lunes, 17 de julio de 2017

Bajirá

Las fronteras territoriales tienen sentido desde que aparecieron los Estados nacionales. Como aprendimos en el colegio, el territorio es uno de los componentes del Estado y las fronteras marcan los límites físicos de la soberanía y el punto en el cual otra soberanía empieza. El primer equívoco de la discusión sobre la adscripción departamental de Belén de Bajirá es ese; las fronteras departamentales son apenas convenciones administrativas y nada tienen que ver con los atributos de la soberanía, menos aún en una república unitaria como Colombia. Aunque es una información difícil de constatar, dudo que en algún país del mundo se presencien este tipo de litigios internos, ridículos a más no poder.

Conozco sí casos de disputas internacionales. La más célebre en América gira en torno a las Islas Malvinas o Falkland Islands según el pretendiente. Se trata de una disputa moderna que los argentinos tratan de resolver con mapas y los británicos con consultas populares. En la Europa nórdica hay varios territorios con estatus especiales que se derivan de un trato posmoderno de las diferencias. El archipiélago Åland pertenece a Finlandia pero su población es de etnia sueca, se administra autónomamente bajo la soberanía finlandesa pero es zona desmilitarizada y algunas de sus leyes están protegidas por el tratado de la Unión Europea. En este modelo la soberanía se diluye y todas las decisiones parten del bienestar de la población.

La discusión que se ha presentado en torno a Bajirá y tres corregimientos de Turbo pasa por el Igac, el congreso, la procuraduría y las gobernaciones pero nadie le pregunta a los pobladores de la región. A nadie le interesa qué piensan o qué quieren. Nadie los tiene en cuenta o casi nadie: el Gobernador de Antioquia amenazó con quitarles los servicios básicos de salud, educación y demás. ¡Eso es pensar en grande!

Hace 35 años los habitantes de Bajirá salían a Apartadó o a Medellín y contaban la historia de un caserío administrado por las Farc, donde no se podía usar pelo largo, se empadronaba y controlaba los proveedores de las carnicerías y las tiendas. En los años noventa entraron los paramilitares y convirtieron el pueblo en la puerta terrestre de acceso al norte del Chocó y el bajo Atrato. Nunca se habló entre las autoridades antioqueñas o chocoanas de Bajirá. No se publicaron proclamas, ni se recogieron firmas, ni se pegaron calcomanías en los carros. Nadie lloró ni se desgarró las vestiduras como ahora.

Para perfeccionar el sainete empecemos por aceptar los delirios de los chocoanos y antioqueños que se quieren independizar de Colombia. Y dejemos que Bajirá y el sur de Turbo sean otro Estado independiente. Como Liechtenstein entre Austria y Suiza, por ejemplo. Y digámosle a Trump que haga su muro entre la república del Chocó y el Estado federal de Antioquia.

El Colombiano, 16 de julio.

lunes, 3 de julio de 2017

Robarles a los ladrones

El caso del fiscal anticorrupción Luis Gustavo Moreno revela las dimensiones que la corrupción ha tomado en Colombia. La muestra más palpable –que debería ser noticia mundial– es que sea precisamente una de las autoridades encargadas del control de la corrupción la que aparezca en un caso aberrante por el tamaño y la velocidad del enriquecimiento ilícito del funcionario. Y porque había sido recién nombrado a pesar de antecedentes dudosos.

Moreno se enriqueció antes de llegar a la Fiscalía mediante un mecanismo muy peculiar: extorsionando a políticos incriminados por parapolítica o por corrupción. El ambiente se creó cuando un número muy alto de políticos se volvieron multimillonarios de la noche a la mañana gracias a los mecanismos que propicia el régimen político. Los ladrones saben donde está el dinero y no hay víctima más susceptible al chantaje que aquella que no puede recurrir a la autoridad porque sus haberes no son legales.

