lunes, 20 de noviembre de 2017

Valió la pena

Muchas personas cercanas –algunas desinformadas, otras informadas pero dubitativas– me hacen esta pregunta: ¿valió la pena el acuerdo con las Farc? La formulan también con diversas variantes: ¿valió la pena a pesar de que el Gobierno ha resultado tan ineficiente o negligente en la implementación?, ¿valió la pena a pesar de la soberbia ofensiva de la dirigencia de la Farc?

Para ilustrar un balance grueso, un año después de la firma del Teatro Colón (24 de noviembre), contaré dos anécdotas recientes que ilustran la misma reacción frente a cuestiones semejantes. Dos anécdotas con dos mujeres de perfiles muy distintos.

En octubre pasado nos visitó en la Universidad Eafit la profesora de la London School of Economics Mary Kaldor. Mary es una mujer mayor (71) que escribió hace dos décadas uno de los libros más claros sobre las guerras civiles contemporáneas. Conoce muy bien los casos recientes en el mundo y sabe lo resistentes que pueden ser los conflictos armados internos. Vino a Colombia y pasó por Medellín porque quería conocer de primera mano estos dos casos tan llamativos en Europa. Cuando le presentamos el desarme de las Farc como la expresión más tangible del acuerdo, con expresión sonriente solo dijo “amazing” (asombroso).

Más recientemente –hace diez días– viví una escena especial. Estaba comiendo con mi nieta de nueve años y de modo intempestivo, después de una pequeña pausa, me preguntó si en Colombia todavía había guerra. Como los académicos casi nunca damos respuestas rotundas (simpliciter, diría Tomás de Aquino) le digo que podría decirse que ya no hay guerra en el país. Ella simplemente cerró los ojos y levantó su brazo derecho, empuñado, como hace Mariana Pajón cuando gana una carrera. También sonrió, tranquila, y siguió comiendo.

Soy consciente de que estas anécdotas no representan un argumento distinto al de la autoridad. Pero no son autoridades menores. Se trata de la autoridad de la experiencia y la de la inocencia, la autoridad de la forastera y la de la originaria, la autoridad de la razón y la del corazón.

Pero amén de este hay otros argumentos poderosos. Colombia dejó de figurar entre los países más violentos de América Latina. Desde 2002 este indicador no ha dejado de descender y lo va a seguir haciendo. Algunos millones de colombianos están conociendo, tras décadas, la tranquilidad. En Meta, sur del Huila y del Tolima, la parte norte de la costa Caribe, Córdoba, el norte de Antioquia y de Caldas. Otros, infortunadamente, no.

El desarme y la desmovilización de las Farc representan una oportunidad enorme para la sociedad colombiana. Cumplir razonablemente el acuerdo, enfocarse en los nuevos problemas que salen a la luz después de la violencia, elegir un gobierno moderado y moderno dirigido por mentes del siglo XXI; todo eso dependerá de la ciudadanía y de las élites.

El Colombiano, 19 de noviembre

lunes, 13 de noviembre de 2017

Expectativas de ciudad

El mejor instrumento de percepción que tiene Medellín es la encuesta que, para el proyecto Medellín cómo vamos, realiza Ipsos hace más de una década. Ninguna otra encuesta tiene la representatividad por zonas, estratos socioeconómicos y género, ni ofrece la comparabilidad tanto a lo largo de los años como con otras ciudades del país. Desde 2010, la presentación de los datos ha estado acompañada de un ejercicio estadístico que permite identificar los puntos fuertes de la ciudad y los temas en los que la ciudadanía estima que hay que mejorar.

Si se cotejan los resultados del 2010 con los del 2017 podemos encontrar cambios significativos. El primero es que la cabeza de los medellinenses en el 2010 estaba concentrada en el problema de la seguridad y en un grado muy menor en temas tradicionales como vivienda y espacio público. Este año la agenda se ha hecho más compleja y las prioridades son distintas. El tema urgente ha pasado a ser el empleo de calidad; el tema emergente es la preocupación por el ambiente, no solo en calidad del aire y el ruido sino en un asunto impensable antes en “la tacita de plata”, el de las basuras. Preocupaciones menores que requieren atención son la salud, el estado de las vías, la gestión de las secretarías y del concejo municipal.

