lunes, 19 de febrero de 2018

El malestar

Hay un enorme malestar en Colombia. La prueba la dan las encuestas presidenciales que muestran que un tercio de la población está indecisa y desconcertada, la mayoría está inclinada a alternativas no tradicionales, en un mosaico del que han desaparecido los partidos liberal y conservador.

El marciano recién llegado a América Latina en su platillo volador quedaría bastante desconcertado. ¿Por qué los colombianos están tan verracos? Colombia, sin dudas, no tiene una situación mala en el panorama continental. Puede ser mediocre, pero está mejor que Brasil, México y Argentina en cuanto a las tendencias en la economía, la seguridad y algunos indicadores sociales. Si el marciano leyera un poco de historia contemporánea se daría cuenta de que el país está viviendo las mejor de las últimas cuatro décadas. No son solo las estadísticas, pensemos en nuestra condición personal y evaluémosla.

Pero en la vida no todo es objetividad ni racionalidad. Ese es el cuestionamiento filosófico de fondo que hizo el recién laureado Nobel de Economía Richard Thaler, quien, por demás, es sicólogo. ¿Será que estamos de diván?

Intentaré algunas explicaciones, como pensando en voz alta. La primera es que la batalla feroz entre las élites que han gobernado a Colombia en los últimos 30 años, hizo confundir a la ciudadanía y está llevando a que todos pierdan. Presidentes y expresidentes en una pelea callejera. La situación es resultado de su irresponsabilidad.

La segunda. Estamos terminando ocho años de un gobierno que se desinteresó de la gente. Tal y como describe Gore Vidal (1925-2012) al protagonista de su novela Lincoln, yo creo que Santos se acomodó en la Casa de Nariño pensando solo en la negociación con las Farc y lo demás le interesó un pito: justicia, educación, salud. Peor aún, pensó que el bien de la paz se podía lograr por malos medios como la corrupción del congreso y comprando el apoyo de Cambio Radical. Logró el acuerdo con las Farc –mérito que nadie podrá quitarle– pero desistió de hacer la preparación y pedagogía que necesitaba. Ahora mucha gente disfruta los beneficios del posconflicto sin agradecer –porque no lo entendió– el trabajo que se hizo.

La tercera razón es que, durante ocho años, la sociedad perdió un sentido crítico razonable. En mis cinco décadas de vida social consciente nunca vi una prensa tan gobiernista y acomodada. Y la oposición quedó en manos de un grupo de histéricos y mentirosos. Nos pasamos ocho años sin que el ciudadano promedio se sintiera representado en sus preguntas y sus objeciones. La prensa no hizo el trabajo, la oposición fue desleal con las instituciones, las élites intelectuales y económicas se distrajeron.

Ahora la masa está indignada y, como suele suceder, puede optar por la autodestrucción. Y las élites por el conservadurismo extremo. El país necesita un cambio, guiado por la moderación.

El Colombiano, 18 de febrero.

martes, 13 de febrero de 2018

Jardín, Colombia: the Spirit in the Stone

On February 2, a century ago, the first stone was laid. Few people stop to think about the meaning of a first stone; how much heaven you have to move to put it on. And in this particular case, in how many wills must be agreed to put that stone in a small remote valley of the western mountain range, which is like a balcony from which look a dozen basalt minarets of the Farallones del Citará.

It is not easy to reconstruct the details of the individual and collective acts that moved and nailed that stone. Real stone, not metaphorical, and already mythical stone. We know that the first stone is the end of many jobs: the preparation of a site, the improvement of a business project, the admiration of the design, the plan and the calculations. We owe this last to a Salesian brother.

