jueves, 25 de julio de 2013

Fuerzas extrañas

La palabra “fuerzas extrañas” es la más usada por estos días en Colombia y es probable que sea una de las más usadas en el país desde que tengo uso de razón. Más aún, se podría aventurar que es un invento colombiano; uno de nuestros aportes a un diccionario de política. Porque se usa como término político. En estas semanas se usa a propósito de la decena de paros que se le vino encima al gobierno. Lo usan periodistas que se las dan de progresistas, el gobierno que se las da de moderno y los gremios que no se las dan de nada.

A quienes nacimos con el Frente Nacional la palabra “fuerzas extrañas” nos causa irritación. Durante más de 5 décadas se ha usado para justificar atropellos y desoír a la gente. Pero junto con las emociones debe ir el análisis político. La palabra fuerzas extrañas puede ayudar a entender el tipo de régimen político que tenemos y la clase de dirigencia política que medra en él.

Fuerzas extrañas es una expresión usada por el gobierno para deslegitimar las manifestaciones sociales de inconformidad. Cuando se usa ya se está reprobando la libertad de expresión y movilización de los ciudadanos y se están desconociendo los análogos derechos constitucionales. A la vez, un gobierno que hace eso, socava su propia legitimidad al quebrar una de las vías principales para interpretar las demandas de la sociedad.

En esto Juan Manuel Santos se parece más a un primer ministro árabe que a cualquier gobernante democrático. Basta que hubiera seguido el ejemplo de Dilma Roussef en Brasil para que se le hubieran ocurrido algunas ideas más sensatas de como dirigirse a grupos de inconformes.

Que el gobierno use la expresión fuerzas extrañas para sindicar a un congresista resulta casi de la misma gravedad. En las democracias los congresos están hechos para representar los intereses de sus electores, incluyendo intereses gremiales o corporativos. Lo que es vergonzoso hoy en el congreso es que los congresistas que salieron electos con los votos de los mineros, cafeteros, camioneros, paperos, no usen el legislativo para exponer abiertamente sus posiciones y defender sus intereses.

En época de elecciones –y ya vienen unas– el congresista va y le pide votos y plata a todos esos grupos. Una vez electo les hace pistola y se sienta a recibir las gabelas del Ejecutivo y a votar todo lo que les diga un ministro. Cuando esos grupos de ciudadanos o de presión necesitan voz, el congresista tampoco se las da y entonces se van a la protesta. En ese momento el congresista se esconde y si no se esconde el gobierno lo acusa de ser parte de las fuerzas extrañas.       

Fuerzas extrañas: un reflejo de la baja calidad democrática de gobernantes y clase política.

El Colombiano, 21 de julio

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