miércoles, 22 de mayo de 2013

Intérpretes de Jardín

Son pocas las interpretaciones de Jardín –que está cumpliendo su primer sesquicentenario– desde que el padre José María Gómez Ángel dejara memoria de sus periplos por lo que luego sería el Suroeste y se viera así mismo diseñando el plano del pueblo formándose ilusiones de ser “párroco de aquella nueva sociedad de fieles”.

Veintidós años después, en 1885, don Manuel Uribe Ángel le dedicó un párrafo diciendo que mientras la tierra fuera de una sola persona el distrito estaría condenado a la pobreza, como efectivamente lo estuvo hasta hace poco. Esta vena de interpretaciones históricas tiene hasta ahora su mejor exposición en el libro del historiador Juan Carlos Vélez “Los pueblos allende el río Cauca” (2002). Jairo Franco Alzate exploró las peripecias de la colonización hacia el Valle, de la que algunos jardineños son protagonistas, en su libro “Desplazados y terratenientes en la colonización antioqueña del sur” (2009).

Luego están las reelaboraciones de ficción. Manuel Mejía Vallejo que crea sus historias más telúricas en Balandú, nombre que fue propuesto al momento de la fundación en 1863, según se dice. Mario Escobar Velásquez quien recrea la fundación en una página de “Toda esa gente” y especula con la idea de que Gómez Ángel quiso que se llamara Sión. Hasta las narraciones más recientes de Javier Echeverri Restrepo en “Los cuentos de Jardín”.

Las nuevas generaciones han encontrado otra manera de interpretar a Jardín y prácticamente lo están reinventando con los ojos, los oídos y los pies.

William Díaz redescubrió con el pincel el hechizo de las montañas que rodean la cabecera municipal, mismos que por la costumbre dejaron de ver los vecinos y por la miopía no ven los visitantes de plaza y aguardiente. Juan Fernando Agudelo encontró luces nuevas en la arquitectura del parque y de sus casas, sobre telas grandes. Felipe Giraldo, en grafito sobre papel, viene retratando los personajes anónimos y callados que ven asaltada su simpleza por la civilización ruidosa.

La escuela de música lleva ya un cuarto de siglo educando instrumentistas que pueden elaborar un nuevo lenguaje de los jardineños, aunque pocos se aventuran en la composición. Debe destacarse la colaboración entre músicos locales y de Medellín para la creación del trabajo “Charco Corazón”, en 2006, inspirado en los parajes rurales del municipio.

Hay otra especie menos evidente de redescubridores que está conformada por los caminantes; los involuntarios continuadores de la inquietud de Alejandro Vélez. Los que expusieron a la luz pública los chorros, cuevas y altos antes bajo el ojo exclusivo de aserradores y cazadores; los cuidadores de los ámbitos del loro orejiamarillo y el gallito de roca; los que están volviendo a abrir los caminos viejos a Jericó, el Chamí y Caramanta.

Ojalá que estos cuidadores sirvan de ejemplo a los empresarios y a los políticos locales. Para que Jardín dure bien.

El Colombiano, 19 de mayo

miércoles, 15 de mayo de 2013

Jsuticai

La última joya del diseño institucional elaborado en la Asamblea Nacional Constituyente está a punto de colapsar reventada por la presión de la corrupción, la ineficiencia y la perversa influencia de los demás poderes públicos. Se trata de la justicia, que articulada con los derechos (y deberes), fue el mejor saldo de la Constitución de 1991.

La justicia colombiana está postrada. El problema no es nuevo y tiene muchos orígenes. Los mecanismos de postulación y elección de los magistrados de las altas cortes ya han mostrado sus grietas. Los constituyentes creyeron en la limpieza idílica de los juristas, como si nunca hubieran conocido a un abogado de carne y hueso. Crearon un órgano administrativo autónomo que se come el presupuesto mientras la mayoría de los municipios tienen un juez promiscuo y los fiscales de las grandes ciudades se las tienen que ver con una variedad inabarcable de delitos.

