 años (un centenario que no debería pasarse por alto) y, en Colombia, con la legislación laboral de Ospina Pérez y el invento de las cajas de compensación.
Cuando comenzó la ilusión liberal, tras las reformas radicales de Thatcher y el colapso soviético, el concepto de responsabilidad social empresarial adquirió especial fuerza. La idea básica es un desarrollo de la convicción de que las condiciones del entorno inmediato de la empresa son un factor crítico para su sostenibilidad y eficiencia. En otras palabras, invertir en el bienestar de las comunidades con las que se comparte localización y sociabilidad se revierte positivamente en los rendimientos. Ignoro balances del impacto de esta estrategia; lo cierto es que el resultado global es poco halagüeño: una brecha social más grande y más gente más inconforme.
Una idea que debería adquirir relevancia en el corto plazo les pide a las empresas que jueguen un papel significativo en el cambio social. No estamos hablando del cambio en los niveles macro de la sociedad y las instituciones públicas. Se trata del cambio en el comportamiento micro, no individual, de grupos de personas como empleados, proveedores, quizá clientes. Las organizaciones pueden y deben orientar el cambio comportamental de quienes conforman sus grupos de interés; pueden y deben hacerlo respetando las libertades individuales y mostrando, a la vez alternativas razonables y compatibles con diversos estilos de vida. Sobre este tema, la profesora Cristina Bicchieri compartió sus tesis con grupos interesados de Sura, Comfama y la Universidad Eafit. El subtítulo de su libro es elocuente: “Cómo unas pocas personas pueden cambiar los comportamientos de toda una sociedad”. Con menos plata, más intención, mejores ideas, quizás haya mejores resultados.
El Colombiano, 31 de marzo
martes, 26 de marzo de 2019
Opiniones frente al progreso
La Intelligence Unit de The Economist —la longeva revista inglesa— publicó el informe titulado “Priorities of Progress” que recoge y analiza la información de 50 países de todo el mundo sobre la percepción ciudadana en asuntos de progreso social. Sin dudas, por población y economía, son los 50 países más importantes del mundo y entre ellos está Colombia. El informe se apoya en encuestas y consultas a expertos.
El estudio da cuenta de la inconformidad mundial con el estado de cosas actual. Solo el 29% de los encuestados está contento con el funcionamiento de su sociedad y la gente tiene enormes dudas sobre la mejoría de la situación (34% cree que sucederá y otro 34% no la ve a la vista). El mayor pesimismo está en los países europeos y americanos; Colombia aparece con una mayoría pesimista del 55%. En tanto, los países más optimistas son los asiáticos, entre quienes se destacan los chinos. Los más jóvenes —los llamados milénicos— son los más optimistas (68%), seguidos por la generación precedente, la X, con un 55%. Tiene todo el sentido que los líderes actuales pertenezcan a estas generaciones: el liderazgo necesita un buen espíritu para encarar los problemas.
Gran parte de los agravios de la gente (34%) apuntan a la escasez de oportunidades económicas. Solo los nigerianos, peruanos, italianos y rusos están más descontentos que los colombianos (66%). Y esta es una noticia muy mala para el país teniendo en cuenta el mediocre desempeño de nuestra economía que detiene el bienestar social. Además, en América es más notoria la insatisfacción con los servicios de salud.
Mientras a nivel mundial se piden más inversiones en salud y protección social, en América el énfasis está en educación y seguridad. Colombia es una excepción, acá se consideran como prioridades nacionales la educación y la protección del ambiente (para la vida personal sí se da prelación a seguridad y educación). El país donde la gente le otorga más prioridad al medio ambiente es Colombia (64%), seguido por Vietnam.
Cuando se comparan las prioridades ciudadanas y el gasto efectivo del Estado, se encuentra con que Colombia es el cuarto país peor situado. Esto quiere decir que el gobierno es poco sensible a las demandas ciudadanas. Este es el indicador más preocupante porque demuestra una disociación entre la gestión del Estado y las preocupaciones de la gente, situación que afecta la legitimidad del régimen político, perturban el orden social y alientan a extremistas.
La gran oportunidad para el país está en alinear la fuerte conciencia ciudadana en cuanto a la importancia de la educación y el cuidado del ambiente con las políticas públicas de mediano y largo plazo. Queda claro que los temas ambientales no deben soslayarse ni subordinarse ante dilemas como los que generan la minería, el trasporte urbano y la construcción.
