viernes, 10 de abril de 2015

Ecos de la Comisión: Francisco Cortés

Sobre la guerra en Colombia

Francisco Cortés Rodas*, El Colombiano, 07 de abril de 2015

La violencia política colombiana de las últimas décadas ha sido caracterizada por muchos académicos mediante diferentes categorías: insurgencia, guerra irregular, violencia. También fue definida por el Estado con conceptos como subversión, conflicto armado, terrorismo. Asimismo ha sido denominada guerra: “La violencia política colombiana de las últimas cinco décadas debe caracterizarse como guerra”. escribe Jorge Giraldo. Para Gustavo Duncan, el conflicto interno colombiano fue una guerra en la que el “asunto era sobre cómo gobernar comunidades periféricas durante tiempo indefinido, sin importar cuánto durara la guerra, para extraer toda una serie de recursos, desde económicos hasta políticos”. Para Francisco Gutiérrez hay factores que permiten explicar cómo se generó la guerra en Colombia: “la herencia de un ciclo exterminador, desigualdad agraria construida a través de la asignación política de los derechos de propiedad, exclusiones horizontales de los campesinos, el haber mantenido abierta la puerta de la provisión privada de la seguridad”.

Con estas afirmaciones de estos investigadores quiero destacar que la conclusión según la cual la violencia política colombiana debe caracterizarse como guerra es uno de los elementos más relevantes dentro del conjunto de estudios que conforman el informe “Contribución al entendimiento del conflicto armado en Colombia”, que presentó recientemente la Comisión Histórica del Conflicto Armado y sus Víctimas.

¿Por qué entró el país en guerra? y ¿por qué se prolongó esta durante tantas décadas? Después de la experiencia de apertura política y crecimiento de las oportunidades económicas que representó el Frente Nacional, se llegó a una situación crítica, especialmente para el campesinado, cuando fracasó la reforma agraria a finales de los setenta. Según Giraldo, este fracaso obedeció a un “veto de las élites agrarias a una modificación, así fuera tímida, del régimen de tierras”. Esto hay que decirlo sin rodeos: la tierra ha sido un factor fundamental en el conflicto colombiano.

El fracaso de las reformas redistributivas de la tierra en el pacto de Chicoral tuvo como consecuencia que los campesinos tuvieran que escoger nuevamente el camino de la colonización, que se tradujo en un poblamiento de regiones en las cuales no había ni mercado ni Estado. Esto profundizó el aislamiento, la desprotección estatal y pobreza del campesinado. En Colombia, la desigualdad que sufrió este sector fue un ambiente propicio para la resistencia y la rebelión, las cuales se ampliaron durante el conflicto que se profundizó en los años ochenta. De estos años hasta el presente creció de forma masiva el narcotráfico. Las Farc se vincularon a este, pero a la vez desataron una guerra atroz contra la mafia y las élites regionales mediante el secuestro. Como reacción a este último surgió una violencia homicida encarnada en el paramilitarismo. Las múltiples violencias de estos diferentes actores, retroalimentaron la guerra, es decir, la acumulación de violencias, contraviolencias y victimizaciones.

Una enseñanza que nos dejan estos ensayos, es que caracterizar la violencia política colombiana como guerra -a diferencia de lo que sucede cuando se trata todo conflicto como insurgencia, violencia, conflicto armado o terrorismo-, permite superar el sesgo partidista que se produce al olvidar la realidad de la guerra, y que se da también cuando se busca condenar a un actor y justificar o glorificar al otro.

*Director del Instituto de Filosofía, U. de Antioquia.

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