lunes, 13 de abril de 2015

Gaitán, el bueno

Murió joven. 37 años. El país esperaba mucho de él dadas la velocidad y fecundidad con las que vivió su vida. Escribió de muchos modos y sobre muchas cosas. Habló de la revolución. Pero no lo mataron, fue un accidente. No fue en un abril, ni en 1948; fue en 1962. Era Gaitán y Jorge, pero Durán era su segundo apellido.

Nació hace 90 años en Cúcuta, pero hay quienes dicen que fue en 1924 en Pamplona. No importa. Importa sí, y consta, que hace 60 años Jorge Gaitán Durán fundó la revista Mito, cuando había menos dinero y más analfabetas; porque a veces la escasez es más productiva. Ahora hay más dinero y menos analfabetas, pero se echan de menos proyectos y emprendedores como esos que ayudan a agitar el espíritu.

En el mundo cultural la revista fundada por Gaitán se mitificó, le dio nombre a una generación; pero permanece como una referencia erudita, sin conexión con las generaciones de ahora. Pero parece que algunos de los rasgos de Gaitán y de la revista se siguen necesitando en Colombia: enfoques progresistas sin miserabilismo, posiciones claras sin sectarismo, apertura y pluralismo sin frivolidad, espíritu crítico sin estridencia ni afán farandulero; hacer poesía como poetas y ensayismo como intelectuales.

Dos de los libros en prosa de Gaitán Durán llevan la palabra revolución en el título. Para él, revolución significaba transformación social, no violencia, pues ella siempre tenía que encarnar “cierto humanismo… cierta ética”. Por esa razón sospechaba de los partidos comunistas, que luego de tomar el poder se trasforman en “paquidermos sanguinarios y míticos” (La revolución invisible, 1959, p. 99).

No resulta raro, entonces, que mientras “Mito” criticaba al gobierno de Fidel Castro por cerrar el reaccionario “Diario de la Marina”, los reaccionarios colombianos veían en la revista y su fundador un engendro subversivo. Esta situación ha sido común en el país y demuestra hasta qué punto la opinión colombiana pende regularmente de los puntos extremos. Entre el Procurador e Iván Cepeda, oscilamos, y así nos vamos yendo.

Todo el ideario programático del poeta nortesantandereano se resume –antes de que se pusiera de moda la palabra– en modernización. Un capitalismo racional, una sociedad libre, un régimen político democrático, una cultura contemporánea. Y más Estado, “se necesita un Estado vigoroso, dinámico y dotado de todos los modernos instrumentos de comunicación” (La revolución invisible, p. 72). Poco para añadirle.

Termino con una distinción en la que se debería profundizar. Especialmente ahora, a propósito del pobre espectáculo que brindó Fernando Vallejo esta semana en Bogotá, y que propiciaron los organizadores de la fementida Cumbre Mundial de Arte y Cultura para la Paz de Colombia (la paz da para todo): “El inconformista es un realista; el descontento grita en vano”. Si así es la cosa, pobre cultura, pobre arte, pobre paz.

El Colombiano, 12 de abril

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