Hace algunos años apareció un oscuro abogado llamado Augusto Ibáñez quien quiso poner en práctica la doctrina del “siglo de los jueces” que en la práctica significaba la imposición (ya no el control) de las cortes sobre la política, y quien además lideró un sabotaje inédito del poder judicial contra el ejecutivo.

Durante los últimos tres años hemos visto una sucesión de exabruptos. El carrusel de las pensiones que permitió que personas con labores temporales en las cortes accedieran a pensiones altísimas; la puerta giratoria que se abrió entre altas cortes para que los magistrados transitaran de una a otra; los intricados organigramas de negociación de puestos entre la Procuraduría, las cortes y el congreso. Hace 4 años los magistrados se disfrazaban de exégetas heroicos, ya ni siquiera se molestan en hacerlo.

Con la llegada del presidente con la más alta votación de la historia se divisó la posibilidad de la reforma a la justicia que terminó en medio de un escándalo terrible y la incapacidad manifiesta del gobierno. En la última semana Santos posesionó casi clandestinamente a un magistrado altamente cuestionado, incluso por los oficialistas más obsecuentes, y un magistrado del Consejo Superior de la Judicatura incitó públicamente a los beneficiarios de las pensiones millonarias a atacar a la Corte Constitucional mediante tutelas.

El resultado salta a la vista. Según Invamer Gallup en 2008 la favorabilidad de la justicia entre los colombianos era de un 58%, hoy tiene una desfavorabilidad del 62%, 70% entre los jóvenes (El Tiempo, 09.05.13). Latinobarómetro muestra que este es el peor momento de la justicia para los ciudadanos en los últimos diez años y también que la justicia es el componente más bajo de apoyo al sistema político. Según el Estudio Mundial de Valores la confianza en la justicia apenas llega al 34%.

Ahí están los factores y los responsables de los problemas de legitimidad de nuestras instituciones.

El Colombiano, 12 de mayo

miércoles, 8 de mayo de 2013

Liderazgo responsable

En el lenguaje común el concepto de liderazgo debería implicar también el de responsabilidad. No siempre es así. Si no mírense los casos Interbolsa o Federación de Cafeteros. Genaro Muñoz se pegó de la frasecita de la canciller Holguín después del fallo de La Haya: “si los problemas se arreglaran con mi renuncia…” ¡Claro que no se arreglan, pero existe una cosa que se llama responsabilidad!

Estos son desahogos. Mi punto específico es la salud. En reciente foro en la Universidad Eafit el ministro de salud Alejandro Gaviria aseguró que el Distrito Capital tiene 700 mil millones de pesos con destino a la salud guardados en un banco, mientras los hospitales y el servicio están en las que vemos a diario en los noticieros. En la última semana han muerto dos bebés por negligencia en la prestación del servicio. Queda la impresión de que la administración de Petro hace política con la salud de los bogotanos para “agudizar las contradicciones” con el gobierno nacional.

En Antioquia pasó algo diametralmente opuesto. Desde el primer día de las actuales administraciones de Medellín y el departamento hubo apersonamiento respecto a la crisis de la salud. Más de 1 millón 300 mil personas afiliadas a 9 EPS quedaron expósitas. El Servicio Seccional de Salud de Antioquia empezó hace más de un año a asegurar la atención de estas personas a través de un convenio con Comfama.

Mientras esta medida remedial se llevaba a cabo, la Gobernación, la Alcaldía y Comfama empezaron a discutir la posibilidad de buscar una solución más profunda al problema y al terminar el año ya habían logrado los apoyos para explorar la creación de una nueva entidad prestadora de servicios. Comfama en su consejo integrado por empleadores y sindicatos, y los entes territoriales con el aval de la Asamblea Departamental y el Concejo Municipal. Esta iniciativa requirió el liderazgo de personas como Sergio Fajardo, Aníbal Gaviria y María Inés Restrepo.

Unas pocas voces desdeñosas soltaron las perlas habituales: ¿por qué no esperar a que salga la ley del gobierno nacional? ¿por qué asumir una responsabilidad que no está claramente prescrita como competencia regional o local? ¿no hubiera sido mejor asá y no así? Savia Salud empezó oficialmente a operar el 1 de mayo y está por verse que tan exitosa puede ser su operación. Al menos, respecto a la articulación con los criterios nacionales el Ministro ha dado un parte de tranquilidad.

