lunes, 25 de abril de 2016

Revocatoria

Desde lejos el proceso revocatorio de la presidente Dilma Rousseff en Brasil puede verse como un espectáculo. Los debates en el congreso, con parlamentarios disfrazados, portando carteleras y pronunciando arengas de un minuto para anunciar su voto, que confirman el enunciado garciamarquiano de que Brasil es el país más grande de El Caribe. Como fondo, las coloridas y masivas manifestaciones de simpatizantes de cada bando en las principales ciudades del país. De cerca –me cuentan los amigos brasileños– la desazón y la impotencia de ver un país paralizado de cuenta del conflicto político.

Es muy probable que Dilma no esté pagando sus propias faltas sino las de su partido y su antecesor. Y, como pasa siempre con la corrupción, se le está castigando por un fenómeno que tiene características sistémicas y que involucra, con diferencias de grado, al grueso de las élites políticas y económicas. Lo notable del proceso brasileño de revocatoria es su carácter democrático y civilizado. Basta compararlo con los casos colombiano y venezolano.

En Colombia, el Partido Comunista con la simpatía de muchos sectores, especialmente del liberalismo lopista, creyó que una supuesta falta de espacios políticos era justificación suficiente para iniciar una guerra que produjo millones de víctimas. Del mismo modo, ante cualquier conflicto en el país, muchos acuden primero a las vías de hecho o a la violencia, que es un recurso que debería considerarse inadmisible. En Venezuela, la dictadura soberana del chavismo ha coartado la representación popular expresada en la Asamblea Nacional desde la trinchera judicial.

Cuando se mira desde la perspectiva histórica y filosófica, se comprende que un proceso revocatorio no es otra cosa que la trasfiguración de la revolución y del golpe de Estado a través de mecanismos no violentos, deliberativos y legales. En este sentido, conmueve ver movilizaciones de los ciudadanos brasileños, que logran que los partidos asuman su vocería y que pueden cambiar un gobierno sin disparar un tiro y sin un muerto en las calles. La izquierda brasileña se lamenta hoy, pero no sobra recordarle que hace 24 años era ella la que bailaba de alegría cuando hizo renunciar a Fernando Collor de Melo.

Cosa distinta es que se piense que un proceso de este tipo pueda generar un clima inestabilidad y desorden que le impida a Brasil recuperarse pronto o que produzca consecuencias peores que el statu quo. Para contraste, véase el caso del Proceso 8.000 en Colombia. La crisis nacional que se desató por la decisión de Ernesto Samper de permanecer en la Casa de Nariño condujo al escalamiento de la guerra, al aislamiento del país y a la instalación de la corrupción sistémica. 20 años después de aquella desgracia –la peor crisis de gobernabilidad del siglo XX– quedan muchas dudas de que las cosas habrían sido peores si el presidente hubiera sido revocado.

El Colombiano, 24 de abril

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