viernes, 30 de agosto de 2019
martes, 27 de agosto de 2019
Colombian Peace: the Third Agreement
This week began a cycle of events called Reincorporation that transforms lives. The organizing entities in Antioquia are the UNDP-EPM Alliance, Eafit University, Proantioquia, the UN Verification Mission and, by the national government, the Agency for Reintegration and Normalization. The events seek to show the projects in which the ex-combatants of the Farc participate through the testimonies of their protagonists and with commercial samples of their products.
From the first event, held on August 20, several conclusions remain. The unanimous recognition of project leaders for government support, through the ARN, the United Nations system and international cooperation. Which shows that there is some light amid the problems of implementation. The will of peace of the reincorporates that I would summarize with three words: discourse, politics and production (this I take from an intervention by Andrés Zuluaga, from Anorí), beyond the violence that is suffered in many regions and the dissidence.
With the will of the national government to ensure the reinstatement and support of the international community, the unknown comes from regional and local agents. That is, the places where mayors are linked to these initiatives (like Mutatá) or not (like Miranda); the places where governments do something for the implementation of the agreements or where they create a bad environment (as in Antioquia); the places where the inhabitants identify opportunities for joint work with the reinstated and those where they are perceived as a threat.
The projects that were exhibited focused on clothing, handicrafts, coffee and fish farming, but none is limited to that main activity and all of them articulate to a greater or lesser extent people on the sidewalks in which the Territorial Training and Reincorporation Spaces are located. There were items for sale and I took a pound of Tolima coffee with The third agreement (more striking than Marquetalia).
Calmly, at home, I find out from the label why the third agreement is called. At the end of the last century there was a truce, if it can be said, between the Nasa people and the Farc; The second agreement was that of 2016, with the national government, signed at the Teatro Colón. The third results from the cooperation between the reincorporates of the Farc in Planadas (Tolima), the Nasa and coffee families in the area, supported by the Faculty of Design of the University of Ibagué. It is in the third agreement where the track of reconciliation is in many regions of the country. The conjunction of peasants, reincorporated, academics, plus entities that contribute to credit and commercialization. And most importantly: the treatment between everyone as people, as Colombians, who begin to trust each other.
From the first event, held on August 20, several conclusions remain. The unanimous recognition of project leaders for government support, through the ARN, the United Nations system and international cooperation. Which shows that there is some light amid the problems of implementation. The will of peace of the reincorporates that I would summarize with three words: discourse, politics and production (this I take from an intervention by Andrés Zuluaga, from Anorí), beyond the violence that is suffered in many regions and the dissidence.
With the will of the national government to ensure the reinstatement and support of the international community, the unknown comes from regional and local agents. That is, the places where mayors are linked to these initiatives (like Mutatá) or not (like Miranda); the places where governments do something for the implementation of the agreements or where they create a bad environment (as in Antioquia); the places where the inhabitants identify opportunities for joint work with the reinstated and those where they are perceived as a threat.
The projects that were exhibited focused on clothing, handicrafts, coffee and fish farming, but none is limited to that main activity and all of them articulate to a greater or lesser extent people on the sidewalks in which the Territorial Training and Reincorporation Spaces are located. There were items for sale and I took a pound of Tolima coffee with The third agreement (more striking than Marquetalia).
Calmly, at home, I find out from the label why the third agreement is called. At the end of the last century there was a truce, if it can be said, between the Nasa people and the Farc; The second agreement was that of 2016, with the national government, signed at the Teatro Colón. The third results from the cooperation between the reincorporates of the Farc in Planadas (Tolima), the Nasa and coffee families in the area, supported by the Faculty of Design of the University of Ibagué. It is in the third agreement where the track of reconciliation is in many regions of the country. The conjunction of peasants, reincorporated, academics, plus entities that contribute to credit and commercialization. And most importantly: the treatment between everyone as people, as Colombians, who begin to trust each other.
lunes, 26 de agosto de 2019
El tercer acuerdo
Esta semana empezó un ciclo de eventos nombrado “Reincorporación que transforma vidas”. Las entidades organizadoras en Antioquia son la Alianza PNUD-EPM, la Universidad Eafit, Proantioquia, la Misión de Verificación de la ONU y, por parte del gobierno nacional, la Agencia para la Reincorporación y la Normalización. Los eventos buscan mostrar los proyectos en los que participan los excombatientes de las Farc a través de los testimonios de sus protagonistas y con muestras comerciales de sus productos.
Del primer evento, efectuado el 20 de agosto pasado, quedan varias conclusiones. El reconocimiento unánime de los líderes de los proyectos al apoyo del gobierno, a través de la ARN, del sistema de Naciones Unidas y de la cooperación internacional. Lo que muestra que hay alguna luz en medio de los problemas de la implementación. La voluntad de paz de los reincorporados que yo resumiría con tres p: palabra, política y producción (esto lo tomo de una intervención de Andrés Zuluaga, de Anorí), más allá de la violencia que se padece en muchas regiones y de las disidencias.
Con la voluntad del gobierno nacional de asegurar la reincorporación y el apoyo de la comunidad internacional, la incógnita proviene de los agentes regionales y locales. Es decir, los lugares donde los alcaldes se vinculan a estas iniciativas (como Mutatá) o no (como Miranda); los lugares donde las gobernaciones hacen algo por la implementación de los acuerdos o donde le crean mal ambiente (como en Antioquia); los lugares donde los habitantes identifican oportunidades de trabajo conjunto con los reincorporados y aquellos en los que se perciben como una amenaza.
Los proyectos que se exhibieron se concentraban en confecciones, artesanía, café y piscicultura, pero ninguno se limita a esa actividad principal y todos articulan en mayor o menor medida a personas de las veredas en las que se encuentran los Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación (ETCR). Había artículos para la venta y me llevé una libra de café tolimense con marca El tercer acuerdo (más llamativo que Marquetalia).
Con calma, ya en casa, me entero por la etiqueta por qué se llama el tercer acuerdo. A fines del siglo pasado hubo una tregua, si puede decirse, entre el pueblo Nasa y las Farc; el segundo acuerdo fue el de 2016, con el gobierno nacional, firmado en el Teatro Colón. El tercero resulta de la cooperación entre los reincorporados de las Farc en Planadas, los Nasa y familias caficultoras de la zona, apoyados por la Facultad de Diseño de la Universidad de Ibagué. Es en el tercer acuerdo donde está la pista de la reconciliación en muchas regiones del país. La conjunción de campesinos, reincorporados, académicos, más los entes que contribuyen al crédito y la comercialización. Y lo más importante: el trato entre todos como personas, como colombianos, que empiezan a confiar mutuamente.
El Colombiano, 25 de agosto
Del primer evento, efectuado el 20 de agosto pasado, quedan varias conclusiones. El reconocimiento unánime de los líderes de los proyectos al apoyo del gobierno, a través de la ARN, del sistema de Naciones Unidas y de la cooperación internacional. Lo que muestra que hay alguna luz en medio de los problemas de la implementación. La voluntad de paz de los reincorporados que yo resumiría con tres p: palabra, política y producción (esto lo tomo de una intervención de Andrés Zuluaga, de Anorí), más allá de la violencia que se padece en muchas regiones y de las disidencias.
Con la voluntad del gobierno nacional de asegurar la reincorporación y el apoyo de la comunidad internacional, la incógnita proviene de los agentes regionales y locales. Es decir, los lugares donde los alcaldes se vinculan a estas iniciativas (como Mutatá) o no (como Miranda); los lugares donde las gobernaciones hacen algo por la implementación de los acuerdos o donde le crean mal ambiente (como en Antioquia); los lugares donde los habitantes identifican oportunidades de trabajo conjunto con los reincorporados y aquellos en los que se perciben como una amenaza.
Los proyectos que se exhibieron se concentraban en confecciones, artesanía, café y piscicultura, pero ninguno se limita a esa actividad principal y todos articulan en mayor o menor medida a personas de las veredas en las que se encuentran los Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación (ETCR). Había artículos para la venta y me llevé una libra de café tolimense con marca El tercer acuerdo (más llamativo que Marquetalia).
Con calma, ya en casa, me entero por la etiqueta por qué se llama el tercer acuerdo. A fines del siglo pasado hubo una tregua, si puede decirse, entre el pueblo Nasa y las Farc; el segundo acuerdo fue el de 2016, con el gobierno nacional, firmado en el Teatro Colón. El tercero resulta de la cooperación entre los reincorporados de las Farc en Planadas, los Nasa y familias caficultoras de la zona, apoyados por la Facultad de Diseño de la Universidad de Ibagué. Es en el tercer acuerdo donde está la pista de la reconciliación en muchas regiones del país. La conjunción de campesinos, reincorporados, académicos, más los entes que contribuyen al crédito y la comercialización. Y lo más importante: el trato entre todos como personas, como colombianos, que empiezan a confiar mutuamente.