El Colombiano, 24 de marzo
El estudio da cuenta de la inconformidad mundial con el estado de cosas actual. Solo el 29% de los encuestados está contento con el funcionamiento de su sociedad y la gente tiene enormes dudas sobre la mejoría de la situación (34% cree que sucederá y otro 34% no la ve a la vista). El mayor pesimismo está en los países europeos y americanos; Colombia aparece con una mayoría pesimista del 55%. En tanto, los países más optimistas son los asiáticos, entre quienes se destacan los chinos. Los más jóvenes —los llamados milénicos— son los más optimistas (68%), seguidos por la generación precedente, la X, con un 55%. Tiene todo el sentido que los líderes actuales pertenezcan a estas generaciones: el liderazgo necesita un buen espíritu para encarar los problemas.
Gran parte de los agravios de la gente (34%) apuntan a la escasez de oportunidades económicas. Solo los nigerianos, peruanos, italianos y rusos están más descontentos que los colombianos (66%). Y esta es una noticia muy mala para el país teniendo en cuenta el mediocre desempeño de nuestra economía que detiene el bienestar social. Además, en América es más notoria la insatisfacción con los servicios de salud.
Mientras a nivel mundial se piden más inversiones en salud y protección social, en América el énfasis está en educación y seguridad. Colombia es una excepción, acá se consideran como prioridades nacionales la educación y la protección del ambiente (para la vida personal sí se da prelación a seguridad y educación). El país donde la gente le otorga más prioridad al medio ambiente es Colombia (64%), seguido por Vietnam.
Cuando se comparan las prioridades ciudadanas y el gasto efectivo del Estado, se encuentra con que Colombia es el cuarto país peor situado. Esto quiere decir que el gobierno es poco sensible a las demandas ciudadanas. Este es el indicador más preocupante porque demuestra una disociación entre la gestión del Estado y las preocupaciones de la gente, situación que afecta la legitimidad del régimen político, perturban el orden social y alientan a extremistas.
La gran oportunidad para el país está en alinear la fuerte conciencia ciudadana en cuanto a la importancia de la educación y el cuidado del ambiente con las políticas públicas de mediano y largo plazo. Queda claro que los temas ambientales no deben soslayarse ni subordinarse ante dilemas como los que generan la minería, el trasporte urbano y la construcción.
El Colombiano, 24 de marzo
jueves, 21 de marzo de 2019
El uribismo: un populismo peligroso
El uribismo: un populismo peligroso
El uribismo es populista - y aquí se explica por qué-. ¿Pero qué tiene que ver eso con las seis objeciones de Duque a la ley estatutaria de la JEP?*
Jorge Giraldo Ramírez**
Razón Pública, 21 de marzo
¿Por qué es populista el uribismo?
La confusión conceptual en torno a la palabra ‘populismo’ no debe impedir que la usemos para interpretar las realidades políticas.
Con el propósito de aclarar esta categoría resbaladiza y examinar la historia del populismo en Colombia, el año pasado publiqué el libro “Populistas a la colombiana” donde, entre otras cosas, rebato la idea de que aquí no tenemos tradición populista y sostengo que el uribismo –tal como lo conocemos desde 2002– es un ejemplo prístino del populismo contemporáneo.
Como expongo en mi libro, algunos de los rasgos que permiten identificar los movimientos populistas son:
1. La representación personal y emocional del pueblo en una personalidad fuerte y carismática;
2. El entendimiento del gobierno como un ejercicio de las mayorías que no debe tener consideraciones con las minorías políticas, con los grupos contra-mayoritarios ni con los derechos individuales;
3. La construcción de una opinión emotiva, inmediata y colectiva;
4. La necesidad de movilización institucional, extrainstitucional, virtual y real;
5. El afán de decidir rápidamente, lo que generalmente conlleva a atajos que adulteran los procesos deliberativos, los controles institucionales y la búsqueda de transacciones;
6. El uso del recurso del clientelismo a gran escala para distribuir bienes simbólicos y materiales.
Por curiosidad, hace poco decidí someter las posiciones de Álvaro Uribe a la prueba que crearon cuatro profesores europeos para ubicar las posiciones políticas en los planos izquierda/derecha y populismo/no populismo. La prueba la divulgó el diario británico The Guardian en noviembre del año pasado y todavía es posible hacerla en línea.
Como muestra el siguiente gráfico, el resultado situó a Uribe en un punto adyacente al político británico Neil Farage, conocido por fundar el partido nacionalista UKIP y por su figuración destacada en el movimiento que impulsó el Brexit. Mi colaboradora, la politóloga María Paulina Gómez, hizo el mismo ejercicio y el resultado fue bastante similar, pues ubicó a Uribe al lado de Viktor Orbán, el primer ministro de Hungría, conocido por defender la pena de muerte y endurecer las políticas migratorias de su país para evitar la llegada de refugiados sirios.
Las angustias del populismo uribista
Actualmente el uribismo enfrenta varias presiones que desconocía hasta ahora, pero que son propias de los proyectos populistas.
