miércoles, 20 de marzo de 2013

Hablemos de corrupción

Si usted cree que nuestros únicos mayores horrores son la violencia y la desigualdad –que son destacables internacionalmente– tal vez se deba a la manera como la corrupción ha ido desapareciendo de la agenda pública, a medida que se ha tornando más grave y agobiante.

El Barómetro de las Américas (consúltese como “Cultura política de la democracia en Colombia y las Américas, 2012”) mide la corrupción según dos aspectos igualmente relevantes: percepción y victimización. Según la percepción comparada de los ciudadanos del continente, Colombia es el país más corrupto con 82 puntos sobre 100, superando a Trinidad y Tobago y Argentina. El crecimiento de este indicador ha sido constante desde 2008 pero la posición relativa empeoró ya que hace dos años figuraba en tercer lugar.

En cuanto a victimización por corrupción, Colombia está en la mitad de la tabla pero “el porcentaje de personas que reportan haber sido víctimas de alguno de los actos de corrupción… aumentó en más de un 50% en sólo un año” (Lapop, 97). Las probabilidades de ser victimizado aumentan si se es hombre, entre 36 y 45 años de edad y se vive en una ciudad grande. Hablando estrictamente la victimización por corrupción es ni más ni menos que extorsión por parte de funcionario público.

Estos resultados se confirman, con agravantes, con el informe de la “Encuesta nacional de prácticas contra el soborno en empresas colombianas” que realizan Transparencia por Colombia y la Universidad Externado. Las dos confirmaciones relevantes indican que la corrupción aumentó desde el 2008 y que es tan alta como lo señala el indicador de percepción. En particular, este estudio aplicado a directivos empresariales señala que la existencia del soborno subió del 91% al 94% entre 2008 y 2012 (Portafolio, 11.03.13).

En cierto modo, los resultados de este último trabajo son más escalofriantes. Parte de la idea correcta de que la corrupción es un delito de doble vía y su fuente es una de las partes: 858 ejecutivos de empresas. El promedio de los sobornos es el 14,87% (¡el famoso 15%! ¿se acuerdan?), lo cual demuestra que a veces la sabiduría popular no es tan descaminada, pero puede llegar al 30%. Casi dos terceras partes dicen pagar para no perder el negocio, lo que muestra la impotencia de los mecanismos de autorregulación ante el afán de estar adelante. Una señal de esperanza entre los datos es que “un 42% de los empresarios dicen que toman medidas para prevenirlo”. Más de la mitad de los sobornos se disfrazan como contribuciones políticas.

Como se señala en el Barómetro “una alta percepción de corrupción se relaciona con la disminución en los niveles de confianza en las instituciones” (Lapop, 92), algo que los analistas no han tenido en cuenta en sus exámenes sobre la caída reciente en la favorabilidad las instituciones y el gobierno.

El Colombiano, 17 de marzo

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