Bases llenas sin “outs”
miércoles, 22 de diciembre de 2021
lunes, 20 de diciembre de 2021
Sobra el odio
Hay mucho odio en Colombia. Eso no se mide; está en el aire, se siente y se huele. El pensamiento filosófico converge en afirmar que el odio es una afección que resulta de la retención de la rabia y el resentimiento, de su represamiento y fermentación a lo largo del tiempo. Pero a diferencia de estos —de la rabia y el resentimiento— el odio no es un sentimiento moral, es “una actitud psíquica permanente” (Max Scheler).
No cabe duda de que tenemos razones para la amargura y de que son amargas las múltiples grietas que nos dividen como sociedad. Más allá de percepciones y emociones individuales y colectivas, tenemos bases concretas para llevar a cabo y sostener diversos conflictos sociales. Pero a los conflictos, en particular, los políticos les sobra el odio. El adversario político “no necesita ser moralmente malo, ni estéticamente feo; no hace falta que se erija en competidor económico”, dijo Carl Schmitt.
Los pensadores cristianos distinguían dos tipos de odio, la abominación y la enemistad. Se entendía la abominación como el rechazo intenso de ciertas ideas, rasgos personales o comportamientos de una persona y, por extensión, de un grupo social. La modernidad ofreció soluciones —eficientes durante largo tiempo— a este tipo de incompatibilidades: las libertades de conciencia y expresión, la tolerancia, la deliberación, la democracia. La enemistad se dirige contra la persona, de modo directo, cuyo mal se encuentra satisfactorio y se busca. La modernidad acotó la enemistad mediante el monopolio de la violencia por parte del estado y revivió la tradición del derecho de gentes cuando se trataba de casos extremos.
Si el odio permanece en modo pasivo carece de impacto social; afecta, sí, a las personas que lo albergan. Se vuelve un asunto terapéutico ya que, como dice Carlos Thiebaut, “quien odia se encadenará al objeto de su odio y se dañará a sí mismo”. Las cosas se agravan cuando los rencorosos se ponen en modo activo porque todo odio manifiesto, el verbal por ejemplo, constituye un vector de violencia física, de daño. Por eso se ha codificado penalmente el discurso del odio.
El odio ideológico y político es uno de los rasgos del fanatismo. Y el fanatismo siempre fue excluido del arte político por la simple razón de que es contraproducente. Me explico, mientras más rencor y fanatismo incube un grupo social es menos probable que cumpla con sus propósitos. El resultado más probable será mayores calamidades y dolores, propios y ajenos. Quienes siguen viendo a sus semejantes y compatriotas como enemigos más que adversarios, quienes creen que hay buenos y malos, héroes y villanos esenciales, quienes abandonaron los argumentos y solo “odian por odiar” (W. H. Auden), cargan con la responsabilidad de la violencia.
Con estos párrafos procuro enviar un mensaje público de navidad. En la privacidad, el amor.
El Colombiano, 19 de diciembre
lunes, 13 de diciembre de 2021
Cancha desnivelada
No existen democracias liberales puras. El politólogo Robert Dahl intentó sin mucho éxito establecer la categoría “poliarquía”, hace 65 años, para reflejar mejor los distintos niveles de las democracias históricas. Desde otra perspectiva, el deterioro de algunos componentes necesarios de la democracia se ve como un decaimiento o retroceso conducente hacia el autoritarismo. Me ocupo de uno de esos componentes: la imparcialidad, llamada coloquialmente por algunos estudiosos como un campo de juego nivelado, lo que implica que no exista intervención externa en el proceso electoral (Levitsky y Way, Competitive Authoritarianism, 2010).
Creo que en Colombia, la cancha está desnivelada desde el 2005 hasta hoy. Inicialmente la desniveló la reelección presidencial. El hecho es que ninguno de los dos presidentes en ejercicio perdió las elecciones y cuando alguno estuvo a punto de perderlas —Santos en 2014— las palancas gubernamentales se activaron para impedirlo. Recuérdese la financiación ilegal de la campaña, por la que está condenado su gerente Roberto Prieto, o la intervención de la Fiscalía en el caso de un hacker.
La intervención presidencial en la campaña electoral es la segunda forma de parcialidad que hemos visto en este siglo. El evento más descarado se dio en las elecciones de 2010, cuando el entonces presidente Álvaro Uribe no solo postuló a su sucesor —Juan Manuel Santos— sino que intervino activamente para descalificar a Antanas Mockus —“el caballito discapacitado”— y detener la llamada ola verde. Iván Duque también está intentando desprestigiar a algunos candidatos y fuerzas políticas, algo inaceptable según las reglas de juego democráticas.
El abuso de poder de los titulares de los órganos de control ha sido la otra forma. Baste recordar al procurador Alejandro Ordóñez cuya gestión sectaria e ilegal ha redundado en varias condenas al estado colombiano. Ordóñez se ensañó con los mandatarios regionales que tenían vínculos con el Polo Democrático y el Partido Verde, y destituyó a Gustavo Petro y Alonso Salazar, fracasando en el intento. El contralor Felipe Córdoba y el fiscal Francisco Barbosa siguen su camino abriendo procesos temerarios para bloquear la candidatura de Sergio Fajardo. Lo que hay detrás de esta larga cadena de hechos es la intención de impedir el triunfo de cualquier fuerza de oposición.