Este fenómeno de depredación endogámica tiene un antecedente conocido en el crimen organizado. Empezó en los años ochenta, probablemente, con las extorsiones de Pablo Escobar contra los exportadores de cocaína que tenían un poder intimidatorio inferior al suyo. Y prosiguió después de la muerte del capo como mecanismo de redistribución de la riqueza entre los dueños del negocio y los especialistas de la violencia, de monopolizar las herencias de los narcos y recuperar bienes en manos de testaferros.

Ya se han escuchado rumores sobre el uso probable de este mecanismo en las próximas elecciones. Se dice que uno de los precandidatos está aprovechando su influencia en el sistema judicial para extorsionar a los políticos regionales. El trato consistiría en garantizarles impunidad a cambio de que pongan las maquinarias electorales al servicio de su candidatura presidencial. Puros rumores pero, dada la situación, con rasgos de credibilidad.

Que la corrupción es un simple epifenómeno del régimen político lo demuestra el hecho de que a Moreno no lo descubrió ninguna autoridad nacional porque el control y la justicia forman parte del engranaje. Su sindicación provino de un caso que se está juzgando en los Estados Unidos. Lo mismo que pasó con Odebrecht; si la justicia brasileña no investiga y denuncia estaríamos en el silencio de los ingenuos.

En las últimas tres décadas se han dado varias explicaciones para el desbordamiento de la corrupción en Colombia: el narcotráfico con su capacidad de alterar los mercados y la competencia política; las privatizaciones que convirtieron de la noche a la mañana a pequeños políticos en medianos empresarios; el crecimiento económico asociado a actividades rentistas más que productivas. No me cabe duda de que la reelección presidencial ha sido el factor más reciente de estímulo a la corrupción. Y el resultado de la trama no es solo pecuniario. Los dos últimos presidentes sacaron réditos políticos y alteraron la separación de poderes.

El Colombiano, 2 de julio

lunes, 19 de junio de 2017

Desarme, al fin

El grupo que dio origen a las Farc –llamado Bloque Sur– se armó en 1964; las Farc se fundaron oficialmente dos años después. Desde entonces tuvieron, de hecho, dos refundaciones militares: una a comienzos de los años ochenta y otra en 1993. Pasaron de ser una guerrilla monástica e insignificante a un feroz ejército irregular. Nunca fue una organización grande ni hegemónica, como las de El Salvador y Nicaragua, y esa fue una de las razones por las cuales su esperanza de victoria nunca resultó creíble.

Desde 1984 hasta el 2002, las Farc jugaron la carta de los diálogos como parte de una estrategia militar. Todo cambió hace seis años y por primera vez en la historia era claro, para algunos de nosotros, que esta vez la negociación era la pieza maestra de una meta política. Esta claridad de los analistas, algunos dirigentes políticos y el gobierno no contó con suficiente respaldo ciudadano. La lectura más ecuánime del plebiscito del 2 de octubre es que la mitad del país estuvo a favor del Acuerdo y la otra mitad en contra.

Simpatizando o no, la inmensa mayoría de la población ha sido escéptica respecto a los resultados de la negociación, primero, y de los efectos del Acuerdo, después. El escritor venezolano Ibsen Martínez escribió un reportaje, el día de la firma del Acuerdo de Cartagena, expresando su asombro por la ausencia de manifestaciones de alegría en Bogotá. A mí, el escepticismo siempre me pareció no solo razonable sino también benéfico. Razonable porque con las Farc las cosas siempre han sido “ver para creerles”; benéfico, porque equilibraba las cargas respecto del pacifismo ingenuo y de la campaña de expectativa gubernamental (¿recuerdan que con la desmovilización de las Farc dizque bajarían los asesinatos y subiría el PIB?).

Ya muchas de esas cosas han perdido importancia. Después de tanto tiempo llegó la hora de la verdad. Las Farc deberían terminar esta semana (20 de junio) la entrega de armas y se hará realidad el desarme de sus combatientes y su desmovilización como grupo militar. Como pasa con todo lo de las Farc, le van a dar largas y quedan faltando las caletas, lo que significa otro tanto de armas cuya recuperación tomará algunos meses (tres, se dice). La materia es tosca y ese hecho queda allí para la historia. Es uno de los acontecimientos importantes de nuestra vida como comunidad política.

