Jorge Giraldo: "Epílogo: Dar un paso al frente".
El Odiseo de Christopher Nolan no parece un hombre afanado por volver al hogar, en ciertos momentos, incluso, parece renuente y, sin embargo, siempre está dando la impresión de que es su deseo y su propósito.
Una vez destruida Troya, Odiseo se opone a la sensata recomendación de Euríloco acerca de navegar en la estela de la flota de Agamenón pues sigue ruta conocida, con abastecimiento seguro; apartarse de allí es un riesgo. Odiseo le responde con el argumento flojo de que ya está cansado de seguir al rey argivo y añade una perspectiva ilusa: “con un poco de suerte y buen viento veremos algo de mundo, y aún podríamos llegar a casa antes que él”.*
Son dos mujeres quienes enfrentan a Odiseo en su autoengaño y le cuestionan la sinceridad de su deseo de volver a Ítaca. La ninfa Calipso admite que el loto “nubla la mente y debilita la voluntad”, pero niega que eso conduzca a la pérdida de la personalidad, al olvido de sí mismo, dando a entender que el hogar hace parte del sí de uno mismo. De lo que se trata, le dice a Odiseo, es de que, “por cualquier razón, no estabas listo para volver a casa”.*
Si Calipso deshace el pretexto odiseico de estar atado en contra de su querer, Atenea, por su parte, desarma la justificación del deber. Odiseo dice estar haciéndose responsable de los hombres bajo su mando, da a entender que esa es su primera obligación. Atenea lo controvierte: “Y tú, ¿bajo el mando de quién estás? ¿Por qué te pones por encima de los dioses? ¿Por qué apelas a la responsabilidad? ¿Por qué no quieres volver a casa?”.*
Dante va más allá que Nolan puesto que, según él, Ulises no solo asumía el retorno a casa con desgano sino que realmente quería otra cosa, quería ir hasta las columnas de Hércules, explorar el mundo, perderse más allá de lo conocido (Infierno, XXVI). Este es uno de los rasgos modernos que Andrea Marcolongo encuentra en el Odiseo de Nolan, el afán de proseguir, acelerados, escapando también de nosotros mismos:
Nuestra época sabe mucho de partidas. Nos han enseñado a irnos, a empezar de nuevo. Cambiamos de ciudad, de país, de trabajo, de pareja; somos capaces de llevar una vida entera dentro de un teléfono y una maleta de cabina. Hasta nuestro vocabulario sentimental está lleno de puertas que hay que cerrar, páginas que hay que pasar y naves que hay que quemar. Siempre hacia delante. Como si volver fuera una derrota.**
Época de desarraigo material y espiritual.
La experta italiana subraya la importancia de volver a los clásicos, como ya había hecho con La Eneida en El arte de resistir (2023). Los clásicos, entre tantas otras cosas, pueden ayudarnos a reconstruir nuestro modo de vida:
La Odisea cuenta algo mucho menos moderno y quizá por eso más necesario. Su héroe no quiere convertirse en otra persona. Quiere volver a ser quien era. No busca una tierra mejor, sino una isla pequeña, áspera y pedregosa que es suya. Ítaca no es el mejor lugar del mundo. Es, sencillamente, el lugar donde su viaje puede terminar.**
Las vacilaciones que Nolan pone en Odiseo escenifican de cierta manera la tensión entre el impulso moderno que ya estaba en Dante y la solución homérica del retorno efectivo a Ítaca, al hogar.
* Christopher Nolan (2026). The Odyssey: the complete screenplay. New York: Faber. Traducción propia.
** Andrea Marcolongo (2026), “Un verano con Homero”, El País, 22.08.26.
Entrevista para Revista Comfama, No. 519, agosto de 2026.
El trabajo: una necesidad humana
Jorge Giraldo, doctor en Filosofía y escritor nos comparte una mirada sobre el trabajo desde la filosofía: un recorrido por sus raíces, su sentido y los desafíos que enfrenta en el mundo de hoy.