La primera de esas presiones es el carácter perecedero de este tipo de experimentos: resulta que la euforia cotidiana y la movilización permanente son muy difíciles de sostener en el tiempo y por eso, al cabo de unos años (diez es el número mágico en América Latina), los regímenes populistas caen o se convierten en dictaduras típicas.
En 2009 Uribe resistió –con muchas vacilaciones– la tentación de un tercer mandato, pero al hacerlo se encontró con el segundo problema consustancial al populismo: hacer populismo en cuerpo ajeno es muy difícil, sino imposible. Prueba de ello es el fracaso de las parejas latinoamericanas Correa/Moreno, Chávez/Maduro, Uribe/Santos.
Actualmente Colombia atraviesa ese drama con el presidente Duque, quien sin carrera ni reconocimiento políticos, llegó al poder gracias a Uribe. La gran paradoja que enfrenta el uribismo es que sin una persona como Iván Duque no habría podido ganar, pero con una persona como Duque no podrá atornillarse en el poder -a menos de que aparezca otro “articulito” y un puente como el que Héctor Cámpora le hizo a Juan Domingo Perón, en la Argentina de 1973-.
Como afirma Norbert Elias en La sociedad cortesana, “el poder carismático es una crisis del poder”, por lo que pocas veces el populismo logra sedimentarse en la rutina legal y administrativa, y cada vez que lo intenta, corre el riesgo de perecer. En ese sentido, no resulta extraño que el Centro Democrático declarara que no se iba a comportar como bancada del Gobierno en el congreso, y que tan solo seis meses después de ganar las elecciones, empezara a buscar candidato presidencial para 2022. No recuerdo ningún otro caso en la historia colombiana contemporánea cuando el partido de gobierno llegara al Congreso con propuestas diferentes de las del jefe del poder ejecutivo.
Salvar el movimiento, poner en crisis al país
Por otra parte, la naturaleza heterogénea y gaseosa de los movimientos populistas hace que su unidad dependa de un factor adicional a la personalidad del jefe carismático: su concentración en la lucha política.
Las diferencias y luchas intestinas no se resuelven porque el jefe lo diga, sino que deben esconderse o contenerse en medio de la disputa con otras fuerzas políticas y con la permanente actualización de quién es el enemigo.
Si, como creo, esta conclusión teórica sobre la naturaleza de los movimientos carismáticos es cierta, tanto Iván Duque como Colombia enfrentarán graves problemas.
Duque representa una pieza más en la disputa interna del uribismo, es decir, el enfrentamiento entre el uribismo “purasangre” –ideológico, radical, antipolítico– y el uribismo de los políticos tradicionales –profesional, moderado, transaccional–.
Uribe sabía que no podía ganar las elecciones con alguno de los purasangres y no confiaba en nadie del segundo, pues dentro de este grupo abundan personajes que, como Santos, tienen el capital relacional y simbólico necesario para independizarse del líder, o aún peor, para “traicionarlo”.
Por eso el líder del uribismo se decidió por Duque, para quien la Presidencia entraña un dilema difícil de resolver, pues debe evitar ser percibido como un títere por la opinión pública, pero al mismo tiempo, debe demostrarle lealtad a su mentor político.
Como el populismo no permite que nadie condicione o limite la decisión del jefe –porque supuestamente encarna la voluntad política del pueblo–, Duque se vio obligado a objetar la Ley Estatutaria de la Jurisdicción Especial para la Paz, lo cual no solo significó un desconocimiento absoluto de la Corte Constitucional como órgano de cierre, sino que abrió un frente de lucha en el Congreso.
Sin lugar a dudas, el Presidente de la República tomó esa decisión para satisfacer a su partido político, restablecer su unidad interna y congraciarse con el jefe, pero al hacerlo abrió pasó a la polarización que tanto esquivó con el silencio y las buenas maneras durante los primeros siete meses de su mandato, remarcando así la línea divisora entre los partidarios de la paz negociada –la única realista– y los defensores de la paz justiciera –imposible, especialmente porque solo busca justicia para un lado–.
Probablemente el ataque al acuerdo de paz representará una galvanización para el uribismo, el cual –como todos los populismos– necesita enemigos, trifulcas y adrenalina. Pero también será un golpe para la estabilidad política del país y, aún más, para la legitimidad del régimen político.
Por inverosímil que parezca, el uribismo es una minoría, la minoría más grande en un país sin mayorías: es minoría en el Congreso y también en la opinión. Si ganó las elecciones no fue por mérito propio, sino porque el país le tuvo más miedo al populismo petrista que al uribista y porque al centro político de Fajardo le faltaron unos centavos para llegar a la segunda vuelta.
