lunes, 18 de septiembre de 2017

Medellín hace memoria

A veces es bueno mirar atrás. A Medellín y Antioquia les ha servido de mucho mantener un fuerte sentido de pertenencia alimentado por una visión optimista del pasado y un sentido casi heroico de que habría un futuro mejor. Sin esa pujanza, sin esa confianza, no habríamos salido del hoyo en el que nos metimos en la segunda mitad del siglo XX. Pero, a veces, es bueno mirar atrás.

Así lo entendió la administración del alcalde Aníbal Gaviria Correa (2012-2015) cuando tomó la iniciativa de proponerle al Centro Nacional de Memoria Histórica la realización de un informe de memoria de la ciudad. Los dos entes estatales más el Ministerio del Interior asumieron la financiación. La realización corrió por cuenta de la Universidad Eafit, la Universidad de Antioquia y la Corporación Región, y la coordinación recayó en esta última que, por demás, ha liderado los demás informes de memoria (cuatro) hechos en Antioquia.

Después de más de dos años de trabajo se presentó el pasado jueves, en el Centro Cultural de Moravia, el informe que lleva por título Medellín: memorias de una guerra urbana. Son 518 páginas divididas en cinco capítulos más una introducción y unas recomendaciones. El libro físico se esfumará, como ha pasado con los demás informes, pero está disponible para leer o descargarse en el sitio web del Centro Nacional de Memoria Histórica.

El trabajo incluyó 20 talleres en los que participaron 324 personas, 13 grupos focales con 102 personas, 70 entrevistadas, todas ellas de los más diversos estamentos y condiciones de la sociedad. Son incontables las fuentes documentales consultadas, así como incuestionable –sin falsa modestia– el bagaje de los investigadores y las instituciones que estuvieron a cargo de esa tarea. Sin embargo, todos los participantes y promotores creemos que este es un relato más y de que es bueno para nuestra sociedad que haya más relatos y más variados.

No pretendo hacer una síntesis de un trabajo tan vasto. Solo contar con tristeza que, cifras en mano, Medellín fue el municipio con la población más victimizada del país. Algo de lo que no somos conscientes nosotros y menos aún quienes, sin entendernos, nos acusan colectivamente. Solo señalar que Medellín no se jodió en los ochenta, cuando llegaron el ruido y la furia, sino dos décadas atrás cuando todos los sectores dirigentes se apoltronaron en la complacencia por los éxitos de sus antecesores y no fueron capaces de entender los cambios que estaban ocurriendo y las tempestades que, sin querer, estaban sembrando. Solo enfatizar que si esta ciudad se levantó, fue porque muchas personas e instituciones se juntaron, resistieron, sembraron luz; fue porque hubo acciones del Estado a nivel nacional, voluntades de organismos de cooperación, que contribuyeron de modo decisivo a ayudarnos. Solo recordar que no somos inmunes.

Léanlo. A veces es bueno mirar atrás.

El Colombiano, 17 de septiembre

jueves, 14 de septiembre de 2017

Medellín: memorias de una guerra urbana


En consonancia con la misión otorgada por la Ley 1448 de 2011 (llamada “ley de víctimas”) al Centro Nacional de Memoria Histórica de aportar al esclarecimiento y la comprensión de las causas de la guerra en Colombia, el informe Medellín: memorias de una guerra urbana centra su mirada en el conflicto armado y las violencias asociadas ocurridas en la ciudad de Medellín entre 1980 y 2014. Describe cuál fue el repertorio de violencias desplegado por los actores partícipes de esta confrontación armada, los factores que posibilitaron su emergencia y persistencia en la vida urbana, los impactos generados a la población y la manera como esta respondió para enfrentar y sobreponerse a los estragos de estas violencias.

El informe completo puede descargarse de la página del Centro de Memoria Histórica.

RELATORES
Marta Inés Villa Martínez
Ana María Jaramillo Arbeláez
Jorge Giraldo Ramírez
Manuel Alberto Alonso Espinal
Sandra Arenas Grisales
Pablo Bedoya Molina
Luz María Londoño Fernández

CENTRO NACIONAL DE MEMORIA HISTÓRICA
CORPORACIÓN REGIÓN
UNIVERSIDAD EAFIT
UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Las ideas en la guerra: Ibsen Martínez II

Escarnio de la paz, nostalgia de la guerra

IBSEN MARTÍNEZ

El País, Madrid, 12 septiembre, 2017

Que la paz sea recibida con indiferencia por muchos colombianos es de las cosas más intrigantes para el extranjero que viene a vivir en Colombia.

Esto pudo sentirse con ocasión de la visita papal. La sorna que expresaban las redes sociales me recordó a muchísima gente que en Venezuela cree a pies juntillas la conseja según la cual Juan Manuel Santos está en la nómina de Nicolás Maduro.

Rumiar la idea fija de una conspiración que reúne a Nicolás Maduro, Raúl Castro y Juan Manuel Santos en torno a un mismo designio es característico de muchos compatriotas míos a quienes he llamado "venecouribistas": abominan por igual de Santos y del papa Francisco.

Asimilan el origen argentino del pontífice a una filiación peronista, más precisamente kirchnerista y, por peregrina transitividad y negra magia empática, también chavista.

Recíprocamente, se leen y escuchan en Colombia insinuaciones que señalan la visita pastoral como una martingala engañabobos orientada a instaurar, llegado el momento y sin que se le ofrezca resistencia, una dictadura "castrochavista".

Dicho sea de paso, aunque se discrepe de quienes así piensan, hay que reconocer el acierto de Álvaro Uribe al dar con una palabra que resume el parentesco esencial, la consanguinidad ya indiscutible que une al fraudulento socialismo del siglo XXI chavista con la interminable tragedia cubana.

Está claro, pues, que parte del escepticismo ante lo bueno que pueda traer a Colombia el posconflicto va de la mano con una desvalorización de la paz. Y cabe preguntarse, como lo ha hecho el escritor Andrés Hoyos, si esta equivale a una vergonzante nostalgia de la guerra.

Respuestas sumamente persuasivas a esa pregunta hallé en el libro de Jorge Giraldo Ramírez, Las ideas en la guerra (Debate, 2015).

Una de ellas, que el filósofo e historiador de las ideas ilustra cabalmente, se halla en la sostenida y prolongada elaboración, digamos teórica, que a lo largo de todo el siglo XX, y aun de parte del actual, hicieron ciertas élites colombianas para apuntar la noción de que la lucha armada era por completo inevitable.

No solo los hombres de la guerra, sino también académicos e intelectuales de mucha valía concibieron y propugnaron la violencia como único medio de alcanzar fines filantrópicos en la desigual Colombia. Asombra que tanta gente, incluso figuras que repudiaban principistamente la violencia, la tuviesen como inevitable. Giraldo explica parcialmente esto último con lo que Albert Hirschmann llamó la "fracasomanía" de los colombianos.

Un desolador efecto de esta idea de inevitabilidad de la violencia, observa Giraldo, fue el rechazo sectario a toda iniciativa política que abriese posibilidades a medios pacíficos y electorales, es decir, deliberantes y políticos, de alcanzar el poder.

Giraldo pasa minuciosa revista a los desdenes doctrinarios con que los violentos ignoraron las posibilidades abiertas por del Pacto de Benidorm, a fines de los años cincuenta, y las opciones que abrió a la lucha de masas la firma de la Constitución de 1991.

En varios momentos de su libro, Giraldo comenta la incapacidad de los mandos violentos y sus valedores intelectuales para identificar las ocasiones que hubiesen permitido imprimir un giro pacífico y democrático a sus métodos de lucha, en lugar de sembrar el país con millones de víctimas.

Esa ceguera condujo a la socarrona fórmula "combinación de todas las formas de lucha" que, en realidad, nombraba una sola: la armada.

Al firmar la paz y abrazar un proyecto electoral, las FARC han optado al fin por las formalidades democráticas. Sin cerrar los ojos a su pasado, un ecuánime sentido deportivo debería llevar a desearles mejor puntería en esta nueva y bienvenida oportunidad.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Pérdida del vos

Pocas cosas hay de nuestro modo de ser, el paisa, que me provoquen nostalgia o me convoquen a una causa de conservación o defensa. Las perdidas, perdidas están y no volverán por muchas invocaciones que hagamos. Muchas de ellas vale la pena que hayan muerto. Al fin y al cabo el desmadre y el despiste en que se metió Antioquia entre 1960 y comienzos de este siglo se debe en gran parte a los demonios que se ocultaban tras ese modo de ser que nos parecía tan épico y que engendró ditirambos como, por ejemplo, los de Jorge Robledo Ortiz que se incrustaban en el inconsciente a través de la oratoria de Rodrigo Correa Palacio.

Una de las pocas cosas que lamento de verdad, que me entristece, es la pérdida del vos. El voseo es una de las formas que tiene el habla latinoamericana, especialmente en Centroamérica y el Cono Sur, aunque nada ajeno a la región andina. En Colombia, se trata de un uso típicamente paisa, del centro, oriente y sur de Antioquia y el viejo Caldas; pero no solo, ya que existe en otras regiones. Pero basta aguzar el oído, en la casa, el trabajo, la calle, para palpar su agonía.

El trato de vos es uno de los rasgos más característicos no solo del habla sino de nuestra manera de ser y de relacionarnos con los demás. Lo dijo Martin Heidegger (1889-1976), siempre a propósito de sus reflexiones ontológicas: “el lenguaje es la casa del ser”. Y con más fuerza y no menos profundidad Ernesto Sábato (1911-2011): “el lenguaje es la sangre del espíritu”. Si nos atenemos a estas proposiciones y nos adentramos en sus implicaciones podemos entender que no se trata de un asunto menor sino de todo lo contrario, de uno de los nervios de la cultura, la identidad y el alma.

El escritor y pensador argentino diagnosticó la vergüenza frente al vos como indicador de “un fuerte sentimiento de inferioridad y un subconsciente espíritu de vasallaje” (“El voseo”, 1966). Y se justificaba por ocuparse de ese tema diciendo que en momentos de crisis era necesario hacer conciencia de la propia situación. Sin dudas, hay arribismo en el abandono del vos y el abrazo del tú. Arribismo característico de las clases medias en tiempos de prosperidad y de trato recurrente con el mundo exterior y con las clases altas. También hay algo de eso que Fernando González bautizó mejor como complejo de hideputa.

Ahora los padres, los maestros, los jefes, usan y abusan del tú sin saber siquiera conjugarlo, como una impostación, a pesar de que les sea imposible ocultar el capote de montañero que todos llevamos. Pero la inoculación sobre los niños y los jóvenes hará que el desplazamiento del vos sea más natural. ¿La casa y el espíritu dónde quedarán?

El Colombiano, 10 de septiembre.

lunes, 4 de septiembre de 2017

Las ideas en la guerra: Ibsen Martínez

Las ideas en la guerra

IBSEN MARTÍNEZ

El País, Madrid, 29 de agosto de 2017

Susan Sontag observa en su ensayo Ante el dolor de los demás: “En el centro de las esperanzas y de la sensibilidad ética modernas está la convicción de que la guerra, aunque inevitable, es una aberración. De que la paz, si bien inalcanzable, es la norma. Desde luego, no es así como se ha considerado la guerra a lo largo de la historia. La guerra ha sido la norma, y la paz, la excepción”.

En Colombia se ha firmado un acuerdo de paz que puso fin a casi siete décadas de atroz conflicto armado que dejó más de seis millones de víctimas y centenares de miles de muertos. Otra “cifra dura”, equiparable a la de las víctimas, es la opinión del 50,23% de los 12.779.402 ciudadanos consultados en el referéndum de 2016. Ellos dijeron “no” al acuerdo alcanzado por las FARC y el Gobierno colombiano.

El resultado del referéndum, favorable por un pelo al “no”, aunque carente de fuerza jurídica, invita a preguntarse si la mitad de los consultados está por la prolongación de la guerra. Tal como en Colombia alude a ellos la conversación pública, lo rechazado son los términos del acuerdo, y no la idea del retorno a la paz.