El Colombiano, 25 de agosto
lunes, 19 de agosto de 2019
Madrugo con alborozo
Madrugo con alborozo a pagar mis impuestos, ni la página caída de la Dian, ni la fila en el banco me detienen, feliz honro la obligación con el estado. (Después de cada párrafo puede repetirse este coro.)
Aprendimos con Thomas Hobbes que la esencia del estado reside en la fórmula “protejo luego obligo” (protego ergo obligo), que significa que todos los ciudadanos se obligan a la obediencia al soberano pues este nos asegura la vida impidiendo que nos matemos entre nosotros y que los forasteros nos maten. Hobbes no imaginó que fuera posible que, aunque el estado no protegiera, siguiera obligando. Sobre todo, a pagar los impuestos.
Madrugo con alborozo a pagar mis impuestos…
Aprendimos con los colonos norteamericanos que no debe haber impuestos sin representación (no taxation without representation), que significa literalmente que uno no debe pagar impuestos si no tiene posibilidades de elegir a alguien que represente nuestros intereses y preferencias. El fraude electoral, el clientelismo y la judicialización de la política desvirtúan la representación; sin embargo, el impuesto no tiene rebaja.
Madrugo con alborozo a pagar mis impuestos…
Aprendimos con Friedrich Hayek (Los fundamentos de la libertad) que después de pagar los impuestos el estado se encarga de financiar un tipo de obras que nadie más puede hacer y de proveer unos bienes fundamentales a la población. Hayek —el prototipo de los economistas liberales— creía que las carreteras se financiaban con impuestos, no con peajes, y que la educación y la salud en niveles básicos debían ser gratuitas. No se cumple el precepto hayekiano, pero días después de que llega el mensaje de la Dian uno paga los impuestos.
Madrugo con alborozo a pagar mis impuestos…
Aprendimos de Étienne Cabet que la sociedad debía esperar de cada quien según su capacidad, cuyo significado en términos fiscales no implica otra cosa que el que más tiene más paga. Nuestro sistema tributario funciona con otro principio: quien más trabaja más paga. El impuesto no se enfoca en la riqueza sino en el ingreso. Los asalariados —incluyendo aquellos que tienen contratos precarios— son las personas naturales que más impuestos pagan.
Madrugo con alborozo a pagar mis impuestos…
La teoría política se aplica casi a la perfección por la cara de las obligaciones de los ciudadanos de clase media de pagar impuestos, respetar a las autoridades y cumplir la ley. La teoría política se aplica poco por el sello de las obligaciones del estado a proteger la vida y los bienes de la gente, proveer los bienes básicos fundamentales y tratar a todos con imparcialidad.
Madrugo con alborozo a pagar mis impuestos, nada me detiene para cumplir feliz mi obligación con el estado.
El Colombiano, 18 de agosto
Aprendimos con Thomas Hobbes que la esencia del estado reside en la fórmula “protejo luego obligo” (protego ergo obligo), que significa que todos los ciudadanos se obligan a la obediencia al soberano pues este nos asegura la vida impidiendo que nos matemos entre nosotros y que los forasteros nos maten. Hobbes no imaginó que fuera posible que, aunque el estado no protegiera, siguiera obligando. Sobre todo, a pagar los impuestos.
Madrugo con alborozo a pagar mis impuestos…
Aprendimos con los colonos norteamericanos que no debe haber impuestos sin representación (no taxation without representation), que significa literalmente que uno no debe pagar impuestos si no tiene posibilidades de elegir a alguien que represente nuestros intereses y preferencias. El fraude electoral, el clientelismo y la judicialización de la política desvirtúan la representación; sin embargo, el impuesto no tiene rebaja.
Madrugo con alborozo a pagar mis impuestos…
Aprendimos con Friedrich Hayek (Los fundamentos de la libertad) que después de pagar los impuestos el estado se encarga de financiar un tipo de obras que nadie más puede hacer y de proveer unos bienes fundamentales a la población. Hayek —el prototipo de los economistas liberales— creía que las carreteras se financiaban con impuestos, no con peajes, y que la educación y la salud en niveles básicos debían ser gratuitas. No se cumple el precepto hayekiano, pero días después de que llega el mensaje de la Dian uno paga los impuestos.
Madrugo con alborozo a pagar mis impuestos…
Aprendimos de Étienne Cabet que la sociedad debía esperar de cada quien según su capacidad, cuyo significado en términos fiscales no implica otra cosa que el que más tiene más paga. Nuestro sistema tributario funciona con otro principio: quien más trabaja más paga. El impuesto no se enfoca en la riqueza sino en el ingreso. Los asalariados —incluyendo aquellos que tienen contratos precarios— son las personas naturales que más impuestos pagan.
Madrugo con alborozo a pagar mis impuestos…
La teoría política se aplica casi a la perfección por la cara de las obligaciones de los ciudadanos de clase media de pagar impuestos, respetar a las autoridades y cumplir la ley. La teoría política se aplica poco por el sello de las obligaciones del estado a proteger la vida y los bienes de la gente, proveer los bienes básicos fundamentales y tratar a todos con imparcialidad.
Madrugo con alborozo a pagar mis impuestos, nada me detiene para cumplir feliz mi obligación con el estado.
El Colombiano, 18 de agosto
lunes, 12 de agosto de 2019
Encontrarse a escuchar en un Jardín
“Soy paisa, arepa 100 x 100, como que nací en Jardín, Antioquia. De ahí mi cara. Me crié en Jericó del mismo departamento. El bigote me salió en Medellín y el corbatín en Bogotá. Es decir: soy un fenómeno intermunidepartamental”. Eso dice Enrique Aguirre López en las breves páginas de su Motobiografía. Pocos saben de Aguirre; muchos, de entre los menos jóvenes, supieron algo de Ci-mifú; de estos, casi nadie lo refería al país del suroeste.
Ci-mifú —el alter ego de Aguirre— vivió su época dorada en Bogotá como escritor de humor en El Tiempo y fundador, dueño y único empleado de la Fábrica Nacional de Discursos. Él y su obra serán objeto y pretexto de la tercera edición de Narrativas Pueblerinas, el encuentro literario y musical que se realiza en Jardín. En realidad, este año, entre el 16 y el 18 de agosto, la mezcla será mayor aún: cada jornada estará compuesta por conversaciones, teatro y música. Sergio Valencia, Fernando Mora, Elkin Obregón y Mico, hablarán sobre Ci-mifú, el cine y la caricatura. Patricia Arroyave, Carlos Mario Gallego y Acción Impro escenificarán obras propias y de Aguirre. Las agrupaciones de proyección de la Corporación Escuela de Música de Jardín estarán los tres días.
Narrativas Pueblerinas es una iniciativa local, dirigida a los residentes en Jardín y a los visitantes. Jardín es escenario, pero también protagonista a través de sus organizaciones culturales y las entidades públicas y privadas del municipio. Entre las segundas, la Alcaldía y Comfenalco.
Hablamos de narrativas porque nos parece un descriptor más amplio que literatura, en el que cabrían la historia, las canciones, el ensayo, la estética, toda la gama de expresiones orales. Decimos pueblerinas porque nos gusta reivindicar la valía de los pueblos frente al provincianismo de lo citadino. Queremos rememorar a los creadores que nacieron y se criaron en estos pueblos —no solo Jardín ni solo el suroeste— y mostrar el talento de sus músicos, pintores y escritores, y hacer escuchar y ayudar a comprender las expresiones que surgen de la vivencia local y regional.
Mucho se hablado del carácter universal de lo pueblerino. La frase con la que Aguirre López se presenta pone lo pueblerino en un plano abierto: “intermunidepartamental”. Podría agregársele global, para elaborar una palabra con más señas y más sílabas. Ese carácter se lo ponía la declaración de Manuel Mejía Vallejo —a quien se dedicó la primera versión en 2017— de que era de “dos pueblos”, a pesar de su peso internacional. Su paisano y coetáneo Jesús Botero Restrepo, que se presentaba del mismo modo, dio lugar a la reedición de Andágueda y a explorar la literatura indigenista el año pasado.
Narrativas Pueblerinas se suma a otras iniciativas que están emergiendo en el suroeste antioqueño lejano; el de los “pueblos allende el río Cauca”, como los nombró el historiador Juan Carlos Vélez. Hay un esfuerzo significativo en Jericó, Támesis, Bolívar, por impulsar las actividades que dan regocijo a la mente y al espíritu, que expanden la tarea de los educadores y enriquecen la cotidianidad de los pobladores y las alternativas del creciente número de turistas de la región. Algo bello está latente ahí.