En La odisea de Christopher Nolan —dejemos de lado el asunto baladí de si es la misma de Homero— hay dos conversaciones cortas entre Atenea y Odiseo, en dos momentos distintos de la película. En la primera Odiseo pregunta afirmativamente: “¿Por qué no pueden hablar los dioses de manera que los podamos entender?”. En la segunda conversación Odiseo simplemente reprocha: “Ustedes, dioses, no hablan de manera comprensible”.*
La primera respuesta de Atenea se inclina hacia la voz de la naturaleza: “¿Quién no entiende el trueno o el fuego? ¿Quién no entiende la sonrisa de un niño? ¿Quién no entiende una buena cosecha?”. La segunda respuesta se circunscribe al clamor del sufrimiento humano: “¿Quién no entiende el dolor? ¿Quién no entiende la sangre o la muerte?”.
La idea de que la naturaleza habla es antigua y ha sufrido transformaciones desde que Aristóteles elevara el lenguaje de la naturaleza al rango de ley hasta hoy cuando los científicos han desarrollado dispositivos sofisticados para escuchar detalles impensados de las manifestaciones naturales.
Un terremoto como el del 10 de agosto, por ejemplo, le dice cosas diferentes a los geólogos, a los ingenieros sísmicos, a los diseñadores de políticas públicas. Cosas que no todos alcanzamos a entender y que ellos nos pueden explicar. El terremoto habla de un tipo de constructores civiles que medran en el negocio inmobiliario, de las capacidades estatales, de las aptitudes gubernamentales, de solidaridades e indiferencias. También habla la naturaleza cuando anuncia un fenómeno como El Niño y los meteorólogos escuchan, la gente en las ciudades solo piensa en el calor y los nuevos habitantes del campo no captan el mensaje sobre el futuro próximo.
El sufrimiento, el temor, el silencio de las personas singulares también hablan, pero muchos solo entendemos, si acaso, el momento fugaz, la reacción anecdótica, y perdemos el sentido profundo que hay –dice la Atenea de Nolan- en el dolor, la sangre y la muerte, pues escuchar hoy es difícil: entre tanto ruido las señas divinas se pierden.
* Christopher Nolan (2026). The Odyssey: the complete screenplay. New York: Faber. Traducción propia.
Hace más de dos siglos el pionero de los estudios sociales entre nosotros, José Manuel Restrepo Vélez, terminaba su Ensayo sobre la geografía con un par de anotaciones sobre el deber del estudioso y, por extensión, del intelectual público —la redundancia es intencional— y sobre el riesgo al que se sometía en esta región, en caso de cumplir con esa responsabilidad, con ese valor epistémico y también moral.
Siguiendo el ideal de la Ilustración, el deber consistiría en observar los puntales de la civilización y convertirlos en guías para la orientación de nuestra sociedad, en pauta normativa para un proyecto de nación republicano, orientado a la libertad, la educación y el bienestar, lo cual —decía— no era tarea fácil en un pueblo “tenazmente asido a las costumbres de sus mayores poco ilustrados”.
A Restrepo le pareció, ya en 1809, que una de las mayores dificultades de esa tarea de la dirigencia política e intelectual en esta región era enfrentarse “a los delicados espíritus de muchos antioqueños”, cerrados a toda objeción, sordos a toda crítica; cerrazón y sordera que no permanecen pasivas sino prontas al amago violento, como sabemos al menos desde los tiempos de La marquesa de Yolombó. “El verdadero patriotismo no consiste en tributar a su país vanos y pomposos elogios sino en inculcar verdades útiles”, dijo.