Que haya incertidumbre y riesgos, es una trivialidad. Los interrogantes de la paz, así sea parcial, siempre serán mejores que los acertijos de la guerra. Que hay más obstáculos de los que se suponía, es cierto, pero se trata de un proyecto para realizar con paciencia, sin convertir las 310 páginas en dogma y, ojalá, con pragmatismo.

El Colombiano, 18 de junio

lunes, 12 de junio de 2017

Optimismo y pesimismo

En tiempos nublados brota la discusión sobre la manera como la gente enfrenta los problemas y la tentación de definir los caracteres humanos: optimista/pesimista. Cuando las turbulencias son económicas es cuando más se nota que la economía es apenas una rama de la sicología: gobierno, empresarios y analistas se dedican a hablar de clima y expectativas; los ministros de hacienda no presentan balances, empiezan a hablar como consejeros sentimentales.

La principal equivocación de todos parece ser que creen que el humor de la gente puede mejorar si le embellecen los números: unas décimas más del PIB, un punto menos de inflación, un descenso de la tasa de interés, por lo regular como proyección o como meta. Pero resulta que los problemas de la economía nunca son exclusivamente económicos y casi siempre son políticos.

Un artículo reciente en The Economist (“Economic optimism is not just about the economy”, 06.06.17) intentó mostrar que las actitudes frente a la economía no están relacionadas con el entorno económico. La información provista por el Pew Research Centre muestra que las percepciones optimistas o pesimistas están directamente relacionadas con las simpatías políticas de los ciudadanos. Por ejemplo, en Venezuela la mitad de los chavistas cree que la economía venezolana va bien mientras solo el 89% de los opositores piensa lo contrario. En Estados Unidos, bajo condiciones económicas parecidas la visión de los ciudadanos cambió drásticamente debido al pesimismo de los demócratas.

Pero el contagio no siempre va de la política a la economía, muchas veces es al revés. De hecho, muchos politólogos creen que las crisis económicas son predictores de cambios de gobierno. Las cautelas y previsiones que suelen acompañar algunas visiones pesimistas más que simples reacciones al estado de cosas presente pueden ser el resultado de la manera como se está percibiendo el futuro (Seligman & Tierney, “We Aren’t Built to Live in the Moment”, The New York Times, 19.05.17).

En todo caso, el estado de la opinión pública, o el temperamento de un individuo, no está sujeto únicamente a los titulares de prensa o a los extractos bancarios. Quedan la visión de conjunto y el mensaje que reciban de sus líderes; si es que tienen. Porque ser líder no es ocupar un cargo: presidente, gerente, director técnico. Los líderes se caracterizan por tener una visión, un discurso aspiracional y un camino. En condiciones normales bastan las instituciones y las burocracias, pero en las situaciones excepcionales se requieren, además, líderes. Quizá el modelo por excelencia del líder sea Moisés.

El líder tiene el optimismo como deber. A él le compete mostrar perspectivas y alimentar la esperanza. Otra cosa pasa con los académicos o los observadores; a nosotros nos toca criticar, poner a prueba los consensos sociales, lanzar alertas, demostrar la capacidad de pergeñar razones que pueden cuestionar nuestras convicciones; y dudar.

El Colombiano, 11 de junio.

miércoles, 7 de junio de 2017

Sin símbolos de paz

Ninguna teoría del poder político está basada exclusivamente en la fuerza, así la fuerza sea lo que distingue al político de otros poderes como el económico o el ideológico. El poder siempre ha de tener un elemento intangible que algunos llaman poder simbólico, otros poder blando, unos más poder inmaterial. Tanto los teóricos realistas como los idealistas aceptan que son componentes de este tipo de poder el “honor, prestigio, autoridad moral, normas, credibilidad, legitimidad” (Ylva Blondel, The Power of Symbolic Power, 2004). La canalización de las emociones sociales hace parte de esos recursos.