Generación, 11 de agosto
Ci-mifú —el alter ego de Aguirre— vivió su época dorada en Bogotá como escritor de humor en El Tiempo y fundador, dueño y único empleado de la Fábrica Nacional de Discursos. Él y su obra serán objeto y pretexto de la tercera edición de Narrativas Pueblerinas, el encuentro literario y musical que se realiza en Jardín. En realidad, este año, entre el 16 y el 18 de agosto, la mezcla será mayor aún: cada jornada estará compuesta por conversaciones, teatro y música. Sergio Valencia, Fernando Mora, Elkin Obregón y Mico, hablarán sobre Ci-mifú, el cine y la caricatura. Patricia Arroyave, Carlos Mario Gallego y Acción Impro escenificarán obras propias y de Aguirre. Las agrupaciones de proyección de la Corporación Escuela de Música de Jardín estarán los tres días.
Narrativas Pueblerinas es una iniciativa local, dirigida a los residentes en Jardín y a los visitantes. Jardín es escenario, pero también protagonista a través de sus organizaciones culturales y las entidades públicas y privadas del municipio. Entre las segundas, la Alcaldía y Comfenalco.
Hablamos de narrativas porque nos parece un descriptor más amplio que literatura, en el que cabrían la historia, las canciones, el ensayo, la estética, toda la gama de expresiones orales. Decimos pueblerinas porque nos gusta reivindicar la valía de los pueblos frente al provincianismo de lo citadino. Queremos rememorar a los creadores que nacieron y se criaron en estos pueblos —no solo Jardín ni solo el suroeste— y mostrar el talento de sus músicos, pintores y escritores, y hacer escuchar y ayudar a comprender las expresiones que surgen de la vivencia local y regional.
Mucho se hablado del carácter universal de lo pueblerino. La frase con la que Aguirre López se presenta pone lo pueblerino en un plano abierto: “intermunidepartamental”. Podría agregársele global, para elaborar una palabra con más señas y más sílabas. Ese carácter se lo ponía la declaración de Manuel Mejía Vallejo —a quien se dedicó la primera versión en 2017— de que era de “dos pueblos”, a pesar de su peso internacional. Su paisano y coetáneo Jesús Botero Restrepo, que se presentaba del mismo modo, dio lugar a la reedición de Andágueda y a explorar la literatura indigenista el año pasado.
Narrativas Pueblerinas se suma a otras iniciativas que están emergiendo en el suroeste antioqueño lejano; el de los “pueblos allende el río Cauca”, como los nombró el historiador Juan Carlos Vélez. Hay un esfuerzo significativo en Jericó, Támesis, Bolívar, por impulsar las actividades que dan regocijo a la mente y al espíritu, que expanden la tarea de los educadores y enriquecen la cotidianidad de los pobladores y las alternativas del creciente número de turistas de la región. Algo bello está latente ahí.
Generación, 11 de agosto
Melville
De Moby Dick dice el gran ensayista Lewis Mumford (1895-1990) que “es uno de los monumentos poéticos supremos del idioma inglés”. Fernando Savater la define como “libro total que es novela, poema, ensayo... plegaria y blasfemia”. A partir de la trama de Billy Budd, marinero, la cientista política —como se definía— Hannah Arendt (1906-1975) explicó los peligros de la bondad absoluta que es “apenas menos peligrosa que la maldad absoluta”. (Ya hoy sabemos, después de Irak, el Mediterráneo y la JEP, que pueden ser más equivalentes de lo que nuestra autora pensaba.) La confesión de uno de los juristas clásicos que nos dejó el siglo XX, Carl Schmitt (1888-1985), engarza los desvaríos y confusiones de una vida intelectual bajo el totalitarismo con la historia que narra Benito Cereno. Barthleby, el escribiente ha dado lugar a una densa reflexión filosófica que involucró, entre otros, al filósofo francés Gilles Deleuze (1925-1995), entre los muertos, y al italiano Giorgio Agamben, entre los todavía vivos.
El autor de todas esas novelas es Herman Melville (1819-1891), el escritor estadounidense nacido hace dos siglos. Mumford lo compara con Dostoyevsky “en la profundidad de experiencia y conocimiento religioso”. Deleuze con Kafka y Beckett; Agamben nos remite a los comentaristas árabes y judíos de Aristóteles; a Savater le basta con decir que aprendió a escribir con el autor de la Biblia.
Yo no sé qué lugar ocupa Melville en la literatura universal. Solo sé que a fines del siglo XX no hacía parte del canon universitario. Que las librerías y las editoriales explotaban Moby Dick como un libro de aventuras, necesitado de ilustraciones y una poda absoluta de disquisiciones filosóficas y parangones teológicos. Y que durante mucho tiempo fue un volumen delgado que se ofrecía en alquiler en las peluquerías de Envigado, al lado de los libritos de Marcial Lafuente y las revistas de El Santo.
Recién se han traducido al español selecciones de sus poemas y cuentos. Las ediciones de sus primeras novelas todavía son difíciles de conseguir. La obra de Melville es para nosotros como el océano que amaba es para la humanidad, un mundo ignoto del que apenas atisbamos superficies y costas. Nada más engañoso acerca de la condición humana que el bañista que se asolea en una playa. “La naturaleza no ofrece refugio, y la humanidad no lo protege”, dice Mumford, “está solo”. Nadie puede saber su destino, pero si regresa “a los pueblos hospitalarios será otro hombre”.
“Entre fusas y cimifusas”: del 16 al 18 de agosto, se llevará a cabo la tercera edición de Narrativas Pueblerinas en Jardín. Enrique Aguirre López Ci-mifú, hará que se hable de él y del humor en el cine, la caricatura y el teatro. Sergio Valencia, Fernando Mora, Patricia, Arroyave, Carlos Mario Gallego, Acción Impro, Mico y Elkin Obregón, serán los otros protagonistas.
El Colombiano, 11 de agosto
El autor de todas esas novelas es Herman Melville (1819-1891), el escritor estadounidense nacido hace dos siglos. Mumford lo compara con Dostoyevsky “en la profundidad de experiencia y conocimiento religioso”. Deleuze con Kafka y Beckett; Agamben nos remite a los comentaristas árabes y judíos de Aristóteles; a Savater le basta con decir que aprendió a escribir con el autor de la Biblia.
Yo no sé qué lugar ocupa Melville en la literatura universal. Solo sé que a fines del siglo XX no hacía parte del canon universitario. Que las librerías y las editoriales explotaban Moby Dick como un libro de aventuras, necesitado de ilustraciones y una poda absoluta de disquisiciones filosóficas y parangones teológicos. Y que durante mucho tiempo fue un volumen delgado que se ofrecía en alquiler en las peluquerías de Envigado, al lado de los libritos de Marcial Lafuente y las revistas de El Santo.
Recién se han traducido al español selecciones de sus poemas y cuentos. Las ediciones de sus primeras novelas todavía son difíciles de conseguir. La obra de Melville es para nosotros como el océano que amaba es para la humanidad, un mundo ignoto del que apenas atisbamos superficies y costas. Nada más engañoso acerca de la condición humana que el bañista que se asolea en una playa. “La naturaleza no ofrece refugio, y la humanidad no lo protege”, dice Mumford, “está solo”. Nadie puede saber su destino, pero si regresa “a los pueblos hospitalarios será otro hombre”.
“Entre fusas y cimifusas”: del 16 al 18 de agosto, se llevará a cabo la tercera edición de Narrativas Pueblerinas en Jardín. Enrique Aguirre López Ci-mifú, hará que se hable de él y del humor en el cine, la caricatura y el teatro. Sergio Valencia, Fernando Mora, Patricia, Arroyave, Carlos Mario Gallego, Acción Impro, Mico y Elkin Obregón, serán los otros protagonistas.