Doscientos años largos después vale la pena preguntarse si la academia y la intelectualidad están cumpliendo con los deberes de la crítica, la inconformidad, la disidencia, máxime en momentos en los que, como creo, Medellín y la región central de Antioquia están sufriendo un retroceso civilizatorio. Tengo mis dudas, muchas dudas. De lo que sí podemos estar seguros, y cada día que pasa nos lo confirma, es que el regionalismo cerril y autocomplaciente, que aquella susceptibilidad que vio Restrepo, vive un momento de paroxismo. Mal ambiente para las ideas, la creatividad, la ciencia y la cultura.
En el marco de la conmemoración de los trescientos cincuenta años de la fundación de Medellín, la Cátedra Luis Ospina Vásquez recibe a dos intelectuales que cumplen ese deber y asumen ese riesgo: Marta Inés Villa y Efrén Giraldo.
Narrativas Pueblerinas informa a las comunidades de Andes y Jardín, así como a todas las personas interesadas que, por decisión de la administración municipal, la décima versión Andes: arte, naturaleza, periodismo y nadaísmo NO SE EFECTUARÁ este fin de semana (14 al 16 de agosto) como estaba previsto.
Lamentamos esta decisión tomada a pesar del visto bueno de la inspección de infraestructura al Teatro Municipal y de que los establecimientos comerciales y hoteleros, así como la infraestructura vial y de comunicaciones del municipio están funcionando con normalidad.
Haremos lo posible por programar de nuevo este encuentro de la literatura y el arte, que celebra nuestra región y busca alentar el florecimiento cultural y espiritual de nuestra gente.
¡La belleza es una necesidad básica del ser humano!
Jardín, 12 de agosto de 2026.
El libro se titula Jardín: la mirada amorosa, adoptando una frase del escritor Mario Escobar Velásquez e insinuando un tema literario que está por explorarse de manera más consciente.
Textos incluidos:
Introducción y edición:
• Jorge Giraldo
Ilustraciones:
Diseño:
• Carlos Giraldo Orozco
Las montañas azules
Se trata de un ensayo de acaso unas cien páginas. Es narrativo, meditativo y evocador. Escrito desde la experiencia del que ha contemplado pacientemente y del que aún se permite la alegría de seguir mirando y callando con gusto y misterio; armado cuidadosamente en sus partes gracias al entrenamiento de un admirable investigador de la sociedad, la cultura y la historia del país, que entrega una erudición dosificada, equilibrada, más para sugerir perspectivas y para permitirse los guiños críticos e irónicos. Citará. La montaña, el hogar, de Jorge Giraldo Ramírez (Jardín, 1957), es uno de los ensayos más bellos que se han publicado en Colombia en los últimos años
Felipe Restrepo David, en el Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República Vol. 60 Núm. 110 (2026).
Abelardo de la Espriella es ejemplo de la desfachatez. Su defensa explícita del paramilitarismo, su invitación a que los ciudadanos tomen las armas, su promesa de aniquilar a la izquierda, su alegato contra la ética, su alarde del tamaño de sus genitales y muchas otras expresiones repetidas, insistentes a lo largo del tiempo lo demuestran. No creo que se requiera aquí presentar pruebas, para ello basta leer las investigaciones de Gerardo Reyes.
En tiempos del absolutismo, el filósofo Bernard de Mandeville (1670-1733) sostenía que las fuerzas de contención del monarca absoluto eran el orgullo y la vergüenza. Después, durante las monarquías constitucionales, las democracias, incluso en algunas dictaduras, el orgullo y la vergüenza siguieron siendo observadas por los hombres poderosos, y por eso pudieron subsistir.
En este campo, cultural y moral, sitúa Peter Sloterdijk el ambiente fascista:
El fascismo daba la nota al exhibir más abiertamente que sus competidores, su desprecio por los valores inhibidores pacíficos y formativos. El fascismo es, en efecto, la metafísica de la desinhibición (Sin salvación, 2011).