Que la pulsión autoritaria que subyace a la sistemática parcialidad de algunos organismos estatales en los procesos electorales no es menor ni acotada se demuestra por la violenta conculcación de las libertades civiles y los inquietantes ataques a la libertad de prensa. Baste saber que la plenaria de la Cámara de Representantes aprobó un artículo (68 del Proyecto de Ley Anticorrupción) que castiga la crítica y el cuestionamiento de los funcionarios públicos. La ciudadanía debe saber que los representantes antioqueños Nidia Marcela Osorio y Germán Blanco (conservadores) y Mónica Raigoza (partido de la U) votaron a favor de esa norma (Kienyke, 08.12.21).
El Colombiano, 12 de diciembre
lunes, 6 de diciembre de 2021
Al garete
Hace casi cinco años varias personas y organizaciones locales lanzamos una alerta sobre el futuro inmediato de Medellín (“Alcalde, Medellín es frágil”, El Colombiano, 23.01.17), una muestra de esa preocupación fue el surgimiento del grupo llamado “Medellín pa’dónde vamos”. Lo recuerdo porque esa era y sigue siendo la pregunta. Poco después apareció el informe de memoria histórica de la ciudad en el que se interpretó la crisis de los años setenta a partir de estos elementos: un crecimiento que desbordó la visión institucional, fractura de las élites, pérdida de la guía de conducta sociocultural y falta de proyecto. Esto condujo a lo allí se llamó el “gran desorden” de los años ochenta.
Desde entonces, cada nueva grieta en el tejido institucional antioqueño me convence de que estamos en una situación muy parecida a esa. En 1975, digamos, todavía disfrutábamos de los resultados de las grandes reformas de mitad de siglo y del crecimiento industrial; éramos la tacita de plata y la capital moderna del país. Después llegó la década del no futuro y los apelativos grotescos de la ciudad: “mierdellín”, “metrallín”. Lo único que faltaba era el episodio —que parece un déja vù— en el que un grupo de inversionistas extranjeros con mascarón de proa colombiano pretende tomar el control de algunas de las empresas más grandes de la región.
Ya perdimos, aunque sea temporalmente, el gobierno de la ciudad y el manejo de EPM. La ciudad extravió su rumbo estratégico desde antes de Quintero, hay que decirlo, y lo único que interesa en La Alpujarra es la nómina, los contratos, las comisiones y el músculo electoral para el hermoso binomio que están conformando Luis Pérez y Gustavo Petro. Los negociantes ilegales y rentistas están haciendo su agosto, y no lo disimulan. El empresariado moderno se dejó enredar en las peleas de los políticos, se fragmentó y no renovó sus liderazgos. Las organizaciones sociales están dedicadas principalmente a la subsistencia, mientras las voces cívicas están dispersas.
Los pregoneros de lo que alguien llama el “optimismo fraudulento” mostrarán las cosas buenas, pero lo cierto es que lo que llamo la red cívica perdió la iniciativa y la masa crítica para sostener el proyecto de ciudad. La red predatoria está a la ofensiva, es decir, la conjunción de intereses entre políticos, mafiosos y negociantes que usan la violencia y la política como vías de acumulación de riqueza y poder. Estamos a la defensiva y nada más demostrativo que el esfuerzo de los gerentes por proteger a Nutresa y a Sura. Los antioqueños lo sienten, como lo muestra la Encuesta Mundial de Valores (“Una encuesta deja ver el pesimismo antioqueño”, El Colombiano, 30.11.21).
De esta salimos, digo. Para ello se necesita más valor, mejores ideas, y más acuerdos que permitan reconstruir la ciudad con criterios de equidad, sostenibilidad y libertad.
El Colombiano, 5 de diciembre
lunes, 29 de noviembre de 2021
Paz polémica
En Colombia hacer la paz es una tradición: desde la Guerra de los Mil Días todas nuestras contiendas terminaron con negociaciones y acuerdos; entre 1975 y 2018 hubo 22 acuerdos con distintos grupos. Y desde el siglo XIX hemos sido un país generoso en indultos y amnistías. Es lo que nos distingue en Hispanoamérica, no las guerras, rubro en el que nos ganan los mexicanos y empatamos con los argentinos (Giraldo, Fortou y Gómez, “200 años de guerra y paz en Colombia: números y rasgos estilizados”, 2019).
¿Qué pasó, entonces, en el siglo XXI? La paz en Colombia siempre fue consentida y sus opositores fueron minorías exóticas, como los críticos de Rafael Uribe Uribe o los que rabiaron contra el Frente Nacional. Luego llegó nuestro tiempo, el de la paz polémica. Mis hipótesis explicativas sobre la paz realizada en medio de agrios desacuerdos son tres: en el país ganó adeptos la idea de que había enemigos absolutos que debían ser exterminados, apoyada en los rezagos fanáticos de la Guerra Fría; el humanitarismo liberal logró imponer la idea de que la justicia era tanto o más importante que la paz; y el dolor y el resentimiento de las víctimas fue explotado por fuertes líderes políticos.
La primera paz polémica está representada por los dos acuerdos de la primera administración de Álvaro Uribe con los grupos paramilitares. A ella se opusieron los humanitaristas globales, la intelectualidad ideologizada y algunos sectores de izquierda (no todos). La segunda paz polémica fue el acuerdo del Teatro Colón con las Farc, cuya oposición fue encabezada por Uribe, detrás de quien se escondieron importantes sectores dirigentes del país.