Lo notable en este caso es la manera como han actuado los agentes regionales. Nada de gobernantes que administran rutinariamente, eludiendo los grandes problemas con excusas o trasladándole la responsabilidad a terceros, sobreaguando. Nada de administradores con alcance exclusivamente corporativo, sin consideración de las necesidades sociales de la región. Nada de eso. En cambio, iniciativa, audacia y liderazgo responsable.

El Colombiano, 5 de mayo

jueves, 2 de mayo de 2013

Aguijón venezolano

Me siento a la mesa en la cena de bienvenida de un evento académico. Dos comensales –que serán los compañeros de seminario y aún no conozco– están conversando. Son venezolanos y poco después me entero de sus credenciales científicas, de que son opositores al régimen, que se dan sus escapaditas a Colombia, pero no quieren dejar su país. Quien tiene la palabra está haciendo una pequeña inducción sobre Colombia. La conversación lleva un rato y supongo que me perdí la mitad buena de sus consideraciones.

Mira –dice– lo primero que tienes que saber es que aquí hay varios países, por lo menos cinco; uno en Antioquia, otro en el Caribe, otro en el occidente, otro acá en Bogotá. ¿Y sabes por qué? Este país no está integrado, siempre ha sido muy difícil ir de un lugar a otro. En Venezuela tenemos 64 mil kilómetros de vías que cruzan todo el país, desde Amazonas hasta la costa. Aquí son 14 mil (sic). Después, puedes tomar tu carrito y te vas hasta Medellín en 8 horas, pero ten cuidado porque si cae una agüita te puedes demorar 24. Acá llueve, la tierra se cae y las carreteras se arruinan.

¿Sabes cuántos candidatos a los concejos municipales mataron en el 2011? 42. ¿Puedes creer eso? Acá la política es muy violenta. No es solo que haya guerrilla o narcotraficantes, es que siempre hay violencia en las elecciones y entre los partidos que se enfrentan. ¿Cuándo hemos visto eso en nuestro país?

Ahora mira lo extraño. ¿Has escuchado hablar de Simón Gaviria? Es el presidente del partido liberal, ¿y sabes qué? Su papá fue presidente. ¿Viste en la prensa las críticas de Andrés Pastrana al Presidente Santos? Pues te cuento que Pastrana –que fue presidente– es hijo de otro que fue presidente y nieto de uno que fue candidato a la presidencia de la república. Y Santos es nieto o algo así de otro presidente. En Venezuela lo único parecido que hemos visto son los hermanos Monagas hace 170 años.

Es más. Te digo que esto es muy raro en América Latina. Sí tenemos familias económicas; incluso en Perú y México también hay auténticas oligarquías, ¿pero dónde tú ves que el hijo, el nieto, el primo, toda la familia se hereden los cargos? Eso no pasa si no en Colombia.

Termino con lo más práctico que es salir a la calle. Tienes que mantenerte atento. Acá los conductores de automóvil son como en México. Nadie respeta nada. No respetan las normas y tampoco te respetan a ti. Vas a ver.

Mientras mi colega habla voy respondiéndole mentalmente. Por instinto me refugio en la excusa tonta de que la sociedad venezolana tampoco es un modelo de perfección. Al cabo me digo que, aunque con algunas imprecisiones, no dijo ninguna falsedad.

El Colombiano, 28 de abril

miércoles, 24 de abril de 2013

Chavismo

La valoración del tipo de régimen que constituyó la autodenominada revolución bolivariana de Hugo Chávez en Venezuela ha sido objeto de una gran controversia académica, política y mediática. Tal discusión no ha impedido que las caracterizaciones habituales estén dominadas por la etiqueta de populismo; una variedad de régimen político o de gobierno distintivamente latinoamericana.