Lo cierto es que el pasado 10 de marzo Duque retomó la senda de la desinstitucionalización e hizo que volvieran a sonar los tambores de un conflicto político agrio. Vendrán tres años de desgaste, mil luchas moleculares en octubre y un enfrentamiento duro, muy duro, en 2022.
El uribismo es populista - y aquí se explica por qué-. ¿Pero qué tiene que ver eso con las seis objeciones de Duque a la ley estatutaria de la JEP?*
Jorge Giraldo Ramírez**
Razón Pública, 21 de marzo
¿Por qué es populista el uribismo?
La confusión conceptual en torno a la palabra ‘populismo’ no debe impedir que la usemos para interpretar las realidades políticas.
Con el propósito de aclarar esta categoría resbaladiza y examinar la historia del populismo en Colombia, el año pasado publiqué el libro “Populistas a la colombiana” donde, entre otras cosas, rebato la idea de que aquí no tenemos tradición populista y sostengo que el uribismo –tal como lo conocemos desde 2002– es un ejemplo prístino del populismo contemporáneo.
Como expongo en mi libro, algunos de los rasgos que permiten identificar los movimientos populistas son:
1. La representación personal y emocional del pueblo en una personalidad fuerte y carismática;
2. El entendimiento del gobierno como un ejercicio de las mayorías que no debe tener consideraciones con las minorías políticas, con los grupos contra-mayoritarios ni con los derechos individuales;
3. La construcción de una opinión emotiva, inmediata y colectiva;
4. La necesidad de movilización institucional, extrainstitucional, virtual y real;
5. El afán de decidir rápidamente, lo que generalmente conlleva a atajos que adulteran los procesos deliberativos, los controles institucionales y la búsqueda de transacciones;
6. El uso del recurso del clientelismo a gran escala para distribuir bienes simbólicos y materiales.
Por curiosidad, hace poco decidí someter las posiciones de Álvaro Uribe a la prueba que crearon cuatro profesores europeos para ubicar las posiciones políticas en los planos izquierda/derecha y populismo/no populismo. La prueba la divulgó el diario británico The Guardian en noviembre del año pasado y todavía es posible hacerla en línea.
Como muestra el siguiente gráfico, el resultado situó a Uribe en un punto adyacente al político británico Neil Farage, conocido por fundar el partido nacionalista UKIP y por su figuración destacada en el movimiento que impulsó el Brexit. Mi colaboradora, la politóloga María Paulina Gómez, hizo el mismo ejercicio y el resultado fue bastante similar, pues ubicó a Uribe al lado de Viktor Orbán, el primer ministro de Hungría, conocido por defender la pena de muerte y endurecer las políticas migratorias de su país para evitar la llegada de refugiados sirios.
Las angustias del populismo uribista
Actualmente el uribismo enfrenta varias presiones que desconocía hasta ahora, pero que son propias de los proyectos populistas.
La primera de esas presiones es el carácter perecedero de este tipo de experimentos: resulta que la euforia cotidiana y la movilización permanente son muy difíciles de sostener en el tiempo y por eso, al cabo de unos años (diez es el número mágico en América Latina), los regímenes populistas caen o se convierten en dictaduras típicas.
En 2009 Uribe resistió –con muchas vacilaciones– la tentación de un tercer mandato, pero al hacerlo se encontró con el segundo problema consustancial al populismo: hacer populismo en cuerpo ajeno es muy difícil, sino imposible. Prueba de ello es el fracaso de las parejas latinoamericanas Correa/Moreno, Chávez/Maduro, Uribe/Santos.
Actualmente Colombia atraviesa ese drama con el presidente Duque, quien sin carrera ni reconocimiento políticos, llegó al poder gracias a Uribe. La gran paradoja que enfrenta el uribismo es que sin una persona como Iván Duque no habría podido ganar, pero con una persona como Duque no podrá atornillarse en el poder -a menos de que aparezca otro “articulito” y un puente como el que Héctor Cámpora le hizo a Juan Domingo Perón, en la Argentina de 1973-.
Como afirma Norbert Elias en La sociedad cortesana, “el poder carismático es una crisis del poder”, por lo que pocas veces el populismo logra sedimentarse en la rutina legal y administrativa, y cada vez que lo intenta, corre el riesgo de perecer. En ese sentido, no resulta extraño que el Centro Democrático declarara que no se iba a comportar como bancada del Gobierno en el congreso, y que tan solo seis meses después de ganar las elecciones, empezara a buscar candidato presidencial para 2022. No recuerdo ningún otro caso en la historia colombiana contemporánea cuando el partido de gobierno llegara al Congreso con propuestas diferentes de las del jefe del poder ejecutivo.
Salvar el movimiento, poner en crisis al país
Por otra parte, la naturaleza heterogénea y gaseosa de los movimientos populistas hace que su unidad dependa de un factor adicional a la personalidad del jefe carismático: su concentración en la lucha política.