Los dos procesos de paz no fueron tan distintos. De hecho la institucionalidad que se creó durante el mandato de Uribe Vélez se replicó, en algunos casos se mejoró o se amplió, para el caso de las Farc. La Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación, el Tribunal de Justicia y Paz, la Ley de Víctimas, el Centro de Memoria Histórica, la agencia para la reincorporación de los desmovilizados, esos entes se crearon para materializar los acuerdos con los paramilitares. La paz con los paramilitares pasó por el congreso y la Corte Constitucional, no fue la paz de Uribe, fue la paz del estado colombiano con varios grupos armados ilegales. La paz con las Farc tampoco fue la paz de Santos, del mismo modo, es la paz del estado colombiano. Las contrapartes también eran grupos armados que, en distintas proporciones, mezclaban ingredientes políticos y criminales, incluyendo los negocios del narcotráfico.
La gran diferencia entre las dos paces consiste en que la última incluía beneficios directos y perceptibles para las regiones más pobres y afectadas del país. Ellas fueron las perjudicadas por el radicalismo contra el acuerdo del Teatro Colón, cuya firma hace cinco años, muchos celebramos.
El Colombiano, 28 de noviembre
jueves, 25 de noviembre de 2021
Graham Nash, Myself at Last
Yo mismo al fin
lunes, 22 de noviembre de 2021
Deslustre presidencial
La curtida periodista María Isabel Rueda se preguntó si el gobierno de Iván Duque era el peor de la historia republicana del país (“Duque: ¿el peor gobierno de la historia?”, El Tiempo, 14.11.21). La pregunta por sí misma es elocuente, pero es fácil e inútil. La cuestión difícil es saber cuál es el segundo: ¿Mosquera? ¿Marroquín? ¿Abadía? ¿Gómez? El tema útil es comprender cómo fue posible que un individuo cuyo perfil apenas daba para ser un viceministro pasable llegara a la Casa de Nariño y cómo evitar que suceda en el futuro.
La primera respuesta de cualquier politólogo señalará la crisis de los partidos políticos. En lo tocante a la administración pública los partidos cumplían la función de seleccionar sus mejores cuadros. Los partidos llevaban a cabo el filtro meritocrático propio de la política: compromiso ideológico, lealtad, trabajo organizativo y propagandístico, experiencia, conocimiento físico de la gente y el país. De esta manera el partido se convertía en un postulante creíble y respetable; por ello, insignes desconocidos para la ciudadanía podían obtener la candidatura con probabilidades de ganar. A su vez, los partidos le ofrecían al presidente electo una variada nómina de posibles altos funcionarios; nada de familiares, compañeros de universidad o amigos del alma.
Pero la crisis de los partidos, creo yo, está poniendo en cuestión el diseño electoral. Me explico. Anticipando el final del bipartidismo se creó el sistema de dos vueltas que permitía la competencia multipartidista en la primera, obligaba a coaliciones en la segunda y garantizaba triunfadores de mayorías. Sin partidos, la primera vuelta se está convirtiendo en un juego caótico y la segunda en un escenario indeseable, de terror. Se vio en Perú, entre Fujimori y Castillo, hacia allá puede ir Chile, entre Boric y Kast, o, retrospectivamente, así fue Colombia en el 2018; lo que pone al ciudadano en la tesitura de escoger su propio veneno.
Las decisiones tomadas por una ciudadanía desconcertada por el caos y el miedo arroja el resultado de entronizar como líderes a pigmeos como Bukele, Castillo o Duque, tras lo cual cualquiera se siente con carta blanca para lanzarse, al fin y al cabo no se pierde nada y se puede ganar todo; en parte esto explica porque superamos el medio centenar de precandidatos.
El lío es que, una vez consumada la elección, la ciudadanía y las instituciones pueden perder toda capacidad de controlar al poder ejecutivo como pasó en Nicaragua y Venezuela, o entrar en una situación prolongada de inestabilidad como ha pasado en Ecuador y Perú. En el caso colombiano, el problema está en el congreso y la ineficacia de la ley de bancadas y del estatuto de la oposición, que se derrumban ante la feria de puestos y contratos; y en la inercia gobiernista de los poderes civiles que temen a todo cambio.
El Colombiano, 21 de noviembre.
viernes, 19 de noviembre de 2021
Revista de Occidente: El futuro de la confianza
Revista de Occidente, con los mismos objetivos que guiaron en 1923 a su fundador, José Ortega y Gasset y continuamente renovados, atendiendo a los temas de nuestro tiempo, es hoy un espacio cultural que, mes a mes, recoge lo más relevante del pensamiento, la ciencia, la creación plástica, literaria, cinematográfica y audiovisual. Publicación de referencia en España y Latinoamérica, goza de una amplísima difusión en los círculos universitarios de todo el mundo.