Tampoco ningún político colombiano y casi ningún columnista de prensa opuesto a los acuerdos se ha manifestado, que yo sepa, abiertamente partidario de que el Estado siga en pie de guerra hasta que no quede un fóquin guerrillero de las Farc sobre la tierra.”La paz, sí, pero no a cualquier precio” es el motivo común de sus alegatos y lo ha sido, también, y muy acusadamente, de la precampaña electoral.

Sin embargo, a otra mucha gente nos intriga la tibieza con que la sociedad colombiana, en su conjunto, ha recibido el advenimiento de lo que se anuncia como retorno a la norma que echa de menos la Sontag: la paz.

¿Qué idea se han hecho los colombianos de la paz y de las muchas cosas buenas, tangibles o no, que ella permitirá alcanzar, ahora que los funcionarios de la ONU, supervisores del desarme se han marchado, dejándonos su visto bueno?

Ahora que las FARC anuncian campanudamente, con un congreso ideológico y hasta spots publicitarios, su decisión de participar en unas elecciones ateniéndose a las reglas de lo que durante muchas décadas se fulminó como obscena farsa burguesa, ¿qué será del aplastante cúmulo de ideas en favor de la guerra revolucionaria que Colombia ha producido desde el siglo pasado? Si la paz ha llegado al fin, ¿importa conocer de esas ideas?

Tal es el tema de uno de los libros más originales, mejor averiguados y absorbentemente bien escritos que haya producido la vasta literatura colombiana sobre el conflicto armado.

Nadie que lea Las ideas en la guerra (Debate, 2015), del filósofo colombiano Jorge Giraldo Ramírez, podrá conformarse después con el relato periodístico al uso que reduce las Farc, y al medio centenar de organizaciones armadas que signaron para mal la vida de los colombianos durante más de medio siglo, a una inevitable consecuencia de la desigualdad social o de la asfixia política.

En un país prolífico en rudas crónicas de la guerra y en entusiastas alegatos en pro de la violencia que discurren con una mezcla de aquiescencia hacia los sofismas de los violentos e hipócrita consternación ante el sufrimiento de las víctimas, Giraldo recorre la ruta de las ideas equivocadas sobre los fines y los medios que hicieron de Colombia un infierno de muerte y de odios.

Me gustará mucho comentar ese aleccionador libro en mi próxima entrega, la semana que viene.

Sabotaje como gobierno

Hay mucha literatura sobre los supuestos nuevos rasgos de la política contemporánea que, después de milenios de historia, no dejan de mostrar parecidos con momentos antiguos y se convierten apenas en acentos o énfasis. Muchos analistas, bajo arrebatos de esnobismo, se inventan palabras nuevas como “pospolítica” o “posverdad” olvidando que se trata de la política y la mentira de siempre.

Pero de vez en cuando alguien hace un diagnóstico sencillo, sin necesidad de tratados ni neologismos, y da en el clavo. Me parece que John McCain lo hizo hace poco ante el senado de los Estados Unidos. McCain lleva tres décadas como senador por Arizona; combatió en Vietnam, donde fue herido y estuvo preso más de cinco años; y es un conservador clásico y duro del partido republicano. Parece ser un hombre reflexivo, al menos, no es usual verlo como gregario.

Hace dos meses McCain pronunció un discurso en el que dijo dos cosas importantes. Una que “insistimos en querer ganar sin buscar la ayuda del que está al otro lado del pasillo”. Se trata de la vieja y siempre vigente idea de que no se puede gobernar una sociedad sin un consenso básico. Idea que está siendo socavada por administradores soberbios que se dejan embriagar por un poder transitorio por naturaleza. Llamó a la confianza y a taparse los oídos ante los vociferantes del twitter y la televisión.

La segunda: “Dedicarse a impedir que tus oponentes políticos cumplan sus metas, no es el trabajo más inspirador” (“McCain, afectado de cáncer, enmudece al Senado con su defensa del consenso”, El País, 27.07.17). McCain, obvio, hablaba de Trump quien ha cifrado el éxito de su gobierno en desbaratar el legado de Barack Obama antes que en construir el suyo. Porque Trump se está gastando su primer año desmantelando las políticas ambiental, sanitaria, fiscal, energética y regional de su antecesor. Construir, propiamente, nada. Podría aplicarse a casos colombianos, tanto nacionales como regionales.

El apunte de McCain es interesante porque no hay muchos antecedentes del gobierno como sabotaje. Los revolucionarios, incluidos los nazis, querían destruir el mundo existente pero solo como paso para construir otro radicalmente distinto. Incluso los bolcheviques mantuvieron en sus cargos a los burócratas y generales zaristas. Que un gobernante tenga como propósito principal borrar lo que hizo su antecesor, que desaloje la burocracia precedente y quiera eliminar cualquier indicio de continuidad, no es muy frecuente.

No se está hablando de la oposición desleal y dañina sino del gobernante que olvida sus deberes. Cualquier administrador sabe que un cuatrienio es corto y, por tanto, que todo segundo que no se gaste en construir es un despilfarro. El gobernante saboteador le resta eficacia a las políticas públicas, afecta la legitimidad de las instituciones democráticas y aumenta los costos de los bienes públicos, afectando a todos los ciudadanos.

El Colombiano, 3 de septiembre

viernes, 1 de septiembre de 2017

Responsabilidad y reconciliación: ante la justicia transicional colombiana


Jorge Giraldo Ramírez
Responsabilidad y reconciliación: ante la justicia transicional colombiana
Medellín: Editorial EAFIT, 2017.


He hablado extensa y, espero, claramente sobre responsabilidad política. La primera y mayor responsabilidad hoy en Colombia es la responsabilidad por el Acuerdo Final, de protegerlo y cumplirlo. El Acuerdo permitió el desarme de las farc y representa una enorme oportunidad para el país, como las que se presentaron en 1957 y 1991, y que aprovechamos medianamente. Hay que preservar y respetar el Acuerdo en medio de un proceso de confianza que permita una implementación razonable, constructiva, flexible, que admita imperfecciones, mejoramientos imprevistos, incumplimientos puntuales y prudentes.

Creo firmemente, como le escuché al profesor brasileño Luis Greco, que “el deber de actuar debe ceder a deberes negativos, como el de proteger”. La hybris que existe en el ambiente social e institucional colombiano no me tranquiliza. Ese es mi temor y su hogar filosófico es el precepto clásico de no hacer daño y el liberalismo del miedo de Judith Shklar. Mi esperanza está en que el proceso político de los próximos años continúe ofreciendo el contexto institucional para que los colombianos nos hagamos cargo de la reconciliación.

lunes, 28 de agosto de 2017

Santos en el vórtice

Es un rompecabezas fétido. Primero el cemento, después los tarjetones, siguieron las togas. Primero fue Odebrecht en un caso directamente relacionado con su actividad económica, la construcción de obras de infraestructura. Después Odebrecht, de modo más tangencial, en un proyecto político que garantizaba no tanto la elección de unos congresistas sino de un presidente de la república. Después poco o nada de Odebrecht; la conjura de magistrados de la Corte Suprema de Justicia para poner el Estado a su servicio.

El caso de las carreteras carece de interés. Se trata de un asunto de ladrones: funcionarios de segundo nivel cuya valía era estar cerca de los centros de decisión, algunos ministerios, la Agencia Nacional de Infraestructura, la Casa de Nariño, por supuesto. Altos puestos, apellidos lustrosos de todo el país, pero simples ladrones.

El caso de Bernardo Elías es un poco más sofisticado pero se trata de algo que ya sabíamos. La investigadora Gloria Isabel Ocampo había ilustrado el funcionamiento de esas maquinarias políticas en su libro Poderes regionales, clientelismo y Estado. Etnografía del poder y la política en Córdoba (2014). ¿Cómo funciona la cosa? Gracias a un dispositivo de repartición de recursos creado a comienzos del siglo se les entregan los cupos indicativos –la “mermelada”– a unos políticos regionales que luego los convierten en dinero para comprar votos y elegir y reelegir (en este caso) a los poderes del centro. Ese mecanismo ya había sido documentado por los politólogos. Véase, por ejemplo, el trabajo de Fabio Sánchez y Mónica Pachón de 2013, que ocupaba del efecto de la mermelada sobre el esfuerzo fiscal.

El caso de los tres magistrados de la Corte Suprema de Justicia es otra cosa porque muestra cómo en poco tiempo la corrupción logró lo que las Farc no pudieron en medio siglo: doblegar el Estado de Derecho. Porque esos magistrados usaron la Corte para favorecer a los clientes de socios cercanos, atacar a la oposición política y entregarle la independencia de la rama judicial al congreso y al ejecutivo. En Bogotá todo el mundo sabía que Leonidas Bustos era el hombre del presidente de la república dentro la justicia.

El rompecabezas está armado. Debe faltar una pieza porque es improbable que la mezcla de carreteras y votos no toque a Germán Vargas Lleras. Pero esa ausencia no altera la conclusión acerca de cuál es el centro de este torbellino.

Recuerdo una litografía de Escher de 1956. El artista holandés intentó hacer converger tres planos figurativos que se curvan hacia el centro y no lo logró. Con honestidad dejó el centro limpio y puso allí su firma y la fecha. Varias décadas después un grupo de matemáticos resolvió esa convergencia. En este caso no hay misterio ni desafío mental: en ese vórtice blanco puede escribirse “Juan Manuel Santos”. Santos, un “hombre de bien”.

El Colombiano, 27 de agosto

lunes, 21 de agosto de 2017

Círculo vicioso

Acaba de publicarse un informe sobre prevalencia del virus de inmunodeficiencia humana VIH, asociado con el sida. Los datos para Colombia ponen a Medellín en el primer lugar en cuanto a prevalencia o porcentaje de la población afectada. Medellín encabeza el listado nacional de ciudades con una diferencia amplia, de un quinto, sobre Bogotá y Cali (“El VIH sigue latente en Medellín, El Colombiano, 11.08.17). Cuando uno mira los datos del Observatorio de Drogas de Colombia –adjunto al Ministerio de Justicia– se encuentra con que Medellín también encabeza la lista en cuanto a prevalencia en el consumo de alcohol, por encima de Bogotá y Barranquilla (Atlántico). En cuanto a consumo de cocaína, Medellín supera en un 50% al Atlántico, más que duplica a Cali y triplica a Bogotá. Las cosas son iguales en cuanto mariguana y tabaco. Ojo, es Medellín no Antioquia (excepto en el caso de la coca). No tengo a la mano información sobre otras adicciones como los juegos de azar, pero la situación no debe ser muy distinta viéndose, como se ve, la prosperidad de los casinos y los establecimientos con máquinas tragamonedas.

No se trata de números pequeños. La prevalencia por alcohol afecta al 40% de Medellín y el área metropolitana, la de tabaco al 20%, mariguana casi al 8%. No son anormales. Habitualmente son personas que tienen familia, trabajan, sin diferencias notables en cuanto a género, aunque parece que, de nuevo, son los jóvenes la población más vulnerable. El cuadro completo permite afirmar que, en Colombia, Medellín es la capital del vicio. Siendo así, las explicaciones de la violencia intrafamiliar, la accidentalidad de tránsito y gran parte de los homicidios se amplían; lo mismo que la proliferación de bienes y servicios para satisfacer a una población obsesiva, que van desde el licor adulterado hasta todas las formas de prostitución.

A su vez, Medellín se muestra públicamente como una ciudad pacata y conservadora. Mientras los ciudadanos manifiestan el mayor disgusto sobre los drogadictos y alcohólicos, considerándolos los más indeseables como vecinos (datos de “Medellín cómo vamos”); las autoridades civiles y las jerarquías privadas se obsesionan con mantener reglamentos puritanos; y la prensa con vender beatos y santos. Medellín es viciosa pero esquizoide y negacionista. Sépase que el asceta es un incontinente, un adicto, castigado.

