lunes, 5 de septiembre de 2016

Rebelde de seda

Dice el veterano crítico español Diego Manrique que Juan Gabriel es más grande que su música (“Bigger than his music”, El País, 31.08.16). Una afirmación con cierta ambivalencia en tanto parece demeritar la obra enalteciendo la persona. Pero un devoto, como el intelectual mexicano Carlos Monsiváis, estaría de acuerdo. Monsiváis dijo que para Juan Gabriel lo más fácil había sido el éxito.

Después de que tanta gente se enterara de la biografía de Alberto Aguilera Valadez, por televisión, a pocos le quedan dudas. Al común de los mortales un décimo de los obstáculos y desventajas que tuvo Juan Gabriel los hubiera derrotado; mejor se hubiera quedado en Parácuaro vendiendo periódicos, en Juárez lavando carros o en el DF como corista en bares de mala muerte (todos esos oficios los desempeñó). O se hubiera detenido en su papel de compositor para estrellas consagradas o de baladista setentero o no hubiera luchado contra los mandones de la cultura mexicana para que le abrieran el Palacio de Bellas Artes en 1990.

Don Alberto –como le dice Juanes– no se detuvo. Orfandad, abandono, pobreza, elitismo, todo lo superó. Saltó los muros altos que le imponían su condición social y sus preferencias sexuales. Venció la resistencia de los intelectuales, al menos de los mexicanos. ¡Ay, los intelectuales! Los que responden con la frase refleja de que lo de ellos es la música clásica e igual no se soportan a Berg o a Varèse. Las excusas de la sordera y la ineptitud para el goce sensible.

Juan Gabriel llegó hasta el fin de los días ilustrando una antinomia moral que sugiere Hannah Arendt. Dijo la pensadora que lo opuesto del resentimiento es la gratitud. Hay pocos personajes públicos en este continente con más razones para el resentimiento, pero Juan Gabriel hizo de la gratitud su lección; desde las canciones, los mensajes en los conciertos, hasta sus entrevistas y la telenovela final de su vida que hubiera podido ser una epopeya. Murió tratando de usted; como Leonardo Favio, no le hizo concesiones al tuteo (y eso me encanta).

Agradecido y generoso era, pero no manso. Cuando tuvo que pelear con BMG, con Televisa, con Salinas de Gortari, lo hizo. Tal vez porque sabía que él era una institución, algo que los huéspedes del poder político o económico a veces olvidan cuando se enfrentan a los ídolos populares, sean ellos deportistas o cantantes pop, que son los héroes de nuestros tiempos. Monsiváis le inculcó –creo– y promovió eso de que era una institución.

¿Por qué institución? Porque “un ídolo es un convenio intergeneracional, la respuesta emocional a la falta de preguntas sentimentales, una versión difícilmente perfeccionable de la alegría, el espíritu romántico, la suave o agresiva ruptura de la norma” (Escenas de pudor y liviandad, Grijalbo, p. 266). Juan Gabriel rompió con suavidad; rebelde de seda.

El Colombiano, 4 de septiembre.

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