Las diferencias y luchas intestinas no se resuelven porque el jefe lo diga, sino que deben esconderse o contenerse en medio de la disputa con otras fuerzas políticas y con la permanente actualización de quién es el enemigo.
Si, como creo, esta conclusión teórica sobre la naturaleza de los movimientos carismáticos es cierta, tanto Iván Duque como Colombia enfrentarán graves problemas.
Duque representa una pieza más en la disputa interna del uribismo, es decir, el enfrentamiento entre el uribismo “purasangre” –ideológico, radical, antipolítico– y el uribismo de los políticos tradicionales –profesional, moderado, transaccional–.
Uribe sabía que no podía ganar las elecciones con alguno de los purasangres y no confiaba en nadie del segundo, pues dentro de este grupo abundan personajes que, como Santos, tienen el capital relacional y simbólico necesario para independizarse del líder, o aún peor, para “traicionarlo”.
Por eso el líder del uribismo se decidió por Duque, para quien la Presidencia entraña un dilema difícil de resolver, pues debe evitar ser percibido como un títere por la opinión pública, pero al mismo tiempo, debe demostrarle lealtad a su mentor político.
Como el populismo no permite que nadie condicione o limite la decisión del jefe –porque supuestamente encarna la voluntad política del pueblo–, Duque se vio obligado a objetar la Ley Estatutaria de la Jurisdicción Especial para la Paz, lo cual no solo significó un desconocimiento absoluto de la Corte Constitucional como órgano de cierre, sino que abrió un frente de lucha en el Congreso.
Sin lugar a dudas, el Presidente de la República tomó esa decisión para satisfacer a su partido político, restablecer su unidad interna y congraciarse con el jefe, pero al hacerlo abrió pasó a la polarización que tanto esquivó con el silencio y las buenas maneras durante los primeros siete meses de su mandato, remarcando así la línea divisora entre los partidarios de la paz negociada –la única realista– y los defensores de la paz justiciera –imposible, especialmente porque solo busca justicia para un lado–.
Probablemente el ataque al acuerdo de paz representará una galvanización para el uribismo, el cual –como todos los populismos– necesita enemigos, trifulcas y adrenalina. Pero también será un golpe para la estabilidad política del país y, aún más, para la legitimidad del régimen político.
Por inverosímil que parezca, el uribismo es una minoría, la minoría más grande en un país sin mayorías: es minoría en el Congreso y también en la opinión. Si ganó las elecciones no fue por mérito propio, sino porque el país le tuvo más miedo al populismo petrista que al uribista y porque al centro político de Fajardo le faltaron unos centavos para llegar a la segunda vuelta.
Lo cierto es que el pasado 10 de marzo Duque retomó la senda de la desinstitucionalización e hizo que volvieran a sonar los tambores de un conflicto político agrio. Vendrán tres años de desgaste, mil luchas moleculares en octubre y un enfrentamiento duro, muy duro, en 2022.
miércoles, 20 de marzo de 2019
Colombia, así en la guerra como en la paz: Iván Garzón
País de paces
Por Iván Garzón Vallejo
El Espectador, 16.03.19
El Bicentenario de la Independencia nos invita a hacer balances históricos. Y no cabe duda de que Colombia es un país marcado por la guerra. Ese trágico destino ha sido también el terreno sobre el cual se ha desarrollado una larga tradición de negociaciones políticas con los grupos armados (10 desde 1990). Que el país ha hecho la guerra tanto como la paz es la idea principal del ensayo “Colombia. Así en la guerra como en la paz”, de Jorge Giraldo Ramírez (La Huerta Grande), quien lleva décadas estudiando las transformaciones contemporáneas de la guerra civil y de nuestro conflicto armado.
La firma de la paz entre el gobierno Santos y las Farc en 2016 fue, como otras paces, un punto de llegada de una porción significativa de la violencia insurgente. Hoy, dicha firma contrasta con la amenaza para el Estado y la sociedad que siguen representando las bandas criminales recicladas de las otrora organizaciones reinsertadas, así como el Eln, un grupúsculo de insurgentes cuyo bautismo a sangre y fuego en los años sesenta llevó el signo de una fe revolucionaria predicada por el cura Camilo Torres y los cristianos socialistas, y que cinco décadas después deja una estela de terrorismo urbano y atentados contra la infraestructura petrolera y el medio ambiente reivindicados desde Cuba y Venezuela como actos de legítima defensa en el marco del derecho de guerra.