Jorge Giraldo: "La confianza en Iberoamérica".
jueves, 18 de noviembre de 2021
lunes, 15 de noviembre de 2021
Enfermedades del corazón
Una de las oleadas académicas del siglo XXI es la que representa el interés por el comportamiento humano. Científicos sofisticados e investigadores acuciosos tratan de explicar e intervenir, con el bien en mente, en la conducta de individuos y grupos. Se dice, y se sabe, que somos una especie que no actúa muy bien y se propaga mucho; un virus, como dice, el casi legendario agente Smith. Algunas tipologías de mala conducta están bien identificadas en la inteligencia y el habla populares. Me referiré a algunas de ellas sin ánimo exhaustivo. E invito a los lectores a que enriquezcan la lista.
A principios del año pasado —es decir, antes de la nueva era— hablé de la morronguera que consiste en ocultar las verdaderas intenciones que se tienen para obtener propósitos indeclarables; una de la expresiones de la malicia, endilgada de forma racista a los indígenas, que puede ponerse al lado del ventajismo, ese rasgo inocultable de las personas que tratan de sacar provecho de cualquier circunstancia. Lo que en el campo llaman “la del azadón”: todo pa’cá nada pa’llá. En este pequeño grupo puede entrar la conchudez. Los conchudos son más numerosos, me parece. Son básicamente los sinvergüenzas, por eso les decimos también descarados; a estos se les atribuye con más precisión el aprovecharse de los demás o perjudicarlos. Soy consciente de que la cultura mafiosa y el capitalismo salvaje ampliaron enormemente las especializaciones en esta materia.
En estos tiempos exacerbados están pululando los exponentes del gadejo. Aunque la expresión parece ser marca registrada colombiana, la conducta es bastante universal. Todos sabemos que es un acrónimo de las ganas de joder por lo que puede sufrir de polisemia, pero en nuestra tierra joder es molestar, entorpecer, fastidiar. El cansón es una versión ligera y muchas veces necesaria de este sujeto que no sé cómo llamar. Ladilla, cirirí, se les decía a veces en otro tiempo, pero me niego a insultar a los animalitos. Los contrarios perfectos del gadejo son los lambones, llamados más sonoramente en la sabana cundiboyacense como sacamicas; un espécimen que puebla en exceso los círculos gubernamentales, periodísticos y corporativos. ¿Cuál de los dos es más dañino? Depende de las circunstancias. El gadejo es irritante a primera vista, pero cuando la lambonería se asienta por su uso sistemático… ¡ay Dios!
En círculos más cerrados y personales conocí otros males. El sacaculismo, palabra cuyo origen no requiere explicación. Ahora bien, hay dos tipos de sacaculistas. Uno es que el que no asume sus responsabilidades, bien pintado en la canción de Daniel Santos: “Yo no sé nada, yo llegué ahora mismo; si algo pasó, yo no estaba allí”. El otro es el que no se compromete con nada. Me queda el nimierdismo. Breve, no le importa nada, no respeta a nadie, todo le da lo mismo.
El Colombiano, 14 de noviembre
lunes, 8 de noviembre de 2021
Desayuno imprevisto
Por cuenta de una larga secuencia de casualidades desayunamos juntas tres personas disímiles, aunque con perspectivas comunes: un periodista venezolano, un ilustre bogotano y yo. El periodista lleva casi diez años de exilio —una de las peores tragedias humanas—, sufriendo a Bogotá como cabal caribeño. Al capitalino lo llamo ilustre porque lo es y cumplía en la mesa la antigua fórmula de ser mayor en edad, dignidad y gobierno. A mí me tocó cumplir el papel de enlace entre desconocidos.
El periodista estaba interesado en contar sus proyectos y recabar en información colombiana para alimentarlos. Pensando en el horizonte de un año, nos recordó que en octubre de 2022 se cumplirá un año de la marcha sobre Roma que abrió el camino al fascismo italiano y quiere explorar la influencia del fascismo en América Latina, que no ve en Venezuela ni México y que le parece abunda en Colombia. Está pensando en la historia y la literatura, por supuesto, pero siempre es difícil de evitar la sombra del presente.
Nuestro ilustre acompañante intervino para hacer un comentario introductorio a lo que llamó, no estoy citando, el amor por la tiranía, ese afecto tan común en la historia de la humanidad pero que nos luce tan extraño a los colombianos, al menos históricamente. Le asombraba dijo, el gusto que la gente le estaba tomando al autoritarismo, soltó algunos nombres que fueron seducidos por Mussolini y se lamentó de no tuviéramos buenos trabajos sobre el primer tercio del siglo XX. No recuerdo cómo hiló sus palabras para afirmar que la aristocracia bogotana estaba en desbandada, es decir, que no se juntaba como era costumbre para discutir e intervenir en los problemas del país; solo se ven para jugar golf, dijo.
Esto me llamó la atención. Uno no siempre puede escuchar testimonios sinceros de primera mano de lo que pasa en estos segmentos de la sociedad. Me parece muy grave que grupos sociales con poder se desentiendan de lo público porque creo, con gran parte de los sociólogos y en contra de los demagogos, que la historia la hacen las minorías. Lo que contó me alarmó más. Habló de sus amigos bogotanos y caleños que ya tienen preparada su pista de aterrizaje en Estados Unidos esperando quién sabe qué. Renunciando a luchar por un país mejor y dedicándose a empacar maletas para salir; palabras mías, no de él.