Sloterdijk se sitúa en el mismo plano de Umberto Eco (1932-2016). El intelectual italiano hizo una lista de las características que podrían “hacer coagular una nebulosa fascista”, entre ellas: el culto a la acción, “el desacuerdo es traición”, el miedo a la diferencia, “la vida es una guerra permanente”, el desprecio por los débiles, el machismo y la transferencia de “su voluntad de poder a cuestiones sexuales”, la antipolítica.
A los desmanes de la desinhibición se opone la emoción de la vergüenza.
Se equivocan quienes creen que daba lo mismo una conservadora como Paloma Valencia y se lanzan por una pendiente resbaladiza quienes creen que las diferencias entre conservadores y fascistas son de grado. Si lo fueran no hubieran existido en Colombia ospinismo y laureanismo, o ahora en Estados Unidos republicanos clásicos como Bush y esa otra cosa que llaman MAGA. La distancia ideológica y de estilo entre los conservadores y el radicalismo de derecha es significativa. Los conservadores de siempre tenían orgullo y vergüenza.
Rara vez Colombia se ha enfrentado a un dilema de este tipo. Algunas veces, como en vísperas de La Violencia, la dirigencia nacional nos lanzó al abismo. Un testigo del acontecimiento explica esa situación:
Este hecho lanza mucha luz sobre el fondo moral de la mayoría de los dirigentes colombianos. No tienen ellos una invisible e impersonal pauta ética, de acuerdo con la cual juzguen imparcialmente los valores humanos y la conducta de los semejantes. En el apasionamiento político aspiran a que todo hecho se tiña con un color sectario, para producir la artificial reacción. No los aterra el crimen como crimen, sino tan sólo el crimen que de alguna manera interesa o afecta a su partido (Abelardo Forero Benavides, Colombia, un drama. Memorias de un pacifista en un país en llamas, 2025).
Si la mayoría de la dirigencia —para continuar la reflexión de Forero Benavides— pierde la vergüenza, el ciudadano singular, el hombre y la mujer medianamente sensibles y reflexivos deben preservarla.
Vuelvo a la filosofía que es mi casa. Bernard Williams (1929-2003) recuerda que la vergüenza como todas las emociones humanas tiene dos caras (Vergüenza y necesidad, 2011) y dice: “La vergüenza buena retiene contra el mal”. El deber hoy es evitar el ascenso al poder de un hombre que amenaza la convivencia, la libertad, la paz y la búsqueda de un orden justo.
Han pasado quince mundiales y casi sesenta años, y en la semana de inauguración no tengo ni un caramelo -lámina, mona, pegatina- del álbum del campeonato mundial de fútbol. No lo tengo ni lo tendré.
Empecé a hacer álbumes a mis ocho años de edad, no sé cómo, ni cuál; probablemente el de Disgra. Las imágenes eran retocadas, en colores inverosímiles y las cabezas de los futbolistas parecían esculturas romanas. Los más pobres los pegábamos con engrudo, aquella mezcla de agua y harina; los más pudientes con goma. El resultado era el mismo: al cabo de los meses las láminas se despegaban, se regaban dentro de las páginas y cualquier movimiento amenazaba descompletarlo.
Con él y otros similares vivimos cuatro mundiales.
Luego llegó 1982 y con él Panini. El primer Panini colombiano fue ese, quizás, aunque la edición en libro de la compilación de los álbumes (Modena, 2006) remonta la publicación internacional a 1970. Panini logró un álbum más imperecedero y comercial. También, al principio, más informativo y más bonito. Mis hijos y yo nos familirizamos con nombres de países, banderas, rostros extraños y apellidos en otros idiomas repasando las páginas de los álbumes.
Panini nos permitió atesorar el objeto y perder las relaciones sociales que incorporaba. Desde 1982 los caramelos valían dinero, antes eran el dinero. Me explico: en mi niñez y juventud las láminas servían para hacer apuestas -jugando bolas o vuelta a Colombia-, para pagar favores -mandados o tareas- y, por supuesto, para intercambiar o ganárselas al monto, un juego simple que ya desapareció. Con Panini, apareció la comercialización y el costo prohibitivo para las familias más pobres.