Así las cosas, Colombia sigue siendo un caso excepcional: un país con las instituciones democráticas más antiguas y estables del continente y una tradición civilista que la inmunizó contra golpes de Estado y dictaduras. Pero que, al mismo tiempo, ha padecido una guerra multifronte, cruel, degradada, que ha pervivido gracias al voluntarismo guerrerista de unos insurgentes anacrónicos y desconectados del contexto regional y global, a un clima de opinión que ha oscilado entre el rechazo valeroso de la ciudadanía y sus centenares de sacrificados con un sector de la intelectualidad y las empresas ideológicas que han reproducido incautamente mitos y lugares comunes sobre la misma. Que la guerra es perpetua —lo que desconoce que hemos tenido más períodos de paz que de guerras—, que la guerra es dual —lo cual omite que no ha sido sólo una guerra entre el Estado y la insurgencia, sino entre varios actores— y que los guerrilleros altruistas se alzan en armas para buscar un país mejor, algo insostenible cuando los medios de tal idealismo se entrecruzan con secuestros, narcotráfico y carros bomba.
Las paces en Colombia han sido parciales, consentidas, polémicas e inestables. Y ahora, una paz con el Eln luce improbable. En cualquier caso, han sido difíciles, complejas y fueron el telón de fondo de la política nacional en las últimas cuatro décadas. Y siempre, las paces tuvieron como denominador común una asertiva lectura de los actores estatales y armados del momento político. Unos y otros entendieron que era la hora de silenciar los fusiles, empeñaron su voluntad en ello durante el proceso y mantuvieron sus compromisos en el futuro.
Por Iván Garzón Vallejo
El Espectador, 16.03.19
El Bicentenario de la Independencia nos invita a hacer balances históricos. Y no cabe duda de que Colombia es un país marcado por la guerra. Ese trágico destino ha sido también el terreno sobre el cual se ha desarrollado una larga tradición de negociaciones políticas con los grupos armados (10 desde 1990). Que el país ha hecho la guerra tanto como la paz es la idea principal del ensayo “Colombia. Así en la guerra como en la paz”, de Jorge Giraldo Ramírez (La Huerta Grande), quien lleva décadas estudiando las transformaciones contemporáneas de la guerra civil y de nuestro conflicto armado.
La firma de la paz entre el gobierno Santos y las Farc en 2016 fue, como otras paces, un punto de llegada de una porción significativa de la violencia insurgente. Hoy, dicha firma contrasta con la amenaza para el Estado y la sociedad que siguen representando las bandas criminales recicladas de las otrora organizaciones reinsertadas, así como el Eln, un grupúsculo de insurgentes cuyo bautismo a sangre y fuego en los años sesenta llevó el signo de una fe revolucionaria predicada por el cura Camilo Torres y los cristianos socialistas, y que cinco décadas después deja una estela de terrorismo urbano y atentados contra la infraestructura petrolera y el medio ambiente reivindicados desde Cuba y Venezuela como actos de legítima defensa en el marco del derecho de guerra.
Así las cosas, Colombia sigue siendo un caso excepcional: un país con las instituciones democráticas más antiguas y estables del continente y una tradición civilista que la inmunizó contra golpes de Estado y dictaduras. Pero que, al mismo tiempo, ha padecido una guerra multifronte, cruel, degradada, que ha pervivido gracias al voluntarismo guerrerista de unos insurgentes anacrónicos y desconectados del contexto regional y global, a un clima de opinión que ha oscilado entre el rechazo valeroso de la ciudadanía y sus centenares de sacrificados con un sector de la intelectualidad y las empresas ideológicas que han reproducido incautamente mitos y lugares comunes sobre la misma. Que la guerra es perpetua —lo que desconoce que hemos tenido más períodos de paz que de guerras—, que la guerra es dual —lo cual omite que no ha sido sólo una guerra entre el Estado y la insurgencia, sino entre varios actores— y que los guerrilleros altruistas se alzan en armas para buscar un país mejor, algo insostenible cuando los medios de tal idealismo se entrecruzan con secuestros, narcotráfico y carros bomba.
Las paces en Colombia han sido parciales, consentidas, polémicas e inestables. Y ahora, una paz con el Eln luce improbable. En cualquier caso, han sido difíciles, complejas y fueron el telón de fondo de la política nacional en las últimas cuatro décadas. Y siempre, las paces tuvieron como denominador común una asertiva lectura de los actores estatales y armados del momento político. Unos y otros entendieron que era la hora de silenciar los fusiles, empeñaron su voluntad en ello durante el proceso y mantuvieron sus compromisos en el futuro.
lunes, 18 de marzo de 2019
Bienvenidos al pasado
El presidente Iván Duque cometió varios errores el domingo pasado, no se sabe cuál de todos más peligroso para el país. Primero, desconoció la competencia de la Corte Constitucional al presentar objeciones jurídicas a la Ley Estatutaria sobre la Jurisdicción Especial de Paz. Segundo, dio el paso de atacar el acuerdo de paz con las Farc en el único punto que permanecía incólume, porque los demás fueron incumplidos por el propio Juan Manuel Santos (tierras, circunscripciones especiales y cultivos ilícitos). Tercero, porque se olvidó de que él, Duque, es el Jefe del Estado, representante de todos los colombianos y no solo del Centro Democrático. Cuarto, porque convirtió los 41 meses que le quedan de gobierno en una pista jabonosa, entorpeciendo su propia gestión y poniendo al país entero en una situación de conflicto entre los poderes constituidos, incertidumbre jurídica y polarización política.