Nuestro comensal venezolano callaba y escuchaba, nos miraba alternamente, a su plato y al techo. “Así empieza todo”. El ilustre bogotano no quiso suponer nada y preguntó. Él respondió que así empezó en Venezuela. La élite empieza a desocupar y va dejando sola a la ciudadanía en manos de la nueva dirigencia. Parodiando a un antiguo político, los cataclismos políticos suceden cuando los que mandan pierden el interés y la voluntad.
El Colombiano, 7 de noviembre
domingo, 7 de noviembre de 2021
Caballero Argáez sobre "Democracia y libertad"
‘El propósito nacional’
Por: Carlos Caballero Argáez
El Tiempo, 6 de noviembre 2021
Difícil recordar una situación de tanta incertidumbre con respecto al futuro como la que se respira en la actualidad. La insatisfacción con el proceso político conducente a las elecciones del año próximo es muy grande. Hay no sé cuántos precandidatos y candidatos, pero casi nadie sabe qué piensan, ni qué proponen.
Jorge Giraldo Ramírez es un sobresaliente intelectual antioqueño, filósofo y profesor emérito de la Universidad Eafit. El año pasado publicó el libro Democracia y libertad (Lecturas Comfama), con el objetivo de traer al debate público la preocupación de hoy en día en el mundo sobre la vigencia de la democracia como sistema de gobierno. Como lo escribe en la introducción, "las fuerzas políticas tradicionales en Occidente, esto es, el liberalismo, el conservatismo y la socialdemocracia, han mostrado poca capacidad de reacción y no muestran imaginación ni creatividad para elaborar propuestas renovadoras y atractivas para el electorado". Tal cual lo que está sucediendo en Colombia, en donde los partidos no tienen candidatos y los candidatos no quieren tener nada que ver con los partidos.
Siendo un personaje inquieto y preocupado por el futuro, mientras armaba su libro Giraldo se topó con el discurso de Alberto Lleras Camargo titulado 'El propósito nacional', pronunciado en diciembre de 1959 ante los miembros de la Sociedad Económica de Amigos del País, en el cual se preguntó "hasta qué punto la política interpreta y decide el propósito nacional". Decidió, entonces, incorporarlo en el libro, para enorme fortuna de sus lectores. Allí, Lleras advirtió que si la respuesta a su interrogante es que la política no interpreta el propósito nacional, "se convierte, con rapidez prodigiosa, en una rutina, en una repetición oscura de actos cuyo origen y objetivo escapan totalmente a quienes los ejecutan y a quienes los presencian".
Es la descripción perfecta de la situación de la campaña por la Presidencia de la República, convertida en la rutina de cada cuatro años para cumplir por cumplir con el rito de la democracia, sin que los muchos interesados en conseguir los votos ofrezcan a los electores una visión de futuro que traduzca un propósito nacional. No sorprende, por tanto, la apatía de los colombianos, reflejada en las encuestas, en las cuales no aparece la inclinación del público por candidato alguno, excepción de aquella por el candidato puntero, cuyo propósito, ese sí, es borrar la historia y lanzar el país al vacío.
A pesar de que la forma de gobierno en el país obedece a los conceptos prevalecientes en la cultura occidental, para Lleras, "la democracia, sin unas instituciones que el pueblo quiera, defienda, respete, entienda y utilice, es un gran artificio y está sujeta a los más graves peligros". El pesimismo de los colombianos en la hora actual, que se expresa también en las encuestas, es un mal augurio. No hay una institución que concite el cariño de la población ni un individuo cuyo nombre merezca su aceptación, sino un peligroso vacío. Y, de acuerdo con el mismo Lleras, "la política tiene, como se decía de la naturaleza, horror al vacío”.
* * * *
El país atraviesa una de las más graves y complejas situaciones de su historia. No es solamente una crisis económica. La pandemia exacerbó los problemas sociales que ya existían y los desnudó. Es posible encontrar soluciones para resolverlos. Pero no saldremos de la crisis sin la acción política. Y esta pasa por decidir un propósito nacional, una visión de la sociedad en la cual vivan nuestros nietos.
"Una nación sin propósito es una nación que vive solo en el día a día", escribe Jorge Giraldo en la presentación de su libro. Así, ni el país ni la vida tienen sentido.
viernes, 5 de noviembre de 2021
Entrevista en Contexto
Populismo, política y elecciones presidenciales, una charla con Jorge Giraldo Ramírez.
El poder carismático es una crisis del poder
–Norbert Elias, La Sociedad Cortesana
Me encuentro en un coloquio internacional con Jorge Giraldo Ramírez, uno de los más importantes pensadores e intelectuales de Colombia. Doctor en filosofía, ex decano de Humanidades de Eafit, y ahora profesor emérito, Giraldo es un observador agudo, disciplinado, nada pretencioso y conocedor como ninguno de la política colombiana que integró la Comisión histórica del conflicto y sus víctimas, establecida en el marco del Acuerdo General para la Terminación del Conflicto entre el Gobierno de Colombia y las Farc. Es también autor, entre otros, de los libros El rastro de Caín: guerra, paz y guerra civil, Guerra civil posmoderna, Populistas a la colombiana, y Democracia y libertad.
lunes, 1 de noviembre de 2021
Errores y crímenes
La distinción entre responsabilidad y culpabilidad legal debe conservarse tanto en el plano ético como en el político, sobre todo teniendo en cuenta la confusión que reina en los tiempos que corren. Incluso en algunos casos de culpabilidad legal existen atenuantes que permiten establecer matices en la sindicación y en la aplicación de la pena. En el mundo de la administración pública —más aún en el de la política— la distinción es más necesaria, aunque no sea fácil.