Giovanni Buscaglione, an Italian architect, perhaps Piedmontese, born in 1874, was commissioned to capture its Gothic aesthetic, its hermetic keys and its Christian tradition in the Garden temple. Buscaglione also left its mark on Villanueva in Medellín, La Candelaria in Bogotá, Barichara and other Colombian, Italian and Turkish localities. It is not the only European presence. The canon of Asian saints rests on a marble altar made in Italy and under a pair of bells of good German iron. How these objects crossed the Atlantic, they ascended the Magdalena, they passed to Cauca and they went up to the sources of the San Juan rivers, it is not known. Fitzcarraldo can give us an idea.

The priest Juan Nepomuceno Barrera made sure that the strokes of Buscaglione became the dream of a community. For twenty years, Father Barrera made the faith rooted in an architectural project and prayers were exchanged for work days. Hundreds of “jardineños” of the first and second generation, our grandparents and great grandparents, climbed the mountain to cut volcanic rock, sat in the park to carve it and organized caravans of muleteers to converge the wood with gold and limestone with the sand. All the inhabitants dedicated the efforts that were left over from simple subsistence to building their common home.

It is said that the temple was finished in 1940. The stone is more dynamic than it is believed; Being eternal, faith is also daily. In the eighties, the earth fractured the walls and the war turned its towers into watchtowers. Throughout time thousands of stones, tiles and mosaics were changed, the towers were alleviated with aluminum. Sacred iconography entered, the most recent of them the Saint Laura Montoya, work of the artist Felipe Giraldo. For the State it became a national heritage and for the Vatican basilica; ours, for the memory of the ancestors.

Photography: Javier Jaramillo

lunes, 12 de febrero de 2018

Jardín: el espíritu en la piedra

Un dos de febrero, hace un siglo, se puso la primera piedra. Pocos se detienen a pensar en el significado de una primera piedra; en cuánto cielo hay que mover para ponerla. Y en este caso particular, en cuántas voluntades hay que hacer concordar para poner esa piedra en un pequeño valle remoto de la cordillera occidental, que es como un balcón desde el que se miran una decena de alminares de basalto de los Farallones del Citará.

No es fácil reconstruir los detalles de los actos individuales y colectivos que movieron y clavaron esa piedra. Piedra real, no metafórica, y ya piedra mítica. Sabemos que la primera piedra constituye el final de muchos trabajos: de la preparación de un terreno, del perfeccionamiento de un proyecto empresarial, de la admiración del diseño, el plan y los cálculos. Esto último se lo debemos a un hermano salesiano.

Giovanni Buscaglione, un arquitecto italiano, tal vez piamontés, nacido en 1874, fue el encargado de plasmar su estética gótica, sus claves herméticas y su tradición cristiana en el templo de Jardín. Buscaglione también dejó su huella en Villanueva en Medellín, La Candelaria en Bogotá, Barichara y otras localidades colombianas, italianas y turcas. No es la única presencia europea. El canónico santoral de personajes asiáticos reposa sobre un altar marmóreo fabricado en Italia y bajo un par de campanas de buen hierro alemán. Cómo cruzaron estos objetos el Atlántico, subieron el Magdalena, pasaron al Cauca y subieron hasta las fuentes del San Juan, no se sabe. Fitzcarraldo puede darnos una idea.

El sacerdote Juan Nepomuceno Barrera se encargó de que los trazos de Buscaglione se convirtieran en el sueño de una comunidad. Durante veinte años, el padre Barrera hizo que la fe arraigara en un proyecto arquitectónico y que las oraciones se permutaran por jornadas de trabajo. Centenares de jardineños de la primera y la segunda generación, nuestros abuelos y bisabuelos, subieron a la montaña a cortar roca volcánica, se sentaron en el parque a labrarla y organizaron caravanas de arrieros para hacer converger la madera con el oro y la caliza con la arena. Todos los pobladores dedicaron los esfuerzos que sobraban de la simple subsistencia a construir su casa común.