En 2010 la gente veía que la institución sobre la que descansaba la calidad de vida en la ciudad era Empresas Públicas. En menor medida la reputación del alcalde, el sistema de trasporte o las vías, se consideraban factores que podían contribuir a ella. En 2017 también se aprecia un cambio significativo a este respecto. Ahora la Alcaldía ocupa el centro del escenario en tanto institución fuerte, vista como la que tiene mayor incidencia sobre el bienestar. Y las Empresas Públicas pasan a un tercer plano detrás la oferta educativa y cultural.

El cambio más impactante se aprecia en la educación. El factor de la calidad de vida que más acrecentó su valoración fue la educación. La gente se siente más satisfecha con la educación, de manera destacable con la pública y con la educación superior. Espera que la política pública educativa ayude a reducir la desigualdad y que un mayor nivel educativo contribuya a mejorar los ingresos personales y familiares. En contra de algunos comentarios cínicos, la confianza en la estrategia educativa ha resurgido.

La mácula está en la calidad de la ciudadanía pues la participación ha bajado, el respeto a los demás tiene registros inferiores al 50% y la probabilidad de cumplimiento de la norma es apenas del 27% en el tránsito y de 40% en los servicios públicos. Este déficit de ciudadanía es una interpelación a las familias, la escuela y las empresas. La construcción de ciudad no depende solo de la iniciativa gubernamental.

El Colombiano, 12 de noviembre

lunes, 6 de noviembre de 2017

La Reforma

Que un acontecimiento sea capaz de apropiarse de toda la carga significante de una palabra, demuestra su potencia, amplitud e influencia. Eso pasa, precisamente con La Reforma. Renacimiento e ilustración tienen dimensiones similares, pero no están vinculadas a un evento sino a una vasta serie de obras y personajes, grandes como pueden ser Leonardo o Kant. Descubrimiento guarda proporción pero requiere apellido, de América en este caso. Revolución nombra varias cosas y se banalizó hasta convertirse en una muletilla o una máscara. La Reforma, no requiere apelativo; se apropió, incluso del artículo, para hacerse más singular y gira alrededor de una figura y un hecho: Martín Lutero (1483-1546) y la leyenda de las 95 tesis clavadas un 31 de octubre, hace 500 años, en un pequeño pueblo alemán.

La Reforma desató innumerables consecuencias en la cultura y en las instituciones de Occidente, que han sido ampliamente documentadas y elogiadas y de las cuales la más famosa de todas tal vez sea La ética protestante y el espíritu del capitalismo de Max Weber (1864-1920). De allí surgió, a su vez, la caricatura –falsa, por supuesto– de que si un país era protestante se modernizaba con facilidad y si era católico permanecía en el atraso. Una tontería que muchos repiten con tono autoritativo. Muchos de los efectos de La Reforma fueron imprevistos e indeseados y tienen que ver, sobre todo, con la convergencia de otros procesos económicos y sociales. No hay que olvidar que Lutero fue contemporáneo de Cristóbal Colón, Fernando Magallanes, Nicolás Maquiavelo, Leonardo da Vinci, Juan Luis Vives, Johannes Gutenberg y de las familias empresariales Fugger, Médicis y Welser. Es decir, el descubrimiento de América, el humanismo renacentista, la imprenta, la política y el empresariado modernos estaban surgiendo a la par con la reforma protestante, así que no tiene sentido concentrar en esta todos los efectos virtuosos que encontramos en la modernidad occidental.

Alemania se benefició en mayor medida de la actividad del monje agustino. Lutero contribuyó decisivamente a la codificación de la lengua alemana y a la autonomía de sus príncipes, a la promoción de la alfabetización y la escolarización de la población, a perfilar el sueño de la unidad de la mayoría de los alemanes bajo un solo Estado, algo que solo alcanzarían en 1871 y, después de las vicisitudes conocidas, en 1991. Los homenajes a Lutero y a su rebelión son, también y con todo derecho, cosa del orgullo alemán. Ni que hablar de los beneficios que de la teología protestante ha obtenido la iglesia católica.