El Colombiano, 11 de agosto
sábado, 10 de agosto de 2019
Marx después del marxismo. Contenido
Contenido
Presentación
Primera parte
Conceptos fundamentales
Capítulo 1. Política
Capítulo 2. Educación
Capítulo 3. Trabajo
Capítulo 4. Crítica
Segunda parte
Las razones de la filosofía liberal
Capítulo 5. Revolución: Kant sobre Marx
Capítulo 6. Equidad: Marx en Rawls
Apéndice
Parábola de la casa
viernes, 9 de agosto de 2019
miércoles, 7 de agosto de 2019
Patriotismo compasivo
Solo la compasión por la patria, la angustiosa y tierna preocupación por evitarle la desgracia, puede darle a la paz, y particularmente a la paz civil lo que la que guerra civil o la exterior tienen desgraciadamente por sí mismas: algo, entusiasmante, poético, sagrado
Simone Weil
domingo, 4 de agosto de 2019
Centenario del centenario
Hace 100 años —alrededor de 110 para ser menos imprecisos— se celebró en Colombia y América Hispana el centenario de la Independencia. El ambiente emocional en todo el continente estaba cargado de regocijo, optimismo y fe en el futuro. Los habitantes de algunos países tenían un doble motivo; los mexicanos, por ejemplo, celebraban también el fin del régimen de Porfirio Díaz (1830-1915); los colombianos, consolidábamos con cierto éxito la paz después de la Guerra de los Mil Días y hacíamos una reforma significativa a la constitución de 1886. Sin giros tan profundos, los demás países vivían un momento de luz. Borges recuerda la felicidad de los argentinos durante las celebraciones del centenario.
En el centenario del centenario los hispanoamericanos oscilamos entre la perplejidad, el pesimismo y la escisión, cargada de rabias, de nuestras sociedades. La sobrecarga del instante, la captura por el presente, han hecho de estas efemérides —la del 10 y la del 19— fechas pálidas, despojadas de rituales y, aún menos, de reflexiones de amplio alcance. Nos hemos limitado a estrechas franjas del ámbito intelectual. La sociedad política le ha dado la espalda al Bicentenario. Peor aún, las autoridades del estado, en cualquier nivel, están pasando por estas fechas de modo protocolario y vacío. (En Medellín, la feria de las flores no dará un minuto a banalidades como la historia patria.)
El estado espiritual corriente del ciudadano medio es comprensible, pero no es nada peor que el de hace cien años. El grado de civilización en el continente es mucho mejor, hay más libertades, democracia y progreso material. Pero el ciudadano medio no es el responsable de proponer la pregunta por la trayectoria de la construcción nacional, ni de tomar la iniciativa para señalar sus peculiaridades y fallas, ni de abrir el debate sobre las características de nuestro destino, que tendrá que ser compartido o no será. Esa es una responsabilidad de las élites políticas, económicas e intelectuales.
2019 entra a la recta final sin que Bicentenario haya dejado de ser una palabra para adornar los discursos burocráticos, palabra que permitirá contextualizar los viejos lugares y las fórmulas de consuelo habituales en la retórica pública. Todo esto no significa que gran parte de la dirigencia ha renunciado a hacerse cargo del pasado, que es la única manera entender y enfrentar el presente. Capotear, sobreaguar, el presente es una cosa muy distinta a dirigir un país o una sociedad.
Hace cien años, Colombia estaba consolidando su paz más estable y duradera —para usar una expresión reciente. Los sectores menos radicales de los dos partidos tradicionales hallaron una fórmula conciliatoria. Más allá de los acuerdos de paz, hubo entendimientos durante la administración de Rafael Reyes y se hicieron cambios en el régimen político. Las mayorías no querían volver al pasado fratricida. Del centenario se puede aprender.
El Colombiano, 4 de agosto
En el centenario del centenario los hispanoamericanos oscilamos entre la perplejidad, el pesimismo y la escisión, cargada de rabias, de nuestras sociedades. La sobrecarga del instante, la captura por el presente, han hecho de estas efemérides —la del 10 y la del 19— fechas pálidas, despojadas de rituales y, aún menos, de reflexiones de amplio alcance. Nos hemos limitado a estrechas franjas del ámbito intelectual. La sociedad política le ha dado la espalda al Bicentenario. Peor aún, las autoridades del estado, en cualquier nivel, están pasando por estas fechas de modo protocolario y vacío. (En Medellín, la feria de las flores no dará un minuto a banalidades como la historia patria.)
El estado espiritual corriente del ciudadano medio es comprensible, pero no es nada peor que el de hace cien años. El grado de civilización en el continente es mucho mejor, hay más libertades, democracia y progreso material. Pero el ciudadano medio no es el responsable de proponer la pregunta por la trayectoria de la construcción nacional, ni de tomar la iniciativa para señalar sus peculiaridades y fallas, ni de abrir el debate sobre las características de nuestro destino, que tendrá que ser compartido o no será. Esa es una responsabilidad de las élites políticas, económicas e intelectuales.
2019 entra a la recta final sin que Bicentenario haya dejado de ser una palabra para adornar los discursos burocráticos, palabra que permitirá contextualizar los viejos lugares y las fórmulas de consuelo habituales en la retórica pública. Todo esto no significa que gran parte de la dirigencia ha renunciado a hacerse cargo del pasado, que es la única manera entender y enfrentar el presente. Capotear, sobreaguar, el presente es una cosa muy distinta a dirigir un país o una sociedad.
Hace cien años, Colombia estaba consolidando su paz más estable y duradera —para usar una expresión reciente. Los sectores menos radicales de los dos partidos tradicionales hallaron una fórmula conciliatoria. Más allá de los acuerdos de paz, hubo entendimientos durante la administración de Rafael Reyes y se hicieron cambios en el régimen político. Las mayorías no querían volver al pasado fratricida. Del centenario se puede aprender.
El Colombiano, 4 de agosto
martes, 30 de julio de 2019
lunes, 29 de julio de 2019
Fin de una época
Creo que la muerte de Beatriz Restrepo Gallego cierra una época en Medellín. Beatriz hizo parte de una generación que le puso rostro al clima intelectual que vivió Medellín entre fines de los años ochenta y principios de este siglo. Me refiero a una generación nacida en la década de 1940 y de la que formaron parte María Teresa Uribe, Nicanor Restrepo, Jorge Orlando Melo, Carlos Alberto Calderón, entre otros.
¿Cuál fue ese clima intelectual? El de un severo juicio sobre los procesos sociales y culturales que dieron lugar a la irrupción del narcotráfico, su influencia y su violencia. Esas personas —y otras menos notorias— entendieron que el narcotráfico no era solo Pablo Escobar, que la crisis tenía expresiones más diversas y complejas que la violencia y que la respuesta tenía que ser más profunda que montar un bloque de búsqueda encargado del simple y engañoso “busque y destruya”.
En los ochenta el problema del día era la supervivencia. Violencia, quiebra manufacturera, desempleo, desorden financiero, pobreza, incapacidad estatal. En un país convulso, Medellín era el centro del gran desorden. Estas figuras se refugiaban en sus empeños domésticos: academia, empresa, iglesia. El cambio mundial de 1989 también fue un cambio colombiano: acuerdos de paz, nueva constitución, sometimiento y muerte de Escobar, Consejería Presidencial. La Consejería fue el foro y el escenario en el que esta generación proyectó sus reflexiones, su narrativa y su liderazgo. Los sobrevivientes ya podían pensar la reconstrucción de la ciudad.
Hay pocas dudas de que el énfasis distintivo de ese clima intelectual estuvo en la formación cívica, política, básica, instrumental. Y en que el eje de ese énfasis —al menos el que trataron de imprimir estas personas— fue la ética. Recuerdo grandes foros para promover la discusión ética convocados por la Cámara de Comercio, El Colombiano, las cooperativas, las ONG, la iglesia católica, las universidades. Ética aplicada, educación para la democracia, ciudad educadora, resolución de conflictos, ética económica, se volvieron términos comunes. En particular, se hizo un esfuerzo deliberado por establecer un consenso contra la justificación de la violencia y la connivencia con el narcotráfico.
Esa época terminó. La masa crítica de dirigentes e intelectuales que lideró ese cambio ha desaparecido. Quedan individualidades. En la sociedad predomina el conformismo, la formación fue sustituida por el afán instruccional, la reflexión por la publicidad. El discurso ético se anatemiza como signo de superioridad moral y el comportamiento personal correcto se banaliza, cuando no se trata con cinismo. No hay bien público, solo empresas particulares. Los antioqueños hemos vuelto a las viejas prácticas de “tapen, tapen” y “hagámonos pasito”. Nos embriagamos con los éxitos de los últimos quince años y nos volvimos autocomplacientes. Estamos como en 1970, felicitándonos, y no vemos las sombras que nos rodean. Que nadie hable de ellas; que nos dejen dormir tranquilos.
El Colombiano, 28 de julio
¿Cuál fue ese clima intelectual? El de un severo juicio sobre los procesos sociales y culturales que dieron lugar a la irrupción del narcotráfico, su influencia y su violencia. Esas personas —y otras menos notorias— entendieron que el narcotráfico no era solo Pablo Escobar, que la crisis tenía expresiones más diversas y complejas que la violencia y que la respuesta tenía que ser más profunda que montar un bloque de búsqueda encargado del simple y engañoso “busque y destruya”.