Lo curioso del caso es que no nos hemos dado cuenta de que nuestra forma puritana y represiva de encarar el vicio es un fracaso. Todas y cada una de estas adicciones vienen creciendo paulatinamente en el valle de Aburrá. Y cada punto o décima de crecimiento en las estadísticas es un fracaso para las instituciones públicas, los establecimientos educativos, las iglesias y las familias. Seguir esta línea irreflexiva no resuelve nada, lo empeora. Alguien (con más influencia que un columnista) debe poner esta discusión en la agenda pública.

El Colombiano, 20 de agosto

lunes, 14 de agosto de 2017

Muertos sin importancia

Ya pasó el escándalo por las declaraciones del General Óscar Gómez, comandante de la Policía Metropolitana. Pasó porque, de manera sensata, reconoció su yerro y pidió excusas (ya quisiéramos que las autoridades civiles hicieran lo mismo, ante casos similares). Un lapsus de estos es comprensible ante una presión por resultados que no siempre está bien acompañada por la acción de otras autoridades como la Fiscalía o la justicia. También en medio de un sobredimensionamiento de la seguridad y de un debilitamiento de una visión estratégica y renovada.

El General Gómez dijo lo que no debió haber dicho: “Aquí a la gente de bien no la asesinan, a los que están matando son aquellos que tienen problemas judiciales” (“General Gómez se disculpó por declaraciones sobre homicidios en Medellín”, El Colombiano, 09.08.17). Y estoy seguro de que ese no es su pensamiento ni el de la institución. Pero –siendo francos– es el pensamiento de muchas personas en Medellín y en Colombia, a juzgar por sus actitudes y prioridades.

No se trata de una distinción entre buenos y malos, se trata de la discriminación de siempre entre “ricos” –realmente clase media alta– y pobres. Todos los estudios de valores en Colombia apuntan a que la principal discriminación que existe en el país y en Medellín es contra los pobres. Las discriminaciones que tienen prensa y dolientes son otras: mujeres, inclinaciones sexuales, raza; pero la más importante es la discriminación social. La homosexualidad, feminidad o negritud siempre se arreglan con plata.

En materia de seguridad esta discriminación es palmaria. Como lo mostré en un estudio hace cuatro años la principal inequidad que hay en Medellín tiene que ver con el derecho a la vida. Los datos de este año lo corroboran. En 2017, hasta el 7 de agosto, en la comuna El Poblado no ha ocurrido ni un solo homicidio. Cero. El Poblado tiene 130 mil habitantes y me atrevo a decir que no hay un solo municipio colombiano con población superior a 100 mil habitantes sin homicidios en este año. En El Poblado no viven los buenos; de hecho viven casi todos los malos importantes, según las noticias sobre detenciones de capos. Viven las clases altas y medias altas, entre las que hay gente muy buena y alguna muy mala.

Esa inequidad se manifiesta también en la voz, la protesta y el imaginario que proyectan algunas declaraciones oficiales y titulares de prensa. Las redes sociales se conmueven a diario con los robos de celulares en El Poblado mientras los asesinatos en Robledo –la comuna más violenta después del Centro– pasan casi desapercibidos. La espectacularidad en la persecución de ladroncitos y fleteros manda un mensaje retorcido respecto a las prioridades de la política de seguridad. Mientras haya 600 asesinatos anuales en Medellín hablar de cacharros y de plata es una grosería.

El Colombiano, 13 de agosto

lunes, 7 de agosto de 2017

Sergio Jaramillo

La gratitud no es propiamente uno de los rasgos de la personalidad colombiana. Escasean en Colombia las gracias, las excusas y el ofrecimiento de disculpas. El hombre de la calle debe pensar que ahí radica parte de su altivez y dignidad cuando es precisamente lo contrario: mezquindad y complejo de inferioridad. Hoy, cuando la desmovilización y el desarme de la Farc son una realidad, hay que recordar a las personas que llevaron a cabo esa tarea tormentosa y difícil.

Fue un grupo de gente al que conocí, in situ, sentados en la mesa de diálogos, siguiendo el rito glacial de la negociación y soportando la incomprensión de la mayoría. Desde el primer día vi el coraje del general Jorge Mora, la prudencia del general Oscar Naranjo, la paciencia de Humberto de la Calle, el pulso de Sergio Jaramillo y el compromiso de todos. Después llegó Gonzalo Restrepo con su sentido práctico. Se van a cumplir un año del primer acuerdo y dos meses de la desaparición de las Farc y no he visto el primer reconocimiento, social y sonoro, a estos gestores del acuerdo.

Digo esto a propósito de la salida de Sergio Jaramillo de su cargo como Alto Comisionado para la Paz. Puede pensarse ahora que toda la evidente mala leche que nos rodea se debe a la polarización política; es probable. A Luis Carlos Restrepo que gestionó el desarme paramilitar le fue peor que a Jaramillo de cuenta de muchos pacifistas de última hora y de la parcialidad de nuestra justicia. Pero cuando se pronuncia el nombre de Rafael Pardo, todos ven al oscuro funcionario y nadie recuerda al comisionado que estuvo al frente de cuatro procesos exitosos entre 1990 y 1994. Creo que gratitud se le debe también a los que fracasaron desde Carlos Lleras en 1981 hasta Camilo Gómez en 2002.

A Jaramillo le queda la satisfacción de una obra llevada a cabo con claridad y convicción. No sé qué más le quede. Desde Platón en Siracusa a todos los filósofos les ha ido mal cerca del poder. A Jaramillo, que estudió filosofía, primero lo acosaron los congresistas y después lo vapuleó el propio Presidente. No es un secreto que hace más de dos años Santos le había entregado el manejo de la negociación a un grupo de recién llegados y que sacó a la oficina del Alto Comisionado de la implementación. Que el remplazo de Sergio Jaramillo sea Rodrigo Rivera lo dice todo.

Es momento de hacerle un reconocimiento a ese grupo de personas que se fueron a Cuba pensando en el bienestar y en el futuro del país. Sin buscar glorias. Ellos ya sabían cómo les había ido a sus antecesores. Sergio Jaramillo fue el último en salir. Gratitud es lo mínimo que le debemos a él y a los demás.

El Colombiano, 6 de agosto

lunes, 31 de julio de 2017

Narrativas pueblerinas en Jardín

Tengo recuerdos de algunas tertulias de Manuel Mejía Vallejo en el parque de Jardín sobre la carrera Córdoba, al pie del Hotel Jardín que era el único en los tiempos ya viejos de fines de los años setenta y principios de los ochenta, antes de que la guerra espantara a todo el mundo. Juntaban mesas de algún negocio y se bebían la conversa una veintena de invitados. Aquello era exactamente en la diagonal opuesta a la casa donde pasó su infancia el escritor antes de irse a Medellín a estudiar.

Los paisajes y las gentes, los apegos y las violencias de buena parte de la obra de Mejía Vallejo están en Jardín y en lo que se ve desde allí, que es muy extenso. No muchos saben que Balandú es Jardín, que la casa de las dos palmas queda en la vereda Santa Gertrudis –donde era la finca familiar– y que los páramos y farallones son el Citará. No importa, la ignorancia en estos temas es gratuita.

Hablar en Jardín en el 2017 de Mejía Vallejo es fortuito. Pero la oportunidad llevó a la idea de convertir el pueblo en un escenario de conversación sobre la literatura regional, que de alguna manera es toda: el secreto del escritor está en convertir a Elsinor o a La Mancha en el mundo o al mundo en Yoknapatawpha o en Macondo. Así que bajo la denominación de “Narrativas pueblerinas” se quiere crear un espacio anual para el solaz literario. Veremos hasta cuándo aguanta la idea.

La iniciativa provino de los amigos de la casa de huéspedes Gallito de las Rocas y de la Corporación Cultural de Jardín, y fue apoyada por las universidades Eafit y de Antioquia y la Alcaldía del municipio. Será el próximo fin de semana, entre el 4 y el 6 de agosto. Nos acompañarán Juan Luis Mejía, Eduardo Escobar, John Saldarriaga y Raymond Williams en las conferencias; Haide Jaramillo y Olga Alicia Parnett con una exposición sobre “La arquitectura en la obra de Mejía Vallejo” y el profesor Edwin Carvajal Córdoba presentando el libro de la Editorial Universidad de Antioquia Manuel Mejía Vallejo: Aproximaciones críticas al universo literario de Balandú. Habrá música con la banda de la Escuela de Música y el compositor Fred Danilo Palacio.

A ver si dejamos de quejarnos del tipo de turismo, del centralismo de Medellín, de la monotonía de tinto y aguardiente, de no poner a trabajar el cerebro y de dedicarle el espíritu a más cosas. A ver si nos ponemos a contar que en el campo no solo llueve café; que han llovido cuentos, novelas, canciones, poemas, guiones. Que muchos de los grandes narradores de este país han sido pueblerinos hablando de sus ríos y montañas, y los que no, terminan hablando de un pueblo, así sea Medellín.

El Colombiano, 30 de julio

lunes, 17 de julio de 2017

Bajirá

Las fronteras territoriales tienen sentido desde que aparecieron los Estados nacionales. Como aprendimos en el colegio, el territorio es uno de los componentes del Estado y las fronteras marcan los límites físicos de la soberanía y el punto en el cual otra soberanía empieza. El primer equívoco de la discusión sobre la adscripción departamental de Belén de Bajirá es ese; las fronteras departamentales son apenas convenciones administrativas y nada tienen que ver con los atributos de la soberanía, menos aún en una república unitaria como Colombia. Aunque es una información difícil de constatar, dudo que en algún país del mundo se presencien este tipo de litigios internos, ridículos a más no poder.

Conozco sí casos de disputas internacionales. La más célebre en América gira en torno a las Islas Malvinas o Falkland Islands según el pretendiente. Se trata de una disputa moderna que los argentinos tratan de resolver con mapas y los británicos con consultas populares. En la Europa nórdica hay varios territorios con estatus especiales que se derivan de un trato posmoderno de las diferencias. El archipiélago Åland pertenece a Finlandia pero su población es de etnia sueca, se administra autónomamente bajo la soberanía finlandesa pero es zona desmilitarizada y algunas de sus leyes están protegidas por el tratado de la Unión Europea. En este modelo la soberanía se diluye y todas las decisiones parten del bienestar de la población.

La discusión que se ha presentado en torno a Bajirá y tres corregimientos de Turbo pasa por el Igac, el congreso, la procuraduría y las gobernaciones pero nadie le pregunta a los pobladores de la región. A nadie le interesa qué piensan o qué quieren. Nadie los tiene en cuenta o casi nadie: el Gobernador de Antioquia amenazó con quitarles los servicios básicos de salud, educación y demás. ¡Eso es pensar en grande!

Hace 35 años los habitantes de Bajirá salían a Apartadó o a Medellín y contaban la historia de un caserío administrado por las Farc, donde no se podía usar pelo largo, se empadronaba y controlaba los proveedores de las carnicerías y las tiendas. En los años noventa entraron los paramilitares y convirtieron el pueblo en la puerta terrestre de acceso al norte del Chocó y el bajo Atrato. Nunca se habló entre las autoridades antioqueñas o chocoanas de Bajirá. No se publicaron proclamas, ni se recogieron firmas, ni se pegaron calcomanías en los carros. Nadie lloró ni se desgarró las vestiduras como ahora.

Para perfeccionar el sainete empecemos por aceptar los delirios de los chocoanos y antioqueños que se quieren independizar de Colombia. Y dejemos que Bajirá y el sur de Turbo sean otro Estado independiente. Como Liechtenstein entre Austria y Suiza, por ejemplo. Y digámosle a Trump que haga su muro entre la república del Chocó y el Estado federal de Antioquia.

El Colombiano, 16 de julio.

lunes, 3 de julio de 2017

Robarles a los ladrones

El caso del fiscal anticorrupción Luis Gustavo Moreno revela las dimensiones que la corrupción ha tomado en Colombia. La muestra más palpable –que debería ser noticia mundial– es que sea precisamente una de las autoridades encargadas del control de la corrupción la que aparezca en un caso aberrante por el tamaño y la velocidad del enriquecimiento ilícito del funcionario. Y porque había sido recién nombrado a pesar de antecedentes dudosos.