Esos errores van, además, en contravía de las promesas que realizó —no como candidato, cuando todo el mundo dice hasta misa— sino como presidente electo el día de la posesión: que no haría trizas el acuerdo, es decir, que lo asumía como un compromiso del Estado colombiano y que buscaría un acuerdo nacional para dejar atrás los procesos divisivos que están corroyendo al país político y a la sociedad colombiana. Duque echó por la borda sus buenas intenciones. El paso que dio el domingo lo titula como un presidente faccioso, que prefirió congraciarse con sus copartidarios más radicales antes que respetar el juramento que hizo el 7 de agosto sobre el texto de la Constitución Política. Se enfrentará a la corte y al congreso, ya está polemizando con Naciones Unidas, agravió a los países que sirvieron de garantes del proceso de paz y proyectará una imagen del régimen político colombiano rayana en la arbitrariedad.
Iván Duque decidió ignorar el compás de espera que le dio la oposición política y el beneficio de la duda que le otorgaron muchos observadores de la política, internos y externos. El domingo pasado olvidó sus preferencias por la economía naranja, el discurso sobre el desarrollo que aprendió en su empleo más significativo (como funcionario del BID) y las invocaciones públicas a su padre, todas mirando hacia adelante. En su discurso del 7 agosto, Duque estaba pensando en el futuro. El discurso del 10 de marzo puso al país a discutir sobre el pasado. Jurídicamente, nos retrotrae a debates que se dieron y se resolvieron en el país en el 2012 y el 2017. Políticamente, nos devuelve a la campaña opaca y ponzoñosa que se dio alrededor del plebiscito del 2 de octubre del 2016. Militarmente, nos devuelve a la “guerra a muerte” de 1813 y borra de un plumazo nuestra histórica tradición de negociaciones que juntó a Laureano Gómez y Alberto Lleras, a Carlos Pizarro y Virgilio Barco.
Bienvenidos al pasado.
El Colombiano, 17 de marzo.
Esos errores van, además, en contravía de las promesas que realizó —no como candidato, cuando todo el mundo dice hasta misa— sino como presidente electo el día de la posesión: que no haría trizas el acuerdo, es decir, que lo asumía como un compromiso del Estado colombiano y que buscaría un acuerdo nacional para dejar atrás los procesos divisivos que están corroyendo al país político y a la sociedad colombiana. Duque echó por la borda sus buenas intenciones. El paso que dio el domingo lo titula como un presidente faccioso, que prefirió congraciarse con sus copartidarios más radicales antes que respetar el juramento que hizo el 7 de agosto sobre el texto de la Constitución Política. Se enfrentará a la corte y al congreso, ya está polemizando con Naciones Unidas, agravió a los países que sirvieron de garantes del proceso de paz y proyectará una imagen del régimen político colombiano rayana en la arbitrariedad.
Iván Duque decidió ignorar el compás de espera que le dio la oposición política y el beneficio de la duda que le otorgaron muchos observadores de la política, internos y externos. El domingo pasado olvidó sus preferencias por la economía naranja, el discurso sobre el desarrollo que aprendió en su empleo más significativo (como funcionario del BID) y las invocaciones públicas a su padre, todas mirando hacia adelante. En su discurso del 7 agosto, Duque estaba pensando en el futuro. El discurso del 10 de marzo puso al país a discutir sobre el pasado. Jurídicamente, nos retrotrae a debates que se dieron y se resolvieron en el país en el 2012 y el 2017. Políticamente, nos devuelve a la campaña opaca y ponzoñosa que se dio alrededor del plebiscito del 2 de octubre del 2016. Militarmente, nos devuelve a la “guerra a muerte” de 1813 y borra de un plumazo nuestra histórica tradición de negociaciones que juntó a Laureano Gómez y Alberto Lleras, a Carlos Pizarro y Virgilio Barco.
Bienvenidos al pasado.