Tengo mis once paninis empastados. Los conservo con sus huecos: los jugadores de México que no pude conseguir en el 86, las páginas obscenas de Coca-Cola y otras redundantes de leyendas y cosas por el estilo diseñadas solo para hacer más dinero. Veo la belleza del álbum del Mundial de España y, en el libro, la vastedad de la información que traía el del Mundial de Alemania 74 que incluía a los directores técnicos y a los presidentes de las federaciones.
A lo largo del tiempo pude percibir el deterioro de la marca, las imágenes insulsas de las sedes y los estadios, la información precaria, la foto realista que solo empaña la mitología futbolera, la discriminación (Haití o Zaire con dos jugadores por lámina). Y después el engrosamiento perverso alimentado por la FIFA: 16 equipos, 24, 32 y ahora 48.
Basta.
Todo esto es solo un reflejo de lo que el fútbol es hoy, como lo señala Branko Milanovic. Hay una saturación con un juego cada vez más pobre y menos emotivo, más farandulero y especulativo. Me es inevitable ver a Gianni Infantino en cada caramelo y pensar que llenarlo equivale a un salario mínimo legal.
En los tiempos que corren, en el país que vivimos y compartimos, es necesario un llamado urgente por el respeto. Respeto por el lenguaje. La palabra es puente que nos acerca, pero también es piedra si se usa para atacar con bajeza.
Nunca un insulto será un argumento.
Un llamado por el respeto a las diferencias.
Respeto a los simpatizantes de cada candidato. Y por los candidatos.
Un llamado a los candidatos a no encender con gestos y palabras el fuego de la agresión. Aprendamos las lecciones del pasado. No queremos, no merecemos, revivir los días más tristes de nuestra historia política. La violencia partidista ha consumido vidas y esperanzas durante más de dos siglos: en la patria temprana, en La Guerra de los Mil Días, en el período oscuro que llamaron La Violencia, en la crueldad impuesta por guerrillas y paramilitares y narcos que se han escudado en la política. Mala siembra, peor cosecha.
Un camino asfaltado de ofensas solo lleva al vacío.
No es lo mismo un oponente que un enemigo. La competencia no es enemistad, son formas distintas de definir el mañana.
Es necesario un llamado por el respeto a cada persona que cada día apuesta y aporta por una Colombia mejor. Respeto a periodistas y periodismo. Respeto a observadores electorales. Respeto a tus amigos, a tu familia.
Estamos de acuerdo en que no siempre estamos de acuerdo. Pero sí en la necesidad de este acuerdo por el respeto.
Nuevas heridas no nos harán ningún bien cuando las elecciones terminen.
Elijamos, también, el respeto. Lo necesitamos.
Quienes suscribimos esta carta condenamos de manera firme y sin ambigüedades el uso de recursos públicos, de plataformas estatales y de vocerías oficiales para difundir acusaciones falsas contra un medio de comunicación independiente.
Lo ocurrido en los últimos días con La Silla Vacía, su directora, Juanita León, y su equipo periodístico, es particularmente grave. A partir de piezas fragmentarias y de la omisión de información decisiva, se construyó la acusación de que el medio haría parte de una estrategia para manipular la opinión pública y el proceso electoral. Esa imputación no resiste un examen mínimo de los hechos. El señalamiento más aberrante —la supuesta existencia de un contrato que comprometería su independencia— se funda en una distorsión que busca sostener una narrativa falsa.
Estas acusaciones han sido amplificadas por funcionarios del gobierno, por el sistema de medios públicos y por canales financiados con recursos de todos los ciudadanos. No se trata de un error ni de una controversia editorial legítima, sino del uso del poder para estigmatizar a un medio independiente que ha ejercido durante años un periodismo crítico, riguroso y sin concesiones frente a todos los gobiernos.