Moreno se enriqueció antes de llegar a la Fiscalía mediante un mecanismo muy peculiar: extorsionando a políticos incriminados por parapolítica o por corrupción. El ambiente se creó cuando un número muy alto de políticos se volvieron multimillonarios de la noche a la mañana gracias a los mecanismos que propicia el régimen político. Los ladrones saben donde está el dinero y no hay víctima más susceptible al chantaje que aquella que no puede recurrir a la autoridad porque sus haberes no son legales.

Este fenómeno de depredación endogámica tiene un antecedente conocido en el crimen organizado. Empezó en los años ochenta, probablemente, con las extorsiones de Pablo Escobar contra los exportadores de cocaína que tenían un poder intimidatorio inferior al suyo. Y prosiguió después de la muerte del capo como mecanismo de redistribución de la riqueza entre los dueños del negocio y los especialistas de la violencia, de monopolizar las herencias de los narcos y recuperar bienes en manos de testaferros.

Ya se han escuchado rumores sobre el uso probable de este mecanismo en las próximas elecciones. Se dice que uno de los precandidatos está aprovechando su influencia en el sistema judicial para extorsionar a los políticos regionales. El trato consistiría en garantizarles impunidad a cambio de que pongan las maquinarias electorales al servicio de su candidatura presidencial. Puros rumores pero, dada la situación, con rasgos de credibilidad.

Que la corrupción es un simple epifenómeno del régimen político lo demuestra el hecho de que a Moreno no lo descubrió ninguna autoridad nacional porque el control y la justicia forman parte del engranaje. Su sindicación provino de un caso que se está juzgando en los Estados Unidos. Lo mismo que pasó con Odebrecht; si la justicia brasileña no investiga y denuncia estaríamos en el silencio de los ingenuos.

En las últimas tres décadas se han dado varias explicaciones para el desbordamiento de la corrupción en Colombia: el narcotráfico con su capacidad de alterar los mercados y la competencia política; las privatizaciones que convirtieron de la noche a la mañana a pequeños políticos en medianos empresarios; el crecimiento económico asociado a actividades rentistas más que productivas. No me cabe duda de que la reelección presidencial ha sido el factor más reciente de estímulo a la corrupción. Y el resultado de la trama no es solo pecuniario. Los dos últimos presidentes sacaron réditos políticos y alteraron la separación de poderes.

El Colombiano, 2 de julio

lunes, 19 de junio de 2017

Desarme, al fin

El grupo que dio origen a las Farc –llamado Bloque Sur– se armó en 1964; las Farc se fundaron oficialmente dos años después. Desde entonces tuvieron, de hecho, dos refundaciones militares: una a comienzos de los años ochenta y otra en 1993. Pasaron de ser una guerrilla monástica e insignificante a un feroz ejército irregular. Nunca fue una organización grande ni hegemónica, como las de El Salvador y Nicaragua, y esa fue una de las razones por las cuales su esperanza de victoria nunca resultó creíble.

Desde 1984 hasta el 2002, las Farc jugaron la carta de los diálogos como parte de una estrategia militar. Todo cambió hace seis años y por primera vez en la historia era claro, para algunos de nosotros, que esta vez la negociación era la pieza maestra de una meta política. Esta claridad de los analistas, algunos dirigentes políticos y el gobierno no contó con suficiente respaldo ciudadano. La lectura más ecuánime del plebiscito del 2 de octubre es que la mitad del país estuvo a favor del Acuerdo y la otra mitad en contra.

Simpatizando o no, la inmensa mayoría de la población ha sido escéptica respecto a los resultados de la negociación, primero, y de los efectos del Acuerdo, después. El escritor venezolano Ibsen Martínez escribió un reportaje, el día de la firma del Acuerdo de Cartagena, expresando su asombro por la ausencia de manifestaciones de alegría en Bogotá. A mí, el escepticismo siempre me pareció no solo razonable sino también benéfico. Razonable porque con las Farc las cosas siempre han sido “ver para creerles”; benéfico, porque equilibraba las cargas respecto del pacifismo ingenuo y de la campaña de expectativa gubernamental (¿recuerdan que con la desmovilización de las Farc dizque bajarían los asesinatos y subiría el PIB?).

Ya muchas de esas cosas han perdido importancia. Después de tanto tiempo llegó la hora de la verdad. Las Farc deberían terminar esta semana (20 de junio) la entrega de armas y se hará realidad el desarme de sus combatientes y su desmovilización como grupo militar. Como pasa con todo lo de las Farc, le van a dar largas y quedan faltando las caletas, lo que significa otro tanto de armas cuya recuperación tomará algunos meses (tres, se dice). La materia es tosca y ese hecho queda allí para la historia. Es uno de los acontecimientos importantes de nuestra vida como comunidad política.

Que haya incertidumbre y riesgos, es una trivialidad. Los interrogantes de la paz, así sea parcial, siempre serán mejores que los acertijos de la guerra. Que hay más obstáculos de los que se suponía, es cierto, pero se trata de un proyecto para realizar con paciencia, sin convertir las 310 páginas en dogma y, ojalá, con pragmatismo.

El Colombiano, 18 de junio

lunes, 12 de junio de 2017

Optimismo y pesimismo

En tiempos nublados brota la discusión sobre la manera como la gente enfrenta los problemas y la tentación de definir los caracteres humanos: optimista/pesimista. Cuando las turbulencias son económicas es cuando más se nota que la economía es apenas una rama de la sicología: gobierno, empresarios y analistas se dedican a hablar de clima y expectativas; los ministros de hacienda no presentan balances, empiezan a hablar como consejeros sentimentales.

La principal equivocación de todos parece ser que creen que el humor de la gente puede mejorar si le embellecen los números: unas décimas más del PIB, un punto menos de inflación, un descenso de la tasa de interés, por lo regular como proyección o como meta. Pero resulta que los problemas de la economía nunca son exclusivamente económicos y casi siempre son políticos.

Un artículo reciente en The Economist (“Economic optimism is not just about the economy”, 06.06.17) intentó mostrar que las actitudes frente a la economía no están relacionadas con el entorno económico. La información provista por el Pew Research Centre muestra que las percepciones optimistas o pesimistas están directamente relacionadas con las simpatías políticas de los ciudadanos. Por ejemplo, en Venezuela la mitad de los chavistas cree que la economía venezolana va bien mientras solo el 89% de los opositores piensa lo contrario. En Estados Unidos, bajo condiciones económicas parecidas la visión de los ciudadanos cambió drásticamente debido al pesimismo de los demócratas.

Pero el contagio no siempre va de la política a la economía, muchas veces es al revés. De hecho, muchos politólogos creen que las crisis económicas son predictores de cambios de gobierno. Las cautelas y previsiones que suelen acompañar algunas visiones pesimistas más que simples reacciones al estado de cosas presente pueden ser el resultado de la manera como se está percibiendo el futuro (Seligman & Tierney, “We Aren’t Built to Live in the Moment”, The New York Times, 19.05.17).

En todo caso, el estado de la opinión pública, o el temperamento de un individuo, no está sujeto únicamente a los titulares de prensa o a los extractos bancarios. Quedan la visión de conjunto y el mensaje que reciban de sus líderes; si es que tienen. Porque ser líder no es ocupar un cargo: presidente, gerente, director técnico. Los líderes se caracterizan por tener una visión, un discurso aspiracional y un camino. En condiciones normales bastan las instituciones y las burocracias, pero en las situaciones excepcionales se requieren, además, líderes. Quizá el modelo por excelencia del líder sea Moisés.

El líder tiene el optimismo como deber. A él le compete mostrar perspectivas y alimentar la esperanza. Otra cosa pasa con los académicos o los observadores; a nosotros nos toca criticar, poner a prueba los consensos sociales, lanzar alertas, demostrar la capacidad de pergeñar razones que pueden cuestionar nuestras convicciones; y dudar.

El Colombiano, 11 de junio.

miércoles, 7 de junio de 2017

Sin símbolos de paz

Ninguna teoría del poder político está basada exclusivamente en la fuerza, así la fuerza sea lo que distingue al político de otros poderes como el económico o el ideológico. El poder siempre ha de tener un elemento intangible que algunos llaman poder simbólico, otros poder blando, unos más poder inmaterial. Tanto los teóricos realistas como los idealistas aceptan que son componentes de este tipo de poder el “honor, prestigio, autoridad moral, normas, credibilidad, legitimidad” (Ylva Blondel, The Power of Symbolic Power, 2004). La canalización de las emociones sociales hace parte de esos recursos.

El gran ejemplo de nuestra época es Nelson Mandela, su persona y sus actos, durante la transición surafricana. Después de leer a John Carlin o de ver Invictus no parece exagerado decir que la actitud de Mandela ante el equipo de rugby durante el torneo mundial jugó un papel definitivo en la deposición de la hostilidad entre blancos y negros. Más que el acuerdo mismo y los apretones de manos con Frederick de Klerk. El mérito de la gestión de Belisario Betancur durante el malogrado proceso que empezó en 1984 fue la atención prestada al elemento simbólico: volando o clavada en bayonetas, la paloma entró al lenguaje común. Todavía recuerdo el majestuoso concierto de Mikis Theodorakis en Bogotá interpretando su versión del Canto General; un guiño a la izquierda.

Cuando se haga el balance del proceso entre el Gobierno y las Farc quizá el más deficitario de los elementos sea el simbólico. Era previsible dado el prosaísmo de las Farc, caracterización de Daniel Pécaut, y el del presidente Santos, responsabilidad mía. Dice el Real Diccionario de prosaico: “falta de cualidades poéticas”, “insulso”. Incapacidad para inspirar y motivar, resumo.

La dirigencia de las Farc todavía hace gala de la declaración de que no se desmovilizan sino de que se transforman (El Colombiano, 29.05.17). Son incapaces de comprender los gestos, pongamos, de Carlos Pizarro que entendió que la foto de la entrega de armas era un acto honorable con la sociedad, envolvió su pistola en una bandera de Colombia y cambió su boina de comandante papito por un sombrero de iraca. A los pocos meses el M-19 obtenía el mayor porcentaje de votos para la izquierda en unas elecciones en toda la historia.

Ciertamente Santos ha demostrado que carece de las cualidades básicas para el manejo de las emociones políticas. Más grave aún, creo que no tiene conciencia de la importancia del poder simbólico. La paz se gana en los corazones y las mentes de la gente de manera más decisiva que en las votaciones en el congreso o en las sentencias de la Corte Constitucional o con plata (¿se acuerdan de toda la que se botó en la campaña “Soy capaz”?). Incluso una ciudadanía saludablemente escéptica habría respetado el entusiasmo que nunca tuvo lugar.

El Colombiano, 4 de junio

lunes, 29 de mayo de 2017

Ruido en Bojayá

Entre el 7 y el 13 de mayo dos equipos periodísticos fueron obstaculizados en sus labores durante la exhumación de los restos de las víctimas de la masacre de Bojayá, cometida por las Farc hace 15 años. Los pormenores de los hechos están contados por la periodista Patricia Nieto (“El silencio de Bojayá”, Verdad Abierta, 16.05.17) y no han sido cuestionados hasta ahora ni en el más mínimo detalle. El debate suscitado, a través de cartas y columnas de prensa, es interpretativo; conflictos entre verdad y duelo, libertad y autoridad, derechos individuales y reglas colectivas.

Casi todos los puntos centrales de la discusión están consignados en el “Protocolo para el manejo de comunicaciones en el marco de los acuerdos del Proceso de Paz para Bojayá” producido por el Comité por los Derechos de las Víctimas de Bojayá, a raíz del incidente con los periodistas.

El primer punto del Protocolo prohíbe “filmar, tomar fotografías, grabar, escribir o realizar entrevistas individuales a las familias, o a cualquier persona vinculada con el proceso de la exhumación, entrega de los cuerpos, y ceremonias relacionadas con la masacre”. Esto implica una limitación a la libertad de información en lugares públicos sobre un evento público, y a la libertad de expresión de cada una de las personas de la población en nombre de la preeminencia de una autoridad colectiva.