En la historia política del continente los ejemplos principales de esta política han sido los gobiernos de Juan Domingo Perón en Argentina (1946-1955), Getulio Vargas en Brasil (1930-1945) y Lázaro Cárdenas en México (1934-1940). Sus características básicas fueron un modelo de desarrollo hacia adentro basado en la estatización de sectores estratégicos, creación de una base popular organizada de trabajadores urbanos y rurales empoderada y destinataria de la política social, un ideario nacionalista, un proyecto cultural apoyado en una intelectualidad comprometida.

El chavismo no cumple con ninguna de estas características.

La economía bolivariana depende de la venta de petróleo, cuyos ingresos efectivos en este momento provienen casi exclusivamente de Estados Unidos. El chavismo tomó como primer enemigo social al sindicalismo y llevó a su mínima expresión a la Central de Trabajadores de Venezuela. Los principales movimientos sociales venezolanos hoy son el estudiantado y la juventud que han sido bastiones de la oposición al “socialismo del siglo XXI”.

El chavismo no es nacionalista, es internacionalista. En el interior, el imaginario bolivariano propende por la construcción discursiva de un enemigo interno que, según las elecciones del pasado domingo, es ni más ni menos que la mitad de la población. En el exterior, el régimen se ha puesto al servicio de Cuba, poniendo en manos de la isla procesos estratégicos del país como la defensa del ejecutivo, la información censal y notarial, y las misiones sociales.

El proyecto socialista del siglo XXI carece de una intelectualidad propia, toda es prestada de teóricos y famosos atacados por el síndrome de Siracusa, el mismo que llevó a Platón en su vejez a servir de faro a un tirano que desconocía. El alemán Hans Dieterich inventor de la fórmula y que renegó de Chávez en 2007; el argentino Ernesto Laclau que ha guiado la construcción retórica de los enemigos del régimen; Maradona, eminencia de una corte de bufones con uno que otro colombiano.

Hasta ahora el chavismo ha sido un autoritarismo competitivo, basado socialmente en lo que Marx llamaba el lumpenproletariado y económicamente en una economía extractiva, que ha erigido una nueva clase dominante rentista y corrupta. Ausente el líder carismático, es posible que la élite de poder se incline hacia una dictadura de partido, aumentando las tensiones internas y trasladando el centro del conflicto al seno de las fuerzas armadas. Mientras tanto, su principal apoyo serán las novísimas instituciones internacionales lideradas por el Alba: Unasur y la Celac, en las que Colombia hace las veces de convidado de piedra.

El Colombiano, 21 de abril.

miércoles, 17 de abril de 2013

Tolerancia

En 1981 Karl Popper (1902-1994) afirmó que “la tolerancia ya no parece un problema en los países democráticos de Europa, América del Norte, Australia y Nueva Zelanda”. Con ello quería decir que la idea de la tolerancia estaba suficientemente afirmada en el mundo occidental (Latinoamérica no contaba). A renglón seguido advertía sobre el peligro que podía suponer una especie de exceso de tolerancia.

Como tantos otros notables pensadores cuando se ponen en trance oracular, Popper se equivocó escandalosamente. Bastó que cayera el Muro de Berlín para que la discriminación general se apoderara de Europa. La xenofobia emergió del breve sopor al que fue sometida después de la guerra. Viejas formas de discriminación como la religiosa y la económica, retornaron. Otras se presentaron como ideas legítimas; tal la discriminación sanitaria.

La convicción popperiana de que la tolerancia ya era un principio aceptado, simplemente, estaba errada. El problema en el mundo contemporáneo es que esa idea de Popper parece dominar el inconciente colectivo, hasta el punto de que la palabra tolerancia ha desaparecido del lenguaje político y social. Suena a palabra vieja, desgastada, trivial y poco eficaz. No es cierto allá, donde se creen civilizados, y lo es menos acá.

En Colombia país de gramáticos, en el que supuestamente ha existido una mayoría política liberal, apenas sí existe. Prácticamente la única obra que destaca este concepto es el “Manual de Tolerancia” de Héctor Abad Gómez (1921-1987), editado póstumamente. Si dejamos los libros y vamos al mundo, el panorama es peor. Ya en otra columna había citado los datos sobre intolerancia política que recoge Latinobarómetro; además, los informes de la “Red de ciudades cómo vamos” sobre discriminación superan el 70% en todos los ítems consultados.