Del personaje y de la influencia que tuvo –como de cualesquiera otros– también se pueden decir cosas negativas (María Elvira Roca, “Martín Lutero: mitos y realidades”, El País, 22.07.17). Pero, después de medio milenio, la trascendencia de Lutero y el protestantismo es incontestable, y su estudio una asignatura pendiente.

El Colombiano, 5 de noviembre

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Responsabilidad y reconciliación: Pascual Gaviria

Perder el juicio

Pascual Gaviria

El Espectador, 31 de octubre de 2017

Nuestra justicia más que ordinaria solo logra identificar un presunto culpable y comenzar un juicio en el 24 % de los homicidios registrados por Medicina Legal. Hace unos días el “aterrado” fiscal general soltaba la cifra con orgullo inquisidor. El porcentaje de condenas es aún menor y el de injusticias es imposible de rastrear. Nuestra extraña fisonomía moral nos ha llevado a ser un país acostumbrado a la impunidad y a los repentinos arrebatos justicieros. Esa paradoja, acompañada del populismo feroz, sirve para explicar las declaraciones absurdas del fiscal en un mismo día. Por un lado se mostró satisfecho con que uno de cada cuatro asesinatos no tuvieran siquiera un señalado a quien perseguir, y por el otro, se declaró indignado frente a una ley que impedirá llevar a la cárcel a los integrantes de 110.000 familias cocaleras que viven en las orillas del mapa y el punto ciego del Estado.

En las capitales la Fiscalía no logra construir un caso con elementos suficientes para condenar a los delincuentes que medran y mandan sobre grandes sectores. Las capturas de jíbaros y consumidores de coca y marihuana se cuentan por millones mientras los duros se aburren en los avisos de los más buscados. En Medellín, por ejemplo, es corriente que quienes dominan las comunas sean “capturados”, sería mejor decir recibidos, por la Fiscalía luego de la certeza de una justa condena por concierto para delinquir. Hace unos días Carlos Pesebre, un hombre con más de 20 años de vida criminal y una desmovilización a cuestas, fue absuelto en segunda instancia de una condena impuesta por homicidio. De nuevo todo quedó en manos del concierto para delinquir. La Fiscalía salió a pegar con babas una acusación de supuestos delitos cometidos por Pesebre desde la cárcel.

Los casos de corrupción pasan por cedazos muy parecidos. Sin el oído de la DEA seguirían pasando Bustos por inocentes. Y si no fuera por la bulla de Otto muy poco se sabría sobre los maletines de Odebrecht. La Fiscalía parece en realidad una oficina dedicada a transcribir testimonios. Ese es su gran, casi su único, medio de prueba. Y para recibirlos ofrece lo que podríamos llamar una “justicia especial por incapaz”. Dado que no logra condenas por cuenta propia, se dedica a los principios de oportunidad, a negociar, a ofrecer años a cambio de plata y pistas. Y a buscar titulares de prensa, afán en el que solo se ve superada por la Procuraduría. Lo más grave de todo es que también se ha acostumbrado a usar la ganzúa de un proceso injusto para buscar confesiones y delaciones imposibles. Las detenciones preventivas han demostrado que entre nosotros la pena puede ser el proceso.

En medio de ese panorama estamos dedicados a las minucias de la Justicia Especial para la Paz (JEP). La justicia transicional que sin un solo expediente ya ha armado un alboroto político que al parecer durará más que los diez años del propio tribunal. El mejor retrato que he leído sobre esa justicia lo publicó hace poco Jorge Giraldo, el decano de la Escuela de Humanidades de la Universidad Eafit. Son 80 páginas de historia, pragmatismo y pesimismo llamadas Responsabilidad y reconciliación ante la justicia transicional colombiana. Se señalan los riesgos de los jueces impulsados por un ánimo de heroicidad, de las sentencias y absoluciones como armas en la política por venir, de las presiones punitivas desde los organismos internacionales, de la mentira que supone la verdad recitada bajo recompensas judiciales. Todo eso acompañado del escepticismo frente a un tribunal encargado de penetrar y despejar “la niebla de la guerra”. Al final queda una pregunta de George Steiner: “¿Cuáles son las raíces profundas de ese rechazo de toda reconciliación, de ese rechazo de todo olvido?”.

