miércoles, 3 de julio de 2013

Mandela

Cada cual es libre de escoger a sus héroes. Pertenezco a una generación que acostumbraba a bautizar a sus hijos con los nombres de sus nostalgias. De ahí que tengamos tantos Camilo, Ernesto, Vladimir, cuarentones; después tantos Juan Pablo, casi treintañeros. En el gobierno anterior tuvimos un funcionario de ministerio bautizado en un arranque de sinceridad: Hitler Rousseau, se llama (todavía, creo).

Estos son los arriesgados; los que se aventuraron en el registro civil de sus hijos con los azares de la vida de personajes temerarios. También existen los suicidas. No hace mucho, en su columna de El Espectador, Alfredo Molano confesó sus muertos: Gaitán (un fascista díscolo), Guevara (un guerrillero inepto), Chávez (un lunático). Así que elegir un héroe o un mártir siempre es un modo de atarse. Los que bautizan, al presente; los tumularios, al pasado.

Uno también puede elegir héroes como modelos de futuro. Sin buscar las figuras que representan nuestra trayectoria pretérita ni engañarse con herencias podridas. Podemos pensar en las figuras que representen una conducta mejor que la nuestra, que prefiguren un futuro más amable que el que nos prometieron los vendedores de utopías.

A esta categoría puede pertenecer Nelson Mandela. Si aceptamos –como yo lo hago– la idea de Eric Hobsbawm de que el siglo XXI empezó en 1989, las figuras que más han contribuido al cambio en este tiempo serían Deng Xiaoping, Mijail Gorbachov y el líder surafricano. Pero hay una diferencia crucial entre ellos. Solo Mandela emergió contracorriente, construyó el poder desde abajo y desde afuera, y con las manos abiertas.

Nelson Mandela representa la insurgencia civil, el valor de transar con los enemigos, la modestia de avanzar paso a paso, la sensibilidad para juntar a los muchos y neutralizar a los pocos. Entre todos los líderes contemporáneos, Mandela es el único que puede ser llamado libertador y fundador de una nueva patria. Siempre fue más amado desde la cultura popular que por la intelectualidad romántica. En este caso, prefiero los afectos de Bono que las adscripciones Gianni Vattimo.

No deja de ser sintomático que en Colombia hayan existido leninismo, franquismo, castrismo, chavismo y no exista mandelismo; eso nos retrata en la falta de moderación política. Pero es que, además, mandelismo no existe en ninguna parte del mundo, ni siquiera en Suráfrica. Esa es una demostración de que el talante del fundador del Consejo Nacional Africano era refractario al caudillismo.

Nelson Mandela está en la historia. También él se hizo a sí mismo siguiendo la ruta de figuras emblemáticas como Henry Thoureau y Mahatma Gandhi; renunció a la herencia de Shaka Zulu y se apartó del camino de los líderes nacionalistas africanos, aferrados al poder, borrachos de avaricia, muriendo odiados. Prefirió parecerse a Martin Luther King y fue amado por Muhammad Ali.  

El Colombiano, 30 de junio

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