lunes, 11 de abril de 2016

Oposición

Si no fuera porque es inadmisible creer en la fatalidad y no es de buen recibo académico hacer afirmaciones rotundas, diría que una característica de la política colombiana es su dificultad secular para tratar con la oposición. Desde la manera como Camilo Torres y los federalistas plantearon sus diferencias con Antonio Nariño y el gobierno de Cundinamarca, pasando por la forma como los radicales enfrentaron a la Regeneración, hasta la semana pasada cuando el Centro Democrático salió a las calles de casi un centenar de ciudades.

Nuestra cultura política se caracteriza por un desempeño frecuente de la oposición que desborda los límites legales y constitucionales, y se realiza de forma desleal e irresponsable, mientras los sectores en el gobierno demuestran intolerancia, baja resistencia a la crítica y abuso de poder. Creo que esta es la regla aunque haya excepciones notables y recurrentes. Buena parte de nuestras guerras civiles, si no todas, involucran esta variable. Una prueba de la débil influencia del talante y del ideario demoliberal.

Fue muy lamentable la reacción de algunos políticos e intelectuales que descalificaron la convocatoria de las marchas del 2 de abril, como si un sector político constituido no tuviera derecho a manifestarse y protestar, confundiendo el ejercicio de la deliberación pública con la estigmatización del adversario. Más lamentable porque hoy, en la práctica, la única oposición al gobierno, sistemática y clara para la opinión pública, es la que lleva a cabo el Centro Democrático. Hay políticos de oposición como Jorge Robledo o Claudia López pero tienen poco eco entre sus copartidarios. Bancada de oposición, propiamente dicha, solo la de Uribe y su partido. Más allá se encuentra uno con políticos y periodistas que son gobiernistas sibilinos, cuyo mejor desempeño consiste en hacerle oposición a la oposición. Defender un gobierno tan malo como el de Santos es tarea hercúlea, es más fácil darle varilla a Uribe (que no tiene chequera y también da motivo).

A raíz de las protestas del 17 de marzo, la senadora Claudia López hizo notar los sesgos mediáticos y de algunos funcionarios contra los manifestantes, y advirtió que Colombia se debe preparar ya que “verdaderas demandas y preocupaciones sociales saldrán a la calle con menos temor y más contundencia” (Semana, “Los costos de la democracia”, 31.03.16). Muchas previsiones respecto a las características del país después del acuerdo con las Farc coinciden en que vendrá un periodo de ardua lucha social y política.

En este país hay mucho ilustrado y progresista de labia que no puede ver a su contradictor perorando y marchando. El dogmatismo y el sectarismo no son monopolio de sectores tradicionalistas; gran parte de quienes posan de modernos mantienen el puño cerrado y su demonio reaccionario en la punta de la lengua. Las proclamas basadas en el odio y el miedo son antesala de la violencia.

El Colombiano, 10 de abril

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