Se dice que el templo se terminó en 1940. La piedra es más dinámica de lo que se cree; siendo eterna, la fe también es cotidiana. En los años ochenta, la tierra fracturó las paredes y la guerra convirtió sus torres en atalayas. A lo largo del tiempo se cambiaron miles de piedras, tejas y mosaicos, las torres se alivianaron con aluminio. Ingresó la iconografía sacra, la más reciente de ellas la santa Laura Montoya, obra del artista Felipe Giraldo. Por el Estado se hizo patrimonio nacional y por El Vaticano basílica; nuestra, por la memoria de los ancestros.

El Colombiano, 11 de febrero

Fotografía: Javier Jaramillo

lunes, 5 de febrero de 2018

Super Bowl 52

“El deporte más parecido a la política es el fútbol americano”, dijo Barack Obama. Fue la respuesta a la pregunta del humorista Jerry Seinfield, en su serie más reciente cuyo título es Comediants in cars getting coffee (Netflix). Seinfiel tiene la gracia suficiente para hacer que un automóvil no resulte repulsivo y Obama tanta simpatía como para hacer amable y terrenal la política, incluso la de Washington.

La pregunta de Seinfiel era más cerrada: la política es como el ajedrez o como “el póquer del mentiroso”, puntualizó. El ajedrez siempre fue comparado con la guerra o, mejor surgió con la guerra, en la India donde se escribieron algunos de los tratados más antiguos sobre guerra y política como el Kautiliya, por ejemplo. El póquer es más extraño como analogía. El engaño siempre está asociado a la política pero de maneras más sofisticadas que las que sugieren los sitios de internet de póquer. A los maestros del engaño les suele ir mal en política; hay que ser más que un embaucador para merecer el título de estadista.

La respuesta de Obama fue más completa. En el fútbol americano, como en la política, hay “muchos jugadores, mucha especialización, muchos golpes”. Habla desde la perspectiva de la materia. Cuando se ubica como político, desde el punto de vista subjetivo, la interpretación del símil cambia: en la política como en el fútbol americano, “hay que conformarse mucho”; ceder en los propósitos propios, buscar compromisos. “De vez en cuando ves un espacio y logras hacer una yarda”, completa.

Que toda metáfora es incompleta por definición y que las de la política lo son aún más, queda claro en la entrevista que David Letterman le hizo a Obama hace poco (Netflix). Allí el expresidente explica que el papel de un líder público trasciende las iniciativas, las obras, la solución de contingencias. Es decir, todas las tareas que tiene que hacer un buen administrador, apoyado por un buen grupo de técnicos y una burocracia eficiente. Descontando con qué margen de maniobra político y financiero pueda contar.

Un buen líder tiene que inspirar. Tiene que enviar las señales adecuadas a sus conciudadanos, a la población, acerca de cuáles son las actitudes y los comportamientos adecuados para que su proyecto y los propósitos del país salgan adelante. Un buen líder, un buen presidente de un país, tiene que impulsar un determinado perfil de la cultura ciudadana, indicando en qué patrones se debe persistir, a qué modelos debemos aspirar a parecernos. Influir en cosas tan simples y profundas como la forma de hablar o de expresar las ideas y las emociones.

Los buscadores de programas de gobierno, de experiencia, se quedan tratando de resolver la mitad del problema. Cuando un país o el mundo andan despistados en términos de valores, son más útiles los líderes inspiradores.

El Colombiano, 4 de febrero

lunes, 29 de enero de 2018

Qué tan raro

Las señales que muestran la falta de argumentos en materia de política electoral son alarmantes. No me refiero a las redes sociales –en las que no participo– sino a los comentarios personales de gente ilustrada y a las opiniones que se cuelan en las conversaciones semipúblicas y en la prensa. Expondré algunos.

Empecemos por Gustavo Petro, el demonio público del día, como en su día lo fueron Álvaro Gómez o Rojas Pinilla. Hace apenas cuatro años, el apoyo de Petro a la campaña presidencial de Juan Manuel Santos resultó decisivo para el triunfo de este, y para la vicepresidencia de Vargas Lleras. Nadie dijo ni mú, hoy aparece como el intocable, el paria, sin que nadie explique por qué. ¿Cambió tanto Petro en cuatro años? Qué tan raro.