El segundo punto determina que “cuando se produzca información referente al proceso de los acuerdos suscritos entre el Gobierno y las Farc-Ep sobre Bojayá esta información deberá ser revisada, retroalimentada y avalada para su publicación por el equipo vocero delegado para comunicaciones del Comité”. Sobrarían los comentarios pero muchos opinadores han soslayado este mecanismo que no es otra cosa que un acto de control, censura y monopolio de la información.

El tercer punto aclara quiénes son los dueños de la situación en Bojayá: el Comité y las Naciones Unidas. Y el relato de Patricia Nieto muestra que la situación está en manos de un grupo muy pequeño de personas locales y de un funcionario español de Naciones Unidas. No son las víctimas ni las personas del pueblo. Hasta el párroco resultó constreñido. El protocolo viola varios artículos constitucionales, lo que debería importarle al Comité, y de la declaración de derechos humanos, algo de lo que debe saber la ONU.

Algunos periodistas reaccionaron omitiendo el criterio de contrastar las fuentes, que se aprende en primer semestre. La carta de un grupo de académicos me parece una renuncia a los valores de las ciencias sociales en nombre del respeto a las víctimas. Personas todas a las cuales una vida profesional intachable no les merece un ápice de confianza o una breve espera, triste. Pregunta Patricia: “¿Cómo se configurará el escenario para el trabajo de la prensa una vez se instale la Comisión de la Verdad en Colombia?”.

El Colombiano, 28 de mayo

lunes, 22 de mayo de 2017

Volveremos al estadio

Hace algún tiempo se cuelga un trapo en Oriental, en el borde entre la que llamamos fugazmente tribuna Centroamericana y la que se llamó en épocas pasadas Popular, que reza “Más allá del resultado”. La frase es una versión prosaica de aquel verso de Gabriel Romero que dice “no necesito que esté arriba”. Estoy hablando de un lema identitario de la hinchada del Medellín, que también puede serlo del Atlético de Madrid, la Roma, el Tottenham y otros varios equipos del orbe.

La proposición alude a un razonamiento que tiene variantes: preferimos jugar bien que ganar, la identidad antes que el éxito, alguna idea en el campo mejor que victorias casuales. Este argumento es propio de los hinchas de estadio. Al hincha de radio le basta ganar y mirar la tabla de clasificaciones en el diario del lunes. El hincha de estadio va a la tribuna a deleitarse, a sufrir, a deleitarse sufriendo, así que tiene ver algo allá abajo encarnado en los once tipos que visten esa camiseta que ama.

Este hincha parece invencible (“ser hincha del Medellín pierda o empate”, es otro emblema nuestro). Pero no se engañen. El hincha devoto también tiene su kriptonita. Jugar mal sistemáticamente es kriptonita, y es kriptonita la improvisación. La dirigencia actual del Medellín tiene a la hinchada hace casi un año a dieta de kriptonita. Como suele pasar con todo en la vida, es más difícil sostener que montar, y estos dirigentes laboriosos y afectuosos con el equipo se demoraron más de dos años montándolo y pocos meses poniéndolo a tambalear. Para que no crean que estoy exagerando con lo de la kriptonita les doy un dato: Medellín es el único equipo que tiene más abonos vendidos que gente en el estadio. Lisa y llanamente significa que somos muchos los que pagamos el abono y dejamos de ir religiosamente al estadio porque no hay inspiración en la cancha, lo que lleva a que haya poca motivación en la tribuna.

Pienso que los directivos se equivocaron cuando decidieron quitarles a los técnicos la función de escoger a los jugadores que se contrataban. Los únicos equipos del mundo que pueden darse ese lujo son aquellos que pueden pagar sus errores en millones de euros sin inmutarse. De esa manera un equipo que clasifica cada cinco años a un torneo internacional tiró por la borda la Copa Suramericana del 2106 y la Libertadores del 2017. Por añadidura, en este semestre nada en la Superliga e inopia en el clásico local (veremos esta semana).

Escribo de fútbol como aficionado. Además, saco el espacio porque no veo, en general, ningún sentido crítico en la prensa deportiva local. En realidad, algunos editores parecen publicistas de los clubes. Como hincha sé que volveré al estadio porque está en el alma, pero no sé cuándo.

El Colombiano, 21 de mayo

lunes, 15 de mayo de 2017

Zonas veredales en el Tíbet

Hace algunos años viajábamos de vacaciones por la provincia de Mendoza, en Argentina. Un señor muy amable nos sirvió de guía a mi esposa y a mí por las montañas, al pie del Cerro de los Siete Colores, con las nieves andinas al fondo. Sobre una planicie fría, con la majestuosa pared al oriente y un horizonte vasto al occidente, apenas se veían los pastos y uno que otro caballo. En un momento nos señaló una pequeña hondonada con una gran roca y dijo con orgullo que allí se había filmado Siete años en el Tíbet.

Indagado por la experiencia, contó que la productora (una empresa llamada Mandalay) montó allí un pueblo tibetano aprovechando que en el invierno mendocino las nieves bajan, incluso a menos de dos mil metros de altura. Que Brad Pitt había sido un habitante más de Uspallata durante algunos meses, merodeando el mismo paisaje por el que había pasado Charles Darwin en 1835. Le preguntamos por qué ya no había nada, por qué Mandalay levantó toda la infraestructura y se fue, por qué alguien no procuró que el lugar se usara como un atractivo turístico más de la región y otras linduras de turista ingenuo que no tuvieron respuesta, por supuesto.

Recordé el caso viendo el proceso de las zonas veredales transitorias de normalización que se habilitaron para el proceso de concentración y desmovilización de las Farc. Cuando uno ve las fotos de los caseríos en Llanogrande, Dabeiba, o de Carrizal, en Remedios, y luego aprecia el avance en las obras campamentarias para los combatientes en tránsito a la vida civil se nota un contraste muy marcado en cuanto a la calidad de la construcción y a las comodidades incluidas.

Desde el sentido común es razonable que las nuevas construcciones permanezcan y que se conviertan en poblados. Sin embargo, uno no deja de preguntarse qué puede pasar por la cabeza de un campesino o un colono de estas regiones, quienes a lo largo de su vida no conocieron al Estado sino a través de la presencia, casi siempre ocasional del Ejército, cuando ahora ven un despliegue abrumador de funcionarios estatales y de las Naciones Unidas, de periodistas y científicos sociales, de maquinaria y obreros a toda marcha.

El Estado colombiano ha tenido una presencia más fugaz y dañina, en medio país, que la que tuvo Mandalay en Uspallata haciendo la película de Annaud. Se supone que eso debe acabarse ahora, al menos en las zonas en las que se desmovilizarán las Farc. Pero no está nada claro el tipo de impacto que pueda tener a mediano plazo montar, de la noche a la mañana, un pueblo de estrato tres al lado de otro estrato uno. Tampoco es fácil prever qué pasará cuando acabe el proceso y nadie vuelva por allá, solo la soledad.

El Colombiano, 14 de mayo.

lunes, 8 de mayo de 2017

290 años

A los cuarenta años de vida este hombre del siglo XVIII presentó al público una de sus tantísimas obras y, quizás, la más importante que produjo. Tenía entonces –considerando la expectativa de vida– el equivalente a 70 años de edad de hoy. Toda una vida dedicado a un oficio, aprendido en la familia paterna y compartido con sus hijos. Un oficio fatigoso, cotidiano, sometido a la presión de los jefes políticos o eclesiásticos, a las angustias del tiempo que oprime con la demanda de un producto semanal, de entregas especiales según la época del año; semana tras semana y año tras año, intentando trasmitir algo nuevo sobre un calendario lento y repetitivo. Toda una vida laboral luchando por alguna autonomía en el trabajo y remuneraciones más adecuadas, cambio de empresas y ciudades para encontrar un lugar propio y agradable. En largos pasajes su biografía puede ser la de un artesano notable o un trabajador heroico de aquellos que se exaltaron tanto en el siglo XX.

El comienzo de la tarea parece modesto. Se basa en un fragmento muy breve y tosco de una obra antigua, revisada en común con un colaborador habitual. Y se trabajó convocando a ella la experiencia y el bagaje personal, en la técnica y la expresividad, y su época toda, espiritual y secular. Como todo homo faber serio y responsable busca el mejor resultado posible en todo lo que hace. Pero las dimensiones y las exigencias prácticas para su realización desbordan cualquier sentido de la economía y desafían el juicio de los auspiciadores y los espectadores. La expuso cuatro veces en el cuarto de siglo que le quedó de vida hasta que, cien años después de la primera, fue rescatada en un acto de valentía.

En un tiempo en el cual el sentido de lo más, de lo superior, se ha perdido y el mérito se ha diversificado y multiplicado hasta devenir trivial habría que poder alabar lo sublime todavía, así esté fuera de lugar. Una personalidad arribando al escepticismo –como la mía– puede hacer una excepción para asegurar la cúspide de lo sublime a La pasión según san Mateo. No alcanza la imaginación para suponer que un hombre tan ocupado y constreñido como cualquier ser humano que trabaja y apenas sobrevive pudiera realizar una obra semejante. Es como si nos dijeran, y tuviéramos que creerlo, que una sola persona construyó la muralla china. Algo tuvo que intuir Johann Sebastian Bach (1685-1750) durante su elaboración para escribirla en tinta roja a diferencia de sus demás obras en sepia. Puede decirse con Emil Cioran (1911-1995), en una de las versiones de un aforismo afortunado, que “cuando escucháis a Bach, veis nacer a Dios” (De lágrimas y santos). Y puede dársele una vuelta, ¿si no apreciáis a Bach, creéis en Dios? Y otras más.

El Colombiano, 7 de mayo

lunes, 1 de mayo de 2017

V de vergüenza

Es un deber hablar de la situación de Venezuela. Así se sepa. Aunque sea tema trillado. A pesar de que las voces que se dejan oír sean reiterativas en cuanto a la posición, agnósticas en cuanto a las soluciones y evasivas en cuanto al juicio acerca de qué hemos hecho mal las sociedades y los gobiernos latinoamericanos para que lleguemos a una situación tan dramática.

En América Latina hemos tenido dictaduras pero las dictaduras generan orden –ilegítimo pero orden– hasta el punto de que las tasas de homicidio más bajas del continente en el último medio siglo han sido las de la Cuba de Castro y el Chile de Pinochet. Hemos tenido guerras civiles en las que las responsabilidades, por definición, se distribuyen entre gobiernos y entidades sociales. Caídas verticales en los indicadores sociales, sin guerra de por medio, algunas veces en Haití. Pero dictadura, desorden y pérdida neta en desarrollo humano, a la vez, solo en la Venezuela chavista. Quedo sujeto a datos que amplíen o maticen esta apreciación.

En las democracias representativas el origen de todos los males está en la calidad de la representación y en el germen del chavismo están los yerros de Carlos Andrés Pérez y de Rafael Caldera, las alucinaciones del Teniente Coronel y los desencuentros de la oposición. Pero en el caso venezolano la contribución de algunos regímenes de la región fue inestimable: el silencio brasileño, los negociados argentinos, las complicidades boliviana y ecuatoriana, la exacción cubana.

Todos prohijaron el paulatino desmonte de las instituciones regionales y su suplantación por organismos espurios e inanes; convirtieron la gestión de la Carta Democrática Americana en una lucha partisana, prestándose para sancionar a Paraguay y Honduras, para premiar a Cuba y ocultar el montaje del gobierno de partido único en Venezuela. La OEA terminó volviéndose insulsa, como lo dijo Chávez burlonamente… tenía toda la razón. Hasta que llegó el actual secretario quien, a pesar de los regaños de Mujica, se compró el pleito con el régimen de Maduro.