El gran ejemplo de nuestra época es Nelson Mandela, su persona y sus actos, durante la transición surafricana. Después de leer a John Carlin o de ver Invictus no parece exagerado decir que la actitud de Mandela ante el equipo de rugby durante el torneo mundial jugó un papel definitivo en la deposición de la hostilidad entre blancos y negros. Más que el acuerdo mismo y los apretones de manos con Frederick de Klerk. El mérito de la gestión de Belisario Betancur durante el malogrado proceso que empezó en 1984 fue la atención prestada al elemento simbólico: volando o clavada en bayonetas, la paloma entró al lenguaje común. Todavía recuerdo el majestuoso concierto de Mikis Theodorakis en Bogotá interpretando su versión del Canto General; un guiño a la izquierda.

Cuando se haga el balance del proceso entre el Gobierno y las Farc quizá el más deficitario de los elementos sea el simbólico. Era previsible dado el prosaísmo de las Farc, caracterización de Daniel Pécaut, y el del presidente Santos, responsabilidad mía. Dice el Real Diccionario de prosaico: “falta de cualidades poéticas”, “insulso”. Incapacidad para inspirar y motivar, resumo.

La dirigencia de las Farc todavía hace gala de la declaración de que no se desmovilizan sino de que se transforman (El Colombiano, 29.05.17). Son incapaces de comprender los gestos, pongamos, de Carlos Pizarro que entendió que la foto de la entrega de armas era un acto honorable con la sociedad, envolvió su pistola en una bandera de Colombia y cambió su boina de comandante papito por un sombrero de iraca. A los pocos meses el M-19 obtenía el mayor porcentaje de votos para la izquierda en unas elecciones en toda la historia.

Ciertamente Santos ha demostrado que carece de las cualidades básicas para el manejo de las emociones políticas. Más grave aún, creo que no tiene conciencia de la importancia del poder simbólico. La paz se gana en los corazones y las mentes de la gente de manera más decisiva que en las votaciones en el congreso o en las sentencias de la Corte Constitucional o con plata (¿se acuerdan de toda la que se botó en la campaña “Soy capaz”?). Incluso una ciudadanía saludablemente escéptica habría respetado el entusiasmo que nunca tuvo lugar.

El Colombiano, 4 de junio

lunes, 29 de mayo de 2017

Ruido en Bojayá

Entre el 7 y el 13 de mayo dos equipos periodísticos fueron obstaculizados en sus labores durante la exhumación de los restos de las víctimas de la masacre de Bojayá, cometida por las Farc hace 15 años. Los pormenores de los hechos están contados por la periodista Patricia Nieto (“El silencio de Bojayá”, Verdad Abierta, 16.05.17) y no han sido cuestionados hasta ahora ni en el más mínimo detalle. El debate suscitado, a través de cartas y columnas de prensa, es interpretativo; conflictos entre verdad y duelo, libertad y autoridad, derechos individuales y reglas colectivas.

Casi todos los puntos centrales de la discusión están consignados en el “Protocolo para el manejo de comunicaciones en el marco de los acuerdos del Proceso de Paz para Bojayá” producido por el Comité por los Derechos de las Víctimas de Bojayá, a raíz del incidente con los periodistas.

El primer punto del Protocolo prohíbe “filmar, tomar fotografías, grabar, escribir o realizar entrevistas individuales a las familias, o a cualquier persona vinculada con el proceso de la exhumación, entrega de los cuerpos, y ceremonias relacionadas con la masacre”. Esto implica una limitación a la libertad de información en lugares públicos sobre un evento público, y a la libertad de expresión de cada una de las personas de la población en nombre de la preeminencia de una autoridad colectiva.

El segundo punto determina que “cuando se produzca información referente al proceso de los acuerdos suscritos entre el Gobierno y las Farc-Ep sobre Bojayá esta información deberá ser revisada, retroalimentada y avalada para su publicación por el equipo vocero delegado para comunicaciones del Comité”. Sobrarían los comentarios pero muchos opinadores han soslayado este mecanismo que no es otra cosa que un acto de control, censura y monopolio de la información.

