lunes, 14 de noviembre de 2016

Mister Reagan

Salgo a trabajar el 9 de noviembre, temprano como siempre, y me encuentro dos señoras mayores en el andén. Sonrientes, felices de vivir, intercambiando gentilezas, mientras yo cruzo la calle, trasnochado, tratando de rumiar los resultados de las elecciones en Estados Unidos, pensando en los inmigrantes, en los mexicanos, en las futuras relaciones con Colombia, en los efectos sobre el acuerdo con las Farc, en si el dólar subirá y cuánto (yo que no tengo ni uno).

Recordé otras penas de este bisiesto. Cómo fue mi sábado 4 de junio después de la muerte de El Más Grande de Todos los Tiempos, mi pena mientras escuchaba los gritos del portero del edificio anunciando el triunfo de su equipo el día siguiente y viendo por la ventana la tranquilidad de la calle ante un duelo que me duró semanas. O la expectativa triste en los días siguientes a la muerte de Juan Gabriel, domingo, con su lunes de normalidad laboral y preguntas de lunes como si el fin de semana no hubiera pasado nada.

Uno empieza por preguntarse con el amargado de Benedetti “¿de qué se ríen?”; pasa después al sentimiento de superioridad intelectual y moral (que todavía no superan tantos derrotados en elecciones); y termina… yo, al menos, termino cuestionándome si es bueno vivir doliéndose de la humanidad, con un espasmo por lo que pasa en Siria, un dolor de cabeza por la destrucción ambiental, un mal dormir por el hambriento pueblo venezolano. Si las señoras de la acera, el portero del edificio, los profesores que detestaban al divo y a Ali, no estarán en lo correcto y viven mejor con sus perros, su gimnasio y sus libros de autoayuda.

Entonces me acordé de Mister Reagan. Él está sentado en una mesa de un restaurante hablando con el agente Smith ante un suculento filete de res, trincha, corta y se saborea. Y se dice algo como esto sí es vida. Mister Reagan viven el mundo real, apretado en una nave libertadora, con otra decena de salvadores, vistiendo ropas que rechazaría un albañil y comiendo una especie de engrudo, todos los días tres veces al día. El resto del mundo –los ignorantes, los equivocados, los egoístas, todos esos seres que parecen estar tres pasos atrás en el flujo evolutivo– vive en una dimensión en que hay filetes jugosos de res, mujeres bellas de vestidos rojos, jardines floridos. Este mundo, le dijo Morfeo a Míster Reagan, es falso pero ahora Míster Reagan está cansado y no quiere saber de realidades, ni de salvaciones, ni de ilustración, solo de filetes, vestidos rojos, jardines. Mister Reagan ya decidió reconectarse a la Matrix.

Hay más opciones: “el camino del bosque representa una nueva respuesta de la libertad” (Ernst Jünger, La emboscadura, 1988, p. 173).

P.S: Anda exquisita la muerte, Leonard Cohen.

El Colombiano, 13 de noviembre

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