En esta lista hay que colocar los desatinos de la diplomacia colombiana que pasó de la pugnacidad de las administraciones de Uribe a la connivencia de las de Santos sin encontrar nunca un criterio rector claro que le hiciera honor a una cancillería de trayectoria ecuánime, a pesar de su falta de profesionalismo. La nominación que hizo Colombia de Ernesto Samper para la secretaría de Unasur fue ominosa. Samper vio el mamut chavista y, además, se montó en él.

En gran medida la pérdida de brújula nacional se debe a las Farc porque la gestión presidencial del acuerdo condicionó la política exterior del país y porque, erróneamente, muchos amigos del proceso creyeron que el paquete incluía el silencio frente a lo que pasaba en Venezuela. Memoria de los apóstoles del chavismo: Farc, Petro, Piedad.

El Colombiano, 30 de abril

viernes, 21 de abril de 2017

Cautela en la justicia transicional

El exfiscal de la Corte Penal Internacional Luis Moreno Ocampo le dijo, en un arranque de euforia, a Ángela Patricia Janiot que el acuerdo sobre justicia transicional era “una obra de arte” (cnnenespanol, 26.09.16). La realidad es otra. El acuerdo es pesado, fue hecho por dos comisiones negociadoras distintas del gobierno, quedó complejo y, en algunos puntos, incongruente. Convertirlo en una guía para que sirva de veras a la verdad, la justicia, la reparación y la no repetición no será cosa de coser y cantar. Ya pasamos, en el proceso de vía rápida, por una reforma constitucional para incorporar la justicia transicional a la carta política y falta una ley estatutaria de la misma.

Una vez finiquitado esto –es decir, el cómo– vendrá lo más importante: el quién. Durante siglos la ciencia política ha discurrido sobre los pesos relativos de las instituciones y las personas pero, en este momento, nadie discute la gravedad que tiene el proceso de selección del Tribunal Especial de Paz y de la Comisión de la Verdad. Como se sabe, quien tiene a cargo el nombramiento de magistrados y comisionados es un Comité de Escogencia integrado por cinco personas, delegadas por sendas entidades.

Los pasos preparatorios del llamado Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición han sido pequeños fiascos que sirven de advertencia sobre el delicado manejo que debe tener si no queremos profundizar la discordia nacional. El gobierno se equivocó al nombrar a Néstor Raúl Correa como secretario ejecutivo porque ha demostrado que es un hombre imprudente que no da garantías de imparcialidad; más se demoró en abrir la boca que en corroborar su perfil. La manera en que Santos usurpó la autonomía del Centro de Memoria Histórica para darle un puesto a las fuerzas armadas –cosa que nunca se le ocurrió a Uribe– muestra que la falta de principios y el oportunismo del presidente son riesgos serios para la gestión del posacuerdo.

La batahola que se armó en el recinto del congreso el 9 de abril, con el extraño protagonismo de Gloria Gaitán, demuestra que las víctimas han sido suplantadas por organizaciones con prioridades ideológicas y afán vindicativo. Como si fuera poco –pongo un ejemplo– apareció un grupo de ciudadanos para hacer una serie de demandas de perdón a la iglesia católica entre las que se cuentan algunos agravios ocurridos durante la Guerra de los Mil Días y el desalojo de los restos de Gonzalo Jiménez de Quesada de la Catedral Primada. Sí. Jiménez de Quesada, el conquistador bachiller, el fundador de Bogotá (El Espectador, “El mea culpa de los católicos ante las víctimas de la guerra”, 17.04.17).

Tres décadas de esperanzas y cinco años de negociaciones pueden jugarse, casi exclusivamente, en el acierto de quienes nombren a magistrados y comisionados, y en la ecuanimidad y prudencia de estos.

El Colombiano, 23 de abril.

lunes, 17 de abril de 2017

La reguetonización de la política

He aquí un listado de palabras y frases que describen al reguetón: letras crudas, imagen de cínica supervivencia y de calculada liviandad, desmedida impudicia, sus intérpretes luchan por la audiencia y lo hacen como en un reality show, las letras crudas y los sonidos de metralleta en sus producciones refuerzan la sensación de combate. Todas ellas pertenecen a la periodista cubana Yoani Sánchez quien habla del género y de su hegemonía en la isla (“Reguetón, la música de la realidad”, El País, 26.12.16).

Todas y cada una de esas frases encajan bien con la manera como se escenifica buena parte de la política contemporánea: discursos carentes de elaboración y que apelan calculadamente a la ordinariez, abandono de las formas aceptadas en el trato hacia los pares, tratamiento de toda controversia como enemistad personal, sobreexposición pública de la vida privada propia y ajena. Todos esos ingredientes aparecen en los discursos populistas, de Chávez o Cristina, de Donald Trump o Rodrigo Duterte.

Sánchez pasó por alto otras características del reguetón que también son comunes con el populismo y que provienen del rechazo descarado de todo lo políticamente correcto, tanto de los montones de noñerías en que las clases medias han convertido algunos avances civilizatorios como de estos mismos. Son rampantes sus exaltaciones del machismo, de la ilegalidad, de la ostentación y de la violencia. No se debe subestimar el poder de las estrellas reguetoneras y de los líderes populistas para moldear las ideas y los comportamientos de la gente.

El ascenso del reguetón ha coincidido con el ascenso del estilo populista y ello debería interrogarnos sobre el tipo de relaciones sociales y patronales culturales sobre los que subyacen ambos fenómenos. Fenómenos poderosos a los que no parecen hacerles mella los cánones del buen gusto o de la buena política y que no creo se puedan enfrentar solo en sus propios terrenos o en sus propios términos. Estas lides no son nuevas pues, como dijo Rousseau, el hombre es el único animal susceptible de hacerse imbécil.

La diferencia entre los reguetoneros y los políticos populistas es que los primeros juegan con sus cartas sobre la mesa y no desbordan los parámetros de su actividad; ellos están para producir entretenimiento (no están pensando en arte) y vivir –con avión privado incluido– de su trabajo. Los líderes populistas no solo están trastocando las reglas constitucionales sino todo lo que se ha entendido siempre como el buen ejercicio de la política. En este sentido, si se tratara de escoger, no tendría la menor duda en elegir a Pitbull en lugar de Nicolás Maduro.

Nada de lo dicho tiene que ver con la condecoración que Luis Pérez le hizo a Maluma. Eso solo fue un acto oportunista que desprestigió el Escudo de Oro, a los anteriores y futuros condecorados y al propio Maluma.

El Colombiano, 16 de abril.

miércoles, 12 de abril de 2017

Las ideas en la guerra: Res Publica

Res Publica. Revista de Historia de las Ideas Políticas es una publicación de periodicidad cuatrimestral editada por el Grupo de Investigación en Pensamiento Español y Latinoamericano (GIPEL) de la Universidad Complutense de Madrid. Está dirigida al público universitario e investigador, y publica trabajos originales en los ámbitos de la filosofía política, filosofía del derecho, teoría constitucional, metodología de la historia política, historia de los conceptos políticos e historia del pensamiento político español y latinoamericano.

reseña por Rodolfo Gutiérrez Simón. Véase en:https://revistas.ucm.es/index.php/RPUB

lunes, 10 de abril de 2017

Avalancha de coca

El desastre de Mocoa ha sacudido al país. En medio de las escenas dolorosas de los daños y el rescate, sobresalen la mayoría de las reacciones que buscan explicaciones en el comportamiento humano y no solo en la fuerza de la naturaleza. Con excepción, claro está, del pobre alcalde de la ciudad que no se entera o se hace.

Algunas de las explicaciones convincentes aluden al cambio climático, a problemas de planeación urbana, mala gestión en el uso del suelo, a la deforestación y la erosión, en general. Una exposición con evidencia científica y conocimiento del terreno la hizo Rodrigo Botero, ‎Director de la Fundación para la Conservación y el Desarrollo Sostenible, para Semana (“Mocoa: ¿Furia de la naturaleza?”, 01.04.17). Basta hojear el Estudio nacional de la degradación de suelos por erosión en Colombia, realizado por el IDEAM y la Universidad de Ciencias Aplicadas y Ambientales (2015), para darse cuenta la devastación ocurrida en casi la totalidad del área de los municipios de La Hormiga, Orito y San Francisco, buena parte de Puerto Asís y el propio Mocoa, en especial la cuenca del río.

Pero entre tantas vestiduras rasgadas, tantos pronunciamientos y algunos estudios hay una palabra que no escuché: coca. El departamento del Putumayo alberga el 21% de los cultivos de coca del país. Según los datos que consolidó Santiago Tobón, investigador de la Universidad de los Andes, el área cultivada se duplicó entre 2013 y 2014 y creció en un 50% al año siguiente. La urbanización veloz de los cauces, que mostró Germán Andrade el 2 de abril (https://twitter.com/giandradep?lang=es) solo es posible con mucho dinero, las licencias rápidas saltándose los requisitos de ley cuestan, lo mismo que las camionetas burbuja que vimos en los techos de las casas destruidas.

Discusiones distintas son las que tienen que ver con las razones para que el cultivo de coca se haya disparado en el país y cómo vamos a hacer para volver, siquiera, a los niveles de hace cuatro años. Lo cierto es que a la variedad de factores a los que se puede atribuir la avalancha hay que sumarle la coca, en una región donde cada milímetro de coca es uno menos de selva amazónica. Si la Fiscalía y la Procuraduría quieren ser diligentes respecto a las fallas humanas que generaron este desenlace infortunado, tendrán que buscar en sitios más altos de la administración pública.

El Colombiano, 9 de abril.

viernes, 7 de abril de 2017

Alberto González Mascarozf

Acaba de morir uno de los tantos amigos gratuitos de Jardín y uno de los pocos que se propuso hacer de su cariño una obra perdurable. González se dedicó durante varios años a fotografiar ese paisaje de embrujo y a sus gentes, y les hizo un homenaje a través del libro que nos queda como único recuerdo de los 150 años de la fundación del pueblo. Gratitud eterna.

lunes, 3 de abril de 2017

No es el humo

Un paciente viejo fue al médico y este le dijo que se fuera a vivir a otra parte; una inmunóloga posteó un mensaje aconsejándole a la gente que abandone Medellín por unos días. Cifras oficiales indican que entre el 2015 y el 2016 las hospitalizaciones por infecciones respiratorias se duplicaron (pasaron de diez mil a más de 19.700). Los más hospitalizados fueron los menores de 1 año y los mayores de 65. Se habla de cinco muertes mensuales causadas específicamente por el aire envenenado desde la crisis del año pasado.

El monitoreo que hacen las autoridades es encomiable, si tenemos en cuenta que ninguna otra ciudad lo hace. Se han tomado medidas de mitigación pero la ciudadanía espera que se pongan en marcha planes estructurales para resolver la situación. En especial, debe entenderse que la alerta naranja significa peligro para niños, viejos y personas con problemas respiratorios, quienes representan al menos una cuarta parte de la población. La inactividad ante la alerta naranja es una desconsideración hacia la población vulnerable.

Tenemos que trabajar en tres frentes: corrupción, grupos de presión y ciudadanía.

El Gerente de la Andi advirtió que “hay talleres en la ciudad que cuadran el motor del vehículo para que pase las pruebas y que también hay tramitadores que falsifican los certificados” de tecno-mecánica (Juan Camilo Quintero, “El aire que tenemos es resultado de todos”, El Colombiano, 28.03.17). Hay 50 centros de diagnóstico automotriz en el valle de Aburrá sin ningún incentivo para actuar de acuerdo a la ley. Muestreos de la Alcaldía de Medellín indican que el 53% de los vehículos que transitaron la semana pasada no cumplían la norma. Estamos ante un problema de corrupción que compromete a trasportadores y centros de diagnóstico.

La presión de ciertos grupos de interés –principalmente Fenalco– está basada en imprecisiones y particularismos que bloquean, a veces, a las autoridades. Un ejemplo fue su pronunciamiento, difundido por El Colombiano (“Pico y placa afecta productividad”, 27.03.17). El periodista no hizo ningún aporte y al final no parecía una noticia sino un publirreportaje. Lo que sí afecta la productividad son las consultas médicas, incapacidades y la mortalidad prematura. Ningún interés particular debe obstaculizar el bien común.

