miércoles, 25 de mayo de 2016

En la caverna

El Campo de las Naciones es un lugar desierto a las 8 y media de la tarde (sí, todavía es la tarde en el mayo madrileño). Espantan. Propicio para un concierto cuyo público sean jóvenes desenfrenados y peligrosos. Espantan a pesar de que aquel tiquete mal impreso dice que las puertas se abren a las 19:30 y Nick Cave aparece a las 21:00 h. Por su parte, este Palacio de los Congresos es un escenario bello con paredes y pisos de madera, y una silletería ídem forrada en tela, que se va llenando de adultos que pintan canas y otros con tinturas.

En el escenario cuelgan largos telones que luego irán tiñéndose de colores con los juegos de luces, más bien sobrios durante el concierto. El escenario es amplio. A mano izquierda –entrando– Warren Ellis se reservó casi un tercio para disponer un montón de trebejos que incluyen guitarra, flauta, violín y percusiones varias. Detrás, a su derecha, Barry Adamson y sus teclas; en el medio Martin Casey con su bajo y en el otro extremo Thomas Wylder con su batería. Es una de las tantas configuraciones de los Bad Seeds a lo largo de tres décadas. Al frente un piano de cola y el micrófono para Cave. Micrófono alámbrico que se contorsionará mucho menos que el australiano que lo sacude.

Nick Cave es una mezcla de punk y crooner. Su figura es muy parecida a la que resultaría de Harry Connick Jr. parado ante un espejo convexo de dos metros de altura con las debidas distorsiones en la frente, que ocupa media cara, y las maldadosas comisuras de los labios. Si el punk quiere patear los estómagos (digo así por perspectiva de género, más que por pudor) y los crooner se proponen acariciar los corazones, Cave hace una combinación dolorosa: patea corazones. Fue el 25 de mayo del 2015. Hace un año.

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