Pero este caso no es aislado. Hace parte de una práctica más amplia y preocupante: una forma de entender la libertad de expresión como una libertad de una sola vía. Desde el poder —y desde sectores que lo respaldan— se ataca de manera reiterada e injustificada a los medios independientes, al tiempo que se pretende ocupar el lugar de víctima del escrutinio. Es una lógica en la que el gobierno se arroga una suerte de monopolio de la crítica: cuando habla, lo hace como supuesto vocero del pueblo; cuando se le critica, responde con estigmatización y descalificación. Este gesto es profundamente antidemocrático.
La gravedad de estos hechos se acentúa en el contexto actual. Que estos ataques se produzcan en medio de un proceso electoral introduce un elemento adicional de preocupación: la pugnacidad permanente desde el poder erosiona las garantías que el propio gobierno está llamado a proteger, debilita la confianza en las instituciones y afecta las condiciones de deliberación pública en las que se sostiene la democracia.
Las consecuencias son concretas: intimidación a redacciones, afectación del buen nombre de periodistas y deterioro de las condiciones para el ejercicio libre del periodismo en Colombia. Frente a ello, la defensa de principios básicos —el pluralismo, la tolerancia, el respeto por la crítica y el derecho de los ciudadanos a recibir información veraz y contextualizada— no admite ambigüedades.
El periodismo independiente no es un adversario de la democracia. Es uno de sus componentes esenciales. Defenderlo es, por tanto, un deber de todos los demócratas.
Hace cinco años las ONG Temblores e Indepaz y el PAIIS de la Universidad de los Andes acudieron ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos para denunciar el “uso de la fuerza pública contra la sociedad civil en Colombia, en el marco de las protestas acontecidas entre el 28 de abril y el 26 de junio de 2021”.
La conclusión del informe dice:
La represión con la que el Estado ha decidido enfrentar los reclamos de la ciudadanía ha dejado un lamentable saldo de al menos 4,687 víctimas de violencia por parte de miembros de la Fuerza Pública distribuidas así: 1617 víctimas de violencia física, 44 homicidios presuntamente cometidos por miembros de la Fuerza Pública, 2005 detenciones arbitrarias en contra de manifestantes, 784 intervenciones violentas en el marco de protestas pacíficas, 82 víctimas de agresiones oculares, 228 casos de disparos de arma de fuego, 28 víctimas de violencia sexual y 9 víctimas de violencia basada en género.
La estigmatización de los manifestantes, el incumplimiento de acuerdos puntuales hechos con ellos y la ausencia de acciones de reconocimiento y reparación por parte del Estado hacen parte de una tradición histórica de las élites colombianas. A primera vista podría parecer que se trata simplemente de la aplicación de la lógica maniquea de buenos y malos que empezó a convertirse en consigna a principios de este siglo.
Pero no es tan simple. Si se observa lo que ocurre con los miembros de la Policía Nacional es posible detectar también la desconsideración hacia ellos. La creciente violencia que el gobierno nacional usó contra las protestas de 2019, 2020 y 2021 tuvo como instrumento principal a la policía. No es de extrañar que el número de suicidios entre los policías aumentara (de ocho en 2018 a 45 en 2022). Según la Procuraduría, entre 2020 y 2022, la Fuerza Pública empezó a representar cerca del 20% de los intentos de suicidio a nivel nacional atendidos por el sistema de salud estatal.
Cinco años después del estallido social en Colombia, surge la pregunta sobre la sensibilidad moral de nuestra sociedad, sobre nuestra memoria, sobre el cuidado de los ciudadanos y de los miembros de la Policía Nacional. Máxime cuando altos cargos del Estado en ese entonces aparecen directamente vinculados a la campaña de uno de los actuales candidatos a la presidencia de la república que promete hacer que la violencia estatal durante el gobierno de Iván Duque parezca poca cosa.