Estas observaciones provienen de un artículo reciente sobre los intentos de judicializar a algunos ministros en Francia por el manejo de la pandemia de la Covid-19 (Theodore Dalrymple, “Taking Responsibility for Our Politics”, Law & Liberty, 06.10.21). Se trata de un caso particular en el que se presentan “dificultades enormes e insuperables… dado el estado caótico del conocimiento” del asunto. Hay niveles de conocimiento suficientemente complejos y con resultados impredecibles en algunas decisiones en la vida pública. Por lo regular esas decisiones no corresponden a una persona sino a muchas, que incluyen expertos, consultores, entes externos o de control que fijaron parámetros previos, organismos o personas con ascendiente jerárquico.
El autor sugiere que la pulsión actual por perseguir penalmente a los administradores públicos y a los políticos solo conducirá a que sean los individuos “más psicópatas, narcisistas o despiadados” los que quieran competir por cargos de elección popular o aceptar puestos por nombramiento. En los asuntos en los que no existe culpa legal lo que debe operar es la sanción de la opinión pública y el castigo de los ciudadanos en las urnas.
Creo que, como fenómeno general, estos impulsos cobran fuerza ante una cultura que tiende a exaltar de modo ingenuo el perfeccionismo y a la tesis, promovida por ciertos intelectuales, de reducirle espacios a la política y establecer la preminencia de los jueces en el ámbito público.
En países como Colombia las cosas son más abstrusas y difíciles de resolver. La judicialización de la política empezó por la permeabilidad de la rama judicial y de los órganos de control a la influencia de los políticos tradicionales. Carentes de discurso y argumentos, algunos políticos empezaron a frecuentar los juzgados y los tribunales para intimidar a sus adversarios. En tiempos recientes se ha vuelto más sencillo: convirtieron las contralorías en arma de dotación personal.
El mal que se le ha hecho con ello a la democracia es enorme. Se cercena la política deliberativa y se limita la competencia electoral, además propaga la desconfianza en las instituciones. Piénsese en cualquier caso largo y bien publicitado en el que un administrador público es llevado al escarnio social y luego pasa que, en derecho, resulta absuelto. Es inevitable que en una parte de la opinión quede la sensación de que fueron los jueces quienes actuaron mal, no los acusadores temerarios y malintencionados.
El Colombiano, 31 de octubre.
jueves, 28 de octubre de 2021
30 años de Achtung Baby
No creas todo lo que ves
Basta que cierres los ojos
Para sentir al enemigo
Cuando te conocí
Tenías fuego en tu alma
¿Qué pasó en tu cara
De nieve desleída?
Ahora se ve así
Y puedes tragar
O puedes escupir
Puedes vomitar
O ahogarte
No, nada tiene sentido
Nada parece encajar
Sé que golpearías
Si supieras a quien golpear
Y me uniría a un movimiento
Si hubiera uno en el que pudiera creer
Sí, repartiría el pan y el vino
Si hubiera una iglesia a la cual entrar
Porque ahora necesito
Tomar una taza
Para llenarla
Y beberla despacio
No puedo dejarte ir
Debo ser un acróbata
Para hablar así
Y actuar así
Y puedes soñar
Así que sueña en voz alta
Y no dejes que los bastardos te aplasten
Oh, duele
(Que vamos a hacer ahora que todo está dicho)
(No hay nuevas ideas en casa y se han leído todos los libros)
Puedes soñar
Así que sueña en voz alta
Y puedes encontrar
Tu propia salida
Puedes construir
Yo puedo hacerlo
Y puedes llamar
Puedes esconderte
O puedes aprovechar
En los sueños comienzan
Las responsabilidades
Yo puedo amar
Sé que la marea está cambiando
Así que no dejes que los bastardos te aplasten
lunes, 25 de octubre de 2021
Patriotismo solidario
Hace 25 años el economista y filósofo Philippe van Parijs formuló una serie de estrategias para afrontar los retos de la libertad y la igualdad en las sociedades capitalistas globalizadas. Una de ellas es el patriotismo solidario. ¿Por qué se necesitaría un patriotismo? ¿Por qué debería ser solidario?
Las fuerzas de la globalización ofrecen fuertes incentivos económicos para que el capital busque salarios precarios, impuestos bajos, menores restricciones de recursos; a los consumidores les permite más variedad en la oferta, precios baratos, ahorros más rentables. En un mercado global, el capital y el consumo se comportan de manera oportunista; no todos pueden hacerlo, pero los que pueden lo hacen. Las personas y organizaciones que actúan guiadas por el puro cálculo económico y el oportunismo subvierten el orden democrático y sus iniciativas sociales. Aquí deberían entrar en juego otro tipo de motivaciones: sentirse parte de una comunidad, compartir una historia y un futuro, contribuir a la construcción de una sociedad decente con instituciones decentes. A eso se le llama patriotismo.