lunes, 30 de octubre de 2017

Un pensar herido

Hace veinte años, mientras la sociedad colombiana emprendía la cuesta más dura de la guerra, la Universidad Eafit tomó la decisión de crear una escuela de Derecho y otra de Humanidades. Lo primero habría deleitado a Kant, lo segundo a Pico della Mirandola. A pesar de que ese paso supuso una continuación de la Ilustración y del humanismo renacentista a nadie se le ocurrió que fuese un salto atrás. Pero nadie, tampoco, creo, se apercibió de que la elección implicaba un desafío modesto a la arbitrariedad y a la crueldad de la violencia, un esfuerzo por darle espacio a lo que no fuera espanto.

Bajo cierta mirada cínica que se asoma en el siglo XXI, la confianza en la formación jurídica y humanista podría parecer, incluso, anacrónica. No en vano la visión desencantada del mundo se apuntaló sobre la idea de que las calamidades contemporáneas habían sido un fruto, quizá indeseado, aunque previsible de la modernidad. El arribo a la sociedad de masas –que diagnosticó Gustave Le Bon durante la Bella Época– contribuyó a reforzar la idea de que los seres humanos somos, bajo el cielo de acero, “puntos negros a las orillas de la suerte” (1).

Las utopías políticas modernas han muerto y el vacío está siendo copado por la fascinación tecnológica más que por la ilusión de la libertad. Las luces de la filosofía pretenden ser apagadas para que den paso a las luces técnicas cuyo emblema es el láser, nieto avanzado del neón. Ya Heidegger –no sin incongruencia personal– había descubierto los indicios de esta tendencia de la técnica hacia la autonomía. Y los operadores de ella están intentando imponer la exclusividad de la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas –el famoso STEM, según la lingua franca– y, con ello, que la educación deje su lugar a la instrucción.

Tras este desplazamiento hay una promesa y una renuncia. La promesa consiste en sacarnos del dominio de la suerte sometiendo todos los universos, desde el estelar hasta el genómico, a los designios de no sabemos quién. El precio implícito sería renunciar a rebelarse contra la condición de ser solo puntos negros, en una imagen satelital o en una mina de datos. En cualquier caso el cielo seguiría siendo un techo de acero sin aperturas a la duda, la fe o el asombro.

Hasta aquí tenemos un discurso correcto en líneas generales, excepto porque se presta para promover la falsa discordia –que ya criticara Saint-John Perse– entre la ciencia y la poesía (2). Además, como toda victimización, es un planteamiento poco propicio para la reflexión pues, en sentido estricto, solo hay reflexión cuando se cuestionan las premisas propias. Las humanidades no pueden presumir reflexividad si no se miran al espejo, si no se exponen frente a su reflejo ni hurgan en sus llagas.

Desde que la meditación tomó este sendero, las preguntas emergentes se tornaron sombrías: ¿se han desinteresado las humanidades por la morada del ser humano? O, incluso, “¿las humanidades pueden volverle a uno inhumano?” (3). Si el humanismo clásico olvidó lo humano y se embriagó con una abstracción a la que llamó humanidad, el humanismo posmoderno fragmentó ésta en multitud de grupos y colectivos a los que intenta otorgarles una dignidad superior a la de la persona singular. Que nuestra situación de puntos negros se afiance no se debe solo a la estadística.

Cuando la poesía se empeña a darle alma a los animales y la ciencia le inyecta razón a las máquinas, ¿en qué consiste lo irreductible de lo humano? Cuando el pensamiento debilita la sensibilidad y el arte no pasa de ser un consuelo, ¿qué podemos esperar de las humanidades? Una de las pocas certezas que podemos albergar es que las respuestas no provendrán desde el intento fordista de subyugar a la palabra y a la curiosidad.