En los ochenta el problema del día era la supervivencia. Violencia, quiebra manufacturera, desempleo, desorden financiero, pobreza, incapacidad estatal. En un país convulso, Medellín era el centro del gran desorden. Estas figuras se refugiaban en sus empeños domésticos: academia, empresa, iglesia. El cambio mundial de 1989 también fue un cambio colombiano: acuerdos de paz, nueva constitución, sometimiento y muerte de Escobar, Consejería Presidencial. La Consejería fue el foro y el escenario en el que esta generación proyectó sus reflexiones, su narrativa y su liderazgo. Los sobrevivientes ya podían pensar la reconstrucción de la ciudad.
Hay pocas dudas de que el énfasis distintivo de ese clima intelectual estuvo en la formación cívica, política, básica, instrumental. Y en que el eje de ese énfasis —al menos el que trataron de imprimir estas personas— fue la ética. Recuerdo grandes foros para promover la discusión ética convocados por la Cámara de Comercio, El Colombiano, las cooperativas, las ONG, la iglesia católica, las universidades. Ética aplicada, educación para la democracia, ciudad educadora, resolución de conflictos, ética económica, se volvieron términos comunes. En particular, se hizo un esfuerzo deliberado por establecer un consenso contra la justificación de la violencia y la connivencia con el narcotráfico.
Esa época terminó. La masa crítica de dirigentes e intelectuales que lideró ese cambio ha desaparecido. Quedan individualidades. En la sociedad predomina el conformismo, la formación fue sustituida por el afán instruccional, la reflexión por la publicidad. El discurso ético se anatemiza como signo de superioridad moral y el comportamiento personal correcto se banaliza, cuando no se trata con cinismo. No hay bien público, solo empresas particulares. Los antioqueños hemos vuelto a las viejas prácticas de “tapen, tapen” y “hagámonos pasito”. Nos embriagamos con los éxitos de los últimos quince años y nos volvimos autocomplacientes. Estamos como en 1970, felicitándonos, y no vemos las sombras que nos rodean. Que nadie hable de ellas; que nos dejen dormir tranquilos.
El Colombiano, 28 de julio
lunes, 22 de julio de 2019
Desinflados
“Tengo la sensación que eso que llaman fútbol es otra cosa”, dijo hace algunos años César Luis Menotti, el famoso técnico argentino. Afirmaciones parecidas se han escuchado en estos días. Jorge Valdano —futbolista, técnico, gerente—, por ejemplo, lanzó la sugerencia de que hay “una sensación de hastío en los hinchas más civilizados”. El escritor español Enrique Vila-Matas habló de “desafecto”. Menotti se refería al juego, Valdano a la dirección corporativa de la Fifa y sus afiliados, Vila-Matas a la gestión en su amado Barcelona. Tres aspectos distintos pero inseparables del más global de los deportes. Se puede hacer un manifiesto con esas opiniones.
El fútbol es otra cosa como práctica, claro está, y es comprensible. Lo que pasa es que dejó de ser solo un deporte. Está a punto de convertirse en un ramo de la farándula. Cuando el depilado de las cejas de James Rodríguez aparece en la misma página del triunfo colombiano en Wimbledon, el desajuste es evidente. El fútbol es otra cosa en el nivel asociativo porque patrocinadores y televisión están saturando los calendarios, exprimiendo a los jugadores y desorientando a los aficionados. El fútbol es otra cosa porque la proporción entre juego y negocio se ha cargado descaradamente al segundo factor. Y el negocio en América Latina y otros lugares está marcado por prácticas mafiosas y corruptas que dejan muy pocos ganadores económicos.
Además, aún dentro de estos límites estrechos, existe mucha desigualdad. Geográfica, factor en el que Europa es ganadora. Suramérica pasa por su peor momento futbolístico de la historia, puesto que nunca antes pasó tanto tiempo sin triunfos mundiales en selecciones o en clubes. El fútbol de mujeres ocupa un escalón muy bajo pese a que, como se vio en el campeonato mundial de Francia, es tan entretenido como el que juegan los hombres. Entre los clubes de los países, porque el fútbol carece de reglas que ayudan a promover la competencia y evitar las hegemonías, como las que existen en el básquetbol de la NBA, por ejemplo.
Con amargura, Menotti asegura que “el fútbol se lo robaron a la gente”. No hablaba del sistema de pago por ver que tratan de imponer en Colombia la Dimayor y unos operadores de televisión, aunque también eso es un robo. Lo es porque el fútbol colombiano se juega en escenarios públicos y gracias, en buena medida, a recursos públicos (de licoreras, alcaldías y gobernaciones, por ejemplo). Hablaba de la pertenencia. No hay afiliación con jugadores o símbolos. Cada semestre los jugadores cambian de equipo y los equipos cambian de camiseta. Incluso hay equipos que cada dos años cambian de nombre y de sede. A eso hemos llegado.
Y eso que el fútbol no nos da un décimo de lo que nos dan el ciclismo, el boxeo, el atletismo y, ahora, el tenis.
El Colombiano, 21 de julio
El fútbol es otra cosa como práctica, claro está, y es comprensible. Lo que pasa es que dejó de ser solo un deporte. Está a punto de convertirse en un ramo de la farándula. Cuando el depilado de las cejas de James Rodríguez aparece en la misma página del triunfo colombiano en Wimbledon, el desajuste es evidente. El fútbol es otra cosa en el nivel asociativo porque patrocinadores y televisión están saturando los calendarios, exprimiendo a los jugadores y desorientando a los aficionados. El fútbol es otra cosa porque la proporción entre juego y negocio se ha cargado descaradamente al segundo factor. Y el negocio en América Latina y otros lugares está marcado por prácticas mafiosas y corruptas que dejan muy pocos ganadores económicos.
Además, aún dentro de estos límites estrechos, existe mucha desigualdad. Geográfica, factor en el que Europa es ganadora. Suramérica pasa por su peor momento futbolístico de la historia, puesto que nunca antes pasó tanto tiempo sin triunfos mundiales en selecciones o en clubes. El fútbol de mujeres ocupa un escalón muy bajo pese a que, como se vio en el campeonato mundial de Francia, es tan entretenido como el que juegan los hombres. Entre los clubes de los países, porque el fútbol carece de reglas que ayudan a promover la competencia y evitar las hegemonías, como las que existen en el básquetbol de la NBA, por ejemplo.
Con amargura, Menotti asegura que “el fútbol se lo robaron a la gente”. No hablaba del sistema de pago por ver que tratan de imponer en Colombia la Dimayor y unos operadores de televisión, aunque también eso es un robo. Lo es porque el fútbol colombiano se juega en escenarios públicos y gracias, en buena medida, a recursos públicos (de licoreras, alcaldías y gobernaciones, por ejemplo). Hablaba de la pertenencia. No hay afiliación con jugadores o símbolos. Cada semestre los jugadores cambian de equipo y los equipos cambian de camiseta. Incluso hay equipos que cada dos años cambian de nombre y de sede. A eso hemos llegado.
Y eso que el fútbol no nos da un décimo de lo que nos dan el ciclismo, el boxeo, el atletismo y, ahora, el tenis.
El Colombiano, 21 de julio
miércoles, 17 de julio de 2019
El bosque
The Woods
The White Buffalo
Hace tanto que salí del bosque.
Me malinterpretaron, pero teniendo todo en cuenta
Me siento y reviso su disfraz.
Sus ojos oscuros y superficiales se perdieron en la bruma de la luz.
Así que me siento y miro
Veo que pronto aparecen todas sus máscaras.
Anhelante del bosque,
De este lugar voy a desaparecer.
Aquí cada uno se esfuerza por salirse de la norma,
Pero se funde en muchedumbre para ser todos iguales.
Para alterar la imagen se llevan prótesis,
Sus formas plásticas se funden con el calor de la luz.
Entonces salgo a la luz
Y veo aparecer pronto todas sus máscaras.
Añoro los bosques.
De este lugar voy a desaparecer.
Del álbum Hogtied Revisited (2017).
The White Buffalo
Hace tanto que salí del bosque.
Me malinterpretaron, pero teniendo todo en cuenta
Me siento y reviso su disfraz.
Sus ojos oscuros y superficiales se perdieron en la bruma de la luz.
Así que me siento y miro
Veo que pronto aparecen todas sus máscaras.
Anhelante del bosque,
De este lugar voy a desaparecer.
Aquí cada uno se esfuerza por salirse de la norma,
Pero se funde en muchedumbre para ser todos iguales.
Para alterar la imagen se llevan prótesis,
Sus formas plásticas se funden con el calor de la luz.