Sigamos con la frase del año: “por el que diga Uribe”. Acá está una de las pruebas más evidentes de irracionalidad. Baste recordar que en las elecciones del 2010, el que dijo Álvaro Uribe fue Juan Manuel Santos. El resultado fue más malo que regular para Colombia y nefasto para el uribismo. Y, sin embargo, millones de personas siguen esperando que Uribe les diga por quien votar. A mí por lo menos me queda claro que para eso Uribe no sirve, pero en esas andamos. Qué tan raro.

Desde que Petro se retiró del Senado de la República, cada año, consistentemente, el senador mejor calificado en el país ha sido Jorge Robledo. No en encuestas impersonales; esa ha sido la conclusión de estudios enfocados en los llamados líderes de opinión. Pues bien, ahora resulta que el apoyo del mejor senador del país se esgrime como salida para descalificar la alternativa presidencial de Sergio Fajardo. Qué tan raro.

A propósito de Robledo. Cuando andaba en el mismo partido con Carlos Gaviria Díaz, a los progresistas no les parecía tan mal tipo. Aunque sus ideas económicas, cercanas a las de Laureano Gómez –según Salomón Kalmanovitz–, eran las mismas. Qué tan raro.

Solo uno de los candidatos presidenciales está en el centro del entramado de corrupción de Odebrecht, en el ombligo de todos los robos al erario público en el departamento de Córdoba y, por supuesto, en la cadena administrativa que involucró a los contratistas inexpertos a quienes se les cayó el puente de Chirajara. Se llama Germán Vargas Lleras. Por cosas menores se cuestiona a la mayoría de aspirantes a la Presidencia. Pero de Vargas Lleras nadie habla en estos casos. Qué tan raro.

Víctima de la acusación temeraria y no probada de gobernar con el paramilitarismo, comentaristas cercanos al Centro Democrático pagan con la misma moneda tratando de confundir a la opinión con la especie de que todos los demás candidatos, excepto Vargas, son amigos de la Farc o testaferros políticos de ella. Muy raro y muy ridículo.

El Colombiano, 28 de enero

lunes, 22 de enero de 2018

Contratistas 2

Después de publicada la columna anterior sobre el tema de los contratistas han pasado algunas cosas y he recibido algunos comentarios razonados, cosa rara en estos tiempos de iracundia, irreflexión y tozudez.

Empiezo por las reflexiones. El colega Santiago Leyva, de la Universidad Eafit, me hizo un apunte sobre una preocupación que le ronda hace tiempos y que tiene que ver con la acumulación de conocimiento y la construcción de capacidades en el sector público. El sistema de contratación vigente en el país impide que eso ocurra; el aprendizaje es un valor añadido que gana el contratista y que se convierte en un factor de negociación y presión sobre los entes oficiales.

Otro profesional me señaló el asunto de la rotación excesiva en los cargos de nivel gerencial, no solo en la administración sino también en las empresas comerciales e industriales del Estado. “Como cambian de gerente, también cambian muchos puestos técnicos de alto nivel, al punto de que ya los funcionarios de carrera, prácticamente no pueden llegar a las grandes gerencias porque estas se han vuelto más políticas que otra cosa quitándoles eficiencia a las empresas”, me escribió.

Hablé de la pérdida de poder simbólico del Estado. El personalismo de los gobernantes lleva a que quede la idea de lo bueno lo hizo fulano, lo malo el Estado (o viceversa si habla la oposición). Y sirve para la más inútil de las contrataciones de hoy: la papelería de las administraciones. Porque ya no importa la administración sino el fulano a cargo. Cada cuatro años cambio de foto, de lema y de colores. ¿Cuánto vale? ¿Qué proporción del presupuesto de un pequeño municipio se pierde en este contrato?