Los problemas de cultura ciudadana en Medellín se han agravado según los estudios de Medellín cómo Vamos y Corpovisionarios. El tránsito es una muestra. En plena emergencia, entre el 23 y el 26 de marzo, las autoridades de tránsito aplicaron 2.341 comparendos, de los cuales dos terceras partes correspondían a pico y placa. ¡Más de 1.600 personas intentaron burlar el pico y placa! ¿Cuántas lo lograron? ¿Cuántas más sacaron el otro carro?

Los problemas de coordinación de la acción colectiva, eficacia de la norma y vigilancia de los actos de los particulares dependen del liderazgo de las autoridades. No hay tutía.

El Colombiano, 2 de abril

lunes, 27 de marzo de 2017

Participación política de las Farc

El asunto de la participación de las Farc en la política democrática se discutió en tres de los puntos de la agenda de La Habana: en el segundo, ídem; en el tercero, fin del conflicto; y en el quinto, el de víctimas. En el segundo se acordaron las circunscripciones especiales, en el tercero las diez curules para las Farc y en el quinto que no habría pérdida de los derechos políticos para los condenados por la justicia transicional. No es un secreto, pero a la opinión pública se le escapa que esos arreglos los hicieron tres comisiones distintas del gobierno. El segundo por los negociadores oficiales; el tercero por una comisión de ministros y congresistas liderada por Cristo; el quinto, por una comisión de abogados. Estos dos últimos casos implicaron que, en su afán por destrabar la negociación, Santos les dio un golpe de Estado a de la Calle, Jaramillo y compañía, y puso negociadores de ocasión a que sacaran eso como fuera.

En los puntos dos y tres se definieron la creación de nuevos movimientos políticos, como acontece en cualquier solución de un conflicto de naturaleza política, y la forma en que las Farc accederían al congreso. Es decir, la participación política de las Farc como organización. En el punto quinto se definía la participación de algunos individuos de las Farc en política; cosa muy diferente. Básicamente se acordó que un miembro de las Farc condenado por delitos de lesa humanidad podrá, a la vez, aspirar a cargos públicos.

Este entuerto no se pudo resolver en la discusión del acto legislativo que le da rango constitucional a la jurisdicción especial para la paz, ni tampoco en la conciliación del texto final. El senador Carlos Fernando Galán intentó introducir la tímida aclaración de que los desmovilizados que incumplieran los acuerdos perderían esa gabela pero no pudo. El senador Roy Barreras abortó el debate y terminó evitándoles el disgusto a los comandantes de las Farc.

Que una persona condenada por delitos de lesa humanidad no pierda los derechos políticos no tiene asidero. Jurídico no, por supuesto. Moral, menos. He sostenido en repetidas ocasiones que es una ofensa para las víctimas que los victimarios más reconocidos ocupen cargos de representación pública. El argumento que ha usado el gobierno para defender este punto es la de la participación política pero se trata de una falacia: una cosa es el movimiento político y otra uno de sus miembros condenados.

El jurista Rodrigo Uprimny tiene la esperanza de que los magistrados del Tribunal Especial para la Paz puedan introducir sanciones políticas en sus fallos. Ojalá. Yo creo que otra posibilidad sería que los miembros de las Farc condenados renuncien voluntariamente a la elegibilidad política como acto de reparación simbólica a la sociedad colombiana. Dada su trayectoria hay pocas probabilidades de que ocurra.

El Colombiano, 26 de marzo

martes, 21 de marzo de 2017

Las ideas en la guerra: Salomón Kalmanovitz

Las ideas por la paz y la corrupción

Salomón Kalmanovitz

El Espectador, 20 de marzo de 2017

Hoy en día todos hablan de paz, pero hace 30 o 40 años eran pocas las voces que se alzaban contra las ideas comunistas, cristianas o nacionalistas que hacían la apología de la violencia. Estanislao Zuleta, Francisco de Roux, Jorge Orlando Melo y Antanas Mockus fueron intelectuales que insistieron en que los proyectos de revolución o de liberación nacional, apoyados en la violencia, conducían al fracaso de esas luchas, empeoraban incluso las condiciones de vida de la población afectada. Este es uno de los temas del libro de Jorge Giraldo Las ideas en la guerra.

Antanas planteó que la ley, la moral y las cultura están en colisión en Colombia: no existe el imperio de la ley, la moral religiosa cesó de operar sin alcanzar a ser reemplazada por una moral laica y la cultura del oportunista hace parte del imaginario nacional. Se propuso por medio de la política limpia y de la educación transformar pacíficamente la sociedad.

Esas ideas por la paz fueron cuajando con el debilitamiento militar de las Farc y con el gran revés político que sufrió, expresado por las enormes manifestaciones contra el secuestro de febrero de 2008, a la vez que la izquierda pacífica obtenía victorias electorales por toda América Latina y en Colombia. Juan Manuel Santos tuvo la visión de que las condiciones estaban maduras para emprender una negociación exitosa que llevara a la desmovilización de las Farc, pero se ha encontrado con escollos a lo largo del camino; el más reciente ha sido el surgimiento de evidencias de corrupción en sus campañas presidenciales.

Los conservadores están de plácemes: exagera Osuna cuando iguala a Samper con Santos, como si recibir US$ 6 millones de la mafia en 1993 fuera lo mismo que aceptar US$ 400.000 de una empresa entonces respetable en 2010; ambos exhiben, es cierto y reprochable, evasión de responsabilidad.

Antanas minimizó la extraña acusación del Partido Verde —“Nos robaron las elecciones”— como si la ola verde hubiera sido de su autoría o sin tener en cuenta el derrumbe autoinfligido por el candidato en el remate de la campaña de 2010. Algún personaje de la internet le pide a Antanas que se vaya del país, aduciendo que no es colombiano, expresando una versión local del nacionalismo trumpista; un columnista afirma que Antanas recibió contratos de Santos y seguramente por eso lo defiende. Lo cierto es que Mockus prioriza la paz como un bien superior, suficiente razón para defender al presidente.

La corrupción hace parte de la política cuando esta reposa en el clientelismo. Mientras mayor el recurso al clientelismo como base de los gobiernos, es mayor la corrupción, que es claramente el caso colombiano. Lincoln hizo intercambios políticos para hacer aprobar la enmienda constitucional que prohibió la esclavitud; lo que aquí llamamos peyorativamente mermelada puede ser un intercambio legítimo en el que el poder central entrega recursos a las regiones a cambio del apoyo de sus representantes en ciertas decisiones.

La acusación de que todos son corruptos, enarbolada incluso por los más corruptos y violentos, impide que se busquen los cambios institucionales que penalicen el desvío de recursos; se encubren además malas prácticas graves y sistémicas, como las que envuelven a las altas cortes y a la Procuraduría o las que conducen a la apropiación de recursos públicos, evidentes en las pensiones ($36 billones, 4,5 % del PIB) aprobadas por los que las disfrutan.

lunes, 20 de marzo de 2017

Seriedad

La corrupción está bastante extendida en el mundo, pero hay dos diferencias básicas entre los países. La primera, allí donde la corrupción está en el engranaje del funcionamiento de la administración o allá donde se trata de una anomalía, el famoso “caso aislado”. La segunda es la característica de aquellos países que tienen instituciones y líderes que pueden sancionar a los corruptos, la primera corresponde a los que no lo hacen.

Basta echar un vistazo a las noticias de este marzo para ver cómo son las cosas. En Corea del Sur acaban de destituir a la presidenta Park Geun-hye; en Brasil, una nueva lista de más de 80 políticos y funcionarios sospechosos engrosó el caso que ya se llevó por delante a Dilma Rousseff; en Perú, hay orden de captura contra un expresidente con allanamiento de su casa incluido. El contraste con Colombia no puede ser más patético: un mes de escándalo centrado en un excongresista, un excandidato y varios personajes de poca monta que participaron en las campañas de 2010 y 2014; el Presidente en las pantallas el 14 de marzo repitiendo sin imaginación ni emoción el verso aquel de Pedro Flores, “yo no sé nada… si algo pasó yo no estaba allí”.

Ese es mi resumen. Lo que dijo textualmente fue: “Lamento profundamente y pido excusas a los colombianos por este hecho bochornoso que acaba de suceder y del que me acabo de enterar”, dijo el mandatario (“Santos asegura que no autorizó ni sabía de dinero de Odebrecht”, El Tiempo, 14.03.17). Una corrección al Presidente, nada había acabado de suceder, estaba pasando desde el 2010 y volvió a pasar en el 2014, y todo indica que seguía pasando hasta la semana pasada. Concedámosle al Presidente que no sabía por la simple razón de que el diseño institucional está hecho para garantizar que las cosas se hagan sin que sea necesario que el máximo responsable se entere de los detalles.

Es probable que la falta de experiencia de Santos en política electoral y su estilo de delegar irresponsablemente le hayan impedido saber que estaba haciendo su gerente de campaña y reconocido hombre de confianza. Pero eso no lo exime de responsabilidad. Durante siete años no tomó una sola medida para mejorar su equipo ni auditar el comportamiento de sus colaboradores. Y durante siete años no hizo nada para mejorar las condiciones institucionales para prevenir la corrupción. Al contrario, contribuyó a empeorar esas condiciones, destrozando la ya precaria separación de poderes en el país y socavando su legitimidad.

No hay seriedad en el gobierno y está por verse si la haya en el Estado; solo se ve frivolidad entre los dirigentes y en la sociedad. Y mucho cinismo. Recuerdo las burlas de hace siete años cuando algunos gritaban “yo vine porque quise, a mí no me pagaron”.

El Colombiano
, 19 de marzo

lunes, 13 de marzo de 2017

Machismo

Distintos especialistas en temas de violencia y crimen en Latinoamérica han listado las principales explicaciones sobre el homicidio y las lesiones personales en nuestra región, que es la que encabeza las estadísticas mundiales. Ellos –Jeremy Macdermott, Robert Muggah, Mauricio Rubio, entre otros– han señalado el machismo como uno de los factores que más inciden en el crimen sangriento.

Dicho así, de modo escueto, la palabra machismo es más lo que oculta que lo explica. En tiempos del narcisismo de las pequeñas diferencias y del éxito abrumador de reivindicaciones particularistas, el machismo se entiende como un asunto de la relación entre hombres y mujeres, una rango que puede abarcar cosas tan equívocas como el llamado lenguaje de género y los piropos, hasta la violencia intrafamiliar y el asesinato de mujeres (por parte de hombres, obvio) que algunos lograron etiquetar como “feminicidio”.

Los expertos nombrados no caen en esa equivocación. En nuestro continente la participación de las mujeres entre las víctimas del homicidio es inferior al 10% del total, mientras en Europa las mujeres representan el 20% y más de los mismos. Es decir, por estos lares por cada mujer asesinada mueren diez hombres, mientras por allá la relación es de una a cuatro. En Argentina, el caso más cubierto por la prensa internacional debido a casos crecientes y escabrosos, la relación es casi la misma (a pesar de su baja tasa de homicidios): una mujer entre cada diez asesinados (286 entre 2.837 en 2015).

La mayoría de los muertos son hombres jóvenes y la inmensa mayoría de los asesinos también. El machismo está entre las principales explicaciones culturales de la violencia social. Las principales víctimas del machismo son los varones. El machismo es la exacerbación de los rasgos de dominación, fuerza, honor y otros atributos parecidos. En nuestra educación sentimental se educa en el machismo cuando se enseña a no tener miedo ni a llorar, a ocultar debilidades y no saber perder.

Hay sublimaciones del machismo que provienen de la publicidad y la mercadotecnia. La figura de hombre que piden tiene que ser temeraria, exitosa, ruda y preferentemente brutal. Un hombre “pa’las que sea”, como le gusta a la gerencia de la Fábrica de Licores de Antioquia. Pa’las que sea eran Pablo Escobar, Tirofijo y Carlos Castaño. Así que no debemos extrañarnos de que los machos se reproduzcan como pokemones, ni que las muchachas despistadas sigan deseando tipos bravos que las mantengan hasta la muerte, que llega rápido porque los más machos mueren pronto.