Popper volvió sobre un problema clásico de la tolerancia cual es qué debemos hacer con los intolerantes. Su respuesta sigue siendo vigente; debemos tolerar a los intolerantes hasta un límite que es el uso de la violencia. La apelación a la violencia es la frontera de lo admisible, así que es probable que alguien defienda ideas que nos parecen equivocadas y lo haga en términos terribles a nuestros oídos, pero mientras no recurra a la violencia estará de este lado de la línea. Es difícil encontrar violentos que usen palabras dulces, pero aunque así fuera estarían en el campo de lo intolerable.

Resuelto este punto, el pensador austriaco formuló tres principios:
1. Es posible que yo esté equivocado y que usted tenga razón.
2. Discutamos las cosas racionalmente.
3. Aunque no nos pongamos de acuerdo, podríamos ir aclarando las cosas.

El primer punto puede ser glosado por Pierre Bayle (1647-1706): aunque una verdad esté probada, nadie puede ser obligado a aceptarla. El tercero podría tener una aclaración de Isaiah Berlin (1909-1997): aunque no tengamos muchas cosas claras podemos hacer acuerdos parciales.

El Colombiano, 14 de abril

miércoles, 10 de abril de 2013

Negociar con bandidos

Acaba de cumplirse un año de la tregua, avalada por el gobierno salvadoreño, pactada por los líderes de dos de las enormes y sanguinarias pandillas de ese país, las maras “Salvatrucha” y “Barrio 18”. El único resultado que justifica tal acto desesperado es la reducción del homicidio. Aún así, El Salvador sigue en el segundo puesto entre los países más violentos del mundo con una tasa de 66 homicidios por cada cien mil habitantes, equivalente a dos veces y media la tasa colombiana.

Las evaluaciones de la Oficina de Washington para América Latina (WOLA) y del Banco Mundial son muy pesimistas. La reducción del homicidio es insuficiente, la opresión sobre las comunidades mediante la desaparición forzada, la extorsión y otros delitos no cesa, los beneficios más visibles son para los delincuentes presos. Parece estar claro que esta tregua, en lugar de buscar la inserción de los pandilleros, está conduciendo a la aceptación pasiva de su condición de actores sociales (El País, 30.03.13).

Las maras en tregua se han convertido en un paraestado que no cesa de delinquir y sus jefes son los dueños de la tregua con el poder de intimidar a la sociedad con la ruptura de la misma. En una sociedad agobiada por el homicidio los jefes de las maras tienen la llave de la tasa de homicidios, el indicador más potente para mover a los sectores sociales y a los grupos políticos en las próximas elecciones; más influyente que la tasa de cambio y la tasa de desempleo.

Nada de esto es ajeno a Medellín. Durante los años noventa hubo varios intentos de hacer acuerdos con grupos criminales que terminaron en un fracaso rotundo. Hubo dos significativos. La legalización de las milicias populares a través de una cooperativa de seguridad, impulsada desde la presidencia de César Gaviria (en el próximo número de la revista Colombia Internacional presentaré una evaluación de ese caso). Y un proceso de acuerdos con las bandas en los barrios iniciado que llevó a pactos de no agresión con 57 bandas en 71 barrios de la ciudad (analizados como parte de la política en varios capítulos del libro “Ensayos sobre conflicto, violencia y seguridad ciudadana en Medellín, 1997-2007”).

La caracterización que asumen los investigadores del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia sigue una noción propuesta en esos años por la socióloga María Teresa Uribe. Se trató de una “negociación del desorden”. Varias administraciones municipales, afanadas por mostrar algún descenso en los indicadores de seguridad pretendieron comprar a los bandidos. Así se titulaba la triste y pobre política de seguridad de Luis Pérez, “Compro la guerra”. Los bandidos se quedaron con la plata, aprovecharon la connivencia de las autoridades y la ciudadanía siguió sufriendo los estragos de la violencia.

Cualquier nueva política debe aprender de esas experiencias.

El Colombiano, 7 de abril