Ese patriotismo es solidario porque hay variables políticas, éticas y sentimentales que se deberían tener en cuenta para tomar las decisiones económicas. El patriotismo incluso puede justificarse desde una narrativa más materialista, como lo vio Alexis de Tocqueville en Estados Unidos: va en beneficio propio actuar en pro del interés de los demás. La forma tradicional de controlar estas tendencias, de carácter coactivo y meramente económico, es el proteccionismo que beneficia al productor ineficiente con influencia política y castiga al consumidor y otros sectores económicos como el comercio o el trasporte internacional. Por ello, el proteccionismo no es patriótico, como dicen nacionalistas y populistas.
Es patriotismo solidario invertir en la región en la que se vive (aunque los rendimientos sean menores), pagar los impuestos en el país del cual se hace parte (así sean mayores), fijar la residencia principal en el lugar de origen, hacer uso cotidiano de la lengua y los objetos culturales vernáculos, entre ellos las tradiciones y los ritos. Comprar a los productores locales, demandar los servicios que prestan los connacionales, animar las expresiones propias y apoyar el talento criollo, defender las instituciones que encarnan el esfuerzo de nuestra comunidad y que le devuelven a ella sus beneficios, es patriotismo solidario.
La filantropía no tiene nada que ver con el patriotismo solidario. La filantropía es como mandar la limosna por correo sin creer en Dios ni participar en la Iglesia, porque la solidaridad se alimenta de lo que llamo las prácticas de cercanía. Las primeras preguntas que deben hacerse es si una institución fomenta los contactos personales entre diferentes, qué tantos proyectos colectivos entre distintos impulsa, qué tanto integra personal, social, territorial y simbólicamente.
Un detalle. El subtítulo del libro de Van Parijs es Qué puede justificar al capitalismo (si hay algo que pueda hacerlo).
El Colombiano, 24 de octubre
miércoles, 20 de octubre de 2021
lunes, 18 de octubre de 2021
Solidaridad
Reventaron los Pandora Papers, como antes los Panamá Papers y mañana los Petro Papers, digo yo, porque cada que sale una encuesta con Petro arriba un puñado de adinerados corre a llevarse la plata del país y se apura para conseguir pronto otra nacionalidad con la cual arroparse. En Pandora aparecieron los expresidentes Gaviria y Pastrana, y cuatro funcionarios del gobierno de Duque, la vicepresidente, la ministra de transporte, el embajador en Chile y el director de la Dian (“Estos son los colombianos en los Pandora Papers”, El Colombiano, 03.10.21).
Estas prácticas son un peligro para la democracia, un sistema que se basa en una identidad, la equidad y un destino común, todo aquello que Aristóteles llamó la “comunidad de vida”. Por eso es particularmente grave que políticos profesionales y funcionarios públicos recurran a esos mecanismos. Algunos empresarios (Gilinsky, Sarmiento) simplemente pelan el cobre. Y la respuesta que ofrecen —cuando la ofrecen— solo empeora las cosas. César Gaviria, por ejemplo, se escudó diciendo que su operación era legal.
La profesora de Columbia Katharina Pistor observó al respecto que “cuanto más insistan las élites ricas y sus abogados en que todo lo que hacen es legal, menos confiará el público en la ley” (“The Pandora Papers and the threat to democracy”, Project Syndicate, 12.10.21). Añade que están olvidando que su riqueza fue posible gracias a la confianza en la ley, y que el deterioro de la confianza pública no fácil de subsanar. Pues la confianza, aunque no aparezca en los balances anuales, sigue siendo el principal activo de la empresa privada.
Siendo esto cierto, el problema más profundo quizás sea que estas élites, de antemano, han “roto prácticamente todos los lazos de solidaridad con las sociedades en las cuales habita” (Juan Carlos Flórez, “La élite María Antonieta y los Pandora Papers”, Semana, 09.10.21). Colombia se ha caracterizado por un débil sentido nacional y los responsables de construirlo hacen poco por fortalecerlo. Entre ellos, algunas franjas intelectuales que alucinan con las teorías cosmopolitas.
La solidaridad —fraternidad en el lenguaje de los republicanos del siglo XVIII— es uno de los pilares de la democracia, junto con la libertad y la igualdad. Y como estas, se trata de un programa, un objetivo, pero también de un ejercicio, de una práctica. Una práctica que depende menos de la bondad o de la generosidad o del discurso edificante que de la vivencia y la conciencia de ser prójimos. Prójimo es el cercano, aquel con quien compartimos la vida, sus problemas y alegrías, sus retos y calamidades.
Las prácticas de cercanía no existen ya entre las clases altas y se están deteriorando a pasos agigantados en las medias. Sin una sólida comunidad de vida el ejercicio de la solidaridad es más arduo. Gobernantes y empresarios deberían demostrar que están haciendo ese esfuerzo.
El Colombiano, 17 de octubre
lunes, 11 de octubre de 2021
El afanado
La estupefacción que reina en Medellín es inédita; al menos en lo que concierne a mi memoria. Aun si hacemos caso omiso del narcicismo regional que supone que aquí los políticos no han robado en distintas formas a lo largo de los tiempos, lo que estamos presenciando sigue siendo sorprendente.
Nos habíamos acostumbrado al clientelismo como un mal menor e, incluso, necesario. Cínicamente el exgerente del Banco de la República Miguel Urrutia Montoya se atrevió, hace 30 años, a sostener la tesis de que el clientelismo era una forma de política social. De haberlo sabido, Hugo Chávez lo habría condecorado. Después incorporamos al folklor regional expresiones como la que le escuché a un taxista de Envigado: “aquí roban pero también hacen”; o motes legendarios como Luis 15, así en números arábigos, el signo % se sobreentendía.