Siempre en tono menor, el trabajo de las humanidades trascurre sin euforia y sin descanso, como el de Sísifo. Este tono inseguro se acentúa en una situación como la nuestra en la que, veinte dolorosos años después, nadie puede declararse intacto en Colombia. Ni siquiera el pensar. El nuestro es un pensar herido que aún balbucea explicaciones. Un pensar tímido y desconfiado que, sin embargo, tendrá que ser capaz de domesticar ánimos y sostener conversaciones. En medio del griterío de la plaza pública, la voz de los humanistas deberá pronunciarse; solo con ella puede justificarse nuestra labor; solo con ella puede honrarse esta tradición que comenzó con Protágoras.

30 de octubre de 2017

1. Estrofa de la canción “La frontera”, escrita e interpretada por Lhasa de Sela (1972-2010), y aparecida en el álbum The Living Road, 2004.
2. Saint-John Perse, Discurso de aceptación del Premio Nobel, 1960. Consultado en http://fs-morente.filos.ucm.es/publicaciones/recursos/sjperse.pdf
3. George Steiner, Un largo sábado, Madrid, Siruela, 2016, p. 99.

Cultura, negocio y fútbol

En medio de tantas urgencias hay que sacar el espacio para hablar de lo importante. Eso hizo el periodista y escritor Guillermo Zuluaga hace poco (“No es Peláez; el problema es el fútbol”, El Espectador, 21.10.17). Siendo Zuluaga un hombre curioso, crítico, sabedor de fútbol y autor de varios libros sobre él, carente de materialismo y apasionado, se puede deducir que es hincha del Medellín. Su columna se despacha contra el dueño y el presidente del equipo y, haciéndolo, sangra por la herida de todos nosotros que es como la del ícono del Sagrado Corazón.

Confiesa su inclinación por el romanticismo y se le nota cuando, en cierto modo, pone el fútbol ante la disyuntiva entre el potrero y el negocio. Yo no lo creo y no es solo por mi espíritu contrario al romanticismo filosófico y, sobre todo, al romanticismo político. El fútbol llegó a una fase en la que se ha mezclado de manera íntima con todos los poderes terrenales, contando a Putin, la mafia y al Papa. La Fifa y varios clubes del mundo son grandes empresas. La ilusión deportiva, a veces, me alberga dudas viendo la fragilidad comparativa de un futbolista al lado de un ciclista.

El fútbol es un hecho cultural cada vez más escindido entre la farándula y la épica. La farándula de casi todos los clubes y la épica de casi todas las selecciones. Entre la cosmética, las novias y el atletismo de Cristiano Ronaldo y el amor, la lealtad y el arte de Francesco Totti. Disneylandia frente a la República Romana. Cristiano será The Best pero no es un héroe como el Il Capitano y tampoco será campeón mundial.

Lo que pasa en el Medellín y en casi todos los equipos es que no les alcanza ni para ser negocios. Los negocios modernos son sociedades anónimas, no empresas unipersonales que portan el nombre del dueño como si se tratara de una peluquería. Los negocios modernos son de largo plazo; el tipo que compra un equipo y a los seis meses quiere recuperar la plata vendiendo los jugadores no es un buen negociante, es un agiotista. En los negocios modernos prima la división del trabajo: los dueños no hacen gerencia, los gerentes no son los ejecutores de los proyectos. Cuando el dueño le pone los empleados al gerente y le contrata los jugadores al técnico, es porque no hay racionalidad económica ni visión estratégica, solo capricho y pequeño despotismo.

Ojalá el Medellín fuera un negocio, propiedad de un club, con una junta visionaria y un gerente responsable. Cinco técnicos en un año, media nómina traspasada, el público reducido a un tercio, solo pueden dar como resultado cuatro torneos de incompetencia total, más otra campaña mísera en el fin de año. No es negocio; es incompetencia, arbitrariedad y falta de profesionalismo.

El Colombiano, 29 de octubre