Ha muerto Desmond Morris. Wikipedia dice que "fue un zoólogo, etólogo, divulgador científico y pintor inglés". Para muchos de nosotros fue un maestro de adolescencia. Su libro El mono desnudo (1967) fue un manual de instrucciones sobre los instintos y los hábitos que nos emparentan con los primates; compañía inseparable de El hombre unidimensional, de Herbert Marcuse, Los bienes terrenales del hombre, de Leo Huberman, las novelas de Verne, las obras del Siglo de Oro, y las revistas de historietas de Batman y El Santo -El enmascarado de plata, no el otro- que se alquilaban en las peluquerías de Envigado.
En la adultez me enteré de que existía una obra suya, The Soccer Tribe, publicada en 1981 y traducida inmediatamente a los cinco idiomas futbolísticos de entonces, con la notable excepción del neerlandés. Los traidores traductores españoles (o el editor) lo pusieron a circular como El deporte rey. Mi luchado ejemplar llegó casi cuatro décadas después, cuando se reeditó en inglés.
Morris introduce su estudio con el socorrido experimento mental acerca de lo que puedan pensar los extraterrestres viendo a un tercio de la humanidad pendiente de una final del campeonato mundial. Su conclusión -que deja muy mal parado a Jorge Luis Borges- es que en vista "de un juego tan simple debería tratarse de algo cargado de significación simbólica". (Por cierto, al lado de la aritmética futbolera, el béisbol vendría a ser algo así como mecánica cuántica.)
El primero de los siete capítulos del libro ilustra las facetas del fútbol: caza ritual, batalla estilizada, exhibición de estatus, ceremonia religiosa, droga social, gran negocio, representación teatral. Se le escapó, quizá por razones de enfoque y contexto, algo que la sociología brasileña ha venido estudiando en este siglo: instrumento político, transfiguración de las mafias.
A pesar de las polémicas científicas que desató El mono desnudo, en las que se cuestionaba su rigor por su atrevimiento, su heterodoxia tratando un tema "serio", Morris insiste en las últimas páginas de La tribu del fútbol (un tema "poco serio") en que se trata de un trabajo en el que "he tratado de conservar la objetividad hasta donde es posible", algo que se le puede conceder en tanto se esfuerza por ilustrar el sinnúmero de defectos que existen entre todos los protagonistas del juego, empezando por los principales que somos los aficionados. Nunca fue alguien externo al juego, de hecho fue directivo durante varios años del Oxford United, un equipo de segunda división que está a punto de perder la categoría, y que en 120 años apenas ha jugado dos veces en primera. En esas condiciones no es tan difícil mantener cierta imparcialidad.
Nacido en 1928, Morris debió haber seguido todos los campeonatos mundiales de la posguerra: el Maracanazo por la prensa escrita, 1966 en la tribuna. Se perdió el que se avecina y no se que pensaría de él. Algunos intelectuales europeos quieren boicotearlo, algo que luce innecesario puesto que la repartición del botín televisivo entre múltiples operadores ya es en sí misma una especie de sabotaje, al menos para los que no tenemos dinero o ganas de pagar más suscripciones.
En El despertar del individuo: imaginación y esperanza (2007), el filósofo brasileño Roberto Mangabeira Unger presenta su propuesta filosófica orientada orientada al cambio personal, social y político. Un tipo peculiar de democracia radical.
El libro, antes de dos digresiones finales, termina con una párrafo en el que enuncia -casi poéticamente- sus postulados:
La imaginación por sobre el dogma,
la vulnerabilidad por sobre la serenidad,
las aspiraciones por sobre las obligaciones,
la comedia por sobre la tragedia,
la esperanza por sobre la experiencia,
la profecía por sobre la memoria,
la innovación por sobre la repetición,
lo personal por sobre lo impersonal,
el tiempo por sobre la eternidad.
Y, por sobre todo la vida.
Trad. María Julia de Ruschi, 2009, pp. 297-298.