Es que aquí los corruptos han sido parsimoniosos. Primero porque tienen un sentido de carrera profesional; hay futuro, hoy concejal, mañana congresista, pasado otra cosa. El hurto continuado es más astuto. Segundo porque conservan un instinto político. La política requiere legitimidad, no se debe pelear con todo el mundo al mismo tiempo, no se debe tumbar a todos a la vez.
El estupor proviene del hecho de que Daniel Quintero quebrantó las reglas del político profesional malvado. Ya no queda sector de la vida pública sin escándalos: Hidroituango era la excusa demagógica, después vinieron los sectores de ambiente, niñez, salud, cultura, innovación, comunicaciones (ya viene tránsito). Todo esto en compañía de una camada de funcionarios cuyo lema es “hacer caso”, como dijo esta semana el gerente de Telemedellín. Que hay que hacer, diga no más. Como el lema de la Fábrica de Licores, “pa’las que sea”. La legitimidad no le interesa; gobierna con una corte burocrática traída de otras regiones y cuando acabe el periodo se irán todos, incluyéndolo, a vivir a otra parte.
Mi intuición es que Quintero tiene mucho afán y que ese afán se debe a que quiere jugar duro en las elecciones a congreso y, quizás, en las presidenciales. Poner una cuota grande en burocracia y dinero implicaba actuar a las malas, sin disimulos. Es posible que les cueste unas cuantas sanciones a él y a los que le “hicieron caso”, pero casa-finca por cárcel en el peor escenario no parece un disuasivo en esta época. Lo que no está claro es quiénes serán los beneficiarios. Iván Darío Agudelo, León Fredy Muñoz, un conservador solapado, casi seguro. ¿Y en las presidenciales?
Pacífico 1: El concesionario que suele ser correcto en el suroeste, dejó la vía intransitable entre Amagá y Salinas. Tres horas y más para transitar cinco kilómetros les costó a quienes retornaban el domingo 3 de octubre a Medellín. ¿Y saben qué? La gente tuvo que pagar el peaje como si no pasara nada.
El Colombiano, 10 de octubre
lunes, 4 de octubre de 2021
Darle las llaves al ladrón
La gobernabilidad en Colombia ha dependido históricamente de las transacciones entre el poder estatal radicado en Bogotá y los poderes concretos de las regiones. Ciertos márgenes autónomos a algunos departamentos, la entrega de funciones administrativas a élites regionales, la negociación cotidiana con los congresistas, todo eso hizo y hace parte de esos intercambios. Esos acuerdos se basan en el respeto la iniciativa presidencial y de la legalidad. El ejecutivo sí tiene la obligación de mantener a raya los apetitos de sus socios y de impedir que conviertan el servicio público en un latrocinio. Así fue hasta que Julio César Turbay inauguró la doctrina de mantener la corrupción en sus justas proporciones.
En situaciones de crisis, lo que hacen los gobernantes es dejar que otros roben: los congresistas y los jefes políticos locales, habitualmente. Ni siquiera de Ernesto Samper —el padre de la quiebra moral del país, si hay alguno— se puede decir que robara. De Gustavo Rojas Pinilla se dijeron muchas cosas (ciertas deben ser algunas), porque como advenedizo no gozaba de fueros. Fueron los nietos de Rojas, con el voraz carrusel de la contratación, los sorprendidos con las manos en la masa.
Acá entran los hechos insólitos por los cuales este gobierno les entrega las llaves a los ladrones. Nos estamos enterando de que algunos involucrados en el escándalo del ministerio de las telecomunicaciones ya figuraban en los expedientes que llevaron a los hermanos Moreno Rojas a la cárcel (si es que están presos). Al menos cuatro individuos habían sido condenados, entre ellos el célebre Emilio Tapia, que licitó con el gobierno nacional y con varias alcaldías desde la cárcel. Aun así, el congreso hizo la vista gorda con la ministra y algunos columnistas sin vergüenza salieron en su defensa.
Como no pasa nada y los fusibles ya están quemados, el presidente de la república siguió orondo. Su propuesta de modificar la Ley de Garantías y permitir la contratación pública en medio de las elecciones no es otra cosa que darles licencia a alcaldes y gobernadores para intervenir con los dados cargados en las campañas para congreso y presidencia. Imaginen los lectores antioqueños los niveles que alcanzaría el festín que está haciendo Daniel Quintero en Medellín y piensen un momento en quiénes serían los beneficiarios del mismo.
A Duque los juristas le dicen que su propuesta es inconstitucional (Luis Fernando Álvarez, “Presupuesto y ley de garantías”, El Colombiano, 24.09.21); el expresidente Álvaro Uribe le pidió “no derogar ley garantías. Protejamos la honra del Gbno.” (“Álvaro Uribe frustra el plan de Duque de tumbar ley de garantías”, La silla vacía, 28.09.21). El presidente no ve, es sordo o no entiende.
Iglesia de San Ignacio: un anticlericalismo ingenuo y farandulero se organiza para asaltar actos religiosos y dañar el patrimonio histórico. Retorno a prácticas inútiles y condenables.
El Colombiano, 3 de octubre