Entonces salgo a la luz
Y veo aparecer pronto todas sus máscaras.
Añoro los bosques.
De este lugar voy a desaparecer.
Del álbum Hogtied Revisited (2017).
lunes, 15 de julio de 2019
Clones de Edith
Paz y reconciliación, palabras comunes en el lenguaje colombiano de los últimos 30 años. Muy comunes, incluso, durante los dos gobiernos de Álvaro Uribe Vélez, promotor de la Ley de Justicia y Paz y de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación. El tiempo de esas palabras es el futuro. Paz y reconciliación se predican como tareas, como proyectos. No repetición —término que aparece 98 veces en el Acuerdo del Teatro Colón— también remite al futuro. Pero los colombianos estamos enfocados en el pasado, quién hizo qué, cuándo y por qué.
Siempre creí que, ante las ocurrencias humanitarias, no había nada mejor que recuperar la tradición nacional en materia de paz. Esa tradición se define por el recurso a la amnistía amplia a los participantes en las guerras, desde hace dos siglos, y la negociación política, desde hace uno. El afán justiciero, alimentado desde izquierda y derecha, me parecía nocivo. (Escribí mucho sobre el asunto en su momento.)
Sin salirse del marco que invocaba justicia, algunos expertos le aconsejaron al país aplicarla en dosis pequeñas. Un fiscal de la Corte Penal Internacional recomendó, en el caso de los paramilitares, juzgar una docena de casos ejemplares. El estado se metió a la tarea de juzgar a miles, mientras algunas ONG pedían que se enjuiciaran a varias decenas de miles.
Teníamos otra posibilidad. Usar la justicia transicional solo para resolver los casos abiertos por la jurisdicción ordinaria. En Uruguay se presentó un proceso que le dio prioridad a la política sobre el derecho y a la reconciliación sobre la justicia. Ellos empezaron por una amnistía amplia y sin condiciones, conocida brevemente como Ley de Caducidad, y poco a poco fueron permitiendo el juzgamiento de cierto tipo de responsables. Con mucha prudencia y visión los uruguayos han hecho, quizás, la transición a la democracia más tranquila de Iberoamérica.
Hace poco The Economist se hizo la pregunta de si acaso las amnistías eran una mala idea (“Are amnesties in Latin America always a bad idea?”, 29.06.19). El articulista recurre al equilibrismo tradicional de quien se preocupa más por la objetividad que por el argumento. Pero dice dos cosas con las que concuerdo por completo: “La justicia retroactiva es más problemática si se percibe que es unilateral”; “el debate político en América Latina se enfoca demasiado en el pasado. Una región rezagada del resto del mundo, económica y tecnológicamente, no puede permitirse ese lujo”.
Pues bien, ese es el lujo, el derroche, que nos estamos dando los colombianos; Jesús Santrich y general Mario Montoya de por medio. Seguiré abusando de la figura bíblica: nuestro modelo es la mujer de Lot. Los hermeneutas judíos dicen que se llamaba Yrit, o sea Edith. Queremos salir de Sodoma, pero una mezcla de venganza y estupidez nos hace mirar atrás, y nos paraliza. Clones de Edith somos.
El Colombiano, 14 de julio
Siempre creí que, ante las ocurrencias humanitarias, no había nada mejor que recuperar la tradición nacional en materia de paz. Esa tradición se define por el recurso a la amnistía amplia a los participantes en las guerras, desde hace dos siglos, y la negociación política, desde hace uno. El afán justiciero, alimentado desde izquierda y derecha, me parecía nocivo. (Escribí mucho sobre el asunto en su momento.)
Sin salirse del marco que invocaba justicia, algunos expertos le aconsejaron al país aplicarla en dosis pequeñas. Un fiscal de la Corte Penal Internacional recomendó, en el caso de los paramilitares, juzgar una docena de casos ejemplares. El estado se metió a la tarea de juzgar a miles, mientras algunas ONG pedían que se enjuiciaran a varias decenas de miles.
Teníamos otra posibilidad. Usar la justicia transicional solo para resolver los casos abiertos por la jurisdicción ordinaria. En Uruguay se presentó un proceso que le dio prioridad a la política sobre el derecho y a la reconciliación sobre la justicia. Ellos empezaron por una amnistía amplia y sin condiciones, conocida brevemente como Ley de Caducidad, y poco a poco fueron permitiendo el juzgamiento de cierto tipo de responsables. Con mucha prudencia y visión los uruguayos han hecho, quizás, la transición a la democracia más tranquila de Iberoamérica.
Hace poco The Economist se hizo la pregunta de si acaso las amnistías eran una mala idea (“Are amnesties in Latin America always a bad idea?”, 29.06.19). El articulista recurre al equilibrismo tradicional de quien se preocupa más por la objetividad que por el argumento. Pero dice dos cosas con las que concuerdo por completo: “La justicia retroactiva es más problemática si se percibe que es unilateral”; “el debate político en América Latina se enfoca demasiado en el pasado. Una región rezagada del resto del mundo, económica y tecnológicamente, no puede permitirse ese lujo”.
Pues bien, ese es el lujo, el derroche, que nos estamos dando los colombianos; Jesús Santrich y general Mario Montoya de por medio. Seguiré abusando de la figura bíblica: nuestro modelo es la mujer de Lot. Los hermeneutas judíos dicen que se llamaba Yrit, o sea Edith. Queremos salir de Sodoma, pero una mezcla de venganza y estupidez nos hace mirar atrás, y nos paraliza. Clones de Edith somos.
El Colombiano, 14 de julio
lunes, 8 de julio de 2019
Empresarios y política
La intervención de los empresarios en la política es tan necesaria como compleja. Su demanda social crece en tanto se haga notorio que la dirigencia política está enredada y que la situación general del país luzca precaria. Ambas condiciones aplican hoy y por ello no extraña que el tema se esté moviendo en reuniones privadas y medios de comunicación.
Bajo las premisas de que la actividad empresarial formal exige un estado de derecho y un entorno estable en el largo plazo, y de que la función de los gremios es de representación frente al estado, diré algunas generalidades.
La primera lealtad del empresariado es con el régimen político, encarnado en la constitución y los poderes del estado, incluyendo a las altas cortes y a los órganos de control. Una idea tan simple como esta conllevaría una política empresarial decidida respecto a la formalización de la economía (empezando por la tierra), la lucha contra la corrupción, la imparcialidad de la justicia y la separación de poderes. Si los empresarios no muestran unidad en estas causas es porque tienen problemas serios de acción colectiva o porque carecen del tipo de organismos que permitan claridad en el propósito y la acción.
El presidencialismo exacerbado en el siglo XXI no solo ha alterado el régimen político sino que ha llevado al empresariado a una posición obsecuente con los gobiernos. No todos los presidentes son estadistas y ningún gobierno es infalible. En este tiempo ya son muchos los casos de gobiernos destructivos como para no tomar distancia. Los afanes adaptativos del empresariado a veces menoscaban la visión estratégica. Eso le sirve poco al país y no le sirve de mucho a un presidente inteligente.
En política, no hay visión estratégica silenciosa; hay que hacer presencia en la esfera pública. En ella, hacer es decir; eso necesita liderazgos, bien sea individuales o corporativos. Y decir exige pensar. Los centros de pensamiento asociados al empresariado deben hablar en voz alta, de lo contrario, solo estarían duplicando el trabajo de las universidades. Esos centros están especializados, pero la especialización es fructífera cuando se efectúa dentro de una visión general. Esa visión general es la que no se nota, por decir lo menos. Sin líderes visibles ni fundaciones que suenen (y que truenen cuando se requiera) no habrá gran política desde el sector privado.
La primera condición de la política es la lealtad con el país. Lo contrario a la lealtad es la salida. Una forma de salir de la política es quedarse callados. Otra es huir. La situación de amplia movilidad de capitales y gran empresa colombiana multinacional ofrece las condiciones para que los capitalistas grandes y medianos decidan llevarse su plata a otra parte. ¿Para dónde? Sabrán ellos. La incertidumbre tiene tanto alcance que esas decisiones se parecen más a la conducta del avestruz.
El Colombiano, 7 de julio
Bajo las premisas de que la actividad empresarial formal exige un estado de derecho y un entorno estable en el largo plazo, y de que la función de los gremios es de representación frente al estado, diré algunas generalidades.
La primera lealtad del empresariado es con el régimen político, encarnado en la constitución y los poderes del estado, incluyendo a las altas cortes y a los órganos de control. Una idea tan simple como esta conllevaría una política empresarial decidida respecto a la formalización de la economía (empezando por la tierra), la lucha contra la corrupción, la imparcialidad de la justicia y la separación de poderes. Si los empresarios no muestran unidad en estas causas es porque tienen problemas serios de acción colectiva o porque carecen del tipo de organismos que permitan claridad en el propósito y la acción.