El Colombiano, 17 de marzo.
lunes, 11 de marzo de 2019
País crocs
El proceso administrativo de la Superintendencia de Sociedades por el supuesto plagio de una marca extranjera me llevó a pensar en la forma en como una visión esquemática y simple de la sociedad colombiana puede reproducirse hasta en los zapatos. Del ruido generado quedaron claras varias cosas. La primera es que hay tres tipos de crocs: los del —digamos— 5% de los colombianos que pagan entre 80 y 200 mil pesos por un par de zuecos gringos; los del 45% que se pueden pagar los 40 o 50 mil pesos que cuestan las sandalias que hacen en Cali; los del otro 50% de compatriotas que por 10 o, máximo, 15 mil se compran sus arrastraderas — como les decíamos antiguamente— hechas en el Extremo Oriente. Las palabras importan; los que pagan 200 mil nunca les dirán arrastraderas a sus prendas.
La segunda cosa que quedó clara es que hay dos mundos jurídicos en el país. La mitad de la población, que compra crocs gringos y caleños, vive en un mundo repleto de leyes nacionales e internacionales, reglamentos administrativos y sorprendentes normas desconocidas, que incluyen las circulares de la Ocde, las advertencias de Undoc, las guías de calidad y sostenibilidad y los artículos de las tres generaciones de derechos humanos. La otra mitad, la que compra crocs chinos, vive en un mundo sin ley. La chancla se produce en condiciones poco conocidas y verificadas, entra de contrabando (no por la selva sino por los puertos y aeropuertos), no paga impuestos y, en muchos casos, el local lo paga el Estado por la simple razón de que es la calle misma. El primer mundo jurídico es el de las cortes, el resto del sistema judicial y los buenos abogados. El segundo pertenece a los malos abogados, la corrupción, el clientelismo y el crimen organizado.
Una tercera conclusión es que existen tres mundos productivos en el país. Los que usan crocs gringos no la tienen fácil, pero su actividad es factible y lucrativa aunque resulte costosa; cada licencia, permiso, papel, cuesta mucho trabajo, mucho dinero y mucha palanca, pero al fin las cosas salen. Los de crocs chinos viven en una libertad absoluta desde la perspectiva del Estado; ponen caspete donde sea, no pagan impuestos, la mayoría ni siquiera servicios y no tienen que cumplir normas laborales o sanitarias. Practican el saber informal y sufren las arbitrariedades del crimen. A los de los crocs caleños les toca una epopeya cotidiana. Hacer empresa con las normas europeas y trabajar con los recursos de la clase media colombiana, con deudas, sin organización y sin influencia.
Jorge Alberto Naranjo: mi mensaje de condolencia a los familiares y amigos cercanos del profesor y escritor de la Universidad Nacional en Medellín, compañero fugaz en algunas tareas (recuerdo su lectura apasionada de “El dieciocho Brumario”, en 1998).
El Colombiano, 10 de marzo
La segunda cosa que quedó clara es que hay dos mundos jurídicos en el país. La mitad de la población, que compra crocs gringos y caleños, vive en un mundo repleto de leyes nacionales e internacionales, reglamentos administrativos y sorprendentes normas desconocidas, que incluyen las circulares de la Ocde, las advertencias de Undoc, las guías de calidad y sostenibilidad y los artículos de las tres generaciones de derechos humanos. La otra mitad, la que compra crocs chinos, vive en un mundo sin ley. La chancla se produce en condiciones poco conocidas y verificadas, entra de contrabando (no por la selva sino por los puertos y aeropuertos), no paga impuestos y, en muchos casos, el local lo paga el Estado por la simple razón de que es la calle misma. El primer mundo jurídico es el de las cortes, el resto del sistema judicial y los buenos abogados. El segundo pertenece a los malos abogados, la corrupción, el clientelismo y el crimen organizado.
Una tercera conclusión es que existen tres mundos productivos en el país. Los que usan crocs gringos no la tienen fácil, pero su actividad es factible y lucrativa aunque resulte costosa; cada licencia, permiso, papel, cuesta mucho trabajo, mucho dinero y mucha palanca, pero al fin las cosas salen. Los de crocs chinos viven en una libertad absoluta desde la perspectiva del Estado; ponen caspete donde sea, no pagan impuestos, la mayoría ni siquiera servicios y no tienen que cumplir normas laborales o sanitarias. Practican el saber informal y sufren las arbitrariedades del crimen. A los de los crocs caleños les toca una epopeya cotidiana. Hacer empresa con las normas europeas y trabajar con los recursos de la clase media colombiana, con deudas, sin organización y sin influencia.
Jorge Alberto Naranjo: mi mensaje de condolencia a los familiares y amigos cercanos del profesor y escritor de la Universidad Nacional en Medellín, compañero fugaz en algunas tareas (recuerdo su lectura apasionada de “El dieciocho Brumario”, en 1998).
El Colombiano, 10 de marzo
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