miércoles, 23 de abril de 2014

Álbum

No siendo uno brasileño ni italiano, ni siquiera mexicano o alemán, la expectativa más emocionante de cada cuatrienio está lejos de ser la actuación de la selección Colombia en el campeonato mundial de fútbol. La única cosa probable y animada después de un periodo tan largo es conseguir y hacer el álbum del mundial; el álbum de caramelos como decimos antioqueños y caribes.

Hago álbumes desde 1966 –acompañado en ese entonces por mi tío– hasta hoy con mi familia, de la cual la nieta de 5 años dicta números, despega láminas y critica caras. Son 13 faenas, de las cuales se salvan 9 gracias al invento del autoadhesivo que superó el poder efímero del engrudo y la goma. Panini –si no estoy mal– llegó al país en 1982. Empezó mundialmente en 1970, cuando ocurrió la epifanía del fútbol mundial que hizo que este deporte pareciera arte, como dijo un historiador inglés. Los que vimos ese campeonato somos como los testigos de Emaús, que podemos sonreír con benevolencia cada vez que los más jóvenes nos hablan de grandes partidos, grandes equipos o grandes jugadores.

Hacer el álbum en muchos medios era visto como lujo, excentricidad o puro ocio. En todo caso algo reprochable. Así que los aficionados empezamos a desarrollar cierta capacidad vergonzante de buscar argumentos peregrinos para justificar nuestro pasatiempo. Llegamos a creer que en el álbum del mundial aprendíamos geografía, banderas de países, idiomas nacionales, ciudades, composición racial de las poblaciones.

Hasta llegué a suponer que cierta capacidad fisonómica y alguna finura intuitiva para determinar la nacionalidad, según las caras o los nombres, provenía del adiestramiento con las láminas y con la cantidad de datos que proporcionaba el cuadernillo. De hecho, ahora lamenté que Panini no pusiera el lugar de nacimiento de los jugadores, lo que me permitiría ver los efectos de las migraciones y las políticas de ciudadanía en la conformación de las selecciones clasificadas. Podría admirar los progresos multiculturales de Bélgica y Alemania y el purismo de Argentina o Corea.

Incluso hoy me parece que el álbum del mundial está cumpliendo una función taumatúrgica. Esta pena de ver muchachos cabeciagachados, absortos, pegados de sus aparatos electrónicos, ha tenido una pausa. En barrios, ciclovías, universidades, hay corrillos; los jóvenes se hablan y comercian físicamente porque están intercambiando caramelos, buscando los que faltan, averiguando por los escasos. Finalmente hay un objeto no virtual que los atrae.

En realidad no hay que rebuscar mucho ni tratar de salvar a los jóvenes. La verdad es que nos encanta llenar el álbum y nos gustará cotejar las páginas con las nóminas que realmente salten a la cancha y llenar los marcadores de la fase de grupos, para desarrollar el calendario según las llaves hasta llegar a la final e iniciar la espera del 18.

El Colombiano, 20 de abril

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