lunes, 17 de agosto de 2020

Laura Montoya en Jardín

El 31 de diciembre de 1908 llegó Laura Montoya a Jardín. Había salido de Medellín el Día de los Santos Inocentes a recorrer el camino real hacia los confines del suroeste. El camino salía de Caldas, hacía travesía hasta el pie del Cerro Tusa para bajar al Cauca y después subir a Jericó, rematando la segunda jornada. La belleza de la tercera debía hacer más dulce el viaje, pues se remontaba por un falso llano el río Piedras hasta Cañaveral para bajar al pueblo desde el Alto de las Flores. Ese recorrido, en doble dirección, lo hizo muchas veces mi abuelo Antonio Ramírez como arriero, trayendo abarrotes, menaje y máquinas y llevando sal, madera y café.

Laura ya era grande en varios sentidos pues tenía 34 años, que eran un jurgo en esa época, y el volumen de su figura ya la destacaba en las comitivas y hacía sufrir a las mulas. Venía a Jardín, usando uno de los tantos ardides que desplegó en su vida, para pasar de huérfana deambulante en Antioquia a santa con trono en Roma. El párroco Ezequiel Pérez la había cuenteado ese mayo previo, en Medellín, para que se viniera a fundar un colegio a Jardín, pues ya tenía fama como educadora. Y ella se animó, pero por otra razón. Describiendo la región, el cura había mentado unos indios y por esos días la maestra ya se estaba obsesionando con una ley cuya ejecución el gobierno le había entregado a la iglesia y de la que esta se desentendía, quizá porque era más fácil evangelizar a los negros.

El padre Pérez organizó recepción con los principales del pueblo. Uno puede imaginarse la ilusión del encuentro y el chasco posterior cuando Laura les dijo que lo suyo no sería educar pueblerinos sino civilizar indios. Debe protegerlos en sus memorias cuando dice que la disculpa que le sacaron era que eso quedaba muy lejos y el camino era peligroso “aun para hombres esforzados”. Pero cambiar blancos por indios, pueblo por selva, camino real por desecho, debió ser incomprensible.

¿Quién la ataja? Arma el viaje hacia Guapá guiada por baquianos que minean en el alto San Juan y se van a buscar el Dojurgo. El segundo día emprenden la subida al Paramillo entre palosantos y magnolios, en la vereda que hoy se llama La Mesenia. La marea la escasez de oxígeno y se pone morada, pero pasando el filo ve a los primeros indios y le vuelve el alma al cuerpo. Cuando llega al Chamí hace migas con el principal indio Camilito Yagarí y allí toma la decisión existencial de consagrarse a esa causa. El Paramillo fue el Rubicón de santa Laura Montoya.

(La cuarta versión de Narrativas Pueblerinas debía haberse realizado este fin de semana en Jardín; pronto se fijará la nueva fecha.)

El Colombiano, 16 de agosto

Antonio Ramírez por María Elena Giraldo


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