El presidencialismo exacerbado en el siglo XXI no solo ha alterado el régimen político sino que ha llevado al empresariado a una posición obsecuente con los gobiernos. No todos los presidentes son estadistas y ningún gobierno es infalible. En este tiempo ya son muchos los casos de gobiernos destructivos como para no tomar distancia. Los afanes adaptativos del empresariado a veces menoscaban la visión estratégica. Eso le sirve poco al país y no le sirve de mucho a un presidente inteligente.
En política, no hay visión estratégica silenciosa; hay que hacer presencia en la esfera pública. En ella, hacer es decir; eso necesita liderazgos, bien sea individuales o corporativos. Y decir exige pensar. Los centros de pensamiento asociados al empresariado deben hablar en voz alta, de lo contrario, solo estarían duplicando el trabajo de las universidades. Esos centros están especializados, pero la especialización es fructífera cuando se efectúa dentro de una visión general. Esa visión general es la que no se nota, por decir lo menos. Sin líderes visibles ni fundaciones que suenen (y que truenen cuando se requiera) no habrá gran política desde el sector privado.
La primera condición de la política es la lealtad con el país. Lo contrario a la lealtad es la salida. Una forma de salir de la política es quedarse callados. Otra es huir. La situación de amplia movilidad de capitales y gran empresa colombiana multinacional ofrece las condiciones para que los capitalistas grandes y medianos decidan llevarse su plata a otra parte. ¿Para dónde? Sabrán ellos. La incertidumbre tiene tanto alcance que esas decisiones se parecen más a la conducta del avestruz.
El Colombiano, 7 de julio
lunes, 1 de julio de 2019
Escena
Antioquia, 2019, restaurante de carretera. Llega una camioneta grande, aunque no deslumbrante, de aquel color que, dicen, se conoce como “gris Medellín”; como si el alma parroquial se dejara ver mejor en el automóvil que en el vestuario. Placa de Medellín. La conductora se apea, una joven, de rubio artificial y ropa casual, cara. Del asiento de atrás bajan dos hombres jóvenes muy altos, blancos, y una joven de pelo negro. No tienen cien años entre los cuatro. La puerta del copiloto cerrada.
La conductora entra al restaurante y se dirige hacia uno de los empleados. Un joven como ella; moreno, eso sí, más bajo, también. El empleado hace ese suave gesto dubitativo, que usamos a veces, de rascarse la cabeza, aquí, cerca de la corona. Dura un instante y enseguida se lanza presto hacia la camioneta, abre la puerta del copiloto, se demora, mientras yo miro la escena. Cuando vuelvo a mirarlo, trae entre sus brazos, a duras penas, a otra joven, blanca, cabello negro. Mientras los hombres jóvenes y las otras dos mujeres jóvenes, blancos, atléticos, con ese atletismo de “no lavo un plato, pero voy al gimnasio cuatro veces a la semana”, miran al joven empleado, bajo y moreno ir de la zona de parqueo a una mesa del restaurante con la amiga de ellos cargada.
Ya están los cinco en la mesa, conversan. Uno de los hombres parece ser extranjero. Piden el servicio, tranquilos. A mí la cara se me llena de indignación. ¡Es el siglo XXI! ¿Existe una psicología natural del patronazgo y la servidumbre todavía? ¿En Antioquia, la igualitaria y democrática? ¿Qué clase de mentalidad tienen estos jóvenes? ¿Cómo se comportan en su casa? Porque la actitud natural de los protagonistas de la escena es muy reveladora. Los muchachos no creyeron que eran ellos quienes debían cargar a su amiga; de hecho, ni lo intentaron; conversaron distraídamente como si no fuera asunto suyo. La conductora necesitaba que su amiga bajara a almorzar; alguien debía hacerlo. Pero no dio muestras de que se le pasara por la cabeza que lo hicieran ese par de hombres sanos, fuertes, de su misma condición social. En el restaurante hay un hombre joven, bajo, moreno, que le parece que sería el tipo ideal para el trabajo.
Pienso por un instante en increparlos, pero me contengo. Treinta años de experiencia en investigación sobre el crimen me han enseñado a desconfiar de los carros caros, la gente bien vestida y las caras bonitas. Voy a la caja a pagar mi cuenta. Me recibe el empleado que ha hecho la tarea de carguero que, tal vez, algún antepasado mío o de él haya hecho durante la Colonia. Le pregunto qué pasó y le digo que eso no estuvo bien hecho. Me dice, confundido, que sus compañeras pensaron lo mismo.
El Colombiano, 30 de junio.
La conductora entra al restaurante y se dirige hacia uno de los empleados. Un joven como ella; moreno, eso sí, más bajo, también. El empleado hace ese suave gesto dubitativo, que usamos a veces, de rascarse la cabeza, aquí, cerca de la corona. Dura un instante y enseguida se lanza presto hacia la camioneta, abre la puerta del copiloto, se demora, mientras yo miro la escena. Cuando vuelvo a mirarlo, trae entre sus brazos, a duras penas, a otra joven, blanca, cabello negro. Mientras los hombres jóvenes y las otras dos mujeres jóvenes, blancos, atléticos, con ese atletismo de “no lavo un plato, pero voy al gimnasio cuatro veces a la semana”, miran al joven empleado, bajo y moreno ir de la zona de parqueo a una mesa del restaurante con la amiga de ellos cargada.
Ya están los cinco en la mesa, conversan. Uno de los hombres parece ser extranjero. Piden el servicio, tranquilos. A mí la cara se me llena de indignación. ¡Es el siglo XXI! ¿Existe una psicología natural del patronazgo y la servidumbre todavía? ¿En Antioquia, la igualitaria y democrática? ¿Qué clase de mentalidad tienen estos jóvenes? ¿Cómo se comportan en su casa? Porque la actitud natural de los protagonistas de la escena es muy reveladora. Los muchachos no creyeron que eran ellos quienes debían cargar a su amiga; de hecho, ni lo intentaron; conversaron distraídamente como si no fuera asunto suyo. La conductora necesitaba que su amiga bajara a almorzar; alguien debía hacerlo. Pero no dio muestras de que se le pasara por la cabeza que lo hicieran ese par de hombres sanos, fuertes, de su misma condición social. En el restaurante hay un hombre joven, bajo, moreno, que le parece que sería el tipo ideal para el trabajo.
Pienso por un instante en increparlos, pero me contengo. Treinta años de experiencia en investigación sobre el crimen me han enseñado a desconfiar de los carros caros, la gente bien vestida y las caras bonitas. Voy a la caja a pagar mi cuenta. Me recibe el empleado que ha hecho la tarea de carguero que, tal vez, algún antepasado mío o de él haya hecho durante la Colonia. Le pregunto qué pasó y le digo que eso no estuvo bien hecho. Me dice, confundido, que sus compañeras pensaron lo mismo.
El Colombiano, 30 de junio.
viernes, 28 de junio de 2019
lunes, 24 de junio de 2019
Chernóbil
Chernóbil, una ciudad cerca de la frontera entre Ucrania y Bielorrusia. Un desastre nuclear en 1986. Un libro de Svetlana Alexievich, premio Nóbel de Literatura en 2015. Una serie de televisión estrenada en 2019. Gran consternación por los peligros de la fisión nuclear, radiación, destrucción ambiental, muertes, cancerosos, pérdida de fauna y otra vida silvestre. Los accidentes ocurren, pero la acción humana está encaminada para evitar que ocurran y hay algunos —los que destruyen vidas— que nunca deben ocurrir. ¿Por qué ocurrió en Chernóbil?
Primero la reputación y la reputación entendida como que nunca nos equivocamos, siempre somos el número uno. El socialismo era el mejor sistema para la humanidad y la Unión Soviética su vanguardia. No podía saberse afuera que algo así había pasado. Imponer la negación. Cuando se supo, se intentó minimizar y presumir de que todo estaba bajo control. La ayuda alemana fracasó porque no se les dio el dato del nivel de radiación para que los equipos enviados cumplieran con la protección requerida.
El poder político contra la ciencia. La doctrina, el estado, el partido son más importantes que los hallazgos científicos. El funcionario decide al margen o en contra del científico. La estabilidad del régimen (aquí puede decir corporación, administración) es más importante que las malas noticias que surgen de los escrúpulos de los investigadores.
