lunes, 29 de febrero de 2016

Esperando a los bárbaros

Hace algunos años el expresidente Álvaro Uribe se inventó la categoría “guerrillero vestido de civil”. Las polvaredas que desató tal expresión reflejaron los problemas y peligros que tenía el uso de la expresión. Identificar al guerrillero con el civil es desconocer una tradición que separa lo militar de lo político, borrar de un plumazo el derecho humanitario y señalar como enemigos –en medio de la guerra– a personas concretas que no eran combatientes. Ni más ni menos. Más de una década después, Alfredo Molano repite la fórmula hablando de “paramilitarismo civil”.

Molano puso así otra piedra en el edificio de la extrema izquierda al analizar los hechos del homenaje que algunas personas hicieron a Camilo Torres en Carmen de Chucurí; personas forasteras que se encontraron con una manifestación de rechazo de los pobladores de ese municipio. Ahí es cuando Molano se desgarra las vestiduras y sindica como “reorganización, por ahora civil, del paramilitarismo” a los miembros de una comunidad que expresan una opinión diferente a la suya (“El caso Yarima”, El Espectador, 20.02.16). El padre Francisco de Roux tiene otra visión: “No quise estar en la celebración de Patio Cemento, porque, después de haber vivido años en el Magdalena Medio, conozco el dolor y la rabia que guardan algunas comunidades de la cordillera de los Yariguíes contra la violencia de miembros del Eln” (“Memorias de Camilo”, El Tiempo, 24.02.16).

Imagínense ustedes en el futuro próximo a personajes públicos graduando de paramilitar a toda organización o movilización que no sea de izquierda; y al revés, de guerrillera a toda aquella que exprese un movimiento antisistema. Es un escenario indeseable de alta polarización y pugnacidad social, con el antecedente del uso habitual de la violencia para resolver disputas.

La posición de Molano hace parte de una seguidilla de artículos y comunicados de algunos académicos y muchos activistas que afirman que “existe una solución de continuidad” entre los paramilitares y las bandas criminales. Según la falacia de la continuidad, el hombre es mono y la vaca yerba. Ya el profesor Francisco Gutiérrez había dado una clase de epistemología mostrando los abusos del factor continuidad (“Patitos feos pero sensatos”, El Espectador, 14.01.16). Pero las posiciones políticas avasallan los valores académicos de ciertos intelectuales.

La resurrección conceptual del paramilitarismo tiene como consecuencia que se reconozca a las bandas criminales como parte del conflicto armado (no lo han sido) y que el Estado colombiano se dedique a diseñar una estrategia militar contra ellas, en lugar de la acción policial y judicial que muchos pedimos. Lo que está claro es que los teóricos de la reinvención paramilitar ya están buscando a los nuevos bárbaros, a los enemigos de la próxima guerra y sus columnas y comunicados son toque de tambores. No están pensando en la reconciliación. Amigos de la paz, se dicen.

El Colombiano, 28 de febrero.

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