lunes, 25 de mayo de 2015

Empresarios

Si hay un campo de la vida social en el que las generalizaciones funcionan mal, es el de la guerra. En parte, eso explica que en Colombia los juicios sobre la guerra sean tan cambiantes, caprichosos, susceptibles al momento, al lugar y a los actores a los que se refieran. Somos generalistas, esto es, acomodaticios y mal dados al detenimiento y la distancia para emitir veredictos.

Las generalizaciones más habituales en la guerra colombiana son muy incorrectas. Se acostumbra achacar la guerra a los marxistas, pero gran parte de ellos siempre fue crítica de las armas. Los comunistas tienen mayor responsabilidad pero importantes sectores y dirigentes del partido comunista se opusieron en varias ocasiones a la lucha armada y a las Farc. Se cree que no, pero el catolicismo tiene muchas velas en los centenares de miles de entierros que hemos tenido.

Llegó el tiempo de generalizar sobre los empresarios. Al Alto Comisionado para la Paz se le escapó un comentario al respecto y nuestra opaca justicia, poco después, le puso números: quiere juzgar a doce mil. Nadie se preocupa por definir a los empresarios. Los hay muy grandes y muy pequeños, muy modernos y muy informales, globales y provincianos, productivos y rentistas. Como no se definen, el conjunto de los empresarios del país queda en la picota y con ellos la actividad económica que desempeñan.

Pero, como en el país se acostumbra a hablar con sobreentendidos, todos se imaginan que están hablando de los empresarios de la periferia; de los comerciantes, agricultores y ganaderos de las zonas donde la guerra fue más feroz. Y si se quiere señalar una forma especial de participación en el conflicto, ella tiende a reducirse a dinero y a paramilitares. Es más enredado: datos indicativos muestran que la mitad de los ganaderos (50,8) dieron apoyos a la guerrilla y una porción más alta (65,7) a los paramilitares. Dos de cada tres atribuyeron esta conducta a la ausencia de la fuerza pública (Francisco Gutiérrez, El orangután con sacoleva, Debate, 2014, pp. 326-327).

En el país todavía se soslaya la importancia del secuestro como forma de victimización y como detonante de nuevos componentes del conflicto. La inmensa mayoría del secuestro ocurrió en el campo y allí fueron las reacciones. En una guerra periférica es fácil ser un santo en la ciudad. Un proceso de verdad hecho bajo amenaza, nace muerto. Si el Estado quiere llevar a los empresarios a la justicia transicional, debe empezar por reconocer su condición simultánea de víctimas y no puede olvidar que su incapacidad llevó a los civiles al conflicto.

El Colombiano, 17 de mayo

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