El tercer punto aclara quiénes son los dueños de la situación en Bojayá: el Comité y las Naciones Unidas. Y el relato de Patricia Nieto muestra que la situación está en manos de un grupo muy pequeño de personas locales y de un funcionario español de Naciones Unidas. No son las víctimas ni las personas del pueblo. Hasta el párroco resultó constreñido. El protocolo viola varios artículos constitucionales, lo que debería importarle al Comité, y de la declaración de derechos humanos, algo de lo que debe saber la ONU.

Algunos periodistas reaccionaron omitiendo el criterio de contrastar las fuentes, que se aprende en primer semestre. La carta de un grupo de académicos me parece una renuncia a los valores de las ciencias sociales en nombre del respeto a las víctimas. Personas todas a las cuales una vida profesional intachable no les merece un ápice de confianza o una breve espera, triste. Pregunta Patricia: “¿Cómo se configurará el escenario para el trabajo de la prensa una vez se instale la Comisión de la Verdad en Colombia?”.

El Colombiano, 28 de mayo

lunes, 22 de mayo de 2017

Volveremos al estadio

Hace algún tiempo se cuelga un trapo en Oriental, en el borde entre la que llamamos fugazmente tribuna Centroamericana y la que se llamó en épocas pasadas Popular, que reza “Más allá del resultado”. La frase es una versión prosaica de aquel verso de Gabriel Romero que dice “no necesito que esté arriba”. Estoy hablando de un lema identitario de la hinchada del Medellín, que también puede serlo del Atlético de Madrid, la Roma, el Tottenham y otros varios equipos del orbe.

La proposición alude a un razonamiento que tiene variantes: preferimos jugar bien que ganar, la identidad antes que el éxito, alguna idea en el campo mejor que victorias casuales. Este argumento es propio de los hinchas de estadio. Al hincha de radio le basta ganar y mirar la tabla de clasificaciones en el diario del lunes. El hincha de estadio va a la tribuna a deleitarse, a sufrir, a deleitarse sufriendo, así que tiene ver algo allá abajo encarnado en los once tipos que visten esa camiseta que ama.

Este hincha parece invencible (“ser hincha del Medellín pierda o empate”, es otro emblema nuestro). Pero no se engañen. El hincha devoto también tiene su kriptonita. Jugar mal sistemáticamente es kriptonita, y es kriptonita la improvisación. La dirigencia actual del Medellín tiene a la hinchada hace casi un año a dieta de kriptonita. Como suele pasar con todo en la vida, es más difícil sostener que montar, y estos dirigentes laboriosos y afectuosos con el equipo se demoraron más de dos años montándolo y pocos meses poniéndolo a tambalear. Para que no crean que estoy exagerando con lo de la kriptonita les doy un dato: Medellín es el único equipo que tiene más abonos vendidos que gente en el estadio. Lisa y llanamente significa que somos muchos los que pagamos el abono y dejamos de ir religiosamente al estadio porque no hay inspiración en la cancha, lo que lleva a que haya poca motivación en la tribuna.

Pienso que los directivos se equivocaron cuando decidieron quitarles a los técnicos la función de escoger a los jugadores que se contrataban. Los únicos equipos del mundo que pueden darse ese lujo son aquellos que pueden pagar sus errores en millones de euros sin inmutarse. De esa manera un equipo que clasifica cada cinco años a un torneo internacional tiró por la borda la Copa Suramericana del 2106 y la Libertadores del 2017. Por añadidura, en este semestre nada en la Superliga e inopia en el clásico local (veremos esta semana).

Escribo de fútbol como aficionado. Además, saco el espacio porque no veo, en general, ningún sentido crítico en la prensa deportiva local. En realidad, algunos editores parecen publicistas de los clubes. Como hincha sé que volveré al estadio porque está en el alma, pero no sé cuándo.

El Colombiano, 21 de mayo