El presidente Santos acabó de echar al director de Colciencias César Ocampo. En entrevista reciente (“Colciencias debería ser una entidad libre de clientelismo”, El Tiempo, 16.01.17), Ocampo señaló que en la entidad “se habían delegado competencias en materia de contratación y toma de decisión a la subdirección general y a la secretaría general” y que eso permitió irregularidades como la contratación de “personas con formación de bachiller o técnico con honorarios de hasta 5 millones de pesos, y otras, con formación de doctorado, con honorarios de un rango similar”. Ocampo quería hacerse cargo, pues era su responsabilidad, pero el Presidente no quiso ceder la máquina contratante.

Se cayó el puente de Chirajara en la vía Bogotá-Villavicencio, a cargo de una empresa propiedad del único amigo fiel de Santos, Luis Carlos Sarmiento, quien llegó a la infraestructura como contratista neófito. La obra era un puente de 440 metros de longitud que no lo hace cualquiera. Con la idea de que si hay plata y hay contrato se puede hacer cualquier cosa, se elabora la filosofía del contratismo. Esperemos a ver quién lo paga y a quién contratan para volverlo a hacer.

El Colombiano, 21 de enero.

lunes, 15 de enero de 2018

Contratistas

Titular de noticia decembrina: “Indignación por foto de contratistas de la Alcaldía de Medellín con Popeye” (El Colombiano, 29.12.17). Confieso que no leí la nota; basta la foto de un par de personas con chalecos de la Alcaldía tomándole fotos a una compañera con John Jairo Velásquez, sicario de Pablo Escobar. Dada la fecha de la publicación, puede suponerse que los hechos ocurrieron el Día de los Inocentes.

El Estado colombiano creó hace tiempo un sistema de operación que descansa en los contratistas, que se disparó después de las reformas de César Gaviria. Mi impresión es que si uno le quita los contratistas a un ente estatal, especialmente las alcaldías y las gobernaciones, lo que resta de acción estatal es muy poco. Pongamos como caso el municipio de Medellín. El grueso de los empleados públicos son maestros, guardas de tránsito y un pequeño grupo de personal administrativo compuesto por interventores y secretarias. La ejecución de las políticas públicas depende, en lo fundamental, de contratistas. Esta distribución subvierte la filosofía de toda contratación, cual es, procurar que terceros hagan aquellas actividades que no están en el meollo de la misión institucional.

Cuando el 80% de la actividad de la administración (esa es la cifra que me da una fuente) la hacen los contratistas, eso significa ni más ni menos que la ciudadanía está en manos de entes privados. No se trata solo de hacer andenes o tapar huecos. Estamos hablando de atención a primera infancia, cuidado del espacio público, prestación de servicios de nutrición escolar o salud. Tampoco se trata una simple prestación de servicios sino de delegación de funciones públicas que podrían implicar ingresos para el municipio. Y si no, ¿quién establece la fotomulta de tránsito y la recauda? ¿quién da las licencias de construcción y cobra por ello? ¿quién da los certificados tecnomecánicos, entre otros, y recibe los pagos?

El hecho de que la administración pública descanse en los contratistas tiene dos efectos perversos adicionales. Uno es la corrupción pues, como se sabe, los apoyos electorales y la financiación de campañas se suelen pagar con contratos. Normalmente a personas y entidades que no saben nada sino que funcionan como “operadores logísticos”, entes contratantes dedicados a subcontratar y a llevarse las tajadas más grande de los presupuestos. El segundo es que los trabajadores que están al final de la cadena de contratistas son mal pagados y sujetos a condiciones muy precarias.

Que la contratación sea más eficiente no está demostrado. Eleva los costos de transacción y genera enorme gastos a la ciudadanía por la descoordinación que genera (vean distintos operadores haciendo cosas distintas en la misma vía a la misma hora). Además anula la capacidad simbólica del Estado, por eso alguien con el logo de la Alcaldía puede posar con Popeye en contra de la voluntad del Alcalde.

El Colombiano, 14 de enero