El poder disciplinario contra el saber técnico. El jefe de sección se impone sobre el operario, el de planta sobre el de sección, el alcalde sobre el gerente, el ministro hace su voluntad contra el alcalde, el líder supremo contra la del ministro. El objeto de toda organización es conservarse en el tiempo (ahora lo llaman sostenibilidad), pero la subsistencia basada en el miedo al fracaso y en el maquillaje como estrategia llevan al desastre.
El espíritu competitivo como prioridad ante la cooperación. El mayor valor del mérito individual, la pugna por el incentivo, el ascenso, el cargo, que introducen disputas en los equipos de trabajo y desvía a la organización del propósito y la misión. El éxito de cada parte puede resultar en el fracaso del todo.
La inhumanidad del discurso humanista. “La felicidad de toda la humanidad”, es el lema, también es el argumento para cerrar la ciudad y no dejar salir a la gente. Kant había condenado hace doscientos años a los que amaban a los tártaros y eran incapaces de hacer algo por el vecino. Felicidad y humanidad en abstracto, para el hombre concreto, para el súbdito, maltrato, humillación.
Visto de esta manera —desde el proceso y el sistema operativo—, eventos como Chernóbil, pequeños y mucho menos dañinos, ocurren con más frecuencia de la que pensamos. Se cae una carretera, un edificio, un puente; se desploma una compañía, un municipio, un país. Con Chernóbil podemos hablar de política, también de administración.
El Colombiano, 23 de junio.
Primero la reputación y la reputación entendida como que nunca nos equivocamos, siempre somos el número uno. El socialismo era el mejor sistema para la humanidad y la Unión Soviética su vanguardia. No podía saberse afuera que algo así había pasado. Imponer la negación. Cuando se supo, se intentó minimizar y presumir de que todo estaba bajo control. La ayuda alemana fracasó porque no se les dio el dato del nivel de radiación para que los equipos enviados cumplieran con la protección requerida.
El poder político contra la ciencia. La doctrina, el estado, el partido son más importantes que los hallazgos científicos. El funcionario decide al margen o en contra del científico. La estabilidad del régimen (aquí puede decir corporación, administración) es más importante que las malas noticias que surgen de los escrúpulos de los investigadores.
El poder disciplinario contra el saber técnico. El jefe de sección se impone sobre el operario, el de planta sobre el de sección, el alcalde sobre el gerente, el ministro hace su voluntad contra el alcalde, el líder supremo contra la del ministro. El objeto de toda organización es conservarse en el tiempo (ahora lo llaman sostenibilidad), pero la subsistencia basada en el miedo al fracaso y en el maquillaje como estrategia llevan al desastre.
El espíritu competitivo como prioridad ante la cooperación. El mayor valor del mérito individual, la pugna por el incentivo, el ascenso, el cargo, que introducen disputas en los equipos de trabajo y desvía a la organización del propósito y la misión. El éxito de cada parte puede resultar en el fracaso del todo.
La inhumanidad del discurso humanista. “La felicidad de toda la humanidad”, es el lema, también es el argumento para cerrar la ciudad y no dejar salir a la gente. Kant había condenado hace doscientos años a los que amaban a los tártaros y eran incapaces de hacer algo por el vecino. Felicidad y humanidad en abstracto, para el hombre concreto, para el súbdito, maltrato, humillación.
Visto de esta manera —desde el proceso y el sistema operativo—, eventos como Chernóbil, pequeños y mucho menos dañinos, ocurren con más frecuencia de la que pensamos. Se cae una carretera, un edificio, un puente; se desploma una compañía, un municipio, un país. Con Chernóbil podemos hablar de política, también de administración.
El Colombiano, 23 de junio.
lunes, 17 de junio de 2019
Antes y después
El escritor francés de filiación judía Jean-Claude Grumberg —poco conocido en nuestra lengua— dijo este año en una entrevista que una cosa era el antisemitismo antes de 1930, otra entre 1930 y 1945, y otra distinta después de 1945. Grumberg intentaba situar históricamente ese fenómeno resaltando las diferencias entre un rasgo cultural, quizás indeseable, un crimen y la repetición de los estigmas que condujeron a ese crimen. El consejo es útil para refutar los anacronismos en boga ahora (condenar la misoginia de Aristóteles, por ejemplo) y, sobre todo, para no banalizar las conductas que conformaron el contexto explicativo de ciertas calamidades en las que no deberíamos reincidir.
Podemos reafirmar a Gumbrerg diciendo que hay un antes y un después morales, y que esa frontera debe mantenerse visible para no abonarle el camino al deterioro del sistema que ordena las normas y la moralidad de una sociedad. Debe saber Gumbrerg que el progreso moral no está garantizado y que los humanos pisamos con frecuencia terrenos que nos conducen de modo imperceptible por pendientes resbaladizas.
En Colombia existen unas marcas visibles que separan un antes y un después.
La conducta inclemente de José Ignacio de Márquez (1793-1880) y Tomás Cipriano de Mosquera (1798-1878) que contribuyó a una sucesión de guerras y victorias que solo se rompió con los acuerdos que pusieron fin a la Guerra de los Mil Días. Aprendimos a negociar bajo la tutela gringa en 1902, volvimos a negociar en 1956 y 1957 y refinamos ese arte desde 1989 hasta ahora. Volver a tocar las teclas del odio a los conciudadanos y de la humillación a los contrarios es una mala idea que ya ensayamos.
La llamada Violencia, nuestra penúltima guerra civil, se originó en gran medida por el bloqueo entre los dos grandes partidos que representaban la opinión política del país y por el sistemático ataque a las instituciones públicas por parte de las élites políticas e intelectuales. Es lastimoso, por decir lo menos, el ejercicio sistemático de confrontación a las altas cortes por parte del Centro Democrático y de voceros, usualmente moderados, del conservatismo. Es increíble que los conservadores hayan olvidado a donde los llevó el laureanismo.
El país hizo conciencia de los llamados falsos positivos hace más de una década. Entendimos que había cierto tipo de incentivos a la eficacia militar que podían ser mal interpretados y conducir a crímenes de lesa humanidad. En su momento se tomaron medidas para establecer pautas institucionales que previnieran ese tipo de acciones ilegales. Ignorar ese pasaje, repitiendo procedimientos similares, actuando de forma incauta y negligente ante los reparos de la prensa y los organismos internacionales, solo agravará la responsabilidad de los actuales dirigentes del país.
El deterioro moral es probable, pero no tiene por qué ser inexorable. Su rumbo depende de nosotros, de nadie más.
El Colombiano, 16 de junio
Podemos reafirmar a Gumbrerg diciendo que hay un antes y un después morales, y que esa frontera debe mantenerse visible para no abonarle el camino al deterioro del sistema que ordena las normas y la moralidad de una sociedad. Debe saber Gumbrerg que el progreso moral no está garantizado y que los humanos pisamos con frecuencia terrenos que nos conducen de modo imperceptible por pendientes resbaladizas.
En Colombia existen unas marcas visibles que separan un antes y un después.
La conducta inclemente de José Ignacio de Márquez (1793-1880) y Tomás Cipriano de Mosquera (1798-1878) que contribuyó a una sucesión de guerras y victorias que solo se rompió con los acuerdos que pusieron fin a la Guerra de los Mil Días. Aprendimos a negociar bajo la tutela gringa en 1902, volvimos a negociar en 1956 y 1957 y refinamos ese arte desde 1989 hasta ahora. Volver a tocar las teclas del odio a los conciudadanos y de la humillación a los contrarios es una mala idea que ya ensayamos.
La llamada Violencia, nuestra penúltima guerra civil, se originó en gran medida por el bloqueo entre los dos grandes partidos que representaban la opinión política del país y por el sistemático ataque a las instituciones públicas por parte de las élites políticas e intelectuales. Es lastimoso, por decir lo menos, el ejercicio sistemático de confrontación a las altas cortes por parte del Centro Democrático y de voceros, usualmente moderados, del conservatismo. Es increíble que los conservadores hayan olvidado a donde los llevó el laureanismo.
El país hizo conciencia de los llamados falsos positivos hace más de una década. Entendimos que había cierto tipo de incentivos a la eficacia militar que podían ser mal interpretados y conducir a crímenes de lesa humanidad. En su momento se tomaron medidas para establecer pautas institucionales que previnieran ese tipo de acciones ilegales. Ignorar ese pasaje, repitiendo procedimientos similares, actuando de forma incauta y negligente ante los reparos de la prensa y los organismos internacionales, solo agravará la responsabilidad de los actuales dirigentes del país.
El deterioro moral es probable, pero no tiene por qué ser inexorable. Su rumbo depende de nosotros, de nadie más.
El Colombiano, 16 de junio
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



