lunes, 7 de diciembre de 2015

Salgado

Supe de Sebastião Salgado hace un cuarto de siglo gracias a Jairo Ruiz Sanabria, fotógrafo y gestor del concurso de fotografía Los trabajos y los días, ahora latinoamericano. Recuerdo las conversaciones sobre la iniciativa, el uso del título de Hesíodo y la inducción sobre algunas eminencias de la fotografía social como Dorothea Lange y el recién descubierto artista brasileño.

Circulaba una edición de Workers y allí estaban las impresionantes fotos de la minería informal en la Sierra Pelada, en Minas Gerais. Se le escucha decir a Salgado que para él ese cráter en el que 50 mil personas hormigueaban entre el lodo para sacar un bulto de tierra y salir a lavarlo, era la representación de los mitos sobre la infancia de la humanidad. Lo dice en La sal de la tierra, el documental que da cuenta de su vida y que dirigieron Win Wenders y Juliano, el hijo del protagonista.

Salgado venía de explorar la vida del campo en las sierras andinas, semidesérticas, frías, lentas. El fragor que produce el oro pareció meterlo de cabeza en la modernidad. Luego vino Kuwait. Después de mirar el libro de Salgado sobre el trabajo de bomberos de medio mundo para detener los incendios que causó Saddam Hussein y taponar los pozos petroleros del emirato, caben pocas dudas de que esta es una de las grandes epopeyas del siglo XX y, tal vez de la historia humana.

Un mundo en el que se respira humo, se vive siempre a oscuras a pesar de las teas gigantes de los pozos ardientes y de las explosiones del crudo bajo la tierra, y en el que se camina sobre un suelo hirviendo, haciendo un trabajo titánico para desactivar la venganza del dictador iraquí. Salgado empezó a atisbar las secuelas de la guerra. Buscando trabajadores heroicos se encontró con el más destructivo de los oficios humanos. Entonces vino Éxodo, el trabajo sobre la migración forzada en África, los Balcanes y otras partes del mundo dominadas por Marte.

Tras de ir y venir sobre el territorio en el que se llevaba a cabo el terrible genocidio ruandés, Salgado quedó devastado. Llegó a la misma conclusión del agente Smith en Matrix: el hombre es un virus, el azote del mundo, la peor de las especies. Después de una etapa romántica, casi roussoniana, había pasado a un pesimismo que escandalizaría Hobbes. Volvió a las tierras de la familia en Vitória y descubrió el efecto devastador de la deforestación y la sequía.

Fue la inspiración para sus –probablemente– obras finales. La recuperación de un pedazo de selva atlántica con más de 10 millones de árboles sembrados y heredados a Brasil como parque natural y Génesis, la obra sobre la mitad del mundo que permanece virgen y casi intocada por el hombre. Más fácil redimirse con la naturaleza.

El Colombiano, 6 de diciembre

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