No le hace bien a la sociedad que las feministas sigan echando el cuento de que el machismo es un problema de mujeres. El machismo es un problema de toda la sociedad y más aún en sociedades violentas como la colombiana. Y hay mecanismos más eficaces para resolverla que decir ellos y ellas.

El Colombiano, 12 de marzo.

lunes, 6 de marzo de 2017

Historias locales

Vengamos a la tierra nuestra, cotidiana, la parte más concreta y, a la vez, invisible de nuestra vida. De la mano de los contadores de historias, profesionales o no, que se ocupan de lugares que han amado o que están empezando a amar por puro telurismo, conciencia o aprendizaje. Historias que siguen fijándose al papel y creando insospechadas posibilidades para otros exploradores. Y vengamos hacia atrás en el tiempo y hacia el sur en el espacio.

Mala hierba (2016) es el resultado de un trabajo de investigación apalancado en el presupuesto participativo y canalizado por la Secretaría de Cultura Ciudadana. Lo llevó a cabo Carlos Alberto David, baterista de la banda Desadaptadoz y trata como lo dice el subtítulo de la historia del punk en Castilla, aunque más bien habla del rock en la comuna 5 de Medellín en los últimos 30 años. Conociendo las limitaciones de este tipo de proyectos, el libro demuestra la curiosidad y el cuidado previsor de un artista popular que le regala a la ciudad un pedazo de memoria tejido con trozos de fanzines, boletas, fotos, entrevistas e, incluso, mapeo de los lugares propios de la trayectoria del rock barrial.

En El arca de Noé (2007), el periodista John Saldarriaga penetra las corazas naturales que rodean a los protagonistas silenciosos de cualquier poblado quienes suelen confundirse en su mutismo con los templos, las estatuas y las calles. En este caso el poblado es Envigado y el tiempo es un ayer recordado. Comerciantes, vagos estrafalarios, artesanos, tertulianos aficionados a destruir el mundo en la mañana y a componerlo por la tarde. Saldarriaga nos ayuda a varias generaciones a darle sentido al paisaje humano en que crecimos y a darles voz a vecinos anónimos que esconden su adarme de locura y de ingenio. Esteban París ilustró este trabajo que no agota lo que ha dicho el autor sobre su tierra.

Santiago Jaramillo, Daniel Bustamante y Alejandro Montoya (ilustrador) nos llevan un par de generaciones más atrás y centenar y medio de kilómetros al sur, en Viaje a Balandú (2016). Con la excusa de buscar la geografía primigenia de Manuel Mejía Vallejo se desplazan del cemento al barro para andarse los caminos que la guerra había cerrado, internándose desde Jardín hasta Santa Gertrudis, La Mesenia y El Rosario, invocando los fantasmas de La casa de las dos palmas y La noche de la vigilia. Curiosamente, John Saldarriaga había titulado “La magia de Balandú” un par de crónicas escritas en un viaje similar y que fueron recogidas en libro por la editorial de la UPB (Vida y milagros, 2014). No hay redundancia: la belleza del suroeste antioqueño y de sus contigüidades en Risaralda y Chocó; el embrujo del Citará, sus ríos y sus abismos, sus plantas y la fauna que recién descubrimos, siguen demandando narradores.

El Colombiano, 5 de marzo

lunes, 27 de febrero de 2017

Responsabilidad por la corrupción

La corrupción es un hecho social que resulta de arreglos institucionales (corrupción sistémica) y acciones individuales (corrupción como desviación). Para todos, excepción hecha de algunos personajes complacientes, es evidente que la corrupción en Colombia hace parte ya del sistema administrativo. Casos aberrantes como el de La Guajira salen a la luz simplemente porque no saben robar. Se roba con impunidad cuando se crea la regla, se manejan los recursos, se nombran los contralores.

Todo hecho social resulta de un conjunto de acciones humanas en las que participa mucha gente con diversas intenciones y propósitos, y diversos niveles de conocimiento o sentido estratégico. Las reflexiones éticas sobre la responsabilidad –que prácticamente se circunscriben al siglo XX– ayudan a entender los pilares de la responsabilidad.

Menciono algunas conclusiones filosóficas: la responsabilidad “consiste en deliberar sobre las opciones antes de actuar”, tomar las mejores decisiones para todos los afectados y preocuparse por las consecuencias dañinas sobre los demás (Nussbaum). La responsabilidad es mayor mientras mayor sea el poder o la influencia de quienes participan en las acciones (Jonas). “La responsabilidad política existe con total independencia de los actos de los individuos concretos que forman el grupo” (Arendt). En últimas, la responsabilidad siempre es personal (Young).

A falta de más espacio, espero que los lectores entiendan una noción más completa de la responsabilidad política: el más poderoso es más responsable y lo es así no haya sido el ejecutor directo del acto que se reprocha. A pesar del cinismo contemporáneo, el año pasado tuvimos casos de actuaciones responsables en Gran Bretaña e Italia, cuando los respectivos primeros ministros David Cameron y Matteo Renzi renunciaron a sus cargos por los resultados fallidos de sus iniciativas gubernamentales.

En Colombia se renunciaba: López Pumarejo y Laureano Gómez dejaron la presidencia, Darío Echandía convirtió la renuncia en un magisterio. Desde entonces, solo Humberto de la Calle se atreve: renunció a la vicepresidencia en 1996 y a su cargo de negociador de paz 20 años después. Es probable que si se deja acompañar del liberalismo y del partido de la U le toque renunciar a la presidencia, de ganarla. Con sus renuncias De la Calle dejó en evidencia la falta de responsabilidad, por lo menos, de Samper y Santos.

Se dijo el año pasado que no era lo mismo renunciar en un régimen parlamentario que en uno presidencialista. Verdad a medias. Genera menos inestabilidad la caída de un primer ministro pero tiene más responsabilidad un presidente. Sobre todo en países como Colombia donde el republicanismo está teñido de tonos aristocráticos. El republicanismo aristocrático pretende que los dirigentes sean modelos para elevar el nivel moral de la masa inculta. A los altos cargos se les llamaba dignatarios, por aquello de la dignidad del cargo. ¿No perjudica más a las instituciones la permanencia de dignatarios sin dignidad?

El Colombiano, 26 de febrero

lunes, 20 de febrero de 2017

Confianza es la clave

El caso de Odebrecht ha suscitado muchas reacciones entre los generadores de opinión pública. Me ocuparé de una. Diana Calderón, directora de noticias de Caracol, actuó con presteza para defender al Presidente de la República en un periódico español (“Instituciones a prueba”, El País, 11.02.17). Los argumentos básicos de Calderón son malos. El primero es que es una irresponsabilidad “hacer política con las instituciones en medio de la catástrofe”, es decir, el viejo dicho perverso de que lo mata es el escándalo. De otra manera, mejor tapar antes que debilitar el poder presidencial. El segundo es que tenemos que “dejar a la justicia actuar” y devolverle “a Santos al menos la presunción de inocencia”.

Que el primer argumento es malo lo dice la experiencia reciente y toda la literatura sobre lucha contra la corrupción. Sociedades con veeduría y controles civiles fuertes, con libertad de expresión y suficiente poder moral, son imprescindibles para vigilar el manejo de la cosa pública. Nuestro problema es que acá hay poco escándalo, porque pocos denuncian y pocos se asombran. El problema es la corrupción, no la denuncia de la corrupción.

El segundo es peor. La opinión pública no ejerce justicia y no se le puede pedir que calle mientras los tribunales se pronuncian. Que la directora de un medio de noticias pida que nos callemos y que esperemos el dictamen de los jueces es una vergüenza, al menos argumentativa. Los magistrados del poder público no solo responden ante los tribunales, responden ante los electores. Y a ese responder es al que se llama responsabilidad. No es necesario que vayan a la cárcel pero sería obligatorio, en una sociedad bien ordenada, que respondieran.

El problema con Santos no son los 12 millones de Comba, ni la vueltecita gratis (eso dijo) de JJ Rendón, ni el miserable millón de Odebrecht. Asumamos que él nada supo, aunque nadie puede decir que no pasó nada. El problema con el Presidente es de confianza; a él no le cree la mayoría de la población y no parece importarle. Los partidos y congresistas tampoco le creen; transan al contado.

Como dice el filósofo Byun Chul-han, “confianza significa: a pesar del no saber en relación con el otro, construir una relación positiva con él” (La sociedad de la transparencia, Herder, 2013). Que la corrupción es sistémica, es verdad. Como también lo es que Santos ha propiciado incentivos y oportunidades para que aumente, y que no ha hecho nada para detenerla. El Presidente tenía que haber mostrado voluntad de controlar a los corruptos pero, al contrario, los hizo aliados. En esta inacción se pierden más de mil millones de dólares al año. Ante los tribunales el Presidente tiene que ser objeto de la presunción de inocencia, pero todo indica que ante los ciudadanos no goza del beneficio de la duda.

El Colombiano, 19 de febrero

lunes, 13 de febrero de 2017

Aquiescencia

Acudo al concepto usado por el escritor Ibsen Martínez para caracterizar la postura mayoritaria de la población que permitió el ascenso del chavismo y el colapso de Venezuela. El autor apela al caso ya paradigmático del ascenso nazi apoyado por la población (“Los peligros de la aquiescencia”, Letras Libres, 03.31.07). Años después, se avino a dar una definición: “Aquiescente trae consigo que consiente, que permite o autoriza. No sé si sea apropiado decir que se trata de un sentimiento moral. En cualquier caso, la aquiescencia es una disposición que llamaré anímica” (Martínez, “La aquiescencia”, El Diario de Caracas, 11.18.12).

Martínez señala que la aquiescencia es, a la vez, “operación intelectual y la contorsión moral”. La conjugación de estas dos cosas hace que no la debamos calificar como sentimiento moral pues los sentimientos no se someten a operaciones racionales inmediatas. Lo contrario puede ser más correcto: se trata de una operación intelectual que conduce a una contorsión moral. Citando a Sebastián Haffner menciona un rasgo muy importante de la aquiescencia cual es su forma paulatina de expansión, como esas epidemias silenciosas, asintomáticas.

Creo que una señal distintiva de la cultura colombiana es la aquiescencia; sobre la que añadiré que es un síntoma de la falta de valor civil. En el habla, la aquiescencia se expresa en dichos, “hagámonos pasito”; versículos “quien esté libre de culpa que tire la primera piedra”, y consejos privados, “coma callado”, “no se meta en problemas”. La aquiescencia oculta nuestra propia inseguridad respecto al rigor con el que observamos la ley y la norma moral. Durante siglos hemos sido aquiescentes con la violencia y hace algunas décadas, por lo menos desde que López Michelsen llegó a la presidencia, con la corrupción.

Así que no me extraña que después de que nos aguantamos que el Cartel de Cali le pusiera la banda presidencial a Ernesto Samper y que en el 2010 se denunciara que otro delincuente valluno metiera 12 millones de dólares a la campaña de Santos (“El elefante que podría aplastar a Santos”, La silla vacía, 08.02.17), ahora se descubra una financiación indebida de Odebrecht a Santos en las elecciones del 2014. Durante toda la semana Santos ha sido titular, para mal, en los noticieros internacionales. Aquí se pegan de los tale Bula, Giraldo, Prieto, para que el Nobel duerma tranquilo.

Al respecto, un periodista de Colprensa me preguntó que qué iba a pasar. No dudé en decirle que nada, porque aquí no pasa nada. Después nos encontramos en medio de una guerra, un desastre, o la simple disfuncionalidad generalizada de la sociedad y nos preguntamos por qué. Es un entumecimiento moral que empieza por la manera como los medios minimizan la gravedad del asunto. Luego se convierte en una disposición que, primero, consiente las pequeñas faltas y legitima los horrores, al final.

El Colombiano, 12 de febrero